domingo, 23 de enero de 2011

EL PESO DE UNA VIDA Bruno Bettelheim: Los amores de C. Jung y Spielrein, la controversia de Freud


Ensayo de bruno Bettelheim (edic._1983)
“Scandal in the Family”
Escrito en: “The new York Review of Books”
Sobre la relacion amororsa de Yung con Spielren y su controversia con Freud.

Una secreta asimetria
Freud/Jung/Spielrein

En los últimos meses de 1977, Aldo Carotenuto, un psicoanalista jungiano que imparte teoría de la personalidad en la Universidad de Roma, se con­virtió por pura casualidad en el receptor de una colección de documentos perdidos, o durante mucho tiempo olvidados. Se habían conservado, también por pura casualidad, en el sótano de un edificio, antaño cuartel general del Instituto de Psicología de Ginebra. Los documentos habían pertenecido a la doctora Sa­bina Spielrein, una de las psicoanalistas pioneras que vivieron y trabajaron en Ginebra a principios de los años veinte. Allí durante unos meses analizó, entre otros, a Piaget.
En 1923 Spielrein decidió regresar a su Rusia natal, momento en que probablemente olvidó estos documentos.
Carotenuto reconoció de inmediato la importancia de esa recién descubierta colección de documentos que contenía veinte cartas de Freud y muchas más de Jung. Pero la mayor importancia de estas cartas en relación a la persona a la que iban dirigidas, la propia doctora Spielrein, no fue perceptible de inmediato. En realidad, estas cartas, publicadas bajo el título A Secret Symmetry (Pantheon, Nueva York, 1982), demuestran el impacto singular de Sabina Spielrein en la vida de Jung y en la evolución de su pensamiento, su participación en el desarrollo del psicoanálisis jungiano y freudiano, y su responsabilidad en el establecimiento de relaciones entre Jung y Freud y posteriormente en su distanciamiento. Estas relaciones no se deducen tanto de las cartas de Freud y Jung a Spielrein, como de los borradores y copias de las cartas de Spielrein a Freud y Jung, y además del diario de Spielrein, fragmentario pero muy revelador. Esta combinación dilucida imuportantes aspectos de la correspondencia entre Freud y Jung.
Sabina Spielrein nació en Rostov del Don en 1885, primogénita de padres Judios, inleligentes, bien educados y ricos. Su abuelo y su bisabuelo fueron rabi­nos muy respetados. Cuando era adolescente, Spielrein sufrió lo que se describe como un trastorno esquizofrénico o una grave histeria con rasgos esquizoides.
En agosto de 1904, sus padres muy preocupados la llevaron a Zurich para que fuera tratada en el mundialmente famoso hospital mental Burghblzli. Desde 1900 Jung estaba en contacto con este hospital y en 1905 se convirtió en médico del mismo. Spielrein fue probablemente la primera paciente, o al menos una de las primeras, a quien Jung intentó tratar psicoanalíticamente. Antes se había concentrado sobre todo en estudiar las asociaciones de los pacientes y lo que estas revelaban de su vida interior, estudios en los que también participaba Spielrein.

No sabemos cuánto tiempo pasó Spielrein como paciente, pero en abril de 1905 ingresó en la Universidad de Zurich para estudiar medicina. Entonces, o poco después, ya estaba lo bastante bien como para dejar el hospital, continuando su tratamiento con Jung como paciente externo. Se doctoró en 1911 con una tesis titulada «El contenido psicológico de un caso de esquizofrenia». La antigua paciente esquizofrénica se había convertido en un estudiante de la esquizofrenia, una doctora que curaba trastornos mentales, una pensadora original cuyas ideas serían más tarde de gran importancia en el método freudiano.

Carotenuto tituló su libro (originalmente publicado en Italia) Una secreta simetría. El libro revela más que una simetría y, en mi opinión, una asimetría mucho más importante.
El título del original italiano, Diario di una segreta simmetria, deja claro que la simetría a la que el título se refiere es la existente entre el desarrollo de Spielrein y el de Jung, pues es la que se revela al leer el contenido del diario de Spielrein.
Queda claro que Spielrein, a través de su relación con Jung, ejerció una influencia decisiva sobre él y sobre la formación de su método. Por su parte, Jung tuvo un gran impacto sobre ella.
Esto sería lo natural, pues como terapeuta le había ayudado a superar su grave trastorno mental, pero se convirtieron en amantes mientras él todavía era su terapeuta.
Spielrein amaba profundamente a Jung.
Él fue su primer amor, pero también lo amaba como su salvador de la locura y además como el brillante profesor que la introdujo en el estudio de la psicopatología, que se convirtió en su vocación.
Nunca perdió del todo su afecto por Jung, ni después de que él traicionara su amor, ni más tarde cuando ella se casó con otro hombre y tuvo un hijo con él. No obstante, con el tiempo sus sentimientos hacia Jung se hicieron muy ambivalentes, como es comprensible, pues la persona a quien amaba apasionadamente la trataba no sólo con rudeza, sino, como ella describe con mucho acierto, como un canalla. Insistiremos más adelante sobre esto.

Para mí no son las simetrías las que se manifiestan al leer estos documentos y la discusión de Carotenuto sobre ellos que posee el máximo interés, sino una asimetría que se formó a medida que Spielrein se aproximaba profesionalmente a Freud, mientras que Jung se desplazaba cada vez más hacia su ruptura con Freud y su forma de psicoanálisis.
 El libro demuestra la importantísima influencia de Spielrein sobre las concepciones de Jung, lo cual en mi opinión proporciona al libro una gran importancia humana y, en lo que al desarrollo del psicoanálisis se refiere, una importancia histórica única.

Tanto la significacion humana como histórica de estos documentos sería de mucho mayor valor si se nos hubiera permitido leer las cartas que Jung escribió a Spicirein, de las que se nos dice que se conservan cuarenta y seis. Mientras que los herederos de Freud dieron su permiso para publicar las cartas que escribió a Spielrein, los herederos de Jung, no. En consecuencia, tenemos sólo unos pocos, breves y cuidadosamente filtrados, aunque sin embargo tentadores pasajes de las cartas de Jung, citados por Carotenuto. Suscitan mucha más curiosidad de la que satisfacen.

No es difícil adivinar por qué los herederos de Jung no desearon que el público sepa por sus propias palabras los detalles de su relación y su comportaimento con Spielrein, pero en este respecto la pérdida no es demasiado grande.
Su diario, sus cartas a Jung y a Freud, y las ya publicadas entre Freud y Jung, permiten hacernos una composición bastante clara de la relación amorosa y de lo que Carotenuto acertadamente denomina la traición de Jung a su amante.

Sin embargo, la censura de las cartas de Jung nos impide apreciar hasta qué punto y en qué aspectos las ideas y las formulaciones teóricas que consideramos lo base del sistema de Jung pertenecen en realidad, por entero o en parte, a Spiclrein. Su relación con Spielrein sugiere que la influencia sobre él fue muy profunda. No sólo hizo de musa mientras constituía su sistema, sino también de colaboradora en muchos aspectos y, en definitiva, de ayudante en su desarrollo intelectual durante los años en que elaboró algunas de sus teorías básicas. Sin las cartas de Jung, u otra información pertinente, no se puede decir nada más sin niguna certeza.

