sábado, 22 de enero de 2011

ESPIRITU Y SOCIEDAD Erich Fromm SOCIEDAD Y NCSIDADES PSIQUICAS


LA SOCIEDAD
Y
LAS NECESIDADES PSIQUICAS
(Lección dada en 1956)
Cuadro de texto: Para comprender qué es el hombre, lo que importa son las condiciones específicas de la existencia humana.  




El Ser humano y el animal

El hombre es un animal y no es un animal.
El hombre está dentro de la naturaleza y transciende la naturaleza.
Es, si quieren, un capricho de la naturaleza.
Es la única vida consciente de sí misma.
Y esta situación particular de estar dentro de la naturaleza y de transcenderla, de tener conciencia y de tener un mínimo de desarrollo instintivo, crea en el hombre una situacíón peculiar, que es la situación humana.
El animal, en su vida y en su acción, se guía esencialmente por sus instintos.
El animal vive su vida a partir de las dotes y las aptitudes que la naturaleza le ha dado.
El hombre tiene poco de esto.
El hombre tiene que vivir su vida por sí mismo y, desde el día en que nace, encara un problema que ha de resolver:

Problema de las contradicciones de la existencia

El problema que plantean las contradicciones de la existencia humana, las condiciones especiales de la existencia humana. No puedo entrar en ellas muy detalladamente, por lo que las citaré con brevedad.

1. El hombre tiene que estar relacionado con otros.

Si el hombre no está relacionado, está loco. Y, en efecto, ésta es la única definición válida de la locura, la persona que carece absolutamente de relación, el hombre, como decía Ibsen en Peer Gynt, que es él mismo y nada más. El hombre, en la medida en que no esté loco, tiene que estar relacionado, pero puede relacionarse de varias maneras. Por indicar sólo dos de ellas, puede relacionarse
a- De manera simbiótica, a saber, sometiendo o sometiéndose a otro, siéndole este otro necesario para vivir. Al contrario, puede
b- Relacionarse por amor, entendiendo por amor el ser ambos uno, y manteniendo ambos su independencia e integridad. El estar relacionado de una u otra de estas maneras es lo que constituye la diferencia entre estar sano y no estar sano.

Pero el hombre tiene que estar relacionado de alguna manera, si ha de estar mínimamente cuerdo.
Podríamos entenderlo así:

El hombre puede comer muchas clases de alimentos, unos buenos para él y, otros, malos; pero si no comiese ninguno, moriría.
Y la muerte en el terreno fisiológico equivale a la locura en el terreno mental.


2. La segunda necesidad del hombre, debida también a las condiciones de la existencia humana, es la de estar arraigado en algún lugar.

Todos venimos del seno materno. Todos venimos de la naturaleza.
¿Qué significa haber nacido? En realidad, sobreestimamos exageradamente el nacimiento, el acto fisiológico de nacer, porque el niño, después de haber nacido, en muchos sentidos es mucho más semejante al feto que el adulto al niño recién nacido. La única diferencia es que se encuentra ya corporal, fisiológicamente, fuera de la madre, se alimenta por su propio organismo y tiene que respirar.
La respiración es la primera actividad necesaria, si va a haber separación de la madre. Pero, por mucho tiempo, el niño sigue siendo el mismo, completamente dependiente de la madre, mucho más tiempo que cualquier animal, antes de ponerse en marcha un lento proceso de desarrollo.
El nacimiento es un acto continuo durante toda la vida, el acto de desprenderse de los lazos de la madre y de la naturaleza para llegar a ser un hombre independiente.

Lo trágico de la vida es que la mayoría de nosotros morimos antes de haber nacido plenamente.

Podríamos casi caracterizar a cualquier persona señalando el momento en que dejó de nacer.
El psicótico ha dejado ya de nacer en el seno materno, porque anhela regresar a él, regresar a la muerte, regresar a la preconciencia, a la preindividualidad.
El hombre receptivo, el que vive una vida esperando siempre que alguien lo alimente, le dé algo, sea amable con él.... ha dejado de nacer en el mismo parto o al pecho materno. Etcétera.

