miércoles, 29 de diciembre de 2010

NO HAY PADRES PERFECTOS Cap 13 Bruno B.


CAPITULO
13.

ADQUIRIR IDENTIDAD




1.
INTRODUCCION



Al preguntársele qué era lo más difícil para el hombre,
el filósofo griego Tales contestó:
 «Cono­cerse a sí mismo».


  1. Todos los niños, al nacer, poseen rasgos muy claros de su perso­nalidad futura, aunque por regla general sólo de la forma más inci­piente.
    1. Se necesitan años de vida y de experiencia para que estos primeros indicios del temperamento futuro empiecen a aparecer como los contornos de una personalidad, y pasarán muchos más años antes de que se desarrolle plena y firmemente un carácter que soporte los rigores de la vida y sirva bien a quienes hayan sufrido todas las prue­bas y tribulaciones que hacen falta para llegar a ser «señores y dueños de sus caras».
  2. Adquirir la propia identidad suele llevar aparejados peligros se­rios, así como arranques y giros en falso.
    1. Es un proceso que obliga a volver sobre tus pasos, y es también una senda llena de íncerti­dumbres sobre la dirección que hay que seguir. Mientras trabajamos para conseguir una identidad firme, nos vemos proyectados sobre grandes dudas que intentamos ‑sobre todo cuando somos jóvenes e inseguros de nosotros mismos‑ ocultar y negar fingiendo una gran certeza.
    2. Sin embargo, pese a lo difícil que es llegar a ser uno mismo, más difícil es aún descubrir en qué consiste ser uno mismo, es de­cir, distinguir entre los componentes esenciales y los accidentales de nuestra personalidad. Sólo si podemos distinguir claramente entre estas cualidades habremos alcanzado nuestra identidad.
  3. Precisamente porque todos tenemos rasgos que no nos gustan o que no acabamos de aprobar, o que nos inspiran ciertas dudas, cono­cernos a nosotros mismos es difícil.
    1. Nuestras desviaciones en la búsqueda de identidad pueden ser dolorosas y peligrosas.Nos ponemos a prueba ‑‑con frecuencia sin darnos cuenta de ello‑ y luego debe­mos reflexionar sobre lo que estas pruebas revelan acerca de nosotros.Cualesquiera que sean los detalles de la situación, sea cual sea la edad del niño o de la niña, para éste o ésta tiene una importancia primordial la empatía de los padres por la difícil lucha en pos de la individualidad y la comprensión de los intentos de desculorirse, afir­marse y, finalmente, definirse y probarse.
  4. El niño necesita la com­prensión de los padres a modo de ambiente emotivo con el fin de poder alcanzar una identidad viable y consecuente que le permita hacer frente a la vida con autenticidad.
    1. La actitud interna ante el avance del hijo hacia la individualidad debe ser siempre de agrado, por molestias que de momento nos causen sus actos; pero su expre­sión externa debe cambiar de acuerdo con las diversas formas que cobre su búsqueda de identidad a medida que el niño vaya madu­rando. Cuanto más corta sea la edad del niño, más deberá esta actitud básica traducirse en un comportamiento por parte de los padres que demuestre el deseo de ayudar al niño a adquirir su propia identidad; una de las formas de demostrarle esto puede ser, por ejemplo, ma­nifestar abiertamente aprobación y placer cuando el niño tome me­didas positivas para afirmarse.
  5. La participación activa de los padres es necesaria, porque la primera identidad del niño se desarrolla ente­ramente alrededor de ellos; la naturaleza de su identidad sólo será positiva si armoniza con las actitudes de los padres ante él. Será una identidad fragmentaria si las actitudes de los padres ante el hijo son en parte negativos.
    1. Cuando los niños experimentan que lo que son y hacen propor­cionan placer a sus padres, se alegran y se sienten importantes, toda vez que es a ellos a quienes los padres reconocen como la fuente de su placer. De esta manera la aprobación de los padres se convierte en el incentivo para formarse una personalidad, permitiendo a los niños sentirse ellos mismos, de forma reconocible, diferentes de todos los demás. Este desplazamiento importante que va de la sensación de que lo que hacen da placer a pensar que son ellos, en sí mismos, quienes dan placer tiene lugar durante los primeros años de vida. Por decirlo de modo técnico, el placer que encuentran los padres en su hijo proporciona a éste las experiencias que necesita para desarro­llar su narcisismo, esto es, el amor a uno mismo que es la base permanente del deseo de edificar una personalidad singular que sea la que mejor le cuadre.
  6. Paradóficamente la adquisición de singularidad empieza cuando el niño repite algo que ha hecho y que proporcionó placer a los pa­dres y, a través de éstos, a él mismo.
    1. Esto puede transformarse en un rasgo permanente de su conducta cuyo objeto es granjearse la aprobación continua de sus padres. El disfrute de esta aprobación es una de las fuentes del comportamiento repetido de los niños de cor­ta edad. Es importantísimo que los padres indiquen claramente al hijo cuál de sus actos y formas de comportarse les produce placer y hagan que el niño lo experimente una y otra vez. El niño necesita señales claras y persistentes para que repita algunos tipos de con­ducta con la frecuencia suficiente para que se vuelvan habituales; la aprobación de los padres le da un motivo para incorporar perma­nentemente esa conducta en su personalidad en ciernes. Por desgracia, el proceso que aquí hemos descrito en términos positivos también puede producirse en forma negativa.
  7. El niño que tiene la impresión de que recibe principalmente ‑o únicamente, lo que es peor‑ reacciones de displacer de sus padres reaccionará de forma negativa, para defenderse o desquitarse, no sólo ante los pa­dres, sino también ante sí mismo.
    1. También esto puede convertirse en un rasgo repetido y habitual de su comportamiento, una fuerza motivadora en la personalidad en desarrollo del niño: dando displa­cer a esas personas significativas que crean semejante descontenten en él, pero, al mismo tiempo, experimentando un profundo desen­canto de sí mismo. La pauta de descontento y displacer puede con­vertirse entonces en una parte del carácter del niño, una parte tan definida como el deseo de darse placer a sí mismo y hacer lo que pro­porcione dicho placer. No obstante, si los padres dan repetidamente señales de placer y todo va bien, en un paso siguiente los niños empezarán a dar un contenido más específico a su individualidad por medio de la identi­ficación parcial con los padres, seleccionando características de la personalidad de cada uno de ellos para incorporarlas a la suya pro­pia.
