sábado, 22 de enero de 2011

Antropologia del desarrollo Andreu Viola (copilador) Cap 2


La “cultura” y  “el desarrollo económico”

Conrad Phillip Kottak
Universidad de Michigan



Introduccion

            Hace unos pocos años, en tanto que asesor del Banco Mundial, estuve revisando materiales de los archivos del Banco sobre proyectos de desarrollo rural completados por todo el mundo. Mis instrucciones eran evaluar las variables socioculturales que habían afectado a dichos proyectos, muchos de los cuales se habían diseñado durante los sesenta y los primeros setenta, cuando los planificadores estaban mucho menos convencidos de lo que hoy parecen respecto a la necesidad de acudir a expertos en cuestiones socioculturales a lo largo de todo el ciclo del proyecto. Muchos de los proyectos que revisé acusaban una tendencia a poner el acento en los factores técnicos y financieros, mientras se desatendían las cuestiones sociales. En el presente artículo, hago uso de ese estudio, y del resto de mi experiencia con temas de desarrollo, para comentar los problemas que se encuentran los antropólogos al tratar de sensibilizar a los planificadores sobre la importancia de la cultura, así como para proponer algunas estrategias que podemos utilizar con semejante objetivo. También perfilaré algunos componentes culturales, específicos y generales, del proceso de desarrollo.

            Una cuestión que surge frecuentemente cuando se discute sobre cultura y desarrollo es la relación entre los factores culturales y la medida y evaluación del éxito del proyecto. A veces, se plantea un contraste entre una evaluación cuantitativa en términos financieros y una evaluación cualitativa en términos de impacto cultural un efecto positivo en el PNB se puede acompañar de un efecto adverso en la «calidad de vida».
            De todas formas, el antagonismo entre las metas económicas y el bienestar cultural no tiene por qué ser tan severo como a menudo se supone. En mi estudio comparativo, la media de la tasa de rendimiento para proyectos culturalmente compatibles (19 %) era muy superior a la de los incompatibles (menos del 9 %). En otras palabras, la atención a la cultura también rinde económicamente. (Debo mencionar que la compatibilidad sociocultural se codificaba independientemente de la tasa económica de rendimiento, con el fin de evitar una posible tendencia a identificar los proyectos como culturalmente incompatibles, una vez se sabía que eran un fracaso económico. Sólo cuando se había realizado la codificación cultural, se examinaban las tasas de rendimiento, que estaban listadas en hojas de datos separadas.)


I
La falacia de la sobreinnovación
y
la regla de Romer

            Los proyectos compatibles y exitosos evitan lo que yo llamo la falacia de la sobreinnovación y son, a su vez, aplicaciones de la regla de Romer, tomada del paleontólogo A. S. Romer (1960) que la utilizaba para explicar la emergencia evolutiva de los vertebrados terrestres tal como sigue.
            Los ancestros de los vertebrados que habitarían tierra firme eran animales que vivían en charcas que desaparecían con las sequías estacionales. Durante el Devánico (Período geológico situado en la Era Primaria o Paleozoica, que se inicia hace más de 300 millones de años), las patas evolucionaron progresivamente a partir de las aletas, no para vivir sobre tierra a tiempo completo, sino para capacitar a sus poseedores a volver al agua a medida que las mencionadas charcas se secaban. Un rasgo que se probaría esencial para la vida terrestre se había originado para mantener una existencia acuática.
            Los teóricos de sistemas, los paleobiálogos y los científicos sociales han echado mano por igual de la regla de Romer para explicar y predecir el cambio. La lección general es que la meta de la estabilidad es el principal empuje para el cambio. La evolución se da cuando sistemas que están cambiando paulatina y progresivamente tratan de mantenerse como ellos mismos al tiempo que cambian gradualmente. Dado que, finalmente, el desarrollo no es más que otro vocablo para designar la evolución socioeconómica (planificada), la regla de Romer es aplicable, Ciertamente, aplicarla al desarrollo no supone oponerse al cambio, tal como algunos planificadores me han argumentado.
            En el fondo, la aparición de las piernas, que indujo la formulación de la regla, fue en verdad una innovación altamente significativa que iba a proporcionar a los vertebrados toda una multiplicidad de sendas hacia la diversificación y el desarrollo.
            La aplicación de la regla de Romer al «desarrollo económico» sugiere que no es probable que las gentes cooperen con proyectos que les exijan cambios mayores en sus vidas cotidianas, especialmente aquellos que interfieren en demasía con las formas de asegurarse la subsistencia dictadas por la costumbre. Si aplicamos la regla, podemos inferir que, habitualmente, los «beneficiarios» del desarrollo desean cambiar estrictamente lo suficiente para mantener lo que tienen. Aunque la gente quiere algunos cambios, son su cultura tradicional y las pequeñas preocupaciones cotidianas las que proveen los motivos para modificar su conducta.

            Sus valores conductuales no son los abstractos «valores de los planificadores», cosas como «aprender una manera mejor», «progresar», «incrementar los conocimientos técnicos», «mejorar la eficiencia», o «adoptar técnicas modernas».

