sábado, 22 de enero de 2011

El seguimiento de Jesus. Jose Ma Castillo Cap 1


Libro:

Titulo:     El seguimiento de Jesús
Aut:         Jose Ma. Castillo
Edit.                Ediciones Sigueme 1986 , Salamanca. Es
Edic.                Sexta edición 1998
Colec.      Verdad e Imagen            Num. 96


Capitulo 1
             Contra el inmovilismo



1. El sentido fundamental del seguimiento


            Para empezar, vamos a ir derechamente al centro mismo de la cuestíón: la relación fundamental del creyente con Jesús se expresa en los evangelios mediante la metáfora del seguimiento.

         Esto quiere decir que, según los evangelios, hay verdadera relación con Jesús y auténtica fe donde hay seguimiento del mismo Jesús.

         Y que no existe esa relacíón ni esa fe donde el seguímiento falta. 0 dicho de otra manera, es creyente el que sigue a Jesús. Y no lo es el que no le sigue.

         Enseguida voy a explicar por qué hago estas afirmaciones. Pero antes debo hacer una advertencia.

         De momento, no entro en la cuestión que se refiere a si realmente el seguimiento es una expresión y un concepto que procede del mismo Jesús (el Jesús histórico) o si más bien se trata de una interpretación de la comunidad de los creyentes, tal como esta comunidad existió después de la resurrección de Crísto [1]

         Para lo que nos interesa aquí y ahora, basta con tener en cuenta lo siguiente:

         es seguro que, en tiempo de Jesús, se expresaba la relación y la permanencia de los discípulos con su maestro mediante la metáfora del seguimiento.

         Como es seguro igualmente que las primeras comunidades de creyentes vieron en ese seguimiento la expresion y la forma más genuina de la fe en Jesús[2]. Por consiguiente, desde ahora podemos afirmar que cuando los autores de los evangelios nos hablan del seguimiento de Jesús, con esas palabras nos señalan cómo tiene que ser la fe cristiana en su formulación más auténtica.
         En este sentido, se ha dicho muy bien que la fe se realiza en su profundidad definitiva sólo mediante una orientación total a Jesús, mediante una vinculación de la propia vida a la de él, acometiendo la tarea de seguirle[3]
         El seguimiento expresa, por tanto, la relación fundamental del creyente con Jesús.
         ¿En qué razones se basa semejante afirmación? Ante todo, hay un hecho muy claro: cuando los evangelios cuentan la primera relación seria y profunda, que Jesús establece con determinadas personas, expresan esa relación mediante la metáfora del seguimiento. Así ocurre en el caso de los
1.   primeros discípulos junto al lago (Mt 4, 20.22 y par),
2.   en la vocación del publicano Leví (Mt 9, 9 y par),
3.   en el episodio del joven rico (Mt 19, 21 y par),
4.   en la versión que da el evangelio de Juan de los primeros creyentes (Jn 1, 37.38.40.43) e
5.   incluso cuando se trata de individuos que no estuvieron dispuestos a quedarse con Jesús (Mt 8, 19.22 y par; Le 9, 59.61).

         En todos estos casos, el término técnico que se utiliza para expresar lo que está en juego ‑la relación con Jesús‑ es la metáfora del seguimiento. Es más, sabemos que, en los evangelios, la llamada de Jesús se ajusta siempre a un esquema fijo y uniforme:
         a) Jesús pasa (Mc 1, 16.19; 2, 14);
        
         b) ve a alguien (Mc 1, 16.19; Jn 1, 47);
        
         c) indicación de la actividad profesional de ese hombre (Mc 1, 16.19; 2, 14; Lc 5, 2);
        
         d) la llamada (Mc 1, 17‑20; 2, 14; Jn 1, 37);
         e) dejarlo todo (Mc 1, 18.20; no aparece en Mc 2, 14, pero sí en Lc 5, 11.28);

         f) el llamado sigue a Jesús (Me 1, 18.20; 2, 14; Le 5, 11)[4]. Como se ve, los relatos evangélicos de vocación desembocan siempre en un final determinado: el seguimiento, que es la formulación práctica y concreta de la relación que, a partir de entonces, el hombre establece con Jesús.

         Pero hay más. Los tres evangelios sinópticos nos han conservado una afirmación de Jesús, que resulta enteramente central para comprender el sentido fundamental del seguimiento:

         El que quiera venirse conmigo,
a.    que reniegue de sí mismo,
b.   que cargue con su cruz y
c.    me siga (Me 8, 34; Mt 16, 24; Le 9, 23; cf. Mt 10, 38; Le 14, 27).

         No se trata, por ahora, de analizar el contenido de esta frase. Lo que aquí nos interesa es comprender que Jesús dijo esas palabras, no sólo a los discípulos, sino también a la multitud (Mc 8, 34) o a todos, como puntualiza el evangelio de Lucas (9, 23). Esto quiere decir que el seguimiento no es obviamente una exigencia limitada a los «discípulos», sino que es para todos los que quieran ir con Jesús, estar cerca de el. Por lo demás, según la interpretación del evangelio de Marcos, «la multitud» es una designación de «el grupo en torno a él», es decir, los seguidores no israelitas[5]. Lo que viene a confirmar que todo el que quiera acceder seriamente a Jesús y ser su discípulo no tiene más opción ni más posibilidad que el seguimiento.

