domingo, 12 de diciembre de 2010

Fundamentalismo Religioso Cap. III


Capitulo III
El fundamentalismo religioso

1.

UN FANTASMA RECORRE EL MUNDO:
¡EL FUNDAMENTALISMO!

La tolerancia no ha sido precisamente una virtud que haya caracterizado a las religiones ni en el comportamiento con sus fieles ni en su actitud ante la sociedad.

La mayoría de las religiones han impuesto un pensamiento único y han perseguido, castigado y expulsado de su seno a los creyentes considerados disidentes y heterodoxos. En su relación con la sociedad han invadido espacios civiles que no en de su competencia y han impuesto sus creencias, muchas veces por la fuerza; por lo mismo, el diálogo interreligioso ha brillado por ausencia.
Lo que no puede sorprender.
Una de sus prácticas más tendidas ha sido la intolerancia, que hoy adopta la forma extrema fundamentalismo, muy presente sobre todo en las religiones monoteístas.


«Un fantasma se cierne sobre Europa: el del comunismo.» Así comienza el Manifiesto comunista, de 1848. Ese grito podría ser sustituido hoy por otro, que también resulta certero y expresa un mal generalizado: «Un fantasma recorre el mundo moderno: el fundamentalismo».
Pero más que fantasma se trata de una realidad practicamente verificable de múltiples formas.

«Fundamentalisnio» es una palabra erudita del ámbito del crisnismo, usada primero por los expertos para designar un fenómeno religioso muy concreto dentro del cristianimio, que ha pasado a otros ambitos, como sucede con la palabra «globalización», que en origen pertenece al ámbito económico y se emplea en otros contextos.
Actualmente su uso se ha generalizado fuera y más allá del campo religioso: en los medios de comunicación, entre el gran público, en la conversación ordinaria.
Se trata de una palabra que tiene una pre­sencia omnímoda en todos los debates, cualquiera que fuere el tema.

El término «fundamentalista» se aplica a personas creyentes de las distintas religiones, sobre todo a judíos ultraortodoxos, a mu­sulmanes integristas y a cristianos tradicionalistas.
El fenómeno fun­damentalista suele darse ‑aunque no exclusivamente‑ en sistemas rígidos de creencias religiosas que se sustentan, a su vez, en textos revelados, definiciones dogmáticas y magisterios infalibles.
Con todo no puede decirse que sea consustancial a ellos.
Constituye, más bien, una de sus más graves patologías.
      
       El término se aplica también a esfera no religiosa. Se habla, por ejemplo, de «fundamentalismo político» y de «fundamentalismo económico».
       Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía y director del equipo de asesores económicos de la Casa Blanca durante el mandato de Clinton, llega a hablar de «fundamentalismo neolibe­ral», refiriéndose a la política económica seguida por el Fondo Mo­netario Internacional, ya que se presenta como la única interpretación autorizada del complejo fenómeno de la globalización.
       El fundamentalismo neoliberal, dice, posee similares características a las de otros fenómenos fundamentalistas, como veremos en el capí­tulo siguiente: impone su visión de las cosas y no admite la disidencia; se muestra ciego ante lo que es evidente para otros; actúa auto­ritariamente en la aplicación de su ideología; no tiene en cuenta los diferentes contextos; recurre a una permanente descalificación
de otras concepciones a las que tiende a tachar de anticientíficas y demagógicas.
La palabra «fundamentalismo» tiene, en fin, una fuerte carga emotiva, de la que es muy difícil desprenderse. Pero hay que inten­tarlo.
Aquí voy a centrarme en su significación religiosa, preferente­mente dentro de la tradición cristiana, aunque en el último apartado dedicado a la fenomenología del fundamentalismo me referiré tam­bién al judaísmo y al islam.

Referencias biblograficas. J. Stiglitz, «Lo que aprendí de la crisis mundial y Cambio de guardia en el FMI»: El País, 17 de junio de 2001; íd., El malestar en la globalización, Taurus, Madrid, 2003.




2.

NORTEAM ÉRICA,  CUNA DEL  FUNDAMIENTALISMO

La palabra “fundamentalismo” nace en un entorno religioso muy concreto: el protestantismo evangélico; en un lugar geográfico de­terminado: los Estados Unidos de América; en un momento históri­co preciso: comienzos del siglo XX.

Eso revela o sugiere, al menos, dos cosas, como observa certeramente el teólogo J. Comblin: que el uso generalizado de la palabra constituye una prueba inapelable de la importancia que tiene actualmente el «pensamiento USA» en el mundo; y que la palabra y la realidad del fundamentalismo reflejan, describen y dicen mejor lo que es y cómo se vive la religión en Esta­dos Unidos, que lo que es en otros lugares.


Entre 1910 y 1915 se publican en Estados Unidos 12 fascículos bajo el título The Fundamentals”: a Testimony to Truth, en una edi­ción de tres millones de ejemplares, en los que se recogían artículos teológicos escritos por protestantes evangélicos norteamericanos per­tenecientes a las distintas denominaciones congregacionales.
Su ob­jetivo era defender los puntos fundamentales de la fe cristiana ame­nazados por la exégesis moderna y el liberalismo, que habían entrado en la teología y podían demoler esos fundamentos.

Se resumían en los siguientes:
-la encarnación de Cristo, Hijo de Dios y Dios él mis­mo,
-el nacimiento virginal de Jesús,
-el carácter expiatorio de su muerte en la cruz para la salvación del género humano,
-la resurrec­ción corporal de Jesús,
-la inminencia de la segunda venida de Cristo,
-la afirmación del pecado como experiencia negativa que aleja de Dios y hace necesaria la expiación,
-la salvación por la gracia de Dios, y no por las obras humanas,
-la inspiración verbal y, en consecuencia, la inerrancia y la autoridad incuestionable de toda la Biblia y en todos los campos del saber, religiosos y científicos, filosóficos y teológicos.

En 1919 se crea la “World's Christian Fundamentals Association” entre distintas denominaciones protestantes para combatir el libera­lismo teológico y regenerar el protestantismo.
Pero poco a poco va radicalizándose hasta adoptar posiciones extremas.
Un año más tar­de el término salta a la opinión pública a través de un artículo de Curtis Lee Laws en el periódico de Nueva York Watchman‑Exami­ner, del que era editor, en el que exponía la declaración del fundamentalismo en estos términos:

Proponemos aquí y ahora que se adopte un nuevo nombre para designar a las personas que entre nosotros insisten en que no sean cambiados los puntos de referencia. La palabra Conservatives está demasiado ligada a las fuerzas reaccionarias en todos los medios.
El término Prenúllenarisis está estreclianiente ligado a una doctrina particular y no es suficiemeniente global. El termino Landinarkers tiene un inconveniente histórico y designa un grupo particular de conservadores radicales. Sugerimos, pues, que aquellos que siguen todavía firmemente apegados a los grandes fundarnentos (Funda­mentals) y que están decididos a emprender una batalla en regla a favor de esos fundamentos sean llamados Fundamentalists. Con este nombre desea que se llame al redactor‑jefe del Watchman‑Exami­ner. Así, pues, se comprenderá que cuando utilice este término lo entenderá como un elogio y no como un insulto.

En 1925 tuvo lugar en Dayton el «caso Scopes» o «Proceso de los monos», que consistió en el juicio contra John T. Scopes, un joven pro­fesor de biología que explicaba a sus alumnos la teoría de la evolución de las especies de Darwin, violando las leyes del Estado de Tennessee que prohibían enseñar cualquier teoría contraria al relato genesíaco de la creación del ser humano por Dios.

