domingo, 23 de enero de 2011

EL PESO DE UNA VIDA Bruno Bettelheim. Dos visiones de FREUD


Ensayo de bruno Bettelheim (edic._1958)
Sobre la biografía de Freíd escrita por Jones*
Jones, Ernest: vida y obra de Sigmun Freíd, en editorial Anagrama, barcelona, 1981


Dos visiones de Freud



1. El Freud de Ernest Jones: una opinión disconforme

Freud se expresó de modo muy conciso sobre la dificultad de escribir biografías:

Quien emprende la escritura de una biografía se obliga a mentir, a disimular, a la hipocresía, a falsear e incluso a ocultar su falta de comprensión.

Así se expresó Sigimind Freud en 1936, a los ochenta años, con su propia biografía en mientes, ante Amold Zweig, quien le había propuesto escribirla. Esta cita, que precedía a más de mil doscientas páginas de la biografía de Freud escrita por Emest Jones.
Nos impresiona una vez más por la sabiduría de Freud y la validez de sus ideas sobre el hombre y sus aspiraciones.

Después de informar sobre el comentario de Freud, Jones añade que está seguro de que «Freud se habría sorprendido al descubrir que uno puede estar más cerca de la verdad sobre sí mismo de lo que creía posible». Este no es sino uno de tantos despropósitos que incluyen los tres volúmenes de la biografía de Freud, en la que Jones declara que su convicción tiene más validez que la de Freud. Pero, después de leer la biografía escrita por Jones, este crítico sigue creyendo que Freud estaba en lo cierto en muchas cosas, entre ellas su opinión sobre el dilema al que se somete el biógrafo[1].

La reacción excesivamente elogiosa ante esta biografía, en particular ante el, primer y segundo volúmenes, probablemente se debiera a la curiosidad que despierta el fundador del psicoanálisis, al deseo de saber más sobre la historia temprana del psicoanálisis y sobre el tipo de persona que lo creó y en qué circunstancias. Por desgracia, esta biografía, aunque voluminosa, deja mucho que desear en estos tres aspectos. Durante largos fragmentos se extiende sobre lo obvio, pero no logra explicarnos aquello que desearíamos saber sobre el héroe y su creación. Contiene además varios errores u omisiones. Algunos de ellos eran de esperar. Hacer justicia a la persona extraordinariamente compleja que era Freud, y al mismo tiempo explicar las intrincadas personalidades de quienes le rodeaban e intentar dilucidar las ambivalentes relaciones que existían entre ellos, es algo difícil para cualquier biógrafo, y no digamos para uno cuya participación personal y evidente partidismo impedían su objetividad.
Al emprender la tarea de esta biografía, Jones satisfizo el deseo del público de que un hombre próximo a Freud explicase la obra del maestro. Jones fue un personaje central en el desarrollo del psicoanálisis como movimiento internacional, razón de más para desear oír al aplicado discípulo.
Es probable que durante la elaboración del último volumen (o volúmenes), Jones supiera que se aproximaba al final de su vida y trabajase a contra reloj. Puesto que la vida del biógrafo estaba tan íntimamente entrelazada a la de su heroe, no debe sorprendemos que tras escribir el fin de la biografía de Freud, los días de Jones llegaran también a su fin.
Lo cual sugiere que un crítico debe mostrar consideración y no severidad con un autor que se esforzó mucho y dio lo mejor de sí en lo que sin duda constituía una tarea de amor.
Pero Freud no era un hombre cualquiera, fue el configurador del pensamiento moderno sobre el hombre; y no se trata de cualquier esfuerzo por presentar la vida de Freud, se trata de la biografía definitiva de Freud y del psicoanálisis, oficial y ampliamente reconocida como tal y como una de las más grandes biografías de los tiempos modernos.

La crítica del New York Times consideró a esta obra una de las biografías más sobresalientes de nuestra era.
La revista Time, que no suele ser muy amiga del psicoanálisis y en general se mostraba bastante suspicaz hacia Freud, la denoininó obra maestra de la biografía contemporánea.

Uno se pregunta si, dada la parcialidad del semanario, no se alegrara secretamente del fracaso del biógrafo al presentar la vida de Freud como hombre.

The New Yorker la calificó de «soberbio drama»; aquí seguramente el crítico confundió la pedestre exposición de Jones de la vida de Freud con el drama y la fascinación intrínsecos a su vida.

No obstante, el lector crítico reconocerá en la tediosa repetición, en la exposición simplista de las teorías de Freud y en los largos fragmentos de la historia de Jones sobre el movimiento psicoanalítico, una desafortunada reescritura de la historia, mucho más interesante, que el propio Freud escribió y publicó algunos, años atrás.
La apariencia, la veneración de los críticos por el tema les impedio ver los errores patentes del biógrafo y la biografía.

Aunque no debe considerarse la biografía definitiva de Freud, es sin duda la biografía oficial y presenta una imagen de Freud que los miembros del círculo más estrecho del psicoanálisis oficial desearon aceptar como definitiva. Ante estos argumentos, debemos preguntarnos si los tres volúmenes ofrecen una imagen de Freud que hace justicia a él y al psicoanálisis. De no ser así, la fidelidad hacia Freud y la importancia del psicoanálisis deben tener prioridad sobre el respeto al biógrafo, aun cuando desafortunadamente el doctor Jones ya no esté aquí para defenderse.