         Por otra parte, los evangelios nos recuerdan que, en diversas ocasiones, era una gran multitud la que «seguía» a Jesús (Mt 4, 25; 8, 1. 10; 12, 15; 14, 13; 19, 2; 20, 29; 21, 9; Me 3, 7; 5, 24; Le 7, 9; 9, 11; .1 ;, 27). Por lo que se refiere al evangelio de Marcos, ya he dicho que esa «multitud» designa a los seguidores no israelitas y representa, por tanto, el seguimiento de Jesús en su sentido más fuerte. En cuanto a los otros evangelios (Mateo y Lucas), la cuestión está en comprender que  el seguimiento de la multitud indica siempre la presencia de la gente a la actividad salvifica de Jesús. Es decir, no se trata de una indicación meramente circunstancial del relato evangélico, sino que es una afirmación propiamente teológica.
         Así, la multitud sigue a Jesús y éste
        
a. pronuncia el sermón del monte (Mt 4, 25).
        
b. En otro caso, se trata del comienzo  de los milagros del propio Jesús (Mt 8, 1) ó

c. de la aclaración que éste hace sobre un hecho prodigioso (Mt 8, 10; Lc 7, 9).
        
d. Más aún, todos los que le siguen son curados por Jesús (Mt 12, 15) o
        
e. son los que participan de su poder y misericordia en la multiplicacion de los panes (Mt 14, 13; Le 9, 11) o
        
f. los que reciben la gracia de la curación de sus enfermedades (Mt 19, 2),

g. los que marchan con él hacia Jerusalén (Mt 20, 29) y

h. los que van con él en la entrada en la ciudad santa (Mt 21, 9).

         Por último, Lucas nos recuerda
i. los que le seguían por el camino de la cruz (23, 27)

         En todos estos casos, el seguimiento expresa la cercanía a Jesús en cuanto:

profeta que enseña cuáles son los proyectos de Dios y en cuanto salvador que libera al pueblo de sus opresiones y calamidades. Lo cual quiere decir que el camino para recibir las enseñanzas de Jesús y el poder de su fuerza liberadora es el seguimiento. También desde este punto de vista, el seguimiento expresa la relación fundamental del hombre con Jesús.

         Esta misma idea queda aún más clara, si cabe, en el evangelio de Juan. Jesús es la luz del mundo, pero sólo el que le sigue se verá liberado de las tinieblas y tendrá la luz de la vida (Jn 8, 12). Más aún, según afirma el mismo Jesús, «las ovejas mías escuchan mi voz: yo las conozco y ellas me siguen» (Jn 10, 27), es decir, lo que define a los que son de Jesús es el «conocimiento», que en el lenguaje bíblico expresa relación mutua profunda y comunión de vida[6] y, por otra parte, el «seguimiento», que es la adhesión, no verbal ni de principio, sino de conducta y de vida, comprometiéndose con él y como él a entregarse sin reservas al bien del hombre[7].
         Y la misma idea vuelve a aparecer en el momento solemne, cuando llega «la hora» de Jesús (Jn 12, 23): «El que quiera servirme, que me siga, y allí donde esté yo, esté también mi servidor» (Jn 12, 26). Todo el que quiera estar con Jesús, no tiene más camino que el seguimiento. No hay participación en la luz, ni pertenencia a Jesús, ni servicio incondicional a su causa fuera del seguimiento.

         Más adelante, en los capítulos siguientes, tendremos ocasión de analizar detenidamente lo que significa este seguimiento y las consecuencias que entraña.

         De momento, queda sólidamente establecida la afirmación que hice al comienzo de estas páginas: la relación fundamental del creyente con Jesús se expresa en los evangelios mediante la metáfora del seguimiento.
        
         Y eso quiere decir que,

para los evangelios, no se puede andar con nuestras medias tintas, con nuestros arreglos y nuestras fórmulas de compromiso. Una vez oí decir a un clérigo importante: «para mí es cristiano el que va a misa los domingos».
          Se antepone el criterio eclesiástico al criterio evangélico.
         Se reduce y se rebaja la fe hasta el límite de nuestras costumbres y de nuestras conveniencias.
         Y así nos hacemos a la idea de que las cosas van, que la Iglesia funciona y el cristianismo se mantiene.
Frente a tales criterios, masivamente aceptados, la palabra evangélica nos presenta el criterio recto y cabal, el único criterio aceptable en esta materia:
no hay fe verdadera fuera del seguimiento de Jesús.