            Más bien tienen objetivos específicos, propuestos tocando con los pies en el suelo, objetivos como mantener los rendimientos de una campo de arroz, acumular recursos para una ceremonia, conseguir que un niño acabe sus estudios en la escuela, o pagar los impuestos.
            Las metas y los valores de los agricultores de subsistencia difieren de los de aquellos que producen por dinero, como también difieren de los objetivos y valores de los planificadores del desarrollo. Estos sistemas de valores se deben tener en cuenta durante la planificación.

            Siguiendo la regla de Romer, los proyectos realistas y viables promueven cambios, pero no sobreinnovación.
            La meta de cambiar para mantener estaba implícita en todos los proyectos exitosos que examiné, es decir, preservar los sistemas, aunque haciéndolos funcionar mejor. Los proyectos exitosos respetaban los patrones de cultura local o, al menos, no se oponían a ellos. Bien tenían un diseño social apropiado desde el principio, bien lo desarrollaron a medida que el proyecto se ponía en marcha y avanzaba. Muchos de los proyectos exitosos incorporaban prácticas culturales y estructuras sociales indígenas.
            Se impone el recurso a algunos ejemplos.

  1. Los proyectos de irrigación que apuntaban hacia la rehabilitación, la mejora o la expansión de sistemas ya existentes tenían más éxito que los proyectos diseñados para crear estructuras enteramente nuevas. Las razones económicas de este hecho reposan en el «coste sumergido» de las inversiones previas, pero la correlación también se apuntalaba en elementos socioculturales, como la tradición o la familiaridad.
  2. De manera similar, un proyecto sobre el cultivo del té en África del Este funcionó mejor allí donde los agricultores ya cultivaban té. También tuvieron éxito proyectos cafeteros en Etiopía y Burundi, ya que estaban dirigidos a un pro­ducto que no sólo era el primer cultivo de exportación de dichos países, sino también el primer cultivo comercial en general, culti­vado tradicionalmente, además, por pequeños propietarios.
  3. La parte más exitosa de un proyecto de pesca fue la provisión de piezas de recambio para los dueños de barcas.
  4. Otro proyecto exi­toso involucraba a experimentados agricultores de regadío de Asia meridional, que se podían adaptar fácilmente al aumento en la disponibilidad de agua y al marco temporal más riguroso que imponen las cosechas dobles. Al ofrecerles un mercado libre para el arroz sin descascarillar, los agricultores de proyecto, que tradicionalmente comían y vendían arroz, intensificaron la produc­ción e incrementaron sus entradas.
  5. Otra ilustración de la regla de Romer se puede hallar en un proyecto ganadero del África del Este. Aunque se interrumpió antes de completarse debido a convulsiones políticas, era considerado uno los proyectos ganaderos más exitosos de África. En lugar de entrar en conflicto con las condiciones locales y regionales, el proyecto hacía buen uso de ellas. Ejemplos:
1) se introdujo el ganado apropiado desde un país vecino, con lo cual estaba adaptado a la ecología regional;
2) el pastoreo era una actividad culturalmente apropiada para la región ‑anteriormente, sólo la presencia de la plaga de la mosca tsetsié evitaba que se apacentasen las reses, pero una vez se hizo desaparecer dicha barrera, las gentes simplemente extendieron sus prácticas tradicionales para ir llenando el nuevo nicho‑;
3) el proyecto empleaba una mezcla de tipologías por lo que se refería a las unidades productivas ‑ranchos gubernamentales, ranchos en cooperativa, ranchos privados‑;
4) los objetivos del proyecto referidos particularmente al estímulo de la propiedad privada y a la gestión de los pastos eran compatibles o, mejor dicho, así se fueron mostrando a medida que el proyecto se desarrollaba con las formas tradicionales de ocupación y tenencia de la tierra, caracterizadas por las pequeñas granjas y el uso consuetudinario de cercas;
5) la población nacio­nal estaba lo suficientemente concentrada con una densidad nacional de 53 habitantes por km2, que se superaba en el área del proyecto para permitir acciones tan decisivas para la marcha del proyecto como una supervisión efectiva, el acceso a cuidados veterinarios, el marketing o la entrega de aportaciones.

  1. Los participantes en un exitoso proyecto de reasentamiento de poblaciones y fomento de la producción del aceite de palma en Papua Nueva Guinea utilizaban sus beneficios de la misma mane­ra en que los anfibios devonianos de Romer hacían lo propio con sus patas parecidas a aletas: no forjando un nuevo estilo de vida, sino manteniendo sus lazos con el hogar. Constantemente visita­ban su tierra de origen, interviniendo activamente en la vida social y ceremonial. El proyecto, basado en cultivos comerciales, era compatible con los valores culturales y sistemas socioeconómicos tradicionales ampliamente extendidos en Oceanía, fundamenta­dos a su vez en la competición por la riqueza y la acumulación de capital. Los colonos procedían de tribus diferentes, pero la mezcla interétnica e interlingüística era compatible con la experiencia local. En Papua Nueva Guinea, el matrimonio interlingüístico es habitual, como lo es la participación multitribal en movimientos religiosos comunes orientados hacia la obtención de beneficios materiales (por ejemplo, los cultos cargo). -Movimientos y creencias de tipo milenarista que,en la forma estudiada por los antropó­logos, aparecen en diversas regiones de Oceanía durante el siglo xx, aunque muchos de los elementos que los constituyen pueden rastrearse en períodos anteriores. Típicamente se articulan alrededor de la profecía de una era de abundancia, que habría de llegar de la mano de algún mediador más o menos misterioso, que se materializaría, o bien instrumen­talizaría los modernos sistemas de transporte introducidos por los occidentales (barcos, aviones ). De ahí el nombre de «cultos cargo» (con la palabra española ~cargo» utilizada en inglés) (N. del t).

