sábado, 15 de enero de 2011

SOBRE LA DESOBEDIENCIA cap 2

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LA APLICACION DEL PSICOANALISIS HUMANISTA
A LA TEORIA DE MARX

El marxismo es un humanismo y su objetivo consiste en el pleno desarrollo de las potencialidades del hombre.

No del hombre tal como se lo deduce de sus ideas o de su conciencia, sino del hombre con sus propiedades físicas y psíquicas, el hombre verdadero que no vive en un vacío sino en un contexto social, el hombre que debe producir para vivir.

Precisamente es el hecho de que el marxismo se interese por el hombre íntegro, y no por su conciencia, lo que diferencia al "materialismo" de Marx del idealismo de Hegel, así como de la deformación economista‑mecanicista del marxismo.

La gran obra de Marx consistió en liberar las categorías económicas y filosóficas que se referían al hombre, de sus expresiones abstractas y alienadas, y en aplicar la filosofía y la economía ad hominem.

Marx se preocupaba por el hombre, y su propósito consistía en liberar a éste del predominio de sus intereses materiales, de la prisión que sus propias disposiciones y actos habían construido en torno de él. Si no se entiende esta preocupación de Marx, nunca se comprenderá ni su teoría ni la falsificación a la que ésta fue sometida por muchos de los que dicen practicarla.

Aunque la obra cumbre de Marx se titula “El capital”, la misma estaba enfocada sólo como un paso en su búsqueda total, y el estudio del capital, como una herramienta crítica que ayudaba a entender la condición mutilada del hombre en la sociedad industrial.
Era una etapa de la gran obra que, si se hubiera escrito, quizás se habría titulado Acerca del hombre y la sociedad.

La obra de Marx, ya sea la del "joven Marx" o la del autor de El capital, está poblada de conceptos psicológicos.
Esgrime conceptos tales como "esencia del hombre", "hombre mutilado", "alienación", "conciencia", "tendencias pasionales" e "independencia", para mencionar sólo algunos de los más importantes.
Sin embargo, contrastando con Aristóteles y Spinoza, que asentaron la ética sobre una psicología sistemática, la obra de Marx casi no contiene teorías psicológicas.
Exceptuando algunas observaciones fragmentarias tales como la distinción entre impulsos fijos (como hambre y sexualidad) e impulsos flexibles de origen social, prácticamente no se encuentran elementos relevantes de psicología en los escritos de Marx ni en los de sus sucesores.
La razón de esta ausencia no reside en la falta de interés o de talento para analizar los fenómenos psico1ógicos (los volúmenes que contienen la correspondencia no abreviada entre Marx y Engels revelan una capacidad para indagar profundamente las motivaciones inconscientes que honraría a cualquier eminente psicoanalista); reside en cambio en el hecho de que en la época de Marx no existía una psicología dinámica que él pudiera aplicar a los problemas de los hombres.
Marx murió en 1883; Freud empezó a publicar sus trabajos más de diez años después de la muerte de Marx.

El tipo de psicología necesaria para complementar el análisis de Marx era la que habría de crear Freud, aunque a ésta le faltaran aún muchas revisiones.
El psicoanálisis es, en primer término, una psicología dinámica.
Trata con fuerzas psíquicas, que motivan la conducta humana, los sentimientos, las ideas.
No siempre se pueden percibir estas fuerzas como tales; hay que deducirlas de los fenómenos observables, y hay que estudiarlas en sus contradicciones y transformaciones.
La psicología apta para servir al pensamiento marxista debe ser aquella capaz de entender la evolución de estas fuerzas psíquicas como un proceso de interacción constante entre las necesidades del hombre y la realidad social e histórica en la cual éste participa.
Debe ser, desde sus mismos comienzos, una psicología social. Eventualmente, debe ser una psicología crítica, sobre todo crítica de la conciencia del hombre.


El psicoanálisis de Freud llena estas condiciones capitales, aunque ni la mayoría de los freudianos ni los marxistas percibieron su relevancia. Son evidentes las razones que obstaculizaron este contacto desde ambos bandos. Los marxistas insistieron en su tradición de ignorar la psicología; Freud y sus discípulos elaboraron sus ideas dentro del marco del materialismo mecanicista, que resultó perjudicial para el desarrollo de los grandes descubrimientos de Freud, e incompatible con el "materialismo histórico".

Mientras tanto, ocurrieron nuevos hechos.
El más importante de ellos fue el renacimiento del humanismo marxista.
Hemos sido testigos del hecho de que muchos socialistas marxistas, especialmente de los países socia­listas más pequeños, pero también sus colegas de Occi­dente, tomaron conciencia de que la teoría marxista ha menester de una teoría psicológica del hombre; tam­bién comprendieron que el socialismo debe proporcio­nar al hombre el sistema de orientación y devoción que aquél necesita; que debe encarar los problemas de la identidad del hombre y del significado y el objetivo de su vida. Debe constituir el cimiento para normas éticas y para un desarrollo espiritual superiores a las frases vacías que estipulan que "lo bueno es aquello que sirve a la revolución" (el Estado obrero, la evolución históri­ca, etc.).

