sábado, 15 de enero de 2011

SOBRE LA DESOBEDIENCIA cap 5

5
Hagamos que prevalezca el Hombre

Al resquebrajarse la cerrada envoltura del mundo medieval, el hombre de Occidente parecía destinado a irrumpir por la amplia brecha abierta y a realizar sus más acariciados sueños y fantasías. Se liberó de la autoridad de una Iglesia totalitaria, del peso del pensamiento tradicional, de las limitaciones geográficas de un mundo sólo a medias conocido.
Descubrió a la naturaleza y al individuo. Cobró conciencia de su propia fuerza y de su capacidad para enseñorearse de la naturaleza y dominar circunstancias tradicionalmente dadas. Creyó que sería capaz de lograr una síntesis entre su naciente sentimiento de fortaleza y racionalidad, y los valores espirituales de su tradición espiritual humanística, entre la idea profética del tiempo mesiánico de paz y justicia que alcanzaría la humanidad en el proceso histórico, y la tradición griega del pensamiento teorético. En los siglos que siguieron al Renacimiento y la Reforma, el hombre construyó una nueva ciencia que llevó a la liberación de potencias productivas inauditas hasta entonces, y a una transformación completa del mundo material. Se crearon sistemas políticos que parecen garantizar el desarrollo ‑libre y productivo del individuo; se redujo la jornada laboral hasta el punto de que el hombre occidental puede gozar de horas de ocio en una medida que difícilmente hubieran soñado sus predecesores.

Pero ¿dónde nos encontramos ahora?

El mundo está dividido en dos campos, el capitalista y el comunista. Ambos campos creen poseer la clave para el logro de esperanzas humanas multiseculares; ambos sostienen que aunque deban coexistir, sus sistemas son incompatibles.

¿Tienen razón?
¿No están ambos en el proceso de convergencia hacia un nuevo neofeudalismo industrial, hacia sociedades industriales lideradas y manipuladas por grandes y poderosas burocracias, sociedades en las cuales el individuo se transforma en un autómata bien alimentado y bien entrenado, que pierde su individualidad, su independencia y su humanidad?

¿Tenemos que resignarnos al hecho de que podemos dominar a la naturaleza y producir bienes en cantidades siempre en aumento, pero debemos abandonar la esperanza de instaurar un nuevo mundo de solidaridad y justicia; de que este ideal se perderá en un concepto tecnológico vacío de "progreso"?

¿No hay otra alternativa que elegir entre el industrialismo gerencial capitalista y el comunista?
¿No podemos construir una sociedad industrial en que el individuo mantenga su rol como miembro activo y responsable, que controle las circunstancias, más bien que ser controlado por ellas?
¿Son realmente incompatibles la abundancia económica y la plena realizaci6n, del hombre?

                                                                                                                                                                                          


Estos dos campos no sólo compiten económica y políticamente, sino que se contraponen con el tremendo temor de que se produzca un ataque atómico que los borre a ambos del mapa, y hasta a toda forma de civilización.
Es cierto, el hombre ha creado la bomba atómica; es el resultado de uno de sus máximos logros intelectuales. Pero ha perdido el dominio sobre su propia creación.
La bomba se hizo dueña de él, las fuerzas de su propia creación se han transformado en su más peligroso enemigo.

¿Estamos aún a tiempo para revertir esta trayectoria?
¿Lograremos cambiarla y hacernos dueños de las circunstancias, más bien que permitir que las circunstancias nos dominen?
¿Podremos vencer las profundas raíces de barbarie que hacen que tratemos de resolver los problemas de la única manera en que nunca pueden resolverse: mediante la fuerza, la violencia y exterminando a los otros?
¿Podremos cegar el abismo existente entre nuestros grandes logros intelectuales y nuestro retraso emocional y moral?




CRITICA AL CAPITALISMO


Para poder contestar a estas preguntas, se requiere un examen más detallado de la situación del hombre occidental en nuestros días.

     Para la mayoría de los norteamericanos, la discusión acerca del éxito de nuestro modo de organización in­dustrial parece arrojar resultados de una claridad abru­madora. Nuevas fuerzas productivas ‑el vapor, la elec­tricidad, el petróleo y la energía atómica‑ y nuevas formas de organización* del trabajo‑ la planificación centralizada, la organización burocrática, la creciente división del trabajo, la automación ‑ han creado una abundancia material en los países industriales más avanzados que ha eliminado la extrema pobreza en que vivía la mayor parte de su población cien años atrás.

