sábado, 22 de enero de 2011

ESPIRITU Y SOCIEDAD Erich Fromm




LA IMPORTANCIA DEL PSICOANÁLISIS
PARA EL FUTURO
(Conferencia pronunciada en 1975)

Cumplir 75 años es cosa muy personal, no es motivo de actos públicos.
Si, no obstante, he aprobado la idea de los organizadores de este simposio, ha sido pensando que en este año se cumplen también los cincuenta de mi relación profe­sional con el psicoanálisis. Hace cincuenta años que empecé mi primer análisis discente.
Y se me ocurría que quizá pudie­se interesar a algunos de ustedes qué tiene que decir, como conclusión de sus experiencias y previsión de las posibilida­des del psicoanálisis, un hombre que se ha ocupado de él du­rante cincuenta años, profesional y teóricamente, que ha cam­biado de opiniones sobre esto y aquello y que no ha guardado nunca una especial fidelidad dogmática. Que estas ideas sean o no sean acertadas es una cuestión secundaria en cierto sen­tido, porque se han formado a partir de una comprensión, de un trabajo con los datos.... y acertado, gracias a Dios, no hay nada, porque, si no, ya estaría muerto.
Como se trata de una retrospectiva y perspectiva, quisie­ra empezar con un pasaje de Freud, no muy conocido, por­que se encuentra en un lugar algo apartado, al final de la Pre­sentación autobiográfica, publicada en 1925. Dice:  
«Echando una ojeada retrospectiva a la obra de mi vida, puedo decir que he sido el iniciador de muchas cosas y he prodigado nu­merosas incitaciones de las que algo saldrá en el futuro. Yo mismo no puedo saber si será mucho o poco. Pero tengo de­recho a formular la esperanza de haber abierto el camino a un importante progreso en nuestro conocimiento». (S. Freud 1925, GW 14, pág. 96.)
Con esta hermosa conclusión vuelve Freud la vista atrás afirmando la posibilidad de que sus hallazgos no sean definitivos y puedan ser discutidos y, mirando adelante, dice con toda modestia y ‑si lo tomamos en serio‑ con toda seguridad (pero de ningún modo inmodestamente) que ha abierto el camino a importantes conocimientos nuevos.
En mi conferencia quisiera mostrar, por un lado, lo discutible de algunas ideas antiguas, para hablar después de las orientaciones con que quizá se continúe en el futuro el camino de Freud.
Empezaré con una consideración general, en la que trataré ‑de modo forzosamente breve‑ de un problema que, en realidad, es enormemente complicado y de largo alcance, pero que es condición necesaria para hablar de Freud.

Primeramente, quisiera hablar sobre la necesaria deficiencia, socialmente condicionada, de toda teoría.








1. La deficiencia social de las teorías

SENTIDO COMUN
Debemos partir de que el llamado «sentido común» es, en realidad, el sentido común de una sociedad y de una cultura muy determinadas.
Cuadro de texto: Diferentes culturas tienen un «sentido común» completamente diferente, tienen diferentes categorías mentales, tienen una lógica diferente.



En toda cultura, ciertas ideas no sólo son inefables, sino que más bien son, en sentido literal, impensables, es decir, no pueden llegar a la conciencia; son, por decirlo así, inconscientes.
Desde el punto de vista de la lógica aristotélica, por ejemplo, es impensable la lógica paradójica de Oriente, es absurda.
Otro ejemplo: desde el punto de vista del pensamiento medieval, es impensable la teoría heliocéntrica, como también una idea del mundo sin Dios.
Así pues, lo impensable y, por lo tanto, inconsciente no tiene que ver solamente con la sustancia de determinadas ideas, sino también con determinadas categorías ideales con las que se piensa.
Pero no entraré ahora en esto con detalle.

Cuadro de texto: Mi interés se dirige a lo notable que ocurre cuando en una sociedad, en una cultura, se piensa una idea verdaderamente nueva.  
Ésta, por lo menos, se desvía de la sustancia de las ideas anteriores, e incluso a veces de los esquemas mentales de la cultura correspondiente.
Todo pensador que dentro de una cultura piensa una idea nueva tiene que pensar forzosamente con los esquemas de esa cultura.
Tiene que edificar su teoría con las piedras ideales de esa cultura, aunque en ocasiones lo que él tiene que decir no puede expresarse con los esquemas mentales de esa cultura. Lo nuevo que él tiene que decir, a menudo incluso en la forma en que verdaderamente lo intuye, ni siquiera le es todavía consciente como para poder expresarlo con claridad.
Sobre todo, lo mejor y lo más nuevo que piensa un pensador grande y creativo a menudo le es inconsciente a él mismo.
Por eso, expresa esto nuevo frecuentemente en formas inconvenientes, menguadas, reducidas. Edifica forzosamente teorías equivocadas o las expone en forma muy limitada y restringida.
Hay muchos ejemplos en la historia de la filosofía y en la historia de las ciencias naturales, pero ahora no quisiera entrar en esto.
Como conclusión general puede decirse que toda teoría creativa está equivocada forzosamente y que sólo en la evolución histórica encuentra su formulación más acertada.
Pero esta formulación más acertada también es, a su vez, relativamente equivocada, porque en la evolución histórica también es corregida por nuevas ideas y nuevos datos.
La verdad es una categoría histórica.
La verdad se desarrolla, se despliega en la historia.
Teológicamente, pero también semipolíticamen­te, podríamos decir que la verdad no se conocerá hasta la era mesiánica.
Sólo cuando se alcance un régimen de vida y una forma de vida razonables se habrán superado las contradic­ciones del hombre conducentes a que su pensar se halle con el ser en conflicto inevitable.
Trataré de hacerlo un poco más comprensible tomando como ejemplo a Freud.
En el caso de Freud, eran impensa­bles sobre todo dos cosas.
1.                              Por un lado, para él era im­pensable que hubiese energías psíquicas no explicables directamente por la fisiología del hombre.
2.                              Freud estaba muy in­fluido por el materialismo mecanicista de su época, que en Alemania se había hecho especialmente fuerte y radical: des­de las expresiones más primitivas de un Oscar Vogt, Jakob Moleschott y Ludwig Büchner, hasta las muy finas expresio­nes de su maestro Ernst von Brücke y sus colaboradores.
3.                              Freud tenía la idea de que podía haber una energía psí­quica fuerte cuya raíz fisiológica no se podía mostrar. Esta idea, sin embargo, era impensable.
4.                              Para Freud era imposible que pudiera haber verdaderamente tal cosa, porque durante toda su vida, o al menos por mucho tiempo, estuvo influido precisamente por el pensamiento de su maestro von Brücke. Pensable era, por tanto, una sola cosa, si Freud quería com­prender las pasiones: él supuso que todas estas pasiones son manifestación del sustrato de la sexualidad. Con la sexuali­dad, tenemos, evidentemente ‑y Freud lo dijo‑, una ener­gía que representa un claro papel a la vez fisiológico y psí­quico. Con tal de empezar por ahí, pensaba Freud, se tenía el buen fundamento para explicar la plétora de pasiones hu­manas desde un legítimo punto de vista científico. Entendi­da la sexualidad en este sentido lato, casi todas las pasiones entran en ella. (Después, en los años veinte, Freud modificó peligrosamente su teoría sustituyendo el antiguo conflicto entre la propia conservación y la libido por el conflicto entre los instintos de muerte y los instintos de vida, y consideran­do que el instinto de propia conservación es libidinoso. Digo «peligrosamente» porque de este modo se acercaba mucho a Jung, que entendía la libido como una energía psíquica gene­ral, lo cual quiso evitar Freud a toda costa ideando el conflic­to entre los instintos de muerte y los instintos de vida, con lo que volvía a su antigua dualidad.)
5.                               Para Freud era impensable suponer pasiones que no tuviesen su causa en la sexualidad.
6.                              Por otro lado, para Freud era impensable una sociedad patriarcal no autoritaria.
7.                              Por poner un pequeño ejemplo: Freud era un gran admirador de John Stuart Mill y también tradujo algo de él. Pero Mill era partidario de la igualdad de derechos de las mujeres. Por eso, escribía Freud en una carta que, en este punto, Mill estaba simplemente loco. ¡Cómo po­día pensar que la mujer se equiparase al hombre! La palabra «loco» es muy característica, porque lo impensable es insen­sato. En el mejor de los casos, las ideas impensables las en­tienden los pocos que ya estaban agitando lo impensable, pero los demás las declaran insensatas.
8.                              Para Freud sólo era pensa­ble una idea de la mujer que la hiciese inferior al hombre en todos los sentidos.
9.                              De la psicología freudiana de la mujer bien puede decirse ‑por cuanto se me alcanza‑ que es verdaderamente el úni­co punto de su teoría sin ningún valor ni mérito, que sólo es una mera justificación propagandística de la idea patriar­cal de la superioridad del varón. Probablemente, muchos co­nocerán su teoría sobre la envidia del pene y el complejo de castración. Y llega más lejos, incluso afirmando en un pasa­je [véase S. Freud, 1905d, GW 5, pág. 91 y sig.] que gran can­tidad de mujeres son prostitutas o quisieran serlo, lo que de­riva de su constitución perversa polimorfa. Es sencillamente absurdo hablar de una inmensa cantidad de tales mujeres.
10.                          Sin embargo, son los mismos argumentos que se aducen, por ejemplo, en Estados Unidos en relación con los negros: son muy simpáticos, pero son pueriles, irresponsables, enormemente narcisistas y sin sentido de la realidad.
11.                          Freud estaba tan profundamente arraigado en su cultura patriarcal que para él era sencillamente absurda, es decir, impensable la idea de que las mujeres ‑de todos modos, la mitad de la humanidad‑ no son unos hombres menguados.
12.                          El que para Freud fuesen impensables unas causas no sexuales de las pasiones y una sociedad no patriarcal señala efectivamente los elementos más deformadores de su teoría y demuestra de modo impresionante la deficiencia social de las teorías.