2. Cercania y Movimiento


         Pero, ¿qué significa el seguimiento? 
         Para empezar, podemos decir algo que me parece bastante claro: «seguir» significa mantener una relación de cercanía a alguien, gracias a una actividad de movimiento, subordinado al de esa persona. Este verbo, por tanto, tiene un tema estático relacional, la cercanía o proximidad, y otro dinámico, el movimiento. Se parte de un estado inicial de cercanía, que puede ser efecto de un acercamiento y que se mantiene por medio del movimiento subordinado[8]
         Analicemos más detenidamente estas dos ideas que entraña el verbo «seguir» (ákolouzein).

a.- Ante todo, la cercanía.
         Es el sentido que tiene el verbo ákolouzein, en el griego profano, puesto que se utiliza, con frecuencia, en sentido espiritual, moral o religioso, para expresar la cercanía del discípulo al maestro o al sabio, del amigo al amigo, del siervo al señor o incluso del amante a la persona amada[9].
         Por eso, no nos tiene que extrañar que, en los evangelios, aparezca muy destacada esta connotación del verbo. Así, los tres sinópticos recuerdan aquella palabra de Jesús: «El que quiera venirse conmigo... que me siga» (Mt 16, 24; Mc 8, 34; Lc 9, 23). La cercanía a Jesús está claramente indicada, ya que la expresión olúso moté éIzeín quiere decir literalmente «proseguir detrás de mí».        En contraste con ese sentido de las palabras de Jesús, está el detalle significativo, que también recuerdan los tres sinópticos: Pedro, durante la pasión, seguía a Jesús «de lejos» (ápo makrózen) (Mt 26, 58; Mc 14, 54; Lc 22, 54). Y sabemos que, en este caso, la lejanía en el seguimiento de Jesús llevó a Pedro hasta la negación de la fe y hasta la traición de su amistad con Jesús.         Porque «seguir a alguien», en el sentido profundo que dan los evangelios a esa expresión, quiere decir «estar con» o «estar junto a» la persona que se sigue.        Por eso, el evangelio de Marcos indica que Jesús llamó a los discípulos «para estar con él y para enviarlos a predicar» (Mc 3, 14).
         Ante todo, Jesús llama a los hombres para que estén con él (ina ósin met'aútoú). Es lo primero y lo más fundamental de nuestra fe, ya que creer en Jesús, como dice el evangelio de Juan, es estar cerca de él: «El que se acerca a mi no pasará nunca hambre y el que tiene fe en mí no tendrá nunca sed» (Jn 6, 35).
         En esta frase es importante destacar el paralelismo de las dos afirmaciones: «el que se acerca a mí»... «el que tiene fe en mí».
         Tener fe en él es exactamente estar cerca de él. De ahí que seguir a Jesús es lo mismo que vivir con él (Jn 1, 38), estar donde está Jesús (Jn 12, 26) o ir a donde va Jesús (Jn 13, 36). El seguimiento es esencialmente cercanía, concretamente cercanía a Jesús: «El que quiera servirme, que me siga, y allí donde esté yo, esté también mi servidor» (Jn 12, 26).

b.- Pero seguir a Jesús no es sólo cercanía a él, sino además movimiento.
          Porque no se trata solamente de estar donde está Jesús, sino además de ir a donde va él. Y es importante advertir que esta otra connotación del verbo ákolouzein aparece más destacada, si cabe, en los evangelios. Así, cuando Jesús llama a Leví (Mateo) para que le siga, los tres sinópticos indican cómo Jesús «pasa», mientras Mateo «está sentado» y, al escuchar la llamada, «se levanta» y se pone a «seguir» al Maestro (Mt 9, 9; MC 2, 14; Lc 5, 27‑28).
         Frente a la postura estática del pecador (Leví era un recaudador), la actitud dinámica de Jesús. Y es que, como señala Marcos, él los llamó, no sólo para que estuvieran con él, sino además «para enviarlos» (ina ápostélle) a predicar (Me 3, 14). Por eso, los verbos de movimiento suelen acompañar al verbo ákolouzein en los relatos evangélicos, por ejemplo: Jesús «sale» y lo siguen (Mc: 9, 27; 20, 29; Lc 22, 39; Jn 1, 43), «se marcha» y lo siguen (Mi 12, 15; 14, 13; Mc 6, l), «se retira» y lo siguen (Me 3, 7); o también se expresa la misma idea señalando que Jesús «va de camino» o «pasa por un camino» (Me 10, 32.52; Lc 9, 57), lo mismo que con la expresión «ir detrás» de él (Mi 16, 24; Mc 8, 34‑1 Lc 9, 23).        
         Es mas, cuando uno le dijo que esta dispuesto a seguirle «vayas donde vayas» (Mt 8, 19), la respuesta de Jesús es desconcertante: «Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero este Hombre no tiene donde reclinar la cabeza» (Mt 8, 20; Lc 9, 58). Aquí no se trata tanto de la pobreza cuanto de la carencia de instalación, es decir, Jesús no está atado a un sitio, a una situación, a un rincón propio, ni tan siquiera como lo están las alimañas del campo o los pájaros del cielo. La condición de Jesús es de total desinstalación, ya que en realidad lo que viene a decir es que los animales tienen sus guaridas, pero un hombre como yo no tiene hogar 10[10].

         Por consiguiente, el seguimiento de Jesús, es a la vez, cercanía a él y movimiento con él.
        
