sábado, 22 de enero de 2011

HUMANISMO COMO UTOPIA, EL. -Erich Fromm- cap 2

2.
PROBLEMAS PSICOLOGICOS DEL HOMBRE EN LA SOCIEDAD MODERNA
(conferencia de 1964)

El 2 de mayo de 1964, Fromn pronuncio castellano una conferencia con este título en el «Congreso del Centenario» organizado por la Academia Nacional de Medicina de México. –Fromm se autoexilio en México, debido a las presiones ejercidas en Estados Unidos, por confesarse socialista humanista y criticar al sistema capitalista-
Junto con el original castellano, se encontró también, entre los papeles póstumos de Fromm, una redacción inglesa... [Nosotros tomamos la versión original castellana revisada por el traductor para su oportuna unificación léxica y gramatical.]


Está muy difundida en el mundo la idea de que todas las necesidades humanas quedarían satisfechas sólo con que triunfasen los métodos modernos de producción, además de en Estados Unidos y Europa, finalmente en Hispanoamérica, Asia y África.
Según esta suposición, el hombre sería feliz y tendría una mente sana si tuviese lo suficiente para comer, largo tiempo de asueto y un constante aumento de la posibilidad de consumir.

Sin embargo, cada vez se están levantando más voces que ponen en duda este optimismo tan ingenuo.
¿Cómo es que ‑se preguntan algunos observadores‑ los países más prósperos y adelantados, como Suecia y Suiza, soportan las tasas más altas de suicidio y alcoholismo?
¿Por qué el país más rico del mundo Estados Unidos es la mejor muestra de que vivimos en la «era de la angustia»?
¿Cómo es que los países económicamente más desarrollados de la Tierra se amenazan unos a otros con la aniquilación total y se amenazan, cada uno a sí mismo, con el suicidio total?
¿Será sólo porque el industrialismo aún no ha alcanzado todos sus objetivos?

El caso de Suecia parecería contradecirlo.
¿O será que hay algo intrínsecamente malo en el industrialismo, tal como se ha desarrollado en el régimen capitalista y en el soviético?

¿Dónde estamos hoy?

Puede sobre la humanidad el peligro de una guerra que lo destruiría todo, un peligro que no ha sido superado en absoluto por las indecisas tentativas que han hecho los gobiernos para evitarlo.
Pero, aun si queda suficiente cordura a los representantes políticos del hombre para poder evitar una guerra, la condición humana está muy lejos de haber cumplido las esperanzas que se abrigaron en los siglos XVI, XVII y XVIII.

El carácter del hombre ha sido moldeado por las exigencias de un mundo que él mismo ha edificado con su mano.
En los siglos XVIII y XIX, el carácter social de la clase media se distinguió por una poderosa tendencia a la explotación de la mano de obra y a la acumulación de capital.
Era un carácter determinado por la voluntad de explotar a los demás y de ahorrar las ganancias obtenidas para sacarles más beneficio.
En el siglo XX, la orientación caracterológica del hombre muestra una enajenación considerable y una identificación con los valores del mercado.
Ciertamente, el hombre contemporáneo es pasivo durante la mayor parte de su asueto.
Es el eterno consumidor: se embute bebida, comida, tabaco, turismo, conferencias, libros, películas.... todo lo consume, todo lo traga.
El mundo es para él un enorme objeto para satisfacer sus apetitos: una botella grande, una manzana grande, una teta grande...
Y el hombre ha llegado a ser el gran lactante, siempre a la espera de algo y siempre decepcionado.


Y cuando no es consumidor, es mercader.
Nuestro sistema económico se centra en torno de la función del mercado de determinar el valor de todas las mercancías y de regular qué parte del producto social corresponderá a cada uno.
No son la fuerza ni la tradición, como en épocas pasadas, ni el fraude ni la trampa, lo que dirige las actividades económicas del hombre.
Su libertad es la de producir y vender.
El día de mercado es el día del juicio sobre el éxito de sus esfuerzos.
En el mercado no sólo se ofrecen y venden mercancías: también el trabajo se ha convertido en una mercancía, que se vende en su propio mercado en las mismas condiciones de competencia leal. Pero el régimen del mercado se ha extendido allende la esfera económica de las mercancías y el trabajo.
También el hombre mismo se ha transformado en mercancía y siente su vida como un capital que debe invertir provechosamente.
Si lo consigue, es un «hombre de éxito», y su vida tiene sentido para él; en caso contrario, es un «fracasado».
Su «valor» estriba en su venalidad, no en sus cualidades humanas de amor y razón, ni en sus facultades artísticas.
Por tanto, el sentido de su valor depende de factores ajenos: de su éxito, de cómo lo juzgan los demás.
Por tanto, depende de los demás, y su seguridad está en el conformismo, en no apartarse un centímetro del rebaño.