El material del que disponemos no deja duda de que Jung descubrió su anima  en Sabina Spielrein, y al hacerlo construyó su idea sobre el importante contenido que el anima del hombre ejerce en su vida. Por tanto, Sabina Spielrein es la persona que sirvió de inspiración al concepto de anima, si no su creadora. Es lo que nos enseña este libro. También pone de relieve la gran contribución de Spielrein al sistema freudiano maduro. Pocos años antes de que Freud incorporara el concepto del impulso de muerte a su sistema y le asignara una función vital, Spieirein escribió y publicó en el Jarhbuchfür Psychoanalyse undPsys loipl?titli<plogische Forschung de 1912 su ensayo básico sobre la destrucción como generadora de creación.
En él presentaba por primera vez dentro del marco del psicoanálisis sus ideas sobre el impulso de destrucción o de muerte, y su intrincada y compleja relación con la pulsión sexual. Un año antes había presentado las ideas que constituían la esencia de este ensayo ante Freud y el grupo pisicoanalítico vienés.

Dada la elevada inteligencia de Spielrein, la originalidad de su pensamiento y una extraordinaria intuición psicológica, que le permitieron contribuir de modo tan importante a la concepción freudiana en un momento en que su sistema estaba en muchos aspectos plenamente desarrollado, parece razonable suponer que contribuyó decisivamente al sistema de Jung en sus inicios, cuando trabajaban en estrecha colaboración. De hecho, los documentos recién descubierlos que presenta este libro sugieren que posiblemente todos los conceptos centrales de Jung deban su origen directa o indirectamente a Spielrein, por perturbadora que esta idea sea para los jungianos.

Por ejemplo, parece bastante probable que no sólo el concepto de anima, sino también el de sombra procediera directamente de Spielrein o se desarrollara en tomo a su relación con Jung.
En una carta a Freud en la que Jung calumnia a Spielrein en un intento por excusar su comportamiento hacia ella, Jung dice que gracias a lo sucedido, comprende que tenía «una idea totalmente inadecuada de mis componentes polígamos» y que, debido a lo que ha aprendido, ahora sabe «dónde y cómo coger al diablo por los cuernos». Aquí, al hablar del demonio que lleva dentro, emplea otra palabra para el concepto de sombra. No podemos saber lo que dijo a Spielrein sobre estas mismas cuestiones, o lo que ella le dijo a él, pero suponemos que se expresaban entre sí con mucha más libertad que con la que Jung se expresaba ante Freud sobre estos asuntos.

No se sabe quién de los dos, Jung o Spielrein, habló primero sobre el demonio que obraba en ellos, o de la sombra.
Aunque se esfuerza por dar la impresión de que todos los conceptos básicos de la psicología jungiana son creación de Jung, a partir de su estudio de las cartas de Jung a Spielrein a las que no tenemos acceso, Carotenuto casi se atreve a insinuar que muchos de los conceptos de Jung se deben directa o indirectamente a Spielrein.
Carotenuto escribe: «Resulta fácil imaginar que de una manera curiosa las hipótesis de persona, sombra y anima representan la destilación de estas antiguas experiencias», refiriéndose a las experiencias de Jung en su relación con Spielrein.
Y prosigue: «Cualquier lectura atenta de la descripción fenomenológica del anima y la sombra nos remite de inmediato a estos primeros años» de la relación con Spielrein.
Finalmente, cita una de las últimas cartas conocidas de Jung a Spielrein, que data de septiembre de 1919:
«El amor de S. por J. hizo a este último consciente de algo que antes sólo sospechaba vagamente, es decir, el poder del inconsciente que modela nuestro destino, un poder que más tarde le conduciría hasta cosas de la mayor importancia».
 Así, fueran cuales fuesen las contribuciones específicas de Spielrein al sistema jungiano, Jung asegura, y Carotenuto coincide en esta opinión, que el propio sistema se originó a partir de su relación amorosa.

La importancia de estas citas, demasiado breves, de las cartas de Jung nos hace agudamente conscientes de todo lo que se ha eludido. Al mismo tiempo, y por deducción, la negativa de los herederos de Jung a permitir la publicación de sus cartas a Spielrein, presenta un incómodo problema con respecto a la publicación del diario de Spielrein y sus cartas. Según testimonios, parece ser que Spielrein trabajó en Rusia como psicoanalista hasta 1936, fecha en la que allí se prohibió el psicoanálisis.
Posiblemente muriera en 1936 o 1937 durante las purgas estalinistas. Pero tenía una hija y también tres hermanos más jóvenes, de modo que es muy posible que algunos de sus herederos estén aún vivos, en concreto sabemos que al menos uno de sus hermanos vivía fuera de Rusia. Nada de lo que se nos dice en este libro sugiere que se haya hecho ningún esfuerzo para encontrar a sus herederos y obtener su permiso para publicar las carlas y el diario de Spielrein.
Aunque me alegro de poder leer y reflexionar sobre las revelaciones de las cartas y el diario, me sorprende que un psicoanalista jungiano, el profesor Carotenuto, sea tan respetuoso con la sensibilidad de los herederos de Jung y no demuestre el mismo respeto hacia la sensibilidad de los herederos de Spieirein.
Parece injusto, por no decir otra cosa, que las reglas de lo confidencial se apliquen aquí de diferente manera, especialmente cuando, en principio, el famoso psicoanalista, como terapeuta, tiene menos derecho a la privacidad que su paciente.

Y ¿qué sucede con su relación amorosa, uno de los puntos que probablemente persuadieron a los herederos de Jung a negarse a la publicación de sus cartas a Spielrein?

Carotenuto se esfuerza en convencer al lector de que la relación de amor de Jung con Spielrein fue platónica; sin embargo, los documentos sugieren firmemente que no fue así.
Un psicoanalista no debería tener relaciones sexuales con sus pacientes.
Por desgracia, sucede de vez en cuando, con resultados bastante perniciosos tanto para el paciente como para el terapeuta, y volverá a suceder en el futuro.
Unos setenta años más tarde, tiene hasta cierto punto poco interés saber si el gran amor de Jung y Spielrein se consumó sexualmente. Resulta más importante saber si el analista se comportó hacia su paciente y amante con respeto y decencia, o si sólo le interesaba su reputación pública y no la vulnerabilidad psicológica de su paciente, quien, debido a la relación paciente‑terapeuta, se hallaba indefensa ante él. Sobre estas cuestiones, los testimonios demuestran con claridad que Jung se comportó con Spielrein de una manera escandalosa.

En cuanto a si la relación fue platónica o existieron relaciones sexuales, en septiembre de 19 10, Spielrein hacía la siguiente confidencia a su diario:

Y aunque su esposa(de Jung), quien, como aclara su diario [Jung había dado a leer su diario a Spielrein, diciéndole que nadie excepto su esposa y ella lo habían leído], dudó algún tiempo antes de casarse con él .... está protegida por la ley y es respetada por todos, en cambio a mí, que deseaba darle a él todo lo que poseo, sin pensar lo más mínimo en mí misma, se me llama inmoral en el lenguaje de la sociedad: amante, ¡quizás maitresse!
 Con su esposa puede aparecer en público en cualquier parte, y yo debo esconderme furtivamente en esquinas oscuras. No desearía que nuestro amor fuera proclamado a bombo y platillo por las calles, en parte por consideración a su esposa, en parte para no mancillar su carácter sagrado. Pero, aun así, me duele que debamos ocultar nuestros sentimientos. Es cierto que él deseaba presentarme en su hogar, convertinne en amiga de su esposa, pero es comprensible que su esposa no quisiera saber nada de este asunto ...

En la misma fecha recuerda «aquellos momentos únicos cuando descansaba en sus brazos y era capaz de olvidarme de todo». En octubre de 1910 escribe sobre ella y Jung:

«En el momento en que comenzó nuestra poesía, él tenía dos niñas ... ». «Poesía» es la palabra que emplea para referirse a algo de su relación que no deseaba mencionar abiertamente; el contexto en el que emplea esta palabra deja claro que se refiere a algo de lo más íntimo, muy parecido a una relación sexual. (Sin apenas darse cuenta, Carotenuto lo sugiere en una nota explicatoria de la palabra «poesía», en la que dice: «por "poesía" debemos entender un sig­nificado metafórico sólo conocido por Jung y Sabina. En Proust se encuentra una analogía literaria. Swann y Odette empleaban la metáfora Jaire cattleya para expresar el acto físico de la posesión».
Si Carotenuto no creía que la metá­fora «poesía» significase posesión sexual, ¿por qué eligió este ejemplo para ex­plicar el uso de las metáforas?

