sábado, 22 de enero de 2011

Antropologia del desarrollo Andreu Viola (copilador) Cap 1


Desarrollo



Por : Gustavo Esteva

Libro:
Andreu Viola /Antropología del desarrollo
Capitulo I
Gustavo Esteva
Red Intercultural de Acción Autónoma,
México.

INTRODUCCION

            Para decir «sí», para aprobar o aceptar, los brasileños dicen «no»: pois nao. Pero nadie se confunde.
            Enraizando culturalmente su lengua, jugando con las palabras para hacerlas hablar en varios contextos, los brasileños enriquecen su conversación.
            Sin embargo, al decir «desarrollo» mucha gente está ahora diciendo lo contrario de lo que quiere transmitir.
            Todo el mundo se confunde.
            Utilizando de manera acritica una palabra tan cargada de connotaciones ‑y condenada a la extinción‑, están transformando su agonía en una condición crónica.
            Desde el cadáver sin enterrar del desarrollo, se han empezado a propagar todos los tipos de peste.
            Ha llegado el momento de desvelar el secreto del desarrollo y de verlo en toda su crudeza conceptual.



I.
La invención del subdesarrollo

            Al final de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos era una formidable e imparable máquina productiva sin precedentes en la historia. Ocupaba sin disputa el centro del mundo. Era el amo. Todas las instituciones creadas durante esos años reconocían este hecho: incluso la Carta de Naciones Unidas se hacía eco de la Constitución de Estados Unidos.
            Pero los americanos querían algo más. Necesitaban hacer completamente explícita su nueva posición en el mundo.
            Y querían consolidar esa hegemonía y hacerla permanente. Con dicho propósito, concibieron una campaña política de escala global que ostentaba claramente su sello.
            Incluso concibieron un emblema apropiado para identificar dicha campaña. Y eligieron cuidadosamente la oportunidad para lanzar a una y a otro:
             El 20 de enero de 1949, el mismo día en que el presidente Truman accedió a su cargo, se abrió para el mundo una nueva era, la era del desarrollo:

            Debemos embarcarnos en un programa completamente nuevo para hacer accesibles los beneficios de nuestros avances científicos y de nuestro progreso industrial, de tal forma que las áreas subdesarrolladas puedan crecer y mejorar.
            El viejo imperialismo ‑explotación en provecho foráneo‑ no tiene lugar en nuestros planes.
            Lo que tenemos en mente es un programa de desarrollo basado en los conceptos del trato justo democrático
(Truman, 1967).

            Al utilizar por primera vez en tal contexto la palabra «subdesarrolladas», Truman cambió el significado del desarrollo y creó el emblema aludido, un eufemismo empleado desde entonces para  referirse discreta o inadvertidamente a la era de la hegemonía americana.

            Nunca antes se había aceptado universalmente un vocablo el día mismo en que había sido políticamente acuñado.
            De repente se creó una nueva percepción de uno mismo y del otro.            Se usurparon y se metamorfosearon con éxito doscientos años de construcción social del significado político e histórico del término.
           
Una proposición política y filosófica de Marx,
empaquetada al estilo americano
como un combate contra el comunismo
y al servicio del designio hegemónico de Estados Unidos,

            Triunfó en la empresa de calar tanto en las mentes populares como en las intelectuales durante el resto del siglo XX.


       Así pues, el subdesarrollo empezó el 20 de enero de 1949 .
       Ese día, dos mil millones de personas se convirtieron en subdesa­rrolladas.
       Literalmente, desde ese momento en adelante, dejaron de ser lo que eran, en toda su diversidad, y se metamorfosearon en un espejo invertido de la realidad de otros, un espejo que los empequeñece y los envía al final de la cola, un espeo que define simplemente su identidad ‑que es en verdad la de una mayoría heterogénea y diversa‑ en los términos de una estrecha y homo­geneizadora minoría.

            Truman no fue el primero en emplear dicha palabra. Probablemente fue Wilfred Benson, un antiguo miembro del Secretariado de la Organización Internacional del Trabajo, quien la inventó cuando se refirió a las «áreas subdesarrolladas» mientras escribía sobre las bases económicas para la paz en 1942 (Benson, 1942). Pero la expresión no tuvo más resonancia, ni entre el público ni entre los expertos. Dos años más tarde, Rosenstein‑Rodan continuaba hablando de «áreas económicamente retrasadas». También en 1944, Arthur Lewis se refería a la brecha entre naciones pobres y ricas, a lo largo de la década, la expresión apareció ocasionalmente en libros técnicos o en documentos de Naciones Unidas. Pero sólo adquirió relevancia cuando Truman la presentó como el emblema de su propia política.
            En este contexto, se cargó de una insospechada virulencia colonizadora.

            Desde entonces, «desarrollo» ha presentado al menos una connotación:
La de vía de escape de una condición indigna, o considerada indigna, llamada subdesarrollo.
            Cuando Nyerere proponía que el desarrollo fuera la movilización política de un pueblo para alcanzar sus propios objetivos ‑consciente como era de la locura que supondría perseguir objetivos sentados por otros‑,
            Cuando Rodolfo Stavenhagen propone hoy el etnodesarrollo o el desarrollo con autoconfianza ‑consciente de que necesitamos «mirar hacia adentro» y «buscar en la propia cultura», en lugar de usar visiones prestadas y foráneas‑,
            Cuando Jimoh Orno‑Fadaka sugiere un desarrollo de abajo arriba ‑consciente de que todas las estrategias diseñadas desde arriba han fracasado al no alcanzar los objetivos que se habían marcado explícitamente‑,
            Cuando Oriando Fais Borda y Anisur Rahman insisten en el desarrollo participativo conscientes de las exclusiones consumadas en nombre del desarrollo,
            Cuando Jun Nishikawa propone «otro» desarrollo para el Japón ‑consciente de que la era actual está llegando a su fin‑,
            Cuando ellos y tantos otros califican el desarrollo y el uso de esa palabra con restricciones y salvedades, como si estuvieran caminando por un campo minado, no parecen darse cuenta de lo improductivo de sus esfuerzos.
            El campo de minas ya ha explotado.
            Para que alguien pueda concebir la posibilidad de escaparse de una condición dada, es necesario primero que sienta que ha caído en tal condición.
            Para aquellos que hoy suman los dos tercios de la población mundial, pensar en el desarrollo ‑en cualquier tipo de desarrollo‑ requiere la previa percepción de sí mismos como subdesarrollados, con toda la carga de connotaciones que conlleva.

            Hoy, para esos dos tercios de la población del planeta, el subdesarrollo es una amenaza que ya se ha cumplido, una experiencia vital de subordinación y de extravío inducido, de discriminación y de subyugación.
           
            Dada esta condición previa, el simple hecho de asociar la intención propia con el desarrollo tiende a anular esa intención, a contradecirla, a esclavizarla.
            Impide pensar objetivos propios, esos que Nyerere anhelaba; socava la confianza en uno mismo y en la cultura propia, esa confianza que pide Stavenhagen; clama por la gestión de arriba abajo, esa contra la que Jimoh se rebelaba; convierte la participación en una trampa manipuladora para involucrar a las gentes en luchas por obtener aquello que los poderosos les quieren imponer, precisamente lo que Fais Borda y Rahman querían evitar.








II
Una metáfora y su tortuosa historia


            El desarrollo ocupa el centro de una constelación semántica increíblemente poderosa. Nada hay que se le pueda comparar en la mentalidad moderna en tanto que fuerza directriz del pensamiento y de la conducta. Al mismo tiempo, pocas palabras son tan pobres, tan frágiles y tan incapaces de ofrecer sustancia y significado al pensamiento y a la conducta.
            En el habla común, el desarrollo describe un proceso a través del cual se liberan las potencialidades de un objeto u organismo, hasta que alcanza su forma natural completa y deviene un ser hecho y derecho.
            De ahí, el uso metafórico de la palabra para explicar el crecimiento natural de plantas y animales.
            A través de esta metáfora, resultó posible explicar la meta del desarrollo y, mucho más tarde, su programa.
            En biología, el desarrollo o evolución de los seres vivos se refería a todo el proceso a través del cual los organismos alcanzaban su potencial genético: la forma natural del ser vista a priori por el biólogo.
            El desarrollo se frustraba cada vez que la planta o el animal no conseguía completar su programa genético, o cuando se sustituía éste por otro.
            En estos casos de fracaso, el crecimiento no era desarrollo, sino más bien anomalía, una conducta patológica e, incluso, antinatural.
            El estudio de estos «monstruos» acabó resultando crucial en la formulación de las primeras teorías biológicas.