       Por cierto, un modelo de desarrollo que sigue la regla de Romer no es en absoluto incompatible con cambios en el gobierno o con revoluciones sociales que redistribuyan los dere­chos sobre la tierra en áreas altamente estratificadas. Si estos cambios permiten a los pequeños propietarios continuar cultivando campos tradicionales a cambio de una parte mayor del producto, pueden resultar muy fructíferos.




II
Incompatibilidad sociocultural

            Para demostrar a los planificadores el valor de la dimensión cultu­ral, puede tener importancia la discusión sobre los proyectos fra­casados debido a que no tuvieron en cuenta la cultura local. En verdad son muchas las incompatibilidades de proyectos que han surgido de una inadecuada atención a las condiciones socioculturales existentes, con el desajuste consecuente.

Ejemplos:

            1. Un proyecto muy simplista y sociocuturalmente incompatible era un plan de irrigación y asentamiento en África del Este. El proyecto fue cancelado y rediseñado siguiendo los cambios gubernamen­tales y la reforma del acceso a la tierra. El proyecto suponía una sobreinnovación. La mayor falacia que encerraba era la conver­sión de ganaderos nómadas en labradores sedentarios. Se ignoraron los derechos tradicionales sobre las tierras. Se convirtió ‑, los pastores en pequeños granjeros y se utilizó su territorio para establecer nuevas granjas comerciales.
            El proyecto no estaba diseñado para beneficiar a los ganaderos, sino a los opulentos granjeros comerciales. A pesar de obstáculos que hubiesen saltado a la vista de cualquier antropólogo, se esperaba que los pastores abandonaran un estilo de vida que habían mantenido durante generaciones por un trabajo tres veces más duro y llevado a cabo para jefes(empresarios o ricos del lugar, no tradicionales): el cultivo del arroz y la cosecha del algodón.
           
            2. Otro «contraejemplo» de la regla de Romer era un proyecto en el sur de Asia que pretendía promover el cultivo de cebollas, chiles, esperando que ambos encajasen en un sistema de producción de arroz preexistente que exigía un trabajo intensivo.
      La agricultura de cultivos comerciales no era tradicional en el área entró en conflicto con las prioridades de los cultivos explotados hasta entonces, así como con otros intereses de los granjeros. Los requerimientos máximos de mano de obra en los campos de cebollas y de chiles coincidían con los de los arrozales. Ante tal dilema, los granjeros dieron prioridad al cultivo de subsistencia, con lo que el proyecto fracasó.

            3. Un proyecto de irrigación en Sudamérica también entró en conflicto con los patrones agrícolas establecidos. Trataba de hacer que los agricultores pasasen de cultivos perennes a otros anuales en un momento en que el precio de los primeros estaba en alza. Más aún, el organismo elegido para ejecutar el proyecto no tenía experiencia en desarrollo agrario y los objetivos del proyecto dependían de maquinaria moderna, que no era accesible en la región.

            4. De forma parecida, un proyecto de irrigación en Oriente Medio esperaba que los labradores abandonasen sin compensación alguna la cosecha de algodón de un año.

            5. Un proyecto del África Occidental pedía a los agricultores que fumigasen únicamente los cocoteros inmaduros, cuando la tradición, la eficacia y el rendimiento económico dictaban que también se debían fumigar los adultos.

      Un economista puede afirmar que todos estos problemas brotaron de análisis económicos erróneos, más que por la falta de perspectiva cultural sin embargo, dicha afirmación surge desde una visión no antropológica de la economía, en tanto que esfera separada, más que parte del sistema cultural local. No hay duda que, tan bien como un antropólogo, un microeconomista capacita­do podría hacer el trabajo de campo a nivel local, el análisis con­secuente y el seguimiento necesarios para prevenir el tipo de problemas apuntados. En cualquier caso, alguien tiene que hacer­lo, alguien tiene que prestar atención al sistema local afectado por el desarrollo.
      Demasiado a menudo los expertos en desarrollo se contentan con hablar con los funcionarios en lugar de con los pequeños propietarios, y permanecen en las capitales nacionales o regionales en vez de visitar las áreas rurales, por no hablar de
vivir en ellas.
      Y, sin embargo, es precisamente en estas últimas áreas en las que más se necesita investigar, planificar, seguir y evaluar el ciclo del proyecto.
       A veces, los organismos promotores del desarrollo ignoran consejos y avisos clamorosos antes del inicio del proyecto, y ejecutan de todas formas proyectos defectuosos de salida, mal concebidos.
           