Los fundamentalistas se implica­ron a fondo en el juicio contra el profesor.
El juicio terminó en condena para Scopes, pero los fundamentalistas quedaron muy desacreditados y fueron objeto de sistemáticas ridiculizaciones por parte de los medios de comunicación, que reprodujeron sus endebles argumentos y los acusa­ron de oscurantistas y enemigos del progreso científico.

Otro momento de «epifanía» de los fundamentalistas fue, cua­tro años después, la Gran Depresión, que interpretaron en clave apocalíptica y milenarista corno castigo de Dios por la apostasía de América.
Tras este acontecimiento tendría lugar el inminente regre­so de Cristo en su segunda venida.

La radicalización de los fundamentalistas produjo una fractura insalvable en el mundo evangélico.
El presbiteriano Carl Mcintyre (1906‑2002), representante de la corriente fundamentalista maxi­malista, creó en 1932 la Bible Presbyterian Church, diez años más tarde el American Council of Christian Churches, y en 1948 el In­ternational Council of Churches, que se presentaba como contra­punto al Conseío Mundial de las Iglesias.








3.

LA IGLESIA ELECTRONICA
CONTRA LA TEOLOGIA LIBERAL:
LA «MAYORIA MURAL»


                        A partir de la década de los sesenta del siglo pasado, el protestantis­mo americano, en sintonía con el Consejo Mundial de las Iglesias, adoptó un talante liberal en lo ideológico, comprometido en lo so­cial, tolerante en lo moral, progresista en lo cultural, dialogante con la ciencia en el debate sobre el evolucionismo, y profundamente res­petuoso con el pluralismo religioso, dando lugar al «Evangelio so­cial» y a corrientes teológicas y filosóficas en diálogo con los nuevos climas culturales, como la teología de la cultura, de Niebuhr, y la filosofía de la religión, de Paul Tillich.
Se produjo una apertura a la secularización y una valoración positiva de la secularización.
El ejem­plo más emblemático fue La ciudad secular de H. Cox.
En su seno nació incluso la «teología de la muerte de Dios», de vida muy efíme­ra (murió antes «la teología de la muerte de Dios» que el propio Dios, que parece gozar de buena salud).

Los fundamentalistas contraatacaron con virulencia en todos los campos en que el protestantismo liberal avanzaba.
Intervinieron en los debates internos sobre cuestiones exegéticas, pero también en cuestiones morales como el aborto, la homosexualidad, la supresión de la oración en las escuelas, etc.
Y lo hicieron en los medios de comunicación, sobre todo a través de la televisión, con sus propias y potentísimas cadenas, lo que dio lugar al fenómeno llamado Iglesia electrónica, muy bien analizado por Hugo Assniami y Harvey Cox.

El teólogo bautista norteamericano Harvey Cox consideraba la «relación amorosa entre los fundamentalistas y los medios electró­nicos de masas como «el hecho religioso más significativo en la historia reciente de los Estados Unidos», que cogió por sorpresa a los intelectuales, quienes veían en el fundamentalismo un movimiento decadente y marginal.
La sorpresa se debía, además, a que «los mis­mos predicadores que miraban con recelo el negativo influjo de la ciencia en la moralidad humana se han convertido actualmente en consumados expertos en la técnica de la televisión, la más afortuna­da heredera del cine, y se están haciendo oír gracias a las tecnologías producidas por los más avanzados laboratorios.
A través de estos medios de masas, los tele predicadores buscaban la regeneración moral de la sociedad norteamericana, sumida, a su juicio, en un pro­ceso de deterioro moral y cultural en todos los ámbitos: familia, escuela, sociedad, política, religión, etcétera.
El teólogo y sociólogo de la comunicación brasileño Hugo Ass­mann inscribe el fundamentalismo norteamericano en la crisis de legitimidad del capitalismo en su fase de transnacionalización y en un movimiento de debacle de los valores tradicionales.
En ese sentido lo considera «más que un literalismo bíblico, una concepción puramen­te individualista de la salvación, más la defensa de los valores tradi­cionalistas, en aras de la 'libre iniciativa' o integrismo político».
A finales de la década de los setenta y durante toda la década de los ochenta del siglo XX los fundamentalistas jugaron un importante papel en la esfera política de los Estados Unidos en defensa de los candidatos conservadores Ronald Reagan y George Bush senior, con la creación de la corriente The Moral Majority S.A., del pastor bau­tista y teleevangelista Jerry FalweIl, y la Christian Coalition, del te­leevangelista Pat Robertson. Rompían de esa manera el aislamiento político en el que se encontraban y colocaban la supuesta «mayoría moral» al servicio de una política ultraconservadora en lo político, lo cultural, lo religioso, lo educativo y lo moral, que contrarrestara la decadencia de la religión en todos los campos.
Lo expresaba Jerry Falwell en estos términos:

Hasta hace unos treinta años, las escuelas públicas americanas servían como orientación y ayuda a nuestros niños y niñas. La Biblia se leía en todas las escuelas de la nación. Pero la decadencia en nuestro sistema público sufrió una enorme fatalidad cuando la Corte Suprema retiró de las clases la lectura de la Biblia.  Nuestro sistema público está ahora permeado por el humanismo secular, que cree que cada hombre es su propio dios y que los valores son relativos. Bajo el presunto propósito de la educación sexual, los libros de texto están pervirtiendo las men­tes de millones de estudiantes. Yo creo que la grandeza de América puede atribuirse al Gran Libro, así como a los buenos libros científi­cos, literarios e históricos que nos han llevado a asimilar los hechos necesarios para construir una gran república bajo la tutela de Dios.

Jerry Falwell basaba su optimismo en el triunfo de sus posiciones radicales en las estadísticas, que hablaban entonces‑ de la expansión del fundamentalismo por toda América, en concreto,
«de 60 millo­nes de personas que proclaman ser cristianos regenerados (born again), otros 60 millones que se consideran favorables a la moral religiosa y 50 millones más que tienen una idea moral, que quieren que sus hijos crezcan en una sociedad moral [ ... 1 El 84 por ciento del pueblo americano cree que los Diez Mandamientos siguen teniendo validez. Y sin embargo, observando estas estadísticas, hemos de ad­mitir que el pueblo americano, es decir, todos nosotros, ha permitido que una ruidosa minoria de honibres y mujeres llevaran el país al bor­de del abisino ...». Y concluye: «¡Ya es hora de que los americanos niorales unan sus fuerzas para salvar a nuestra bienamada nación ! ».

La Mayoría Moral defendía los valores tradicionales del modo de vida americano, como la integridad de la familia y la condena de la pornografía, apoyó el programa de la «guerra de las galaxias» de Ronald Reagan, mostró su apoyo a la «contra» de Nicaragua y creó el lobby favorable al gobierno racista de África del Sur, visitado por el propio Falwell.

Una de las características del pentecostalismo fundamentalista norteamericano es el curanderismo religioso.

Es la sanación divina, que se transmite por vía electrónica de manera espectacular.
Dicha práctica convierte a Dios en un actor que cura sólo a quienes creen en su poder sanador.
«Oh Dios, cúrame  este cáncer! Ahora, Señor, en este momento. Gracias Jesús», dramatiza Pat Robertson ante la au­diencia televisiva para la curación de un telespectador enfermo. El telepredicador presume de que en Lourdes sólo se han comprobado once casos de sanación milagrosa, mientras que él tiene comproba­dos miles de milagros. La televisión posee también un fuerte poder de arrastre para la salvación de las almas.

