sábado, 15 de enero de 2011

SOBRE LA DESOBEDIENCIA cap 3

3
PROFETAS, SACERDOTES Y FILOSOFOS
EN UN MUNDO EN BANCA ROTA


Profetas de la religión y profetas de la sociedad.


Puede decirse sin exageración que nunca estuvo tan difundido por el mundo como en la actualidad el cono­cimiento de las grandes ideas producidas por la especie humana, y que nunca esas ideas fueron menos efectivas que hoy.

Las ideas de Platón y Aristóteles, de los pro­fetas y de Cristo, de Spinoza y de Kant, son conocidas por millones de personas de las clases educadas de Eu­ropa y América. Se las enseña en miles de instituciones de enseñanza superior, y algunas de ellas son objeto de prédica en las iglesias de todos los cultos en todas partes.

Y todo esto en un mundo que sigue los principios del egotismo irrestricto, que alimenta un nacionalismo his­térico, y que se está preparando para una insensata ma­sacre masiva. ¿Cómo explicar esta discrepancia?

Las ideas no influyen profundamente en el hombre cuando sólo se las enseña como ideas y pensamientos. Por lo común, cuando se las presenta de tal manera, hacen cambiar a otras ideas; nuevos pensamientos toman el lugar de los antiguos; nuevas palabras toman el lugar de las antiguas.
Pero todo lo que ocurre es un cambio en los conceptos y las palabras.
¿Por qué debería ser de otra manera?
Es extremadamente difícil que un hombre sea movido por ideas, y que capte una verdad.
Para lograrlo, necesita superar resistencias de inercia profundamente arraigadas, vencer el miedo al error o a apartarse del rebaño.
El mero familiarizarse con otras ideas no es suficiente, aunque éstas sean correctas y sólidas en sí mismas.
Pero las ideas producen en verdad un efecto sobre el hombre si son vividas por quien las enseña, si son personificadas por el maestro, si aparecen encarnadas.
Si un hombre expresa la idea de humildad y es humilde, quienes lo oyen comprenderán qué es la humildad.
No sólo comprenderán, sino que creerán que ese hombre está hablando acerca de una realidad, y no meramente pronunciando palabras.
Lo mismo vale respecto de todas las ideas que un hombre, un filósofo o un instructor religioso traten de transmitir.

A quienes anuncian ideas ‑y no necesariamente ideas nuevas‑ y a la vez las viven, podemos llamarlos profetas.
Los profetas del Viejo Testamento hicieron precisamente eso: anunciaron la idea de que el hombre tenía que hallar una respuesta a su existencia, y que esa respuesta era el desarrollo de su razón, de su amor; y enseñaron que la humildad y la justicia estaban indisolublemente vinculadas con el amor y la razón.
Vivieron lo que predicaban.
No buscaron el poder, sino que lo evitaron.
Ni siquiera el poder de ser profetas.
No los impresionaban los poderosos, y dijeron la verdad aunque esto los llevara a la cárcel, el ostracismo o la muerte.
No eran hombres que se apartaran y esperaran para ver lo que sucedía.
Respondieron a sus congéneres porque se sintieron responsables.
Lo que les ocurría a otros, les ocurría a ellos.
La humanidad no estaba fuera, sino dentro de ellos.

Precisamente porque vieron la verdad, sintieron la responsabilidad de decirla; no amenazaron, sino que mostraron las alternativas con que se enfrentaba el hombre.
No se trata de que un profeta desee serlo; en verdad, sólo los falsos profetas ambicionan llegar a ser profetas.
El hecho de que alguien llegue a profeta es bastante simple, porque también lo son las alternativas que él ve.
El profeta Amós expresó esta idea muy sucintamente: "El león ha rugido, ¿quién no temerá? Dios ha hablado, ¿quién no será profeta?
La frase “Dios ha hablado” significa aquí simplemente que la elección se ha vuelto inconfundiblemente clara.
No puede haber más dudas.
No puede haber más evasiones.
Por ello el hombre que se siente responsable no tiene otra elección que volverse profeta, sea que antes haya sido pastor de ovejas, viticultor o pensador y expositor de ideas.
Es función del profeta mostrar la realidad, señalar alternativas y protestar; es su función hablar en voz alta, despertar al hombre de su rutinario entresueño.
Es la situación histórica lo que hace a los profetas, no el deseo de serlo de algunos hombres.
Muchas naciones han tenido sus profetas.
Buda vivió sus enseñanzas.; Cristo se encarnó; Sócrates murió de acuerdo a sus ideas; Spinoza las vivió. Y todos ellos dejaron una honda huella en la especie humana, precisamente porque su idea se encarnó en cada uno de ellos.