            6. Un proyecto africano de ganado vacuno podría servir de modelo de cómo no administrar la ayuda. Los diseñadores del proyecto no tuvieron en cuenta el aviso del equipo preparatorio que desaconsejaba el establecimiento de ranchos en el área seleccionada porque las actividades propias del tipo de explotación promovida por el proyecto entrarían en conflicto los patrones existentes de uso de la tierra, Los planificadores también ignoraron información básica y fácilmente accesible sobre el área, como, por ejemplo, la inexistencia de pueblos que aparecían claramente en los mapas y al contrario. Durante el desarrollo del proyecto, algunos miles de habitantes locales, que habían pasado desapercibidos hasta entonces, tumbaron las vallas, quemaron los pastos y robaron el ganado del proyecto. Los habitantes locales continuaron su estrategia de guerrillas contra los ranchos extraños instalados en sus tierras ancestrales y los problemas sólo empezaron a disminuir cuando se sustituyó a los gestores extranjeros por otros nacionales, que hicieron uso de los pactos tradicionales entre poblados para acabar con el robo de bueyes.

            La adopción de estrategias inadecuadas ha sido particularmente dañina en los proyectos ganaderos, un 67 % de los cuales fue juzgado socioculturalmente incompatible, frente a un 50 % en el conjunto de todos los proyectos que revisé,       Muchos planes de explotaciones de ganado han sido sonadas aplicaciones en negativo de la regla de Romer, ilustrando la falacia de la sobreinnovación, e incorporando estrategias desarrollistas carentes de sensibilidad social que justifican el cambio en función de metas abstractas en lugar de a partir de la percepción de las necesidades locales.
            Pocos proyectos ganaderos han intentado hacer encajar los cambios con las necesidades locales. Más bien, muchos han tratado de moldear las condiciones locales para seguir una plantilla occidental: la presunción de que las prácticas ganaderas que han tenido éxito en Australia, Nueva Zelanda y Estados Unidos se pueden, y se deberían, reproducir a todo lo largo y ancho del mundo.
            Sean cuales sean las ventajas técnicas que este modelo puede ‑o no puede‑ ofrecer, resulta a menudo socialmente incompatible.
            Un diseño social apropiado debe recurrir a unidades preexistentes y hacer uso de creencias y valores tradicionales, en vez de oponerse a ellos.
            Ante el ubicuo modelo desarrollista de ranchos para la explotación ganadera, se necesitan alternativas culturalmente apropiadas.



III
La falacia de la infradiferenciación

            La falacia de la infradiferenciación se refiere a la tendencia a considerar los PMD (LDC, que corresponden al inglés Less Developed Countries.)(Países Menos Desarrollados) como un grupo indiferenciado.
            La designación PMD implica una confusión, un amontonamiento indiscriminado:
            Brasil no es Botswana, pero ambos son clasificados como PMD, Esta falacia se hace aparente cuando un organismo internacional destinado al desarrollo ignora la diversidad y adopta el mismo enfoque con tipos muy diferentes de «beneficiarios».
            Como ilustración, tómese el fracaso de muchos proyectos en distinguir entre pequeños pastores tribales y grandes rancheros que fundamentalmente son hombres de negocios.
            En los proyectos ganaderos sudamericanos, por ejemplo, los receptores de los préstamos y ayudas son típicamente letrados, educados, con experiencia y, frecuentemente, bastante adinerados.
            Estos rancheros tienen poca necesidad de programas de asistencia técnica y, de hecho, la rechazan a menudo, pero dicha asistencia técnica parece ser de inclusión obligada en todo proyecto, aunque sólo sea‑para encajar en una especie de programación tipo de desarrollo.
            Naciones como Brasil y Uruguay han insistido correctamente en que se podrían reclutar como gestores expertos nacionales más que expatriados. Los proyectos pueden evitar la falacia de la infradiferenciación prestando atención a la diversidad cultural y a los recursos específicos que presenta cada país en concreto.
            Cuando los proyectos son culturalmente compatibles se siguen beneficios económicos y sociales, cuando se aprovechan los recursos existentes y las organizaciones tradicionales, cuando se remiten a objetivos para el cambio percibidos localmente y cuando tienen diseños adecuados, y flexibles, para su puesta en marcha y ejecución.



IV
Grupos participativos y cooperativas


            Aunque a los planificadores les encanta animar la «autoayuda comunitaria» y la formación de cooperativas, raramente se analizan en profundidad las organizaciones locales tradicionales.
            He aquí algunos de los pobres resultados consecuentes:

1 ) se ignoran grupos con potencial para el desarrollo (Cernea, 1987);
2) se forman nuevas organizaciones inadecuadas, inviables o innecesarias; y
3) se asume que las motivaciones individuales entran forzosamente en conflicto con los valores comunales de la tradición.

            En lugar de contemplar las organizaciones tradicionales como un obstáculo o una rémora, se las debería identificar y aprovechar como un recurso para el desarrollo.
            Parece haber dos razones principales que explican por qué se incide con tan poca frecuencia sobre el potencial para el desarrollo de las organizaciones sociales tradicionales:
            1) un conocimiento socioeconómico inadecuado durante la planificación y
            2) tres cuartos de lo mismo en el uso, a menudo inconsciente, de diseños culturales innovadores, culturalmente sesgados y socialmente incompatibles, que se basan en concepciones euroamericanas de la propiedad y de las unidades sociales, sin excluir las procedentes del socialismo moderno.

            El diseño social tarado de los proyectos incompatibles se ha basado generalmente bien
            1) en los grupos sociales y el concepto de propiedad euroamericanos ‑unidades productivas individua­listas, poseídas por individuos o parejas y explotadas por familias nucleares (padres e hijos)‑,
            2) en sistemas cooperativos basados, al menos parcialmente, en modelos que se han utilizado en el bloque del Este y en los países socialistas modernos.