Esta opinión se trocó en certeza después de leer el convencional Journal of the American Sociological Society, órgano normalmente dedicado al juicio crítico y no a la admiración ciega.
Allí encontré explicitado lo que secretamente temía al leer los tres volúmenes de Jones y a sus críticos: que corremos el peligro de que el futuro no reciba las enseñanzas de Freud, sino las explicaciones de Jones; de que:
El psicoanálisis no sea lo que Freud esperaba, sino lo que Jones hizo de él.

La crítica de la revista empieza así: Los grandes maestros necesitan grandes discípulos: es un requisito de la grandeza entre aquellos que fundan movimientos ... Pablo es el ejemplo más importante de apostolado en la historia de nuestra cultura, pues es su Jesús el que prevalece y no el histórico.
Afortunado el maestro que no vea apostatar a su discípulo favorito ... Inevitablemente, Lutero tuvo a Carlstadt, Freud no sólo tuvo a Jung sino a Rank y Ferenczi. Por fortuna para él, Freud conservó a Jones. De la «comisión» original ‑fundada por Jones para crear «un cuerpo de guardia alrededor de Freud» y al mismo tiempo difundir su mensaje por el mundo‑ algunos murieron y otros desertaron; Ernest Jones perseveró.
He aquí alusiones a una creencia incondicional y no a una facultad racional, a la fundación de una religión y no a un descubrimiento científico, a mensajes divulgados por el mundo y no a datos verificables que pueden y deben someterse al análisis científico. No obstante, si queremos conocer a Jesús, acudimos al Jesús histórico, no al Cristo paulino. El hombre que escribió El futuro de una ilusión no fundó una religión, sin embargo se nos dice que los relatos de esos apóstoles serán más importantes que la vida real del maestro, y que los relatos, y no la realidad, perdurarán en el mundo.
Se trata de una visión muy desafortunada, equiparable a no ser capaz de distinguir entre la ficción y la no ficción.
En ese mismo estudio se nos dice que «Jones completó la tarea de reconciliación; ofreció a Freud al mundo». Sí, tal como Pablo ofreció a Cristo y no a Jesús al mundo, Jones nos brindó su imagen de Freud y del psicoanálisis. Pero ni es el Freud histórico, ni la verdadera historia del psicoanálisis..Jones nos brinda al Freud que él percibió, al psicoanálisis tal como él lo interpretó, pero cualquier estudiante de psicoanálisis sabe que ‑ la descripción que un discipulo ofrece sobre su maestro dice más del discípulo que del maestro-.  
El biógrafo oficial de Freud ignoró hasta tal punto este principio del psicoanálisis que ni siquiera lo menciona como posibilidad.

Jones examina una y otra vez el problema de discípulos versus maestro. Pero allí donde lo presenta, resuelve la situación en su propio favor, contra Freud y los demás discípulos de éste.
Reiteradas veces oímos cómo Jones estaba en lo cierto desde el principio y cómo Freud a menudo se equivocó en el juicio de amigos, ideas e incluso de sus propios escritos. Dado que este es el núcleo de mi crítica, dejaré que sea Jones quien hable al menos sobre una de estas tres cuestiones, sobre si en realidad Freud quería decir lo que escribió. Hablando de sí mismo y de sus colaboradores en «la ingente labor de traducir las obras de Freud Jones escribe:
«Le dirigimos una pregunta tras otra sobre pequeñas ambigüedades de sus exposiciones e hicimos varias sugerencias relativas a contradicciones internas y cosas por el estilo. Este proceso ha continuado desde entonces ... con el notable resultado de que la traducción inglesa de las obras de Freíd sea considerablemente más fidedigna que cualquier versión alemana».
Jones declara que la traducción del discípulo de los escritos del maestro a un idioma extranjero son «considerablemente más fidedignos» que lo que el propio maestro escribió en su lengua materna. Jones estaba terriblemente orgulloso de haber eliminado las ambigüedades y contradicciones, aunque éstas resultan esenciales para la visión de Freud sobre la humanidad y para el psicoanálisis como una ciencia, floreciente y en desarrollo, de la mente humana. En lugar de las palabras escogidas por Freud, se nos invita a aceptar como única versión aulorizada, la «más fidedigna», «vulgata» objetiva, traducción de la obra de Freud en un lenguaje extraño a su pensamiento. Podemos imaginar que el escéptico Freud, cansado de las pesadas preguntas de su discípulo sobre supuestas contradicciones y ambigüedades, acabó cediendo, al percatarse de que: en vano intentaría hacer comprender a Jones que ser capaz de aceptar, vivir, pensar y trabajar en medio de ambigüedades aparentes o reales constituye la esencia del psicoaliálisis.