A propósito, Carotenuto suele hablar de Spielrein como Sabina, pero nunca de Jung como Carl, falta de imparcialidad que no sólo es injusta e irritante, sino que nos permite dudar de que su exposición trate a es­tas dos personas con equidad.)

Una lectura objetiva del material no permite más conclusión que la relación de Spielrein y Jung era de naturaleza amorosa e íntima, aunque la insistencia de Carotenuto en su platonismo nos revela su indignación.
No obstante, la cuestión del límite de su amor pierde significado si consideramos la mezquina reacción de Jung cuando fue conocido su amor.
La correspondencia entre Jung y Freud, a la luz de la cual descubrimos a partir de este nuevo material la singular importancia que su relación con Spielrein tenía para Jung, sugiere con claridad que fue probablemente dicha relación el principal motivo que indujo a Jung a ponerse en contacto con Freud, pues fue el primer pro­blema importante que le presentó a Freud, declarando explícitamente que sentía necesidad de liberarse de él, y por tanto se veía incapaz de lograrlo solo.

Según las cartas entre Jung y Freud, su correspondencia comenzó cuando Jung, entonces un completo extraño para Freud, envió a éste una copia de sus estudios sobre las asociaciones de palabras. La importancia de las asociaciones al nombre de «Spielrein» revela la magnitud de este hecho. La primera carta en­tre Jung y Freud es una nota en la que Freud agradece a Jung el envío de ese li­bro. Freud le corresponde remitiéndole a Jung una colección de sus ensayos bre­ves, que Jung a su vez agradece. Hasta el momento el intercambio de correspon­dencia es educado y se cruza de un modo profesional, aunque cordial. Muy al contrario que la segunda carta de Jung a Freud, con fecha de 23 de octubre de 1906, en la que de improviso Jung introduce un asunto de profundo interés per­sonal. En ella escribe:

Debo librarme de mi experiencia más reciente. En la actualidad estoy tratando a una histérica con su método. Un caso difícil, una estudiante rusa de veinte años, que lleva seis años enferma.
El primer trauma ocurrió entre los tres y los cuatro años. Vio a su padre azo­tando a su hermano mayor en el trasero desnudo. Una fuerte impresión. Desde en­tonces no podía evitar pensar que ella había defecado en la mano de su padre. Desde los cuatro a los siete años, intentos convulsivos de defecar en sus propios pies de la siguiente manera: se sentaba en el suelo con un pie debajo de ella, pre­sionaba el talón contra su ano e intentaba defecar y el mismo intentando evitar la de­fecación. De este modo contenía la evacuación durante dos semanas.

No tiene ni idea de cómo llegó a este peculiar acto. Dice que fue completamente instintivo e iba acompañado de sentimientos de éxtasis y temblor. Más tarde este fenómeno fue sustituido por una enérgica masturbación. Le estaría enormemente agradecido si me dijese en pocas palabras qué piensa de esta historia.

Termina con esta carta. Así, el interés de Jung por Spielrein es el tema que permite aproximarse a Freud por primera vez de una manera más personal.
No es extraordinario que Jung solicitase a Freud su opinión sobre el primer caso que trataba según el método de este último y, en general, tampoco es de ex­trañar que no mencione el nombre de la paciente, aunque los nombres de los pa­cienles se mencionan libremente en las siguientes cartas.
Pero, en el caso de Spielrein, la omisión del nombre por parte de Jung encierra ciertos problemas particulares que pueden ser muy reveladores.
Además de esta omisión, al menos otros dos aspectos de la carta merecen es­pecial atención: la alusión de Jung a que necesita liberarse de una experiencia mas reciente y su fracaso en el intento. En el momento en que Jung escribió esta carta, hacía dos años que conocía a Spielrein, de modo que la naturaleza de su historia pasada (que él describe) no podía ser el motivo de esta necesidad de liberación, pues difícilmente constituye una experiencia reciente. Por lo que sa­bemos sobre la relación íntima, probablemente sexual, de Jung y Spielrein, es razonable suponer que llegó a su culminación física justo en el momento en que Jung quiso establecer contacto con Freud iniciando un intercambio de corres­pondencia, que coincide con la «experiencia reciente» de la que Jung trata de li­brarse.
Como esta experiencia sucedió durante el primer intento de Jung, o uno de los primeros, de aplicar el método de Freud en el tratamiento de un paciente, es comprensible que Jung pidiera ayuda a Freud en lo que consideraba una situación de las más difíciles. Alude a ello describiéndola como un caso difícil, mintiendo en realidad, comparado con la mayoría de los pacientes tratados en el hospital Burghólzli, su caso era relativamente benigno, pues no sólo podía vivir sola en la ciudad, sino, lo que es mucho más importante a este respecto, también cursar con éxito estudios de medicina. Esto es algo que Jung no menciona en su carta a Freud, aunque daría un tono muy diferente al caso de Spielrein. Por tan­lo, se trataba de un caso de la máxima dificultad debido a la relación erótica entre Jung y ella.
Apesar de su declarada necesidad de liberarse, Jung fracasó en el intento, tampoco en esta carta habló de la naturaleza de su relación con Spielrein.
De modo que, desde el mismo inicio de su relación con Freud, Jung no pudo admi­tir la iniportancia del sexo en las relaciones humanas y en la neurosis.
Por eso es  que Spielrein juega un papel tan importante en la relación Freud‑Jung: la relación de Jung obligó a éste por primera vez a pedir ayuda a Freud, y la inca­liacidad de.Jung para admitir abiertamente que existía un interés sexual que exi­gín la liberación, presagia la ruptura definitiva con Freud.
Como suele ocurrir en relaciones psicológicas tan complejas, el final se adivinaba desde el principio.           

Jung, cuyo primitivo interés habían sido las asociaciones de palabras, debió percatarse de que estaba ocultando a Freud información extraordinariamente pertinente sobre el caso que describía, al no revelar el nombre de Spielrein, que es importante en un caso en el que los síntomas centrales son ideas sobre defecar encima de su padre, ensuciándose ella y evitando hacerlo al mismo tiempo.