  8. Otros rasgos los sacarán de hermanos o hermanas mayores, o de otras personas significativas.
    1. Esta identificación se inicia copiando de un modo apropiado a la edad formas de comportarse que luego se hacen habituales y finalmente son una fuerza motivadora dentro de la personalidad.
  9. Con gran consternación de muchos padres, el niño incorpora a su personalidad los aspectos de las personalidades de aquellos que más honda impresión causan en él, en lugar de incorporar los aspec­tos que los padres más desean que el niño interiorice.
    1. Suelen ser rasgos que los padres mismos desaprueban, pero que casualmente encajan bien en las necesidades o deseos presentes del niño. Una de las causas principales de esto es que al niño le impresionan más, y por ende influyen más en él, las emociones que percibe que salen de sus padres o existen dentro de él que las intenciones conscien­tes del adulto.
    2. Por ejemplo, puede que el padre o la madre se enfade mucho, pero, convencido de que su enfado está mal o es irracional, lo controle o reprima y le quite importancia a su causa. El niño, respondiendo a los sentimientos reprimidos del padre o la madre en vez de a las razones para reprimirlos, absorbe en su personalidad la ira en lugar del autodominio.
    3. Hasta la depresión del padre o la ma­dre influye poderosamente en la configuración de su personalidad de niño pequeño, aunque cabe que esta condición no se vea como una fuerza activa. De hecho, el niño experimenta esa depresión como algo que da activamente una dirección negativa a su vida, mediante la falta de respuestas positivas a él y a sus actos. Puede continuar convencido de la gran importancia de lo que haya causado los sentí­mientos del padre o la madre, e insensible al mérito de la represión, aun cuando el control de tales emociones es lo que al padre o a la madre le gustaría que el niño adquiriese como parte de su persona­lidad.
    4. Pero esto no da resultado, probablemente porque en esta etapa al niño le impresionan mucho más profundamente las emocio­nes que el padre o la madre reprime que su acto intelectual de repre­sión y las razones del mismo. 0 a veces esto sucede porque el niño, por sus propios motivos, necesita responder positivamente a la ira y negativamente al dominio de la misma. Además, a todos nosotros, pero en especial a los niños, nos resulta más fácil «captar* las manio­bras defensivas de los demás que las de nosotros mismos.
  10. El precursor de lo que más adelante será la personalidad de un individuo ‑lo que formará su identidad‑ es lo que con buenos mo­tivos se ha dado en llamar la «personalidad corporal».
    1. Es el cimiento sobre el cual se edificarán todos los aspectos más complejos y espe­cíficos de su personalidad y que determinará gran parte del conteni­do y la estructura posteriores de ésta, además del grado de firmeza o de fragilidad de dicha estructura.
  11. La única personalidad que tíene el lactante es su cuerpo; por ello las actitudes que adopte ante su cuerpo son importantísimas.
    1. Que lo perciba como algo deli­cioso o repugnante ‑o, lo que es más probable, como algo situado entre los dos extremos‑ es reflejo de las actitudes que sus padres adopten ante el cuerpo del niño y, de modo predominante, las de la persona que se encargue principalmente de cuidarle.
    2. Muchas experiencias que se sienten intensamente se combinan para determinar la actitud del lactante ante su cuerpo y, por lo tanto, forman la base de su personalidad. De ahí que sea tan importante, por ejemplo, que se disfrute del niño al cuidarle: que la experiencia sea tan agradable, que la persona que se encargue de ello se la tome con calma, o que se haga a toda prisa porque esa persona quiere ter­minar la tarea cuanto antes.
    3. Una gran variedad de experiencias con­tribuyen a formar la visión que el lactante tiene de sí mismo, formación que se produce por medio de las interacciones, sean las que sean, entre el niño y sus padres.
    4. Al dar de comer al pequeño, que es una experiencia tan central, la cosa cambia mucho según se le sosten­ga cómoda o incómodamente, según la actitud con que se le haga eructar ‑¿cómo se reacciona cuando escupe?‑, etc. Si la actitud del padre o de la madre es positiva, el niño llegará a sentir que el suyo es un buen cuerpo que funciona bien y tiene reacciones que son aceptadas plenamente.
    5. Si por el contrario, sus reacciones encuentran una actitud negativa, acabara percibiendo su cuerpo como algo inadecuado, cuando no malo.
    6. En el primer caso su personalidad corporal se verá investida de connotaciones positivas; en el segundo, las con­notaciones serán negativas.
    7. Estas percepciones básicas se verán muy reforzadas por muchas otras experiencias infantiles: que lo bañen y laven, que le cambien los pañales, le vistan y lo desnuden, lo arrullen hasta que se duerma. Es mucho lo que dependerá de que al padre o a la madre realmente le guste manipular el cuerpo del pequeño en estas situaciones o que por contra, experimente algunos aspectos del cuidado del bebé como una obligación pesada cuando no francamente repulsiva. Si ocurre esto último, el bebé no podrá sentirse satisfecho de su cuerpo y de las funciones de éste y, con todo ello, de sí mismo.
  12. En todas estas interacciones y en muchas más, los sentimientos conscientes del adulto no son los únicos que tienen importancia, sino que también la tienen los inconscientes, incluidos los que reprime porque se siente obligado a atender bien a las necesidades del bebé cualesquiera que sean.
    1. Esta última convicción acostumbra a obstacu­lizar su capacidad de hacer frente a lo que serían sus verdaderos sentimientos si se permitiera a sí mismo ser consciente de ellos.
    2. Por ejemplo, puede que las heces fecales le den asco debido a algo rela­cionado con su propia educación de la limpieza. Si tal es el caso, por mucho que intente adoptar una actitud positiva al limpiar las heces del bebé, su repugnancia interna ‑de la cual puede ser del todo inconsciente porque ha estado profundamente reprimida desde que era pequeño‑ será transmitida subconscientemente al bebé.