¿Qué habría pensado Freud si se le hubiera expuesto la idea de que una traducción a un idioma extranjero era más fidedigna que sus propios escritos? La impresión es que se reconoce a Freud como uno de los grandes maestros del alemán moderno, interesado profundamente en el modo de trasladar sus ideas en el idioma que amaba. Luego, ¿por qué vamos a creer que una traducción es más fidedigna.
Volvamos a la idea de una biografía definitiva. ¡Que historia más espléndida sobre Freud se podía haber escrito si el psicoanálisis oficial no hubiera sellado los archivos de Freud, que contenían más de dos mil quinientas cartas suyas, durante los cincuenta años que permanecieron depositados en la biblioteca del Congreso!
La razón fue que los archivos de Freud incluían también entrevistas con algunos de sus antiguos pacientes. Revelar los contenidos de esas entrevistas antes de ese tiempo habría sido embarazoso para ellos y sus familias. ¿Qué semblanza de Freud aparecería de haber podido disponer íntegramente de esas cartas? Todo lo que tenemos es la parca y puritana selección que Jones ha presentado de manera que apenas nos permiten percibir a Freud como ser humano. En el texto y en los apéndices del segundo y tercer volúmenes se encuentran una carta que Freud escribió a su familia desde Roma (que por fortuna Jones reproduce), seleccionada de entre el resto de sus cartas, y también citas como la mencionada al principio de esta revisión, que revelan más sobre Freud que los varios cientos de páginas que Jones escribe sobre él.
Así, el auténtico valor de estos volúmenes deriva de los pasajes donde se cita a Freud y de las anécdotas y hechos que se recogen sobre él y los personajes que lo rodeaban. Debemos sentimos agradecidos pues la mayoría no había sido anteriormente publicado. Pero para tal viaje no se necesitaban alforjas. ¿Por qué interpolar tantas instrucciones de cómo debemos comprender el genio de Freud, las historias de la vida de sus seguidores y sus motivos para permanecer «fieles» a Freud o emprender caminos distintos? Por desgracia para sus lectores, el doctor Jones no pudo decidir si deseaba ofrecemos la historia de la vida de Freud o una explicación del psicoanálisis, una historia objetiva del movimiento psicoanalítico o una justificación de sus caprichos. Fracasó al intentar hacerlo todo.
El primer volumen se lee mucho mejor que los dos siguientes, quizás porque trata principalmente de la vida de Freud antes de que Jones entrara en ella, de modo que este último no pudo, con tanta frecuencia como en los volúmenes posteriores, erigirse en el único sustentador de la verdad. En comparación, el segundo y tercer volúmenes adolecen seriamente de las autojustificaciones de Jones y de estar considerablemente plagados de explicaciones deficientes sobre los escritos de Freud y de una historia partidista del movimiento psicoanalítico.
La gran contribución original del doctor Jones al movimiento psicoanalítico fue convertirlo en un movimiento internacional. Por tanto, es aún más lamentable que al escribir su historia Jones se empecinase en demostrar que, a excepción de él mismo, sólo aquellos discípulos que jamás criticaron nada de lo que el maestro dijo o hizo estaban completamente libres de neurosis, y motivados, como el propio Jones, sólo por las más elevadas reflexiones morales. Estos auténticos discípulos nunca sufrieron ambivalencias, sobre todo su biógrafo. Aquellos cercanos a Freud, como Ferenczi, el más íntimo de todos, fueron por desgracia terriblemente neuróticos, o al menos eso se nos dice.
 Rank, que durante años fue uno de sus más próximos colaboradores, sufrió depresiones más que neuróticas, las cuales, según Jones, distorsionaban sus juicios.
Para un psicoanalista resulta particularmente enojoso que una biografía de Freud escrita por un eminente analista sea tan poco psicoanalítica.
Por ejemplo, antes de su análisis Freud se describe como un individuo muy neurótico, algo que sin duda era. Pero, a su propio análisis, que, como el análisis de cualquier otra persona, configuró el acontecimiento psicológico crucial de su vida adulta, se le dedican apenas nueve páginas en una historia de su vida que abarca más de mil quinientas. En él existe abundante material susceptible de ser utilizado como fuente, fácilmente disponible en La interpretación de los sueños de Freud, pero Jones lo ignora. En realidad, el libro, el más importante de Freud, se ventilo en catorce páginas, la mayoría de las cuales incluyen una enumeración de las diferentes ediciones en que apareció y cuántos royalties recibió Freud.
La exposición de lo que quizás haya sido una de las relaciones íntimas más importantes de Freud, ilustra lo poco piscoanalítico que Jones es como biógrafo. Al hablar de la cuñada de Freud, que vivió durante cuarenta y dos años como parte de la familia de Freud en su casa, Jones declara positiva y autoritariamente:
«No existía atracción sexual por ninguna de ambas partes».
Nos sorprende que Freud, quien viajó durante largos períodos sólo con esa mujer madura y se alojó con ella en hoteles, no la encontrase sexualmente atractiva. ¿Qué clase de mujjer era? ¿Qué clase de hombre era Freud para escoger como compañera preferida de sus años de madurez a una mujer que no le resultaba sexualmente atractiva? Y, de ser así, ¿no constituiría la principal tarea de un biógrafo psicoanalínco explicarlo con detalle?