            Fue entre 1759 (Wolff) y 1859 (Darwin) cuando el desarrollo evolucionó desde una concepción en que se concebía como una transformación que se movía hacia la forma de ser apropiada, hasta otra concepción de transformación en que el movimiento era hacia una forma cada vez más perfecta.
            Durante este período, los científicos empezaron a utilizar los términos «evolución» y «desarrollo» de manera intercambiable.
La transferencia de la metáfora biológica a la esfera social aconteció en el último cuarto del siglo XVIII.
       Desde 1768, el funda­dor de la historia social, el conservador Justus Moser, utilizaba la palabra Entwicklung  para aludir al proceso gradual de cambio social.      Cuando hablaba de la transformación de algunas situaciones políticas, las describía casi como procesos naturales.
       En 1774, Herder empezó a publicar su interpretación de la historia universal, en la cual presentaba correlaciones globales mediante la com­paración de las edades de la vida con la historia social.
       Pero fue más allá de esta comparación al aplicar a sus trabajos la noción organológica de desarrollo, acuñada en las discusiones científicas de su época.
Utilizaba, así, con frecuencia, la imagen del germen para describir el desarrollo de las formas de organización. Hacia el final de la centuria, basándose en la escala biológica de Bonnet, trató de combinar las teorías de la naturaleza con la filosofía de la historia, en un intento de crear una unidad sistemática y coheren­te.  Según él, el desarrollo histórico era la continuación del desa­rrollo natural, y ambos eran simples variantes del desarrollo homogéneo del cosmos, creado por Dios.
       Hacia 1800, la palabra Entwicklunq empezó a aparecer como un verbo reflexivo. El autodesarrollo se puso de moda.  Entonces, Dios empezó a desaparecer de la concepción popular del universo.
       Y unas pocas décadas más tarde, se abrieron todas las posibi­lidades para el ser humano, autor de su propio desarrollo y emancipado de cualquier designio divino.
       El desarrollo se convirtió en la categoría central de la obra de Marx, revelándose como un proceso histórico que se despliega con el mismo carácter necesario que las leyes naturales.
       Tanto el concepto de historia hege­liano como el concepto darwinista de evolución, se entretejían en el desarrollo, reforzados por el aura científica de Marx.
      Cuando la metáfora volvió al ámbito de lo vernáculo, adquirió un violento poder colonizador, del que no tardaron en hacer uso los políticos.
      Convirtió la historia en un programa, un destino necesario e inevitable.
      El modo industrial de producción, que no era más que una forma social entre muchas, se transformó por defini­ción en el estadio terminal de una evolución social unilineal.
      Este estadio llegó a ser considerado como la culminación natural del potencial ya existente en el hombre neolítico, como su evolución lógica. En consecuencia, la historia fue reformulada en términos occidentales.
       La metáfora del desarrollo confirió hegemonía global a una genealogía de la historia puramente occidental, robando a las gentes y pueblos de distintas culturas la oportunidad de definir las formas de su vida social.
       La secuencia vernácula ‑el desarrollo es posible tras el envoltorio‑ se invirtió con la transferencia.

       Las leyes científicas tomaron el lugar de Dios en la función de envol­ver, definiendo el programa.

       Marx rescató una iniciativa factible, basada en el conocimiento de estas leyes.      Truman hizo suya esta percepción, pero transfirió el papel de primer motor ‑la condicion primum movens‑ desde los comunistas y el proletariado, hasta los expertos y el capital, siguiendo así, irónicamente, los precedentes sentados por Stalin y Lenin.
       El resto de las metáforas usadas a lo largo de todo el siglo XVIII empezó a formar parte del lenguaje ordinario durante el siglo siguiente, con lo que la palabra «desarrollo» fue acumulando una completa variedad de connotaciones. Esta sobrecarga de signifi­cados acabó por disolver su significación precisa,
En 1860, se publicó en Alemania la Enciclopedia de todos los sistemas de enseñanza y educación. La entrada “desarrollo” decía: «este concepto es aplicable prácticamente a todo lo que el hombre tiene o conoce».
La palabra, decía Eucken en 1878, había llegado a ser «casi inútil para la ciencia, excepto en ciertas áreas».
Entre 1875 y 1900, se publicaron en inglés libros cuyos títu­los aludían al desarrollo de la Constitución ateniense, de la nove­la inglesa, del sistema de transporte de Estados Unidos, del matrimonio, de la crianza de los hijos y así sucesivamente.
Algunos autores preferían el vocablo «evolución» en los títulos de sus libros que estudiaban temas que podía ir desde el termómetro a la idea de Dios.
Otros preferían «crecimiento», pero incluso ellos utilizaban «desarrollo» en el texto como el principal término opera­tivo (Rosenthal, 1984).
Para el principio del siglo XX, se extendió un nuevo uso: «desa­rrollo urbano», que, desde entonces, se ha mantenido para desig­nar la reformulación del entorno urbano, basada en el bulldozer y en la producción masiva e industrialmente homogénea de espa­cios urbanos e instalaciones especializadas.
Pero este uso espe­cífico, una anticipación del trumanismo, no consiguió establecer la imagen generalizada que hoy se asocia a la palabra.
En la tercera década del siglo, la asociación entre desarrollo y colonialismo, establecida en la centuria anterior, adquirió un signi­ficado diferente.
Cuando, en 1939, el gobierno británico transformó su Ley de Desarrollo de las Colonias en Ley de Desarrollo y Bienestar de las Colonias, este cambio reflejaba la profunda mutación política y económica que se estaba produciendo desde hacía apenas unos diez años. Para conferir un significado positivo a la filosofía del protectorado colonial, los británicos argüían la necesidad de garantizar a los nativos unos niveles mínimos de nutrición, salud y educación (W. V. Hancock, citado en Arencit, 1981).
Se empezó a esbozar un «mandato dual»: el conquistador debería ser capaz de desarrollar económicamente la región con­quistada, al mismo tiempo que aceptaba la responsabilidad de velar por el bienestar de los nativos.
Tras la identificación del nivel de civilización con el nivel de producción, el mandato dual se colapsó en una concepción unitaria: el desarrollo (Sachs, 1990).
A lo largo de todo el siglo, los significados asociados al desa­rrollo urbano y al desarrollo colonial concurrieron con muchos otros para transformar, paso a paso, la palabra «desarrollo» en un vocablo que designaba un concepto cuyos contornos eran tan precisos como los de una ameba.
Ahora, es un mero algoritmo cuya significación depende del contexto en el que se emplea. Puede aludir a un proyecto de viviendas, a la secuencia lógica de un pensamiento, al despertar de la mente de un niño, a una parti­da de ajedrez o al crecimiento de los pechos de una adolescente. Pero, incluso si adolece de una tal falta de precisión, se encuentra firmemente asentado en la percepción popular y en la de los inte­lectuales. Y siempre aparece como una evocación de una red de significados en los que la persona que lo utiliza se encuentra irre­mediablemente atrapado.
El desarrollo no se puede desvincular de las palabras con las que se formó ‑crecimiento, evolución, maduración‑. De manera similar, aquellos que hoy utilizan el vocablo no pueden librarse de una maraña de significados que confieren una ceguera específica a su lenguaje, su pensamiento y su acción. No importa el contex­to en que se emplee ni la connotación específica que le quiere dar la persona que lo usa, la expresión resulta calificada y coloreada con significados tal vez no deseados. La palabra siempre implica un cambio favorable, un paso de lo simple a lo complejo, de lo inferior a lo superior, de lo peor a lo mejor. La palabra indica que uno lo está haciendo bien porque está avanzando hacia una meta deseada en el sentido de una ley universal necesaria, ineluctable. Hasta el día de hoy, la palabra retiene el significado que le dio el creador de la ecología, Haeckei, hace un siglo: «De este momen­to en adelante, desarrollo es la palabra mágica con la cual resol­veremos todos los misterios que nos rodean o, al menos, es la que nos guiará hacia sus soluciones».
Pero, para dos tercios de la población terrestre, este significa­do positivo de la palabra «desarrollo» ‑profundamente arraigado tras dos centurias de construcción social‑ es un recordatorio de lo que no son. Es un recordatorio de una condición indeseable e indigna, Para escapar de ella, necesitan que las experiencias y sueños de otros los esclavicen.