2. Los descubrimientos de Freud,
sus deformaciones
(y su importancia para el futuro)

Seguidamente hablaré de la teoría de Freud preguntándome primero en cada caso cuál fue su gran descubrimiento, de qué forma lo constriñó y, finalmente, qué importancia seguirá teniendo esa teoría si la liberamos de ciertas cadenas que el pensamiento social de su época impuso a Freud.

a) La peculiaridad del pensamiento científico y la idea freudiana de la ciencia.

Primeramente quisiera hablar del carácter científico de la teoría freudiana.
Hoy se ha puesto de moda desechar como acientífica la teoría de Freud, y precisamente entre los psicólogos [empiristas].
Se dice que es científico un método de investigación cuando se hace un experimento que demuestra la veracidad de la hipótesis o de la teoría propuesta; y que sólo cuando el experimento pueda repetirse estaremos seguros de que el resultado es cierto.
En ciencia, tenemos este procedimiento, por ejemplo, en la química y en la física, en las que efectivamente se pueden comprobar cosas con seguridad, se pueden hacer experimentos y predicciones que se cumplen necesariamente, etc.
Para muchos psicólogos y sociólogos, esta idea de la ciencia, que ya aprendí yo en la escuela, sigue siendo válida y representa a la vez el ideal de la ciencia en términos absolutos.
Lo bueno de ella es precisamente que uno está seguro.
Pero si preguntamos hoy a un físico teórico qué es la ciencia, ahora resulta que para él lo bueno está en que no hay seguridad, sino que se piensa y que con el poder del pensamiento se penetra en la realidad y se pueden proponer teorías.
Pero sus teorías no son seguras, e incluso ni siquiera son forzosamente demostrables, sino que más bien proceden de la observación, de la capacidad de pensar o ‑corno a veces dicen los físicos teóricos‑ de la elegancia de la teoría o de la hipótesis.
Se sacan de ellas conclusiones que «con gran probabilidad» son válidas, bien entendido que un año después se habrá seguido progresando, y no sólo por haberse descubierto cosas nuevas, sino también por haberse pensado cosas nuevas sabiendo que hay que pasar por lo falso para llegar a lo verdadero.

El método del pensamiento científico consiste en formar una teoría.
Esta teoría no cae llovida del cielo, sino que se ha desarrollado ya en el transcurso del pensamiento: se observan hechos, de estas observaciones se deducen hipótesis, vuelven a contrastarse estas hipótesis con los hechos que se observan y se adquieren finalmente unas ideas que tienen una probabilidad relativa de ser ciertas, hasta que ulteriores observaciones las confirmen o corrijan.
Esto es el método científico. Lo de predecir y experimentar es secundario.
Quisiera recordar que Einstein publicó su teoría de la relatividad general tres años antes de que se hiciese un experimento.
Nadie dijo entonces que no lo escuchasen antes de que un experimento demostrase la teoría.
Del pensamiento científico es propia la fe en la razón.
Por eso, el pensamiento científico no tiene nada que ver con una teorización alimentada por la esperanza de que, metiendo la mayor cantidad posible de datos en el ordenador, algo habrá de salir.
Pues no sale nada.
El científico se caracteriza en primer lugar por creer en la fuerza y la energía de la razón y del pensamiento.
Cuadro de texto: Cuando hoy los psicólogos y los sociólogos afirman que esto no es ciencia, no hacen, en mi opinión, sino manifestar que son víctimas  como la mayoría de la gente en la actualidad  de la tendencia a no creer ya en la razón ni en la fuerza de la razón.

Freud creía en la fuerza de la razón.
No importa si Freud se equivocó o no se equivocó en el detalle.
La historia de la ciencia es en realidad ‑como se comprueba siempre posteriormente‑ una historia de errores, pero es una historia de errores positivos.
Freud se equivocó a menudo, pero la mayoría de sus equivocaciones ‑con excepción de su teoría sobre las mujeres‑ fueron siempre equivocaciones positivas.
Freud observaba y sabía muy bien lo que significa observar críticamente y sin prejuicios.
Tal capacidad de observación es una condición del pensamiento científico.
Léase el historial de Dora, el primer gran historial de Freud, escrito en 1901 y publicado cuatro años después bajo el título Fragmento de análisis de un caso de histeria (S. Freud, 1905e, GW 5). Vale la pena mirar este historial, leerlo entero y dejarse impresionar por la gran precisión, por el esmero con que Freud observaba el menor detalle y por cómo toda su actitud era la de un científico que observa. [1]
Por poner un ejemplo, la paciente le declara al final (op. cit., pág. 268): «¿Sabe usted, doctor, que hoy es la última vez que vengo aquí?», y eso después de haber trabajado Freud con ella fecundamente durante meses.
Freud dice a eso (op. cit.): «Usted sabe que tiene siempre la libertad de retirarse. Pero hoy trabajaremos todavía. ¿Cuándo tomó usted la decisión?».
Aquí se muestra la actitud científica de Freud, a la que corresponde mucha paciencia. únicamente leyendo este historial se notará lo difícil que es seguirlo.
Porque se estudia cada detalle con la mayor precisión. Y se hacen interpretaciones, muchas de las cuales no me parecen acertadas. Sin embargo, la fuerza de la lógica es una y otra vez abrumadora cuando se leen este historial y otros más.

