lunes, 6 de diciembre de 2010

Por la vida y la dignidad de los seres humanos Introduccion


El Reino de Dios



INTRODUCCIÓN

“El Reino de Dios , Por la vida y la dignidad de los seres humanos”
4ta Edición. 2002

Editorial. Desclee De Brouwer
Bilbao.


Jose  Ma. Castillo.






            Este libro no es un estudio de todo lo que el Nuevo Testamento contiene sobre el Reino de Dios.
            Dada la complejidad del tema y la enorme literatura exegética y teológica, que existe sobre el mismo, sería una ingenuidad y hasta un despropósito pretender explicar en un libro lo que, en centenares de estudios (muchos de ellos competentísimos), no se ha logrado poner en claro por completo hasta este momento. Además, analizar la abundante documentación que ofrece el Nuevo Testamento sobre el Reino de Dios, con un mínimo de seriedad, rebasa con mucho los límites de un libro, Por eso mismo, ni siquiera se pretende aquí investigar todo lo que los evangelios sinópticos dicen sobre el Reino. Porque eso tampoco es abarcable, hoy en día, en un sólo estudio, por muy pretencioso que sea.
            Mi propósito, al escribir estas páginas, es mucho más modesto. Y también más concreto.

            Lo que pretendo es analizar la relación que los evangelios sinópticos establecen entre el Reino de Dios y la vida.
           
            Y cuando hablo de la vida, me refiero a esta vida. La vida sin adjetivos. Es decir, no voy a investigar las relaciones entre el Reino de Dios y la vida eterna. O la vida "sobrenatural divina", "religiosa", "consagrada", etc. Todo eso, por supuesto, es importante. Y es necesario que la teología se ocupe de ello. Además, nadie pone en duda que el Reino de Dios se refiere a todas esas dimensiones de la vida, como tantas veces ha sido analizado en estudios de excelente calidad. Por otra parte, tampoco se trata aquí de llenar un vacío. Como si es que los estudiosos del Reino de Dios no se hubieran ocupado de las implicaciones y las consecuencias, que las enseñanzas de Jesús sobre el Reino, tienen en este mundo y para la vida de los seres humanos que estamos todavía en él. También todo esto ha sido ampliamente estudiado desde diversos puntos de vista.
           
           



Entonces, ¿qué es lo que se trata de estudiar aquí?
           
            Mi interés por la relación entre el Reino de Dios y esta vida ha nacido de la constatación de un hecho, que me parece bastante claro:

Las religiones han cometido y siguen cometiendo, con demasiada frecuencia, serias agresiones contra la vida de los seres humanos.
             No me refiero sólo a las agresiones cruentas que, en tiempos pasados, se tradujeron en muerte.
            Me refiero, sobre todo, a las agresiones, menos aparatosas pero a veces más crueles, que son las agresiones a la dignidad de las personas, a los derechos fundamentales de los seres humanos, a su libertad, a su felicidad, a la paz y armonía entre los grupos, las culturas y los pueblos. Este hecho, a mi manera de ver, es tan grave y tiene consecuencias tan negativas, que eso sólo justifica sobradamente cualquier aportación que se pueda hacer para remediarlo o, al menos, aliviarlo en la medida de lo posible. Y a mí me ha parecido que tal aportación, desde el punto de vista cristiano, se debe iniciar a partir del planteamiento que los evangelios hacen cuando presentan el tema del Reino de Dios.
        
         Pero todo esto necesita algunas precisiones importantes.
                       
            Ante todo, no vendrá mal tomar conciencia de algo que está a la vista de todo el que se fije (sin demasiados prejuicios) en una de las cosas más claras que están ocurriendo en la sociedad en que vivimos. Me refiero a la pervivencia de lo religioso.
           
            Se ha dicho mil veces que, a partir de la Ilustración, la religión dejó de ocupar el centro de la cultura y de la sociedad. Además, los profetas de la "muerte de Dios" y de la "ciudad secular" anunciaron, con toda seguridad, el nacimiento de la era “post‑religiosa”, “post‑cristiana” y cosas parecidas.
           
            Se ha dicho, y se sigue diciendo, que la religión ha quedado desplazada a los márgenes.     
            Todo esto es lo que se dice. Y sin embargo, sería necesario estar ciegos para no darse cuenta de que el hecho religioso sigue impregnando el tejido social mucho más de lo que algunos se imaginan.
           
