sábado, 11 de diciembre de 2010

Ensayo sobre el Subdesarrollo Latinoamerica, 200 años después. Cap 1


Ensayo sobre el Subdesarrollo
Latinoamerica, 200 años después.
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Capitulo 1.


I

En el año 2010, probablemente se iniciarán los fastos de celebración de los 200 años del inicio de los procesos de independencia en las colo­nias iberoamericanas.

Serán, previsiblemente, como tantas cosas en la región, exuberantes en sus formas y exultantes hacia los libertadores.
El acontecimiento está lleno de singularidades.
Una de ellas es que Latino­américa fue la primera región del mundo en lograr su independencia de tres potencias coloniales.
Los países que la integran están entre los Esta­dos independientes más antiguos del mundo, anteriores en su formación a Italia, Alemania, Australia o la India.
Cuando se firma la Carta de Na­ciones Unidas, en junio de 1945, diecinueve de los 51 Estados firmantes son latinoamericanos.
De los 32 restantes, sólo diez países pueden indi­car una fecha de su nacimiento como Estados independientes anterior a la de los Estados latinoamericanos. Las excepciones eran Cuba y Pana­má, independizados formalmente en 1898 el primero y en 1903 el se­gundo, pero que habían pasado, sin interludio, a control directo de EEUU, sin gozar de ningún periodo de independencia real.
La otra sin­gularidad es que Latinoamérica se independiza en momentos en que se inicia, en otras zonas del mundo, el proceso de colonización por parte de un puñado de potencias europeas, con Inglaterra y Francia a la cabeza.

Dicho de otra manera, Latinoamérica se independiza de España justo cuando vastas regiones del mundo, incluso continentes enteros, van ca­yendo bajo el dominio de unas pocas potencias europeas.
El siglo XIX será el gran siglo del colonialismo y del imperialismo europeos y, también, el gran siglo del capitalismo, hijo predilecto de la Revolución industrial y de la Re­volución francesa y, ambas, motores del colonialismo y del imperialismo (y de la emigración y las distintas revoluciones científicas y técnicas que se han desarrollado desde entonces, incluida la última basada en la Informática).
Latinoamérica, aparentemente, quedó exenta de esas dos la­cras que tantas calamidades produjeron a los países y pueblos coloniza­dos, y pasó a formar parte del reducido club de Estados independientes que formaban la sociedad internacional decimonónica.
Esas dos singularidades, sumadas, deberían haber posibilitado el sur­gimiento de un conjunto de países ricos, fuertes y desarrollados, o, cuan­do menos, de unos Estados adecuadamente ricos, que velaran por lo suyo y tuvieran una positiva presencia internacional.
No ocurrió así.
La rele­vancia económica de Latinoamérica, en el conjunto de la economía mundial, ha venido sufriendo un constante retroceso, siendo hoy la re­gión menos significativa del mundo, sólo superada en la minusvalía eco­nómica, comercial, científica y técnica por África, el continente más de­vastado, expoliado y maltratado por el brutal colonialismo europeo.
Las cifras no permiten engaños al respecto.
Latinoamérica representaba el 12,4 por 100 de PIB mundial en los años 50.
En 1980, según cifras del FMI y del Banco Mundial, bajó al 7,2 por 100, para descender a un sim­bólico 5,4 por 100 en 2005.
Otro dato: según un informe del Banco Mundial, presentado en octubre de 2006, Latinoamérica permanece es­tancada desde 1980.
En opinión del Banco Mundial, los motivos princi­pales son dos: un crecimiento modesto y la persistencia de enormes de­sigualdades entre ricos y pobres.

El caso de Brasil es ilustrativo.