Los teleevangelistas establecen una relación intrínseca entre la lectura de la Biblia y el éxito financiero. El caso más emblemático es el de Rex Humbard, quien utiliza de manera habitual en sus mensa­jes televisivos el lenguaje de los banqueros para hablar de la gracia y de la salvación.         
 Humbard ejemplifica de manera peculiar la «unión obsesiva de los conceptos Dios y dinero», olvidándose del precepto de Jesús que afirma la incompatibilidad entre ambos:

Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero (Mt 6,24).

Humbard invita a los telespectadores a incorporarse a aportaciones eco­nomicas enviando aportaciones para recibir el «sacramento» de la Llave del Banco de Dios.
En el centro del discurso de los teleevangelistas se encuentran las intervenciones iracundas contra el comunismo y el humanismo secular.
Los teleevangelistas utilizan un tono apocalíptico en sus mensajes religiosos y en sus análisis políticos.
La respuesta a todos los rnales y desgracias, tanto los domésticos como los mundiales, se encuentra en un solo y único libro: la Biblia, dice Jerry Falwell, cuya infalibilidad defiende no sólo en las cuestiones de fe y de práctica, sino también, y con igual grado de certeza, en las geográficas, científicas, históricas, etcétera.




4. FUNDAMENTALISMO EN AMÉRICA LATINA

A partir de la década de los setenta del siglo pasado se produce en América Latina una contestación creciente a las organizaciones cristianas comprometidas en los movimientos de liberación del continente.
Esto sucede desde sectores económicos, políticos y financieros nacionales e internacionales.
La Administración norteamericana muestra su preocupación por la influencia del factor religioso en la transformación de América Latina. Cabe citar por su relevancia el Informe Rockefeller, que llamaba la atención sobre el peligro que suponía la Iglesia católica, sobre todo sus movimientos proféticos, para la presencia de Estados Unidos en América Latina, y sugería la necesidad de apoyar a los «movimientos espirituales» para contrarrestar la fuerza de la teología de la liberación y de las comunidades eclesiales de base consideradas subversivas en una clara contraofensiva ideológica.

Se produce, entonces, la irrupción masiva de «sectas» fundamentalistas procedentes muchas de ellas del pentecostalismo norteamericano con unas características bien definidas:
Lectura literal de la Biblia,
Aislanliento de otras tendencias religiosas y
Condena del ecunienisnio, puritanisnio moral, manifestaciones espectaculares y taumatúrgicas de la vivencia religiosa y posiciones políticas ultraconservadoras.

Existe un elevado nivel de sectarización en muchas de las congregaciones pentecostales, que se manifiesta en el endurecinuento doctrinal, en el manejo de los principios fundamentales del pentecostalisnio, en la formación de los funcionarios religiosos y en la composición social de las asambleas.

Dentro del pluralismio que caracteriza al pentecostalismo latinoamericano existen una serie de elementos fundamentales que conforman su universo simbólico:
-la muerte vicaria de Cristo y su resurrección,
-la segunda venida del Señor,
-la salvación por la fe,
-la sanidad divina,
-el bautisino en el Espíritu y la glosolalia (hablar en lenguas),
-la inerrancia de la Bibila y
-la presencia de Satán.

El pentecostalisnio es sin duda la religión que más crecimiento numérico ha experimentado en América Latina.
Veamos algunos ejemplos emblemáticos.

En 1935 representaba el 2 por ciento del protestantismo latinoamericano.
En 1989 se acercaba al 75 por cielito de los 48 millones de protestantes latinoamericanos.
En Centroamérica a comienzos de la década de los setenta del siglo XX los pentecostales rozaban el 20 por ciento, mientras que en 1988 llegaban al 80 por ciento.
Guatemala es uno de los países centroamericanos donde más extendido está el pentecostalismo que agrupa hasta un 30 por ciento de la población. En Brasil las Asambleas de Dios tenian en 1993 alrededor de seis millones de miembros y más de treinta mil centros de culto.
Hoy han crecido espectacularmente. Ese mismo año el protestantismo en Chile contaba con el 20 por ciento de la población, teniendo el predominio el movimiento pentecostal.
Por esas fechas crecía en torno a un 20 por ciento al año.
El crecimiento del pentecostalismo se ha producido también en el sudeste de México.

El proceso de secularización de la sociedad latinoamericana retrocede gracias a la incorporación de la religión en su vida política y cultura e incluso al retorno de la religión al deporte oficial.
Es posible que muchos recuerden una escena peculiar de la final de los mundiales de fútbol de 2002: el equipo brasileño, tras su victoria, se puso de rodillas e invocó a Dios.

Sobre la función social del pentecostalismo se ofrecen varias interpretaciones. E. Willems y Ch. Lalive d'Epinay sitúan el movimiento pentecostal en el horizonte de una cultura de masas desarrollada entre los sectores pobres o marginales en una sociedad que evoluciona hacia la Modernidad y la modernización.
Otros intérpretes, sin embargo, lo consideran un fenómeno culturalmente regresivo que se resiste a entrar en la Modernidad.




5. FUNDAMENTALISMO EN EL CATOLICISMO


No resulta fácil responder a la pregunta por la existencia del fundamentalismo en el catolicismo.
Sí puede hablarse, sin embargo, de algunos síntomas de fundamentalismo católico durante los dos últimos siglos, que se manifiestan en la absolutización de la tradición y del dogma, que suplantan a la palabra de Dios, a Jesús de Nazaret y al mismo Dios.
En ese sentido bien puede decirse que el fundamentalisnio se encuentra instalado no en los márgenes del catolicisnio sitio en su cúpula, en el vértice de la pirmide.

El pensamiento de los papas, tras la Revolución francesa, acusa rasgos fundamentalistas.

Pío VI (1775‑1799) calificó los derechos de libertad e igualdad de insensatos, no razonables en el plano natural, contrarios a la ley divina al tiempo que lesivos de la religión católica. Dos años más tarde vinculaba el catolicismo con el absolutismo monárquico y aseveraba que la libertad y la igualdad proclamadas en la Declaración de los Derechos Humanos llevaban directamente a la barbarie y la anarquía, ya que socavaban el único fundamento verdadero de la vida social, que es la religión católica.

Gregorio XVI (1831‑1846) condena en la encíclica Mirari vos el galicanismo, el racionalismo y el indiferentismo, al que califica de «perversa opinión» y «pestilentísimo error», del que mana «aquella sentencia absurda y errónea, o, más bien, aquel delirio de que la libertad de conciencia ha de ser afirmada y reivindicada para cada uno». Condena sin matices las libertades de conciencia y de opinión, «que para ruina de lo sagrado y de lo civil nos están ampliamente invadiendo, afirmando a cada paso algunos con sumo descaro que de ellas dimana algún provecho para la religión».

Pío IX (1846‑1878), papa beatificado por Juan Pablo II, hace suyas las condenas de sus predecesores y las convierte en patrimonio del magisterio eclesiástico durante casi un siglo. Contrapone la civilización cristiana, obra de la Iglesia romana, a los desórdenes de la historia contemporánea, cuyo factor importante son las sociedades bíblicas, herencia de Lutero. En Quanta cura y Syllabus condena como errores las siguientes manifestaciones culturales, filosóficas, religiosas y políticas: panteísmo, naturalismo, racionalismo absoluto, racionalismo moderado, socialismo, comunismo, sociedades secretas, sociedades bíblicas, sociedades clérico‑liberales, autonomía de las leyes morales con respecto a la ley divina, autonomía de la filosofía y de la ética, libertad de pensamiento, de opinión, de religión, de cultos, reconciliación con el progreso. El Sy1labus termina condenando la siguiente proposición: «El Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, con el liberalisino y con la civilización moderna».