Un ejemplo de un modelo inapropiado de granja asociada a familia nuclear se aplicó en África Occidental donde la familia extensa es la unidad social básica.
  El proyecto tuvo éxito a pesar de su defectuoso diseño social porque los participantes no duda­ron en utilizar sus redes tradicionales vinculadas a las familias extensas para atraer a colonos adicionales.
         Los asentamientos se transformaron en espontáneos y rentables.    Finalmente, el número de beneficiarios fue el doble del previsto porque miembros de las familias extensas de los colonos originales se unieron a ellos en la zona del proyecto.          
         En este caso, las poblaciones asentadas no eran ni granjeros modelados a la europea ni los seres aculturados de las progamaciones‑tipo de los planificadores: en su nuevo entorno, y como cabía esperar, eran seres activos que usaban los principios de su sociedad tradicional para estructurar una nueva.
      

El segundo modelo foráneo de dudosa eficacia usado fre­cuentemente en la estrategia desarrollista es el cooperativo.
       En mi informe,
1.      Las cooperativas de nuevo cuño salían malparadas.
2.      Las cooperativas sin acceso directo a los mercados eran débiles de entrada.
3.      Las grandes cooperativas jerarquizadas no conseguían inspirar a los granjeros un sentimiento de confianza y de atención individualizada.
4.      Otras cooperativas eran demasiado pequeñas para mantener personal especializado como gestores o contables, repartiendo entre sus miembros dividendos por debajo de los que obtenían los operadores privados.
5.      Otras cooperativas fallaron por­que ignoraron el rol de las mujeres en la producción.

Las cooperativas tendían a tener un mayor éxito cuando apro­vechaban instituciones comunales de alcance local ya existentes. Éste es un corolario de una regla más general:

Los grupos partici­pativos suelen ser más eficaces cuando se basan en organizaciones sociales tradicionales o en alguna similitud socioeconómica entre sus miembros.

            Algunos ejemplos de éxitos extraídos de mi estudio comparativo son:

       1 ) grupos basados en grupos de paren­tesco de implantación local o regional en África;
       2) pequeños gru­pos de regantes de unas pocas áreas de Asia ‑usuarios de canales terciarios, socioeconómicamente equiparables y conecta­dos entre sí por lazos tradicionales‑;
       3) grupos jerarquizados tra­dicionalmente en África Occidental; y
       4) grupos de colonos alfabetizados y con un cierto nivel de ingresos en Perú y Malasia.




V
Modelos del Tercer Mundo
para el desarrollo del Tercer Mundo

           

            Dado que ningún modelo foráneo tiene un historial intachable, ni la granja familiar individualista ni la cooperativa, se necesita una alternativa:
            Un mayor uso de los modelos sociales del Tercer Mundo para el desarrollo del Tercer Mundo. Estos modelos inclu­yen clanes, linajes y otros grupos de parentesco que poseen y explotan en común posesiones y recursos.
       El diseño social del cambio se debe fundar en las formas sociales tradicionales de cada una de las áreas seleccionadas. Sin embargo, deberíamos ser conscientes de que el uso de grupos tradicionales como unidades operativas podría contribuir negativa­mente por lo que respecta al establecimiento de un orden equita­tivo.
       Por ejemplo: en un exitoso proyecto de riego en África Occidental, los líderes tradicionales, extraídos de familias «nobles», eran quienes formaban los grupos de producción y las cooperati­vas creadas para comprar y mantener el equipamiento.
       Se informó de que esta estrategia de activación del proyecto había reforzado la disparidad en las entradas domésticas, dado que sólo el 14 % de los beneficiarios eran gentes con ingresos bajos y porque los terratenientes absentistas, así como otros personajes que no eran granjeros, recibían beneficios especiales.
       En otros proyectos en los cuales miembros de las asociaciones de granjeros se encon­traban entre los productores más prósperos, estos individuos relativamente privilegiados acabaron por formar facciones, lobbíes con intereses que divergían de los de la gente más pobre.






VI
Equidad


            En muchas naciones altamente estratificadas, se suscita un conflicto entre objetivos de producción y objetivos de equidad. Si los proyectos están por el incremento de la equidad (frecuentemente una de sus metas expresas), deben contar con el apoyo completo y vigoroso de gobernantes con talante reformista.    Pero, de la misma manera que
           
A. Los campesinos se oponen a los proyectos que interfieren demasiado con su economía básica,

B. Las gentes acostumbradas a la riqueza y al poder también se resisten a aquellos proyectos que amenazan sus intereses creados, y su resistencia es habitualmente más difícil de combatir.

            Algunas clases de proyectos, particularmente los planes de regadío, son más susceptibles que otros de ampliar las disparidades de riqueza. Una distribución desigual de los recursos inicialmente, particularmente de la tierra, se convierte a menudo en la base para sesgos mayores después del proyecto.
            El impacto social negativo de las innovaciones técnicas tiende a ser más severo cuando éstas se canalizan primordialmente hacia los ricos, tal como ocurrió con la tecnología de la «Revolución Verde» en Java (Franke, 1977).
            Entre los resultados socialmente indeseables, se pueden destacar los siguientes:
1.      Las máquinas cosechadoras hacían superfluo el alquiler de mano de obra por parte de los más pobres de los habitantes del pueblo y
2.      Permitía a los ricos explotar directamente terrenos que anteriormente habían tenido que arrendar; privados de sus trabajos como arrendatarios o jornaleros, las gentes más pobres de los núcleos rurales han ido emigrando hacia las ciudades en busca de trabajo, pero muchos de ellos han acabado engrosando las filas del desempleo urbano.