            Baste pensar en el poder de convocatoria que tienen los actos religiosos, no sólo en momentos excepcionales, como pueden ser las concentraciones multitudinarias que se producen cuando el papa visita una ciudad, sino además (y sobre todo) al ritmo semanal o incluso diario de los servicios religiosos, que reúnen por todas partes a cantidades de personas, que cualquier partido político soñaría poder convocar cada semana en pueblos, barrios y ciudades.
           
            Sin duda alguna, la religión sigue incidiendo en la vida de la gente y sigue te­niendo una fuerte presencia en nuestro tiempo, por más que haya quie­nes se empeñen en demostrar lo contrario.
           
            Los hechos están ahí.

       Por otra parte, es claro que la religión ha ejercido, y sigue ejercien­do, toda una serie de efectos positivos, y por tanto benéficos, en muchos individuos y en grandes sectores de la población. Como, no hace mucho, escribió Hans Kung, la religión puede proporcionar una especial pro­fundidad, un horizonte global de sentido, incluso ante el dolor, la injus­ticia, la culpa y el sinsentido último de la vida frente a la muerte: el de dónde y hacia dónde de nuestro ser.
    
     También es cierto que la religión puede garantizar valores supremos, normas incondicionales, motivaciones pro­fundas e ideales últimos: el por qué y para qué de nuestra responsabilidad.
      
       Además, la religión puede crear, mediante símbolos comunes, rituales, experiencias y objetivos, un hogar para la confianza, la fe, la seguridad, la fortaleza y la esperanza: una comunidad un hogar espiritual.
      
       Finalmen­te, la religión puede impulsar la protesta y la resistencia contra las situa­ciones injustas: el, ya actuante, anhelo del “Totalmente Otro”
      
       Todo esto es verdad. Y la experiencia nos enseña que, efectivamente, las religiones ayudan a muchas personas para encontrar sentido a sus vidas y fuerza para el compromiso en la enorme tarea por conseguir que este mundo resulte más habitable y menos inhumano.

       Precisamente la historia del siglo que ahora termina está ampliamente ilustrada por ejemplos abundantes de mujeres y hombres que, a partir de sus creen­cias religiosas, y por la fuerza de tales creencias, han dado lo mejor de sí mismos, hasta llegar incluso a la muerte, porque la religión les ha lle­vado a vivir la solidaridad hasta los extremos últimos del heroísmo. Olvidar esto, sería cometer una injusticia imperdonable. Y, por supues­to, desconocer uno de los capítulos más importantes de lo que ha ocu­rrido en los últimos tiempos.
      
       Y sin embargo, aun siendo tan verdad lo que acabo de decir, no les falta razón a los que dicen que las religiones han sido origen de lo mejor, y también de lo peor, que se ha vivido en la historia de la humanidad.
           
            Y es que, en este sentido, hay hechos que están a la vista de todos y que obligan a pensar.
I .  Religión y poder

       Empezando por lo más sencillo.

       Es un hecho que las religiones pade­cen la constante tentación de girar en torno a si mismas, para asegurar el poder de sus instituciones, constituciones y jerarquías.
       Es un hecho también que las religiones han padecido y padecen la constante tenta­ción de anclarse y encasillarse en tradiciones especiales, dogmas miste­riosos y prescripciones rituales.
       Es igualmente un hecho que las religio­nes han padecido y padecen la constante tentación, tanto en la ética individual, sexual y social, como en la economía y en la política, de ali­nearse legalísticamente en alguno de los rigorismos extremos que cir­culan por todas partes.
       También es verdad que las religiones han pade­cido y padecen la constante tentación de perderse en un laberinto de mandamientos, preceptos, cánones y artículos.
       Como es igualmente cierto que las religiones han padecido y padecen la constante tentación de mandar autoritariamente a los seres humanos, exigiéndoles obedien­cia ciega y violentando las conciencias.
       Finalmente, para nadie es un secreto que las religiones han padecido y padecen la constante tentación de practicar una doble moral, que consiste en predicar las exigencias éti­cas a los demás, sin previamente aplicarlas autocríticamente dentro de la propia religión, concretamente a sus representantes oficiales, es decir, a los que predican las exigencias para los otros.            Es evidente que toda esta serie de tentaciones, como todas las tenta­ciones que acosan a la gente en este mundo, llevan consigo un peligro. El peligro de convertirse en agresiones a la vida de las personas que entregan lo mejor de sí mismas a la religión.
      