II
Colonizando el anticolonialismo

            En el grandioso diseño del discurso de Truman, no había sitio para precisiones técnicas o teóricas. El emblema definía un programa consciente de la llegada de Mao, buscando en la evolución un antídoto contra la revolución, una estrategia en la tradición de Herder, mientras, simultáneamente, adoptaba el ímpetu revolucionario con que Marx había dotado a la palabra.
            El diseño de Truman utilizaba a veces el desarrollo en el sentido transitivo de los administradores británicos, con el fin de establecer claramente la jerarquía de las iniciativas que promovía. Pero podía pasar sin dificultad a un uso intransitivo del término, en la mejor tradición hegeliana.
            Como se dio por descontado que el propio subdesarrollo estaba ahí fuera, que era algo real, empezaron a aparecer «explicaciones» del fenómeno.
            Empezó inmediatamente una intensa búsqueda de sus causas materiales e históricas.
            Algunos, como Hirschman, no le dieron importancia al período de gestación, por el contrario, otros hicieron de éste el centro de sus elaboraciones y describieron en minucioso detalle la explotación colonial en todas sus variaciones, así como los procesos de acumulación primitiva del capital. También se empezó a prestar una atención pragmática a los factores internos o externos que parecían ser las causas actuales del subdesarrollo: condiciones del comercio, intercambio desigual, dependencia, proteccionismo, imperfección del mercado, corrupción, falta de democracia o de iniciativa empresarial
            En América Latina:
                        El Cuerpo de Paz,
                        El Programa del Punto Cuarto,
                        La Guerra a la Pobreza y
                        La Alianza para el Progreso.
            Contribuyeron a enraizar la noción de subdesarrollo en la percepción popular y ahondaron la incapacidad creada por tal percepción, pero ninguna de esas campañas es comparable a lo que, en el mismo sentido, consiguieron los teóricos latinoamericanos de la dependencia, así como otros intelectuales de izquierda dedicados a criticar todas y cada una de las estrategias desarrollistas puestas de moda por Estados Unidos.

            Para ellos, como para muchos otros, Truman simplemente había sustituido con una nueva palabra lo que ya estaba allí: Retraso o pobreza. Según ellos, los países «atrasados» o «pobres» se encontraban en semejante condición debido a los pillajes producidos en el proceso de colonización, y a la violación continuada a la que los sometía la explotación capitalista, a nivel nacional e internacional: el subdesarrollo era la creación del desarrollo.
            Al adoptar acríticamente la perspectiva a la que querían oponerse, su eficiente criticismo de la ambigüedad y la hipocresía de los promotores occidentales del desarrollo insufló un carácter virulento a la fuerza colonizadora de la metáfora.

¿Cómo ignorar, dijo Marx en una ocasión, «el hecho indudable de que la India está ligada precisamente al yugo inglés por un ejército indio, mantenido por la propia lndia»?

            La discusión misma del origen de las causas actuales del subdesarrollo ilustra hasta qué punto ha sido considerado como algo real, concreto, cuantificable e identificable: un fenómeno cuyo origen y modalidades pueden ser objeto de investigación.
            La palabra define una percepción.
            Ésta se transforma, a su vez, en un objeto, un hecho.
            Nadie parece dudar que el concepto aluda a un fenómeno real.
            No se dan cuenta de que es un adjetivo comparativo cuya base es la asunción, muy occidental pero inaceptable e indemostrable, de la unicidad, la homogeneidad y la unilinealidad evolutiva del mundo.
            Hace alarde de una falsificación de la realidad producida mediante el desmembramiento de la totalidad de procesos interconectados que componen la realidad mundial y su sustitución por uno de sus fragmentos, aislado de los demás, como punto de referencia general (Wolff, 1982).




III
Inflación conceptual


            El desarrollo ‑que había sufrido la metamorfosis más radical y grotesca de su historia en manos de Truman‑ se empobreció aún más en manos de sus primeros promotores, que lo redujeron a crecímiento económico.

            Para estos hombres, el desarrollo consistía sen­cillamente en el crecimiento de la renta per cápita en las áreas eco­nómicamente subdesarrolladas.

            Era la meta propuesta por Lewis en 1944 e insinuada por la Carta de Naciones Unidas en 1947. En 1955, el dictamen de Lewis –“Primero se tendría que hacer notar que lo que nos interesa es el crecimiento, y no la dis­tribución” (Lewis, 1955), reflejaba el muy generalizado énfasis en el crecimiento, que impregnaba todo el campo del pensamien­to desarrollista.
Paul Baran, con mucho el más influyente de los economistas del desarrollo encuadrables en la izquierda, escribió en 1957 sobre la economía política del crecimiento, y definió el crecimiento o desarrollo como el incremento de la producción per cápita de bienes materiales (Baran, 1957).
Walter Rostow, que causó una honda impresión en el público y en el pensamiento ins­titucional, presentó en 1960 su «manifiesto no comunista», como una descripción de los estadios del crecimiento económico, asu­miendo que esta única variable podía caracterizar a toda la socie­dad (Rostow, 1960). Naturalmente, tanto Rostow como Baran trataban de mucho más que de un crecimiento económico corto de miras, pero su énfasis reflejaba el espíritu de los tiempos y el quid de la cuestión. 2

Tal orientación ni subestimaba las consecuencias sociales de un crecimiento económico rápido ni dejaba de lado las realidades sociales. El primer Informe de la situación social del mundo, publi­cado en 1952, levantó un interés inusual dentro y fuera de las ins­tituciones de Naciones Unidas.
El informe se concentraba en la descripción de las «condiciones sociales existentes» y sólo inciden­talmente trataba de los programas para mejorarlas. Pero los propo­nentes de tales programas encontraron en él inspiración y apoyo para su preocupación por dar con medidas inmediatas de alivio de la pobreza.
Como muchos otros, estaban intentando desarrollar en los países «subdesarrollados» los servicios básicos y «las profesio­nes de atención o vocación social» que se pueden hallar en los paí­ses avanzados.
Estas preocupaciones pragmáticas, así como algunos tempranos‑ y penetrantes vislumbres teóricos que iban más allá de la visión dogmática de los cuantificadores económicos, se veían, sin embargo, ensombrecidas por la obsesión general, y a cualquier coste, por la industrialización y por el crecimiento del PNB, que dominó los cincuenta.             Prevalecía el optimismo, de acuerdo con los índices estadísticos y con los informes oficiales, tanto la situación social como los programas sociales de estos paí­ses estaban mejorando continuamente. Siguiendo la sabiduría con­vencional, ese progreso no era sino la consecuencia natural de un rápido crecimiento del PNB.
Esta evolución no eliminó la controversia endémica entre los cuantificadores económicos y los especialistas en servicios socia­les. Los Informes de la situación social preparados periódicamen­te por Naciones Unidas la documentan tangenciamente. La expresión «desarrollo social», introducida lentamente en los Informes, apareció sin definición, como una vaga contraparte del «desarrollo económico» y como sustituto de la noción estática de «situación social». Lo «social» y lo «económico» se percibían como realidades distintas. La idea de una especie de «equilibrio» entre estos «aspectos» se convirtió primero en un desideratum y, des­pués, en el objeto de un examen sistemático.
El Consejo Social y Económico de Naciones, Unidas (ECOSOC) recomendó en 1962 la integración de ambos aspectos del desarrollo. Ese mismo año, las Propuestas de acción de la Primera Década de Desarrollo de Naciones Unidas (1960‑1970) establecían que:

El problema de los países subdesarrollados no es simplemente el crecimiento, sino el desarrollo. El desarrollo es crecimiento más cam­bio (añadían).
El cambio, a su vez, es social y cultural al tiempo que económico, y cualitativo tanto como cuantitativo.
El concepto clave debe ser la mejora de la cualidad de vida (UN, 1962).