Sin embargo, no es sólo el mercado lo que determina el carácter del hombre moderno. Hay otro factor, estrechamente relacionado con la función del mercado, que es el modo de producción industrial. Las empresas se hacen más y más grandes.
Aumenta sin cesar el personal de estas empresas, el número de obreros y administrativos.
La propiedad se ha apartado de la dirección empresarial.
Y los gigantes de la industria son manejados por una burocracia profesional más interesada por el buen funcionamiento y la expansión de su empresa que por el afán personal de lucro.

¿Qué tipo de hombre, pues, requiere nuestra sociedad para poder funcionar bien, sin roces?
Necesita hombres con los que se pueda cooperar fácilmente en grupos grandes, que quieran consumir cada vez más y que tengan gustos normalizados, fáciles de prever e influir.

Necesita hombres que se crean libres e independientes, no sometidos a ninguna autoridad, ni principio, ni moral, pero que estén dispuestos a recibir órdenes, que hagan lo que se espera de ellos y que encajen sin estridencias en la maquinaria social; hombres gobernables sin el empleo de la fuerza, obedientes sin Jefes y empujados sin más meta que la de seguir en marcha, funcionar, continuar...

Éste es el tipo de hombre que ha conseguido producir el industrialismo moderno: es un autómata, un hombre enajenado.
Está enajenado, en el sentido de que sus actos y sus energías se han extraído de él: están por encima de él y en contra suyo, lo gobiernan, en vez de ser él quien los gobierne.
Sus energías vitales se han transformado en cosas e instituciones.
Y estas cosas e instituciones se han convertido en ídolos.
No las siente como resultado de su propio esfuerzo, sino como algo que es independiente de él, a lo que adora y a lo cual se somete.
El hombre enajenado se arrodilla ante la obra de su mano.
Estos ídolos representan bajo forma enajenada sus energías vitales.
El hombre no se siente como dueño activo de sus energías y riquezas, sino como una «cosa» empobrecida, dependiente de otras cosas externas a él, a las que ha proyectado su sustancia vital.

Los sentimientos sociales del hombre se proyectan al Estado. Como ciudadano, está dispuesto a dar hasta su vida por sus semejantes; como individuo particular, lo dirige una preocupación egoísta por sí mismo.
Como ha hecho del Estado la encarnación de sus sentimientos sociales, adora el Estado y sus símbolos.
Proyecta en sus jefes su sentido de poder, sabiduría y valor, y adora estos jefes como sus ídolos.



En cuanto obrero, auxiliar o directivo, el hombre moderno está enajenado de su trabajo.
El obrero ha llegado a ser un átomo económico que baila al son de una dirección automatizada.
No participa en el plan del trabajo, no participa en su resultado: pocas veces ve el producto entero.
En cambio, el directivo ve el producto entero, pero está enajenado de él como cosa concreta, útil. Su objetivo es emplear provecho­samente el capital invertido por otros, y la mercancía no es más que la representación del capital, nada que le importe como una cosa concreta. El directivo se ha convertido en un burócrata que maneja cosas, núme­ros y personas como simples objetos de su actividad. Y a esta manipulación se llama interés por las «rela­ciones humanas», cuando, en realidad, el directivo se ocupa de las relaciones más inhumanas que pueda haber: las relaciones entre unos autómatas converti­dos en abstracciones.

También está enajenado el consumo. Consumi­mos más por los anuncios que por nuestras necesida­des reales, por nuestro paladar, ojos u oídos.