Un segundo aspecto de Freud como científico: :Consideró el hombre como un sistema, como una forma, como una estructura, o ‑como dice Hegel‑ como una totalidad.
No fragmentó el hombre, sino que lo entendió como un sistema.
Aunque la teoría de sistemas no obtuvo importancia sino a partir de los años veinte, Freud creó ya una teoría estructural (sin llamarla así) en la que, efectivamente, cada factor del sistema hombre está relacionado y coopera con los demás factores, de modo que no ocurre ninguna transformación en un factor que no afecte simultáneamente al sistema entero y a todas sus partes. (Por otro lado, lo mismo es cierto del sistema de Marx. Pero como el pensamiento sistemático es muy difícil de seguir para los que se llaman «partidarios», no se ha comprendido bien ninguno de estos dos sistemas en general.)

Cuadro de texto:  Pensar sistemáticamente significa jugar como un malabarista con diez pelotas a la vez sin que ninguna caiga al suelo.
La mayoría de los que se ocupan de cuestiones teóricas se contentan ya con pasar una sola pelota de un lado al otro sin que les caiga al suelo.
El pensar científicamente, ni es fácil de aprender, ni se puede tomar a la ligera.
El método científico de Freud puede compararse con el método naturalista de Goethe, que tampoco fragmentó el hom­bre, no lo disecó nunca, sino que lo observó viviendo.
Podría escribirse una tesis sobre la relación de la ciencia natural y la teoría de los colores de Goethe con la actitud freudiana ante el hombre como objeto de observación.
Además, Freud hizo una cosa enteramente nueva, que comprensiblemente le atrajo las simpatías de los artistas, so­bre todo, de los surrealistas: captó el hombre en toda su sub­jetividad.
En una época en que se quiere objetivarlo todo para poder meterlo en el ordenador, importa más subrayar esta no­vedad.
Cuadro de texto: Para Freud, una palabra no es una palabra, sino que una palabra es lo que significa para el hombre.

Por eso, él interpreta, pero esta interpretación quiere decir solamente pre­guntar por el significado.
Si uno dice algo, lo que importa ‑sobre todo, en el caso de palabras sin intención‑ es qué significan para él esas palabras, no qué significan para mí, ni qué significan según el diccionario.
La tarea del analista es captar lo subjetivo, el significado de la palabra o de la idea para este hombre, y edificar sobre ello una ciencia de las ex­presiones humanas.
También da testimonio de su entendimiento de la ciencia la idea de Freud de que vale la pena ocuparse de una persona cientos de horas porque se quiere curarla y comprenderla.
Él defendía la idea humanista de que el hombre tiene valor y de que el hombre es la medida de todas las cosas.
Por el contrario, la idea de nuestra época es medirlo todo por la rela­ción del esfuerzo al efecto, y al efecto social.
En semejante idea, el método científico de Freud ya no vale, porque es prein­dustrial y pasado de moda.
En cierto sentido, el método de Freud sigue siendo el del antiguo artesano: todavía no se tie­ne prisa, sino que se hace algo que en sí es valioso, porque el mismo hacerlo tiene su valor.

Estas explicaciones atendían a la importancia general del carácter científico del pensamiento freudiano, que solamen­te subrayo porque hoy muchas veces se pierde.
Sobre todo mu­chos jóvenes están tan impresionados por las ideas industria­listas de los psicólogos que creen con éstos poder considerar y tratar al hombre como el mecánico considera y repara un coche: cuando algo va mal, se «remienda», y ya vuelve a fun­cionar el hombre.
Este no es precisamente el método que apli­có Freud, y tampoco es un método para curar personas: co­ches sí, pero personas no.
En esto se ve clara la gran diferencia entre la observación de hombres y la observación de cosas y objetos.
Hoy se ha perdido en gran parte el sentido de esta diferencia.

Pero Freud limitó también su método científico.
Por su fe en la razón y en las teorías, Freud, en vista de la carencia de datos, como también de la necesidad de unificar la teoría con las formas de, pensar antiguas, violentó los hechos con frecuencia.
A veces, Freud describe casos y hace interpreta­ciones que son, desde luego, ingeniosísimas, pero que consi­deradas científicamente, por lo menos a mi parecer, son sen­cillamente absurdas.
Les recordaré sólo el «hombre de los lobos» (De la historia de una neurosis infantil, S. Freud, 1918b, GW 12),* caso en el que Freud interpreta una neurosis infan­til por la que no había acudido ese hombre, que ni siquiera estaba enfermo. Cuando éste le contó un sueño que había te­nido a los 4 años, en el que vio unos lobos sentados en un árbol, Freud interpretó que ese hombre había presenciado, a la edad de un año y medio, la escena primordial, es decir, el acto sexual de sus padres. Aquí desarrolla Freud una franca compulsión interpretativa y, en efecto, violenta mucho lo realmente observado.
La restricción más importante del método freudiano es la que han emprendido muchos discípulos suyos, que en realidad no interpretan ya, como hizo Freud, sino que toman como definitivos sus hallazgos y encuentran simplemente lo que dice la teoría, sin reapropiársela.
A mí también me pasó lo mismo.
 Mi formación fue de analista freudiano estricto, y como tal practiqué unos cuantos años.
Pero después caí en la cuenta de que eso que yo interpretaba conscientemente no lo había descubierto yo en realidad, sino que eran las cosas que esperaba.
Por fin, se me abrieron los ojos y empecé a ver cosas muy diferentes, que no tenían nada que ver con las esperadas.
Fue entonces cuando empezó un largo proceso en el que yo trataba de descubrir lo que veía, no lo que me habían dicho que era lo cierto, ni lo que yo descubriría o tendría que descubrir.
Cuando se practica un tipo de psicoanálisis que no es consecuencia de una comprensión que surge en su transcurso, sino de aplicar a los datos determinados axiomas, tenemos lo que llamo «freudismo vulgar».
Éste es peligroso porque, con él, se puede abusar de la teoría para todo.
Freud comprendió, por ejemplo, que el no puede ser un sí y que el sí puede ser un no.
Todo el mundo lo ha experimentado alguna vez: cuando alguien afirma repetidamente una cosa, lo que hace verdaderamente es tratar de reafirmar lo contrario. De modo que el sí puede ocultar a veces un no, y el no, un sí.
Cuando se cree no tener que demostrar ya en detalle que el sí puede ser un no, y el no, un sí, este método puede utilizarse, naturalmente, para todo.
Por señalar un ejemplo clínico, desgraciadamente muy difundido: en virtud de consideraciones teóricas sobre la bisexualidad del hombre, Freud gustaba de subrayar la homosexualidad inconsciente del varón. Entonces, si un paciente muestra tendencias heterosexuales particularmente fuertes, se interpretan a menudo como una represión de su homosexualidad. Si no muestra tendencias homosexuales manifiestas, eso demuestra también que las ha reprimido, sólo que no son tan fuertes.
Pero si muestra tendencias homosexuales, ¡ah!, entonces todo está claro.
Este proceder llegó tan lejos que, por teoría, en el Instituto de Psicoanálisis de Berlín, la observación de un analista de que un colega llevaba una corbata bonita se interpretó como señal de una homosexualidad sublimada o reprimida.
Muchas personas han sufrido enormemente con estas interpretaciones, porque uno no podía defenderse de ningún modo contra esta sospecha de homosexualidad inconsciente.
Muchos pacientes, después de haber terminado su psicoanálisis, se han sentido agobiados durante años, atormentados todavía por las interpretaciones de su homosexualidad inconsciente.