Simultáneamente, la oposición que se gestó en el campo psicoanalítico contra el materialismo mecanicis­ta que subyace en el pensamiento de Freud, impulsó a reevaluar con sentido crítico el psicoanálisis, y esencial­mente la teoría de la libido.
Gracias al progreso que se produjo tanto en el pensamiento marxista como en el psicoanalítico, parece llegada la hora de que los marxis­tas humanistas reconozcan que el empleo de una psico­logía dinámica, crítica, socialmente orientada, tiene una importancia crucial para el mayor desarrollo de la teoría marxista y de la práctica socialista; que una teo­ría que tiene por centro al hombre no puede continuar prescindiendo de la psicología si no quiere perder con­tacto con la realidad humana.

En las páginas siguientes deseo destacar algunos de los principales problemas de los que se ha ocupado o de los que se deberá ocupar el psicoanálisis humanista.'

El primer problema del que se deberá ocupar es el del "carácter social", el carácter matriz común a un grupo (nación o clase, por ejemplo) que determina efectivamente los actos e ideas de sus miembros.

Este concepto implica una elaboración especial del concep­to freudiano de carácter, cuya esencia es la naturaleza dinámica del carácter. Freud consideró que el carácter era la manifestación relativamente estable de diversos géneros y tendencias de la libido, o sea, de energía psí­quica orientada hacia determinados objetivos y emanada de determinadas fuentes.

Lamentablemente son tan pocos los autores que trataron de aplicar el psicoanálisis revisado al problema del marxismo y el socialismo, que debo remitirme sobre todo a mis propios escritos posteriores a 1930.

The Dogma of Christ (Nue­va York, Rinehart and Winston, 1963) [versi6n cast.: El dogma de Cristo, Buenos Aires, Paidos, 1964;
Psychoanalytic Charac­terology and Its Relevance for Social Psychology, en The Crisis of Psychoanalysis (Nueva York, Holt, Rinehart and Winston, 1970) [versión cast.: La crisis del psicoanálisis, Buenos Aires, Pai­dós, 19711;
Escape from Freedom (Nueva York, Holt, Rinehart and Winston, 194 1) [versi6n cast.: El miedo a la libertad, Buenos Aires, Paid¿>s, 19471;
The Sane Society (Nueva York, Holt, Rine­hart and Winston, 1955); Marxs Concept of Man (Nueva York, Frederick Ungar & Co., 1961);
Beyond the Chains of Illusion (Nueva York, Pocket Books, Credo Series, comp. por R. N. Anshen, 1962), que se refieren especialmente a la relación entre las teorías de Marx y Freud. Entre otros autores que han escrito desde el punto de vista psicoanalítico‑marxista el más importante es Wilhelm Reich, aunque hay muy poco en común entre sus teorías y las mías.
Los esfuerzos de Sartre por desarrollar un aná­lisis humanista de orientación marxista padecen las consecuencias de su escasa experiencia clínica y, en general, enfocan la psico­logía superficialmente aunque con una fraseología brillante.


En sus conceptos de los caracteres oral, anal y genital, Freud presentó un nuevo modelo del carácter humano que explicaba el compor­tamiento como la expresión de nítidas tendencias pa­sionales; Freud supuso que la orientación e intensidad de estas tendencias resultaba de experiencias de la pri­mera infancia vinculadas con las "zonas erógenas" (bo­ca, ano, órganos genitales), y descartando los elemen­tos físicos, el comportamiento de los padres era el prin­cipal responsable del desarrollo de la libido.

El concepto de carácter social se refiere a la matriz de la estructura caracterológica común aun grupo.

Pre­sumo, que el factor fundamental para la formación del carácter social" es la práctica de la vida tal como es constituida por la forma de producción y por la estratificación social resultante.

El carácter social, es aquella estructura particular de energía psíquica que una sociedad dada plasma con el propósito de que re­sulte útil para el funcionamiento de esa misma socie­dad dada.

La persona media debe querer hacer aquello que debe hacer para desempeñarse en una forma que permita que la sociedad utilice sus energías para sus propios fines.
En el proceso social la energía del hom­bre sólo se presenta parcialmente en forma de simple energía física (trabajadores que labran la tierra o cons­truyen caminos); y parcialmente en formas específicas de energía psíquica.
El miembro de un pueblo primi­tivo que depende del asalto y el saqueo de otras tribus, debe tener un carácter belicoso,'apasionado por la gue­rra, la matanza y el pillaje.
Los miembros de una tribu pacífica, agrícola, deben ser p'roclives a la cooperación en cuanto ésta se opone a la violencia.
La sociedad feudal funciona correctamente sólo cuando sus miem­bros tienden a someterse a la autoridad y a respetar y admirar a aquellos que son sus superiores.
El capitalis­mo sólo funciona con hombres ávidos por trabajar, dis­ciplinados y puntuales, cuyo mayor interés consiste en el lucro monetario, y cuyo principio fundamental en la vida consiste en el beneficio económico que deriva de la producción y el intercambio. En el siglo XIX el capita­lismo necesitaba de hombres partidarios del ahorro; a me­diados del siglo XX necesita de hombres frenéticamen­te interesados en gastar y consumir.