       Porque, efectivamente, si una religión cualquiera (la que sea) sucumbe a la tentación de centrarse en sí misma y de anteponer sus intereses, sus dogmas, sus normas, sus poderes y sus jerarquías al bien de los seres humanos; y si, además, hace todo eso desde el rigorismo, el fundamentalismo y el autoritarismo, cualquier persona religiosa (y tanto más cuanto más religiosa sea) debe echarse a temblar por lo que se le viene encima.
      
       Porque, antes o después, se sentirá agredida en zonas muy profundas de su intimidad. Y sabrá, por propia experiencia, lo que son las agresiones que más duelen en la vida.
           
            Primero, las agresiones que cada cual vive en su propia soledad, allí donde uno se ve a sí mismo como una persona digna o, por el con­trario, como un ser indeseable.
            Segundo, todo lo que supone la ver­güenza de verse uno juzgado, quizá condenado por los demás. Con el malestar profundo que cualquiera siente cuando se da cuenta de que es mirado con recelo, de que no inspira confianza, incluso que provoca un rechazo más o menos manifiesto.
     Pero, hasta ahora, sólo he hablado de "tentaciones".

       Peor que las ten­taciones son los "comportamientos". Porque entonces ya no se trata de peligro, sino de "hechos", es decir, cosas que han sucedido y siguen su­cediendo.
       Me refiero a lo siguiente.
       Estamos acabando el siglo más vio­lento que ha vivido la historia de la humanidad. Y todos sabemos que en este siglo, no sólo tan violento, sino además tan "secularizado", las reli­giones han sido, y siguen siendo, con frecuencia, colaboradores eficaces de quienes han causado, y continúan causando, sufrimientos indecibles en poblaciones enteras.
       Y no sólo colaboradores, sino incluso agentes de violencia.
       Hasta el punto de que, como se ha dicho repetidas veces, mien­tras no haya diálogo religioso, en profundidad, no habrá paz mundial.
      
       Concretando más: los comportamientos a que me refiero son los si­guientes.
                   Ante todo, el silencio.
  Con demasiada frecuencia, las religiones se han callado, en este siglo, ante agresiones brutales que se han come­tido contra personas, grupos, culturas o poblaciones enteras.
  Y se han callado en circunstancias en las que callarse es (inevitablemente) lo mismo que hacerse cómplices de lo que está pasando.
  Por otra parte, nunca deberíamos olvidar que hay silencios que son más elocuentes que mu­chos discursos. Sobre todo, si tenemos en cuenta que abundan las reli­giones o los dirigentes religiosos que son sumamente sensibles ante ciertas cosas o determinados hechos, por ejemplo, en todo lo que se relaciona con la sexualidad, mientras que se muestran sospechosamente in­sensibles ante atropellos que se cometen contra los derechos humanos.
  Si pensamos que hablar contra los pecados sexuales no le complica la vida a nadie, mientras que hablar contra los poderes opresores, de los derechos de las personas, acarrea muchas complicaciones, entonces hay motivos para sospechar (al menos, "sospechar") que el silencio de las religiones, ante situaciones concretas de sufrimiento extremo, ha hecho (no raras veces) de los grupos religiosos y sus líderes unos colaboradores verdaderos y eficaces de la violencia y, en general, de las agresiones con­tra la vida de los seres humanos.
                  