b) El descubrimiento de los conflictos inconscientes por Freud

El segundo gran descubrimiento de Freud es el descubrimiento de los conflictos inconscientes en el hombre: del conflicto entre el pensar y el ser.
En este conflicto, lo que yo pienso sobre algo se encuentra en oposición a mi realidad interior. Un ejemplo cotidiano: uno cree que ama a su madre, pero en realidad la odia, aunque no es consciente de este odio.
Lo que uno piensa sobre sí mismo y sus motivos se encuentra en oposición a lo que es su realidad interior y determina su acción.
Esto es lo que quiero decir ahora con la palabra «ser».
Este descubrimiento de Freud tiene, como tal, una enorme importancia histórica. Por de pronto, crea una nueva dimensión de la sinceridad: es sincero un hombre no sólo porque cree, y no sólo cuando cree lo que dice, sino si esto que dice se corresponde además con lo que él es y con lo que ocurre en él inconscientemente.
El problema de la mayoría no consiste en ser conscientemente insinceros, lo cual es todavía inocuo, más aún cuando a veces tienen sentimientos de culpa y admiten razones, por no creer lo que habían dicho.
El problema de la mayoría consiste en que están convencidos de lo que piensan y lo consideran como una realidad inconmovible.
Con el descubrimiento de la oposición entre el pensar y el ser, tampoco se admite ya la excusa de las buenas intenciones.
Cuando hoy dice uno que su intención había sido buena, ni siquiera en la prensa se considera ya como disculpa.
Ningún gobierno puede impresionar, en el caso de un fracaso, asegurando que había tenido buenas intenciones.
 Y lo mismo ocurre en la vida personal de un hombre.
Con este descubrimiento, Freud dio al traste con la tesis idealista de la identidad entre el pensar y el ser.
Durante siglos se ha considerado cierta en filosofía la tesis idealista de que el ser y el pensar son idénticos.
Freud relativizó el pensamiento y puso en duda su identidad con el ser.
El pensamiento es un producto que puede concordar o no con las realidades internas de un hombre.
Así considerada, la teoría de Freud es una teoría exquisitamente crítica, una teoría de la crítica de la conciencia, la crítica de la ideología y la crítica del pensamiento individual y social.
De todos modos, este gran descubrimiento de la oposición entre el pensar y el ser quedó reducido extraordinariamente al deber creer Freud, en virtud de sus supuestos ‑como ya hemos indicado‑, que el conflicto esencial entre la conciencia y lo inconsciente es el conflicto entre lo que se corresponde esencialmente con la realidad y lo que se corresponde esencialmente con la sexualidad, en especial con la sexualidad infantil. Así, el gravísimo conflicto entre la conciencia y lo inconsciente se redujo a las oposiciones entre las tendencias represivas y reprimidas ‑es decir, sexuales y libidinosas‑ de la primera infancia.
Un ejemplo de esta reducción y restricción es la idea freudiana del complejo de Edipo. Con el complejo de Edipo, Freud dio en una realidad de gran importancia general: la intensidad de la vinculación del niño, o del varón, a la madre. (Dejo aparte el caso de la niña y de la mujer, porque Freud no habló nunca de ellas con mucha claridad. Además, la niña representa un papel secundario en su pensamiento.)
Pues bien, las investigaciones de los veinte o treinta años pasados, tanto en el terreno de la psicología animal como en el terreno de la conducta humana, han mostrado que, realmente, no hay una fuerza mayor en el hombre ‑y por tanto, también en el varón‑ que el deseo afectivo de vinculación a la madre: tener alguien que ame incondicionalmente, que proteja, que siempre esté a nuestro lado, que dé todo lo que el hombre desee, por la precariedad de su situación y lo que tuvo una vez de niño, aunque sólo por poco tiempo.
Pero este deseo de la madre, es decir, de amor materno, de protección materna, lo interpretó Freud como vinculación sexual a la madre, producida por esta misma vinculación sexual a la madre durante la primera infancia.
Con esta interpretación, Freud no tenía razón.
Todos los hechos están en contra suya.
Por citar sólo un argumento: como es sabido, la sexualidad no es muy estable.
De todos los lazos humanos, el meramente sexual es de duración muy breve.
Si no se mezclan otros elementos, la vinculación meramente sexual es relativamente efímera.
El suponer Freud que esta vinculación sexual a la madre, en cuanto vinculación sexual, produce unos efectos tan considerables y condiciona toda la vida de un hombre es lisa y llanamente tener una idea equivocada de la sexualidad en tanto sexualidad.
Lo que crea esta unión estrechísima es lo afectivo, es decir, lo que la madre significa afectivamente para el individuo.
Esta unión es, en efecto, de una fuerza considerable.
Que muchas veces un niño tenga también deseos sexuales o eróticos respecto de su madre, cuando su sexualidad se ha desarrollado hasta cierto punto, es perfectamente lógico.
Al fin y al cabo, es la mujer que tiene más cerca.
Por eso es per­fectamente natural que se desarrollen vinculaciones sexuales en este sentido.
Pero éstas no son de ningún modo exclusi­vas.
El niño disfruta también jugando a médicos con una niña de su edad. No está tan ligado a su madre que no quiera ju­gar con la niña; al contrario.
La madre es uno de sus objetos.
La vinculación a ella no se debe a lo sexual.
Lo cual tiene que ver con otra reducción importantísima de los descubrimientos freudianos.
Freud no comprendió que las grandes pasiones que mueven al hombre, realmente, no están determinadas por la sexualidad.
Es cierto que la sexua­lidad puede ser movilizada por otras pasiones. Por ejemplo, un hombre puede desarrollar deseos sexuales intensos por mo­tivo de vanidad o ‑en nuestro sistema patriarcal‑ por afán de conquista o cualesquiera otros motivos, que entonces mo­vilizan la sexualidad, de modo que efectivamente se presen­tan reacciones sexuales.
Pero éstas no proceden fisiológica­mente de la sexualidad, sino que son movilizadas por otras pasiones muy diferentes, como puede comprobarse.
Un hom­bre puede enamorarse de repente de una mujer, y sentir un intensísimo deseo sexual de ella, por haber oído que una vez cualquier actor de cine le mostró interés, o la miró, lo que en su vanidad basta ya para hacerla enormemente atractiva.
El hombre desea siempre lo que le parece valioso.
Pero el porqué una mujer resulta deseable a un hombre, o un hom­bre a una mujer, tiene otros motivos.
Un antiguo proverbio berlinés dice que «el dinero hace lascivos».
Precisamente, el deseo de dinero puede movilizar también la sexualidad.
Hay también muchas pasiones que no pueden movilizar la se­xualidad.

c) El final de la represión de la sexualidad y los problemas reprimidos del presente