            Muchos proyectos de pesquerías han dado también resultados negativos en cuanto a la equidad. En Bahia, Brasil (Kottak, 1983), los propietarios de botes de vela eran los receptores preferidos para la concesión de préstamos para sufragar la motorización de las embarcaciones, debido a que tenían una trayectoria probada como pescadores.
            Los costes de amortización de la nueva tecnología hicieron que aumentara la parte de los propietarios en las capturas; además, éstos utilizaron sus crecientes beneficios para comprar barcas más grandes y más caras. El resultado fue la creación de un estrato de gente opulenta en lo que en su día había sido una comunidad igualitaria. Todo esto puso dificultades a la iniciativa individual y a un ulterior desarrollo de la industria pesquera: con las nuevas barcas, tan caras, los jóvenes ambiciosos que antes hubiesen tratado de hacer carrera en el sector de la pesca dejaron de tener una manera de obtener sus propias embarcaciones. Para evitar tales resultados en los proyectos de pesquerías, los organismos que conceden créditos y ayudas deben buscar jóvenes pescadores en vez de otorgar los préstamos únicamente a propietarios establecidos y negociantes.
            De todas maneras, no siempre se delimita bien un objetivo que consista en evitar el aumento de las disparidades económicas.
¿Cómo podemos reconocer la desigualdad al verla?
            La desigualdad puede tomar formas diferentes: el rango social no es lo mismo que la estratificación socioeconómica.

            En las áreas subde­sarrolladas, más que sistemas de clases consumados, lo verdade­ramente común son los sistemas de rangos, basados en contrastes de estatus, riqueza o poder con diferencias a menudo minimas y dispuestos según criterios del tipo de la edad o del parentesco. En muchas partes del mundo, las unidades funda­mentales de organización social son clanes, linajes u otros grupos de filiación.
            A menudo algunas ramas de parientes por filiación poseen un nivel jerárquico superior a otras, llegando incluso a ser consideradas «nobles», aunque las diferencias reales de riqueza y poder suelen ser leves. Es más, en la estructura de grupos de filiación, los ancianos o mayores controlan el trabajo y el acceso a los recursos de los jóvenes.
            Sin embargo, como los jóvenes llegarán con el tiempo a ancianos, la situación contrasta con la estratificación socioeconómica, donde las diferencias de riqueza y poder son substanciales y pueden durar toda la vida.
En un proyecto de regadío en Madagascar, se descubrió que muchos de los ricos y «nobles» terratenientes de los que se pen­saba que sacaban unos beneficios desproporcionados eran líde­res de clanes que poseían terrenos en una especie de fideicomiso para numerosos dependientes.
Una falta de expertos en análisis social en el primer equipo evaluador condujo a la errónea conclu­sión de que el proyecto tenía un impacto sustancialmente negati­vo en la cuestión de la equidad, algo que mi análisis posterior demostró que era falso.          Tenemos que saber más que el nombre bajo el cual está legalmente registrada la tierra, porque los miem­bros de los grupos de filiación se benefician a menudo de lo que resulta ser, a la luz de un análisis más detallado, una propiedad conjunta o comunal.
Los proyectos con objetivos respecto a la equidad o la distribu­ción de los ingresos necesitan una estrategia social para promover y seguir el impacto producido sobre dichas cuestiones. Se debe tener cuidado en que las estrategias de evaluación de la equidad distingan entre rango y estratificación social. La contribución a un incremento de la producción puede compensar un resultado ligera­mente negativo por lo que respecta a la equidad, sobre todo cuan­do es la misma organización del trabajo a partir de grupos de rango tradicionales la que posibilita dicho incremento. Sin embargo, en un contexto de estratificación, la equidad será un problema más serio.
Los programas de desarrollo necesitan canalizar los benefi­cios hacia los pueblos y distritos más necesitados. Sin embargo, raramente se tienen los datos socioeconómicos precisos sobre la localización y el tamaño de las bolsas de pobreza que muchos proyectos buscan eliminar.
Ésta es un área específica en la cual los expertos sociales ‑indígenas o foráneos, siempre que estén familiarizados con el país‑ pueden ayudar a identificar los pue­blos necesitados y asegurar que los beneficios de los proyectos alcancen a los destinatarios previstos y pertinentes.
Naturalmente, en muchos casos, serán los gobiernos quienes tomen ¡as decisiones sobre el grado de ausencia de equidad tole­rable. Tampoco todos los proyectos incluyen objetivos referidos a la equidad. En los proyectos ganaderos que proporcionan créditos a grandes y medianos rancheros con experiencia, por ejemplo, la equidad ocupa un lugar secundario frente a la producción. Dado el desesperante historial de los proyectos de desarrollo ganadero, esta estrategia ha sido una manera eficaz de aumentar el suministro de carne y de conseguir unos rendimientos financieros satisfactorios.
       Finalmente, también resulta obvio que muchos gobiernos no están interesados en la equidad, actuando, o permi­tiendo actuar a los intereses creados, como si se opusieran a ella.