Según parece, este particular biógrafo psicoanalítico no creyó necesario considerar la posibilidad de atracción sexual entre cuñada y cuñado, a pesar de que ambos compartían hogar, ideas, vacaciones, habitaciones; tan interesado estaba Froid en la compañía de esta mujer que dejó atrás a su esposa y a sus hijos. De ser así, ¿qué nos enseña sobre el psicoanálisis? Quienes hayan sentido curiosidad por esta relación parecen haber tenido inclinaciones más psicoanalíticas que el psicoanalítico biógrafo, que califica (sin examinarla) esta especulación de «murmuraciones maliciosas». A falta de pruebas, este crítico cree que posiblemente fuera una relación puramente platónica. Pero, entonces, se nos debe explicar su significado para el hombre y la mujer que ellos eran.
Aún más turbador para quienes intentan comprender a Freud a partir de su biografia es su fracaso en el intento de insertarlo en el contexto de su sociedad y cultura.
Por ejemplo, Jones describe los primeros años de Freud cuando muchacho y más tarde cuando estudiante en la Universidad de Viena como un indigente que, a pesar de ello y por sus propias fuerzas, consiguió abrirse camino hacia la fama y el éxito. En realidad, aunque los padres de Freud no eran ricos, pertenecían a la clase media judía y no eran en modo alguno pobres. Para una familia judía de los años ochenta del siglo pasado vivir en un piso de seis habitaciones significaba prosperidad.
Las condiciones de vida de Freud quizás parezcan privadas de los mínimos de una familia de clase media norteamericana actual, pero eran excelentes si se comparan con la existencia casi de gueto de la que escapó el padre de Freud al trasladarse a Viena. La profunda lealtad de Freud al imperio de Francisco José y a Viena, que compartía con la mayoría de sus coetáneos judíos, debe entenderse como parte de las extraordinarias mejoras sociales y económicas que había experimentado la generación de su padre. Las penalidades del antisemitismo llegaron después y se superaron sobre una base muy diferente a la de la gratitud y la esperanza, edificadas en vida del padre de Freud y los primeros años de este último.
Entre los judíos europeos de principios del siglo XX, la pregunta de cómo demostrar que los judíos eran el pueblo elegido, cuando siempre habían sido perseguidos o vivido en la miseria, se convirtió en un acertijo muy reiterado y divertido. La respuesta era: «¡Pero olvidáis lo bien que se nos presentó bajo Francisco José! ». En la última mitad del siglo XIX, al experimentar una mayor realización personal, los judíos de Viena no tuvieron más remedio que amar encarecidamente a su cultura. Así, el supuesto «odio» de Freud a Viena fuera probablemente la expresión de un intenso primer amor, frustrado por el antisemitismo de los inicios del siglo XX, frustración agudizada en la medida en que nunca se olvida el primer amor.

Es dentro de este contexto social en el que debe entenderse la vida de Freud. Sin embargo, Jones no logra comprenderlo en absoluto.

Muchas veces menciona el odio de Freud a Viena y por alguna extraña razón no se pregunta por qué, si Freud odiaba tanto a Viena, no la abandonó, sino que permaneció allí tras la llegada de los nazis, hasta que fue imposible quedarse más tiempo.
En este caso, como en muchos otros ejemplos, el gran descubrimiento de Freud de la ambivalencia de las emociones humanas parece no aplicarse al propio descubridor, o al menos no según su biógrafo.

Jones también se muestra poco versado en un fenómeno análogo que tenía lugar entre la sociedad intelectual de Viena:
La pretensión de hablar en tono despectivo de Viena, que no era sino el disfraz de un irracional vínculo amoroso con la ciudad y su cultura.
En lugar de reconocerlo y explicar esta naturaleza ambigua y neurótica al lector, Jones presenta sólo el lado negativo de la ambivalencia de Freud. Nunca clarifica los aspectos positivos, obviamente más poderosos pues siempre vencieron.

Por ejemplo, se nos dice que el relativo liberalismo de Berlín suscitó la envidia de Freud, que «tuvo que vivir en una ciudad gobernada por el alcalde antisemita Lueger y donde prevaleció el antisemitismo». Pero la verdad es que Freud no tuvo que vivir en Viena; eligió vivir en ella a pesar del antisemitismo. Ni tampoco se nos dice que la aristocracia dirigente era fuertemente contraria al antisemitismo de clase media‑baja de Lueger. En realidad fue el antisemitismo de clase baja el que, de modo extraño, puso en estrecho contacto a los intelectuales judíos con una aristocracia superior, que de otro modo habría permanecido cerrada a ellos. Este es sólo uno de los muchos ejemplos de la incomprensión de Jones hacia Viena, tan importante en la configuración de Freud como hombre.

Sería erróneo deducir que conocer esta biografía carece de valor. Contiene demasiados incidentes reveladores de la historia de Freud, y demasiados vistazos significativos a su vida cotidiana que no se encuentran en ningún otro lugar. Pero el lector debe ser cuidadoso al extraer sus propias conclusiones del relato de Jones y rechazar muchas de las interpretaciones equivocadas del mismo.

Sólo la cita de una de las muchas anécdotas demuestra cuán reveladores pueden ser estos tres volúmenes como fuente de datos. Jones cuenta que durante las comidas Freud no hablaba a su familia porque disfrutaba tanto de ellas que se concentraba en comer. Si uno de sus hijos estaba ausente, Freud «señalaba hacia la silla vacante con el cuchillo o el tenedor y miraba de modo inquisidor a su esposa desde el otro extremo de la mesa. Ella le explicaba que el niño no comía en casa y que un motivo u otro se lo había impedido, tras lo cual Freud, una vez satisfecha su curiosidad, asentía en silencio y daba cuenta de su comida».