Pero la manifestación extrema del fundamentalismo del pontificado de Pío IX es la definición dogmática de la infalibilidad del papa en el concilio Vaticano I, formulada en los siguientes términos:

El Romano Pontífice, cuando habla ex cátedra, esto es, cuando cumpliendo su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos define por su suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre la fe y costumbres debe ser sostenida por la Iglesia universal‑, por la asistencia divina que le fue prometida en la persona del bienaventurado Pedro, goza de aquella infalibilidad de que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la definición de la doctrina sobre la fe y las costumbres; y por tanto, las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia.

El canon correspondiente afirma que «si alguno tuviere la osadía, lo que Dios no permita, de contradecir a esta nuestra definición, sea anatemall».
El concilio Vaticano I establece una neta contraposición entre el papado, instancia autoritativa que mantiene cohesionada la sociedad, y el ateísmo, que, a su juicio, nace de la Reforma protestante y destruye la convivencia social.

León XIII (1878‑1903) mantiene similares planteamientos, que intento resumir. La única religión verdadera es la religión católica, que es la querida por Dios. Los seres humanos deben prestarle adhesión y no pueden elegir otra. Es sólo a través de ella como se relacionan con Dios. León XIII rechaza el principio de la tolerancia a causa del relativismo, que implica situar a todas las religiones en el mismo plano. En la sociedad existe una desigualdad de derecho y de poder. La Iglesia reconoce esa desigualdad entre los seres humanos, «naturalmente desemejantes en fuerzas de cuerpo y espíritu», aun en la posesión de los bienes, «y manda que cada uno tenga, intacto e inviolado, el derecho de propiedad y dominio, que viene de la misma naturaleza». León XIII defiende la teoría de la inviolabilidad de la propiedad privada frente a los socialistas, que «acusan al derecho de propiedad como invención que repugna a la igualdad natural de los hombres, y, procurando la comunidad de bienes, piensan que no debe sufrirse con paciencia la pobreza y que pueden impunemente violarse las posesiones y derechos de los ricos»". Las libertades de pensar y de escribir, así como la de culto, no se consideran derechos que la naturaleza haya dado al ser humano. Con todo, pueden ser toleradas por causas justas, si bien moderadamente, para que no degeneren en desenfreno o insolencia.

Pío X (1903‑1914) retorna las condenas anteriores en el juramento antimodernistal y lo pone en práctica a través de medidas represivas como destituciones de teólogos de sus cátedras, sanciones contra obispos, juramento de fidelidad impuesto a los clérigos, red de espionaje secreto y ¡ 150 obras colocadas en el índice de libros prohibidos !
Medidas que, salvo el índice, se siguen practicando hoy, cuando más de 500 teólogos y teólogas están sancionados de distintas formas: o retirándolos de sus cátedras, o negándoles el reconocimiento de «teólogos católicos», o prohibiéndoles hablar y escribir.

El término «integrismo» aparece justamente en el mundo católico durante el pontificado de Pío X y está en sintonía con su condena del «Modernismo».
El término se acuña en Francia y designa el movimiento de los católicos autodefinidos como ”integrales”, que decían defender la integridad de la fe y se oponían a los modernistas, que analizaban los datos de la fe, dogmas, revelación, Iglesia, etc., a la luz de las ciencias.
Este movimiento no se queda en la Escritura, sino que pone el acento en la «tradición» (padres y doctores de la Iglesia, declaraciones dogmáticas de los concilios, autoridad papal, etc.), que es la que tiene el monopolio en la interpretación de las Escrituras hasta absolutizarla. Ahí radica la diferencia con el fundamentalismo, como certeramente pone de manifiesto Xavier Ternisien:

En el fundanientalisnio hav una voluntad de regreso a la fuente, a una pureza original de la fe, depositada en las Escrituras, desembarazada de los retoques de la tradición. En cierta manera el fundamentalista niega la mediación de una autoridad religiosa: clérigo, Iglesia, doctores de la ley, quienes interponen habitualmente una clave de interpretación entre el creyente y el texto revelado»

En la base de estos planteamientos se encuentra la idea de que la religión verdadera, la católica, es una sociedad perfecta y lleva a su plenitud lo humano, y que esa través de ella como llega a su perfección la sociedad civil, de por sí imperfecta, como imperfectas son todas las realidades temporales mientras no estén animadas por el espíritu cristiano. En pleno siglo XX, Pío XI hablaba de «civilización cristiana» como «única ciudad verdaderamente humana»". Poco más de medio siglo después, Juan Pablo II, afirmaba en la encíclica Centesimus annus (1991):

Como en tiempos de León XIII hay que repetir que no existe verdadera solución para la «cuestión social» fuera del evangelio y que, por otra parte, las «cosas nuevas» pueden hallar en él su propio espacio de verdad y el debido planteamiento moral.

Ésta es la base en que sigue sustentándose hoy la doctrina moral y política del catolicismo romano.


Con el concilio Vaticano II se inicia un nuevo proceso: la modernización del cristianismo, que parece poner fin a toda tendencia fundamentalista. El concilio rompe con el régimen de cristiandad, o al menos no lo considera la única realización del cristianismo. Reconoce los métodos histórico ‑críticos en la lectura de los textos fundantes del cristianismo (Biblia judía y Biblia cristiana). Entra en diálogo con la Modernidad, con las religiones cristianas no católicas, con las religiones no cristianas y con las distintas formas de increencia (ateísmo, agnosticismo, indiferencia religiosa). Valora positivamente la secularización, reconoce la automomía de las realidades temporales y establece la separación entre Iglesia y, Estado.

Sin embargo, el fundamentalisnio surge a finales de la década de los setenta del siglo XX, en que se pasa de la modernización del cristianismo a la cristianización de la Modernidad, y se desarrolla durante el largo pontificado de Juan Pablo II a través del programa de la «nueva evangelización», diseñado por el cardenal Ratzinger, seguido por Juan Pablo II y puesto en práctica por los nuevos movimientos eclesiales, que son el brazo largo del programa restaurador ,del pontífice actual: Comunión y LiberacIón, Opus Dei, Comunidades Neocatecunienales y Legionarios de Cristo.