VII
Niveles de cultura en el desarrollo:
 La cultura de los planificadores


            El primer nivel de cultura relevante para el desarrollo es el nivel local, en el cual me he centrado.
            Un segundo nivel es la cultura nacional, que consiste en las tradiciones, políticas, objetivos, recursos y procedimientos carac­terísticos de cada nación.
            La tributación al gobierno y las políticas de precios, por ejemplo, afectan a los incentivos para comprar y vender, a nivel nacional, los grupos de interés compiten por obte­ner ventajas y los intereses creados se oponen a los cambios amenazadores.
            El tercer nivel es el de la cultura de los planificadores. Entre los planificadores, la asociación con los mismos organismos interna­cionales y con las mismas funciones genera una subcultura que hasta cierto punto anula, o se salta, las diferencias nacionales, étni­cas o individuales. Es más, cualquier organización para el desarro­llo, tal como el Banco Mundial, es un sistema sociocultural con niveles múltiples y con sus propios objetivos tradicionales en tanto que organización, con sus redes de comunicación, con sus flujos de información, sus líneas de autoridad, sus imperativos territoriales, sus recompensas y castigos, sus asociaciones y conflictos, sus rituales y hábitos, y sus procedimientos de toma de decisiones.
            Hasta ahora, no se ha acordado la importancia que merece esta dimensión cultural del desarrollo, la cultura de los planificadores.
En un penetrante artículo sobre las estrategias de desarrollo, David Korten (1980) contrasta el modelo de programa o plantilla, que es típico de la cultura de los planificadores, con un modelo de «proceso de aprendizaje» que considera más útil y rentable.
       El modelo de proceso de aprendizaje involucra a los presuntos bene­ficiarios en un proyecto flexible que ellos ponen en marcha y ayu­dan a planificar.
       La eficacia del modelo de proceso de aprendizaje se funda­menta en el hecho de que los proyectos tiene más probabilida­des de tener éxito si se dirigen hacia capacidades y experiencias probadas para la población seleccionada, y cuando hacen refe­rencia a necesidades reconocidas localmente y emplean apropia­damente las estructuras sociales existentes.
       Tales proyectos aplican la regla de “Romer” y no se basan en metas abstractas del desarrollo por el desarrollo.
       Los incentivos culturales específicos que se necesitan para obtener la participación local se harán aparentes en cada caso a través de un estudio cultural y socioe­conómico de preparación y evaluación.
       Si se van a utilizar grupos existentes en la activación y desarrollo del proyecto, se deben conocer perfectamente sus características sociales, sus núme­ros, su eficiencia y su ubicación, así como estipular claramente la manera en que se llevará a cabo el mencionado uso de grupos indígenas.
La necesidad de una mayor atención por la cultura local no exi­girá invariablemente que los organismos internacionales en cues­tión asignen un experto social foráneo. Los gobiernos pueden confiar en expertos sociales indígenas y ofrecer formación socio­cultural al personal del organismo.
En cualquier caso, la planifica­ción del desarrollo rural requiere trabajo de campo.
La ejecución y la evaluación de proyectos ‑tanto por parte de organismos internacionales como nacionales‑ se debe basar en visitas a los pueblos y en entrevistas con la gente afectada, con quien deben con­tar en primer lugar a lo largo de todo el ciclo de cada proyecto.
El papel del experto social no debería limitarse a legitimar las deci­siones tomadas por otro, sino que debería ser parte activa en la planificación de proyectos y en el estímulo de las aportaciones de las gentes, de los «beneficiarios» de cada proyecto.
El rol de los expertos sociales nacionales en la traducción de las necesidades culturales locales demanda una cierta discusión. Se pretende frecuentemente que los científicos procedentes de PMD formados en países occidentales adquieren puntos de vista occidentales, lo cual abriría supuestamente un abismo entre la gente y aquellos que diseñan las políticas.

En todo caso, lo que produce una falta de sensibilidad hacia la cultura local no es la formación occidental por sí misma, sino el correlativo elitismo y el consecuente aislamiento respecto al campo.





VIII
Generalizaciones y recomendaciones

            ¿Es posible desarrollar una estrategia global relacionada con la dimensión sociocultural del desarrollo, o se deberían adoptar estrategias específicas para cada región o, incluso, para cada sociedad?
            Cada proyecto requiere sus propios análisis, segui­miento y evaluación socioculturales. Para asegurar la adecuación cultural y para evitar la falacia de la infradiferenciación, las estra­tegias de desarrollo específicas se deben basar en los rasgos dis­tintivos de cada uno de los sistemas culturales afectados. De todas maneras, es posible formular varias generalizaciones y recomendaciones concernientes a la dimensión cultural, alguna de nivel medio y otras de mayor alcance.
Las generalizaciones de nivel medio se refieren a regiones par­ticulares (el África Subsahariana, por ejemplo) o a tipos de proyec­tos (los de irrigación, por ejemplo),