En un extracto de una carta a Jung, Freud dice de su método de terapia que:
 «es en esencia una cura a través del amor».
 Esta perentoria declaración sobre la naturaleza de la terapia psicoanalítica, con su inequívoca refutación de las interpretaciones profundas de los técnicos y de la disección dinámica de la psique humana de los artesanos, hace que uno se sienta agradecido por estos tres volúmenes.
Como colección de anécdotas, son de gran valor. Como biografía de Freud y como testimonio sobre el psicoanálisis contienen varios errores. Como historia del movimiento psicoanalítico cometen una injusticia con las personalidades y contribuciones de muchos que estuvieron cerca de Freud, y por tanto son engañosos. Y como relato de la sociedad y la época en que se desarolló Freud (y el psicoanálisis) son un fracaso.




2. Fromm sobre Freud

Uno no puede evitar comparar el breve volumen de Fromm sobre Freud con los tres gruesos volúmenes de Ernest Jones, aunque son diferentes en estrategia e intención. Del ensayo de Fromm emerge un Freud vital y de gran interés para nosotros. Al demostramos cuánto queda todavía por hacer, Fromm nos lanza un desafio. Por el contrario, Jones erige un monumento a su maestro, dando la impresión de que todos los problemas relacionados con Freud y el psicoanálisis estan resueltos, que todo está ya dicho y hecho. Así, Jones convierte a Freud en una figura histórica principal, cosa que es, pero del pasado, cosa que no es.

Fromm empieza con un retrato de Freud como hombre y su entomo psicológicamente convincente e imparcial, que remarca los colosales éxitos, pero no disimula los fracasos de Freud, siempre intentando mostrar cómo el psicoanáli­sis oscila entre ambos.
Prosigue con cierta información sorprendentemente nue­va. Fromm habla de la necesidad y el deseo de Freud de convertirse en un refor­mador del mundo, y de las consecuencias que ello tuvo para el psicoanálisis, que por tanto se convierte más en un movimiento semirreligioso y menos en una sociedad científica.
Las dos caras del psicoanálisis, como nueva ciencia y como movimiento re­formista, quedan reflejadas en la naturaleza de aquellos grandes hombres con quienes Freud se comparó a sí mismo:
 A veces le gustaba compararse a Colón, el descubridor de un nuevo continente, pues Freud había descubierto el ignoto mundo del inconsciente. Con más frecuencia se comparaba a sí mismo con Co­pémico y Darwin, porque, como Freud, infligieron un duro golpe al amor propio del hombre, el primero negando que la morada del hombre fuera el centro del universo, y el segundo privando al hombre de su excepcionalidad, convirtiéndo­lo en un eslabón más de la cadena evolutiva.
No obstante, a pesar de sus compa­raciones con estos dos grandes científicos, Freud nunca los estudió psicoanalíti­camente ni exploró las dinámicas que condujeron a sus grandes descubrimien­tos.
Por otro lado, dedicó dos proyectos esenciales a una investigación psico­analítica de la vida de Moisés, gran reformador mundial y profeta. Estas fueron, en cierto sentido, las empresas culminantes de su vida.
El hecho de que Fromm revelara el deseo de Freud de cambiar el curso del mundo ‑de crear un movimiento político, en el sentido de que cambiaría la ética del hombre y con ello su vida sobre la tierra‑ no sólo explica la fascinación de Freud por el problema de Moisés, sino que es crucial para nuestra comprensión del psicoanálisis como movimiento. Ello explica una de las más extrañas con­tradicciones de Freud: su afirmación de que el psicoanálisis era una ciencia y, como tal, estaba sometido a los criterios que se aplican a la investigación cientí­fica; y su insistencia contraria en que el psicoanálisis debía ser aceptado tal como él lo formulaba, y que cualquier desviación u opinión disidente no era algo que se solventase como una preciada prueba científica, sino una herejía que debía ser erradicada expulsando al hereje del movimiento.
El Freud que Fromm nos muestra es básicamente un hombre muy inseguro, asustadizo, vulnerable a sentimientos de persecución y con poca confianza en los demás. Convencido de sus razones egocéntricas, profundamente aislado y solitario:

 Freud ni siquiera creyó que la seguridad pudiera encontrarse en el amor. Para él la certidumbre se hallaba sólo en la razón, a través del conoci­miento.
En consecuencia, sentía la necesidad de dominar el mundo de modo in­telectual si quería redimir sus dudas y sentimientos de fracaso. Para Freud, como para Platón, sólo existía certidumbre en las ideas, la diferencia es que Freud bajó las ideas a nuestra tierra, a la mente humana.
La certidumbre residía sólo en la razón, una razón que él define de modo restringido como intelecto.
Freud creía que los sentimientos y las emociones eran irracionales y por tan­to sospechosos. A diferencia de Spinoza, no aceptó la noción de que las emociones y los pensamientos puedan ser racionales e irracionales, y que el desarrollo completo del hombre requiere el desarrollo racional tanto de pensamientos como de emociones.
Al igual que muchos filósofos de la Ilustración, Freud no entendió que si el pensamiento del hombre se separa de sus sensaciones, ambos resultan distorsionados.
Freud se aplicó de tal manera al poder absoluto de la ra­zón que le costó años superar la ilusión de que una comprensión intelectual de las causas de los síntomas neuróticos los curaría automáticamente.