  En segundo lugar, está la legitimación que las religiones otorgan a po­deres, autoridades e instituciones que siguen siendo causa, ahora mismo, de incontables agresiones a la vida y a la dignidad de tantas personas indefensas. Todos sabemos que muchos jefes de Estado o presidentes de gobierno juran su cargo ante la Biblia, ante un crucifijo o en presencia de personajes y símbolos religiosos.      Es evidente que un acto de esa natura­leza no tiene, ni puede tener, en último término, otra significación que afirmar solemnemente ante los ciudadanos que la religión, no sólo está de acuerdo con el sistema, sino que garantiza su legitimidad ante la opinión pública.
Por otra parte, no convendría olvidar que los poderes públicos necesitan esta legitimación, que les otorga un estatuto de ultimidad y definitividad en las convicciones y hasta en la conciencia de los súbditos. Es decir, mediante ese gesto simbólico, muchísimos ciudadanos (segura­mente son millones) se convencen y se afianzan en la idea de que las cosas “tienen que ser asi”.
  Porque, en último término, es Dios quien lo quiere y lo garantiza. Y entonces nos encontramos con el hecho sorprendente de que es Dios el que quiere, por ejemplo, que el presidente de los Estados Unidos tenga el poder que tiene y haga en el mundo las cosas que hace. Seguramente, a estas alturas, no se ha reflexionado suficientemente en la gravedad de la agresión a la vida que la religión (cualquier religión) lleva a cabo aceptando cumplir esa función. Porque con eso, lo que en el fondo viene a decir (aunque muchos ni lo piensen ni se den cuenta de ello) es que la religión está de acuerdo con que las cosas sigan como están. Lo cual les viene divinamente a las instituciones públicas, precisamente ahora, cuando la política, la economía, las fuerzas armadas y hasta la adminis­tración de justicia han caído en un desprestigio creciente. En este senti­do, no parece exagerado afirmar que la religión es un factor determinan­te en el sostenimiento del sistema, incluso en aquellos países en los que la Constitución ni siquiera menciona a Dios o lo religioso. Porque, tam­bién en esos países, los gobernantes saben muy bien que tienen que andarse con sumo cuidado en todo lo que roza las creencias y prácticas religiosas.

  No hace tanto tiempo que el mundo entero ha visto que hasta la Cuba de Fidel Castro ha recibido al papa con todos los honores. Es evi­dente que el papa no ha ido a Cuba a “legitimar” al comunismo de Fidel. Pero, en cualquier caso, lo que no admite duda es que la religión sigue desempeñando un papel, de aceptación o (hipotéticamente) de rechazo, que es mucho más determinante de lo que algunos se imaginan.
       Lo grave del asunto es que, normalmente, las religiones desempeñan el papel de aceptación de los sistemas constituidos, siempre que esos sistemas respetan a la religión y más cuando la favorecen mediante leyes y medidas económicas que sostienen o consolidan a las instituciones religiosas. Ahora bien, en la medida en que las cosas son así, ya no se trata de la simple "legitimación" de los sistemas constituidos, sino que lo que está en juego es la "colaboración" con los poderes que han organizado la política y la economía tal como de hecho funcionan a nivel mundial.
       Pero entonces esto quiere decir que las religiones vienen suministrando una colaboración de primera importancia a sistemas políticos y económicos que, sobre todo en las últimas décadas, están provocando el masivo y mortal fenómeno de la "exclusión", que es la agresión más fuerte que jamás se haya producido contra la vida de los seres humanos.
       Las personas religiosas sabemos (o tendríamos que saber) que el siglo XX debe ser calificado como el siglo de la "exclusión". Porque está claro que el libre mercado, que determina crecientemente las prioridades políticas, sociales y económicas, no puede satisfacer a todo el mundo.
       Y las personas religiosas sabemos (o tendríamos que saber) que, por definición, los "excluidos" son los que se ven privados de la dignidad y de los derechos que les corresponden como personas. Así pues, estamos asistiendo a un fenómeno sorprendente del que muchas personas no se dan cuenta.
    Por una parte, las religiones apelan a la solidaridad con los excluidos de este mundo. Pero, al mismo tiempo, las religiones colaboran activamente legitimando y apoyando a los poderes e instituciones que no paran de generar "exclusión" y que, por tanto, hacen imposible la solidaridad.