El carácter social representa la forma en que se moldea la energía huma­na para aprovecharla como fuerza productiva en el pro­ceso social. El carácter social es reforzado por todos los medios de influencia accesibles a una sociedad: su sistema edu­cativo, su religión, su literatura, sus canciones, sus chis­tes, sus hábitos y, por encima de todo, sus métodos fa­miliares para criar a los niños.

Este último aspecto es tan importante porque una gran parte de la estructura de carácter de los individuos se forma en los cinco o seis primeros años de vida. Pero la influencia de los pa­dres no es esencialmente individual o accidental, como suponen los psicoanalistas clásicos; los padres son pri­mordialmente los agentes de la sociedad, tanto por su propio carácter como por sus métodos educativos; se diferencian los unos de los otros sólo en grado mínimo y generalmente estas diferencias no disminuyen la in­ fluencia que tienen en la creación de la matriz social­mente deseable del carácter social.

La revisión de la teoría de Freud acerca de la libido, que constituye la base de su concepto de carácter, fue la premisa para la formulación del concepto de carácter social plasmado por la práctica vital en cualquier socie­dad dada.  La teoría de la libido está arraigada en el concepto mecanicista del hombre como máquina, don­de la libido (además del instinto de conservación) ac­túa como fuente de energía, gobernada por el "princi­pio del placer", o sea la reducción de la tensión incre­mentada de la libido a su nivel normal. Chocando con este concepto, intenté demostrar (especialmente en Man for Himse1f) que las diversas tendencias del hom­bre, que es primordialmente un ser social, se desarro­llan como consecuencia de su necesidad de "asimilar" (cosas) y de "socializar" (con gente), y que las formas de asimilación y socialización que constituyen sus pa­siones principales dependen de la estructura social en la cual él vive.  En este concepto se interpreta al hombre como un ser caracterizado por sus tendencias pasiona­les hacia los objetos ‑hombres y naturaleza‑ y por su necesidad de relacionarse con el mundo.
El concepto de carácter social ofrece respuesta a im­portantes problemas que la teoría marxista no analizó a fondo.

1)        ¿Cuál es la causa por la cual una sociedad logra asegurarse la lealtad de la mayoría de sus miembros, aunque éstos sufran bajo el sistema y aunque su razón les diga que la lealtad a ella los perjudica?  ¿Por qué su interés real como seres humanos no triunfó sobre sus intereses ficticios engendrados por todo tipo de influencias y lavados de cerebro ideológicos?  ¿Por qué su conciencia de su situación de clase y de las ventajas del socialismo no fue tan eficaz como lo supuso Marx?

La respuesta a este interrogante reside en el fenómeno del carácter social.

Cuando una sociedad ha logrado mol­dear la estructura de carácter del hombre común de modo tal que le guste hacer lo que debe hacer, éste se siente satisfecho con las condiciones que le impone la sociedad.
Tal como dijo en una oportunidad uno de los personajes de lbsen: "Puede hacer todo lo que quiere porque sólo quiere “lo que puede hacer”.
Es innecesario aclarar que un carácter social que, por ejemplo, está sa­tisfecho con la sumisión, es un carácter mutilado. Pero mutilado o no, cumple los requisitos de una sociedad que necesita de hombres sumisos para funcionar ade­cuadamente.


2)        El concepto de carácter social también sirve para explicar el nexo entre la base material de una sociedad y la "superestructura ideológica".

A menudo se ha in­terpretado a Marx como si éste hubiera dicho que la superestructura ideológica no era nada más que el reflejo de la base económica.
Esta interpretación no es correc­ta; pero lo cierto es que la teoría de Marx no explicó suficientemente la naturaleza de la relación entre base y superestructura. Una teoría psicológica dinámica puede demostrar que la sociedad produce el carácter social, y que el carácter social tiende a producir ideas e ideologías que se adaptan a él y que lo nutren, y a afe­rrarse a ellas. Sin embargo, no es sólo la base económica la que crea un determinado carácter social que, a su vez, crea ciertas ideas. Las ideas, una vez creadas, también influyen sobre el carácter social, e indirectarnente sobre la estructura socioecon6mica. Lo que destaco aquí es que el carácter social es el intermediario entre la estructura socioeconómica Y las ideas y los ideales que prevalecen en una sociedad. Es el intermediario en ambas direcciones: desde la base económica hacia las ideas y desde las ideas hacia la base económica.


El siguiente esquema expresa dicho concepto:


BASE ECONOMICA


CARÁCTER SOCIAL


IDEAS E IDEALES


3)        El concepto de carácter social puede explicar cómo una sociedad utiliza la energía humana, lo mismo que cualquier otra materia prima, para sus necesidades y sus fines.

El hombre, en verdad, es una de las fuerzas naturales más maleables; se lo puede utilizar prácticamente para cualquier fin; se lo puede hacer odiar o cooperar, someterse o erguirse, disfrutar con el sufrimiento o con la felicidad.