    3. Huelga decir que el niño recibe estos mensajes sólo en un nivel subcons­ciente, aunque la única razón sea que a su edad los elementos del consciente, el subsconsciente y el inconsciente apenas están separa­dos unos de otros. Desde luego, no funcionan de modo índepen­diente, sino como unidad total de experiencia.
    4. A pesar de ello, el lactante responde con intensidad a las reacciones internas del adulto, aunque es posible que éstas se expresen por medio de rasgos facia­les apenas perceptibles de los que el propio adulto no se da cuenta en absoluto; o por medio de la rigidez que adquiere el cuerpo del adulto; o de la prisa con que se ejecuta todo el proceso; o por me­dio, no tanto de las palabras que acompañan a lo que hace el adulto sino del tono en que las pronuncia; o mediante los sentimientos que transmite al manipular el cuerpo del bebé; o por medio de un nú­mero infinito de otras señales.
  13. Así pues, el desarrollo de la individualidad empieza verdadera­mente en el período de lactancia, durante el cual la conducta de los padres expresa ‑o no expresa‑ su interés y preocupación por el cuerpo del pequeño y por lo que éste puede hacer; la convicción de los padres de que el cuerpo del niño es valioso, digno del amor y los cuidados que ellos le tributan.
    1. Las señales se transmiten diariamen­te. Por ejemplo, cuando un lactante arroja cosas fuera de su cuna y espera que se las devolvamos para poder tirarlas otra vez, lo que hace es comprobar si, a pesar de sus dudas, es verdad que puede actuar en este mundo.
    2. Mucho más difícil es sentir empatía por nuestro hijo al cabo de sólo un par de años, cuando su edad se halla comprendida entre los dos y los cuatro años, y el niño tiene berrinches y chilla como un poseso en lugar de gorgotear felizmente como hacia cuando le devol­víamos el sonajero. Entonces su irracionalidad, su falta de dominio y su desespero nos turban tanto, que tal vez no acertemos a reconocer que lo que busca es esencialmente lo mismo que quería cuando jugaba en la cuna: averiguar lo que puede hacer y cuáles serán las consecuencias de sus actos.
  14. Un berrinche es la expresión del desespero del niño por no tener una personalidad que trabaje para él.
    1. Lo malo es que una vez esta sensación se ha apoderado de él hasta tal punto que se torna un berrinche ‑o sería más correcto decir que una vez su desespero le ha hecho sufrir un berrinche‑, todo lo demás desaparece para él incluyendo el recuerdo de lo que quería y no consiguió.
    2. El berrin­che es la reacción ante su incapacidad de obtener lo que desea, pero también le demuestra la deficiencia de su personalidad.
    3. Lo experimenta como un derrumbamiento total. Incapacitado por su rabia, necesita más que nunca la ayuda de los demás.
    4. Los padres, como personas maduras que son, saben que el niño todavía no puede hacer lo que desea, pero este conocimiento no es ninguna ayuda para el pequeño, que vive sólo en el presente. Cree que lo que no puede hacer ahora no podrá hacerlo nunca; este es el motivo de su deses­pero profundo y autodestructor.
    5. Es autodestructor, no tanto porque el niño pueda hacerse daño al tirarse al suelo y revolcarse, moviendo frenéticamente brazos y piernas, sino porque cuando sus emociones le dominan hasta tal punto, no sólo no puede obtener lo que busca, sino que ha perdido el dominio de su propio cuerpo.
    6. Como detrás de su berrinche se encuentra esta constelación de emociones, darle al pequeño el objeto que busca será una ayuda prin­cipalmente en la etapa inicial de su disgusto, antes de que el deses­pero haya borrado de su pensamiento lo que desencadenó su frustra­ción.
    7. Cuando el berrinche se haya enseñoreado de él hasta el punto de que ya no sepa cuál es su causa, resulta mucho más eficaz dis­traerle, por ejemplo mostrándole un objeto que normalmente desee e invitándole a acercarse a cogerlo. En cuanto consiga moverse para tal fin, el berrinche habrá pasado, aunque puede que su infelicidad por haber perdido el dominio de sí mismo todavía dure un rato. La razón está en que para demostrarle que su personalidad ‑que a esta edad es en gran medida corporal, basada en la capacidad de moverse hacia objetivos‑ no ha dejado de existir no hay mejor for­ma que darle la oportunidad de proveerse de la experiencia de que, en efecto, puede mover su cuerpo a voluntad, puede ganarse cosas que desea.
  15. Los niños recorren una distancia enorme durante el desarrollo de su individualidad.
    1. A los primeros esfuerzos por ser una personalidad consistentes en arrojar cosas desde la cuna ‑esto es, demostrándose a sí mismo que puede hacer cosas‑ le sigue la etapa de los berrin­ches, cuya causa es el fracaso del esfuerzo por demostrarse que puede hacer cosas por sí mismo.
    2. En el primer caso, el niño no tiene per­sonalidad aún; lo único que hace por medio de sus actos es tratar de formarse una. Cuando pone a prueba su poder para hacer algo ‑o trata de asegurarse de que puede hacerlo‑ su «personalidad» se encuentra en la primera de varias etapas incipientes de la conver­si6n en una verdadera personalidad. Al cabo de unos pocos años, sus berrinches nacen del hecho de que ya no trata de ser una personali­dad, sino de poner a prueba lo que esta personalidad puede hacer por él. La rabia y el desespero son la consecuencia de los casos en que, en contra de lo que esperaba, se ve obligado a reconocer que su personalidad no puede hacer lo que él desea lograr.
  16. Cuando hablo de ser o tener una personalidad, me refiero a los sentimientos del ‑niño, porque todavía no posee una comprensión conceptual de lo que supone ser una entidad única, ni tener una identidad personal.
    1. En este estado el niño reconoce su «personali­dad» cuando se siente separado de los demás, y su capacidad de com­prender este hecho cuando, por ejemplo, se ve a sí mismo en un espejo o percibe que es él mismo quien mueve sus extremidades.
    2. Que tenga una personalidad denota un estado superior de conciencia de sí mismo en el cual puede decidir hacer algo y luego hacerlo, sin reconocer todavía que todo su desear, hacer, pensar y sentir se funden en una identidad definida y propia de él.