Los profetas sólo aparecen a intervalos en la historia de la humanidad.
Mueren y dejan su mensaje.
Ese mensaje lo aceptan millones de personas, se les vuelve entrañable.
Esta es precisamente la razón de que la idea resulte explotable para otros, que usufructúan para sus propios fines de dominio y control la adhesión de la gente a estas ideas.
A los hombres que hacen uso de la idea anunciada por los profetas, los llamaremos sacer­dotes. Los profetas viven sus ideas. Los sacerdotes las administran a la gente que se adhiere a la idea. La idea ha perdido su vitalidad. Se ha transformado en una fór­mula. Los sacerdotes declaran‑ que es muy importante la manera en que se formula la idea; naturalmente, la formulación siempre se vuelve importante después que la experiencia ha muerto; ¿de qué otro modo podría uno controlar a la gente controlando sus pensamientos, a menos que haya una formulación "correcta"?

Los sa­cerdotes utilizan la idea para organizar a los hombres, para controlarlos controlando la expresión exacta de la idea, y cuando los anestesiaron suficientemente, decla­ran que no son capaces de mantenerse despiertos y de dirigir su propia vida, y que ellos, los sacerdotes, obran por deber, o incluso por compasión, al cumplir la fun­ción de dirigir a los hombres que, si se los dejara li­brados a sí mismos, tendrían miedo de la libertad.
Cier­to es que no todos los sacerdotes han actuado de esta manera, pero la mayoría de ellos lo hicieron, especial­mente los que manejaron el poder.



Sacerdotes sin religión:
Sacerdotes de la filosofia y de la politica.

Hay sacerdotes no sólo en religión.

Hay sacerdotes en filosofía y sacerdotes en política.
Toda escuela filo­sófica tiene sus sacerdotes. A menudo son muy erudi­tos; su tarea consiste en administrar la idea del pensa­dor original, impartirla, interpretarla, transformarla en un objeto de museo y así custodiarla.
También hay los sacerdotes políticos; hemos visto bastantes en los últimos 150 años.
Han administrado la idea de libertad, para proteger los intereses económicos de su clase so­cial.
En el siglo XX los sacerdotes han asumido la ad­ministración de las ideas del socialismo.
Aunque esta idea tendía a la liberación e independencia del hombre, los sacerdotes declararon de una u otra manera que el hombre no era capaz de ser libre, o por lo menos que no lo sería por un largo tiempo.
Hasta entonces, ellos estaban obligados a hacerse cargo, y a decidir cómo formular la idea, y quién era un creyente devoto y quién no lo era.
Los sacerdotes confunden por lo co­mún a la gente porque se proclaman sucesores del pro­feta y afirman que viven lo que predican.
Sin embargo, aunque un niño podría ver que viven precisamente en forma opuesta a lo que enseñan, la gran masa de perso­nas ha sufrido un efectivo lavado de cerebro y llega eventualmente a creer que si los sacerdotes llevan una vida espléndida lo hacen como sacrificio, porque tie­nen que representar la gran idea; o que si matan sin pie­dad sólo lo hacen por fe revolucionaria.

Ninguna situación histórica podría ser más propicia que la nuestra para el surgimiento de profetas.

La exis­tencia misma de toda la especie humana está amenaza­da por la locura que implica preparar una guerra nucle­ar.

La mentalidad troglodítica y la ceguera han llevado a un punto en que la especie humana parece avanzar rá­pidamente hacia el trágico final de su historia, en el momento mismo en que está cerca de su más grande lo­gro.
En este momento la humanidad necesita profetas, aunque sea dudoso que sus voces logren prevalecer por sobre las de los sacerdotes.



 Entre los pocos en los que la idea ha llegado a encar­narse, y a los que la situación histórica transformó de
maestros en profetas, está Bertrand Russell. Ocurre que es un gran pensador, pero esto no contribuye en reali­dad esencialmente a su personalidad de profeta. El, junto con Einstein y Schweitzer, representa la respues­ta de la humanidad occidental ante la amenaza de su existencia, porque los tres han alzado su voz, han for­mulado advertencias, y han señalado las alternativas.

Schweitzer vivió la idea de Cristiandad trabajando en Lambarené.
Einstein vivió la idea de razón y humanis­mo negándose a sumarse a las voces histéricas del na­cionalismo de la intelligentsia alemana en 1914 y en muchas ocasiones posteriores.
Bertrand Russell expresó durante muchas décadas sus ideas sobre racionalidad y humanismo, exponiéndolas en sus libros; pero en años recientes ha salido a la plaza a mostrar a todos los hom­bres que cuando las leyes del país contradicen a las de la humanidad, un verdadero hombre debe elegir las le­yes de la humanidad.

Bertrand Russell ha reconocido que la idea, aunque se encarne en una persona, sólo cobra significación social si se encarna en un grupo.