            La creación del Instituto para la Investigación del Desarrollo Social de Naciones Unidas (UNRISD), en 1963, es en sí misma una ilustración de las preocupaciones de ese período. Otra resolución del ECOSOC, en 1966, reconocía la interdependencia de los factores económicos y sociales, así como la necesidad de armonizar las planificaciones social y económica.
            A pesar de este cambio gradual, a través de toda la Primera Década del Desarrollo de Naciones Unidas, se continuó percibiendo el desarrollo como una senda definible en términos de crecimiento económico, que pasaba por diferentes etapas, y que tenía en la palabra «integración» la consigna que vinculaba los aspectos económicos y sociales. En los años sesenta, tal como lo reconoció posteriormente el UNRISD, se veía el desarrollo social en parte como una precondición para el crecimiento económico, en parte como una justificación moral de este último y de los sacrificios que conllevaba (UNRISID, 1979).
            En cualquier caso, al final de la década, muchos factores contribuyeron a apagar el optimismo acerca del crecimiento económico:
a.       Las deficiencias de las políticas y procesos en curso resultaban más conspicuas que al principio de la década;
b.      Los atributos que requerían integración habían ampliado su distancia; y quedaba claro que el crecimiento rápido se había acompañado de un aumento de las desigualdades.
           
            Por entonces, los economistas se mostraban más inclinados a reconocer los aspectos sociales como «obstáculos sociales». La evidencia estándar impregnaba los cuerpos oficiales:

         El hecho de que el desarrollo bien deja detrás suyo ‑a manera de efecto secundario- , o bien incluso crea directamente de alguna manera grandes áreas de pobreza, de estancamiento, de marginalidad y de verdadera exclusión del progreso económico y social, es algo demasiado obvio y demasiado urgente para pasarlo por alto (UN  1971).

            Conceptualmente, se dio una revuelta generalizada contra la camisa de fuerza de las definiciones económicas del desarrollo, que restringían sus metas a indicadores cuantitativos más o menos irrelevantes.
Robert S. McNamara, presidente del Banco Mundial, planteó claramente la cuestión en 1970. Tras reconocer que una alta tasa de crecimiento no había traído consigo un progreso satisfactorio en el desarrollo operado durante la Primera Década, insistió en que los años setenta deberían contemplar algo más que burdas medidas del crecimiento económico (McNamara, 1970). Pero «el destronamiento del PNB», como se conoció a esta cruzada, no llegó muy lejos: no fue posible un consenso, ni internacional ni académico, alrededor de otra definición.
            Mientras, en la Primera Década, se había considerado separadamente los aspectos económico y social del desarrollo, la Segunda implicó la mezcla de ambos. Se tenía que formular un nuevo paradigma.  El de la integración, después de reconocer la necesaria interacción de
a.       Recursos físicos,
b.      Procesos técnicos,
c.       Aspectos económicos y
d.      Cambio social.
           
            La Estrategia de Desarrollo Internacional, proclamada el 24 de octubre de 1970, llamaba a una estrategia global, basada en acciones conjuntas y concentradas en todas las esferas de la vida económica y social. Con todo, el punto de inflexión no fue la Estrategia, sino una resolución casi simultánea de Naciones Unidas que establecía un proyecto para la identificación de una aproximación unificada al desarrollo y su planificación, «que integraría completamente los componentes económicos y sociales en la formulación de políticas y programas». La inclusión de componentes debía asegurar que:
            a) Ningún sector quedase fuera del radio de alcance del cambio y del desarrollo;
            b) Se efectuase el cambio estructural que favorecería el desarrollo nacional, y se activasen todos los sectores de la población para participar en el proceso desarrollista;
            c) Se fijase la equidad social como objetivo explícito, incluyendo el logro de una distribución equitativa de los ingresos y de la riqueza de la nación;
            d) Se concediese alta prioridad al desarrollo de los potenciales humanos... la provisión de oportunidades de empleo y la solución de las necesidades de los niños (UNRISD, 1980).

      Empezó así la búsqueda de un enfoque unificado para el aná­lisis y la planificación del desarrollo, un enfoque que aspíraría simultáneamente a la integración sectorial y espacial o regional y al «desarrollo participativo».
      En tanto que empeño de Naciones Unidas, fue un proyecto efímero y frustrante. Sus resultados fue­ron controvertidos y decepcionantes al mismo tiempo. Su crítica de las ideas y métodos del desarrollo económico que habían prevalecido hasta entonces encontró considerables resistencias, y su fracaso en la producción de remedios simples y universales lo condenó a su rápida extinción.
                                                                                             
            Pero el proyecto incubó muchas de las ideas y eslóganes que iban a animar el debate sobre el desa­rrollo en los años que siguieron.
            La Segunda Década, que se inició con esta preocupación por un enfoque unificado, evolucionó de hecho en la dirección opuesta: la de la dispersión.       Sucesivamente se colocaron en primer plano diversos «problemas mayores» como
1.      El medio ambiente,
2.      La población,
3.      El hambre,
4.      Las mujeres,
5.      El hábitat o
6.      El empleo.