       Dentro del catolicismo del último siglo pueden reconocerse al­gunas tendencias que muestran, al menos, analogías con el fundamentalisino, entre las que cabe citar estas cinco:
a.       La integrista anti­modernista intransigente opuesta al liberalismo, que se desarrollo a principios del siglo XX en España y Francia y todavía tiene algunas manifestaciones aunque minoritarias.
b.      La tradiciónalista lefebvrerista opuesta a la renovación y la apertura del concilio Vaticano II e instalada en la tradición del rito tridentino;
c.       La conservadora, que situa la obediencia al papa por delante del seguimiento de Jesús de Nazaret, el magisterio eclesiástico por encima de la enseñanza apos­tólica, los dogmas por delante del Evangelio, y pretende imponer la concepción del magisterio eclesiástico sobre la moral sexual a la so­ciedad laica;
d.      La sectaria, que se cierra sobre sí misma creyéndose en posesión única de la verdad y no tiene contacto con el mundo por considerarlo lugar de perdición, ni con otros grupos cristianos por considerarlos alejados del depósito de la fe que debe mantener­se incólume;
e.       La puritana, que desprecia el cuerpo por considerar­lo ocasión de pecado y valora la castidad y el celibato por encima de otras formas de vida en común no celibataria.
Hans Küng habla incluso de un fundamentalismo católico ro­mano que describe en estos términos:

Tenemos que vérnoslas actualmente con una dictadura espiritual ejer­cida por un papa que ni durante el nazismo ni durante el comunismo aprendió jamás qué era la democracia, pero que ahora, después de librarse del sistema comunista totalitario, utiliza métodos muy pareci­dos para obligar a todos en la Iglesia a atenerse a la línea del partido, y además de hacer esto con los teólogos, lo hace también principal­mente con los obispos [ ... ] En el catolicismo actual hay también una variante del fundamentalismo, por cuanto los dirigentes de la Iglesia pretenden identificar la fe católica con tradiciones eclesiales que son precisamente las más recientes (Trento, Vaticano I, documentos pon­tificios preconciliares) y mediante una «re‑evangelización» = re‑cato­lización tratan de obligar por la fuerza a los católicos a regresar a un paradigma medieval‑contrarreformista‑antimodernista de la Iglesia y la sociedad, dejando a un lado y deslindándose («marginación») de los protestantes, ortodoxos, judíos e «increyentes». Un fundamentalismo católico con consecuencias muy inquietantes, precisamente si se tiene en cuenta el modelo inconfesado que sirve de orientación al papa para la «reevangelización» de otros países: el modelo polaco .

En América Latina el fundamentalismo católico se desarrolla en varias direcciones, según los países:

-El movimiento carismático, de tendencia pentecostal, en Brail:

En adelante ‑comenta J."Comblin‑ todos los candidatos a elec­ciones en Brasil tienen que dar muestras de su religiosidad, buscar el apoyo de líderes religiosos e invocar a Dios aunque personalmente sean ateos.

Esos movimientos intentan llenar los vacíos espirituales de la sociedad actual a través de experiencias religiosas espectaculares, taumatúrgicas.

‑ Los movimientos integristas, como Opus Dei, Legionarios de Cristo, Heraldos del Evangelio, Sodalitium, etc., en los países de habla hispana: se caracterizan por su consideración de la religión católica como factor importante ‑incluso fundamental‑ en la vida política y cultural. Estos movimientos defienden la ortodoxia tridentina. Se oponen a la Modernidad y consideran sus valores destructivos de la fe católica. Acusan a la teología de la liberación de aliada del marxismo.





6. HACIA UNA FENOMENOLOGIA DEL FUNDAMENTALISMO CRISTIANO

6.1. Renuncia a la mediación hermenéutica

La característica que mejor define la actitud fundamentalista es su negativa a recurrir a la mediación hermenéutica en la lectura de los textos fundantes de las religiones. Se cree que éstos han sido revelados directamente ‑o mejor, dictados‑ por Dios, tienen un solo sentido, el literal, y una única interpretación, la que emana de su lectura direc­ta. Propende a aislar el texto de su contexto socio‑histórico hasta convertirlo en objeto devocional, a quien se considera intocable y se rinde culto. Tal concepción conduce inevitablemente al dogmatismo en las creencias, al sobrenaturalismo en la comprensión de la realidad, A la uniformidad en el actuar y al providencialismo en torno al futuro. Lo plural se uniformiza y lo relativo se absolutiza. Se produce, por tanto, una mezcla de planos entre lo Absoluto y las mediaciones; más Aún, una suplantación de aquello por éstas. El lenguaje religioso, que es el resultado de la convención de una comunidad creyente y actúa como código de comunicación común para poder entenderse, se ‑con­vierte en fórmula fija, inmutable, toma la forma de dogma y funge en el interior de la comunidad creyente como ortodoxia. El pluralismo es visto, por ende, como una amenaza contra la unidad de la fe.

El fundamentalismo defiende el carácter infalibilista de las Escrituras sagradas. Por eso, al referirse a ellas lo hace afirmando: «dice la Biblia» y no «la Biblia significa». La verdad de la Biblia se extiende a la doctrina y a la moral, a los aspectos históricos y a la práctica. Su autoridad es definitiva y completa en todos los campos, incluido el científico.
Por eso se opone al evolucionismo.
Lee la Biblia «desde arriba», y no arranca de las realidades concretas que describe el propio texto sagrado.
Parte de una posición dogmática desde donde interpreta la Biblia. De esa forma la secuestra y le impide poder expresarse libremente, cuando si algo caracteriza a la palabra de Dios es no estar encadenada.

La lectura bíblica fundamentalista no distingue entre el contenido del mensaje y el género literario en que ese mensaje se transmite.
Considera que los hechos milagrosos suceden tal como se narran en los textos sagrados, reconociendo el poder de Jesús para mutar el orden de la naturaleza a capricho.

El fundamentalista adopta una actitud de sospecha o de desdén permanentes ante los que defendemos la necesidad de la mediación hermenéutica en la lectura de los textos sagrados, y nos pregunta, entre la ingenuidad y la indignación:

¿Cómo puede usted leer el mismo texto que yo leo, y no llegar a la misma interpretación que yo le doy? Sin duda, usted actúa de mala fe, que es lo que caracteriza a toda interpretación liberal y pone en entredicho, o incluso desvirtúa, la palabra de Dios.



6.2.  Contra las múltiples opciones de la interpretación y la pre‑comprensión

Al reaccionar así, el fundamentalista, quizá con la mejor voluntad, se niega a aceptar uno de los principios inspiradores de la línea hermenéutica de Paul Ricocur: que la interpretación admite múltiples opciones.
Un ejemplo de esta pluralidad de opciones se encuentra en la obra Pensar la Biblia.
Estudios exegéticos y hermenéuticos, donde el filósofo francés Paul Ricoeur y el exegeta belga André Lacocque comentan una serie de textos emblemáticos de la Biblia hebrea, representativos de los distintos géneros literarios, en un diálogo entrecruzado de gran riqueza exegetico‑hermenéutica y precisión conceptual.
El primer factor que tiene en cuenta el exegeta es el papel de la escritura en la formación del texto bíblico. La lectura es una respuesta a esa escritura, y el primer efecto del acto de leer consiste en reconocer autonomía y existencia independiente al texto.
La consecuencia lógica de dicho reconocimiento es la renuncia a recuperar las intenciones del autor.
Éstas no se consideran determinantes de la interpretación. Lo que al exegeta le importa ‑y estainos ante el segundo factor importante‑ es descubrir la conexión entre el texto y la comunidad viva en la que se gesta el texto y que lo recibe, así COMO la relación existente entre la multidimensionalidad de cada texto y la pluralidad de lecturas que de él pueden hacerse.

En su aproximación a los textos bíblicos, el filósofo Ricocur constata que éstos han sido recibidos e interpretados en el marco de la filosofía griega, primero, y moderna ‑cartesiana, kantiana, hegeliana, etc.‑, después. Sin embargo, cree que dichos textos conforman otro modo de pensar no reductible al modo de filosofar académico. Subraya, por ello, la especificidad de los textos religiosos y la originalidad del pensamiento hebreo. Esto le lleva a considerar inadecuado el concepto de «metafísica bíblica», que estableciera É. Gilson.