Cuando Abraham discutió con Dios acerca del destino de Sodoma, y desafió la justicia de Dios, pidió que sólo se perdonara a Sodoma si había en ella diez hombres justos, pero no menos.
Si había menos de diez, es decir, si no había ni siquiera un grupo mínimo en el cual se hubiera encarnado la idea de justicia, tampoco Abraham podía esperar que la ciudad se salvara.
Bertrand Russell trata de demostrar que existen los diez que pueden salvar la ciudad.
Este es el motivo por el que organizó a la gente, desfiló con ella, participó con ella en sentadas y junto con ella fue llevado en los furgones policiales en Estados Unidos.
Aunque su voz sea una voz en el desierto, no es, sin embargo, una voz aislada.
Es el guía de un coro; sólo la historia de los próximos años revelará si se trata del coro de una tragedia griega o el coro de la Novena Sinfonía de Beethoven.

Entre las ideas que Russell encarna en su vida, quizás la primera que se debe mencionar es el derecho y el deber del hombre de desobedecer.

Al hablar de desobediencia no me refiero a la del “rebelde sin causa”, que desobedece porque no tiene otro compromiso con la vida que el de decir “no”.
Esta clase de desobediencia rebelde es tan ciega e impotente como su opuesto, la obediencia conformista que es incapaz de decir “no”.
Estoy hablando del hombre que puede decir "no" porque puede afirmar, que puede desobedecer precisamente porque puede obedecer a su conciencia y a los principios que ha elegido; estoy hablando del revolucionario, no del rebelde.

En la mayoría de los sistemas sociales la obediencia es la suprema virtud, la desobediencia el supremo pecado.
En verdad, cuando en nuestra cultura la gente se siente "culpable", lo que ocurre realmente es que tiene miedo porque ha desobedecido.
Lo que los perturba no es un problema moral, aunque crean que lo es, sino el hecho de haber desobedecido una orden.
Esto no es sorprendente; después de todo, la enseñanza cristiana ha interpretado la desobediencia de Adán como un hecho que lo corrompió a él y a su simiente de un modo tan fundamental que sólo el acto especial de la gracia de Dios podía salvar al hombre de su corrupción.
Esta idea estaba, por supuesto, de acuerdo con la función social de la Iglesia, que sostenía el poder de los gober­nantes mediante la enseñanza del carácter pecaminoso de la desobediencia.
Sólo los hombres que tomaron en serio las enseñanzas bíblicas de la humildad, la fraterni­dad y la justicia se rebelaron contra la autoridad secu­lar, con el resultado de que la Iglesia los señaló general­mente como rebeldes y pecadores contra Dios.
La co­rriente principal del Protestantismo no alteró esta si­tuación.
Por el contrario, mientras la Iglesia Católica mantuvo vigente la conciencia de la diferencia existente entre autoridad secular y espiritual, el Protestantis­mo se alió con el poder secular.
Lutero –dando inicio a la iglesia protestante y evangelicas en general- sólo dio la pri­mera y drástica expresión de esta tendencia cuando es­cribió acerca de los campesinos revolucionarios alema­nes del siglo XVI:

por lo tanto, todos los que podamos hacerlo, ataquémoslos, matémoslos  apuñalémoslos, secreta o abiertamente, recordando que nada hay más venenoso, dañino o demoníaco que un rebelde".

Pese a la progresiva desaparición del terror religioso, los sistemas políticos autoritarios siguieron haciendo de la obediencia la piedra angular de su existencia.
Las grandes revoluciones de los siglos XVII y XVIII comba­tieron contra la autoridad real, pero pronto el hombre retornó a hacer una virtud de la obediencia a los suce­sores de los reyes, cualquiera fuera el nombre que asu­mieran.
¿Dónde reside hoy la autoridad?
En los países totalitarios es la autoridad desembozada del Estado, apoyada por el robustecimiento del respeto a la autori­dad en la familia y en la escuela.
Las democracias occidentales, en cambio, se enorgullecen de haber superado el autoritarismo del siglo XIX. Pero ¿lo lograron, o só­lo ha cambiado el carácter de la autoridad?

Este siglo es la era de las burocracias jerárquicamen­te organizadas en el gobierno, las empresas y los sindi­catos.
Estas burocracias administran a las cosas y a los hombres como una unidad; siguen ciertos principios, especialmente el principio económico del balance, la cuantificación, la eficiencia máxima y el lucro, y fun­cionan esencialmente como lo haría una computadora electrónica que hubiera sido programada según estos principios.
El individuo se transforma en un número, se convierte en una cosa.
Pero justamente porque no hay una autoridad manifiesta, porque el individuo no está "forzado" a obedecer, se hace la ilusión de que actúa voluntariamente, de que sólo sigue a la autoridad "ra­cional". ¿Quién puede desobedecer lo “razonable”?