            Durante un tiempo, cada «problema» siguió una carrera independiente, concentrando tanto la atención del público como de las instituciones.
            Más tarde, se demostraba la compleja relación de cada «problema» con todos los demás y se empezaba el ejercicio de unificación pertinente, con uno de los «problemas» en el centro del proceso.
            La disputa por cuáles eran los candidatos clave de dichos procesos era constante; arrancando tanto de las antiguas controversias sobre las grandes prioridades como de la batalla cotidiana entre los distintos cuerpos burocráticos por la supervivencia y por la asignación de recursos.
            La búsqueda del principio unificador se continuó en un terreno diferente.
            En 1974, la declaración de Cocoyoc puso el énfasis en que el propósito del desarrollo «no debería ser desarrollar cosas, sino desarrollar al hombre». «Cualquier proceso de crecimiento», añadía, «que no conduzca a solventar plenamente [las necesidades básicas] o, aún peor, que las perturbe es un travestido de la idea de desarrollo.» La Declaración también recalcaba la necesidad de la diversidad, «de seguir muchos caminos diferentes hacia el desarrollo», así como la meta de la confianza en uno mismo y el requerimiento de «cambios económicos, sociales y políticos fundamentales».3 Las propuestas de la Fundación Dag Hammarskjold ‑que, en 1975, sugirió otro desarrollo (Dag Hammarskjold Foundation, 1975)‑, así como, sobre todo, la búsqueda de un desarrollo humanista,( en el original, human‑centred developmentn nota del traductor.) ampliaron y desarrollaron algunas de las ideas de la declaración de Cocoyoc.
            Siguiendo a Johan Galtung, para el cual el desarrollo tenía que ser «el desarrollo de un pueblo», los expertos juzgaron que el hombre debía tener una influencia más grande en el proceso de desarrollo, que debía a su vez ser un desarrollo integrado, tal como insistía la UNESCO: «un proceso total, caracterizado por sus conexiones múltiples, incluyendo todos los aspectos de la vida de una colectividad, de sus relaciones con el mundo exterior, y de su propia conciencia» (UNESCO, 1977).
            En 1975, La Séptima Sesión Especial de la Asamblea General de Naciones Unidas pidió un enfoque más efectivo que el de la Estrategia de Desarrollo Internacional (adoptada en 1970) para alcanzar los objetivos sociales del desarrollo.
            La Conferencia sobre el Empleo, la Distribución de Ingresos y el Progreso Social, organizada por la OIT en junio de 1976, ofreció una respuesta: el enfoque de necesidades básicas, «que apuntaba hacia la consecución de un cierto mínimo específico del estándar de vida antes del fin del siglo» ILO, 1976).
            Uno de los documentos que apoyaba el Enfoque reconocía explícitamente que el desarrollo no podría eliminar el hambre y la miseria, y que, por el contrario, empeoraría los niveles de «pobreza absoluta» de al menos un quinto, y probablemente dos, de la población mundial. El Enfoque proponía la idea de tratar directa­mente con la tarea de hacer frente a esas necesidades en lugar de esperar su satisfacción a resultas del proceso de desarrollo.
            Durante dos o tres años la propuesta estuvo de moda, El Banco Mundial la encontró particularmente atractiva dado que aparecía como una secuela natural de sus experimentos con los «grupos objetivo», que había iniciado en 1973, cuando su estrategia de desarrollo se hallaba concentrada en los pobres rurales y los pequeños granjeros.
            También fueron muchos los gobiernos y expertos que promovieron el Enfoque.    Poseía la virtud de ofrecer «aplicabilidad universal», siendo al mismo tiempo lo suficientemen­te relativo como para permitir una «especificidad de cada país».
            En 1976, la satisfacción de las necesidades básicas de la población de cada país definía la primera parte ‑y la principal‑ del Programa de Acción de la Conferencia Mundial Tripartita sobre el Empleo, la Distribución de Ingresos y el Progreso Social, y la División Internacional del Trabajo.
Los expertos de la UNESCO, por su parte, promovieron el con­cepto de desarrollo endógeno. Durante algún tiempo, esta concep­ción ganó más aceptación que ninguna otra.
       Parecía claramente herética, contradiciendo abiertamente la sabiduría convencional. Surgiendo de una crítica rigurosa de la hipótesis del desarrollo «por estadios o etapas» (Rostow), la tesis del desarrollo endógeno rechazaba la necesidad o la posibilidad ‑por no hablar de la ido­neidad‑ de la imitación mecánica de las sociedades industriales.
       En vez de eso, proponía tomar debida nota de las particularidades de cada nación.          Sin embargo, pocos se dieron cuenta de que esta sensible consideración conduce a un callejón sin salida a la teoría y a la práctica mismas del desarrollo, de que contenía una contra­dicción en sus propios términos.
       Si el impulso es verdaderamente endógeno, es decir, si las iniciativas brotan realmente de las diver­sas culturas y de sus distintos sistemas de valores, nada nos con­duce a creer que, de éstas, habrá de surgir necesariamente el desarrollo ‑independientemente de como se lo quiera definir‑, ni siquiera un impulso en su dirección. Si se sigue rigurosamente, esta concepción conduce a la disolución de la mismisima noción de desarrollo, tras darse cuenta de la imposibilidad de imponer un modelo cultural único en el mundo entero, algo que expertos de la UNESCO reconocieron pertinentemente en una conferencia cele­brada el año ‑1978.
Alguien llamó a la siguiente década, los ochenta, «la década perdida para el desarrollo». Pese a los fuegos artificiales de los cuatro tigres asiáticos, prevalecía el pesimismo. El «proceso de ajuste»(famosos planes del Ajuste Estructural) significó para muchos países el abandono o el desmante­lamiento de muchos logros anteriores en nombre del desarrollo.
Para 1985, parecía que se avecinaba una era del posdesarrollo (Rist, 1990).
En contraste, los noventa han alumbrado un nuevo ethos del desarrollo.
Éste sigue dos líneas claramente distinguibles.

En el Norte, reclama el redesarrollo, es decir,
       Desarrollar de nuevo lo que se había desarrollado mal o lo que se había quedado obsole­to, en Estados Unidos y en la Unión Soviética, en España como en Suiza, Austria, Polonia o Gran Bretaña, la atención del público se concentra en
       La rapidez y las condiciones bajo las cuales aquello que se desarrolló previamente (medicina socializada, plantas nucleares, producción de acero, manufacturas anteriores a los microchips, fábricas contaminantes o pesticidas venenosos) se puede destruir, desmantelar, exportar o sustituir.

En el Sur, el redesarrollo también exige
       Desmantelar lo que dejó el «proceso de ajuste» de los años ochenta, con el fin de hacer sitio a los despojos del Norte (residuos nucleares, plantas manufacture­ras obsoletas o contaminantes, mercancías invendibles o prohibi­das ) y para
Las maquiladoras, esas falsas fábricas, temporales y fragmentarias, que el Norte mantendrá operativas durante el perío­do de transición.
La obsesión por la competitividad, por miedo de quedar fuera de la carrera, empuja a aceptar la destrucción de sec­ciones enteras de lo que se había desarrollado durante los últimos 30 años, sacrificadas en el altar del redesarrollo, se insertarán en su lugar dentro de planes transnacionales coherentes con las demandas del mercado mundial.
       En el Sur, de todas formas, el énfasis del redesarrollo no se recaerá en semejantes empresas, que adoptan la forma de encla­ves tecnológicos y sociopolíticos.      Más bien, el redesarrollo implica la colonización económica de lo que se ha llamado sector infor­mal.   
       En nombre de la modernización y bajo el estandarte de la guerra a la pobreza ‑una guerra que consiste, como siempre, en enfrentar a los asalariados con los pobres, y no en la lucha contra la pobreza en sí misma‑, el redesarrollo del Sur supone lanzar el último y definitivo asalto contra la resistencia organizada al desa­rrollo y a la economía.
Conceptual y políticamente, el redesarrollo está tomando la forma de desarrollo sostenible, para «nuestro futuro en común», tal como lo prescribió la Comisión Brundtland.
0, si no, aquellos que asumen que la lucha contra el comunismo ‑el leitmotiv del dis­curso de Truman‑ ha acabado, lo promueven en tanto que rede­sarrollo verde y democrático.
Pero en la interpretación dominante, se concibe explícitamente el desarrollo sostenible como una estrategia para sostener al «desarrollo», no para apoyar el floreci­miento y la duración de una vida social y natural infinitamente diversa.
La década actual ha visto también nacer un nuevo ejercicio burocrático que confiere un nuevo soplo de vida al desarrollo.
El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) publicó en 1990 su primer Informe del desarrollo humano (UNPD, 1990).
Éste sigue claramente los pasos de los indicadores o cuantifi­cadores económicos, aunque prestando una atención apropiada a los esfuerzos del UNRISID para medir y analizar el desarrollo socioeconómico, al tiempo que recoge la tradición de los Informes sobre la situación social del mundo.
De acuerdo con este nuevo Informe, el «desarrollo humano» resulta ser un proceso y un nivel alcanzado. En tanto que proceso, es «la ampliación de las elecciones humanas relevantes», en tanto que nivel alcanzado, es «el grado en el cual se ha logrado materializar dichas elecciones relevantes en cada sociedad concreta, en comparación con el resto de países».
Los autores del Informe encuentran formas muy expeditivas de superar los retos tradicio­nales de la cuantificación y la comparación internacional, así como de los rompecabezas conceptuales que caracterizan su empeño. Presentan el desarrollo humano mediante un «nivel internacional­mente comparativo de privación», que determina lo lejos que están los diversos países de aquellos que han tenido más éxito.
La meta más ambiciosa del Informe es la producción del índice de Desarrollo Humano, «que sintetiza en una escala numérica el nivel global de Desarrollo Humano en 130 países».
El método:
a-      Combinar la privación relativa de esperanza de vida,
b-      La de alfabetización de adultos y
c-      La de PNB real per cápita.

            El Informe también incluye análisis de las condiciones sociales existentes en los países son­deados durante el período que va desde 1960 hasta 1988, tras haber recogido los datos necesarios para ilustrar toda una serie de variables y proyecciones, a partir de las cuales pretende pre­sentar «objetivos sociales viables» para el año 2000.
¡No les faltó coraje al adoptar el patrón PNB per cápita en dólares reales!
Los autores del Informe pensaban que la esperan­za de una larga vida, junto con una plena alfabetización, no son suficientes para dar margen de elección a un ser humano, si, al mismo tiempo, se le priva del acceso a los recursos que permiten la satisfacción de sus necesidades materiales.
Pero medir esta últimas es una empresa plagada de dificultades. El Informe las reconoce y opta por una solución simple: un refinamiento técnico del viejo patrón universal del PNB.