4)        En tanto que todo lo dicho es cierto, también es cierto que el hombre sólo puede resolver el problema de su existencia con el pleno despliegue de sus poderes humanos.

Cuanto más mutila una sociedad al hombre, tanto más se deteriora éste, aunque conscientemente esté satisfecho con su suerte. Pero inconscientemente está disconforme, y esta misma disconformidad es el elemento que lo impulsa eventualmente a cambiar las formas sociales que lo mutilan. Si no lo logra, su tipo particular de sociedad patógena se extinguirá.
El cambio y la revolución sociales no emanan sólo de nuevas fuerzas productivas que entran en conflicto con formas antiguas de organización social, sino también del choque entre condiciones sociales inhumanas y las inalterables necesidades del hombre. Se puede hacer casi cualquier cosa a un hombre, pero sólo casi. La historia de la lucha del hombre por la libertad es la expresión más reveladora de este principio.


5)        El concepto de carácter social no es sólo un elemento teórico que se presta para la especulación de tipo general, sino que es también útil e importante para los estudios empíricos que se proponen descubrir cuál es la incidencia de diversos tipos de "carácter social" en una sociedad o en una clase social dada.

Suponiendo que se defina el "carácter campesino" como individualista, ahorrativo, obstinado, poco proclive a la cooperación, con escaso sentido del tiempo‑ y la puntualidad, este síndrome de rasgos no constituye de manera alguna una suma de rasgos diversos, sino una estructura cargada de energía. Si se intentara cambiarla, esta estructura se resistiría vigorosamente, ya sea recurriendo a la violencia o al obstruccionismo silencioso, y ni siquiera las ventajas económicas darían resultado fácilmente.
El síndrome debe su existencia a la norma común de producción que ha caracterizado la vida campesina durante miles de años.
Lo mismo se aplica a una clase media baja en decadencia, ya se trate de aquella que llevó a Hitler al poder, o de los blancos pobres del Sur de los Estados Unidos.
La falta de toda forma de estímulo cultural positivo; el resentimiento contra su situación particular, que es la de los postergados por los movi­mientos evolutivos de su sociedad; el odio contra aque­llos que destruyeron las imágenes que en otra época los llenaron de orgullo, crearon un síndrome del carácter que está integrado por el amor a la muerte (necrofilia), la intensa y maligna fijación en la sangre y el suelo, y un violento narcisismo de grupo (que se expresa en un nacionalismo y un racismo vigorosos).
Un último ejemplo: la estructura de carácter del obrero industrial comprende puntualidad, disciplina, capacidad para el trabajo en equipo; éste es el síndrome que constituye la condición mínima para el eficaz desempeño de un obrero industrial. (Aquí omitimos otras diferencias ‑como dependencia ‑ independencia; interés ‑ indiferen­cia; actividad ‑ pasividad‑ si bien las mismas tienen ca­pital importancia para la estructura de carácter del tra­bajador, tanto actual como futuro.)



6)        La aplicación más importante del concepto de ca­rácter social consiste en distinguir el carácter social fu­turo de una sociedad socialista, tal como la imagmió Marx, del carácter social del capitalismo del siglo XIX, con su deseo primordial de poseer propiedad y riqueza, y del carácter social del siglo XX (capitalista o comunis­ta), que se impone cada vez más en las sociedades muy industrializadas: el carácter del homo consumens. El detallado análisis de este punto en E. Fromm, The Heart of Man, Its Geniusfor Good and Evil (Nueva York, Harper and Row, Religious Perspectives Series, comp. por R. N. Anshen, 1964).

El homo consumens es el hombre cuyo objetivo fun­damental no es principalmente poseer cosas, sino con­sumir cada vez más, compensando así su vacuidad, pa­sividad, soledad y ansiedad interiores.

En una sociedad caracterizada por empresas gigantescas, y por desmesu­radas burocracias industriales, gubernamentales y sin­dicales, el individuo, que no tiene control sobre las circunstancias de su trabajo, se siente impotente, solo, aburrido y angustiado.

Al mismo tiempo, la necesidad de lucro de las grandes industrias de consumo recurre a la publicidad y lo transforma en un hombre voraz, un lactante a perpetuidad que desea consumir más y más, y para el que todo se convierte en artículos de consu­mo: los cigarrillos, las bebidas, el sexo, el cine, la tele­visión, los viajes, e incluso la educación, los libros y las conferencias.


Se crean nuevas necesidades artificiales y se manipulan los gustos del hombre. (El carácter del ho­mo consumens en sus formas más extremas constituye un conocidísimo fenómeno psicopatológico. Se en­cuentra en muchos casos de personas deprimidas o an­gustiadas que se refugian en la sobrealimentación, las compras exageradas o el alcoholismo para compensar la depresión y la angustia ocultas.)

La avidez de consu­mir (una forma extrema de lo que Freud llamó el "ca­rácter oral‑‑‑receptivo") se está convirtiendo en la fuerza psíquica predominante de la sociedad industrial con­temporánea.