¿Quién puede desobedecer a la burocracia por compu­tadora?
¿Quién puede desobedecer cuando ni siquiera se da cuenta de que obedece?

En la familia y en la edu­cación ocurre la misma cosa.
La corrupción de las teo­rías de la educación progresista ha llevado a un método en que al niño no se le dice qué hacer, no se le dan ór­denes ni se lo sanciona por el fracaso en ejecutarlas.
El niño simplemente "se expresa a sí mismo".
Pero desde el primer día de su vida en adelante, está lleno del impío respeto a la conformidad, del temor de ser "diferente", del miedo de alejarse del resto del rebaño, ha perdido su libertad solo al empezar.
El "hombre‑organización" educado de esta manera en la familia y en la escuela y completada su educación en la gran organización, tiene opiniones, pero no convicciones.

Se divierte, pero es desdichado;
Está incluso dis­puesto a sacrificar su vida y la de sus hijos en la obe­diencia voluntaria a poderes impersonales y anónimos.
Acepta el cálculo de muertes que se ha puesto tan de moda en las discusiones sobre la guerra termonuclear: la mitad de la población de un país muerta ‑"muy aceptable"‑; dos tercios muertos ‑"quizás no"

La cuestión de la desobediencia es de vital importan­cia en la actualidad.

Mientras de acuerdo con la Biblia la historia humana comenzó con un acto de desobe­diencia ‑Adán y Eva‑‑‑, mientras de acuerdo con el mi­to griego la civilización comenzó con el acto de desobe­diencia de Prometeo, no es improbable que la historia humana termine con un acto de obediencia a autorida­des que a su vez obedecen a los fetiches arcaicos de la "soberanía del Estado", el "honor nacional", la "vic­toria militar", y que darán las órdenes de apretar los botones fatales a quienes les obedecen a ellos y a sus fetiches.

La desobediencia es entonces, en el sentido que aquí le damos, un acto de afirmación de la razón y la volun­tad. No es primordialmente una actitud dirigida contra algo, sino a favor de algo: de la capacidad humana de ver, de decir lo que se ve y de rehusarse a decir lo que no se ve.
Para hacerlo así el hombre no necesita ser agresivo o rebelde; necesita mantener sus ojos abiertos, estar plenamente alerta y deseoso de asumir la respon­sabilidad de hacer abrir los ojos a quienes se hallan en peligro de perecer porque están amodorrados.
Karl Marx escribió una vez que Prometeo, quien dijo que “prefería estar encadenádo a su roca antes que ser el siervo obediente de los dioses”, es el santo patrono de todos los filósofos.
Lo que esto implica es la renova­ción de la función prometeica de la vida misma.
La afirmación de Marx apunta muy claramente al proble­ma de la vinculación existente entre filosofía y desobe­diencia.
La mayoría de los filósofos no desobedecieron a las autoridades de su tiempo.
Sócrates obedeció mu­riendo, Spinoza renunció a su cargo de profesor antes que entrar en conflicto con la autoridad, Kant fue un ciudadano leal, Hegel cambió sus simpatías revolucio­riarias juveniles por la glorificación del Estado en sus ultimos años.
Sin embargo, pese a ello, Prometeo fue su santo patrono.
Es cierto que permanecieron en sus aulas y prosiguieron sus estudios sin salir a la plaza, y esto por muchas razones que no examinaré ahora.
Pero como filósofos desobedecieron a la autoridad de los pensamientos y conceptos tradicionales, a los clisés que eran objeto de creencia y enseñanza.
Ellos trajeron luz a la oscuridad, despertaron a quienes dormitaban, "se atrevieron a saber".

El filósofo desobedece a los clisés y a la opinión pú­blica porque obedece a la razón y a la humanidad.
Precisamente porque la razón es universal y trasciende tod­as las fronteras nacionales, el filósofo que la sigue es un ciudadano del mundo; su objeto es el hombre –no esta o aquella persona, esta o aquella nación‑.
Su país es el mundo, no el lugar donde ha nacido.
Nadie ha expresado la naturaleza revolucionaria del pensamiento de un modo más brillante que Bertrand Russell.
En Principles of Social Reconstruction (1916) escribió:


Los hombres temen al pensamiento más que a cualquier otra cosa en la tierra ‑más que a la ruina, incluso más que a la muer­te‑.  
El pensamiento es subversivo y revolucionario, destructivo y terrible; el pensamiento es despiadado con el privilegio, las ins­tituciones establecidas y los hábitos confortables; el pensamiento es anárquico y sin ley, indiferente a la autoridad, despreocu­pado de la acreditada sabiduría de las edades. El pensamiento escudriña el abismo del infierno y no teme.
Ve al hombre, esa débil partícula, rodeado por insondables profundidades, de si­ lencio; sin embargo procede arrogante, tan impertérrito como si fuera el señor del universo.
El pensamiento es grande, y veloz y libre, la luz del mundo, y la principal gloria del hombre. Pero para que el pensamiento llegue a ser posesión de mu­chos, no privilegio de unos pocos, debemos eliminar el temor.
Es el temor lo que contiene a los hombres ‑el temor de que sus acendradas creencias resulten engañosas, el temor de que las ins­tituciones por las que viven resulten dañinas, el temor de que ellos mismos resulten menos dignos de respeto de lo que habían supuesto que eran. "¿Debe el trabajador pensar libremente acer­ca de la propiedad?
Entonces, ¿qué nos ocurriría a nosotros, los ricos?
¿Deben los jóvenes, hombres y mujeres, pensar libremen­te acerca del sexo?
Entonces, ¿qué ocurrirá con la moralidad?
¿Deben los soldados pensar libremente acerca de la guerra?
En­tonces, ¿qué ocurrirá con la disciplina militar?

¡Basta de pensa­miento! ¡Retornemos a las sombras del prejuicio, para que no corran peligro la propiedad, la moral y la guerra!
Es mejor que los hombres sean estúpidos, lerdos y tiránicos, y no que su pen­samiento sea libre.
En efecto, si su pensamiento fuera libre, po­drían no pensar como nosotros.
Y este desastre debe evitarse a toda costa.
“Así argumentan los oponentes del pensamiento en las profundidades inconscientes de su alma.
Y así actúan en sus iglesias, sus escuelas y sus universidades.



La capacidad de desobediencia de Bertrand Russell no se enraíza en ningún principio abstracto, sino en la experiencia más real que existe: el amor a la vida reluce en sus escritos y también en su persona.
Es hoy una rara cualidad, y especialmente rara en los países mismos en que los hombres viven en medio de la abundancia.
Muchos confunden estremecimiento con goce, excitación con interés, consumir con ser.
El slogan necrófilo "Viva la muerte", aunque conscientemente sólo lo utilicen los fascistas, llena el corazón de muchas personas que viven en tierras de plenitud de bienes, aunque ellas mismas no se den cuenta.
 Parece que en este hecho reside una de las razones que explican por qué la mayoría de la gente se resigna a aceptar la guerra nuclear y la consiguiente destrucción de la civilización, y da tan pocos pasos para impedir esta catástrofe.
Bertrand Russell, por el contrario, lucha contra la masacre que nos amenaza, no porque sea pacifista o por algún principio abstracto, sino precisamente porque es un hombre que ama la vida.

Exactamente por la misma razón no tienen para él ningún sentido las voces que se empecinan en recalcar la maldad del hombre, con lo que en realidad dicen más sobre sí mismos y sobre su propio temperamento melancólico que sobre los hombres.
No se trata de que Bertrand Russell sea un romántico sentimental.
Es un realista obstinado, crítico y cáustico; se da cuenta de la hondura del mal y la estupidez que anida en el corazón del hombre, pero no lo confunde con una supuesta corrupción innata que sirve para racionalizar el punto de vista de quienes son demasiado melancólicos como para creer que el hombre está dotado para crear un inundo en el cual pueda sentirse en su casa.
"Excepto en el caso de esos raros espíritus que nacieron sin pecado ‑escribió Russell en Mysticism and Logic: A Free Man's Worship (1903)‑, hay una caverna de oscuridad que debemos atravesar antes de poder entrar en el tem­plo.
El portal de la caverna es la desesperanza, y su piso está pavimentado con las losas tumbales de las esperan­zas abandonadas.
Allí debe morir el Yo; allí debe ani­quilarse la avidez, el afán del indómito deseo, pues sólo así puede liberarse el alma del imperio del Destino.
Pe­ro fuera de la caverna el Portal del Renunciamiento lle­va de nuevo a la luminosidad de la sabiduría, de la que irradia una nueva visión, un nuevo goce, una nueva ter­nura que alegran el corazón del peregrino".

Y más tar­de, en Philosophical Essays (1910), escribió:

"Excep­tuando a quienes sienten que la vida en este planeta se­ría una vida en prisión, si no fuera por las ventanas abiertas a un mundo más grande ubicado más allá; a aquellos que consideran arrogante la creencia en la om­nipotencia del hombre, que desean más bien la libertad estoica que viene del dominio sobre las pasiones, que el dominio napoleónico que ve los reinos de este mun­do a sus pies; en una palabra, exceptuando a los hom­bres que no consideran al Hombre como un objeto ade­cuado de su adoración, a los demás el mundo de los pragmatistas les parecerá estrecho y mezquino, pues priva a la vida de todo lo que le da valor y hace que el Hombre mismo se vuelva más pequeño al despojar de todo su esplendor al universo que éste contempla".