El fundamentalismo rechaza el elemento de la pre‑comprensión, tanto en la redacción de los textos sagrados como en su lectura.
Como ha mostrado la hermenéutica moderna, a un texto no se accede asépticamente, sino con un bagaje cultural, con una ideología concreta, con unos prejuicios, en fin, con una comprensión previa. Los textos se leen siempre desde cierta perspectiva. En la lectura, en el comentario o en la interpretación de los mismos se implica la propia subjetividad del lector, comentarista e intérprete y su mundo social, cultural, etc.  más aún: quien lee o interpreta un texto lo está recreando y reescribiendo. Como ya dijera Gregorio Magno a propósito del texto bíblico, la Escritura crece en sus lectores».
La relación entre los textos sagrados y las comunidades históricas de lectura e interpretación exige el recurso al «círculo hermenéutico», que no tiene por qué ser «vicioso». La comunidad creyente se interpreta a sí misma cuando lee e interpreta los textos de su tradición religiosa.

6.3. Lenguaje bíblico realista

En los fundamentalismos el lenguaje simbólico, metafórico e imaginativo es suplantado por el lenguaje realista en el fundamentalismo eligioso. Cuando el fundamentalismo utiliza símbolos religiosos, lo hace de manera selectiva y, ciertamente, negándoles una de sus principales características: la polisemia.
Sólo les reconoce un solo senti­do. Lo que implica un empobrecimiento semántico del rico mundo simbólico, que es una de las mediaciones expresivas privilegiadas en las religiones. P. Tillich cree que no hay ni puede haber lenguaje literal sobre Dios y lo divino. Sólo el lenguaje simbólico es capaz de expresar lo que nos concierne últimamente (ultimate concern).
Abundando en lo que acabo de decir, J. Barr cree que la afirma­ción del realismo bíblico es una consecuencia de la interpretación fundamentalista de la Biblia:

En efecto, se subraya enérgicamente la realidad de las afirmaciones y de los acontecimientos, pero apenas se presta atención al significa­do. La Biblia dice la verdad, y ése es su significado esencial. La diná­mica interna de la Biblia, su desarrollo por etapas, el conflicto entre sus diversas teologías, su dependencia con respecto a una tradición más antigua, el hecho de que la fe y la Iglesia la preceden absoluta­mente son datos con los que apenas se cuenta. No se niega que el lenguaje de la Biblia tenga carácter poético y figurativo, pero, salvo en casos excepcionales, no se permite que ese reconocimiento reste vigor a la afirmación del realismo que se le atribuye.

El fundamentalismo no reconoce relación alguna entre construc­ción del reino de Dios e historia humana. Aquélla es obra de Dios y se produce sin la colaboración del ser humano. El establecimiento del reino de Dios acontecerá cuando tenga lugar la segunda venida de Cristo en toda su gloria y esplendor.
Las tendencias fundamentalistas se oponen al ecumenismo y se muestran intolerantes con otras concepciones y experiencias cristia­nas que no coincidan con la suya.


6.4. Fundamentalismos en racimo

El fundamentalismo religioso no se encierra en una burbuja.

Suele asociarse con otros fundamentalismos de carácter político, económi­co, cultural y social, con quienes establece alianzas para defender con más eficacia el etnocentrismo cultural, una moral represiva, la ten­dencia a las exclusiones por razones de etnia o raza y una concepción religiosa restauracionista. Utiliza la religión de manera instrumental para sus fines expansionistas y para sus intereses hegemónicos. Las tendencias fundamentalistas islámicas se proponen extender las creencias a todos los niveles de la realidad, el público y el privado, político y el religioso.
Nada queda fuera de la influencia de la Sbari'a. Tal actitud se basa en la idea de que el islam no es sólo una religión sino una concepción del mundo que engloba el conjunto de las rela­ciones humanas.

En sectores judíos ortodoxos de los Estados Unidos, Israel y, en menor medida, de Europa, se aprecian igualmente ten­dencias segregacionistas a partir de la interpretación estricta de la to­talidad de la Torá ‑escrita y oral‑. Esos sectores coinciden en el rechazo a toda clase de relación con el mundo que les rodea. Consi­deran, a su vez, al judaísmo como la única revelación válida de Dios no sólo para el pueblo judío sino para toda la humanidad.


6.5. Fundamentalismo y violencia

La actitud fundamentalista se caracteriza por imponer sus creencias, incluso por la fuerza, a toda la comunidad humana en la que está implantada la religión profesada, sin distinguir entre creyentes y no creyentes. De ahí la confusión de lo público y lo privado y la ausen­cia de distinción entre comunidad política y comunidad religiosa, entre ética pública y ética privada. La ética religiosa se impone a toda la comunidad como ética pública.

El fundamentalismo religioso ha desembocado con frecuencia en choques, enfrentamientos y guerras de religiones. La historia universal es la mejor prueba de ello. Incluso hay quienes consideran que la violencia se encuentra en el principio de las religiones y que éstas son fuente de aquélla. La violencia estaría ya presente en los mismos textos tenidos por revelados.

Y así es de hecho. No pocos textos fundantes del judaísmo, el cristianismo y el islam presentan a un Dios violento y sanguinario, a quien se apela para vengarse de los enemigos, declararles la guerra y decretar castigos eternos contra ellos. Con estos ingredientes se construye la trama perversa de la violencia y lo sagrado, que da lu­gar a lo que el antropólogo René Girard llama acertadamente sacra­lización de la violencia o violencia de lo sagrado. Centrémonos en algunos textos de la Biblia y del Corán.
El Antiguo Testamento, asevera Norbert Lohfink, «es uno de los libros más llenos de sangre de la literatura mundial» . Hasta mil son los textos que se refieren a la ira de Yahvé que se enciende, juzga como un fuego destructor, amenaza con la aniquilación y castiga con la muerte.
El poder de Dios se hace realidad en la guerra, batallando del lado del «pueblo elegido», y su gloria se manifiesta en la victoria sobre los enemigos. R. Schwager, por su parte, afirma:

El tema de la venganza sangrienta por parte de Dios se encuentra en el Antiguo Testamento con más frecuencia todavía que la proble­mática de la violencia humana. Ningún otro tema aparece con tanta frecuencia como el del obrar sanguinario de Dios.

Entre los pocos documentos completos veterotestamentarios que no asocian a Dios con la guerra están los libros de Rut y del Cantar de los Cantares.
En el Nuevo Testamento aparece también el Dios sanguinario, al menos de manera indirecta, en la interpretación que algunos tex­tos ofrecen de la muerte de Cristo como voluntad de Dios para ex­piar los pecados de la humanidad.
Según esta teoría, llamada «de la satisfacción vicaria», Dios reclamaría el derramamiento de la sangre de su Hijo para aplacar su ira.
Ese Dios tiene más parecido con el dios Moloc, que exigía a sus fieles el sacrificio de los niños, que con el padre misericordioso que perdona al hijo pródigo.
Algunas imágenes del Corán sobre Allah no son menos violentas que las de la Biblia judía y cristiana. El Allah de Muhhamad, como el Yahvé de los profetas, se muestra implacable con los que no creen en él. «!Que mueran los traficantes de mentiras! », dice el libro sagra­do del islam. Dios puede hacer que a los descreídos se los trague la tierra o que caiga sobre ellos un pedazo de cielo; para ellos sólo existe «el fuego del Infierno». El simple pensar mal de Allah com­porta la maldición. En el Corán se hace referencia a la lucha «por la causa de Dios», incluso hasta la muerte, contra quienes combaten a los seguidores de Allah. Pero, como diré más de una vez y de distin­tas formas a lo largo de este libro, estos textos no pueden leerse de manera fundamentalista, sino que requieren una hermenéutica.
Existe un amplio debate sobre cómo deba entenderse la yihad en el Corán. En un artículo sobre los atentados del 11 ‑M titulado «'Yihad' en Madrid», el historiador Antonio Elorza no tiene ningu­na duda de que la yihad tiene carácter violento e implica la guerra contra los infieles. Para ello se apoya en dos textos: «¡Matadlos don­de los encontréis, expulsadlos de donde os expulsaron! Si os comba­ten, matadlos. Ésa es la recompensa de los infieles  (2, 187)»

«cuando encontréis a quienes no créen, golpead sus cuellos hasta que los dejéis inertes; luego concluid los pactos» (47,4).