Los apellidos ‑en concreto sus apellidos‑ tienen un significado especial para los niños pequeños. Un apellido es una base importante para el desarrollo de la personalidad y un vínculo evidente con la propia familia. Pero si le concedemos tal interpretación, también se considera un mensaje especial del destino al niño. El apellido alemán «Spielrein» consiste en una combinación de dos palabras muy comunes, spiel y rein. La primera puede ser un nombre que significa Juego o el imperativo del verbo que significa 'juega'. La segunda es un adjetivo o un adverbio, que significa 'limpio'. En su combinación las dos palabras forman una advertencia, sobre todo para un niño, de que juegue limpio. Aunque la familia Spielrein vivía en Rusia, al ser judíos y bien educados ciertamente estaban familiarizados con el significado alemán de su apellido, pues muchas familias están interesadas en el significado de sus apellidos. Además, los Spielrein llevaron a su hija a la Suiza alemana para recibir tratamiento y su facilidad de comunicación con Jung en alemán indica que hablaba este idioma con fluidez. Cuesta creer que Jung, dado su interés en esa época por el estudio de las asociaciones de palabras, no fuera consciente de lo que debía significar para una muchachita llevar un apellido que le ordenaba jugar limpio, cuando durante muchos años su síntoma más importante, que incidió crucialmente en su vida infantil normal, era una preocupante ambivalencia sobre jugar limpio o ser limpia, ambivalencia que se expresaba en el intento de defecar sobre si misma y a la vez intentar evitar la defecación.
Cabe destacar que en la época en que Sabina Spielrein era una niña los asuntos sexuales nunca se mencionaban a los niños, sobre todo entre unas personas de clase media decente como eran sus padres, sino que se empleaba cierta eufemización. En ese tiempo cuando un niño se tocaba sexualmente, como hacen muchos niños, la advertencia típica era «no hagas cosas sucias», insinuando con claridad que el niño no era limpio. Por esta razón, llevar el apellido Spielrein, que invitaba a jugar limpio, debió de ser una carga particularmente difícil de llevar para una niña tan extremadamente inteligente y sensible como era Sabina Spielrein, por lo que sabemos de ella. Esta advertencia era tan popular en el modo de hablar a los niños en los países de habla germánica que es probable que también se emplease durante la educación de Jung, dado que su padre era un estricto clérigo rural.
De ser así, cada vez que empleaba el apellido de Spielrein o pensaba en él, Jung, al notar que ya estaba, o estaba a punto de «jugar sucio» con Spielrein, se acordaba de no jugar o hacer cosas sucias, como le sucedía le apellido.
 Luego esta podía ser la principal razón de su negligencia a decir a Freud su nombre.

No sabemos con exactilud en qué momento Jung y Spiclrein fueron cons­cientes del profundo amor que sentían el uno por el otro, ni cuándo lo expresaron abiertamente, ni en qué forma. A partir de las cartas de Jung, Carotenuto deduce que a principios de 1908 sabía lo enamorado que estaba de Spielrein, pero como, según Carotenuto, las cartas existentes de Jung a Spielrein empiezan a partir de entonces, no disponemos de información sobre los sentimientos de Jung hacia Spielrein en 1906, cuando escribió la segunda carta a Freud en la que expresaba esta necesidad de liberarse respecto a ella. Pero aun cuando en aquella época Jung no tuviera relaciones sexuales con Spielrein, hacía dos años que la conocía íntimamente, la había tratado y también invitado a participar en sus experimentos. ¿No es lógico suponer que de modo subconsciente, Jung conociera la profundidad y la naturaleza potencialmente sexual de su relación con ello.
 Aproximadamente un año más tarde Jung, sin nombrarla, escribe a Freud que el mayor deseo de una de sus pacientes es tener un hijo con él.
                        Como terapeuta, hombre casado y padre, la relación sexual de Jung con Spielrein habría sido ilícita en diversos aspectos, y tales situaciones evocan con naturalidad en el ,inconsciente las prohibiciones de nuestra niñez.

Jung no identifica a este paciente con el caso «difícil» sobre el que ya le habia escrito y de nuevo oculta un importante detalle: el nombre propuesto para el niño tan deseado. Sin embargo, por el diario de Spielrein conocemos su vehemente deseo de tener un hijo de Jung y llamarle Siegfried y su idea de que ese niño haría de puente entre su judaísmo y el arianismo de Jung.
En una carta más tardia a Jung asocia esta idea directamente con la relación entre Jung y Freud: por. ejeniplo, mi problema Siegfried generaría un hijo de verdad y un hijo simbolico ario‑semita: por ejemplo, un hijo que resultara de la unión de tus teorias y las de Freud».
En la mente de Spielrein su relación con Jung era paralela a la de ‑Jung con Freud, y escribe sobre ello de un modo que sugiere la familiaridad de Jung con estas ideas.

Desconocernos la reacción de Jung ante el deseo de Spielrein de tener un hijo con él y llamarle Siegfried, y su idea de que este hijo simbolizara la unión entre sus ideas y las de Freud. Pero tanto Spielrein como Jung estaban intensamente cautivados por Wagner y discutían con frecuencia el importante significado que su obra tenía para ellos; así pues, no podían ignorar que en el ciclo del ----------- Siegfried es hijo de Siegmund, cuyo nombre es una variante del nombre propio de Freud, Sigmund.
Spielrein deseaba un hijo cuyo padre físico fuera Jung, pero cuyo nombre simbolizase que su padre espiritual era Freud.
Esta idea era muy grata para Spielrein, pero probablemente muy molesta para Jung, razón suficiente para que no revelase a Freud que la paciente que deseaba tener un hijo suyo era judía, y que ella planeaba dar a este hijo el nombre de Siegfried.
Existen otras poderosas razones de por qué ese gran deseo de Spielrein de tener dicho hijo suscitó fuertes sentimientos negativos, o, como mínimo, ambivalentes en Jung.
Era consciente de que era valioso para Freud su relacion con Jung para conseguir, a través de su persona y su influencia, la aceptación «Judío» de Freud en el mundo ario.
Freud no ocultaba estas ex­pectativas, las expresó en diversas conversaciones con sus amigos.

Por tanto, era comprensible, y probablemente predecible, que, como respuesta contra semejante utilización, Jung desarrollara a su vez su propio psicoanálisis no judío y más tarde adoptase algunas de las ideas de Hitler.

Pero la actitud de Jung hacia el judaísmo era muy complicada, porque también le fascinaba, sobre todo en las mujeres. Poco después, Spielrein lo explicaba en una de sus cartas a Freud, transmitiéndole información que Jung le había dado cuando su relación era más íntima.
Jung le contó que su prima Helene Preiswick, con la que había llevado a cabo algunos de sus primeros experimentos psicológicos (que se describen con detalle en su disertación, donde se refiere a ella como S.W.) y de quien él parecía estar muy enamorado, aunque es posible que no fuera plenamente consciente de ello, pretendía ser judía. Jung asocia su fascinación por esta muchacha que pretendía ser judía a su relación con Spielrein en una carta a Freud en la que menciona por primera vez el nombre de Spielrein. En ella escribe: «entonces los judíos adoptaron otra forma, en la figura de mi paciente», refiriéndose a Spielrein.