Su inconmen­surable pasión por el racionalismo como único fundamento de seguridad fue defendida con extraordinario coraje, superando incluso los más serios obstáculos.
Las relaciones de Freud con los demás deben entenderse en función de su desconfianza en las emociones y su obstinado empeño en la certidumbre inte­lectual. Fromm resume las dificultades de Freud en sus relaciones con las muje­res y las muy diferentes dificultades que deterioraron sus relaciones con los hombres. Todo ello ha sido descrito en otras biografías, aunque rara vez con tan aguda penetración psicológica.
La mayoría de biógrafos han omitido la relación de Freud con su padre. Fromm refuerza su importancia y demuestra que, primero en relación con su pa­dre y más tarde ante las circunstancias en general, Freud fue un rebelde, no un re­volucionario. Fue un rebelde al desafiar a la opinión pública y a la autoridad médi­ca, pero no fue un revolucionario porque él deseaba ser, y devino, una autoridad a la que se sometieran los demás. La rebelión de Freud fue dirigida contra aquellos que desde la autoridad no lo reconocían, y el primero de éstos fue su padre.
Según Fromm, una persona no supera su ambivalencia hacia la autoridad hasta que no se libera de la atracción hacia la autoridad que le hace sentir deseos tic dominar a los demás; sólo entonces se transforma de un rebelde en un revolu­cionario.
En este sentido, Freud fue y siguió siendo un rebelde. Aunque desafió a las autoridades y disfrutó de su desafío, estaba aún profundamente influido por el orden social existente y sus autoridades.
Obtener su reconocimiento era para él un asunto prioritario.
Fromm descubre la raíz del comportamiento autoritario de Freud en su de­seo de crear un movimiento político y ser su líder. Por ejemplo, fue una aspira­ción «política» y no un vulgar autoritarismo lo que obligó a Freud a defender la salida de los jungianos de la Sociedad Psicoanalitica de Londres, una de las di­versas expulsiones para prevenir la difusión de teorías «heréticas».
La naturale­za de este movimiento se observa mejor a partir de la identificación de Freud con Moisés, que en sus últimos años se hizo más evidente.
Freud reinterpretó el Moises de Miguel Ángel para demostrar que en lugar de romper las tablas de la ley, Moisés calmó su ira por respeto a su pueblo. Freud interpretó a Moisés como un hombre que luchó con éxito contra la pasión interior en nombre de la razón y por una causa a la que se había entregado. Freud se identificó íntimamente con Moisés, el profeta incomprendido por su pueblo y sin embargo capaz de controlar su rabia y continuar la tarea de conducir a su pueblo hasta la tierra prometida.
Freud, que de niño aspiraba a ser un gran jefe militar o un ministro del gobierno, de adulto deseó brindar una nueva y más elevada «ley» a la raza humana, una nueva percepción del hombre interior y del mundo en que vivía, un nuevo acuerdo con la razón pura. No se podía confiar ni en el nacionalismo, ni en el socialismo, ni en la religión como guía hacia una vida mejor; sólo un conocimiento completo de la mente humana, adquirido al descubrir la irracionalidad de estas otras respuestas, podía conducir al hombre hasta su destino. Freud concibió la sobriedad, el escepticismo, la evaluación racional del hombre de su pasado y su presente, y la aceptación de la naturaleza fundamentalmente trágica y solitaria de su existencia. Quizás sea mejor que en este importantísimo punto deje que hable Fromm:
Freud se veía a sí mismo como líder de una revolución intelectual que dio el último paso que el racionalismo podía dar. Sólo si comprendemos esta aspiración de Freud a aportar un nuevo mensaje a la humanidad, no un mensaje feliz sino realista, podemos comprender su creación: el movimiento psicoanalítico.

¡Qué extraño fenómeno el movimiento psicoanalítico! :

El psicoanálisis es una terapia, la de la neurosis, y al mismo tiempo es una teoría psicológica, una teoría general sobre la naturaleza humana y específicamente sobre la existencia del inconsciente y su manifestación en los sueños, los síntomas, el carácter y en todas sus producciones simbólicas.

¿Existe otro caso de una terapia o una teoría científica que se transforme en un movimiento, dirigido centralizadamente por una comisión secreta, con purgas de los miembros disidentes y organizaciones locales dentro de una supraorganización internacional?

Ninguna terapia en el campo de la medicina fue jamás transformada en un movimiento semejante. En lo que respecta al psicoanálisis como teoría, la comparación más aproximada sería el darwinismo: he aquí una teoría revolucionaria que ilumina la historia del hombre y tiende a alterar su representación del mundo de un modo más fundamental que cualquier otra teoría en el siglo XIX, sin embargo, no existe un «movimiento» darwinista, ningún directorio que gobierne ese movimiento, ni purgas que decidan quién tiene derecho a llamarse darwinista y quién ha perdido tal privilegio.

¿Por qué este carácter único del movimiento psicoanalítico?

La respuesta reside en parte en el análisis anterior de la personalidad de Freud. De hecho, fue un gran científico, pero al igual que Marx, un gran sociólogo y economista;
Freud albergó aún otro propósito, a diferencia de Darwin: deseaba transformar el mundo.
Bajo un disfraz de terapeuta y científico fue uno de los más grandes reformadores de los inicios del siglo XX.
Hablando del «carácter casi político» del movimiento psicoanalítico, Fromm nos demuestra que nunca se basó en la esencia de una sociedad científica, sino que desde el principio fue organizado sobre directrices bastante dictatoriales. Dentro de él, Freud coincidía con Platón en que era preferible el gobierno de los filósofos a una organización más democrática. Algunos congresos de psicoanálisis dieron muestras inequívocas de ser convenciones politicas. La idea de una comisión secreta de siete miembros que asegurarían la dirección correcta del movimiento sugiere no tanto una falta de confianza en la validez de las conclusiones psicoanaliticas, como el deseo de un control rígido y políticamente estable. Semejante desconfianza en los poderes de la razón y la naturaleza convincente de las conclusiones científicas contrastan de modo evidente con las creencias filosóficas de Freud.
Contraste que sólo se explica por el deseo de crear un movimiento político alrededor de sus descubrimientos científicos.