El homo consumens se sumerge en la ilu­sión de felicidad, en tanto que sufre inconscientemente los efectos de su hastío y su pasividad.  Cuanto mayor es su poder sobre las máquinas, mayor es su impotencia como ser humano; cuanto más consume más se esclaviza a las crecientes necesidades que el sistema industrial crea y maneja.

Confunde:
Emoción y excitación con ale­gría y felicidad, y
Comodidad material con vitalidad;
El apetito satisfecho se convierte en el sentido de la vida, la búsqueda de esa satisfacción, en una nueva religión.
La libertad para consumir se transforma en la esencia de la libertad humana.

Este espíritu de consumo es precisamente lo contra­rio del espíritu de una sociedad socialista tal como lo imaginó Marx.

El percibió claramente el peligro inhe­rente al capitalismo.
Su meta era una sociedad en la cual el hombre sea mucho, no en la cual tenga o use mucho.
Quería liberar al hombre de las cadenas de su apetito material, para que pudiera estar totalmente des­pierto, vivo y sensible, y para que no fuese el esclavo de su codicia.

La producción de demasiadas cosas úti­les ‑escribió‑ deriva en la creación de demasiadas per­sonas inú‑tiles."

Deseaba abolir la pobreza extrema, porque ésta impide que el hombre alcance su plena dimensión humana; pero también quería evitar la riqueza extrema, en cuyo ámbito el individuo se convierte en prisionero de su avidez.
Su objetivo no era el consumo máximo, sino el óptimo, la satisfacción de aquellas ne­cesidades humanas genuinas que sirven de medios para una vida más plena y más rica.
Que las teorías de Marx fueron tergiversadas en aras de otros intereses es cierto también.

Una de las ironías de la historia consiste en que el es­píritu del capitalismo, la satisfacción del apetito mate­rial, esté conquistando a los países comunistas y socia­listas que, gracias a su economía planificada, podrían contenerlo.  
NOTA: Este articulo se escribió antes de la caída del Muro de Berlin que simbólicamente es la caída de la URSS  –el Imperio socilista- o comunismo de estado made in Rusia.

Este proceso tiene su propia lógica: la ri­queza material del capitalismo impresionó inmensamente a aquellos países más pobres de Europa donde había triunfado el comunismo, y la victoria del socia­lismo se identificó con la competencia exitosa con el capitalismo, dentro del espíritu de éste.
El socialismo corre el peligro de degenerar en un sistema capaz de lograr que los países más pobres se industrialicen más rápidamente que el capitalismo, omitiendo convertirse en una sociedad en la cual la meta principal sea el desa­rrollo del hombre y no de la producción económica.

El desarrollo de esta última ha sido alentado por el hecho de que el comunismo soviético, al aceptar una versión grosera del "materialismo" de Marx, perdió contacto, lo mismo que los países capitalistas, con la tradición espiritual humanista que tuvo en Marx a uno de sus más destacados representantes.

Es cierto que los países socialistas no han resuelto el problema de satisfacer las necesidades materiales legítimas de sus poblaciones (e incluso en los Estados Unidos el 40 por ciento de la población no es "opu­lenta"). Pero tiene extraordinaria importancia que los economistas, filósofos y psicólogos sociales tengan con­ciencia del peligro implícito en el hecho de que la meta del consumo óptimo pueda transformarse fácilmente en la del consumo máximo.

La misión de los teóricos socialistas consiste en estudiar la naturaleza de las nece­sidades humanas genuinas, cuya satisfacción puede au­mentar la vitalidad y la sensibilidad del hombre, y las necesidades sintéticas creadas por el capitalismo, que tienden a debilitar al hombre, a hacerlo más pasivo y aburrido, a convertirlo en esclavo de su apetito por las cosas.




Lo que subrayo aquí no es que se deba restringir la producción como tal, sino que una vez que se hayan satisfecho las necesidades óptimas del consumo individual, se la debe canalizar hacia la multiplicación de los medios de consumo social tales como escuelas, bibliotecas, teatros, parques, hospitales, transportes públicos, etc.

El consumo individual siempre creciente de los países altamente industrializados sugiere que la competencia, la codicia y la envidia son engendradas no sólo por la propiedad privada, sino también por el consumo privado irrestricto. Los teóricos socialistas no deben olvidar que el objetivo de un socialismo humanista consiste en edificar una sociedad industrial cuya forma de producción sirva al pleno desarrollo del hombre total, y no a la creación del homo consumens; que la sociedad socialista es una sociedad industrial apta para la vida y el desarrollo de seres humanos.

7)        Existen métodos empíricos que permiten estudiar el carácter social. El propósito de ese estudio consiste en descubrir: la frecuencia de los diversos síndromes de carácter dentro de la población en conjunto y dentro de cada clase; la intensidad de los diversos factores dentro del síndrome; los factores nuevos o, contradictorios que han sido engendrados por condiciones socioeconómicas diferentes.