En algún momento anterior a marzo de 1909, la relación de amor entre Jung y Spielrein se dio a conocer, probablemente por su esposa. Alguien, con toda probabilidad ella, escribió a la madre de Sabina Spielrein una carta anónima, advirtiéndola de que esta relación podía perjudicar a su hija, y pidiéndole que le pusiera fin.
Todo esto lo sabemos por el diario de Spielrein y sus cartas a Freud. Pero, antes de que Freud supiera nada de Spiclrein, o que la persona implicada era la paciente sobre quien Jung le había escrito dos veces, Jung escribió a Freud el 7 de marzo de 1909 que «una paciente, a quien años atrás curé de una neurosis muy difícil con denodado esfuerzo, ha violado mi confianza y mi amistad del modo más denigrante que se pueda imaginar. Ha promovido un vil escándalo sólo porque me negué el placer de darle un hijo».
Aunque no fue Sabina Spielrein la que desató el escándalo, sino la persona que escribió a su madre, como Jung se vio obligado a admitir ante Freud unos meses más tarde, porque para entonces Spielrein ya le había informado de los verdaderos sucesos.
            Por desgracia, las palabras que describen la naturaleza de la relación de Jung con esta paciente han sido mal traducidas, lo que es particularmente lamentable, porque Carotenuto emplea «denodado esfuerzo» como título del capítulo que trata sobre estos asuntos. En realidad Jung escribió «eine Patientin, die ich vor Jaliren mit grósster Hingabe aus schwertser Neurose herausgerissen habe ... ».
Las palabras alemanas mit grósster Hingabe se traducen incorrectamente por «con denodado esfuerzo». Aunque no sería incorrecto traducir «con denodado afecto» o «con el mayor afecto», no se aproximaría tanto al alemán como deberia, pues no ofrece el sentido completo de la palabra Hingabe, que significa «en­ trega». Hingabe se utiliza con más frecuencia en el sentido de entrega sexual.
            De modo que las palabras que abiertamente sólo aseguran el extremado afécto con el que se había dedicado al tratamiento de su paciente.
Sugieren solapadamente o aluden a la naturaleza sexual de su relación con esta paciente.
            No se puede culpar a Carotenuto de esta interpretación equivocada puesto que es italiano, ni tampoco por no reconocer el significado psicológico del apellido Spielrein. «Denodado esfuerzo» se emplea también en la traducción oficial inglesa de The JunglFreud Letters. * Pero, como mínimo, en el texto del capítulo «Denodado esfuerzo» se indica entre paréntesis que «Jung habla de "denodado esfuerzo" [grósster Hingabe, literalmente "el mayor afecto"J».
 Así tanto Carotenuto como quienes tradujeron este libro al inglés fueron conscienles de que «denodado esfuerzo» distorsiona el significado de las palabras que Jung emplea en esa carta. La traducción «el mayor afecto» elude las connotaciones sexuales de la palabra empleada por Jung, pero al menos está mucho más cerca del original alemán que «esfuerzo», que sería la traducción correcta si Jung hubiera hablado de tratar a su paciente con grósster Anstrengung, una expresión que indica un proceso deliberado y consciente, mientras que Ilingabe denota una profunda relación sentimental y sugiere su naturaleza sexual.
Es interesante señalar que Freud no reaccionó ante la declaración de Jung de negarse el placer de una relación sexual, tras describir, pocas frases antes, su actitud hacia la misma paciente como de la mayor entrega. La terminología de Jung debió de ser lo suficiente reveladora como para permitir a Freud adivinar la verdadera naturaleza de la relación de Jung con esta paciente, dado que, como señala en su contestación a la carta de Jung, Muthman, un psiquiatra suizo, había hablado a Freud sobre «una dama que se presentó como su [por Jung] amante». Es probable que Freud deseara hacer la vista gorda ante algo que podía poner en peligro su relación con Jung.

Profundamente herida por el comportamiento de Jung, Sabina Spielrein escribió a Freud solicitándole una entrevista. Al principio Freud se negó, para evitar cualquier posible interferencia en su relación con Jung, que, por las razones ya aludidas, era tan importante para él.
Así que Freud tampoco fue honesto en su trato con Spielrein, sino que se confabuló con los deseos de Jung.
En su carta a Jung del 7 de junio de 1909, Freud escribió: «Entiendo a la perfección su telegrama y desconocemos su contenido, pero en él Jung debió de informar a Freud de algunos aspectos de su relación con Spielrein, porque Freud le había escrito pidiendo información después de recibir la carta de Spielrein y no sabía cómo reaccionar; su explicación confirma mis sospechas. Bien, tras recibir su telegrama escribí a la señorita Spielrein una carta en la que simulaba ignorancia, pidiendiendo que su sugerencia era la de un seguidor apasionado ... ».

Pero Spielrein no se dio por vencida. Como Freud no le permitió explicarle su caso en persona, Spielrein le escribió el 11 de junio de 1909:

Hace cuatro años el Dr. Jung era mi médico, luego se convirtió en mi amigo y por último en mi «poeta», es decir, mi amado. Con el tiempo llegó hasta mí y sucedió lo que suele pasar con la «poesía». Él predicaba la poligamia, se suponía que su esposa no tenía ninguna objeción, etc., etc. Ahora mi madre ha recibido una carta anónima que no se anda con rodeos, diciendo que debería rescatar a su hija, pues de otro modo el Dr. Jung la destruiría. Ninguno de mis amigos pudo escribir la carta, pues he guardado un mutismo absoluto y siempre he vivido apartada del resto de los estudiantes. Existen motivos para sospechar de su esposa. Resumiendo, mi madre le escibió una carta comnovedora, diciéndole que había salvado a su hija y no debía perjudicarla ahora, y le suplicaba que no traspasara los límites de la amistad.

Esta fue la réplica de Jung a la madre de Spielrein:

Pasé de ser su médico a ser su amigo cuando dejé de apartar mis sentimientos a un segundo plano. Pude olvidar mi cometido como médico con más facilidad porque no me sentía obligado profesionalmente, pues nunca le cobré honorarios. Estos últimos establecen con nitidez los límites impuestos a un médico. Sin duda comprenderá que un hombre y una muchacha no pueden mantener indefinidamente un trato amistoso sin la probabilidad de que surja algo más en su relación. ¿Por qué evitar que los dos afronten las consecuencias de su amor? Por una parte, un doctor y su paciente pueden hablar de los asuntos más íntimos todo el tiempo que deseen, y el paciente espera que su médico le ofrezca todo el amor y el interés que requiere. Pero el médico sabe sus límites y nunca los cruzará, pues le pagan por la molestia. Eso le impone las restricciones necesarias.
Por tanto, sugeriría que si desea que me limite estrictamente al cometido de doctor, me pague unos honorarios como recompensa adecuada por las molestias. De este modo podrá estar absolutamente segura de que respetaré mi deber como doctor en cualquier circunstancia.
Por otra parte, como amigo de su hija, dejaría estos asuntos al destino. Pues nadie puede evitar que dos amigos hagan lo que desean ... Mis honorarios son 10 francos por consulta.
 
La declaración de Jung de que él, un médico, no considera que su cometido de terapeuta frene su comportamiento si no se le paga por sus servicios profesionales es inexcusable.
Carotenuto dice que este pasaje «casi en su totalidad escapa a la propia razón», y lo expresa con delicadeza. (Debe añadirse que según el relato de Spielrein, sus padres creían que a Jung, como empleado del hospital Burghólzli ‑donde su hija había sido su paciente y donde él siguió tralándola después de que ella dejara de vivir allí‑, no se le permitía aceptar pacientes privados y por tanto le habían hecho regalos todo el tiempo en lugar de pagarle dinero.)

Aunque Freud conocía por una carta de Spielrein la imposible situación a la que se había visto abocada por el comportamiento de Jung, se negó a recibirla y continuó disimulando ante ella, suponemos que para no permitir que nada interfiriera en su relación con Jung.
Lo sabemos por la carta que Freud escrihió a Jung el 18 de junio:

«Mi respuesta [ala segunda carta de Spielrein] fue todavía más astuta y tajante; hice como si las pistas más insignificantes me permitieran, como a Sherlock Holmes, adivinar la situación (que por supuesto no era demasiado difícil después de los mensajes de usted) y sugerí un procedimiento más adecuado, algo endopsíquico, por decirlo así».

En su carta del 21 de junio de 1909, Jung admite por fin haber obrado mal con Spielrein.
En ella deplora «los pecados que he cometido, pues tengo mucha culpa de las falsas esperanzas de mi antigua paciente», y confiesa,:

 «me engañé a mi mismo creyéndome víctima de los ardides sexuales de mi paciente, escribí a su madre que no era yo quien satisfacía los deseos sexuales de su hija ... Dado que hacía poco que la paciente había sido mi amiga y disfrutado de mi total confianza, mi acción fue una vileza que con mucha reticencia le confieso a usted como a un padre. Ahora me gustaría pedirle un gran favor: hágame el favor de escribirle una nota a la señorita Spielrein, diciéndole que le he informado del asunto, y sobre todo de la carta a sus padres, que es de lo que más me arrepiento. Me gustaría dar a mi paciente al menos esta satisfacción: que usted y ell conozcan mi "perfecta honestidad"».