El nacimiento es un proceso continuo, por el cual rompemos los lazos del pasado, los lazos con la madre, para entrar en una nueva situación que sólo podemos manejar con nuestras propias actividades. Por eso es tan importante la respiración, no sólo fisiológica, sino también psicológica y simbólicamente. Así como el acto de separación de la madre en el momento de nacer sólo es posible con el primer acto de actividad propia, o sea, la respiración, así también cualquier separación, cualquier acto de nacer, sólo es posible psicológicamente asumiendo una nueva actividad propia.
De hecho, creo que podemos observar en cualquier persona dos tendencias:
1.      El deseo de regresar y
2.      El deseo de nacer.  
0 podemos decirlo de otro modo: el miedo a salir de lo seguro, de romper los lazos del pasado, y al mismo tiempo el deseo de apartarse de esta seguridad para entrar en una situación nueva, en una actividad nueva. Lo que Freud llamaba instinto de muerte e instinto de vida, creo que puede describirse mejor hablando de estas dos tendencias: la tendencia a regresar y la tendencia a nacer.

Todo acto de nacimiento, todo paso hacia lo nuevo, es incierto y lo tememos. Exige tener fe. Cierto es sólo el pasado, y lo único cierto es la muerte.
En todo acto de nacimiento, en todo avance, en toda evolución, en toda salida, hay incertidumbre.
Pero al mismo tiempo existe en la naturaleza humana la tendencia a querer salir del pasado, porque llegado cierto momento el pasado se convierte en una cadena.
En cambio, la neurosis puede definirse, y la psicosis también, como la incapacidad de nacer pasado cierto momento.
Neurosis y psicosis estan determinados culturalmente
A propósito: lo que llamamos neurosis y psicosis creo que en gran medida está determinado culturalmente.
Es decir:
Cuadro de texto: Llamamos normal al que está tan loco como el término medio, o al que ha nacido tan poco, o está tan poco desarrollado como el tér¬mino medio.


3. Otra necesidad es la de transcender.

Hemos nacido como criaturas, y sin embargo no podemos soportar la idea de ser como unos dados arrojados del cubilete. Queremos transcender nuestro carácter de criaturas, de ser creados, y podemos conseguirlo de dos maneras.
a. Podemos crear vida. Las mujeres pueden crearla, en cualquier caso, de modo na­tural. Los varones no pueden hacerlo tan directamente, y así la crean mediante las ideas y toda clase de cosas.
Podemos transcender la vida mediante la creación. Pero la creación es difícil en muchos sentidos y, si no podemos transcender la vida creando, podemos transcenderla destruyendo.
b.Aniqui­lar vida es transcenderla tanto como crearla. La destructivi­dad, por decirlo así, es una potencialidad secundaria del hom­bre. Si no podemos afrontar la vida creando, o no podemos transcender la vida creando, tratamos de transcenderla des­truyendo y, en el acto de destruir, obtenemos superioridad sobre la vida.


4.Una nueva necesidad es la de identidad.

Tenemos que ser capaces de decir «yo».
Si no podemos decir «yo», tam­bién es que estamos locos.
Pero podemos decir «yo» de mu­chas maneras. En la tribu primitiva quizá veamos que el con­cepto del «yo» se expresa mediante el «nosotros». «Yo» es «nosotros».
No hay sentido de individualidad fuera de la per­tenencia a la tribu.
Hoy no vivimos ya en una tribu primitiva. Vivimos en un período en que todo lo originario, los lazos or­gánicos de familia, tribu y sangre, se han roto en gran medida.
Actualmente, el hombre encara la posibilidad de desarro­llar el sentido del yo, pero esto quiere decir que debe desa­rrollar su propia creatividad, su propia productividad.
Tiene que ser él, tiene que sentirse a sí mismo, tiene que experimen­tarse como centro y sujeto de su propia acción. Si no puede conseguirlo, sólo tiene otra solución, que es el conformismo.
Tiene que amoldarse a los demás y sentirá que es un «yo» mientras no sea diferente de su vecino. Si se aleja un solo paso, ya está espantado, porque es entonces cuando empieza a sentir realmente el problema de su identidad, el de «quién soy yo».
Mientras esté perfectamente amoldado, no necesitará pregun­tarse «quién soy yo», porque está bien claro: «Yo soy como los demás».