         Y es esas dos cosas de tal manera que la cercanía a Jesús depende del movimiento: el que se queda quieto o el que se para, deja por eso mismo de estar cerca de él. Porque Jesús nunca aparece instalado, sedentario y quieto; él es un carismático itinerante, que jamás se detiene, que siempre va en camino hacia adelante, hacia el destino que le ha marcado el Padre del cielo y que termina en Jerusalén, donde muere por el bien del hombre 11[11].
         Los evangelios son elocuentes en este sentido y con frecuencia presentan a Jesús «en camino» (Mt 20, 17.30; 21, 8.19; Me 2, 23; 8, 27; 9, 33‑34; 10, 17.32.46.52; 11, 8; Le 9, 57; 18, 35; 19, 36; 24, 32.35; Jn 4, 6).
         Es más, según el evangelio de Juan, Jesús es el camino (14, 6). Sin entrar ahora a analizar el sentido detallado de estos textos, una cosa hay clara: en ellos no se trata tanto del camino en sentido local, sino sobre todo en sentido figurado. Ahora bien, en ese sentido,
         el camino expresa la coincidencia en el modo de vivir, y, sobre todo, en el destino que se asume libremente[12].
«Seguír a Jesús» significa, por tanto, asemejarse a él (cercanía) por la práctica de un modo de vida/actividad como el suyo (movimiento subordinado), que tiene un desenlace como el suyo (término del camino). La misión está por tanto incluida en el seguimiento[13].
         La conclusión, que se desprende de todo lo dicho, es muy clara: no hay fe donde no hay seguimiento de Jesús; y no hay seguimiento de Jesús donde no hay movimiento. Es decir, no hay seguimiento de Jesús donde no hay liberación de las ataduras que nos fijan a un sitio, a una situación, a una posición determinada, a una forma de instalación sea la que sea. El seguimiento es libertad. Todo lo contrario del que se siente atado y vinculado a una posición, que por nada del mundo está dispuesto a dejar.



3. Contra el inmovilismo


         El seguimiento de Jesús ‑ya lo he dicho‑ comporta dos ideas o mejor dos realidades fundamentales: cercanía y movimiento. Pero de tal manera que la cercanía está condicionada y determinada por el movimiento. El que no se mueve, deja por eso mismo de estar cerca de Jesús. Ahora bien, ¿qué nos viene a decir esto a los creyentes de hoy concretamente?
         Por supuesto, cuando hablo de movimiento, no me refiero al sentido local que obviamente tiene esa palabra. Aquí entiendo el movimiento en sentido figurado. Porque a eso, sin duda alguna, es a lo que se refieren los evangelios cuando nos presentan a Jesús como un profeta itinerante, de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, por los caminos de la Palestina de entonces. Jesús es el profeta que pasa, que sigue, que avanza hacia su destino, que es cumplir hasta el final la voluntad del Padre del cielo, en Jerusalén, en la muerte por el bien del hombre. Jesús pudo ser perfectamente un personaje sedentario, instalado y quieto, siempre en el mismo lugar, donde recibiría a la gente, para enseñar su doctrina y hacer sus milagros. Pero no fue así. De tal manera que una vez que la gente lo quiso retener, para que se quedase en aquel mismo lugar, Jesús respondió: «También a otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios; para eso me han enviado». Y el evangelio termina diciendo: «y anduvo predicando por las sinagogas del país judío» (Lc 4, 42‑44; Mc 1, 37‑38). Por su parte, el evangelio de Mateo nos recuerda, en dos ocasiones, que Jesús «recorría todos los pueblos y aldeas» (Mt 9, 35), «por toda la Galilea» (Mt 4, 23).       Decididamente, Jesús no fue un hombre de despacho en la calma y la tranquilidad de un lugar retirado. Jesús fue un desinstalado, una especie de nómada, que nunca se quiso afincar en un sitio concreto.
         Ahora bien ‑vuelvo a preguntar:
¿qué nos viene a decir todo esto a los creyentes de hoy concretamente?
         Por lo pronto, hay una cosa que me parece bastante clara:
         hablar de desinstalación y de movimiento, en el sentido indicado, es lo mismo que hablar de libertad, disponibilidad, capacidad de cambio, ausencia de fijación a una posición determinada.

         Por consiguiente, cuando decimos que donde no hay movimiento, no hay tampoco cercanía a Jesús, en realidad lo que queremos decir es

         que donde no hay libertad, donde no hay disponibilidad, no hay tampoco, ni puede haber, seguimiento de Jesús.

         Seguir a Jesús es dejar el sitio donde se está, es dejar lo que se tiene, es salir y caminar. Así de sencillo. Y así de fuerte también. Por eso hay que decir que el enemigo número uno del seguimiento es el inmovilismo.
         Es inmovilista el que no se mueve de donde está. Y además no está dispuesto a moverse por nada del mundo. Porque sus propios intereses, sus miedos o sus cobardías no le dejan moverse, le paralizan y le condenan a la infecundidad.