El gigante sudamericano hace alardes de ser la décima economía mundial, presentando datos macroeconómi­cos deslumbrantes.
En 2006, su economía creció el 3,7 por 100, superan­do el registro de 2,9 por 100 de 2005.' En 2007, las estimaciones preli­minares de la Comisión Económica para América Latina de la ONU (CEPAL), presentadas en diciembre de 2007, calculaban el crecimiento de Brasil en el 5,3 por 100. Entre 2000 y 2006 su PIB creció un impresio­nante 21,7 por 100. Examinando más de cerca la situación, aparece el tí­pico modelo latinoamericano. El crecimiento brasileño ha estado impul­sado por los buenos precios internacionales de las materias primas, y también por la afluencia masiva de inversión extranjera directa, que au­mentó un 25 por 100 en 2006, alcanzando los 18.000 millones de dólares. Macroeconómicamente, todo perfecto.
Pero en Brasil, el servicio de la deuda externa –que ascendía en diciembre de 2007 a 194.000 millones de dólares– absorbió el 36 por 100 (le las exportaciones; el 36,3 por 100 de la población vive en la pobreza y, de ellos, el 8 por 100 vive con menos de un dólar al día, el paro es del 10 por 100, la criminalidad una de las más alto del mundo, la deuda pública equivale casi al 50 por 100 del 1,1  y la renta per cápita es de 6.000 dólares, una quinta parte de la que posee la Unión Europea.
Brasil quiere codearse con los grandes, pero carece de los presupuestos básicos para hacerlo. Su desarrollo científico y técnico está en un segmento muy bajo, sus industrias funcionan la mayoría de ellas comprando patentes extranjeras, y su economía sigue descansando en la exportación de materias primas o productos con escasa transformación, como lo demuestran los datos. En 2007, Brasil alcanzó la cifra récord de 160.649 millones de dólares en exportaciones, equivalente a un 16 por cien mas de lo exportado en 2006. La causa de ese crecimiento sorprendente radica en los altos precios internacionales de los llamados commodities, que significaron el 65 por 100 de las exportaciones totales. Commodities, como define el Diccionario panhispánico de dudas, es un anglicismo innecesario que se emplea par referise a productos básico o materias primas.
Salvo en volumen, Brasil sigue siendo periferia. Nada ilustra mejor la situación de un país que el trato que da a su infancia. Según un estudio de la CEPAL y el Fondo de Naciones Unidas pera la Infancia (UNICEF), titulado La pobreza infantil en América Lati­na, unos 52 millones de niños son pobres en América Latina y, de ellos, unos 30 millones padecen hambre, pese a que la región produce tres veces los alimentos que necesita, según informes internacionales. En cifras los niños pobres son hoy más que en 1980.

EMIGRACION

Latinoamérica ha pasado, finalmente, de ser una geografía receptora neta de inmigración a ser una región emisora de emigrantes, dentro de los cuales se encuentran los sectores más preparados y la gente más diná­mica. Nada ilustra mejor el fracaso de los Estados latinoamericanos que contemplar la riada de gente que, desde hace décadas, los abandona. Tampoco hay nada que exprese con mayor dramatismo el fracaso de dichos Estados.
Según un informe especial de la American Immigration Law Foundation (AILF), titulado A Humanitarias Crisis at the Bordes, entre 2.000 y 3.000 cadáveres de emigrantes latinoamericanos (hom­bres, mujeres y niños) han sido hallados en las proximidades de la frontera suroeste de EEUU desde 1995.
La AILF señala que al menos mil de ellos fueron encontrados en el sur del Estado de Atizona, una cifra que sería –según expertos citados en el informe– diez veces superior al nú­mero total de víctimas que dejó el desaparecido muro de Berlín a lo lar­go de sus veintiocho años de existencia.
El aumento del número de víc­timas ha sido proporcional al incremento de los controles migratorios por parte de las autoridades estadounidenses, al obligar a los emigrantes a buscar rutas cada vez más peligrosas para intentar su ingreso en EEUU.
Incluso agencias oficiales del gobierno estadounidense, como la Oficina de Contabilidad del Gobierno (GAO, en inglés), consideran que el au­mento de víctimas es consecuencia directa del incremento de las restric­ciones y la vigilancia. También consecuencia indirecta del desastre de los Estados latinoamericanos, incapaces de ofrecer trabajo y esperanza a sus poblaciones. Según la CEPAL, en 2006 la emigración latinoamericana era ya de 25 millones de personas, lo que convierte a Latinoamérica en la región del mundo que mayor número de personas expulsa de sus países de origen.

Economia-ciencia

Dos siglos después de su independencia, la región se halla en el fur­gón de cola de la economía, el comercio y el desarrollo científico-técni­co mundiales, sobre todo de este último, lo que compromete seriamente su futuro y perspectivas.
La crudeza de los datos sobre el atraso no ocupará ningún lugar de honor en el previsible torrente de actos conmemorativos de los 200 años de vida independiente.
Como ha venido ocurriendo a lo largo de estos dos siglos, el aluvión de fastos servirá para ocultar un hecho difícilmen­te soslayable, y es que la independencia de España y de Portugal terminó en fraude, pues sólo significó cambiar el tipo de dominación y de amo.
El blando imperialismo ibérico fue sustituido, casi sin transición, por uno más taimado, cruel y rapaz, como fue el imperialismo informal de Gran Bretaña, menos visible pero más incisivo e implacable.
La nueva forma de dominio penetrará tan profundamente en la estructura política, econó­mica y social, que los nuevos Estados van a ser conformados para satisfa­cer las demandas de la nueva metrópolis, con olvido de sus propios intere­ses.
Tan hondo calará el imperialismo informal, que este imperialismo aún perdura, no en cuanto al país dominante (los británicos fueron sustituidos en el siglo XX por EEUU y en el XXI por un conglomerado de países, algunos europeos, que no podían faltar al festín pantagruélico que supusieron las privatizaciones), sino en cuanto al modelo económico y social.