Después de haber criticado que se limitase el gran descu­brimiento del conflicto inconsciente y su aclaración reducién­dolo al conflicto entre el yo y la sexualidad, o entre los ins­tintos de propia conservación y la sexualidad, ahora quisiera volver a hablar sobre la ampliación del concepto freudiano del conflicto.
Hoy, la represión de la sexualidad ha dejado de ser un gran problema. Con la general conducta consunti­va, también la sexualidad ha sido entregada al consumo. Actualmente, hay un consumo sexual, justo como hay un con­sumo de cigarrillos, de bebidas alcohólicas y de estupefacien­tes.
El radio del consumo sexual va, como en el caso de la bebida, de un consumo sexual compulsivo al consumo «en­teramente normal» y agradable, que no es una experiencia demasiado profunda.
Para el hombre actual, la sexualidad ha perdido la marca de lo culpable, de modo que tampoco se la reprime.
Durante la era victoriana, a principios de siglo, era terriblemente re­volucionario, o por lo menos radical, mostrar al hombre hasta qué punto reprimía sus excitaciones sexuales.
Pero lo que en­tonces atrajo a Freud tantas protestas es una cosa que hoy nadie entiende del todo, a menos que haya prestado juramento a esta teoría.
De todos modos, la sexualidad en sí es un elemento de la libertad, y ésta es una idea general.
Es un factor de la in­dependencia del hombre. No se puede obligar a la sexuali­dad.
Es voluntaria y, hasta cierto punto, tiene que ser espontánea. Nadie puede ayudar a otro verdaderamente en la sexualidad, ni tantísimos libros como los que ahora se publican.
Pueden darle consejos, pero tiene que arreglárselas por sí mismo.
La sexualidad es en sí un elemento de libertad, mientras la sociedad no la estigmatice y no se domine al hombre haciendo que éste se cree sentimientos de culpabilidad mediante esta estigmatización de la sexualidad, como ha ocurrido a lo largo de muchos siglos.
En esto es, por lo demás, en lo que Wilhelm Reich no tenía razón. Reich creía que, cuando la generación joven acabase con la prohibición de la sexualidad, todos los jóvenes se harían revolucionarios.
Me acuerdo de la última conversación que tuve con él.
Le dije: «Mira, Willi, yo creo [que cuando los jóvenes se liberen los domingos de sus prohibiciones sexuales] ya no iremos los domingos a pegar carteles, sino que nos quedaremos en casa o en cualquier sitio, pero esa liberación no producirá hazañas revolucionarias».
Reich no me creyó, porque se orientaba por la antigua idea de que los reaccionarios, los conservadores, están en contra de la liberación de la sexualidad: Los nazis habían dejado de estar ya a favor de la represión de la sexualidad, y la sociedad de consumo de hoy no lo está nada en absoluto.

La sociedad de consumo de hoy tampoco tiene necesidad ninguna de servirse de la represión de la sexualidad como medio de dominio, porque se ha creado otras posibilidades de administración de los hombres.
No necesita ya una autoridad que diga lo que el hombre debe hacer, y lo que debe omitir, y qué pasará si contradice a la autoridad.

Cuadro de texto: En su lugar, ha creado
  la autoridad anónima:  
del equipo, 
de la burocracia, 
de la adaptación a lo que todo el mundo hace, 
la regla del buen funcionamiento.







En la actual sociedad de consumo, la misma satisfacción sexual se convierte en organización manipulada del asueto, del mismo modo que hoy se manipula la entera organización del tiempo libre del hombre.

Cuadro de texto: Actualmente, el hombre cree que emplea su asueto como él quiere y que hace lo que él quiere, pero en realidad no ve que está determinado por numerosos influjos, que le dicen: 
«Esto es bonito», 
«Vas a hacer esto», 
«Así te conservarás bien», 
«Así estarás más sano», etc. 
Y la sexualidad queda incluida. 
Aunque hoy la sexualidad está al servicio del consumo, yo creo que el haber perdido su estigma ha sido un hecho histórico positivo y progresivo, que de todos modos no tiene por el momento los efectos que quizá pudieron suponerse sobre el fondo de la idea de una forma de sociedad más antigua.

      Los conflictos que Freud creía que hacían enfermar, los conflictos patógenos entre la sexualidad y la propia conser­vación, han dejado de ser hoy los conflictos que mueven al hombre y le son esenciales e importantes. Hoy vemos en el hombre otras oposiciones, que no le son conscientes como tales, y que reprime. Citaré sólo algunas:
Cuadro de texto: El hombre actual  
Tiene conciencia de la libertad, pero en realidad no es libre y está manipulado. 
Tiene conciencia de la buena moral, pero en realidad se siente culpable en cien sentidos, sólo que ello le es inconsciente. 
Tiene conciencia de ser feliz, pero si miramos un poquito por debajo de la superficie, encontramos una terrible medida de leve depresividad, de descontento, de lo que los franceses llaman «malestar». 
Tiene conciencia de ser sincero, pero en realidad participa en el engaño general en todos los terrenos: en el terreno de las ideas, en el arte, en la literatura, en la vida cotidiana, en las relaciones humanas, en la política.... pero conscientemente cree que es sincero.

 
En conversación seria, no pocas personas admiten de golpe saber que en realidad casi todo es trampa. Conscientemente, todo el mundo se cree un individualista y que hace lo que quiere: ha alcanzado el gran objetivo de ser el dueño de su vida. Pero en realidad vive un cliché muy poco distinto de todos los que se producen en una sociedad bajo el influjo de ciertos factores, a los que él se ajusta.  
Tiene la conciencia y el sentimiento del poder, pero en realidad está determinado por un sentimiento de abismal impotencia: por el sentimien­to de que él no puede hacer que nada cambie, que no puede mover nada y ni siquiera puede contribuir un poco a impedir la aniquilación de la raza humana en una guerra atómica.
Tie­ne la conciencia de que ama, de que es amable, pero en reali­dad esto es muy infrecuente. Casi siempre, hay una indife­rencia, hay también a menudo odio y hostilidad. En todo caso, hay una camaradería de los hombres que son todos desgra­ciados, que además lo presienten unos de otros, aunque no lo piensen.
El hombre moderno tiene la conciencia de ser un gran rea­lista. Esta especie de «realismo» se muestra en cómo es este mundo y en lo que hacemos o dejamos de hacer. Éste se lla­ma en Inglaterra un realismo «de chiflado», un realismo ab­solutamente insensato, que no hace nada, ni tampoco se deja influir por lo que impone la realidad. Quien lea los dos in­formes encargados y patrocinados por el Club de Roma ten­drá la impresión de que nos aguarda una catástrofe mundial, que puede llevar también a la aniquilación de toda la huma­nidad si no se emprenden reformas drásticas.
Nuestro tan ce­lebrado «realismo» es cualquier cosa menos realismo.
Estas contradicciones son las oposiciones que padecen los hombres. Y están reprimidas.
El hombre presiente las cosas, pero no se atreve a pensarlas.
Si las pensase y manifestase, habría de temer la reacción de los demás.
Lo mirarían como a un inadaptado, que no funciona y sólo sabe quejarse. Así que, todo lo más, puede pensar para su coleto.
Examinando los sueños de la gente, sus matrimonios y otras muchas cosas, podemos ver que, en efecto, lo reprimido repercute en ellas.
Analizar y descubrir los conflictos inconscientes tendría un efecto liberador.
Pero no se hace. En su lugar, nos preo­cupamos sobre todo de los conflictos sexuales, que hoy no tienen ya tanta importancia.