         El inmovilismo tiene su razón de ser y su explicación en la fijación de la persona a experiencias y situaciones vividas, que han sido para la misma persona fuente de seguridad, tranquilidad y alegría de la manera que sea.
         Por eso, el inmovilismo supone siempre una dosis fuerte de dependencia con respecto al pasado, un estancamiento en lo ya vivido, en lo que fue y ya no es.
         En el fondo, se trata de una gran debilidad. Es la debilidad que brota del miedo a todo riesgo ante lo desconocido, lo nuevo, lo no experimentado como tranquilizante y fuente de seguridad.
         Sin duda alguna, la persona, que se comporta de esta manera, vive inconscientemente en una profunda dependencia de situaciones y experiencias infantiles, que le marcaron decisivamente en los primeros años de su vida. A veces, la cosa puede llegar hasta el extremo de convertirse en un estado patológico, una verdadera enfermedad del espíritu más o menos camuflada o disimulada.
         Es el caso, por ejemplo, de personas profundamente intransigentes y fanáticamente testarudas. A veces, se puede pensar que, en esos casos, se trata de personalidades fuertes y de caracteres admirables. En el fondo, la cosa no pasa de ser un estado patológico, fruto lógico de una debilidad inconfesable. La debilidad que paraliza al sujeto hasta el punto de impedirle moverse lo más mínimo del sitio y de la posición en donde ha encontrado su propia seguridad.
         En este sentido, es útil recordar que el drama del hombre moderno, como lo ha notado acertadamente E. Fromm en El miedo a la libertad, se sitúa en el dilema de la búsqueda de seguridad (añoranza del vientre materno y del cordón umbilical) y de la búsqueda de libertad (que lleva a romper con dependencias infantiles, a dejarse cuestionar y al desarrollo de la autonomía).
         Desde este punto de vista, el problema del inmovilismo adquiere una nueva luz, porque esto nos viene a indicar, en el fondo, que el inmovilismo es en realidad el resultado del miedo a la libertad. El miedo profundo que corroe las entrañas del hombre de nuestro tiempo, precisamente cuando más se habla de libertad y cuando más se la ensalza. En el fondo, se trata de comprender que la modernidad y la ilustración exigen dejarse cuestionar e interpelar, poner a prueba las propias seguridades y saber ponerse en búsqueda.
         De ahí las tendencias antimodernas de los conservadores e inmovilistas, que buscan protegerse del influjo de la sociedad moderna, marcada por el pluralismo de opciones y por el cambio rápido y profundo de las situaciones.
         Pero el problema, que aquí se plantea, es más complicado. Porque el inmovilismo tiene sus campos de actuación, en los que se manifiesta con singular fuerza. Se trata de aquellos sectores de la vida, que, por tener un carácter absoluto, son más propicios para que el sujeto se aferre a ellos con más intransigencia y fanatismo.
         Me refiero concretamente a la política y a la religión. Porque la experiencia nos enseña que, con bastante frecuencia, las personas más fanáticamente inmovilistas son precisamente quienes en lo político y en lo religioso manifiestan singularmente su fanatismo y su intransigencia. Lo cual es perfectamente explicable. Porque lo mismo la política que la religión nos ponen en relación con valores absolutos y además abarcan, de una manera o de otra, a la totalidad de la vida. De ahí que, por lo general, el sujeto inmovilista es sobre todo inmovilista en lo político y en lo religioso. Y así suele suceder que quien es conservador en política lo es también en religión y viceversa. De donde resulta la enorme complejidad que entraña todo este asunto. Porque, a la vista de lo dicho, se comprende perfectamente que ya no se trata sólo de un problema de fe o de una cuestión exclusivamente religiosa, sino además de un asunto propiamente político con sus inevitables connotaciones sociales, económicas e ideológicas.
         El inmovilismo suele ser totalizante. Y por eso suele también paralizar a la persona en casi todos los ámbitos de la vida, por lo menos en aquellos sectores de la experiencia y de la convivencia que ponen al sujeto en relación con los valores más decisivos de la existencia humana.
         Además, todo esto se ha puesto en carne viva de manera alarmante en los últimos tiempos. Por una razón muy sencilla: ha habido tantos y tales cambios en tan poco tiempo, que las psicologías inmovilistas se han visto puestas a prueba hasta límites inconcebibles.
         De ahí, las posturas extremas, las tensiones, los enfrentamientos y los conflictos sin número que se han vivido, en los últimos veinte años, en la sociedad y en la Iglesia.
         Por supuesto, que estas cosas no se deben solamente a los inmovilistas.         Porque de sobra sabemos que también hay gente más o menos apasionada por todo lo nuevo, lo desconocido y lo arriesgado. Y es claro que también éstos tienen su buena parte de responsabilidad en los conflictos vividos. Pero, en todo caso, es innegable que el inmovilismo ha tenido, y sigue teniendo, en todo este asunto, la parte más decisiva. ¿Por qué? Para responder a esta pregunta, necesitamos tomar el agua desde más arriba.

         Me explico. Si miramos las cosas desde el punto de vista estrictamente cristiano, hay que empezar diciendo que:
        
         El evangelio no es una serie de proposiciones teóricas y abstractas, formuladas de una vez para siempre y que siempre han de tener la misma significación y las mismas aplicaciones.
        