La semana laboral se ha reducido de setenta a cuarenta horas en los últimos cien años, y con la creciente automación el progresivo acortamiento de la jornada laboral puede proporcionar al hombre una disponibilidad de ocio nunca sospechada con anterioridad. La educación básica está al alcance de todos los niños; un considerable porcentaje de la población total tiene acceso a la educación superior.
El cine, la radio, la televisión, los deportes y los hobbies llenan las muchas horas de ocio de que el hombre dispone en la actualidad.       
En verdad, parece que por primera vez en la historia la gran mayoría de los hombres ‑y pronto todos ellos‑ del mundo occidental se ocuparán fundamentalmente de vivir, más bien que de luchar para procurarse las condiciones materiales de vida. Parece que los más acariciados sueños de nuestros predecesores están a punto de realizarse, y que el mundo occidental ha encontrado respuesta a la cuestión de qué es una "buena vida".

Si bien la mayoría de los norteamericanos y de los habitantes de Europa occidental comparten aún este punto de vista, hay un número creciente de personas criteriosas y sensatas que perciben las imperfecciones de este atractivo cuadro.
Observan, ante todo, que aun dentro del país más rico del mundo, los Estados Unidos, alrededor de la quinta parte de la población no participa de la buena vida de la mayoría, que un número considerable de nuestros conciudadanos no han alcanzado el nivel de vida que es la base de una existencia humana digna de ese nombre. Se dan cuenta, además, de que más de las dos terceras partes de la especie humana, los que durante siglos fueron el objeto del colonialismo occidental, tienen un nivel de vida de diez a veinte veces inferior al nuestro, y su expectativa de vida es la mitad de la del norteamericano promedio.

Están impresionados por las contradicciones irracionales que acosan a nuestro sistema.
Pese a que hay millones de personas en nuestro medio, y centenares de millones fuera de nuestro país, que no disponen de alimento suficiente, restringimos la producción agrícola y, por añadidura, gastamos centenares de millones de dólares cada año en almacenar nuestros excedentes.
Tenemos abundancia, pero no llevamos una vida placentera.
Somos más ricos, pero tenemos menos libertad.
Consumimos más, pero estamos más vacíos.
Tenemos más armas atómicas, pero estamos más indefensos.
Disponemos de más educación, pero tenemos menos sentido crítico y convicciones menos firmes.
Tenemos más religión, pero nos hemos vuelto más materialistas.
Hablamos de la tradición norteamericana que, en realidad, es la tradición espiritual del humanismo radical, y llamamos "no americanos" a quienes desean aplicar la tradición a la sociedad actual.

No obstante, aunque nos tranquilicemos, como hacen muchos, con el supuesto de que es sólo cuestión de unas pocas generaciones para que Occidente y eventualmente el mundo entero lleguen a la abundancia económica, surge la siguiente pregunta:
¿En qué se ha transformado el hombre y hacia dónde se encamina si seguimos la trayectoria que ha tomado nuestro sistema industrial?

Para comprender cómo los elementos mediante los cuales nuestro sistema logró resolver algunos de sus problemas económicos, nos están llevando a un creciente fracaso en la solución del problema humano, es necesario examinar los rasgos característicos del capitalismo del siglo XX.

La concentración del capital llevó a la formación de empresas gigantescas, manejadas por burocracias jerárquicamente organizadas.
Operarios trabajan juntos
Grandes concentraciones de como parte de una vasta máquina productiva organizada que para poder funcionar debe hacerlo fluidamente, sin fricción, sin interrupción.
El operario y el empleado como individuos se convierten en un diente de engranaje de esta máquina; su función y actividades están determinadas por la estructura total de la organización en que trabajan. En las grandes empresas, la propiedad legal de los medios de producción ha llegado a separarse del manejo gerencial y ha perdido su importancia.
Las grandes empresas son dirigidas por una gerencia burocrática, que no posee la empresa legalmente, sino socialmente.
Estos gerentes no tienen las cualidades del viejo propietario ‑iniciativa individual, atrevimiento, asunción de riesgos‑, sino las cualidades del burócrata ‑falta de individualidad, impersonalidad, cautela, carencia de imaginación‑ Administran cosas y personas, y se relacionan con las personas como si fueran cosas.
Esta clase gerencial, aunque no posea legalmente a la empresa, la controla en los hechos; no es responsable de una manera efectiva ante los accionistas ni ante quienes trabajan en la empresa.
De hecho, aunque los dominios más im­portantes de la producción están en manos de las gran­des corporaciones, éstas están dirigidas prácticamente por sus empleados más importantes.