Russell expresó brillantemente sus puntos de vista so­bre la supuesta maldad del hombre en “Unpopular Essays (1950):
Los niños, después de ser los miem­bros de Satán en la teología tradicional, y ángeles místicamente iluminados en la mente de los reformadores educacionales, han recaído en ser pequeños demonios, no los demonios teológicos inspirados por el Maligno, sino las abominaciones científicas freudianas inspiradas por el Inconsciente.
Son, debemos decirlo, mucho más malvados de lo que eran en las diatribas de los monjes; despliegan, en los textos actuales, un ingenio y persis­tencia en imaginar pecaminosas tramas que no tiene pa­ralelo comparable en el pasado, excepto en San Anto­nio. ¿Es ésta, en última instancia, la verdad objetiva? ¿0 es meramente una compensación imaginativa de los adultos, de que ya no se les permita zurrar a esas pe­queñas plagas? Dejemos que los freudianos respondan, apoyándose unos a otros".

Una cita más de los escritos de Russell, que muestra con qué profundidad sintió este humanista esa alegría de vivir.
"El amante ‑escri­bió en The Scientific Out1ook (1931)‑, el poeta y el místico encuentran una satisfacción más plena que la que pueden llegar a conocer quienes buscan el poder, puesto que aquéllos pueden retener al objeto de su amor, mientras que el ávido de poder tiene que embar­carse continuamente en alguna nueva manipulación pa­ra no sufrir un sentimiento de vaciedad.
Cuando llegue mi último día, no sentiré que he vivido en vano. He vis­to la tierra con los reflejos rojizos del poniente, el bri­llo del rocío por la mañana, y la nieve brillando bajo un sol aterido; he olido la lluvia después de la sequía, y he oído al tormentoso Atlántico golpear contra las gra­níticas costas de Cornwall. La ciencia puede otorgar es­tos y otros goces a más personas que las que podrían disfrutarlos sin su ayuda. Si es así, su poderse aplicará un uso sensato. Pero cuando elimina de la vida los mo­mentos a los que ésta debe sus valores, la ciencia no merece admiración, por grande que sea su astucia y re­finamiento para llevar a los hombres por el camino ha­cia la desesperanza."

Bertrand Russell es un estudioso, un hombre que cree en la razón.
Pero qué diferente es de muchos otros de la misma profesión: los estudiosos.
En el caso de és­tos, lo que cuenta es la captación intelectual del mun­do.
Sienten la certeza de que su intelecto agota la reali­dad, y de que no hay nada significativo que éste no pueda captar.
Son escépticos respecto de todo lo que no puede aferrarse en una fórmula intelectual, pero muestran una ingenua credulidad respecto de su propio enfoque científico.
Están más interesados en los resul­tados de sus pensamientos que en el proceso de escla­recimiento que se produce en la persona que inquiere.
Russell habló de esta clase de procedimiento intelec­tual al examinar el pragmatismo en su obra Philosophi­call Essays (1910):

"El pragmatismo atrae a la modali­dad de espíritu que encuentra en la superficie de este planeta el conjunto de su material imaginativo; que confía en el progreso y no tiene conciencia de las limi­taciones no humanas del progreso humano; que ama luchar, con todos los riesgos consiguientes, porque no abriga ninguna duda real de que logrará la victoria; que desea la religión como desea los ferrocarriles y la luz eléctrica, como algo confortable y útil en los asuntos de este mundo, no como proveedora de objetos no humanos para satisfacer el apetito de perfección y de disposición de algo que se pueda adorar sin reservas".

Para Russell, en contraste con los pragmatistas, el pensamiento racional no es la búsqueda de la certeza, sino una aventura, un acto de autoliberación y de cora­je, que cambia al pensador al volverlo más alerta y darle más vida.

Bertrand Russell es un hombre de fe.
No de fe en el sentido teológico, sino de fe en el poder de la razón, fe en la capacidad del hombre para crear su propio paraí­so mediante sus propios esfuerzos.