5. Por último, necesitamos cierto marco de orientación y adhesión.

Hemos de tener cierto cuadro de la vida, este cua­dro del mundo, como hemos de tener una idea del espacio para poder andar. Puede ser racional y puede ser irracional. Partiendo de este entendimiento, empezamos por las condi­ciones reales de la existencia humana. Empezamos analizan­do qué es el hombre, cuál es su naturaleza, cuáles son las con­diciones específicas de su existencia. Y después tratamos de averiguar cuáles son las necesidades básicas y las pasiones que se derivan de esta condición, de su existencia, y de qué modo puede responder a estas necesidades. Quiero decir que puede darles diferentes respuestas, y éstas son lo que constituye la diferencia entre la salud mental y la enfermedad mental.
Pues bien, aquí está en realidad la diferencia entre una idea fisiológica, por un lado, que toma el individuo aislado, con sus procesos químicos internos, los cuales crean ciertas tensiones que han de ser reducidas, y relacionándose con otros como instrumentos recíprocos para esta satisfacción; y, por otro, una idea biológica y una idea existencialista.
En ésta, no empezamos por un concepto del hombre como una má­quina con ciertas tensiones necesitadas de reducción, sino que empezamos por las mismas condiciones de la existencia hu­mana, y por las necesidades que nacen.de ella, y por la relacion del hoiribre con otros hombres y con el mundo exterior, como dato primario partiendo del cual podemos comprender y explicar ciertas pasiones, ciertos temores y ciertas necesidades.

Hay otro punto, más de carácter sociológico, que tiene relación directa con todo el tema de que estoy hablando. Freud entendía siempre la sociedad, según era muy característico del siglo XIX, como la sociedad per se.
Sabía, desde luego, que había sociedades diferentes, pero en lo esencial Freud en­tendía la sociedad como una instancia represiva, y las socie­dades sólo variaban para él según su grado de represión.

ERROR de consideración de Freud:
En su opinión, la sociedad primitiva no reprimía nada en abso­luto, lo que objetivamente es un grave error, y la sociedad mo­derna reprime muchísimo.  Las sociedades varían, para él, por el grado en que reprimen la destructividad y el egocentrismo innatos del hombre.
Lo que Freud no comprendía, y lo que no estaba en la clase de ambiente intelectual en que él vivía personalmente (aunque otros sí lo comprendieron), es que no existe nada se­mejante a la sociedad per se.
Hay sociedades muy diferentes, con estructuras diferentes y con papeles diferentes de varo­nes y hembras.
No se trata apenas de una cantidad mayor o menor de represión, sino de una diferencia de cualidad de una estructura totalmente distinta.
Desde el punto de vista de la sociedad, el individuo debe desempeñar ciertos papeles que se ajusten a su estructura.
En el siglo XIX, tenía que ser sobrio y frugal y no debía derro­char, porque en su sociedad lo que importaba era acumular capital.
En el siglo XX, la gente tiene que gastar mucho y con­sumir mucho, porque su economía se basa en un constante aumento de la producción.
En una sociedad de guerreros, hay que ser un individualista, y desafiar a la muerte, y tener el orgullo de la fama.
En la sociedad de una tribu agrícola, con un método de producción basado en la cooperación, hay que obrar de forma muy diferente.
El caso es que estos papeles no se escogen.
Uno no deci­de conscientemente «Yo quiero ser esto y lo de más allá». En realidad, es cosa de carácter. La frugalidad, o el placer del consumo, o el gusto por la gloria y por la guerra, o el gozo en la cooperación pacífica: todos éstos son rasgos de carác­ter.
La pretensión de la sociedad, si quiere sobrevivir en su particular estructura, es que cada uno quiera hacer lo que tiene que hacer.
El papel social que se le asigne y la conducta que se le señale no es materia de decisión suya a cada instante, sino que es cosa de su carácter.
Asume un carácter, el cual garantiza, por decirlo así, que la mayoría actuará sin discu­sión en la forma en que necesita actuar en pro de la existen­cia y supervivencia de esa sociedad.

En la Edad Media, la puntualidad era desconocida. En México ocurre todavía algo parecido. Nadie se preocupa de­masiado de si son las ocho o las ocho y media. De hecho, el primer reloj que sonaba cada media hora no se hizo hasta el siglo XVI.
¿Por qué?
Porque, para el trabajo que uno hacía, no tenía importancia ir adelantado o atrasado media hora ni cinco minutos. Evidentemente, en nuestra moderna organi­zación industrial la puntualidad tiene una importancia enorme.
No se podría funcionar sin tener un sentido del tiempo y de la regularidad.
La puntualidad y el orden han llegado a ser rasgos de carácter.
Uno no decide ser puntual u ordena­do, sino que lo es por carácter.
Mientras las condiciones económicas y sociales sigan sien­do las mismas del pasado, no habrá dificultades.