2.

RECOGIENDO LOS PEDAZOS



  1. Los problemas que rodean la consecución de identidad son muy conocidos y han sido muy comentados.  
    1. Pero no siempre es fácil apli­car tal conocimiento a los propios hijos cuando, por ejemplo, son adolescentes y están convencidos de que imitar las tonterías que ha­cen las personas de su edad es la esencia misma de la vida; o cuando ponen en entredicho o rechazan categóricamente nuestra forma de vivir, al mismo tiempo que dan por sentado que les proporcionare­mos todo lo necesario para vivir cómoda y fácilmente, y desafían nuestros valores, aunque son estos mismos valores los que les permiten obrar así con impunidad: por ejemplo, nuestros valores nos impi­den imponerles nuestra voluntad u obligarles a cumplir nuestros de­seos.
    2. Si la conducta de nuestros hijos, mientras tratan de encontrarse a sí mismos, no adquiriese formas tan diferentes en cada una de las fases de su desarrollo, a menudo cambiando casi de un momento a otro, sería más fácil reconocer la continuidad del proceso de alcanzar individualidad. Mas estos cambios repentinos, camaleónicos, hacen que resulte muy difícil darse cuenta de que su comportamiento es reflejo de su búsqueda de individualidad y, más adelante, de identi­dad y singularidad personales.
    3. Es posible, por ejemplo, que estén «haciendo el chulo» cuando fingen ser mucho más capacitados y maduros de lo que son, mos­trando una actitud de absoluta indiferencia si desaprobamos sus ac­tos, pero esperando al cabo de unos minutos ‑‑cuando no al mismo tiempo‑ que nos encante atender a sus necesidades como si todavía fueran niños de pecho.
    4. En tales momentos resulta difícil recordar que nuestro hijo adolescente, que es más alto y más fuerte que noso­tros, actúa esencialmente como un crío de dos a cuatro años, afir­mando «¡Puedo hacerlo!» o «¡Déjame hacerlo!» mientras espera que nosotros lo hagamos por él: exactamente lo que hacía cuando aprendía a atarse los zapatos o a ponerse la ropa para los días de nieve.
    5. Sin embargo, nuestros hijos necesitan afirmar su independen­cia y su autosuficiencia en todas las edades, para permitirnos que cuidemos de ellos ‑y ellos puedan disfrutar de estos cuidados‑ sin perder ni pizca de su amor propio.
  2. Para llegar a ser verdaderamente nosotros mismos, necesitamos experimentar, en buena medida, tanto la soledad como la vida activa y todas sus vicisitudes.
    1. Por desgracia, en nuestra vida con los hijos no siempre estamos de acuerdo acerca de los momentos y las condi­ciones más adecuados o la cantidad de soledad y de relación social que necesitan. Con frecuencia cuando creemos que lo que más les convendría es dedicar su tiempo al estudio silencioso, sienten la ne­cesidad de un torbellino de actividad frenética; y cuando pensamos que no deberían aislarse tanto, se sienten empujados, por sus propias razones, a ensimismarse.
    2. Con todo, estas oscilaciones son más fáciles de aceptar que las alteraciones bruscas entre el comportamiento progresivo y el regre­sivo, momento en que todo lo que se ha ganado en madurez parece perderse de sopetón y su lugar lo ocupa la más infantil de las conductas.
    3. Es difícil aceptar sin preocuparse que nuestro precioso y aci­calado hijo se transforme de pronto en un andrajoso; que el exce­lente estudiante pierda de súbito todo interés por su trabajo y se pase el tiempo soñando despierto. Estos cambios tan repentinos sue­len ser indicio de que debajo de la superficie, sin que él ni nosotros nos demos cuenta, se están produciendo algunos de los fenómenos internos más importantes del adolescente, fenómenos que devoran todas las energías que él es capaz de reunir.
  3. En términos psicoanalíticos, para que la transición a cada una de las etapas superiores del desarrollo sea completa y se haga bien, se requiere una refundición de problemas anteriores en algún nivel nuevo.
    1. Por ejemplo, al entrar en la adolescencia, el niño que ya se siente completamente seguro dentro de su cuerpo vuelve a experi­mentar la mayoría de sus antiguas inseguridades, además de encontrar muchas otras que son nuevas. El rápido crecimiento del adolescente púber le hace sentirse incómodo con su cuerpo, lo que aumenta la dificultad de la refundición de los antiguos problemas corporales y, al mismo tiempo, lo hace más apremiante.
    2. Ocurre a menudo que fijaciones orales que parecían haberse re­suelto en la infancia, así como dificultades emotívas experimentadas durante la educación de la limpieza y la enseñanza de la higiene que quedaron superadas en el período del parvulario, cuando no an­tes, reaparecen agudamente, muchos años después de que dejaran de ser problemas, ya sea bajo la forma de antes u otra nueva.
    3. El adoles­cente desaseado es ahora lo suficientemente fuerte como para repre­sentar la resistencia contra ser limpio que de niño tuvo que supri­mir. Estos sentimientos se reactivan porque el adolescente necesita liberarse de la antigua supresión para que no siga impidiéndole con­vertirse en un individuo autodeterminado.
  4. Esto es ahora nece­sario refundir los viejos problemas en un nivel superior con el fin de que adquieran significados muy distintos en la formación del ca­rácter.
    1. Si consiguen esta integración nueva y superior, enriquecen nuestro carácter, pero si no se ven afectados por la personalidad en desarrollo, lo fijan en el antiguo nivel inmaduro. A menos que sean reexperimentados y refundidos así, se quedan en bloques arcaicos em­potrados dentro de una matriz más avanzada, elementos alienados y alienantes en la nueva personalidad que forman fisuras dentro de ella y la hacen quebradiza, expuesta a romperse en momentos de crisis.
    2. Así, durante toda la vida, pero en especial durante períodos de crecimiento acentuado en el desarrollo del carácter, las experiencias antiguas deberían revivirse y refundírse.
    3. Pero es difícil recordar todo esto cuando de pronto, y sin razón visible para ello, nuestro hijo adolescente tiene un berrinche como los que tenía cuando era peque­ño; se vuelve tan sucio y desordenado como era años antes; se ati­borra hasta casi reventar o se niega a probar bocado; como si la reversión a semejante comportamiento infantil fuese la única manera que conoce de obtener cosas de nosotros, o de discrepar de noso­tros.
    4. Pero ahora el adolescente necesita resolver estos conflictos anti­guos basándose en algo muy diferente y darles un significado total­mente distinto en la constitución de su personalidad.
    5. Para realizar este trabajo se necesita tiempo y mucha energía, que entonces no está disponible para lo que, a juicio de los padres, son actividades y con­ductas apropiadas para la edad que tiene el hijo.