II .  Causas


            Pero, cuando hablamos de las agresiones contra la vida de los seres humanos, interesa indagar (hasta donde sea posible) las causas que provocan tales agresiones.
            Normalmente pensamos que la causa fundamental del sufrimiento que las personas nos causamos mutuamente está en la maldad, en la perversión, en la degeneración de los individuos, con todo lo que eso supone de malas intenciones, envidias, deseos torcidos y retorcidos, soberbias, venganzas o cosas peores.           
            Es evidente que todo eso provoca y condiciona, de manera decisiva, las incontables agresiones contra la vida que se cometen constantemente en este mundo.
            Pero hay algo, en todo esto, que mucha gente no tiene en cuenta. La capacidad de agresión y de causar sufrimiento no depende sólo de la maldad de las personas. Para hacer sufrir a cualquiera, además de maldad, se necesita poder.
            Un hombre completamente desprovisto de poder, por mucha mal­dad que lleve dentro, precisamente por su total impotencia, está abso­lutamente desprovisto de capacidad para hacer sufrir.
            El que no puede nada, lo único que provoca es lástima o quizá desprecio.
            La agresión y el sufrimiento son siempre efecto de una fuerza, que precisamente por eso, porque es un poder que se me impone y ante el que no tengo defen­sa, por eso me humilla, me duele, me priva de lo que es mío, ya sea mi dignidad, mi libertad, mi bienestar o simplemente mi capacidad de sentirme a gusto y disfrutar de la vida.
       Esto supuesto, aquí hay que hacer dos precisiones importantes.

La primera es que el poder, que hace sufrir, puede provenir de causas muy diferentes.
      
Puede tratarse de un poder "natural": el que tiene más fuer­za que yo, puede agredirme fisicamente.            
Puede tratarse de un poder “legal”: el político que me impone una ley en virtud de la cual limita mis derechos, tiene un poder que mutila mis posibilidades de vivir mejor.
Puede tratarse de un poder basado en el "saber": el que tiene más conocimientos que yo puede humillarme por mi ignorancia o mi falta de cultura.
Puede tratarse de un poder "económico: si yo dependo, para vivir, de lo que me da otra persona, es evidente que esa persona tiene una capacidad incalculable para humillarme y someterme.
O también puede ocurrir que quien me agrede, lo haga en virtud de un poder "que yo le concedo": el que, a sus treinta años, sigue sufriendo por causa de la autoridad que su padre ejerce sobre él, está claro que, le concede poder al "padre` y "señor" que se empeña en ser toda la vida el que manda y decide sobre un "ser infantil”. Es la historia de las "madres castradoras”, de los "esposos intolerantes” y de todos los que, a partir de una decisión que ellos asumen (por la razón que sea), permiten y toleran que otros ya sean personas o instituciones, dispongan de su libertad y de su vida.

Aquí hay que situar las agresiones que cometen las religiones (cuando eso se produce) sobre los fieles que se confian a ellas. Pero de esta cues­tión hablaremos más adelante.

La segunda precisión, que nunca deberíamos olvidar, es que, tal como está organizada la sociedad y tal como suelen funcionar las insti­tuciones, las agresiones del poder no proceden siempre y necesariamen­te de la maldad de quienes lo ejercen.



El problema fundamental no está en la buena o mala voluntad de quienes gestionan el poder.  

            El problema está en la dinámica misma del poder.

        Porque un poder (ya sea político, eco­nómico, religioso ... ), en la medida en que quiera seriamente afianzarse, consolidarse y ampliarse, no tiene más remedio que ser fiel a las reglas de juego del poder.
        Y esto significa, entre otras cosas, que los intereses del poder se suelen anteponer a los intereses de quienes se someten a él. Ahora bien, desde el momento en que el poder tiene que funcionar así, bien puede ocurrir (y de hecho ocurre) que en los cargos de poder hay personas que, precisamente por la responsabilidad que sienten por mantener lo que les han encomendado, pueden cometer (y de hecho come­ten) agresiones de incalculables consecuencias sobre personas inocentes. Obviamente, esto quiere decir que, con relativa frecuencia, al frente de las instituciones hay personas que, con buena conciencia, más aún, con la conciencia del deber cumplido, hacen sufrir insospechadamente a quienes están sometidos al poder de la institución.
            Y no convendría olvidar que esto tiene más peligro de ocurrir precisamente en las insti­tuciones religiosas. Porque cuanto más noble es el motivo que legitima al poder, más peligro hay de que quien ejerce ese poder se sienta en paz con su conciencia al poner en práctica el poder presuntamente divino que confunde con sus propias decisiones.
      

III .  Gravedad de los problemas.