Todas estas variantes permiten indagar el vigor de la estructura de carácter existente, el proceso de cambio, y también cuáles son las medidas que podrían facilitar dichos cambios. Es innecesario aclarar que esta indagación es importante en los países que se hallan en estado de transición de la agricultura al industrialismo, y también para conocer los problemas inherentes a la transición del obrero que está sometido al capitalismo o al capitalismo de Estado, o sea, que vive en condiciones alienadas, a las condiciones del socialismo auténtico.

Además, estos estudios ofrecen líneas de orientación para la acción política. Si sólo conozco las "opiniones" políticas de las personas tal como han sido determinadas por las encuestas, sé también cómo es probable que actúen en el futuro inmediato. Si deseo conocer el vigor de fuerzas (que quizás en ese momento todavía no se manifiestan conscientemente) tales como, por ejemplo, el racismo, el belicismo o el pacifismo, dichos estudios de carácter me revelan el vigor y la orientación de las fuerzas subyacentes que operan en el proceso social y que quizás se manifiesten sólo después de algún tiempo.

Aquí no disponemos de espacio para discutir detalladamente los métodos que se pueden utilizar para obtener los datos sobre el carácter arriba mencionado. Un rasgo común a todos ellos consiste en que evitan el error de confundir las ideologías (racionalizaciones) con expresiones de la realidad interior, generalmente inconsciente.

Un método, que resultó muy útil, es el del cuestionario abierto, cuyas respuestas se interpretan según su significado no intencional o inconsciente. Así, cuando una respuesta a la pregunta:
¿Cuáles son los personajes históricos que usted más admira? es: "Alejandro el Grande, Nerón, Marx y Lenin", en tanto que otra respuesta es: “Sócrates, Pasteur, Marx y Lenin”
Se deduce que el primer interrogado es un admirador del poder y de la autoridad rígida, en tanto que el segundo es un admirador de aquellos que trabajan al servicio de la vida y son benefactores de la humanidad.
Así, por ejemplo, el espíritu de destrucción latente en la baja clase media alemana sólo se expresó cuando Hitler le dio una oportunidad para ello.
Utilizando un test proyectivo ampliado se puede obtener una imagen verosímil de la estructura de carácter de una persona.
Este método lo apliqué por primera vez en 1981, junto con los doctores E. Schachtel, P. Lazarsfeld y otros, en el Instituto de investigaci6n Social (Universidad de Francfort), y más tarde en la Universidad de Columbia. El propósito de la investigación consistía en averiguar la frecuencia de los caracteres autoritarios vs. antiautoritarios entre los obreros y empleados alemanes. Los resultados correspondieron bastante aproximadamente a los hechos, tal como lo demostr6 el desarrollo hist6rico posterior. El mismo método se ha aplicado en un estudio psicosocial realizado en una pequeña aldea mexicana, bajo mi direcci6n, con la colaboraci6n de los doctores Theodore y Lola Schwartz y Michael Maecoby, y con una subvenci6n de Foundations Fund for Research in Psychiatry. Los métodos estadísticos del doctor Louis McQuitty permiten manejar los centenares de miles de datos aislados de modo tal que, utilizando computadoras electr6nicas, los síndromes de rasgos típicamente vinculados surgen con toda claridad.

Otros tests proyectivos, el análisis de los chistes, las canciones y los cuentos favoritos, y del comportamiento observable (especialmente de los "pequeños actos" tan importantes para el examen psicoanalítico) ayudan a obtener resultados correctos.
Desde el punto de vista metodológico, todos estos estudios ponen especial énfasis en la forma de producción y en la estratificación de clases resultante, en los rasgos de carácter y en los síndromes más significativos que ellos engendran, y en la relación entre estas dos series de datos.

Así, recurriendo al método de muestreos estratificados, es posible estudiar a naciones íntegras o a grandes clases sociales incluyendo a menos de mil personas en la investigación.

Otro aspecto importante de la psicología social analítica es lo que Freud llamó el inconsciente. Pero, en tanto que Freud se interesaba primordialmente por la represión individual, el estudioso de la psicología social marxista dedicará la mayor atención al “inconsciente social”

Este concepto se refiere a aquella represión de la realidad interior que es común a grandes grupos.
Toda sociedad debe hacer los mayores esfuerzos para evitar que sus miembros (o los de una clase particular) tomen conocimiento de impulsos que, si fueran conscientes, podrían desembocar en ideas o actos socialmente “peligrosos”.
La censura eficaz no es aquella que se manifiesta a nivel de la palabra impresa o hablada, sino aquella que incluso impide que los pensamientos se vuelvan conscientes, reprimiendo la sensibilidad peligrosa.
Naturalmente, el contenido del inconsciente social depende de las muchas formas de estructura social, y puede implicar agresividad, rebeldía, subordinación, soledad, infelicidad, hastío, etc., para mencionar sólo unos pocos ejemplos.