    6. En realidad, sin embargo, no hay actividad más importante que la superación de trau­mas, fijaciones y problemas antiguos y omnipresentes: actitudes ante el propio cuerpo y sus funciones, relaciones con los padres, la visión que se tiene de uno mismo y de sus objetivos para el futuro.
  5. La principal dificultad de este proceso de autodescubrimiento por medio de la regresión y la progresión es que en todo momento exige a los padres una aceptación interna, pero también les exige gran va­riedad de respuestas manifiestas a distintas edades'y en diferentes situaciones.
    1. No es muy difícil comprender y aceptar que el lactante que ale­gremente arroja su biberón o su sonajero desde la cuna trata de adquirir una sensación de individualidad; por lo tanto, generalmente podemos responder como es debido. Más difícil es responder bien cuando un adolescente tira nuestros valores por la ventana, o nos los arroja a la cara, con la esperanza, sin que él lo sepa, de que esta­remos tan dispuestos ‑y lo que es aún más importante, tan con­tentos‑ a recogerle los pedazos como lo estábamos cuando arrojaba la pelota al suelo.
    2. Así pues, mientras que en todas las edades, para que el niño se desarrolle bien, los padres tienen que «recoger los pe­dazos», lo que esto significa varía según la edad y la madurez relativa del niño y el estado de su relación con los padres.
  6. Debido a que todas las etapas posteriores del desarrollo de la individualidad tienen su base en la personalidad corporal:
    1. Una de las mejores cosas que los padres pueden hacer por su hijo es ayudarle, cuando es un lactante, a adoptar una actitud sana y positiva ante su cuerpo: hacer que se sienta satisfecho de lo que el cuerpo puede hacer y, al mismo tiempo, hacer que se dé cuenta de lo mucho que quieren y valoran el cuerpo, para que el niño haga lo mismo.
    2.  Si los padres logran que el niño pequeño adopte estas actitudes, gozará de una protección excelente contra los riesgos y peligros a que el adolescente expone su bienestar físico, personal y social.
    3. Si el cuerpo de un niño ‑y, por supuesto, todo lo demás‑ ha recibido amor y cuidados solícitos, entonces el niño, al crecer, descubrir y, más adelante, establecer su personalidad, interiorizará este amor y estos cuídados que su cuerpo recibió y los transformará en respeto al cuerpo y a sí mismo como persona.
    4. La apreciación por los padres del cuerpo del niño y de lo que puede hacer y hace acaba traduciéndose en apreciación y respeto del propio cuerpo por parte del niño, el deseo de mantenerlo incólume, ya sea ante los peligros que representa dominar el mundo exterior por medio de arriesgadas proezas físicas, o al hacer frente a presiones internas obligándose a sí mismo a pasar hambre, como en el caso de la anorexia, o comiendo demasiado, como en el de la bulimia, o consumiendo drogas o representando sus fantasías sexuales.
  7. Transmitir de forma convincente estas actitudes de los padres resulta más fácil cuando los niños enfermos, incluso los que estaban graves, eran siempre cuidados en casa por sus padres.
    1. Y en una socíedad en que reinaba la escasez, proporcionar buenos alimentos era en sí mismo una demostración del gran interés de los padres por el bienestar del hijo.
    2. También en este caso, actitudes que antes podían transmitirse por medio de la acción directa hoy es necesario darlas a entender de forma más sutil, más psicológica.
    3. Pero el respeto por el cuerpo y la personalidad continúa teniendo sus raíces en la percepci6n por parte del niño de la manera en que sus padres le han tratado a él y han tratado su cuerpo.
  8. Así, en el larguísimo proceso que culmina con la adquisición por el niño de una identidad personal, que en su primera forma interiorizada no se alcanza hasta la adolescencia, las actitudes y los actos de los padres pueden ser una enorme ayuda o un obstáculo no menos enorme.
    1. Para que cada uno de los pasos sucesivos sea constructivo en el desarrollo primero de una personalidad y después de una identidad personal firme y rica, los padres deben indicar muy claramente que aprueban ese avance hacia la independencia; sin ello, cada nivel que se alcance puede permanecer inestable, ser un cimiento poco sólido para edificar más sobre él.
    2. Por supuesto, son muchos los problemas que surgen cuando el niño hace experimentos para ver lo que puede hacer por y para sí mismo cuando empieza a dominar su entorno.
    3. Los niños de dos a cuatro años se meten en toda clase de líos en sus intentos de explorar y comprender el mundo.
    4. Aquí, como en tantas otras situaciones de la crianza de los hijos, es prácticamente imposible aprobar todo lo que hace el niño, disfrutarlo y fomentarlo y evitar toda prohibición.
    5. Las respuestas de los padres no pueden ser siempre positivas; a veces sencillamente tienen que decir «no» y otras veces tienen que dar órdenes, aunque incluso muchas de estas últimas son inaceptables para el niño, que las encuentra tan odiosas como los «noos».
  9. Lo que es esencial para que el niño disfrute de ser él mismo ‑y para que desarrolle su personalidad‑ es, ante todo, que su experiencia de la aprobación de los padres exceda con mucho a su experiencia de la desaprobación de éstos;
    1. además, la aprobación debe ir acompañada de alabanzas manifiestas y deleite interno por parte de los padres (y, más adelante, de otros adultos que sean significativos en la vida del niño), y, en ocasiones apropiadas, debe intensificarse por medio de recompensas; y la desaprobación debe expresarse con la mayor amabilidad posible a fin de que la ansiedad y el desaliento que creará sean infimos.
    2. Para ello es necesario que los padres eviten la ansíedad o el enfado al ver lo que hace su hijo; o, si esto no es posible, se aseguren de que tales sentimientos corresponden solamente a la situación real.
    3. De hecho, es frecuente que las reacciones de los padres sobrepasen lo que justifican las condiciones presentes e incluyan preocupaciones por el futuro, y esta clase de ansiedad puede provocar una severidad o intensidad de inhibición indebida.
    4. Esto es doblemente lamentable porque el niño se relaciona únicamente con la situación presente y cree que sus padres hacen lo mismo. Además, cuando la preocupación de los padres se limita al problema presente y no se ve agravada por consideraciones sobre posibles problemas en el futuro, resulta mucho más fácil pensar en una conducta alternativa para proponérsela al niño.
    5. Apenas hace falta que diga que toda actitud negativa ante el comportamiento o los planes del niño no debe hacerse extensiva a éste mismo, ni a su deseo de explorar activamente su mundo, toda vez que esta exploración es el único medio de que dispone para desarrollar su personalidad, su inteligencia y su capacidad de formarse opiniones,