"Cuando se compu­ta el tiempo geológico ‑escribió en Man´s Peril from the Hydrogen Bomb (1954)‑, se llega a la conclusión de que el hombre existe en el planeta desde hace muy poco tiempo ‑a lo sumo 1.000.000 de años‑. Lo que ha logrado, en especial durante los últimos 6000 años, es algo profundamente nuevo en la historia del cosmos, por lo menos en la medida en que lo conocemos. Du­rante incontables edades el sol surgió y se puso, la luna creció y decreció, las estrellas brillaron en la noche, pe­ro sólo con la aparición del hombre se llegaron a com­prender estas cosas. En el gran mundo de la astronomía y en el pequeño mundo del átomo, el hombre ha deve­lado secretos que podrían haberse considerado inescru­tables.
En el arte y la literatura y la religión, algunos hombres han mostrado una sublimidad de sentimiento que hace que la especie sea digna de preservar.
¿Va a terminar todo esto en un horror trivial porque sólo unos pocos son capaces de pensar en el Hombre, más bien que en este o aquel grupo de hombres?
¿Está nuestra especie tan despojada de sabiduría, es tan in­capaz de amor imparcial, tan ciega aun para los dicta­dos más simples de la auto conservación, que la última
prueba de su estúpida viveza tiene que ser el extermi­nio de toda vida en nuestro planeta?
 ‑pues no sólo morirán hombres, sino también los animales y las plan­tas, a los que nadie puede acusar de comunismo o de anticomunismo‑.
“No puedo creer que éste tenga que ser el fin. Que­rría que los hombres olvidaran por un momento sus disputas y reflexionaran sobre el hecho de que si se permiten sobrevivir, hay todas las razones para esperar que los triunfos del futuro excedan inconmensurable­mente a los del pasado.
Tenemos delante de nosotros, si lo elegirnos, un continuo progreso en felicidad, conoci­miento y sabiduría. En lugar de esto, ¿vamos a preferir la muerte, porque no somos capaces de olvidar nuestras disputas?
Apelo, como ser humano, a seres humanos: recordemos nuestra humanidad y olvidemos el resto. Si podemos hacerlo, tenemos abierto el camino hacia un nuevo Paraíso; si no podemos, sólo nos aguarda la muerte universal.‑

Esta fe tiene sus raíces en una cualidad de Russell sin la cual no podría comprenderse su filosofía ni su lucha contra la guerra: su amor por la vida.

A muchas personas esto puede no significarles mu­cho; creen que todo el mundo ama la vida.
¿No se afe­rran todos a la vida cuando la ven amenazada, no sien­ten gran placer en ella y disfrutan de la abundante exci­tación que les proporciona?

En primer lugar, la gente no se aferra a la vida cuan­do la ve amenazada; si no, ‑cómo podría explicarse su pasividad ante la amenaza de una catástrofe nuclear?
Además, la gente confunde excitación con goce, estremecirniento con amor a la vida.
Vive "sin goce en me­dio de la abundancia".
El hecho es que todas las vir­tudes por las que se encomia al capitalismo ‑la inícia­tiva individual, la disposición a asumir riesgos, la inde­pendencia‑ han desaparecido desde hace mucho de la sociedad industrial y se las debe buscar sobre todo en las películas del Oeste y entre los gangsters.
En el in­dustrialismo burocratizado, centralizado, sin que im­porte la ideología política, hay un número creciente de personas cansadas de la vida y dispuestas a morir para vencer su aburrimiento.
Hay los que dicen: "mejor muertos que rojos", pero en el fondo quieren decir: “mejor muertos que vivos”. Como he dicho anterior­mente, la forma extrema de tal orientación iba a en­contrarse entre los fascistas cuya divisa era: "Viva la muerte".
Nadie reconoció mejor esto que Miguel de Unamuno, cuando habló por última vez en su vida en la Universidad de Salamanca, de la que era Rector al comenzar la Guerra Civil Española; la ocasión fue un discurso del general Millán Astray, cuya divisa favorita era " ¡Viva la muerte!", y uno de sus secuaces la gritó desde el fondo de la sala. Cuando el general hubo ter­minado su discurso, Unamuno se puso de pie y dijo:

“Acabo de oír un grito necrófilo e insensato:
'¡Vi­va la muerte!'
Y yo, que me he pasado la vida cons­truyendo paradojas que provocaron la cólera incom­prensiva de otros, debo deciros, como autoridad exper­ta, que esta ridícula paradoja me resulta repelente.
El general Millán Astray es un tullido. Esto sea dicho sin intención peyorativa. Es un inválido de guerra. Tam­bién lo era Cervantes. Lamentablemente, hay ahora demasiados tullidos en España.
Y pronto habrá aun más, si Dios no viene en nuestra ayuda. Me apena pensar que el general Millán Astray deba dictar la pauta de la psi­cología de masas.
Un tullido que carece de la grandeza espiritual de un Cervantes suele encontrar un ominoso alivio en provocar la mutilación en tomo de sí".

Ante esto, Millán Astray fue incapaz de contenerse.

¡Abajo la inteligencia!", gritó,
“¡Viva la muerte!"”

Hubo un clamor en apoyo de esta exclamación por parte de los falangistas.
Pero Unamuno prosiguió:

"Este es el tem­plo del intelecto. Y yo soy su sumo sacerdote.
Sois vo­sotros los que profanáis sus sagrados precintos.
Gana­réis, porque os sobra la fuerza bruta.
Pero no convence­réis, pues para convencer necesitáis persuadir.
Y para persuadir, necesitaríais lo que os falta:
Razón y Dere­cho en la lucha.
Considero fútil exhortaros a pensar en España. He dicho".