Elorza comenta:

Seguir insistiendo en que la yihad es ante todo un ejercicio de profundización religiosa individual tiene tanto sentido como si los católicos repitieran la monserga de que la Inquisición contemplaba como objetivo esencial la salvación de las almas".

Yo creo que Elorza cae en la trampa que le tienden los fundamentalistas: leer los textos en su misma clave, fuera de contexto sin recurrir a la interpretación, y aplicarlos a situaciones concretas  del presente que nada tienen que ver con la época en que se redaactaron los textos coránicos.
Además, en las asuras que cita elimina lo viene bien para su lectura sesgada y fundamentalista.
Se olvida numerosos textos del Corán en los que Dios aparece cclemente y misericordioso e invita a la paciencia, a la tolerancia, ponder bien por mal y a deponer las armas. No se puede reducir el Corán, un libro de profunda fuerza e inspiración religiosa, a una especie de manual  de terrorismo que inspira los comportamientos mas irracionales y nihilistas de un grupo de fanáticos, ni la historia del  islam a una suma de acontecimientos violentos en cadena, ni su cultura a un conjunto de tradiciones y prácticas trasnochadas.
Muy distinta es la postura de Mansur Escudero y Abdennu Prado (A. Elorza, «yijad' en Madrid»: El País, 18 de marzo de 2004.  F.Escudero y A. Prado, «¿Yihad en Madrid?»: El País, 7 de abril de 2004), quienes, en respuesta a Elorza, creen que no existe ni una sola aleya en el Coran que hable de la yihad para combatir a los infieles y matizan que el término «infieles» es una traducción más que del  del arabe bufar:

En el momento en que algún grupo musulmán pretenda utiizar el concepto de la yihad para atacar a civiles, está manipulando las pabras y engañando a sus correligionarios. Los terroristas no son  musulmanes, y aún menos ortodoxos.

            Cualquiera que fuere la interpretación de estos y otros textos similares, creo que las tradiciones religiosas que incitan a la violencia o la justifican, y más si lo hacen en nombre de Dios –y estas tradiciones se dan en la mayoría de las religiones‑, no pueden considerarse reveladas, ni ser tenidas por palabra de Dios, y menos aun imponerse como normativas a sus seguidores.
            En cuanto “textos de terror”, según la certera expresión de Phyllis Trible, deben ser excluidos de las creencias y las practicas religiosas, asi como del imaginario colectivo de la humanidad.
            De lo contrario, las religiones seguirán siendo fuente de violencia con el agravante de que se convierte a Dios en impulsor y garante de la misma.



6.6. Contra la Modernidad

El fundamentalismo, en fin, adopta una actitud hostil frente a los fenómenos socio‑culturales de la Modernidad que, a su juicio, socavan los fundamentos del sistema de creencias: la secularización, la teoría evolucionista, el progresismo, el diálogo con la cultura moderna y posmoderna, las opciones políticas revolucionarias de las personas y de los grupos creyentes, la emancipación de la mujer, los descubrimientos científicos, los avances en la genética, los movimientos sociales, los métodos histórico‑críticos, etc. Todos ellos son considerados enemigos de la religión y en esa medida son combatidos frontalmente.

El fundamentalismo busca recuperar la relevancia pública de las religiones como reacción frente a la invisibilidad cultural y a la invisibilización social y política a las que la Modernidad quiso someterlas. Ése es al menos el carácter que adquiere el despertar de las religiones monoteístas en las últimas tres décadas contra todo pronóstico. Los fundamentalismos tienen vocación de reconquista y de restauración.

Una de las principales manifestaciones de la Modernidad es el pluralismo en todos los niveles, también en el religioso, asumido por muchas de las religiones y muy especialmente por el cristianismo en el concilio Vaticano II (1962‑1965) y por el Consejo Mundial de las Iglesias. El papa Pablo VI en la carta apostólica Octogesima adveniens, de 1971, defiende la necesidad de reconocer una legítima variedad de opciones posibles y afirma que «una misma fe cristiana puede conducir a compromisos diferentes».
El fundamentalismo, empero, se opone al pluralismo, que tiende a confundir con el relativismo y que considera una amenaza contra la unidad de las creencias.
El pluralismo llevaría a reconocer la existencia de distintos niveles de relevancia y de una jerarquía de verdades en las religiones, cuando la verdad, a juicio de los fundamentalistas es única.
Sólo el error es múltiple y, siguiendo la máxima agustiniana, no tiene derechos.

La teoría evolucionista es otra de las aportaciones de la Modernidad, asumida por las distintas tendencias teológicas actuales como hipótesis biológica y natural y como interpretación de la historia.
El fundamentalismo cristiano la rechaza por considerarla absurda y contraria a los primeros capítúlos del Génesis, cuya historicidad se defiende para justificar el creacionismo como si se tratara de un texito científico y no de un texto religioso.
Hay una tendencia a confundir el  mito con la historia.

El rechazo se dirige, asimismo, al carácter evolutivo y progresivo de la historia, defendida por la Ilustración, y, en consecuencia, a las tendencias progresistas.
El fundamentalismo católico vuelve así a la tesis antes citada de Pío IX que consideraba el progreso incompatible con la Iglesia y prohibía todo intento de conciliación entre ambos. El rechazo se extiende al desarrollo doctrinal y a la evolucion de los dogmas.
El depósito de la fe es inmutable, no puede evolucionar. Son las tesis defendidas por el tradicionalismo católico decimonónico.

El fundamentalismo tiene una visión negativa, incluso catastrofica, de la marcha de la historia. Sólo la intervención de un ser superior desde fuera de la historia puede enderezar el curso desviado de ésta.
En el caso del cristianismo este ser superior es Cristo, cuya venida se espera con gran expectación.
La situación actual es interpretada en clave apocalíptico-pesimista. Se consideran reales las señales anunciadas por la apocalíptica para el final de los tiempos y se aplican a nuestro tiempo en su literalidad creando un cuadro trágico e iirredento del presente.
Las catástrofes son precisamente la ocasion providencial para que los seres humanos cambien de rumbo. Los fundamentalistas de las distintas religiones, sobre todo de los monoteístas del tronco abrahámico, judíos, cristianos y musulmanes, se consideran elegidos por Dios para llevar a cabo una misión mesiánica. Los ultraortodoxos judíos tienen conciencia de ser e1 pueblo elegido, combaten a los sionistas laicos y esperan la llegala del Mesías que saldrá de Israel y salvará al mundo.
Los cristianos tradicionalistas esperan la segunda venida de Cristo para liberar al mundo de la deriva errática en que ha entrado la humanidad. Los fundamentalistas musulmanes se sienten convocados por Allah para combatir en la guerra santa contra los infieles, estando dispuestos a morir e incluso a autoinmolarse por la causa de Allah.