3.
RESTRICCION DEL CRECIMIENTO



  1. Si por alguna razón los padres, en lugar de fomentar el desarrollo de la personalidad del niño, la frustran, entonces puede que el niño renuncie a su personalidad en cierne con el fin de alcanzar una seudoseguridad mediante la fusión con su madre, o con quienquiera que haya ocupado el lugar de ésta en la realidad o en la imaginación del niño.
    1. O puede ocurrir que el niño, juzgando que la tarea de desarrollar su propia personalidad es demasiado peligrosa, se conforme con una seudopersonalidad, lo que, típicamente, más adelante dará por resultado una existencia psicótica caracterizada por la despersonalización.
    2. En ocasiones raras esto puede suceder sin que la culpa directa sea de los padres, sino que la causa sea una combinación de inoportunidad y otras circunstancias.

  1. He aquí un ejemplo que hace al caso:
    1. Un niño pequeño, poco después de que empezara a dominar de verdad el arte de andar a gatas, se encontraba gateando sobre una mesa cuando cayó al suelo, que era de piedra, sufriendo complejas fracturas en varios huesos. Durante un período prolongado no pudo hacer casi ningún movimiento espontáneo con los brazos y las piernas porque la escayola se lo impedía. Cuando se la quitaron, acabó aprendiendo a caminar, aunque se mostraba muy ansioso e inseguro. Pero también su desarrollo intelectual quedó detenido. Pese a que había aprendido a hablar durante la convalecencia, era incapaz de expresar ninguna idea propia; tan severo era el bloqueo de su desarrollo intelectual, que a los siete años de edad se le consideró deficiente mental, Sin ser verdaderamente autista, mostraba muchos de los síntomas del autismo, entre ellos la falta del pronombre «yo» en su vocabulario. Hicieron falta años de terapia para poner remedio a esta situación, y transcurrieron varios años más antes de que se hiciera evidente que había experimentado la aplicación de la escayola inmovilizadora como un castigo por haber tratado de moverse de un lado a otro y como un aviso en el sentido de que no debía independizarse, esto es, adquirir una personalidad.
  2. Como suele ocurrir, la explicación de este paro tan completo del desarrollo de una personalidad fue una combinación de experiencias exteriores e interiores.
    1. Las escayolas restrictivas y dolorosas prepararon el escenario, pero la verdadera causa de la tragedia del chico estaba en la actitud de su madre: cuando el niño hizo los primeros intentos de moverse después de que le quitaran la escayola, la madre ‑demasiado ansiosa ante la posible repetición del accidente, del que se culpaba a sí misma por no haber vigilado al niño lo suficiente como para impedir la caída‑ no fue capaz de alegrarse al ver que el pequeño se esforzaba por moverse otra vez.
    2. La madre respondió a estos esfuerzos con una gran ansiedad hablada que se expresaba por medio de advertencias enojadas y un silencio aún más impresionante.
    3. Todo esto hizo que el niño creyera que existían peligros desconocidos y omnipresentes, tan grandes que ni siquiera podían expresarse con palabras.
    4. Al pequeño le dio la impresión de que lo único que podía hacer para evitar el peligro era renunciar a toda iniciativa y no moverse, no tanto físicamente como intelectualmente, porque sólo si subordinaba por completo su personalidad a la de su madre podrían los dos sentirse relativamente fuera de peligro y podría él sentirse aceptado por su madre.
    5. La mezcla frustradora de, por un lado, la satisfacción del pequeño al ver la capacidad de moverse que acababa de adquirir, aunque seguía siendo limitada, y, por otro, la ansiedad parecida al terror que sus movimientos despertaban en la madre hizo que el niño recibiera señales tan contradictorias, que no se atrevió a convertirse en una personalidad.
    6. No fue capaz de aclarar la confusión desconcertante entre su experiencia de que poder moverse es una ventaja y su constatación de que su movilidad proyectaba a la madre, de quien había dependido entera y exclusivamente cuando estaba escayolado, hacia una ansiedad y una culpa severas.
    7. Unida a su recuerdo, que en el mejor de los casos era débil, del acontecimiento que le había dejado inmovilizado, y que él había experimentado como un castigo por afirmar su personalidad (es decir, moverse), esta paradoja creó en él una duda ingobernable sobre si debía desarrollar una personalidad o no.
    8. Por consiguiente, se movía sólo como le indicaban o cuando se sentía absolutamente seguro de que sus movimientos merecían la aprobación de la madre. Sin embargo, dadas la ambivalencia y la ansiedad de ésta al verle moverse de un lado a otro, la aprobación materna era un mensaje que el niño raramente recibía de forma clara.
    9. Podía mo­ver las extremidades, pero sólo rígidamente, como si fuese un autó­mata cuyos movimientos eran controlados externamente; los movi­mientos no parecían tener origen en su propia volición y nunca eran espontáneos.
    10. Así, el pequeño adquirió locomoción, pero sin sentirse en nin­gún momento seguro de que mover el cuerpo fuese una conducta aceptable. Incapaz de moverse libremente, no pudo desarrollar una personalidad corporal basada en la capacidad de decidir cuándo y cómo moverse, que es el sentido sobre el que se edifica toda la indi­vidualidad posterior. La ansiedad materna que acompañaba a cual­quiera de sus movimientos ‑incluso los que la madre aprobaba conscientemente‑ y la culpa que sentía la madre a causa de la tor­peza del hijo, de la que también se culpaba a sí misma, impidieron que el niño disfrutara de su movilidad y no le permitieron esponta­neidad en los actos de su personalidad corporal. Pero, si bien es po­sible moverse sin espontaneidad, sin ella no podemos pensar nada original; despojados de espontaneidad, los pensamientos resultan es­tereotipados, se derivan del exterior y no expresan ninguna perso­nalidad interna.
    11. Obviamente, este ejemplo es extremo; las cosas casi nunca se alejan tanto del curso normal del desarrollo, ni siquiera cuando, en un momento crucial, alguna enfermedad u otra desgracia interrumpe la aparición de la personalidad corporal de un niño. Hasta en el caso que acabamos de ver, si la ansiedad y la culpa de la madre hubieran sido menos intensas, si el placer que le proporcionó ver que el niño había recuperado su movilidad hubiese sido mayor y lo hubiera expre­sado más claramente, el impacto del trauma original (verse escayola­do) habría sido menos grave.
    12. También hubiera sido posible un resultado diferente si las acti­tudes temerosas de la madre se hubiesen visto contrarrestadas por la respuesta de otras personas significativas, sobre todo el padre del muchacho; en efecto, el padre, al no haberse encontrado presente cuando el niño cayó de la mesa, no se habría sentido culpable de lo ocurrido, por lo que la alegría de ver que el chico podía moverse de nuevo no hubiera sido un mensaje ambivalente.
    13. Además, un chico que se halla en proceso de crecimiento tiende, como es natural, a identificarse con su padre, cuyas respuestas concuerdan con las ten­dencias del niño a conseguir una personalidad independiente.
    14. Por desgracia, el padre casi nunca se encontraba en casa cuando el niño estaba despierto y, decepcionado con el hijo por su larga enferme­dad, había dejado de interesarse por él durante su prolongada conva­lecencia.
    15. Esto no es más que otro ejemplo de la importancia de que los dos padres estén en escena, de modo que sí la relación con uno va mal, el niño pueda encontrar solaz en las respuestas del otro, que serán diferentes, y emplearlas para contrarrestar las reacciones nega­tivas del primero. En este caso, la culpa abrumadora que sentía la madre entorpeció los sentimientos positivos que el hijo le inspiraba, ya que inconscientemente culpaba al niño de haber causado el acci­dente y se sentía resentida con él por la misma causa.
    16. Las cosas resul­taban peores porque el padre, en lugar de apoyar a su esposa en la desgracia y tratar de aliviar su culpa, lo que la hubiera ayudado mu­cho porque ella le admiraba, la hizo sentirse aún más culpable acu­sándola de negligencia y de ser la causante de todo.
    17. Cuando tanto el padre como la madre se sienten emotivamente interesados por las minucias de la vida de su hijo, este interés es distinto, ya que se trata de dos personas diferentes que no reaccio­nan de igual manera ante el mismo acontecimiento.
    18. Así pues, ningún acontecimiento tiene por qué ser tan completamente devastador para el niño como puede serlo cuando las reacciones del padre no se ven aliviadas o contrarrestadas por las de la madre (o viceversa).
    19. Y el niño sufre menos en semejantes situaciones cuando el progenitor pro­fundamente ansioso o decepcionado encuentra alivio para sus senti­mientos en el apoyo del cónyuge.
    20. La historia de este chico es poco habitual, pero he conocido otros casos en que el impedimento de la movilidad en la infancia ha sido un serio obstáculo para la consecución de un sentido de personali­dad.
  3. La historia del chico de la escayola sugiere la repercusión per­judicial que la ansiedad de los padres.
    1.  ‑por comprensible que sea en muchas situaciones‑ puede tener cuando los esfuerzos que hace el pequeño por descubrir lo que puede hacer por sí mismo se ven frustrados o no son validados por el placer de sus padres al ver salir al mundo, que es lo único que
    2. permite al pequeño empezar a establecer los rudimentos de una personalidad.




