En el mismo párrafo Jung se refiere a Spielrein como su antigua y su actual paciente. Es decir, cuando habla de su relación de amor le llama su antigua paciente, pero cuando le pide a Freud que le escriba y la convenza de su honestithid le llama simplemente su paciente, de modo que Freud, para no interferir en la relación paciente‑terapeuta, debería abstenerse de cualquier otra comunicación con Spielrein.
 Al mismo tiempo, Jung intentaba evitar que Spielrein se reuniera con Freud, con la excusa de que no había motivo para hacerlo, pues Jung ya se lo había contado todo a Freud.
De este modo evitaba que Freud supiera que había más de lo que Jung había admitido, a pesar de su pretensión de «perder la honestidad», dos palabras que escribió en inglés y puso entre comillas en su carta escrita en alemán. (De este modo, el inconsciente de Jung le hizo revelar la declaración sobre «perfecta honestidad» era un elemento foráneo en la carta.)

La carta de Jung contiene diversas falsedades, algunas por omisión y otras posiblemete voluntarias. Una de ellas es dar la impresión a Freud de que su carta a la madre de Sabina Spielrein fue una acción espontánea por su parte, mientras que la escribió en respuesta a la petición de la madre de Spielrein de que dejara de seducir a su hija.
Ni tampoco reveló que la madre de Spielrein le había escrito tras recibir una carta (que Carotenuto y Sabina Spielrein creen escrita por la mujer de Jung) rogándole que pusiera fin a las relaciones de Jung y su hija. Y por último, Jung no reveló la parte más escandalosa de su carta a los padres de Spielrein, en la que declaraba que una relación sexual con su paciente ,era natural pues no se le pagaba por su tratamiento, mientras que esto no exigia de recibir una retribución.

Aunque en un principio Freud prefirió encubrir a Jung, la traición de Jung a Sabina, que todavía le amaba y no le había dado motivo alguno para volverse contra ella, debió de preocupar a Freud.
En enero de 1913, cuando la ruptura con Jung se hizo inevitable, Freud escribió a Spielrein:
«Desde que recibí su primera carta, mi opinión sobre él [Jung] cambió por com­pleto», pero no indicaba ni cuándo ni en qué grado esta primera carta había con­tribuido a cambiar su opinión.

Debe decirse una cosa en relación a las falsas acusaciones que Jung había hecho contra Spielrein en su carta a Freud de fecha del 7 de marzo de 1909, tras enterarse por la carta de la madre de Spielrein que se había descubierto su rela­ción. Cuando recibió la contestación de Freud que explicaba que Muthinan había conocido a alguien que pretendía ser su amante, Jung comprendió que se estaba fraguando un escándalo.
En el mismo mes en que todo esto sucedía, Jung dimi­tió de su cargo en el Burghblzli, no sabemos por qué, ni exactamente en qué fe­cha. Pero, dado que dimitió en marzo de 1909, es razonable suponer que lo hizo para evitar el escándalo mayor que habría resultado de saberse la declaración de Jung (en su carta a la madre de Spielrein) de que su responsabilidad por tener re­laciones sexuales con una paciente que estaba tratando en el Burghülzli, prime­ro como interna y más tarde en régimen ambulatorio, dependía de si le pagaban o no por sus servicios. Así pues, esta afirmación, dada la estricta moral de los suizos, con toda seguridad habría provocado la perdida del cargo de confianza que desempeñaba en esa famosa institución.
La primera vez que Freud y Jung se vieron después de que Freud tuviera no­ticias de Spielrein fue el 20 de agosto de 1909, el día antes de que zarparan jun­tos para los Estados Unidos.
Ese día durante un refrigerio Freud tuvo uno de los dos desmayos que sufrió en presencia de Jung, los cuales según Freud eran de­bidos a su relación con Jung.
En esta ocasión, Freud dijo que se había desmaya­do como reacción a los deseos de muerte que notó que Jung albergaba contra él.
Es posible que Jung, conscientemente o no, sintiera semejantes deseos de muer­te, pues la postura a la que Freud le había forzado, como su sucesor, heredero y casi primogénito adoptivo, pugnaba contra los deseos de Jung de independencia de la figura del padre. Esto provocó una situación edípica entre ellos, que, según las teorías y convicciones de Freud, conducía a la formación de semejantes deseos.
Por otro lado, las situaciones emocionales edípicas que originan deseos de muerte son tan frecuentes en la vida cotidiana que si la reacción normal fuese desmayarse, la gente se desmayaría a diestro y siniestro.
Parece más probable que un desmayo debido a causas psicológicas sea el resultado de procesos que se desatan en aquel que se desmaya más que en la otra persona, seguramente como consecuencia de los esfuerzos por evitar decir o hacer algo que uno desea, pero se siente obligado a no hacer.
Cuando en noviembre de 1912, durante su encuentro en Munich, en un momento en que su relación se aproximaba a la ruptura, Freud se desmayó por segunda vez en presencia de Jung, Freud explicó que «sentimientos reprimidos ... dirigidos contra Jung ... tuvieron la mayor par­te de culpa» de su desmayo. Por tanto, debemos suponer que la misma constela­ción emocional brillaba también en el primero de los dos famosos desmayos.