IV
Extendiendo el reino de la escasez

            Durante el siglo XIX aunque, en realidad, todo empezó mucho antes en Europa, la construcción social del desarrollo se casó con un diseño político:
La escisión de una esfera autónoma -la esfera económica-, del ámbito de la sociedad y la cultura, y la instalación de dicha esfera en el centro de la ética y de la política.

          Esta trans­formación brutal y violenta, culminada por primera vez en Europa, se asoció siempre con el dominio colonial en el resto del mundo: Colonización y economización eran sinónimos. Al desvincular desarrollo y colonialismo, lo que consiguió Truman fue liberar la esfera económica de las connotaciones negativas que había ido acumulando durante dos siglos.
          No más «viejo imperialismo», dijo Truman.
            Visto retrospectivamente, es posible apreciar que el énfa­sis en el crecimiento económico de los primeros desarrollistas «pos-Truman» no era ni una desviación ni una interpretación erró­nea de la propuesta del presidente americano: más bien era la expresión de su misma esencia.
En tanto que construcción conceptual, la economía se esfuer­za y lucha por subordinar a su gobierno y por subsumir bajo su lógica cualquier otra forma de interacción social en cada una de las sociedades que invade. En tanto que diseño político, adoptado como propio por algunos, la historia económica es un relato de conquista y dominación.
       Lejos de ser la evolución idílica pintada por los padres fundadores de la economía, la emergencia de la sociedad económica es una narración de violencia y destrucción, que a menudo adopta un carácter genocida. No puede maravillar, pues, que por todas partes aparezcan resistencias.
Establecer el valor económico requiere devaluar las demás formas de existencia social (Illich, n.d.).
a.       La devaluación metamor­fosea las capacidades en carencias,
b.      El bien común en recursos,
c.       Los hombres y mujeres en trabajo mercantilizado,
d.      La tradición en una carga,
e.       La sabiduría en ignorancia,
f.       La autonomía en dependencia.

Metamorfosea las actividades autónomas de la gente, encarnan­do deseos, capacidades, y esperanzas ‑así como las interaccio­nes entre ellos y las de todos con el medio‑ en una serie de necesidades cuya satisfacción requiere la mediación del mercado.

El individuo indefenso, cuya supervivencia pasa a depender necesariamente del mercado desde ese momento, no fue la invención del economista, ni tampoco nació de Adán y Eva como sostienen algunos.
Fue una creación histórica, fue creado por el proyecto económico que rediseñaba la humanidad. La metamor­fosis del hombre y la mujer autónomos en el devaluado «hombre económico» fue, de hecho, la condición previa para el surgimiento de la sociedad económica, una condición que se debe renovar, confirmar y profundizar continuamente para que se mantenga el reinado de la economía.
El desvalor es el secreto del valor econó­mico y no se puede crear si no es mediante la violencia y enfren­tándose a resistencias continuas.
Los economistas no admiten límites a su aplicación, esta opi­nión se asienta en la presunción de que no hay ninguna sociedad que esté libre del «problema económico», tal como llaman a su definición de la realidad social.
Al mismo tiempo, reconocen orgu­llosamente que su disciplina, en tanto que ciencia, fue una invención.
Les encanta remontar, o mejor hundir, sus raíces hasta la antigüedad, utilizando a Aristóteles y sus inquietudes acerca del valor como un punto de partida.
Pero contemplan estos atisbos antiguos como meros presentimientos iniciales, heraldos de los santos patrones de la ciencia, aquellos que descubrieron la eco­nomía en el siglo XVIII.
Naturalmente, los economistas no inventaron los nuevos modelos de conducta que surgieron junto a la sociedad económi­ca a través de la creación del mercado moderno.    Pero los padres fundadores de la disciplina eran capaces de codificar sus obser­vaciones en una forma que encajaba bien con las ambiciones de los esquemas emergentes: ofrecían un fundamento científico al diseño político de la nueva clase dominante.
Cuando esta forma fue «recibida» por el público como verdad, siendo consecuente­mente absorbida en el lenguaje corriente, se manifestó capaz de transformar las percepciones populares desde su interior, cam­biando el significado de palabras y asunciones previas.
Los padres fundadores de la economía vieron en la escasez la piedra angular de su construcción teórica.
            El hallazgo marcó a la disciplina para siempre. Toda la construcción de la economía se erige sobre la premisa de la escasez, postulada como una condi­ción universal de la vida social. Los economistas fueron incluso capaces de transformar el descubrimiento en un prejuicio popular, en una perogrullada evidente por sí misma para todo el mundo.
            Hoy, el «sentido común» está tan inmerso en el estilo de pensar económico que ningún hecho cotidiano que lo contradiga parece suficiente para provocar una reflexión crítica sobre ese carácter atribuido a la realidad social.
            La escasez tiene connotaciones de falta, rareza, restricción, deseo, insuficiencia o, incluso, frugalidad. Dado que todas estas connotaciones, que aluden a condiciones presentes por todas partes y en todo momento, se han mezclado ahora con las denotaciones económicas de la palabra en tanto que terminus technicus, el prejuicio popular sobre la universalidad de la economía, con su inseparable premisa de la escasez, se ve constantemente reforzado.
            Pocos han entendido que la «ley de la escasez» formulada por los economistas, y que hoy en día aparece en todos y cada uno de los libros de texto, no alude directamente a las situaciones comunes que la palabra denota. La repentina falta de aire puro durante un incendio no es escasez de aire en el sentido económico.
            Tampoco lo es la frugalidad que un monje se impone a sí mismo, ni la insuficiencia de energía de un boxeador, la rareza de una flor o las últimas reservas de trigo mencionadas por el Faraón en lo que es la primera referencia histórica conocida al hambre.
            Los economistas interpretaron la «ley de la escasez» como la forma de denotar una presunción técnica fundamental, aunque imposible dé probar:
            Que los deseos y las apetencias del hombre son grandes, por no decir infinitos, mientras que sus medios son limitados. Semejante presunción implica elecciones respecto a la asignación de los medios (recursos). Este «hecho» define el «problema económico» par excellence, un problema cuya «solución» han propuesto los economistas, bien mediante la planificación, bien a través del mercado.

             La percepción popular, especialmente en los países del Norte, también comparte este significado técnico de la palabra escasez, asumiéndolo como una verdad que salta a la vista. Pero lo que no se aguanta por más tiempo es precisamente la universalidad de esta presunción.

            Unos años antes del discurso de Truman, justo cuando la guerra estaba tocando a su fin, Karl Polanyi publicó La gran transformación (Polanyi, 1944). Este autor estaba convencido de que el determinismo económico era un fenómeno del siglo XIX, de que el sistema de mercado distorsionaba violentamente nuestra visión sobre el hombre y la sociedad, y de que tales distorsiones se estaban mostrando como uno de los principales obstáculos para la solución de los problemas de nuestra civilización (Polanyi, 1947).
            En consecuencia, Polanyi documentó cuidadosamente la historia económica de Europa como la historia de la creación de la economía en tanto que esfera autónoma, separada del resto de la sociedad.
            Mostró que el advenimiento del mercado nacional no plasmaba una emancipación gradual y espontánea de la esfera económica, sino más bien al contrario:

            El mercado era el efecto de una intervención consciente, y a menudo violenta, del gobierno.

            En los años que siguieron, Polanyi puso los cimientos de la historia económica comparativa.