4.
LA «REBELION ADOLESCENTE»




  1. Los adolescentes necesitan que sus padres mantengan sus valores, pero sin desempeñar un papel demasiado activo en afirmarlos.
    1. El motivo de esta contradicción aparente es que los adolescentes necesitan definirse, no sólo alrededor de sus padres y basándose en la aprobación de éstos, sino también contra ellos, debido al temor de que sus padres les dicten su personalidad, en vez de dictársela ellos mismos.
    2. Con el fin de asegurarse de que son lo que ellos quieren ser, hasta cierto punto tratan de ser también lo que sus padres no quieren que sean, basándose en la presuposición de que sólo esto puede garantizarles su independencia.
    3. Este deseo ambivalente y a menudo contradictorio es lo que hace que la vida del adolescente sea tan desgarrada y difícil  y también la causa de que vivir con él resulte tan problemático para sus padres.
  2. Y por si esto no bastase para crearle grandes conflictos internos al adolescente, además de los conflictos que tiene con sus padres, también necesita definirse a sí mismo tanto posítiva como negativamente como parte del mundo más amplio en que está entrando.
    1. Si los padres se exceden al estimularles cuando les animan a salir al mundo, los adolescentes no lo perciben como ayuda o apoyo, sino como un esfuerzo por hacerles abandonar el nido.
    2. Para aventurarse a salir al mundo, un adolescente necesita sentir que el hogar de su infancia sigue siendo suyo incondicionalmente, del mismo modo que el niño de dos a cuatro años necesita agarrarse a las faldas de su madre o, más adelante, a una «manta de seguridad», un osito de felpa u otro objeto transicional, para sentirse más seguro cuando se atreve a alejarse de la cuna o la cama.
    3. Mientras que el niño pequeño necesita agarrarse a un objeto físico, el adolescente necesita tener a su disposición la seguridad del hogar. Allí puede ser tan infantil como desee, mientras trata de actuar más como una persona mayor en el mundo de fuera.
    4. Si en este momento sus padres le alientan a salir al mundo, puede pensar que se lavan las manos de él y que ya no tiene un puerto seguro donde pueda refugiarse cuando le parezca que las tempestades del mundo le zarandean sin que él pueda evitarlo.
  3. En realidad, los padres no pueden imponerle independencia a un adolescente; si lo intentan, sólo conseguirán obstaculizar el proceso de conquistarla él mismo.
    1. Tratar activamente de dirigir la formación de su identidad es poco recomendable y contraproducente.
    2. Todo paso hacia una individualidad más distinta y, con ella, hacia la consecución de identidad, hay que darlo completamente solo; si las condiciones que rodean el acto de dar dicho paso son tales que te hacen dudar de que lo hayas dado completamente solo, entonces el paso se experimenta como un movimiento, no hacia la individualidad, sino hacia una dependencia mayor.
    3. Por esto, durante el período de agitación adolescente, lo mejor es cuando los padres pueden aceptar el comportamiento extraño, antagónico o desagradable de su hijo adolescente sin aprobarlo.
    4. Deben darle al hijo adolescente espacio para que experimente sin tomarse demasiado en serio los detalles de sus actos, y sin disgustarse ni interesarse demasiado por lo que haga. Entonces, cuando el adolescente se dé cuenta de que esa conducta en realidad no se ajusta a sus necesidades ni a su personalidad, podrá creer que renunciar a sus actitudes antagónicas no se debe a las presiones de sus padres, sino que es exclusivamente fruto de su propia decisión.
    5. Sólo si tiene esta impresión abandonará de forma permanente su conducta indeseable. Así pues, aparte de tratar de salvaguardar su bienestar, lo mejor es que los padres se entrometan lo menos posible en lo que haga el hijo y que al mismo tiempo le ofrezcan siempre, gustosamente, sin ninguna restricción, la oportunidad de volver a ser el hijo bienvenido en su propio hogar, como era antes de experimentar con sus aventuras todavía inmaduras y, por ende, con frecuencia mal concebidas en el mundo exterior.
  4. Durante esta época de experimentación adolescente es aconsejable que los padres no se muestren ni demasiado enérgicos ni demasiado a la defensiva en lo que se refiere a sí mismos y a su forma de vivir; tampoco conviene que cedan ante los ataques de los adolescentes.
    1. Lo mejor es que sencillamente permanezcan fieles a sus valores y continúen viviendo de conformidad con ellos sin hacer hincapié en su naturaleza superior ni criticar abiertamente los valores de acuerdo con los cuales el adolescente trata de vivir en ese momento. Deben reforzar su actitud con la convicción interna de que su hijo es inherentemente bueno, aunque de momento no lo parezca, con la esperanza razonable ‑que, para hacerse realidad, no debe expresarse francamente de que su actitud consecuente acabe ha­ciendo que su modo de vivir sea más atractivo para el hijo.
    2. Esta convicción no expresada de que su manera de vivir les va bien y el hecho de que se abstengan de insistir en que, por consi­guiente, también debería irle bien al hijo son lo que el adolescente necesita para protegerse y no dejarse llevar por sus emociones, que a menudo son contradictorias, y poder experimentar otras formas de vida sin que ello represente ningún peligro. Sí no se le priva del ejemplo de los padres ‑o, lo que es peor, si no se le ha puesto en contra de dicho ejemplo a causa de sus actitudes antagónicas‑, pue­de que lo adapte a su personalidad y a las condiciones de su propia vida, pero sólo cuando deje de temer que ello le convierta en una copia exacta de sus padres.
  5. Un joven adolescente, en un período de profunda confusión acer­ca de si mismo y del mundo, desesperado a causa de lo que percibía como indiferencia de sus padres ante sus esfuerzos por encontrarse a sí mismo, exclamó: «¡Tienes que tener algo contra lo que empujar para saber que eres alguien!».
    1. Con esas palabras expresó limpiamente el problema de su edad, que consiste en que cuando aún no se es capaz de sentirse «alguien» por medio de la fuerza interna y la con­sistencia de tu personalidad, la mejor manera de adquirir este sen­tido de personalidad es resistiéndose a la fuerza de algo ‑los va­lores de los padres‑ que no empuje hacia atrás. La insistencia de los padres significa que no quieren que sus hijos adolescentes desarro­llen su personalidad del modo que prefieran; también significa que no confían en que los adolescentes adquieran unos valores con los que los padres puedan sentirse satisfechos.
    2. Pero este muro imagi­nario de valores de los padres no debe ceder ante las arremetidas, pues entonces el adolescente se quedaría sin nada que le diese la sensación de ser él mismo, distinto de todos los demás, ni derrum­barse ante ellas.
    3. Si los valores de los padres se vienen abajo, los cascotes del muro enterrarán al hijo y fragmentarán su personalidad en ciernes