En apoyo de este análisis, Fromin indica que Freud hablaba de un congreso como :
Una «dieta» (Reichstag), de la «madre patria» y «las colonias» del psicoanálisis, y de la necesidad de «fortalecer nuestro dominio contra todo y contra todos».
Incluso en la actualidad, después de tantos años, las sociedades psicoanalíticas y su organización internacional, con sus ramas y su rigor sobre quién tiene derecho a considerarse psicoanalista, constituyen un raro espectáculo entre las sociedades científicas. Existen escasos ejemplos contemporáneos de tentativas de encadenar el progreso de la teoría y práctica científica a los hallazgos de un descubridor, y tolerar poco margen de libertad para la revisión de ciertas tesis fundamentales del maestro.
  
En lo que respecta a Freud como hombre, existen contradicciones. Freud legó que el psicoanálisis fuera una filosofía y se consagró de modo consciente a la libertad intelectual total. La excusa para una organización estricta del movimiento psicoanalítico fue la existencia de detractores.
Resulta extraño que sólo una organización monolitica parecía ofrecer protección contra ellos y no así el poder persuasivo de la verdad.
El método terapéutico y las teorías de Freud no tienen nada que ver con los movimientos políticos. Entonces,
¿por qué concibió Freud la lucha por el reconocimiento del psicoanálisis como una teoría científica , una terapia médica, y como una batalla casi política?

La respuesta quizás se halle en su creencia en que «el psicoanálisis es el instrumento destinado a la progresiva conquista del ello». Aunque no es una pretensión religiosa, es una pretensión ética: se trata de la conquista de la pasión por la razón.
Comparando a Freud con Marx, Fromm. señala:
«tal como Marx creyo haber hallado la base científica del socialismo, en contraste con lo que denominaba socialismo utópico, Freud creyó haber descubierto la base científica de un antiguo propósito moral, y por tanto haber progresado frente a la moral utópica de las religiones y filosofías.
Como no tenía fe en el hombre común, la nueva moral científica era un objetivo que sólo la elite podía cumplir, y el movimiento psicoanalítico era la vanguardia activa, pequeña, pero bien organizada que perpetuaría la victoria del ideal moral».

Fromm llega a la conclusión de que Freud se habría convertido en líder de un movimiento socialista o eticocultural, o, por otras razones, en un líder sionista, por no haber experimentado un interés absorbente por la mente humana y una fuerte dedicación a la búsqueda de la verdad tal como él la entendía. Además, Freud era demasiado conservador y escéptico para convertirse en un líder político. Pero «bajo el disfraz de una escuela científica realizó su viejo sueño: ser el Moisés que mostraba a la raza humana la tierra prometida, la conquista del ello, al servicio del yo, y el método de esta conquista».

Una de las partes más interesantes del análisis de Fromm es el paralelismo que traza entre el método de Freud y las creencias económicas de la clase media decimonónica, en la virtud del ahorro y la acumulación de capital:

Freud pensaba que mediante la insatisfacción de deseos instintivos, mediante la privación, la elite, en contraste con la plebe, «ahorra» el capital psíquico para empresas culturales. El misterio de la sublimación, que Freud nunca explicó de modo totalmente satisfactorio, es el misterio de la formación de capital según el mito de la clase media del siglo XIX. Así como la riqueza es producto del ahorro, la cultura es producto de la frustración de los instintos.

Otra parte de la representación decimonónica del hombre fue también aceptada del todo por Freud y traducida a su teoría psicológica: la representación del hombre como un ser básicamente agresivo y competitivo ...

Para Freíd:
a.       El hombre estaba primariamente aislado y era autosuficiente.
b.       Era un animal social sólo por un requisito de satisfacción mutua de las necesidades, no por una necesidad o deseo primarios de relación con los demás ...
c.        El hombre es básicamente una máquina, conducida por la libido y autorregulada por la necesidad de reducir la tensión dolorosa a un umbral mínimo. Esta reducción de la tensión constituye la naturaleza del placer. Para lograr esta satisfacción, los hombres y las mujeres se necesitan entre sí. Se comprometen en la satisfacción mutua de sus necesidades libidinosas y en esto consiste el interés mutuo.

Así presenta Fromm el concepto de Freud del Homo sexualis como una versión más profunda y elaborada del concepto del economista del Homo economicus. Sólo en un aspecto Freud se desvía de la representación tradicional:
 Declaró que el grado de represión sexual era excesivo y provocaba neurosis.

Fuera o no el propósito de Freud crear alrededor del psicoanálisis un movimiento para la liberación ética del hombre, una nueva religión secular y científica por medio de la cual la elite guiase a la humanidad, no podía tener éxito sin necesidades de afinidad dentro de sus inmediatos seguidores y más tarde dentro del gran público que fue fervorosamente atraído. Aunque las esperanzas de Freud y las de sus primeros discípulos leales son ahora un elemento del pasado, el hecho de que aún estén activas nos afecta en gran parte a nosotros.