Pues bien, a la vista de lo que acabo de decir, se comprende la gra­vedad del problema que se nos plantea cuando afrontamos el espinoso asunto de las agresiones que comete la religión contra la vida y la dig­nidad de los seres humanos.
En toda religión, el poder se presenta como poder divino. Ahora bien, el poder divino, por definición, es poder incuestionable. Cuando un dirigente religioso se atreve a decir, ante sus súbditos, que él ocupa “el lugar de Dios” o que sus decisiones expresan “la voluntad de Dio”, es claro que tales súbditos, si es que toman en serio lo que oyen, deben sentirse en una situación sumamente desagra­dable, que puede llegar a la indefensión casi total.
     Lo que es tanto como decir que, si las cosas llegan a ese extremo, esos súbditos deben experi­mentar la más grave de las agresiones. Insisto en que la agresión se comete cuando el que habla y el que escucha toman realmente en serio lo que se dice y se escucha. Porque, a partir de ese momento, la religión se adueña de la persona entera y puede llegar a forzar las cosas hasta el límite de exigir que se vea como blanco lo que, a todas luces, se ve que es negro. Es más, la religión puede exigir, no sólo el sacrificio del enten­dimiento y de la voluntad, sino incluso el sacrificio de la propia vida.
            Hasta ese extremo pueden llegar las agresiones que la religión comete con quienes se entregan a ella por completo. Naturalmente, la violen­cia, el fanatismo y las consiguientes dosis de sufrimiento, que todo esto ha producido y sigue produciendo, son sencillamente incalculables.

      




IV .  Motivos del presente escrito.



Pues bien, si ahora pensamos que muchas de estas cosas (no sé si todas) ocurren, no sólo en otras religiones, sino también en la vida de los cristianos y en la organización de la Iglesia, se comprende ensegui­da el motivo que me ha llevado a escribir este libro.
Sería necesario estar ciegos para no darse cuenta de que muchas de las enseñanzas de los evangelios sobre el Reino de Dios son la denuncia más seria que se puede hacer contra las agresiones que he indicado hace un momento.
Y esto explica la selección de materiales que he hecho en mi análisis. No pretendo estudiar el tema del Reino de Dios en su totalidad. Pero tam­bién es cierto que cualquier estudio sobre el Reino no podrá prescindir de las implicaciones que tiene el mensaje de Jesús en favor de la vida y la dignidad de los seres humanos.
Decir, por tanto, que el Reino de Dios es afirmar el “Señorío de Dios”, eso es verdad. Pero también es cierto que eso es una verdad tan genérica y hasta tan ambigua, que equivale prác­ticamente a no decir casi nada.
Por otra parte, desde el momento en que me propuse estudiar el asunto del Reino, tal como acabo de explicar, enseguida comprendí que para eso no basta analizar los evangelios. Porque también san Pablo y los escritos deuteropaulinos (por ejemplo, la carta a los efesios) hablan del Reino de Dios.
Pero hablan de ese asunto de una manera distinta a como lo hacen los sinópticos.
                   Primero, porque no le dan al Reino la im­portancia y la centralidad que le conceden los tres primeros evangelios.
                   Segundo, porque las pocas veces que se menciona el tema del Reino, los escritos del "corpus paulinum", lo interpretan de acuerdo con significa­dos que tienen poco que ver con lo que, según la tradición sinóptica, hizo y dijo Jesús.
                  



                   Por supuesto, yo no pretendo analizar lo que esto representa con todas las implicaciones que lleva consigo. Porque eso también exigiría un estudio mucho más amplio y detallado de lo que este trabajo puede dar de sí. Tampoco se trata de decir que Pablo adul­teró[1] el mensaje de Jesús sobre el Reino de Dios. Porque, al menos hasta este momento, nadie conoce el contenido del mensaje del Reino de manera tan exhaustiva que pueda atreverse a hacer semejante afirmación con garantías de objetividad.
            Digamos, pues, con modestia y ponderación, que efectivamente Pablo enseña cosas, sobre el Reino de Dios, que no están en los evangelios.