La conciencia de elección que tienen los fundamentalistas suele  que tienen suele ir acompañada de la conciencia de ser minoría selecta, de vivir una existencia separada del resto, y de estar en posesión de la verdad, y actitudes excluyentes y xenófobas.
Todo lo que es diferente se convierte en objeto de sospecha y en blanco de ataque: creencias, culturas, ideologías, etnias, género, etc.

El fundamentalismo suele tener tendencias claramente sexistas y machistas, que vienen a reforzar la organización patriarcal de la sociedad y de las instituciones religiosas.­



6.7. Milenarismo y apocalíptica

Una característica que define al fundamentalismo, sobre todo al pentecostal de Estados Unidos y de América Latina, es el milenarismo de carácter apocalíptico con tonos beligerantes y en sus aspectos más destructivos.
Dios es el único señor y guía de la historia, que la llevará a su fin a través de un acto de poder y de violencia, si fuera preciso.
El ser humano actúa sin autonomía y no tiene otra cosa que hacer que dejarse llevar y cumplir miméticamente la voluntad de Dios.

El milenarismo está presente no sólo en la lectura de los textos bíblicos, sino también en el análisis de la realidad. Se distinguen dos esferas perfectamente localizadas: la de los hijos de la luz y la de los hijos de las tinieblas, la del bien y la del mal, ambas enfrentadas y en lucha. Los fundamentalistas se consideran hijos de la luz y luchan por el establecimiento pleno del bien en el mundo. El mal cae del lado de quienes no comparten sus creencias y debe ser combatido con toda resolución y energía.

La realidad es interpretada de forma catastrofista. Todo es caos: guerras, catástrofes naturales, degradación moral, situación de pobreza, etc. El final está cerca y estos fenómenos son signos de la inminencia del fin. Más aún, se cree que las desgracias del presente están anunciadas en los textos apocalípticos de los textos sagrados. Las catástrofes actuales dan paso a la segunda venida de Cristo y al establecimiento del reino milenario de Dios:

El acontecimiento escatológico de la segunda venida ayuda a explicar el presente, y el reconocimiento del fracaso humano dentro de este último profundiza y sostiene la certeza [ ... 1 acerca de la inminencia de la segunda venida [de Cristo]. Pero la mejor comprensión de la segunda venida tiene el efecto final de que aclara nítidamente la naturaleza de la desdiclia del tiempo presente".

6.8. Absolutización de la tradición


El ser humano «es un ser tradicional que sólo puede vivir y morir en el seno de su tradición, del ámbito vital que le es propio y que comparte, con las tensiones y fricciones de rigor, con cuantos se hallan ubicados en el mismo entorno cultural. Pero [. .. ….el ser humano, inevitablemente, también se constituye por mediación del cambio o, si se quiere, de la realidad presente. Lo 'nuevo' como presencia histórica irrumpe constantemente en el mundo como respuesta a los retos que continuamente se presentan a los individuos y a los grupos humanos en el trayecto que discurre desde el nacimiento hasta la muerte».
Lo nuevo, empero, no entra ni en el modo de vivir ni en el modo de pensar de los fundamentalismos, que no aceptan el carácter histórico del ser humano, ni reconocen valor al presente ni al futuro.
Viven instalados en el tiempo pasado, convertido en norma de conducta para todo tiempo y lugar; más aún, se instalan en el tiempo pasado de su propia cultura, que consideran válido universalmente y pretenden imponerlo al resto de los seres humanos.
Con ello se niega el dinamismo y la creatividad consustanciales al ser humano, el carácter evolutivo de la historia e incluso de la naturaleza, y la contextualidad de la realidad.
Parece como si el tiempo se detuviera en un punto fijo y dejara de fluir.
Tal actitud puede confirmarse en los fundamentalismos religiosos en general, y particularmente dentro del judaísmo, del catolicismo y del islam, que se caracterizan por la absolutización de la tradición, que, con frecuencia, viene a suplantar la autoridad de los propios textos sagrados.
La tradición se convierte en canon que sustituye a los libros canónicos.
Al Absolutizarse la tradición e imponerla como norma de conducta, se está olvidando que la religión surge en un determinado contexto y no es algo intemporal. La tradición es una expresión cultural y como tal resulta ambigua.
Es esa ambigüedad la que no reconocen los fundamentalismos. La absolutización no dialéctica de la tradición desemboca en el tradicionalismo.
Los fundamentalistas viven una existencia descontextualizada. Confunden lo permanente con lo inmutable, lo estable con lo fijo, lo fundamental con lo duradero, lo temporal con lo pasajero.

Garaudy llama la atención con gran lucidez sobre esta absolutizacion de la tradición en el islam y habla de «un culto idolátrico a la tradición, situada a veces por encima de la revelación coránica».  Como una de las más graves perversiones del islam. A su juicio, se ha llegado a esa situación por la inflación de los hadiz y de sus comentarios.
Los falsos hadiz surgen en una época despótica, son conservados celosamente por los distintos poderes y por comentaristas que se comportan servilmente y se petrifican formando un muro que impide el acceso de las comunidades islámicas a la fuente, el Corán.
Dos ejemplos de ese culto idolátrico son el castigo de la blasfemia y la condicion de la mujer.
Se refiere, en primer lugar, a la llamada del iman Jomeini a ejecutar a Salirian Rusdhie, autor del libro Los versos satanios, considerando blasfemo.

Ese llamamiento se basa no en el Corán sino en una tradición contraria a él.
El libro sagrado del islam afirma que sólo a Dios le corresponde juzgar (6,62), mientras que la tradición reconoce al ser humano la función de juzgar y castigar.
Una perversión similar se produce en el caso de la condición de la mujer.
El Corán no establece una jerarquía entre el hombre y la mujer, sino que afirma la igualdad: «Vuestro Dios os creó de un solo ser» (4, l). La discriminación de las mujeres que se da en la práctica no tiene por tanto fundamento en el texto coránico sino en la tradición.

Congar hace un análisis crítico similar de la absolutización de la tradición en el cristianismo en su obra La Tradición y las tradiciones
El fundador del cristianismo, el judío Jesús de Nazaret, fue una persona creyente en la tradición de los padres, pero con sentido crítico y desde la libertad. Sin embargo, la historia posterior olvidó el sentido crítico y la libertad del fundador y convirtió el evangelio vivo en dogma estático, el mensaje abierto de Jesús de Nazaret en depósito cerrado de proposiciones inmutables.

No se puede renunciar a la tradición, ya que es constitutiva tanto de las personas como de las colectividades humanas y conforma la identidad personal y las identidades grupales.
Pero debe ser contextualizada en el presente, valorada en su ambigüedad, analizada críticamente y asumida desde la libertad.
No se puede dar soluciones a preguntas del presente con respuestas del pasado y menos aún entender el futuro como la suma o repetición del pasado. Eso es precisamente lo que hacen los fundamentalismos.


6.9. Aspectos psicológicos


Algunas aproximaciones psicológicas al fundamentalismo tienden a entender este fenómeno como una consecuencia de la alienación.
Se trata de una reacción patológica ante la quiebra de la estabilidad del mundo, de los cimientos de la religión, de la familia y de la sociedad.
No se acepta fácilmente vivir en una situación así de perplejidad e inseguridad y se propende a absolutizar los fundamentos de la propia religión y de las propias convicciones, creencias y metas, al tiempo que se rechazan las convicciones, creencias y metas que no coinciden con las propias.
El fundamentalismo vive instalado en una mentalidad dogmática.

No hay comentarios:

Publicar un comentario