Quienes en la actualidad adoptan el psicoanálisis según la concepción de Freud, son en su mayoría solitarios intelectuales urbanos con un gran deseo por comprometerse en un ideal, un movimiento, y sin embargo carentes de la capacidad de hacer verdaderos sacrificios por él, de renunciar al estatus o al éxito por un ideal. Son gente sin ideales religiosos, políticos, ni filosóficos profundos. El círculo creciente de analistas procede del mismo entomo. La gran popularidad del psicoanálsis en el mundo occidental, en concreto en los Estados Unidos desde los años treinta, tiene la misma base.
Se trata de una clase media para la cual la vida ha perdido su significado. Sus miembros carecen de ideales políticos o religiosos; no obstante, buscan un significado, una idea a la  que dedicarse, una explicación de la vida que no requiera ni fe ni sacrificios, y que les permita sentirse parte de un movimiento sin ninguna obligación esencial.

Todas estas necesidades las colmó el movimiento psicoanalítico. Pero a medida que empezó a servir a esta necesidad de comodidad pasiva, el nuevo movimiento compartió el destino de tantos otros que empezaron con gran coraje y firme determinación. El entusiasmo, la frescura y la espontaneidad iniciales se debilitaron y la jerarquía asumió lo que consideraba su autoridad en la correcta interpretación del dogma y ejerció el poder de juzgar quién podía contarse entre los fieles.
Con el tiempo, el dogma, el rito y la idolatría hacia el líder reemplazaron a la audacia y a la imaginación creativa del mismo.

El resultado es que muchos pacientes que se someten a la terapia son más devotos al rito y al dogma, y les importa menos la búsqueda esencial de la verdad y el dominio sobre su propio inconsciente.
Se sienten atraídos porque a través del psicoanálisis se convierten en «parte de un movimiento, experimentan un sentimiento de solidaridad con el resto de quienes son analizados, y un sentimiento de superioridad sobre quienes no lo son.
A menudo, están mucho menos interesados en su curación que en la estimulante sensación de haber hallado un hogar espiritual», no un hogar que sirve de refugio seguro desde el cual navegar por los aún ignotos mares de la experiencia humana, sino un hogar que es un castillo protegido que amuralla sus vacuas vidas.

Gran parte de esta revisión ha sido una paráfrasis de lo que a mí me pareció más importante del análisis de Fromm, no del psicoanálisis, sino del movimiento psicoanalítico.
Fromm considera la gran debilidad de este movimiento su fracaso en el intento de extender la comprensión del inconsciente del individuo a un análisis crítico de su sociedad, y el fracaso del psicoanálisis freudiano, pasado o presente, por trascender una actitud liberal de clase media hacia la sociedad. A ello asocia Fromm su continua intolerancia y un eventual estancamiento incluso en su propio campo: la comprensión del inconsciente individual. Así, el psicoanálisis se convierte en una satisfacción sustitutiva del arraigado deseo humano de hallar un sentido a la vida, de estar en auténtico contacto con la realidad y conseguir conectar con los demás:
Aquí, en el movimiento, encuentran todo: un dogma, un rito, un líder, una jerarquía, el sentimiento de posesión de la verdad, de ser superior a los no iniciados‑, pero sin gran esfuerzo, sin una profunda comprensión de los problemas de la existencia humana, sin una visión y sin una crítica de su propia sociedad y sus efectos perjudiciales sobre el hombre, sin tener que cambiar su propio carácter en aquellos aspectos importantes, es decir, desembarazarse de la codicia, la ira y el egoísmo; básicamente sin ni siquiera escapar del aislamiento.
Todos intentan, a veces con éxito, librarse de ciertas fijaciones libidinosas y su transferencia. Aunque quizás sea importante para el alivio de la ansiedad individual, no es suficiente para lograr ese cambio de carácter necesario para estar completamente en contacto con la realidad.

Y de este modo, a partir de una idea audaz y valiente, el psicoanálisis se convierte en una alternativa segura de los miembros atemorizados y aislados de las clases media y superior que no encuentran refugio en los más convencionales movimientos religiosos y sociales de su época.
De este libro, Freud emerge no como el héroe, sino como uno de los más grandes hombres de este siglo, y el último que ha alterado radicalmente el pen­samiento humano sobre el hombre y la realidad. De la crítica de Fromm del mo­vimiento psicoanalítico se deduce que la ciencia del psicoanálisis, en su crecién­te aplicación a los asuntos humanos ‑al margen de sus sagradas tradiciones como «movimiento»‑, puede aún ofrecer una de las grandes esperanzas para el futuro de la humanidad.



[1] En este ensayo se combinan dos análisis sobre la biografía de Freud escrita por Jones, uno que apareció en The American Journal of Sociology de enero de 1957 y otro que apareció en The New Leader M 19 de mayo de 1958, con algunos comentarios adicionales. Estas críticas de la biografía de Jones sobre Freud, como hombre, y de su exposición de la obra de Freud me parecieron merecedoras de una reedición, pues estos tres volúmenes todavía se consideran la obra más autorizada sobre la vida y los escritos de Freud.

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