La dominación británica

La dominación británica, además, aisló a Latinoamérica de los cambios que sacudieron a Europa y al mundo en el siglo XIX, y que cambiaron el rostro del planeta en lo bueno y en lo malo. Pasando el tiempo, este aislamiento determinó que la región se fuera quedando en el furgón de cola de la economía mundial y completamente al margen de las revoluciones industriales y científico-técnicas que, desde el siglo XIX, han moldeado y transformado, como nunca en su historia, a la humanidad, eso que continúa hoy a velocidad vertiginosa.


Un origen

El origen del imperialismo informal y de otros muchos desastres, que siguen afligiendo y mantienen entrampados a los países, se encuentra en la cuna misma de la independencia, es decir, en el periodo inmediato, ulterior y posterior, a las guerras contra el dominio de España.
Está tam­bién en aquel reducido grupo de criollos, hijos casi todos de las oligar­quías nativas, buena parte de ellos educados en Europa como europeos, que, al tiempo que profesaban un profundo sentimiento antiespañol –no obstante serlo ellos mismos–, eran admiradores devotos del poder britá­nico, lo que les llevó a actuar, de manera consciente o inconsciente, como agentes del imperialismo inglés.
Fue así cómo su sentimiento an­tiespañol –y el deseo de imitar miméticamente a los independentistas  estadounidenses– les impulsó a buscar la independencia sin detenerse a
analizar costos ni analizar las precarias circunstancias internas y externas que existían para la región. Fue así también cómo su anglofilia los llevó entregar los países y las economías a los intereses británicos, hasta el punto de renunciar, antes aún de haberse consumado la derrota de España a cualquier planteamiento de construcción nacional autónoma. Los Estados emergentes pasaron a convertirse en simples apéndices de los intereses comerciales, económicos y políticos de Inglaterra, hecho que determinará su evolución posterior y explica parte sustancial de su fracaso actual como Estados.

Los grupos dominantes que tomaron el poder en los países recién crea­dos, estuvieron más pendientes de satisfacer al poder extranjero y defen­der sus intereses de clase que preocupados por crear Estados fuertes y pueblos educados y felices.
Su preocupación fue crear Estados que sirvie­ran a sus intereses de clase y a los intereses de la metrópoli tutelar: El Es­tado oligárquico, clasista, excluyente, anclado en el siglo XVII, en el que las oligarquías de comerciantes y terratenientes se perpetuarían a sí mis­mas y donde los ciudadanos serían como los peones en sus grandes ha­ciendas, masas para cumplir con lo que decidiera el gobierno oligarca de turno.
Siendo más fácil imitar que crear, dichas oligarquías se dedicaron con afán a copiar las ideas y conductas, inglesas en economía, francesas en modas y arte. En suma, a imitarlas miméticamente, para sentir que ellos, criollos, aunque vivieran como exiliados en aquel aislado conti­nente, eran sus pares en América, aunque les separara no sólo el océano Atlántico, sino todo lo demás, salvo religión y cultura.
Ellos, además, te­nían una misión que realizar, expuesta de manera clara por uno de los personajes más singulares del sigloXIX argentino, Domingo Faustino Sarmiento, autor de una obra que tuvo un gran impacto en la región: Fa­cundo, Civilización y barbarie, escrita por fascículos durante su exilio en Chile y publicada como libro en 1845. En sus páginas exclama Sarmien­to: «De eso se trata, de ser o no ser salvaje».
Luego, en el capítulo II de su obra, escribe:
Si un destello de literatura nacional puede brillar momentáneamente en' las nuevas sociedades americanas, es el que resulta de la descripción de las grandiosas escenas naturales y, sobre todo, de la lucha entre la civilización europea y la barbarie indígena, entre la inteligencia y la materia.

¿Y que entendía por «civilización»?

Simplemente, la imitación me­cánica de lo que entendían por europeo, que era lo británico y lo francés (no lo español o portugués).
De ahí la importancia de volver al pasado para poder entender mejor el presente.
A pesar de haber transcurrido casi dos siglos, la historia de la región sigue anclada en sus orígenes y continúa pagando con creces los errores cometidos por las clases oligár­quicas que tomaron el poder, en sustitución de España y Portugal.
Erro­res que siguen vigentes y son repetidos una y otra vez, década tras déca­da, prolongando en el tiempo la postración y haciendo más profundo el atraso y el dolor de Latinoamérica.


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