Lo que acabo de decir no tendría importancia si se quedara en eso.
Porque de sobra sabemos que, en otras cuestiones que no están en los evangelios (cristología, soteriología, la justificación por la fe, la libertad cristiana ... ), las enseñanzas de Pablo enriquecieron a la teología desde diversos puntos de vista. El problema, cuando se trata del Reino de Dios, está en saber si los contados textos de Pablo, sobre este tema, die­ron o no dieron pie para que, en siglos posteriores, se pudieran justifi­car determinadas formas de entender y practicar la vida cristiana y la misma organización de la Iglesia de manera que ya eran cosas que te­nían muy poco que ver (en algunos casos, nada) con lo que, según los sinópticos, enseñó Jesús.
Este problema se acentúa si tenemos en cuenta que el anuncio del Reino de Dios, que es el centro en los evangelios sinópticos, ya no es el centro en el resto del Nuevo Testamento.
Como tampoco es el centro en la enseñanza de los padres de la Iglesia ni en la teología de los siglos siguientes.
Mientras que, cuando se trató de interpretar la vida cristia­na, con el paso del tiempo, fue adquiriendo una importancia creciente algo que no tiene lugar en la tradición bíblica, que es el concepto de vir­tud y la consiguiente victoria sobre determinados catálogos de vicios.
No quiero decir, en modo alguno, que esto fuera una innovación intro­ducida por Pablo, ya que la areté (virtud) aparece en todo el Nuevo Testamento sólo dos veces (Fil 4, 8; 2 Pe 1, 5) en contextos que no tie­nen relevancia alguna.
Por otra parte, junto a esta interpretación de la vida cristiana, sabemos que se fueron introduciendo formas de entender y vivir la organización de la Iglesia de manera que en ella adquirió cada vez más importancia una forma de ejercer el poder, por parte de los diri­gentes eclesiásticos, que fue desplazando progresivamente a los laicos en la vida de la Iglesia.

Ahora bien, si se analizan detenidamente estos dos temas, por una parte, el tema de la virtud, por otra parte, el tema del poder, enseguida se comprende que todo eso tiene dos consecuencias muy serias:
       1.  Ni la "virtud" ni el "poder" encajan con las enseñanzas de Jesús sobre el Reino de Dios, al menos tal como esas enseñanzas se nos presentan en los evan­gelios sinópticos.
            2. Tanto la "virtud" como el "poder", tal como esas cosas se entendieron en sus orígenes extrabíblicos, más concretamente en las tradiciones de la cultura helenísta, se han traducido histórica­mente en agresiones, tan disimuladas como profundas, a la vida y a la dignidad de los seres humanos.
                            
                        De ahí que la espiritualidad, en primer lugar, y la eclesiología, en segundo lugar, han sufrido (en su ya larga his­toria) alteraciones que hoy nos plantean serias dificultades a la hora de entender lo que significa y exige el Reino de Dios. Y, sobre todo, cuan­do se trata de vivir de acuerdo con el mensaje del Reino.


V .  División del escrito.



       A partir de los problemas planteados, y para responder a ellos, el libro se divide en tres partes.
       En la primera, se analiza la relación entre el Reino de Dios y la vida, tal como eso se expresa en los evangelios sinópticos (capítulos 1 al 9).
       En la segunda, se estudia la enseñanza de Pablo sobre el Reino de Dios, desde el punto de vista de los condicio­namientos sociales y culturales que pudieron influir, en esa enseñanza, para dar pie a que (con el paso del tiempo) el mensaje de vida de los evangelios llegara a ser puesto en práctica, no raras veces, en formas y concreciones que poco tienen que ver con lo que enseñó Jesús e incluso, en ocasiones, como auténticas agresiones a la vida (capítulos 10 y 1 l).
       En la tercera, se trata de repensar la espiritualidad y la eclesiología desde la teología de los sinópticos, en lo que se refiere al Reino de Dios y tal como eso se estudia en la primera parte.


Para terminar, quiero expresar mi sincero agradecimiento al profesor José Luis Sicre, por la incalculable ayuda que me ha prestado con la valiosa información que me ha proporcionado sobre determinados pun­tos, así como con las inteligentes correcciones que hizo a mi manuscri­to. Igualmente, agradezco a Carlos Muñiz Romero los consejos que me ha dado, desde su excelente manejo de nuestro lenguaje, así como tam­bién por sus conocimientos de la espiritualidad ignaciana.


Jose  Ma. Castillo.




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