Es necesario reprimir constantemente y suplantar el impulso contenido recurriendo a ideologías que lo niegan o afirman su contrario, por ejemplo:.
Al hombre aburrido, angustiado, infeliz de la sociedad industrial contemporánea se le enseña a pensar que es feliz y que rebosa de alegría.
En otras sociedades, al hombre despojado de libertad de pensamiento y de expresión se le enseña a pensar que ha alcanzado prácticamente la forma más completa de libertad, aunque en ese momento sólo sus dirigentes hablen en nombre de dicha libertad.

En algunos sistemas se reprime el amor a la vida, y se cultiva en cambio el amor a la propiedad; en otros, se reprime la conciencia de la alienación, y en cambio se promueve el estribillo: "en un país socialista no puede existir alienación".


Otra forma de expresar el fenómeno del inconsciente consiste en referirse a él en los términos empleados por Hegel y Marx, o sea, como la totalidad de las fuerzas que operan a espaldas del hombre mientras éste tiene la ilusión de gozar de su libre albedrío, o, tal como lo expresó Adam Smith: "una mano invisible guía al hombre económico para promover un fin que no forma parte de su intención".
En tanto que Smith creía que esta mano invisible era benévola, Marx (y también Freud) la consideraron peligrosa; era necesario desenmascararla para despojarla de su eficacia.
La conciencia es un fenómeno social; para Marx consiste sobre todo en falsa conciencia, la obra de las fuerzas de la represión.
Es interesante observar que Marx utilizó el término represión Verdrangung"‑ en La ideología alemana. Rosa Luxemburgo explicó en Leninism and Marxism ‑publicado recientemente en inglés en TheRussian Revolution and Leninism or Marxism? (Ann Arbor, University of Michigan Press, 196l)‑ que el inconsciente (la logica del proceso histórico) precede a la conciencia (la lógica subjetiva del ser humano).

El inconsciente, lo mismo que la conciencia, es también un fenómeno social, determinado por el “filtro social” que no permite que la mayoría de las experiencias humanas auténticas ascienda del inconsciente a la conciencia.
Este filtro social consiste primordialmente en
a) el lenguaje,
b) la lógica, y
c) los tabúes sociales;

Está cubierto por las ideologías (racionalizaciones) que se experimentan subjetivamente como ciertas, cuando en realidad no son más que ficciones socialmente producidas y compartidas. Esta interpretación de la conciencia y la represión puede demostrar empíricamente la validez de la afirmación de Marx acerca de que "la existencia social determina la conciencia".

Por obra de estas consideraciones, surge otra diferencia entre el psicoanálisis freudiano dogmático y el de orientación marxista.
Freud creía que la causa de represión efectiva (el contenido más importante a reprimir son los deseos incestuosos) es el miedo a la castración.
Yo opino, por el contrario, que tanto individual como socialmente, lo que más teme el hombre es el aislamiento absoluto respecto de sus semejantes, el ostracismo total.
Incluso el miedo a la muerte es más fácil de soportar.
La sociedad impone sus exigencias de represión amenazando con el ostracismo.
Quien no niega la presencia de determinadas experiencias está desubicado, no tiene cabida en ningún lugar, corre peligro de volverse loco. (La locura es, en verdad, la enfermedad caracterizada por la ausencia total de vinculación con el mundo exterior).

Los marxistas supusieron casi siempre que aquello que obra a espaldas del hombre y lo dirige son las fuerzas económicas y sus expresiones políticas.

El estudio psicoanalítico demuestra que éste es un concepto demasiado estrecho.
La sociedad está compuesta por hombres, y cada hombre está dotado de un potencial de tendencias pasionales, que van desde las más arcai­cas hasta las más progresistas.
La suma de este poten­cial humano está moldeada por el conjunto de fuerzas económicas y sociales características de cada sociedad dada.
Estas fuerzas del conjunto social producen un de­terminado inconsciente social y ciertos conflictos en­tre los factores represivos y las necesidades humanas dadas que son esenciales para el normal desempeño hu­mano (por ejemplo, un cierto grado de libertad, estí­mulo, interés en la vida, felicidad).

En verdad, tal como dije antes, las revoluciones se materializan como expre­sión, no sólo de las nuevas fuerzas productivas, sino también de la parte reprimida de la naturaleza humana, y sólo triunfan cuando se combinan las dos condicio­nes.

La represión, ya esté condicionada individual o socialmente, deforma al hombre, lo fragmenta, lo pri­va de su humanidad total.

La conciencia representa al "hombre social" determinado por una sociedad dada; el inconsciente representa al hombre universal que hay en nosotros, al bien y al mal, al hombre total que justi­fica la frase de Terencio: "Creo que nada humano me es ajeno." (Casualmente, éste era el lema favorito de Marx.)

La psicología profunda también puede hacer un aporte a un problema que desempeña un papel capital en la teoría de Marx, aunque éste nunca llegara a una solución satisfactoria:
El problema de la esencia y la naturaleza del hombre.
Por un lado, Marx ‑especial­mente después de 1844‑ no quiso utilizar un concepto metafísico, a-histórico, como "esencia" del hombre, concepto éste que muchos gobernantes habían esgrimído durante milenios para probar que sus leyes y re­glamentaciones correspondían a lo que cada uno de ellos definía como la inmutable "naturaleza del hom­bre".