         El evangelio es la palabra de Dios encarnada. Y es, por eso, el acontecimiento de la salvación hecho presente en la historia. Este acontecimiento sucedió de una vez para siempre y se cumplió, de manera definitiva, en la persona y en la obra de Jesús de Nazaret[14].
         En este sentido, y desde este punto de vista, se trata de un acontecimiento realizado y dado al hombre, de una vez por todas, de tal manera que el mismo hombre no tiene derecho a manipularlo o cambiarlo de la manera que sea.           La única actitud coherente, ante tal acontecimiento, es la aceptación mediante la acogida y la obediencia (cf. Rom 1, 5; 16, 26).[15].
         Pero con esto no está dicho todo. Porque un acontecimiento no es un mero suceso, ya que el acontecimiento presupone libertad, determinación y, por tanto, conciencia. Lo cual quiere decir que la conciencia no es algo que se refiere tan sólo a un suceso determinado cuando llega a ser conocido, sino que entra, junto con la libertad, en la constitución misma del acontecimiento[16].
         Por consiguiente, si el evangelio es esencialmente el acontecimiento de la salvación, eso quiere decir que la conciencia y la libertad, al apropiarse el acontecimiento, entran a formar parte del acontecimiento mismo. Por eso, se puede decir, con toda propiedad, que aunque debemos considerar el acontecimiento de la salvación como causado por Dios, también es cierto que Dios lo causa de tal manera que la conciencia humana, la experiencia humana, la aceptación por el hombre de esta acción divina, entran como elementos constitutivos en el acontecer de la salvación[17].
         Cada acción salvífica de Dios implica necesariamente no sólo un hablar de Dios, sino también un escuchar del hombre. De donde resulta que el acontecimiento evangélico, realizado de una vez por todas en Jesús de Nazaret, está indisociablemente vinculado a la historia y tiene su historia, ya que la conciencia y la libertad están siempre históricamente condicionadas y se realizan siempre en el acontecer histórico.
         Ahora bien, la historia es cambio, es evolución y es progreso. De ahí que el acontecimiento de Jesús de Nazaret, al realizarse históricamente, adquiere siempre formas nuevas de expresión y de comprensión. Por eso, la revelación, en cuanto que sólo continúa existiendo en la predicación y la aceptación de la fe, tiene una historia, una evolución y un progreso después de Cristo[18].
         Como ha dicho exactamente K. Rahner, la verdad que fue una vez comunicada tiene su historia, que no lleva necesariamente fuera de la esfera de la revelación divina, sino que es la explanación de esta misma revelación[19].