Las corporaciones gigantes, que controlan el destino económico, y en gran medida también político, del país constituyen exactamente lo opuesto del proceso democrático; re­presentan el poder sin posibilidad de control por parte de los sometidos a él.
Aparte de la burocracia industrial, la gran mayoría de la población está administrada también por otras burocracias.
Ante todo, la burocracia gubernamental (incluida la de las fuerzas armadas) que influye de una u otra manera sobre la vida de muchos millones de per­sonas y la dirige. La burocracia industrial, la militar y la gubernamental están cada vez más entrelazadas en sus actividades y, en medida creciente, en su personal.
Con el desarrollo de empresas cada vez mayores, los sindicatos se han transformado también en grandes ma­quinarias burocráticas en las que el miembro individual tiene muy poco que decir.
Muchos jefes sindicales son burócratas gerenciales, iguales a los jefes de industria.
Todas estas burocracias no tienen ningún plan, nin­guna perspectiva; y debido a la naturaleza misma de la administración burocrática, esto tiene que ser así.
Cuando el hombre se transforma en una cosa y se lo maneja como a una cosa, quienes lo hacen se transfor­man también en cosas; y las cosas no tienen voluntad, visión ni plan.

A raíz del manejo burocrático de las personas, el proceso democrático se ha convertido en un ritual. Se trate de una asamblea de accionistas de una gran em­presa, de una elección política o de una asamblea sin­dical, el individuo ha perdido casi toda su influencia para determinar decisiones y para participar activamen­te en la toma de decisiones.
Especialmente en la esfera política, las elecciones se van reduciendo cada vez más a plebiscitos en los que el individuo puede expresar preferencia por una de las dos listas de políticos profe­sionales, y lo más que puede decirse es que se lo gobier­na con su consentimiento.

Pero los medios que se utilizan para producir este consentimiento son los de la sugestión y la manipulación y, junto con todo esto, las decisiones más fundamentales ‑las de política exterior que implican la paz y la guerra‑ las toman pequeños grupos que el ciudadano medio en general ni siquiera conoce.

Las ideas políticas de democracia, tal como los Pa­dres Fundadores de los Estados Unidos las concibie­ron, no eran ideas puramente políticas.
Estaban enrai­zadas en la tradición espiritual que llegó hasta nosotros del mesianismo profético, los Evangelios, el humanis­mo y los filósofos iluministas del siglo XVIII.
Todas estas ideas y movimientos se centraban en torno a una esperanza: que el hombre, en el curso de su historia, pudiera liberarse de la pobreza, la ignorancia y la in­justicia, y construir una sociedad de armonía, paz y unión entre un hombre y otro, y el hombre y la natura­leza. La idea de que la historia tiene un fin y la fe en la perfectibilidad del hombre dentro del proceso histórico, han sido los elementos más específicos del pensamiento occidental. Son el terreno en el que arraiga la tradición norteamericana, y del cual extrae su robustez y vitalidad.

 ¿Qué ocurrió con la idea de la perfectibilidad del hombre y de la sociedad?
Se ha deteriorado y convertido en un chato concepto de "progreso", en una perspectiva centrada en la producción de más y mejores cosas, más bien que promover el nacimiento de un hombre plenamente vivo y productivo. Nuestros conceptos políticos han perdido hoy sus raíces espirituales.
Se han vuelto una cuestión de aptitud, juzgada según el criterio de si nos ayudan a alcanzar un nivel superior de vida y una forma más efectiva de administración política.
Al haber perdido las raíces que tenían en el corazón y los anhelos de los hombres, se volvieron cáscaras vacías, que deben descartarse si la eficiencia lo exige.


Se maneja y manipula al individuo no sólo en la esfera de la producción, sino también en la del consumo, que se pretende que es la única en que el individuo expresa su libre elección.

Se trate del consumo de alimentos, vestimenta, bebidas, cigarrillos, películas o programas de televisión, se emplea un poderoso aparato de sugestión, con dos propósitos:
-primero, hacer aumentar constantemente la apetencia de nuevos bienes por parte del individuo, y,
-segundo, orientar esas apetencias hacia los canales más provechosos para la industria.


La dimensión misma de la inversión de capital en las industrias productoras de bienes de consumo y la competencia entre unas pocas empresas gigantes, hicieron necesario que no se dejara el consumo librado al azar, ni se permitiera al consumidor elegir libremente cuánto y qué clase de bien adquiriría.
Hay que estimular cons­tantemente sus apetencias, hay que manejar, manipular y predecir sus gustos.