Ejemplo de una recomendación regional específica, aplicable particularmente al África Subsahariana y a Oceanía, sería el aprovechamiento de las organizaciones de los grupos de filiación para llevar a cabo el proyecto. Ciertas estrategias de desarrollo deberían ser específicas para dis­tintos tipos de proyectos: de irrigación, ganaderos, de colonización y asentamiento de poblaciones, o de pesquerías.
Por ejemplo: se pueden efectuar recomendaciones a proyectos que fomentan formas de cultivo intensivo tales como la irrigación o la doble cosecha.
Podemos generalizar que los más exitosos de dichos proyectos se encontrarán en áreas densamente pobladas, porque para un uso intensivo de la tierra es necesario bien un suministro permanente de mano de obra, bien el recurso a maquinaria agrícola fiable. Las poblaciones densas también facilitan la ejecución, ya que la con­centración de la mano de obra hace que el acceso a las granjas sea más fácil. La cosecha doble ‑es decir, el cultivo sucesivo de dos tipos distintos de cereales anuales en una misma parcela‑ no es normalmente posible en áreas de poblamiento disperso, algo que se da en buena parte del África Subsahariana.
Cualquier propuesta de establecer un sistema de doble cosecha se debe basar en un análisis de la accesibilidad de mano de obra y maquinaria, por un lado, y de los incentivos para los granjeros, por el otro.
Tradicionalmente, los campesinos intensifican la producción para:

1 ) cubrir necesidades de subsistencia;
2) pagar impuestos o rentas; o
3) cumplir obligaciones sociales, sobre todo ceremoniales.

Por ejemplo: la principal razón por la que los campesinos malgaches quieren metálico es para comprar bienes o productos destinados al consumo o uso ceremonial (Kottak, 1980).
Y sin embargo, en algu­nos casos, los planificadores han esperado erróneamente que adoptasen un sistema de doble cosecha, empleando la primera para la supervivencia y la segunda para la venta. Esta expectativa ignora el hecho de que el punto álgido de demanda de mano de obra para la segunda cosecha competiría directamente con la actividad cere­monial, sin la cual, desaparecería a su vez el principal ‑incentivo para promover un cultivo comercial.
Aunque la necesidad de comprender culturalmente es general, algunos proyectos reclaman una estrategia sociocultural especial­mente sensible.
Por ejemplo: la extensión efectiva del área del proyecto es particularmente importante en proyectos dirigidos a pasto­res, que son característicamente móviles y dispersos. Una recomen­dación es que, en los pastizales africanos, los trabajadores con una baja capacidad de extender su área de acción deben apuntar sus esfuerzos hacia los cabezas de grupos de filiación y hacia otras figuras nodulares en las móviles redes sociales: bien seguirlos adonde vayan, bien atraerlos a lugares centrales. En otro lugar (Kottak, 1985), he propuesto modelos específicos para los proyec­tos ganaderos y de asentamiento de poblaciones, en función de los rasgos culturales y demográficos de las áreas seleccionadas.

Resumiendo, cualquier esquema de trabajo que incorpore la dimensión cultural en el desarrollo «económico» debe incluir lo siguiente:

1.  Los planificadores deberían recurrir a conocimientos comparados de las distintas culturas implicadas, así como a la partici­pación de expertos sociales en la planificación, la ejecución y la evaluación de cada proyecto de desarrollo.
2.  Los planificadores deberían prestar atención a la diversidad y a la compatibilidad culturales, incluyendo incentivos cultural­mente apropiados en el diseño para la ejecución.
3.  Los proyectos deben aplicar la regla de “Romer” más que sobreinnovar. El cambio debería responder a necesidades localmente percibidas más que a metas abstractas.
4.  Los planificadores deberían aprovechar las unidades sociales y las líneas de autoridad existentes como parte de la estrategia de ejecución.
5.  Más generalmente, se debería involucrar a los beneficiarios potenciales en la identificación de los proyectos, inventariando sus aportaciones.
6. Las estrategias del desarrollo deberían con­fiar más en las ideas generadas espontáneamente por las gentes y menos en los planes y decretos procedentes de las altas esferas. Se debería usar más el «modelo de proceso de aprendizaje» y menos el «modelo de programa o de plantilla».


Bibliografía

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Franke, Richard W., «Miracle Seeds and Shattered Dreams in Java», en Annual Editions: Readings in Anthropology 1977/1978, págs. 197~201.
Korten, David C., «Community Organization and Rural Development: A Learning Process Approach», Public Administration Review, septiembre‑octubre de 1980, págs. 480‑512.
Kottak, Conrad Phillip, The Past in the Present: History, Ecology and Cultural Variation in High1and Madagascar, Ann Arbor, University Press, 1980.
Kottak, Conrad Phillip, Assault on Paradise: Social Change in a Brazilian Village, Nueva York, Random House, 1983.
Kottak, Conrad Phillip, «When People Don't Come First: Some Sociological Lessons from Completes Projects», en Michael Cernea (comp.), Putting People First., Sociological Variables in Rural Development, Nueva York, World Bank/Oxford University Press, 1985, págs. 323‑356.
Kottak, Conrad Phillip, «Dimensions of Culture in Development», en G. C. Uhlenbeck (comp.), The Cultural Dimension of Development. Proceedings of the Intemational Symposium on the Cultural Dimension of Development (Peace Palace, 16‑20 septiembre de 1 1985), La Haya, Colophon / Netherland National
Commission for UNESCO, 1987.
Romer, A. S., Man and the Vertebrates, vol, l., Hardmondsworth,Penguin Books, 1960 [1954].

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