         No es éste ni el lugar ni el momento de exponer las diversas y complicadas explicaciones que los teólogos han dado al hecho indiscutible de la evolución y el progreso que se dan en la teología, en el dogma y en la apropiación por parte nuestra de la revelación de Dios al hombre[20].
         Con lo dicho basta para comprender lo que a mí me parece que, en este punto, es esencial, a saber: que el acontecimiento de Cristo, en cuanto acontecimiento de salvación, ocurrió de una vez por todas, es verdad, pero al mismo tiempo está también vinculado a la historia, se despliega y se realiza en la historia, como tal acontecimiento, y está por eso inevitablemente condicionado por la historia.
         ¿A qué viene todo esto? En realidad, ¿qué es lo que todo esto nos quiere decir? Con un ejemplo nos vamos a entender.
         Hoy comprendemos el evangelio de manera distinta a como se comprendía hace siglos o hace incluso algunos años. Eso no quiere decir que nosotros hemos adulterado el evangelio, ni que lo hemos cambiado a nuestro capricho y de acuerdo con nuestras conveniencias.
         Lo que quiere decir es que la historia ha cambiado, ha progresado. Y con la historia, ha cambiado y ha progresado también nuestra conciencia, nuestra captación y comprensión del acontecimiento de Jesús de Nazaret. Ahora bien, esto precisamente es lo que se niega a reconocer el inmovilismo. Porque, para el inmovilista, puro, el evangelio no pasa de ser un conjunto de «verdades», es decir un conjunto de proposiciones abs­tractas y universales, que siempre tienen el mismo significado y la misma captación por parte del hombre. De esta manera, el inmovilis­ta se niega a aceptar la dimensión histórica de nuestra captación y comprensión de la revelación. Con lo cual se cierra el paso para captar y comprender el mensaje de Jesús en toda su profundidad y con todas sus virtualidades.
Ha sido necesario llegar hasta aquí para comprender hasta dónde nos puede y nos tiene que llevar el seguimiento de Jesús.
      Este seguimiento lleva consigo la disposición a no dejarse retener por nada ni por nadie, a renunciar a todo, a abandonarlo todo y participar de la comunidad de vida y destino ‑incluida la cruz‑ de Jesús[21].
      Pero es importante comprender lo que eso significa. No se trata solamente de un moralismo, de una determinada forma de conducta. Se trata también de una apertura, de una disponibilidad de la mente y del espíritu, para aceptar y acoger lo desconocido y quizá también lo insospechado, lo que no cuadra con nuestros criterios y con nuestros sistemas de interpretación, lo que, en definitiva, rompe todo inmovi­lismo. Esto es, sobre todo, lo que ocurrió con los discípulos y seguidores de Jesús. Aquellos hombres tenían, sin duda alguna, sus propios criterios, sus valores asimilados y bien asimilados; ellos tenían una idea determinada de cómo debía ser el Mesías, lo que había que esperar de él, la doctrina de salvación que ese Mesías debía proponer al pueblo de Israel, lo que el Mesías debía aceptar y lo que debía rechazar. Por eso, aquellos hombres esperaban un Mesías victorioso, arrollador, restaurador de la gloria y el poderío de Israel, liberador triunfante de la nación judía[22].
      Cuando los hijos de Zebe­deo le piden a Jesús los primeros puestos en el reino venidero (Mt 20, 21 y par), en realidad estaban pensando en estas cosas.   Cuando Pedro le dice a Jesús que nada de sufrir en Jerusalén (Mt 16, 22 y par), estaba igualmente pensando en este tipo de Mesías.
Cuando Jesús tuvo que «obligar» (énágkasen) a los discípulos a embarcarse (Mt 14, 22) precisamente en un momento de apoteosis de tipo mesiánico (Jn 6, 14­15), está claro que aquellos hombres se resistían a desperdiciar la ocasión de proclamarlo rey victorioso.
         Los ejemplos se podrían multiplicar indefinidamente en este sentido. Pero no hace falta, por­que todo esto es ya bastante conocido. Lo importante, en este momento, es comprender que Jesús invoca el «seguimiento» precisa­mente en los momentos decisivos, es decir, en los momentos en los que está destruyendo más directamente las ideas y esperanzas de mesianismo terreno y mundano que tenían los discípulos (Mt 16, 24; cf. 10, 38; Mc 8, 34; Lc 9, 23). En estos casos, Jesús exige de sus seguidores no sólo una forma de conducta, sino sobre todo un cambio de mentalidad, es decir, la aceptación de unas ideas que no les entraban en la cabeza, concretamente la aceptación de una forma de mesianismo que no encajaba ni con sus cálculos ni con sus esperanzas.
Sin duda alguna, lo más dificil en la vida es cambiar los propios criterios, los propios valores y los propios sistemas de interpretación. Sobre todo, cuando esos criterios, esos valores y esos sistemas de interpretación se ven “canonizados y sacralizados por la religión”.
      Porque entonces, el inmovilista confunde su propia testarudez con los designios que él piensa vienen de Dios.
De ahí, la enorme dificultad que entraña el convertir al evangelio a una persona profundamente religiosa.
Y de ahí que, muchas veces, los más incapacitados para seguir a Jesús son aquellos que ya saben todo lo que tenían que saber en materia de religión.
Por eso se comprende que los más encarniza­dos enemigos de Jesús fueron precisamente las personas más fanática­mente religiosas de aquel tiempo: los fariseos, los sacerdotes y los dirigentes del pueblo.
Aquellas gentes chocaron con un mensaje que desautorizaba sus propios comportamientos. Pero, más que eso, se resistieron a aceptar una nueva manera de entender la relación del hombre con Dios: no comprendieron ni quisieron comprender que todo el secreto de la cuestión estaba en «seguir» a aquel personaje extraño, aquel profeta itinerante, aquel amigo de pecadores y descreí­dos (Lc 15, 1‑2), acusado de comilón y borracho (Mt 11, 19), violador del sábado y de las tradiciones (Mc 2, 23‑28; 3, 6; 7, 1‑23), que fue Jesús de Nazaret, al menos en la apreciación de aquellos que tenían que convertirse a su seguimiento.        
Nunca insistiremos bastante en la actualidad que entrañan estos planteamientos. Se dice, muchas veces, que vivimos en tiempos dificile­s.
Lo cual es verdad. Sobre todo, porque son tiempos de cambio, de transición profunda. Tiempos en los que mucha gente tiene la impre­sión de que el terreno se le mueve debajo de los pies. De ahí, la inseguridad y el miedo que cunden en no pocos ambientes. Y de ahí también, el deseo de seguridad y de consistencia, que se busca afanosamente por todas partes. Ahora bien, estando así las cosas, nada tiene de particular que muchas personas busquen más una religión que da tranquilidad y seguridad que un evangelio que inquieta y desinstala.
                   Con lo cual se ve reforzado y consolidado el inmovilis­mo que muchas gentes llevan inoculado en la sangre de sus ideas más queridas.
         Por eso, no parece exagerado decir que, en los tiempos que corren, es más dificil el seguimiento de Jesús. Pero por eso también, parece acertado decir que, en nuestros días, necesitamos más que nunca comprender y aceptar lo que significa seguir a Jesús con todas sus consecuencias.
Casi todos los creyentes queremos estar cerca de Jesús. Pero, a la hora de la verdad, son muy pocos los que quieren moverse de donde están. Se quiere una cercanía sin movimiento. De donde resulta que el seguimiento se hace imposible en la práctica. Y por eso, se hace imposible también la cercanía a Jesús. Aquí está el secreto y la fuerza de lo que he pretendido explicar en este capítulo primero.