            Tras él, muchos otros siguieron esta senda, reescribiendo la historia económica como un simple capítulo en la historia de las ideas.
            Louis Dumont, entre otros, ha mostrado que el descubrimiento de la economía a través de la invención de las ciencias económicas era, de hecho, un proceso de construcción social de ideas y conceptos (Dumont, 1977).
            Las «leyes» económicas de los economistas clásicos no eran más que invenciones deductivas que transformaron los nuevos modelos observables de conducta social ‑modelos que se habían adoptado con el nacimiento de la sociedad económica‑ en axiomas universales destinados a llevar adelante un nuevo proyecto político.
            La presunción de la existencia previa de «leyes» o «hechos» económicos ‑interpretados e interpretables por los economistas‑ no se sostiene cuando la confrontamos con lo que sabemos sobre las sociedades y culturas antiguas o, incluso, con lo que todavía podemos ver en algunas partes del mundo.

            Marshall Sahlins y Pierre Clastres, entre otros, han descrito documentadamente y con detalle culturas en las que presupuestos no económicos gobiernan las vidas y que rechazan el postulado de la escasez siempre que se plantea entre ellos (Sahlins, 1972; Clastres, 1974). Los llamados marginales ‑esos hombres y mujeres que viven, o se considera que viven, en los márgenes del mundo económico‑ encuentran apoyo en esa tradición, ya que continúan desafiando los presupuestos económicos, tanto en la teoría como en la práctica. Por todo el mundo, descripciones de todo un conjunto de experiencias de esas gentes están tratando de ganarse un lugar en las estanterías de las bibliotecas, pero no encajan bien con ninguna de las clasificaciones sociales filtradas a través de las lentes de los economistas.



V
Los nuevos comunes

Observación: The common, o frecuentemente, the commons, se puede traducir como «el común», “Comunitario”, “mancomunado” término que en algunas partes de España designa todavía a las tierras y recursos poseídos y explotados conjuntamente por un colectivo formalizado y territonalizado, particularmente por pequeños municipios; en ocasiones, el propio municipio, o la asamblea de vecinos, puede recibir tal nombre. La desaparición de las estructuras socioeconómicas plasmadas y representadas en los «comunes» había sido uno de los blancos de las estrategias desarrollistas; de ahí, la significación que el autor da a este apartado (N. del t.).


            Para el hombre corriente que habita los márgenes de la esfera económica ‑o para la mayoría de personas que hay sobre la Tierra, si así se quiere‑, luchar para limitarla no es una reacción mecánica a la invasión económica de sus vidas.  No son luditas.(Los luditas (Luadites) eran artesanos ingleses opuestos al proceso de industrialización que, a principios del siglo xix (sobre todo entre 1811 y 1816), se agruparon en bandas y protagonizaron revueltas en las que destruían la maquinaria. Fueron llamados así a partir de un tal Ned Lud, supuestamente un perturbado mental que en 1779 destrozó dos tricotosas. En la lengua inglesa, Luddite ha pasado a designar a todo aquel que se opone al progreso. sobre todo a su cara tecnológica.)

            Más bien ven su resistencia como una reconstitución creativa de formas básicas de interacción social, cuyo propósito último es liberarlos de las cadenas económicas. Así, en sus vecindades, pueblos, aldeas o barrios, han creado nuevos “comunes”  que les permiten vivir según sus propios términos.

            En estos nuevos comunes, se dan formas de interacción social que no existían antes de la Segunda Guerra Mundial. Ello no quiere decir que las gentes que ocupan estos espacios nuevos no sean los herederos ‑¡que lo son¡‑ de una colección diversificada de comunes, de comunidades e, incluso, de culturas enteras que resultaron destruidas por la forma de interacción social, económica, industrial. Tras la extinción de sus regímenes de subsistencia, probaron distintos sistemas de acomodo a la forma industrial. Sin embargo, ni la sociedad industrial por sí misma, ni los remanentes de las formas tradicionales que trataron de adaptarse a ella, pudieron culminar con éxito el mencionado proceso de acomodo.
            Este fracaso es la condición previa de las invenciones sociales cuya consolidación y florecimiento han sido todavía más estimulados por la llamada crisis del desarrollo.
            Para las gentes de los márgenes, el desengancharse de la lógica económica del mercado se ha convertido en la condición misma para la supervivencia. Se ven forzados a confinar su interacción económica ‑para algunos, muy frecuente e intensa‑ en dominios externos a los espacios en los que organizan sus modos de vida propios. Estos espacios eran su último refugio durante la era del desarrollo. Tras experimentar lo que significa la supervivencia en una sociedad económica, hoy están recontando las bendiciones que hallaron en dichos refugios, a la vez que trabajan activamente para regenerarlos.
            Al equiparar la educación con los diplomas, siguiendo la definición económica del aprendizaje, les faltaban maestros y escuelas. Ahora, después de reincrustar el aprendizaje en la cultura, gozan de un flujo constante que enriquece sus conocimientos, con alguna ayuda por parte de amigos que les llevan experiencias y remedios externos a su tradición.
            Al equiparar la salud con la dependencia de los servicios médicos, les faltaban doctores, centros de salud, hospitales, medicamentos. Ahora, tras volver a reconocer la salud como la capacidad autónoma para enfrentarse con el medio ambiente, están regenerando su propia capacidad curadora, beneficiándose de la sabiduría tradicional de sus sanadores y de la riqueza de la capacidad curativa de su entorno. En este campo, también, con la pequeña ayuda de sus amigos, cuando algo, más allá de su alcance o del de su dominio tradicional, requiere una colaboración externa.
            Al equiparar el comer con las actividades técnicas de la producción y del consumo, asociadas a la mediación del mercado o del Estado, les faltaban ingresos y padecían escasez de comida. Ahora, están regenerando y enriqueciendo sus relaciones internas y con el entorno, volviendo a nutrir sus vidas y sus tierras. Y, en general, se las están arreglando bien con las carencias que todavía les afectan, como consecuencia del tiempo y del esfuerzo necesariamente invertidos para reparar el daño hecho por el desarrollo, o de su incapacidad temporal para escapar de las interacciones económicas perjudiciales que todavía tienen que mantener. No es fácil, por ejemplo, quebrar la fidelidad a los cultivos comerciales o renunciar a la adicción al crédito o a los insumos industriales, pero los policultivos ayudan a regenerar tanto la tierra como la cultura, proporcionando con el tiempo una mejora de la nutrición.

            Los campesinos y los grupos de base de las ciudades comparten ahora con las gentes que se han visto forzadas a dejar el centro económico los diez mil trucos que han aprendido para limitar la economía, para burlarse del credo económico, o para reformular y otorgar nuevas funciones a la tecnología moderna. La «crisis» de los ochenta privó de su nómina a gentes que ya se habían educado en la dependencia de los ingresos y del mercado, gente que carecía del equipamiento social que les podía capacitar para sobrevivir por sí mismos: hoy en día, los márgenes están lidiando con la difícil tarea de reubicarlos.
            El proceso plantea grandes desafíos y tensiones para todo el mundo, pero también ofrece oportunidades creativas de cara a la regeneración, una vez que la gente descubre el apoyo que pueden ser los unos para los otros.

            La lógica básica de las interacciones humanas en los nuevos comunes evita que aparezca en ellos la escasez. La gente no asume fines ilimitados, ya que sus fines no son más que el otro lado de sus medios, su expresión directa. Si sus medios son limitados, como lo son, sus fines, sus objetivos, no pueden ser ilimitados.
            En el seno de los nuevos comunes, las necesidades se definen con verbos que describen actividades que materializan deseos, capacidades e interacciones con otros y con el medio. Las necesidades no se separan en «esferas» diferentes de la realidad: las carencias o expectativas en un lado, aquello que las satisface, en otro, reuniéndose ambas merced al mercado o a la planificación.

            Una de las facetas más interesantes de la regeneración que se está llevando a cabo en los nuevos comunes creados por hombres y mujeres ordinarios es precisamente la recuperación de sus propias definiciones de las necesidades, desmanteladas por el desarrollo, como percepciones o como prácticas.
            Al fortalecer formas de interacción arraigadas en el tejido social, y al romper con el principio económico del intercambio de equivalentes, están recobrando sus estilos de vida autónomos. Al reinstalar o regenerar formas de comercio que operan fuera de las reglas del mercado o de la planificación, están enriqueciendo sus vidas diarias, al tiempo que limitan el impacto y el alcance de las operaciones comerciales que todavía tienen que mantener, con lo que, a su vez, reducen la mercantilización de su tiempo y de los frutos de sus esfuerzos.