Sin embargo, la atracción por la muerte, que Una­muno llamó necrofilia, no es sólo un producto del pensamiento fascista.
Es un fenómeno profundamente en­raizado en una cultura que está dominada cada vez más por las organizaciones burocráticas de las grandes cor­poraciones, gobiernos y ejércitos, y por el rol central que desempeñan las cosas, los artefactos y las máqui­nas.
Este industrialismo burocrático tiende a transfor­mar a los seres humanos en cosas, a reemplazar a la na­turaleza por recursos técnicos, a lo orgánico por lo inorgánico.
Una de las primeras expresiones de este amor por la destrucción y por las máquinas, y del desprecio por la mujer (la mujer es una manifestación de vida para el hombre, así como el hombre es una manifestación de vida para la mujer), puede verse en el manifiesto futu­rísta (escrito por Marinetti en 1909), uno de los pre­cursores intelectuales del fascismo italiano. Marinetti escribió:

... 4. Declararnos que el esplendor del mundo ha sido enriqueci­do por una nueva belleza: la belleza de la velocidad. Un auto de carrera, su estructura adornada con grandes caños, como drago­nes de explosivo aliento... un auto rugiente, que nos produce la sensación de que tripular ese bólido es más hermoso que la Vic­toria de Samotracia.
5. Cantaremos al hombre al volante, cuyo eje ideal atraviesa la tierra, que recorre con ímpetu el circuito de su Órbita.
... 8. ¿Por qué tenemos que mirar hacia atrás, cuando debemos abrimos paso por los misteriosos portales de lo Imposible? El Tiempo y el Espacio murieron ayer. Ya vivimos en lo absoluto, porque hemos creado la velocidad, eterna y omnipresente.
9. Queremos glorificar a la Guerra ‑lo único que da salud al mundo‑, el militarismo, el patriotismo, el brazo destructivo del Anarquista, las hermosas Ideas que matan, el desprecio por la mujer.
10. Deseamos destruir los museos, las bibliotecas, luchar con­tra el moralismo, el feminismo y todas las mezquindades oportu­nistas y utilitaristas.

No existe en verdad una distinción más marcada en­tre los seres humanos que la que hay entre quienes aman la vida y quienes aman la muerte.
Este amor por la muerte es una adquisición típicamente humana.
El hombre es el único animal que puede aburrirse, el úni­co animal que puede amar la muerte.
Aunque el hom­bre impotente (no me estoy refiriendo a la impotencia sexual) no puede crear vida, puede destruirla y así trascenderla.
El amor por la muerte en medio de la vida es la perversión más esencial.
Hay algunos que son verda­deros necrófilos ‑y saludan a la guerra y la promueven, aunque en su mayoría no tienen conciencia de su moti­vación y racionalizan sus deseos como contribución a la vida, el honor o la libertad‑.
Son probablemente la minoría; pero hay muchos que nunca realizaron la elec­ción entre vida y muerte, y que se refugiaron en la acti­vidad febril para ocultarlo.
Estos no celebran la des­trucción, pero tampoco saludan a la vida.
Carecen de la alegría de vivir que sería necesaria para oponerse enér­gicamente a la guerra.
Goethe dijo una vez que la distinción más profunda entre diversos períodos históricos es la que se establece entre creencia y descreimiento, y agregó que todas las épocas en que predomina la creencia son brillantes, exaltadas y fructíferas, mientras aquellas en las que predomina el descreimiento se esfuman, porque nadie se preocupa de consagrarse a lo infructífero.
La "cre­encia" de que hablaba Goethe está profundamente en­raizada en el amor a la vida.
Las culturas que crean las condiciones para que se ame la vida son también cultu­ras de creencia; las que no pueden crear este amor tam­poco pueden crear la creencia.
Bertrand Russell es un hombre de creencia.
Al leer sus libros y observar sus actividades en favor de la paz, me parece que su amor a la vida es la fuente principal de toda su persona.
Advierte al mundo sobre la inmi­nente ruina precisamente como lo hicieron los profe­tas, porque ama la vida y todas sus formas y manifes­taciones. También como los profetas, no es un determista que proclame que el futuro histórico ya está terminado; es un "alternativista", que ve que lo que esta determinado son ciertas alternativas limitadas y verificables.
Nuestra alternativa consiste en optar entre fin de la carrera nuclear, y la destrucción.
Que la voz de este profeta prevalezca sobre las voces de destrucción y la fatiga, depende del grado de vitalidad que ha­ya preservado el mundo, y especialmente la generación más joven.
Si estamos destinados a perecer, no podremos pretender que no hemos sido advertidos.




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