Por otro lado, Marx se oponía a la idea relativista de que el hombre nace como una hoja de papel en blanco sobre la que cada cultura escribe su texto.
Si esto fuera cierto, ¿cómo podría rebelarse el hombre contra las formas de existencia que una sociedad dada impone a sus miembros?
¿Cómo podría haber utilizado Marx (en El capital) el concepto de "hombre mutilado" si no hu­biese tenido un concepto del "modelo de naturaleza humana" pasible de mutilación?
Una respuesta asentada sobre el análisis psicológico reside en la hipótesis de que no existe una "esencia del hombre" en el sentido de una sustancia que permanece inmutable en el curso de toda la historia.

Según mi opinión, la respuesta con­siste en que la esencia del hombre reside en la misma contradicción entre la circunstancia de que se halla en la naturaleza, arrojado al mundo independientemente de su voluntad, y arrebatado contra su voluntad, en un lugar y un momento accidentales, y la circunstancia de que trasciende la naturaleza por obra de su falta de facultades instintivas y por su conciencia de sí mismo, de otros, y del pasado y el presente.

El hombre, un “aborto de la naturaleza”, se sentiria insoportablemente solo si no pudiese resolver su contradicción hallando una nueva forma de unidad.
La contradicción esencial de la existencia del hombre lo obliga a buscar una solu­ción a ella, a hallar una respuesta a la pregunta que le plantea la vida desde el momento de su nacimiento.
Existe una cantidad de respuestas calculables pero limitadas al problema de la búsqueda de la unidad.

El hom­bre puede hallar la unidad tratando de regresar a la eta­pa animal, eliminando aquello que es específicamente humano (la razón y el amor), siendo esclavo o esclavi­zador, transformándose en cosa, o de lo contrario desa­rrollando sus poderes humanos específicos hasta encon­trar una nueva unidad con sus semejantes y con la natu­raleza (ésta es muy importante para el pensamiento de Marx) al convertirse en un hombre libre ‑libre no sólo de las cadenas, sino también libre para convertir el de­sarrollo de todas sus posibilidades en la verdadera meta de su vida‑, en un hombre que deba su existencia a su propio esfuerzo productivo.

El hombre no tiene una "tendencia al progreso" innata, pero lo impulsa la nece­sidad de resolver su contradicción existencial, que se replantea en cada nueva etapa de desarrollo. Esta con­tradicción o, en otras palabras, las posibilidades diferen­tes y contradictorias del hombre ‑constituye su esencia.
Existen otros conceptos de Marx a los cuales la psico­logía profunda puede hacer importantes aportes.

Puede demostrar que Marx ‑lo mismo que Spinoza y Freud­ no fue ni determinista ni no determinista. Fue ecléctico. En cada paso de su vida individual e histórica el hombre enfrenta una cantidad de "posibilidades reales".
Estas posibilidades, como tales, están determinadas, porque son el resultado de la totalidad de las circunstancias que lo rodean, pero el hombre podrá optar entre las alternativas mientras tenga conciencia de ellas y de las consecuencias de su decisión en una etapa lo bastante temprana como para que su personalidad todavía no se haya inclinado completamente hacia lo que se opone a su interés humano; cuando esto ha sucedido, la hora de la elección ha pasado irrevocablemente.

En este sentido, la libertad no implica "actuar con la conciencia de las necesidades", sino que se asienta sobre la conciencia de las verdaderas posibilidades y de sus consecuencias, en contraste con la creencia en posibilidades ficticias e irre­ales que son narcóticas y destruyen la posibilidad de libertad.

Otro tema de fundamental importancia en el pensa­miento marxista, al que el piscoanálisis puede aportar una valiosa contribución es el del fenómeno de la alie­nación.

Las limitaciones de espacio no permiten entrar a analizar aquí este tema.
Bastará con decir una palabra al respecto.
La literatura marxista utilizó a menudo el concepto de alienación en un plano puramente intelec­tual, aislado del análisis de los datos psicológicos vincu­lados con la experiencia de la alienación.
Creo que no se puede hablar responsablemente de alienación si no se la ha experimentado en uno mismo y en otros.
Ade­más, para alcanzar a entender plenamente el fenómeno de la alienación y para poder estudiar el grado de aliena­ción en diversas clases sociales y las condiciones sociales que tienden a incrementarla o a reducirla, hay que exa­minar su relación con el narcisismo, la depresión, el fa­natismo y la idolatría.
El psicoanálisis dispone de todas las herramientas necesarias para realizar esta tarea.

En resumen: este ensayo implica una invitación a in­corporar al pensamiento marxista, como punto de mira significativo, un psicoanálisis dialéctica y humanística­mente orientado. Creo que el marxismo necesita de esta teoría psicológica y que el psicoanálisis necesita adoptar la auténtica teoría marxista.
Esta síntesis fecundará am­bos campos, en tanto que el énfasis en el pav1ovismo positivista, si bien puede proporcionar muchos datos interesantes, sólo conducirá al deterioro tanto de la psi­cología como del marxismo.



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