[1] Ha planteado este problerna y lo ha analizado detenidamente H. D. Betz, NachfoIge und Nachakimung Jesu Christi im Neuen Testament, Ubingen 1967, 5‑47. Ha respondido al planteamiento de Betz, M. Hengel, Seguimiento y carisma. La radicalidad de la llamada de Jesús, Santander 1981, 123‑129. Para el problema general del Jesús histórico y sus consecuencias para la interpretación de los evangelios, cf. la abundante bibliografla que recoge E. Schillebceckx, Jesús. La historia de un Viviente, Madrid 1981, 54. También puede consultarse, E, Barón, La investigación del Jesús histórico, Granada 1971.
[2] Cf. H. D. Betz, o. c., 42.  Ha estudiado las diversas formas de seguimiento, en la antigüedad, con relación a diversos modelos de liderazgo moral, M. Hengel, o. e., 31‑57.
[3]J. Pfammatter, La fe según la sagrada Escritura, en M S 1/2, 892; que cita a W. Trilling, (hristu.vgeheimniY‑Glauhen.ygeheimnis, Mayence 1957, 54.

[4] Cf. E. Schillebeeckx, o. c., 202; B. van lersel, La vocation de Lévi(Mk 2, 13‑17; Mt 9, 9‑13; Lk 5, 27‑32), en De Jésus aux Evangiles 11, Gembloux 1967, 216.
[5] Esto se explica comparando entre sí los siguientes pasajes del evangelio de Marcos: 3, 32; 7, 14; 7, 17; 7, 33: 8, 34, en los que aparece una disposición simétrica de las expresiones y que hace coincidir a la «multitud» con «el grupo en torno a él». Este punto ha sido analizado y probado por J. Mateos, Los «Doce» y otros seguidores de Jesús en el evangelio de Marcos, Madrid 1982, 127‑128. Por lo demás, es justo reconocer que no todos los comentaristas coinciden con esta interpretación o la matizan de diversas maneras: hay quienes piensan que la expresión oí peri autón (Me 4,10) designa a los discipulos en general (B. Rigaux, Témoignage de revangile de Marc, Bruges 1965, 158); otros ven en esa expresión la comunidad del tiempo del evangelista (W. Marxsen, Redaaktionsgeschichtliche Erklürung der sogenannten Parabeltheorie des Markus: ZTK 52 , (1955), 267); hay también quien piensa que se trata de la comunidad que hay en torno a los doce (J. Delorme, Aspects doctrinaux du second Evangile. Etudes récenis de la rédaction de Marc , en 1. de la Potterie, De Jésus aux évangiles, Paris 1967, 89); Pesch piensa que, como en 2, 32.34, se trata de un círculo íntimo de adeptos a Jesús, que Marcos quiere identificar con los discípulos y remite a 4, 34 (R. Pesch, Das Markusenvangeliwn 1, Freiburg 1976, .17). En cuanto a la «multitud» (por ejemplo en Mc 5, 21.24), no es raro interpretarla cono una masa indiferenciada de gente sin más connotaciones teológicas. Así, por ejemplo, V. Taylor, Evangelio según san Marcos, Madrid 1979, 330 y 332.
[6] . Este punto es ya sobradamente conocido y ha sido estudiado repetidas veces. Cf. R. Bultmann: TWNT 1, 688 ss. Como estudio reciente y sintético, con abundante bibliografia, se puede consultar: E. D. Sclunitz, Conocimiento, experiencia, en DTNT 1, 298‑310; 315.
[7] . Cl`. J. Mateos‑J. Barreto, El evangelio de Juan. Análisis lingüístico y comentario exegético, Madrid 1979, 479.

[8] Cf. J. Mateos, Los «doce»y otros seguidores de Jesús en el evangelio de Marcos, 44.
[9] Cf. G. Kittel: TWNT 1, 210
[10] CI'. J. Jeremias, Teología del nuevo testamento 1, Salarnanca 51986, 304.
[11] Esta afírmación no se debe interpretar en el sentido de la teoría de la satisfacción de Anselmo de Canterbury (es Dios quien exige la muerte de Jesús). Este punto se aclara en el capítulo 5, al explicar que Dios no quiso la muerte de Jesús.
[12] Para este punto, véase G. Ebel, Camino, comportamiento, en DTNT 1, 213, con hiNiografía en p. 218.
[13] . Mateos, Los «doce» y otros seguidores de Jesús en el evangelio de Marcos, 44.
[14] En este sentido, es muy claro el testimonio del concilio Vaticano 11: DV 4, 1. Ha estudiado bien este punto, entre otros, H. Fries, La Revelación, en MS 1/1, 257‑279.
[15] Para este punto, cl`. la doctrina del Vaticano 11, en DV 5.
[16] Cf. A. Darlap, Teología.fundamental de la historia de la salvación, en MS 1^ 155‑156.
[17] A. Darlap, o. e., 156.
[18] Cf. K. Ralmer‑K. Lehmann, Historicidadale la transmisión, en MS 1/2317.
[19] 0. c., 818.
[20] Véase la abundante bibliografia que sobre este asunto ofrece el citado artículo de K, Rahner‑K. Lehmann, o. c., 870‑873.
[21] Cf. H. Fries, o. e., 263.
[22] Sobre la expectación mesiánica en tiempos de Jesús, cf. P. Grelot, Mesías, expeclación mesiánica, en SM IV, 563‑567, con abundante bibliografia.

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