Cuadro de texto: Lo diré más claramente: el ocu¬parse años y años de los conflictos familiares particulares sir¬ve, en mi opinión, de resistencia a ocuparse de los conflictos verdaderos que padecen actualmente los hombres y la huma¬nidad.
Yo no subestimo los particulares: también hay que ana­lizarlos.
Pero hoy se crean a menudo grandes conflictos a par­tir de bagatelas y fruslerías.
De modo semejante hay que estimar la cuestión de si uno debe divorciarse o no.
Al redu­cir el objeto de los conflictos a la familia y a la sexualidad, el gran descubrimiento de Freud y su gran importancia prác­tica se convierten efectivamente en lo contrario. Se convier­ten en una cosa que sirve para desviar la atención de lo que hoy realmente importa.

d) La transferencia y el carácter, otros dos descubrimientos de Freud de importancia para el futuro

Para poder hablar todavía extensamente en este contexto de cuestiones terapéuticas y clínicas del psicoanálisis, sólo po­dré exponer brevemente otros descubrimientos de Freud.
Uno es el descubrimiento de la transferencia. El freudismo vulgar redujo pronto la transferencia a la situación analítica.
En ella, el analista se convierte en el padre, a él se transfieren las cua­lidades del padre tal como las vio el niño. Con esta reduc­ción se pasa fácilmente por alto que no sólo el niño está de­samparado, sino, por las condiciones de su existencia, también el adulto [que, por eso, también se inclina a la transferencia].

El hombre, a diferencia del animal, no es obligado por sus instintos a actuar de una manera determinada. Por otra parte, la razón del hombre tampoco es tan poderosa que le comunique sin más la acción acertada.
El hombre se encuentra más bien en una situación de enorme desamparo, de modo que la vida le es en efecto infinitamente difícil.
El hombre no sólo padece muchas pérdidas, y la vida no sólo acarrea muchas tristezas, sino que además el hombre se enfrenta cada día a conflictos que en realidad no puede resolver.
Es consciente de los peligros. Es consciente de su muerte. Por las condiciones de su existencia, me parece que el adulto, en muchos sentidos, está más desamparado que el niño.

Y a las condiciones impuestas por la existencia se suman otras condiciones histórico‑sociales, que hacen que el hombre esté todavía más desamparado.
Por eso busca el hombre un padre, un auxiliar mágico, un gurú, un caudillo.
Una de las tendencias más fuertes de la naturaleza humana es la tendencia a buscar una figura que ofrezca seguridad, pero a la que uno pueda someterse agrandándola enormemente, proyectando en ella todo lo que hay en uno y adorándola como un ídolo que nos protege.
Tales figuras pueden ser el padre, o Dios, o una idea, o la patria, o un jefe político, o ‑con menos frecuencia hoy que en el siglo XIX‑ el gran amor.
Hablando del gran amor, no me refiero al amor auténtico, sereno, sino al amor histérico, grueso, estridente, por el que se intenta encontrar lo absoluto en otra persona, para después hacer de ella el refugio de la propia vida.
Quisiera hablar, brevemente al menos, del concepto freudiano del caracter, ese importantísimo descubrimiento con el que Freud hizo posible una comprensión dinámica de las pasiones del hombre.
El carácter es para Freud un sistema relativamente permanente de las pasiones del hombre.
Lo entiende, pues, de manera semejante a los grandes literatos, como Balzac, Dostoyevski y Shakespeare.
En el concepto dinámico del carácter, no se trata de la conducta, no se trata de una descripción conductista, sino del ser profundo de un hombre, que determina su pensamiento y su acción.
Freud es el creador de una caraterología científica dinámica, en la cual ‑al contrario que en otras caracterologías‑ el carácter es el sistema de móviles al que se debe todo pensamiento y acción.
Pero Freud redujo también este gran descubrimiento al entender sexualmente tales móviles.
En mi libro Anatomía de la destructividad humana (E. Fromm, 1973), traté de mostrar cuáles son las condiciones de la formación del carácter: hay condiciones existenciales y condiciones histórico‑sociales; además, respecto de las diferencias individuales, están las condiciones de la familia y del historial familiar.



CARÁCTER
Carácter social

Por mi parte, he aclarado el concepto del carácter social, es decir, del carácter común a todo un grupo social, a toda una población.
Su misión consiste ‑dicho brevemente‑ en conformar las energías del hombre modeladas por la sociedad, por sus métodos educativos y otros factores de tal manera que el hombre quiera hacer lo que en una sociedad determinada debe hacer.
De este modo, la misma energía psíquica del hombre llega a ser una fuerza productiva de la sociedad, es decir, de una sociedad determinada, puesto que la sociedad como tal es una abstracción y no existe.
Por ilustrar [lo dicho sobre el carácter social]: si en el siglo pasado el ciudadano quería ahorrar, y era un ahorrador apasionado, no hacía sino obedecer a la necesidad económica de la época de acumular capital. Si su actual nieto o biznieto es un consumidor apasionado, es porque obedece también a las necesidades de nuestra economía, de una economía, en efecto, que ya no se basa en la acumulación de capital por parte de la gran mayoría, o de la burguesía, sino en el gastar y consumir.
Así pues, hay grandes diferencias de carácter social.
De ello se derivan para la sociología extraordinarias consecuencias relativas a la cuestión de por qué los miembros de una sociedad actúan de una manera muy determinada.
Por eso he tratado también de mostrar cómo media el carácter social entre ambas esferas, las bases económicas, o lo que Marx llamó la «subestructura», y la llamada «superestructura», o sea, el pensamiento y la cultura.





3.
La importancia de los descubrimientos de Freud
para la terapéutica

a) El efecto liberador del desengaño y de la asociación espontánea de ideas

En lo relativo a la terapéutica, partiré también del gran descubrimiento de Freud. Freud descubrió el efecto liberador, salvador, curativo, de la verdad, el efecto curativo de abandonar el engaño cuando el hombre se hace un hombre desengañado.
En alemán, la palabra «desengañado» expresa propiamente algo negativo. Sin embargo, estar desengañado significa que un hombre ya no se deja engañar.
Para el maestro Eckhart, el hombre justo es el que no engaña a otro, pero también el que no se deja engañar y es, por tanto, un hombre desengañado. [El efecto curativo del desengaño] tiene una larga tradición, que va de Buda, Jesús y Spinoza a Marx, quien dijo que, para eliminar los engaños, hay que modificar las circunstancias que necesitan de engaños.
Freud, finalmente, señaló clínicamente este principio empírico con la idea de que se puede curar a un hombre de su enfermedad descubriendo el conflicto entre la ficción inconsciente y el pensamiento consciente.
Freud demostró clínicamente el gran principio humanista del efecto liberador de la verdad en un procedimiento terapéutico.
En efecto, la otra contribución histórica de Freud consiste en haber mostrado este principio dentro de un marco muy concreto. Pero también en este caso hay grandes reducciones, primeramente aquella por la cual lo que importa siempre es descubrir lo inconsciente sexual.
Un analísta freudiano argumentará, naturalmente, que el paciente es libre y sólo debe decir lo que le viene a la cabeza, así que no es influenciado de ninguna manera.
Pero esto no es cierto del todo, porque naturalmente se da cuenta de lo que espera de él el psicoanalista y se muestra influido por ello.
Está bastante difundido el acuerdo de que los pacientes incluso sueñan lo que, para la escuela de su analista, constituye un sueño interesante.
Como durmiendo no nos encontramos de ningún modo en estado de inocencia, soñamos naturalmente con bastante maña.
Una vez que se ha desarrollado la llamada transferencia, el paciente, con algunos sueños, quiere complacer al analista.
En el caso del «hombre de los lobos» [S. Freud, 1918b], por ejemplo, yo sospecho que inventó muchas cosas, porque, como era muy hábil y listo, se daba cuenta de lo que Freud quería oír, de modo que yo no confiaría demasiado en sus llamadas ocurrencias. Freud tenía una fe ilimitada en la ocurrencia, lo que ciertamente era otro de sus defectos.
No comprendió que la cuestión de la ocurrencia espontánea no es tan sencilla.
Con lo cual llegamos a la segunda gran reducción, a la llamada libre asociación de ideas.