En cualquier caso, la explicación que Freud dio sobre su desmayo ocurrido la primera vez que los dos se encontraban después de que se descubriera el asunto Spielrein permite pensar que este hecho debilitó la confianza de Freud en Jung y suscitaba, consciente o inconscientemente, temores a que Jung traiciona­se a su pseudo‑padre, como había traicionado a su amante.
En cualquier caso, J ung relata que en ese mismo viaje, en el barco le repelió la actitud autoritaria de Freud hacia él.
Jung escribe que Freud le contó uno de los sueños que había te­nido y Jung trató de interpretarlo y para ello pidió a Freud que le diera algunos detalles adicionales sobre su vida privada.
«La respuesta de Freud a estas pala­bras fue una mirada de curiosidad, una mirada de gran sospecha. Entonces dijo: "¡No puedo arriesgar mi autoridad!". “En ese momento la perdió».
Corno esto fue escrito muchos años después de los acontecimientos que se describen y sólo disponemos de la palabra de Jung sobre ellos, debemos aceptar esta historia con considerable precaución, porque si en realidad Freud perdió por entero su auto­ridad en ese momento, las diversas expresiones de profundo respeto de Jung en sus cartas a Freud durante los años siguientes habrían sido un fraude.
Menciono este incidente sólo porque, según el relato de Jung, Freud reaccio­rió con tanta violencia cuando el primero le pidió información sobre su vida pri­vada.
Esta pregunta pudo recordar a Freud el comportamiento de Jung respecto a lo más íntimo de su vida privada. Por otro lado, Jung se habría sentido más in­clinado a continuar respetando la autoridad de Freud, si éste hubiera sido más critico ante el comportamiento de Jung con Spielrein y no se hubiera confabulado con él portándose como un hipócrita con ella, pues no hay duda de que poco después Jung se sintió culpable de su comportamiento hacia ella. Pero, por su­puesto, esto es sólo una especulación.
Lo que sí sabemos con seguridad es que después de que Jung se percatara de que había obrado injustamente en sus acusaciones contra Spielrein, se dieron al­gunas escenas tempestuosas entre ellos.
En un borrador de una carta dirigida a Freud, Spielrein describe cómo ella, sin percatarse de lo que estaba haciendo, golpeó a Jung en la cara en un arranque de desesperación ante la infamia a la que la estaba sometiendo, y al mismo tiempo sostenía un cuchillo en su mano izquierda, sin saber lo que pretendía hacer Jung cogió su mano y ella acabó san­grando, su mano y su brazo izquierdos cubiertos de sangre. Spielrein cuenta en el borrador de la siguiente carta que escribió a Freud, datada el 12 de junio, que huyó de todo ello, se marchó de Zurich para trasladarse al campo, y recibió dos carlas de Jung, una de ellas comunicándole que el día de su siguiente «rendez­otis» se marchaba de la ciudad, porque consideraba mejor que no se vieran ese día, pues como escribe: «es mejor dejar reposar todo este doloroso asunto».
En el horrador de la misma carta a Freud, Spielrein reafirma que, a pesar de lo suce­dido, sigue amando a Jung.
Mientras tanto, la madre de Spielrein, como reacción a la carta de Jung, habia viajado a Zurich para discutir personalmente con Jung, quien, según parece, en un principio se tiegó a recibirla, pero ella le amenazó con acudir al profesor Bleuler, director del Burghlzli y jefe de Jung, pero desistió de hacerlo para no agravar el escándalo. No obstante, pocas semanas más tarde las cosas se habían calma­do. La relación entre Jung y Spielrein siguió su curso, mientras ella trabajaba en su tesis, supervisada por Jung, y reanudaron sus citas regulares.
Lo siguiente que sabemos es que en septiembre de 1911, Spielrein debía pre­sentar un ensayo en el Congreso de Weimar de la Asociación Psicoanalítica, pero según Carotenuto encontró un pretexto «psicosomático» para no asistir al congreso. Aunque Carotenuto pretende saberlo por una carta de Jung dirigida a Spielrein, no dice en qué consistió dicho pretexto.
Por una carta de Freud a Jung sabemos que en octubre de 1911, Spielrein es­taba en Viena donde permaneció como mínimo hasta marzo de 1912, cuando se trasladó a Berlín. En Viena, Spielrein asistía a la reunión del grupo de Freud y se convirtió en un miembro habitual de la sociedad psicoanalítica de Freud. En su carta del 12 de noviembre de 1911, Freud explica a Jung que «en la última reu­nión la señorita Spielrein tomó la palabra por primera vez; fue muy inteligente y metódica».
La respuesta de Jung a este comentario es aún más interesante. Su carta del 14 de noviembre de 1911 empieza así: «Muchas gracias por su encantadora car­ta que acabo de recibir. Sin embargo, la perspectiva para mí es bastante sombría si usted también entra en la psicología de la religión. Es usted un peligroso rival, si se debe hablar de rivalidad. No obstante, creo que así debe ser, pues no se puede interrumpir el curso natural de las cosas, ni uno debe intentar detenerlo. Nuestras diferencias personales hacen nuestro trabajo diferente».
En apariencia dice esto porque los dos estaban interesados en la psicología de la religión, pero dada la intensa relación de Jung con Spielrein, quien, como supo por la carta de Freud, se había convertido en un miembro respetado del grupo de Freud, quizás se debiera al hecho de que Freud era un peligroso rival con respecto a Spielrein.
En su contestación, Freud afirma una vez más su respeto por Spielrein decla­rando categóricamente: «El ensayo de Spielrein sin duda debe estar en el Jahr­buch [que Jung editaba] y en ningún otro lugar». Dos semanas más tarde Freud escribe a Jung: «La señorita Spielrein leyó ayer un capítulo de su ensayo [era el ensayo en que exponía sus ideas sobre el impulso de muerte], al que siguió una discusión muy ilustrativa. Presenté algunas objeciones a su método [el de Jung] de tratar la mitología y las saqué a colación en la discusión con la pequeña. Debo decir que ella es en verdad excelente, y estoy empezando a comprender». Así, al hablar de Spielrein, Freud inserta un comentario declarando su objeción a algunos de los métodos de Jung, disgresión que con toda probabilidad no se le escapó a Jung, pues en la respuesta manifiesta su ambivalencia diciendo cosas críticas y positivas sobre ella, y escribe: «Aceptaré gustoso el nuevo ensayo de Spielrein para el primer [la primera mitad] Iahrbu(,h 1912. Requiere una exten­sa revisión, pero la pequeña siempre ha sido muy exigente conmigo. No obstan­te, ella lo merece. Me alegra de que no piense mal de ella».

Al cabo de un año de que Jung declarara de modo conciso su rivalidad con Freud, el antagonismo de Jung hacia la figura paterna llegó hasta el extremo de romper toda relación. Por supuesto, existieron razones psicológicas sólidas para esta ruptura, como por ejemplo la situación edípica no resuelta que Freud había creado al requerir con exigencia a Jung como su hijo predilecto y su heredero como líder del psicoanálisis, adoptándole en gran medida por ser el hijo de un pastor protestante suizo y tener un cargo importante en el famoso hospital Iturghólz1i. Aunque Jung hubiera sido menos orgulloso de lo que era, el hecho de creer que Freud le adoptaba porque era un gentil habría sido un motivo más que suficiente para la ruptura.
Dejando al margen por un momento las otras razones psicológicas que explicarían el curso y el fin de la amistad entre Jung y Freud, sería lógico creer que las visicitudes de la relación de Jung con Spielrein desempeñaron un papel importante en su ruptura con Freud.
Su amistad comenzó cuando Jung acudió a Viena en busca de ayuda para resolver sus sentimientos hacia Spielrein, pero lo hizo con la ambigüedad que hemos examinado. La relación entre Freud y Jung fi­nalizó después de que Spielrein pasara de ser amante y discípula de Jung a segui­dora de Freud, cambiando también su fidelidad de un gentil hacia un judío.
Debemos recordar que en lo referente a las posturas teóricas, ambos hombres, cada uno a su modo, coincidían en que el punto principal de la confrontación era la negativa de Jung a aceptar la función central de la sexualidad en los asuntos humanos, sobre la que Freud insistía.
Es importante destacar que para Jung, en un principio había sido una necesidad personal de negar la importancia de la sexualidad. Como sucede a menudo en los psicológicos, las circunstancias personales muy importantes suelen determinar posturas teóricas, algo que el psicoanalista debe ser el primero en reconocer.
Freud era muy consciente de que la cuestión judía era importante, no sólo en su relación con Jung ‑la cual era bien conocida desde su inicio‑, sino también que la entre Spielrein y Jung.
Aludiendo al deseo de Spielrein de un hijo suyo llamado Siegfried, símbolo de la unidad Freud‑Jung y la unidad Jung Spielrein, Freud escribió a Spielrein:
«Debo confesar ... que su fantasía so­bre el nacimiento de un salvador a partir de una unión mixta no me atrae en ab­soluto»,
 y unos pocos meses más tarde:
«Mi relación personal con su héroe germanico se ha destruido definitivamente. Su comportamiento ha sido demasiado malo». Freud había captado la primera insinuación de este mal comportamiento al enterarse de la falsa acusación de Jung a Spielrein, aunque en esa época hizo lo posible para restarle importancia, debido a su aspiración a que el psicoanalis hallara en Jung un «héroe germánico».
En agosto de 1913, cuando Freud se enteró primero del matrimonio de Spielrein con Scheftel, un judío ruso que era médico como ella, y luego de escribir Spielrein:
            No puerlo soportar oír que persiste su entusiasmo por su viejo amor y sus sueños del pasado. Estoy curado de mi último vestigio de predilección por la causa aria, me gustaría suponer que si es niño, crecerá como un valiente sionista ... Somos y seremos ju­díos. Los demás sólo nos explotarán y nunca nos comprenderán ni apreciarán.
Aquí Freud, profundamente herido por la deserción de Jung, olvida conve­nientemente su antiguo deseo de explotar a Jung. Algo que Spielrein ‑debido a su duradero afecto por Jung o a su mayor objetividad, o a ambos‑ no podía ig­norar.
Quizás por ello, un mes más tarde, después de que Freud supiera que Spielrein había dado a luz una hija, Renate, escribió:
«Mi más sincera felicita­ción. Es mejor que haya sido "niña". Ahora podemos volver a pensar sobre el rubio Siegfried y tal vez aplastar ese ídolo antes de que llegue su tiempo».