El carácter: influencias y cambios

El carácter de los padres, las ideas, los libros, la escuela, etc., producen el rasgo de carácter tradicional, y éste se adecua a la necesi­dad de la sociedad.

Pero cuando hay grandes cambios en la sociedad, cuando hacen falta nuevas actitudes humanas, por­que la sociedad las requiere, uno se encuentra muy a menudo en un profundo conflicto, porque su tradicional carácter social no concuerda ya con la necesidad más reciente de la sociedad.
Enn tal situación nos encontramos hoy.
Nuestro ca­rácter tradicional sigue siendo de individualidad, mientras que nuestras necesidades sociales del momento, según se derivan de ii tiesi ra vida social, son muy diferentes. Entonces, con mu­cha frecuencia ocurren cambios repentinos que llevan a una especie de anarquía, a una especie de nulidad, a una especie de vacío, por no haber todavía ‑la integración suficiente, o la tradición suficiente, para crear ese nuevo tipo de carácter so­cial que se necesita. En muchos siglos, el cambio es tan lento que las dos líneas, la del desarrollo económico y social por un lado, y la del desarrollo del carácter por otro, pueden ajus­tarse una a otra. Entonces, no hay períodos violentos de caos. A veces, las cosas ocurren de manera muy semejante a la ac­tual, y entonces hay verdaderas dificultades.
Pero todo esto es considerar el hombre desde el punto de vista de la sociedad, de las necesidades de una sociedad de­terminada y de su supervivencia. Yo no quiero decir que la sociedad piense, ni que la sociedad haga, sino que un siste­ma social tiene su lógica, su dinamismo, y exige cierto tipo de ideas y conductas para poder funcionar. Y considerando el hombre desde el punto de vista de si se ajusta a las necesi­dades sociales, como muchos lo consideran, lo único que cuenta es si su conducta y su carácter son los adecuados a ellas.
Pero yo creo que éste sólo es un aspecto de la cuestión. El hombre no es solamente miembro de una sociedad. El hom­bre es miembro del género humano. El hombre tiene necesi­dades propias, que son muy independientes de cualquier so­ciedad. Ciertamente, el hombre debe vivir de tal manera que cumpla con las exigencias de la sociedad, pero también es cier­to que la sociedad debe edificarse y ordenarse de manera que satisfaga las necesidades del hombre. Estas necesidades del

hombre son las que antes he perfilado brevemente. Pensan­do en una sociedad como la estalinista, o como la sociedad nazi, en que el hombre pierde el sentido del amor y de la soli­daridad humana, el hombre queda afectado por algo que está en contra de sus necesidades humanas, es decir, de sus nece­sidades como miembro del género humano. Podemos definir la sociedad buena como aquella que más se acerque a satis­facer las necesidades de la humanidad, las necesidades del hombre. Y es sociedad mala la recorrida por una ancha falla entre las necesidades humanas y las necesidades sociales. Creo que llega un momento en que el hombre, o enferma y se de­rrumba, derrumbándose con él la sociedad, o intenta refor­marla para hacerla más humana.
Este conflicto, sin embargo, existe siempre. Es el conflic­to entre la necesidad histórica de cualquier sociedad de ha­cer que el hombre funcione y las necesidades del hombre fundadas en la esencia de la existencia humana. Es cuestión de conciencia, y es materia de decisión de cada uno qué es de Dios y qué es del César, qué es de la sociedad y qué es del hombre. Toda sociedad puede analizarse y juzgarse en estos términos. Incumbe a cada individuo el mirar qué debe a la adaptación y qué debe a la cordura. A veces, la adaptación puede ser locura, y no lo digo en sentido figurado.
Bien. He querido señalar un punto de vista distinto del de Freud sobre el hombre y la sociedad. Para Freud, la socie­dad es fundamentalmente represiva. A mi entender, la so­ciedad es en parte represiva y, en parte, creativa. Fuera de la sociedad, apartado de la vida social, desligado de relaciones sociales, el hombre no podría desarrollarse en absoluto. La sociedad no tiene solamente la función de reprimir los malos instintos del hombre. La sociedad tiene también, y más, diría yo, la función de desarrollar las potencialidades presentes en el género humano.

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