Animado por Breuer, y muy incitado después por Charcot y por Bernheim, Freud empezó a tratar a pacientes con la hipnosis.
Si en la hipnosis se experimentaban los síntomas, normalmente desaparecían.
Posteriormente, Freud rechazó el hipnotismo.
Desde luego, la idea de la abreacción sigue estando hoy muy difundida: si alguien tiene un odio reprimido y se le ofrece ocasión de gritar y alborotar, el odio sale del sistema y el interesado se hace pacífico.
Lo que, desde luego, es un perfecto absurdo.
Porque uno se ponga a vociferar, no se va a secar la fuente de la que siempre manará ese odio.
Por eso, volverá a gritar.
Freud lo reconoció muy pronto.
Sin embargo, otras muchas terapias siguen considerando la hip­nosis como el gran remedio.
Freud empezó con el hipnotismo en colaboración con Breuer. Pero éste abandonó el método a causa de un suceso bastante notable.
Un día, después de la hipnosis, una paciente se enamoró de él.
 Breuer era un señor muy convencional y quedó tan perturbado que abandonó todo el método.
Freud informa de ello con un poco de regodeo, pero a él le pasó lo mismo o, por lo menos, hay que suponerlo. Freud siguió empleando la hipnosis hasta que un día una paciente, al des­pertar, se le abrazó al cuello en el mismo momento en que llegaba un recadero.
Después de este suceso, Freud abando­nó el hipnotismo, aunque dando una explicación diferente.
El que aquella paciente se le echase al cuello tuvo grandes e importantes consecuencias para la terapia psicoanalítica.
Porque después, se dijo Freud, que también puede hacerse sin hipnotismo cuando toca con el dedo la frente del pacien­te y le dice: «Cuando le toque la frente, haga el favor de de­cirme todo lo que se le ocurra en el momento».
En efecto, éste era todavía un método semihipnótico.
Por último, Freud se dio cuenta de que no hacía falta poner el dedo para que uno asociase ideas. Sólo tenía que instruir al paciente para que dijera sin limitaciones todo lo que se le ocurriese, y en­tonces le vendrían también de lo inconsciente las ocurrencias decisivas, puesto que al fin y al cabo se encontraba en la si­tuación analítica, y preparado para ello.
Así, la asociación espontánea llegó a ser el sucedáneo de la hipnosis.
Según mi experiencia, la regla fundamental de decir todo lo que a uno se le ocurra, de no censurar nada, no omitir nada, etc., provoca en gran parte de los casos que la libre asocia­ción degenere en libre cháchara y se corrompa por completo.
¡A quién no le gustará hablar de sí mismo! De modo que los pacientes cuentan y vuelven a contar lo que han pensado, lo que han hablado, lo que han dicho su amigo, su amiga, la madre, el padre y el marido... horas y horas, semanas y se­manas, años y años.
Y siempre se justifica con la regla fun­damental de deber decirse todo lo que a uno le venga a la cabeza.
En realidad, la asociación espontánea degenera en una cosa agradable.
Porque la gente está muy sola, y hoy ya na­die escucha con un poco de paciencia y simpatía. Nadie tie­ne ya tiempo para eso, porque lo demás es muy importante, muy urgente y muy apremiante.
De modo que si se encuentra a uno que por una remuneración escucha durante una hora cinco veces a la semana, que a veces no dice nada y a veces dice poca cosa, ¡pues qué bien!, ya se ha librado uno de la soledad en que se encuentra.
Naturalmente, esta especie de asociación espontánea no tiene ya nada que ver con el méto­do liberador para abordar lo inconsciente.
A menudo, se intenta escapar de esta situación empezan­do a interpretar.
Se interpretan tempranas experiencias infan­tiles que el paciente, desde luego, no tuvo y, en consecuencia, tampoco las recuerda, pero que hubo de tenerlas, según la teoría.
Entonces, si durante un año, dos o tres, se repite una y otra vez al paciente que éste y el otro son los motivos de su padecimiento, el paciente tendrá que ser un héroe si al fin no acaba por ceder y decir:
 «Sí, doctor, eso es lo que me pa­rece a mí. Desde luego, no lo comprendo muy bien, pero eso es lo que me parece a mí también».
E incluso esta especie de terapia ‑igual que el exorcismo‑ puede tener un efecto te­rapéutico. Si encuentro por fin el demonio que tiene la culpa de mi dolencia, eso puede tener un efecto sugestivo que lleve realmente a que mejoren lo síntomas (por lo menos, los no muy graves).
En todo caso, para conseguir ese efecto sugestivo, el psicoanálisis es un método demasiado lento.
El mismo resultado se puede conseguir en un par de horas con métodos directamente sugestivos, y sin esa infinidad de ocurrencias.

b) Cuestiones de la llamada técnica terapéutica

Freud redujo su método goetheano ‑como lo he llamado‑ de encarar la totalidad de] hombre con el método de laboratorio que había estudiado.
Estuvo tan impresionado por este método que lo tomó como ideal para el analista.
Como en un laboratorio, el psicoanalista debía estar sentado, pensar y observar, pero había de emplear sólo su función mental, su función científica.
Freud era un observador apasionado y había observado muchas cosas.
El modelo freudiano de actitud del psicoanalista degeneró, en el freudismo vulgar, en una [indiferencia] por la que el analista se va cansando visiblemente y amenaza con dormirse.
Mis propias experiencias me llevaron a no sentarme más detrás del diván, sino delante del paciente.
Sentados detrás del diván, amenaza perderse un elemento importante: falta la relación con el hombre vivo.
Cuando no lo vemos, naturalmente se nos escapan también muchas cosas, sobre todo, su expresión facial, que es un elemento importantísimo para la comprensión de otra persona.
Quisiera hablar todavía, al menos brevemente, sobre las necesarias ampliaciones de la técnica, o del método.
Un primer punto se refiere a la prohibición de la cháchara al paciente.
Si alguien empieza a hablarnos de cosas como si uno fuese su mujer, su novia, o el camarero, o gente así, el psicoanalista debiera prohibir activamente esta cháchara y decir:
«Hágame el favor, eso me aburre, eso es trivial, insustancial, lo que usted me cuenta. ¿Qué ganamos con eso?
Estamos en una situación como si estuviésemos pescando en un lago que no tiene peces.
Me está contando cosas sólo porque usted quiere hablar, y quizá para protegerse contra lo que importa».

Un segundo punto se refiere al papel del analista: el analista no debe emplear el método de laboratorio del naturalista, sino que debe ser, como ha dicho Harry Stack Sullivan, un «observador participante». Debe observar, desde luego, pero como participante en la situación.
De todos modos, yo, como analista, sólo puedo ser un observador participante en una condición exquisitamente humanista si, como analista, puedo experimentar en mí mismo aquello de que está hablando el paciente, es decir, lo que de irracional y reprimido ocurre en el paciente.
El analista tiene que poder sentir lo mismo, al menos cualitativamente, aunque, es de esperar, no en la misma cantidad.
Si no puede sentirlo, no comprenderá al paciente. Si yo, como analista, no sé lo que significa estar deprimido, no podré comprender nunca a un paciente deprimido, sino que sólo estaré hablando sobre él, en vez de estarle hablando a él, puesto que yo no sabré de qué está hablando.
Además, el paciente lo nota, exactamente como nota que yo le comprendo, sobre todo, cuando a veces puedo describirle lo que siente, mejor de lo que él mismo puede y quiere, porque se reserva frente a este sentimiento, se protege en contra.