Pero esto era algo que Spielrein no podía ni deseaba hacer. A pesar de su constante fidelidad profesional al grupo de Freud, mantuvo relación y corres­pondencia con Jung hasta 1918, y es probable que mucho más tarde. Por su pro­pia amarga experiencia, Spielrein sabía demasiado bien que los conflictos teóri­cos entre Jung y Freud, y el desarrollo de un sistema de psicoanálisis propio y muy diferente por parte de Jung, se debía más a las dificultades personales de Jung para relacionarse con Freud y con ella que a convicciones teóricas diver­gentes.
Estaba segura que éstas podían superarse fácilmente, o solventarse, si la animadversión personal no lo impedía.
Por ello, hasta que por fin regresó a Rusia, Spielrein intentó convencer tanto a Jung como a Freud de que sus teorías tenían más similitudes que diferencias. Por ejemplo, aún en 1918, más de siete años después de unirse a Freud y más de cinco años después de desengañarse con respecto a Jung, Spielrein escribió a este último:

«Si lo deseas puedes entender a Freud a la perfección, es decir, si tu sentimiento personal no lo impide».

Antes había escrito a Freud:

«A pesar de sus vacilaciones, me agrada Jung y me gustaría que lo aceptara de nuevo en su redil. Profesor Freud, usted y él no tienen la más ligera idea de que se comple­mentan mucho más de lo que nadie sospecharía. Esta piadosa esperanza no constituye ninguna traición a nuestra Sociedad. Todo el mundo sabe que declaro mi fidelidad a la Sociedad Freudiana y eso es algo que Jung no puede perdonar­me».

Es probable que tampoco pudiera perdonar a Freud el hecho de que ahora Spielrein le perteneciera psicoanalíticamente, aunque emocionalmente siguiera aún muy vinculada a Jung.
Para terminar, unos últimos comentarios, primero sobre el tratamiento de Spielrein y después sobre ella.
El acontecimiento más importante en la vida de Spielrein fue lo sucedido du­rante el tratamiento al que Jung la sometió en el hospital Burghilzli: su cura­ción.
Es posible que separada de sus padres se hubiera curado sola, dada su ju­ventud, su gran inteligencia y la persona poco corriente que era.  
Pero, dada la gravedad de su trastorno y su temprano inicio, no parece muy probable. Es más lógico suponer, como ella, que la curó Jung.
De ser así, el comportamienlo y la actitud de Yung hacia ella en su reación ‑llamémosle tratamiento, seducción, relaciones de transferencia, amor, fantasías mutuas, delirios o lo que fuera‑ fueron vitales para el éxito de su curac­ión.
También es posible que su comportamiento hacia él, y el suyo hacia ella, al tiempo que ella intentaba reelaborar y dominar un trauma de la niñez en la ado­lescencia tardía, tuviera el sentido simbólico de ser alentada por él a actuar de un modo que el mundo consideraba «sucio», a pesar de la prohibición de hacerl­o que su nombre le insinuaba.
En su infancia había respondido a esta prohibic­ión con una ambivalencia que la había esclavizado; entonces la resolvió al comprender que lo único importante era actuar según sus convicciones, sin importarle cómo la calificase el mundo sus acciones.
Cualquiera que sea la evaluación moral del comportamiento de Jung hacia Spielrein, su primera paciente tratada mediante el psicoanálisis, no debemos ol­vidar su consecuencia más importante: la curación del trastorno por el que se había sometido a su cuidado. Debemos preguntarnos de modo retrospectivo qué prueba irrefutable tenemos de que hubiéramos obtenido el mismo resultado de haberse comportado Jung con ella de la manera que cabe esperar de un terapeu­ta escrupuloso hacia su paciente. Aunque cuestionable desde un punto de vista moral, el comportamiento de Jung ‑por heterodoxo y reprensible que pudiera haber sido‑ cumplió de algún modo la primera obligación de un terapeuta hacia su paciente: la curación.
Es cierto que Spielrein pagó un precio muy alto, en trist­eza, confusión y desengaño, por el modo particular en que fue curada, pero esto suele ocurrir con los pacientes mentales tan enfermos como ella.
Quizás la historia de Spielrein nos sirve de útil recordatorio de que, contra­rianiente a la ligereza de creer que sabemos con exactitud la terapia necesaria para personas psicológicamente muy enfermas, en su tratamiento hay más cosas en cielo y tierra que lo que nuestra filosofía sueña.
Esto en cuanto a la terapia, pero ¿y sobre Spielrein?
Del testimonio de sus cartas y su diario, Sabina Spielrein emerge como una de las grandes mujeres pioneras del psicoanálisis.
Ciertamente fue una persona poco corriente que se atrevió a vivir su propia vida con valentía según sus con­vicciones, al margen de lo que el mundo pensara de su relación amorosa con un hombre casado y con hijos. Permaneció fiel a su primer amor al no romper con el a pesar de su traición y a pesar de los esfuerzos de Freud por separarla de él intelectual y emocionalmente. Su matrimonio y su hijo no alteraron esta fidelidad.
Spielrein no sólo era brillante y extremadamente sensible, sino que poseía una intuición psicológica extraordinaria. Concluyó su ensayo fundamental en el que proponía por primera vez la importancia del impulso destructivo para nues­tra comprensión del hombre, diciendo que el instinto de procreación, y con él la conservación de la especie, nace psicológicamente «de dos componentes antagonicos, y es una pulsión tanto creativa como destructiva».
Mientras que Freud y Jung permitieron que sus impulsos destructivos los se­parasen, Spielrein siguió fiel hasta el final al impulso creativo. Estaba segura que en lo fundamental ‑el reconocimiento de la impor­tancia del subconsciente y su domesticación para fines constructivos‑ estaban básicamente de acuerdo. Spielrein se entregó a esta unificación del psicoanálisis.
Cabía esperar que la idea a la que Spielrein se dedicó diera por fin sus frutos, y los diversos movimientos psicoanalíticos, todos ellos derivados de los grandes descubrimientos de Freud, se percataran de que sus semejanzas eran más signi­ficativas que sus diferencias. Como ocurrió con Freud y Jung, estas diferencias surgieron más de las veleidades de complicadas relaciones personales y de la ambigüedad, que de diferencias teóricas importantes, aunque son estas últimas las que se acentuaron en los esfuerzos por ocultar los prejuicios demasiado hu­manos que las justificaban.

Post scriptum

El doctor Magnus Lunggren motivó mi artículo cuando, estudiando en la Uni­versidad de Moscú, en 1983 entró en contacto con la sobrina de Sabina Spielrein, Menilche Spielrein, y obtuvo de ella algunos hechos biográficos so­bre su tía, que amablemente puso a mi disposición.
El me explicó que en 1923 Sabina Spielrein regresó a Rusia. El mismo año 'ingresó en el Instituto de Psicología de la Universidad de Moscú. Cuando vivía en Moscú dirigió una clí­nica psicoanalítica para niños, pronunció seminarios sobre psicoanálisis de ni­ños y se mostró muy activa en la sociedad psicoanalftica. En 1925, cuando el psicoanálisis dejó de estar permitido oficialmente, Spielrein se trasladó de Moscú a Rostov. Allí su marido sufrió un trastorno psicótico que en 1930 le lle­vó a la muerte. Debido a ello o a los cambios que acontecieron en Rusia, Sabina se deprimió y parece ser que su labor psicoanalítica cesó alrededor de 1931.


El 22 de junio de 1941, el día en que Hitler invadió la Unión Soviética, una hija de Sabina, Renate, que había estudiado música en Moscú, abandonó esta ciu­dad para reunirse con su madre y su hermana en Rostov. No sabemos lo que les sucedió a las tres. Se ha dicho que cuando los alemanes invadieron Rostov lleva­ron a todos los judíos a la sinagoga y los fusilaron. Lo más probable es que las tres corrieran esa suerte.

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