La enajenación y la futilidad del trabajo tienen como consecuencia el anhelo de una pereza total.
El hombre odia su vida laboral porque le hace sentirse preso y estafador.
Su ideal llega a ser una ociosidad absoluta, por la que no tenga que mover un dedo, salvo eso tan fácil que indica el lema de la Kodak, y que quisiera ver extendido a todos los campos: «Us­ted oprima el botón; nosotros hacemos lo demás».
Esta tendencia se refuerza por el tipo de consumo necesario para la expansión del mercado interior, y que conduce al principio tan concisamente formula­do por Aldous HuxIey en su libro “Un mundo feliz” (1946): una de las consignas principales que se inculcan desde la niñez es: «No dejes para mañana la diversión que puedas tener hoy». Porque si yo no aplazo la satisfacción de mi deseo (y me han condi­cionado a desear únicamente lo que puedo obtener), no padeceré conflictos ni dudas, no habré de tomar ninguna decisión, nunca estaré solo conmigo mismo, porque siempre estoy ocupado..., trabajando o divirtiéndome. No me hará falta darme cuenta de mi mis­mo, no tendré que hacerme consciente del yo que yo soy, porque el consumo me absorbe sin cesar.
Yo no soy más que un sistema de deseos y satisfacciones. Tengo que trabajar para poder cumplir mis deseos, y estos deseos son los que orienta y estimula constan­temente la maquinaria económica.
Este hombre enajenado, aislado, está atemoriza­do: no sólo porque la enajenación y el aislamiento provocan angustia, sino también por causa de una ra­zón más particular.
El sistema industrial burocrático, tal como se ha desarrollado especialmente en las gran­des empresas, provoca angustia: en primer lugar, por la discordancia entre el tamaño de la entidad social (empresa, gobierno o ejército) y la pequeñez de un solo individuo; y además, por la inseguridad general que este sistema provoca en casi todos.
La mayoría de las personas son empleados y, por lo tanto, dependen de sus jefes burocráticos.
En esta transacción no sólo han vendido su trabajo, sino también su personalidad (sus sonrisas, sus gustos, e incluso sus amistades).
Han traicionado su integridad, pero nunca podrán estar seguros de si van a subir o a caer, de si treparán por la escala social o quedarán reducidos a la pobreza, o por lo menos a la vergüenza y al apuro.
En medio de la abundancia, la sociedad industrial burocrática es una sociedad de hombres angustiados y atemorizados: efectivamente, unos hombres hasta tal punto atemorizados en cuanto a sus posibilidades de éxito o fracaso que no pueden sentir ya ningún temor ante la posibilidad de su aniquilación total por una guerra atómica.


Por último, en las sociedades industriales más desarrolladas, el hombre está cada vez más enamorado de los aparatos técnicos que de la vida y de los seres vivientes.
Para muchos, un nuevo coche deportivo es más atractivo que una mujer.
Al interés por la vida y lo orgánico sustituye el interés por lo técnico y lo inorgánico.
Como consecuencia, el hombre se vuelve indiferente a la vida y siente más orgullo por haber inventado los cohetes y las armas atómicas que aversión e indignación porque se esté considerando la posibilidad de eliminar toda vida.

Ciertas consecuencias de esta situación son importantes para el psiquiatra.
El hombre convertido en cosa está angustiado, carece de fe y de convicciones y tiene poca capacidad de amar.
Y escapa al vano ajetreo, al alcoholismo, a una extremada promiscuidad sexual y a síntomas psicosomáticos de todas clases que explica mejor la teoría de la tensión (estrés).
Como consecuencia paradójica, las sociedades más prósperas resultan ser las más enfermas y el progreso de la medicina queda compensado por el gran aumento de toda clase de enfermedades psíquicas y psicosomáticas.

Con esto no quiero decir que la industrialización en cuanto tal sea inconveniente.
Por el contrario, sin ella el género humano no logrará las bases materiales necesarias para una vida humana digna y significativa.
La cuestión es qué forma tenga el sistema industrial: la del industrialismo burocrático, en el que individuo se convierte en un pequeño e insignificante engranaje de la maquinaria social; o la del industrialismo humanístico, en el que la enajenación y sensación de impotencia quedan vencidas por la participación activa y responsable del individuo en vida económica y social.
Tal industrialismo humanístico impone muchas condiciones sociales y económicas que no podré exponer por falta de tiempo.
Pero una cosa debe decirse: el fin de una sociedad industrial humanista no puede ser el máximo beneficio de unos cuantos, y ni siquiera el máximo consumo para la mayoría. La producción económica no debe ser un fin en sí mismo, sino solamente un medio para una vida humanamente más rica.
Será una sociedad en la que el hombre será mucho, no una sociedad en la que el hombre tendrá mucho, o consumirá mucho.
Habrá de crear las condiciones para el hombre productivo, no para el Homo consumens ni para el Homo technicus, el hombre rodeado de artilugios.



De todo esto se deriva una lección para los países que, como México, se encuentran actualmente en la transición de la sociedad feudal a la sociedad industrial. Ciertamente, deben convertirse en sociedades industriales y deben satisfacer las necesidades mate­riales de todos sus habitantes.
Pero deben ser escép­ticas frente a las estimaciones de las sociedades industriales adelantadas y no tratar de imitarlas.
Su objetivo debe ser el de luchar por una nueva forma de sociedad que no sea feudal ni industrial-burocrá­tica, sino por un industrialismo humanístico en que se realicen ciertos ideales humanos del pasado, de­volviendo sustancia a lo que sólo habían sido vanas palabras, en vez de arrumbarlas dejándose arrastrar también a la embriaguez del consumo.
La salud men­tal y la supervivencia de la civilización exigen que re­nazca el espíritu de la ilustración, un espíritu inflexi­blemente crítico y realista, pero liberado de sus prejuicios excesivamente optimistas y racionalistas, y que a la vez se reaviven los valores humanistas, no proclamados, sino practicados en la vida personal y en la vida social.









































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