El maestro Eckhart sabía ya de esta condición humanista, que es indispensable para el papel de observador participante del analista, cuando hablaba de que tú te ves en cualquier otro y cualquier otro se ve en ti. Goethe dijo una vez que no podía imaginar ningún crimen que él mismo no hubiera podido cometer. Por parte del analista, la condición no es que él deba ser un ideal, ni que, como gusta decir, se haya analizado hasta el final, pero tiene que haber abandonado sus principales resistencias, el paso de lo consciente a lo in­consciente tiene que ser en él relativamente fácil y, por últi­mo, lo que el paciente le diga tiene que movilizar fácilmente en el analista lo que en éste vive, sin que a toda costa deba ser del todo consciente. Así,. el analista, si él quiere, es anali­zado también por el paciente, de modo que el curador es cu­rado por el paciente.
El derecho de analizar a otros lo gana el analista si es ca­paz de movilizar en sí mismo lo que le haga comprender qué sucede en el interior del otro. Dicho de modo más general: el medio más importante de que dispone el analista es su pro­pia persona.
Las funciones del hombre disecado pueden ob­servarse mediante máquinas y otras cosas pieza a pieza. Pero ninguna máquina ni ordenador es capaz de observar al hom­bre vivo entero. Para eso, sólo hay un medio: el hombre que se siente a sí mismo.
A mi parecer, la técnica analítica depende enteramente de cuánto sea capaz el analista de convertirse él mismo en el me­dio principal de su conocimiento. Lo cual no quiere decir algo así como que diagnostique o juzgue de manera subjetivamente intuitiva. Más bien, que se utilice a sí mismo como medio para comprender. Éste es su microscopio.
Basándose en la comprensión de sí mismo es como él obtiene sus datos, para después emplear su pensamiento teórico, racional, crítico, y ver qué puede hacer con esos datos.
Comparte, además, los datos con el paciente, sin esperar infinitamente a que éste se los haya aportado en cantidad suficiente. Se contenta con ha­ber descubierto algo y, excepto en casos determinados, lo co­munica también al paciente, porque esta misma interpreta­ción tiene un carácter despertante y estimulante.
Porque el paciente tiene sus grandes resistencias y temores de comprender lo que en él ocurre inconscientemente. Por esto, le es muy valioso que el analista le diga lo que desprende de sus informaciones. Puede ser que, a lo mejor, le diga el paciente: «¡No, todo eso es absurdo!».
Pero muy a menudo siente el pacien­te:
«Sí, en realidad yo lo sabía desde hace mucho». Por eso, tales informaciones aceleran el tratamiento y disminuyen la resistencia.
[Un tercer punto se refiere] a la investigaci6n de la niñez. Naturalmente, las experiencias infantiles son importantes para el crecimiento y para el desarrollo psíquico del hombre, pero el análisis no debe degenerar en una investigación histórica que estudie por qué una persona es así y no asá.
Desde luego, ésta sería una investigación histórica interesante, pero que no cu­raría a nadie. Al ocuparnos de la niñez de un paciente, la in­tención debe estar sobre todo en reconocer sus actuales fuerzas inconscientes.
Yo lo llamo la técnica de los rayos X: hay que ver la radiografía de su constelación de fuerzas incons­cientes, que lo empujan por una dirección determinada, y re­conocer en su choque las contradicciones entre el drama que él ha creado inconscientemente, y cuyo director es él, y sus objetivos conscientes. Su malestar obedece a este conflicto no reconocido, y de él proceden sus síntomas.



EL ANALISIS TRANSTERAPEUTICO

Un último punto, que quisiera por lo menos señalar, es el analisis transterapéutico. [Véase también E. Fromm, 1989a y 1991a.] El psicoanálisis no sólo puede emplearse para per­der los síntomas y, por decirlo así, para llegar a ser uno tan desgraciado como el término medio: puede emplearse tam­bién como un instrumento del desarrollo psíquico del hom­bre.
Este empleo del psicoanálisis se halla dentro de la tradi­ción humanista, para la que hay una vida buena y una vida mala, para la que hay fines y normas que conducen al vivir bien, es decir, rectamente, y otras normas que llevan a la caí­da y a la desgracia, y estos juicios valorativos no son simplemente juicios subjetivos, sino que se desprenden de las con­diciones de la existencia humana.
Ahora no quisiera entrar a justificar esta tradición humanista de la ética, dado que ya se ha hecho suficientemente en toda la filosofía y la ética de la Antigüedad y de la Edad Media, hasta Spinoza.
En la ac­tualidad, muchos neurofisiólogos sostienen la idea de que cier­tas tendencias, como las que llevan a la cooperación, a la so­lidaridad y al realismo, tienen también una efectiva base neurofisiológica, porque son elementos necesarios para la su­pervivencia del hombre.
[Véanse, en este sentido, E. Fromm, 1973a, y el capítulo: «El hombre, ¿es perezoso por naturale­za?», en E. Fromm, 1991b.]
Yo creo que el psicoanálisis, allende lo terapéutico, puede servir también de ayuda al hombre en su «gran liberación», como a menudo se la ha llamado en Oriente.
El análisis trans­terapéutico no es como una charlatanería de gurús indios o no tan indios, sino un método serio para liberarse penetran­do en los factores inconscientes que sirven de obstáculo al propio desarrollo.
Un camino especial, que todo el mundo puede andar, para alcanzar esta meta es el autoanálisis.
 Cier­tamente, resultará más fácil pasando unos seis meses por un análisis discente que tenga el único objetivo de llevar a uno a poder analizarse a sí mismo.
El autoanálisis es un medio y un método de propia libe­ración, que se debería practicar durante toda la vida, hasta llegar a ser un hombre justo, o iluminado (aun siendo meta que apenas ninguno de nosotros podremos alcanzar).
El autoanálisis no es fácil, pues es difícil todo lo que nos saca del statu quo y lo que tiene que ver con resistencias, las cua­les se presentan siempre que se trata de una reforma y de algo nuevo.
Finalmente, quisiera decir: la teoría freudiana era una teo­ría crítica, e incluso en cierto modo era una teoría revolucionaria. Perfeccionaba el racionalismo de la Ilustración y, al mismo tiempo, lo superaba. Pero actualmente ha perdido su carácter radical.
Es una afirmación que atiende tanto al freudismo vulgar como a la tentativa de desviar los intere­ses freudianos en otras direcciones.
Pienso, por ejemplo, en el estudio del yo que hace la llamada «psicología del yo», con la cual, por decirlo así, se pretendería hacer universitariamente aceptable el psicoanálisis.
Pero tales tentativas no tienen mu­cho que ver con lo que fue la gran apuesta y proyecto de Freud.
Para mí, el futuro del análisis está en volver a ser una teo­ría crítica que contribuya a descubrir las represiones, a escla­recer las discordancias y a desenmascarar las ideologías ac­tualmente decisivas en los individuos y en la sociedad, mostrando que el llamado por Freud «malestar de la cultu­ra» [véase S. Freud, 1930al en realidad es ya en sí mismo una patología de la sociedad cibernética.
Si el psicoanálisis se arriesga a tocar estos conflictos, actualmente esenciales, vol­verá a ser, en efecto, impopular y será tan combatido como una vez lo fue, cuando era una teoría crítica.
Ahí se verá ade­más si va por el buen camino, como toda ciencia creativa y productiva.


[1] Se incluye este documento al final

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