5.
Arriesgarse



  1. Pocos de nosotros podemos descubrir quiénes somos sin tener que averiguar también qué y cuánto podemos hacer, no siguiendo órdenes ajenas, sino de acuerdo con nuestra propia elección.
    1. Desde temprana edad los niños sienten la necesidad de averiguar lo que sus cuerpos pueden hacer en sentido más amplio, y especificamente para ellos.
    2. El deseo y la necesidad de demostrarnos a nosotros mis­mos que nuestros cuerpos nos sirven bien y pueden compararse favo­rablemente con otros son dos de las principales razones del placer que muchos de nosotros encontramos en el deporte y las actividades atléticas, así como en la apariencia.
    3. Las actividades atléticas siempre llevan aparejados algunos riesgos, que van en aumento a medida que el niño se hace mayor y más fuerte.
  2. En la adolescencia, cuando el principal problema relacionado con el desarrollo es descubrir y afirmar la propia identidad, los jóvenes tienen una necesidad especial de poner a prueba su cuerpo, toda vez que los resultados están a su disposición inmediatamente y, por ende, pueden medirse y son visibles en el acto.
    1. Evaluar los méritos de los otros logros no es, ni mucho menos, tan sencillo y, desde luego, es menos directo. A un adolescente le resulta mucho más difícil basar su propia estima en cualidades que no sean físicas, y los resultados son mucho más tenues y dudosos.
    2. Por ejemplo, cuando un niño desea creer que es una persona considerablemente mejor que los compañeros de su edad, o incluso que sus padres, esto no es fácil.
  3. Los padres y los educadores tienden a pensar que los logros aca­démicos pueden y deben dar a un adolescente sentimientos de valía, mérito y propia estima.
    1. Pero, si bien esto es en gran medida así en el caso del niño de corta edad y, más adelante, puede serlo en el del adulto maduro, raramente lo es en el caso del adolescente.
    2. Ello se debe a que en sus esfuerzos por llegar a ser él mismo tiene que luchar para liberarse de la dominación de los adultos, incluyendo la imposición de valores adultos, lo que, si bien es razonablemente aceptable para el niño pequeño debido a la seguridad que nace de tal dominación, es odioso para el adolescente.
    3. Cuanto más dependiente de la evaluación de los adultos para su propia estima se sienta, me­nos persona por derecho propio se sentirá.
    4. Asi pues, basar el sen­tido de su propia valía en las estimaciones de los adultos resulta contraproducente; le hace retroceder hacia actitudes infantiles de las que trata desesperadamente de liberarse.
  4. En sus esfuerzos por tranquilizarse respecto de la superioridad de su cuerpo y (de modo implícito) de su personalidad, los adoles­centes que no están seguros de su valor en otros aspectos pueden estar tentados de hacer cosas que representen un peligro en po­tencia:
    1. conducir temerariamente, escalar montañas, saltar con es­quíes.
    2. Al no encontrar formas más positivas de afirmar su valor, qui­zá cometan actos delictivos o incluso criminales.
    3. De esta manera se declaran superiores ante una sociedad cuyos‑ valores desprecian por­que están convencidos de que la sociedad les desprecia a ellos, lo que en ciertos sentidos puede ser verdad.
    4. Asi pues, en su caso el deseo de desquitarse se combina con la necesidad de sobresalir de algún modo y los empuja a extremos de osadía cada vez mayores.
    5. A más de un delincuente juvenil le he oído decir:
                                                              i.      «Si no *puedo sobresalir por ser el mejor, al menos puedo conseguirlo siendo el peor».
                                                            ii.      Los líderes de las pandillas violentas afirman que les es necesario ser mucho más violentos que el resto de la pandilla para imponer o con­servar su dominación.
  1. La necesidad de desafiar a los padres o a la sociedad es un ele­mento importante en la formación de la personalidad delincuente, pero, en último término, la causa del comportamiento delincuente es la falta de respeto por uno mismo.
    1. La delincuencia y el recurso a las drogas para evadirse de la sensación de no valer nada son inten­tos desesperados de silenciar la voz interior que le dice a una per­sona que no vale nada y es un don nadie, ideas que con frecuencia tienen su origen en experiencias infantiles que hicieron que el niño sacara la impresión de que su cuerpo y él mismo no eran valorados.































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