            El actor principal de la economía, el hombre económico, no encuentra respuestas viables para afrontar la «crisis» del desarrollo y, frecuentemente, reacciona desolado, exhausto, incluso con desesperación. Constantemente, queda prendado del juego politico de peticiones y promesas, o se traga el juego económico, que escamotea (La expresión utilizada por el autor es carpetbagging, forma verbal correspondiente a carpetbagger, «político oportunista que pretende o logra representar una localidad que no es la suya» y que toma su nombre de esas bolsas de viaje hechas con tejido de alfombra que tanto se prodigan en ¡as diligencias de las películas del oeste; de hecho, en origen, se aplicaba sobre todo a norteños que operaban en el sur, después de la Guerra de Secesión de Estados Unidos de América .N del t).
            El presente por el futuro, las esperanzas por expectativas. En abierto contraste, el actor principal de los nuevos comunes, el hombre común, disuelve o previene la esca­sez mediante sus esfuerzos imaginativos por salir de los apuros que pueda pasar.
            No busca más que espacios libres o apoyos limitados a sus iniciativas. Puede mezclar ambas aspiraciones en coaliciones políticas cada vez más capaces de reorientar políti­cas y cambiar estilos políticos. Apoyándose en experiencias recientes, la nueva conciencia que emerge de los márgenes puede despertar a otras, ampliando las mencionadas coaliciones hacia el punto crítico en el que empiece a ser factible la inver­sión de la dominación económica.
La economía de los economistas no es más que una serie de reglas por las cuales se gobiernan las sociedades modernas. Los hombres y las sociedades no son económicos, ni siquiera después de haber creado instituciones de naturaleza económica, ni siquie­ra después de haber instituido la economía. Y esas reglas econó­micas se derivan de la escasez crónica de la sociedad moderna.
Más que ser la ley de hierro de todas y cada una de las socieda­des humanas, la escasez es un accidente histórico: tuvo un princi­pio y puede tener un final. Ha llegado el momento de ese final. Ahora es el momento de los márgenes, del hombre común.
A pesar de la economía, los hombres corrientes de los márge­nes han sido capaces de conservar viva otra lógica, otro conjunto de reglas. Al contrario que la económica, esta lógica se inserta, se incrusta en el tejido social. Ha llegado el momento de confinar la economía en el lugar que le corresponde: en un lugar marginal.
Tal como han hecho los márgenes.



VI
La llamada

            Este ensayo es una invitación a la celebración y una llamada a la acción política.
       Celebra la aparición de los nuevos comunes, abiertos creativa­mente por hombres y mujeres corrientes, comunes, tras el fracaso de las estrategias de los desarrollistas para transformar a los hombres y mujeres tradicionales en hombres económicos. Estos nuevos comunes están dando pruebas de la capacidad y la inge­nuidad de la gente común para reaccionar con imaginación socio­lógica, siguiendo sus propias sendas, ante entornos hostiles.
Este ensayo es también una súplica.
Suplica, en primer lugar, que se establezcan controles políticos que protejan estos nuevos comunes y que ofrezcan al hombre común un contexto social más favorable a sus actividades e innovaciones. Tales controles políticos sólo se pueden poner en marcha cuando la conciencia pública de los límites del desarrollo se haya enraizado firmemente en las ocie­dad. Incluso aquellos que continúan convencidos de que los objeti­vos del desarrollo son ideales pertinentes para los llamados subdesarrollados, incluso ellos, deberían reconocer honestamente las presentes imposibilidades estructurales para materializar univer­salmente dichas metas.
       Por otra parte, se debería exponer pública­mente el cinismo de aquellos que, conociendo sus límites, continúan proclamando el mito.
Este ensayo pide el testimonio público e invita al debate igual­mente público sobre los acontecimientos post-econórnicos que están apareciendo por todas partes, con el propósito de limitar el daño económico y hacer sitio a las nuevas formas de vida social,
       Reta a la imaginación social a concebir controles políticos que permitan el florecimiento de las iniciativas post-económicas.
Este ensayo también suplica que se fomente la investigación y la discusión pública de los temas que dan contenido a las coali­ciones de ciudadanos para poner en marcha controles políticos de la esfera económica, al tiempo que reinsertan las actividades eco­nómicas en el tejido social.
Suplica una valoración pública nueva, dignificada, de los puntos de vista que, en forma de rumores, están haciendo su aparición entre los hombres comunes, y que están definiendo los límites de la economía al mismo tiempo que tratan de renovar la política al nivel de las bases.
Los nuevos comunes, creados por hombres comunes, son los heraldos de una era que acaba con los privilegios y las licencias. Este ensayo celebra la aventura del hombre común.
El desarrollo se ha evaporado. La metáfora abrió un campo nuevo de conocimiento que, por algún tiempo, dio a los científicos algo en que creer, Tras varias décadas, está claro que este campo de conocimiento es una tierra minada, inexplorable. Ni en la natura­leza ni en la sociedad existe una evolución que imponga como ley la transformación hacia «formas cada vez más perfectas». La realidad está abierta a la sorpresa. El hombre moderno ha fallado en su esfuerzo por ser dios.
Hundir raíces en el presente requiere una imagen del futuro. No es posible actuar aquí y ahora, en el presente, sin tener una imagen del instante siguiente, del otro, de un cierto horizonte temporal. Esa imagen del futuro ofrece guía, ánimo, orientación, esperanza.
       A cambio de imágenes culturalmente establecidas ‑construidas por hombres y mujeres concretos en sus espacios locales‑, a cambio de mitos concretos ‑verdaderamente reales‑, se ofreció al hombre moderno una expectativa ilusoria, implícita en la connotación de desarrollo y en su red semántica: crecimiento, evolución, madura­ción, modernización. También se le ofreció una imagen de futuro que era una mera continuación del pasado, es decir, el desarrollo, un mito conservador, si no reaccionario.
     Ya es hora de recobrar el sentido de la realidad. Ya es hora de recobrar la serenidad.       No hacen falta muletas como las que ofre­ce la ciencia, cuando es posible caminar sobre los propios pies, siguiendo el propio camino, para que cada uno sueñe los sueños propios, no los sueños de prestado del desarrollo.


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1 Juego de palabras: development is possible after envelopment, que compara el proceso histórico con el contexto y los resultados o representaciones culturales. Además, hace referencia indirecta a la ubicuidad de la cultura occidental tras su extroversión planetaria, que la impone a las demás culturas como una especie de «envoltura» forzosa y que se quiere única (con lo que el envoltorio precederá al desarrollo , para todos los no occidentales, privándoles de la iniciativa histórica) (N. del t.).

2 Baran asumía que el crecimiento económico siempre implicaba una profunda transfor­mación de las estructuras económicas, sociales y políticas de la sociedad, de las organiza­ciones dominantes en la producción, la distribución y el consumo. Pero igualaba tanto el crecimiento como el desarrollo con el incremento per cápita de la producción de bienes materiales. Rostow reconocía que la historia moderna no se podía reducir a las clasificacio­nes limitadas y arbitrarias de los estadios del crecimiento económico, pero encontraba que dicha generalización podía ser la llave para afrontar los desafíos contemporáneos.
3.La Declaración de Cocoyoc fue adoptada por los participantes en un Simposio sobre los Patrones de Uso de Recursos, Medio Ambiente y Desarrollo, patrocinado por la UNEP‑UNCTAD, en Cocoyoc (México), en octubre de 1974.

La expresión inglesa es intercropping, que se refiere al cultivo simultáneo de diversas especies en la misma parcela. La etimología de la palabra arranca de la geometría del huerto europeo, en el que los cultivos se suelen intercalar en hileras, preparadas de una u otra forma. La palabra «policultivo» cumple la misma función semántica, evitando esa connotación que no se adecua a numerosas explotaciones en todo el mundo, y contrastando con los «monocultivos», típicos de la agricultura comercial, mecanizada o no (N. del t.).

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