El hombre se transforma en un "consumidor", el eterno succionador, cuyo único deseo es consumir más y "mejores" cosas.

Aunque nuestro sistema económico ha enriquecido al hombre materialinente, lo ha empobrecido humana­mente.

No obstante toda la propaganda y los slogans acerca de la fe en Dios del mundo occidental, de su idealismo, su preocupación espiritual, nuestro sistema ha creado una cultura materialista y un hombre materialista.
Durante sus horas de trabajo, el individuo es manejado como parte de un equipo de producción. Durante sus horas de ocio, es manejado y manipulado para que sea el perfecto consumidor al que le gusta lo que le dicen que le guste, pero teniendo la ilusión de seguir sus propios gustos.
Todo el tiempo se lo martillea con slogans, sugestiones, voces de irrealidad que lo privan de la última pizca de realismo que aún pueda quedarle.

Desde la niñez se desalientan las convicciones verdaderas.
Hay poco pensamiento crítico, poco sentimiento real, y entonces la conformidad con el resto es lo único que puede salvar al individuo de un insoportable sentimiento de soledad y desorientación.


El individuo no se experimenta como portador activo de sus propias capacidades y de su riqueza interior, sino como una "cosa" empobrecida, dependiente de poderes ajenos a él, en los cuales ha proyectado su sustancia viviente.

El hombre está alienado de sí mismo y se inclina ante las obras de sus propias manos.

Se inclina ante las cosas que él produce, ante el Estado y ante los líderes que él mismo ha construido.
Su propio acto se le vuelve un poder ajeno, ubicado por encima de él y contra él, en lugar de ser dominado por él.
Más que en cualquier momento anterior de la historia, la consolidación de nuestro propio producto convertido en una fuerza objetiva que está por encima de nosotros, que excede nuestro control, que defrauda nuestras expectativas, que aniquila nuestros cálculos, es uno de los principales factores determinantes de nuestro desarrollo.

Los ídolos del hombre ‑actual son sus productos, sus máquinas y el Estado, y esos ídolos representan las fuerzas de su propia vida en forma alienada.

En verdad, Marx tenía razón al reconocer que "el lugar de todos los sentidos físicos y mentales fue ocupado por la autoalienación de todos esos sentidos, por el sentido de tener.

La propiedad privada nos ha hecho tan estúpidos e impotentes, que las cosas sólo se vuelven nuestras si las tenemos, es decir, si existen para nosotros como capital, y somos sus dueños, las comemos, las bebemos; esto es, las usamos.
Somos pobres pese a toda nuestra riqueza, porque tenemos mucho, pero somos poco".

Como resultado, el hombre promedio se siente inseguro, solitario, deprimido, y sufre de falta de alegría en medio de la abundancia.
Para él, la vida no tiene sentido; se da oscuramente cuenta de que el sentido de la vida no puede residir en ser sólo un "consumidor".
No podría soportar la falta de alegría y de significación de la vida si no fuera por el hecho de que el sistema le ofrece innumerables caminos de huida, desde la televisión hasta los tranquilizantes, que le permiten olvidar que está perdiendo cada vez más todo lo que es valioso en la vida.
Pese a todos los slogans en contrario, nos estamos aproximando rápidamente a una sociedad gobernada por burócratas que administran a un hombre‑masa, bien alimentado, bien cuidado, deshumanizado y deprirnido.
Producirnos máquinas que son como hombres y hombres que son como máquinas.
Lo que era la máxima crítica contra el socialismo cincuenta años atrás ‑que llevaría a la uniformidad, a la burocratizaon, la centralización y a un materialismo sin alma‑, una realidad del capitalismo de hoy.

Hablamos de libertad y de democracia, pero un número creciente de personas tienen miedo de la responsabilidad de la libertad y prefieren la esclavitud del robot bien alimentado, no  tienen ninguna fe en la democracia y se sienten felices dejando a cargo de los expertos políticos la toma de decisiones.

Hemos creado un difuso sistema de comunicación mediante la radio, la televisión y los diarios. Sin embargo la gente está desinformada y adoctrinada, no informada, acerca de la realidad política y social.

Existe en verdad un grado de uniformidad en nuestras opiniones e ideas as que podría explicarse sin dificultad como resultado de la presión política y del temor.
El hecho es que todos coincidimos "voluntariamente", pese a que nuestro sistema se basa exactamente en la idea del derecho­ al disenso  y en la predilección por la diversidad de ideas.

La ambigüedad se ha constituido en regla en los países libreempresistas, y también entre sus oponentes. Estos últimos llaman a la dictadura "democracia popular", y los primeros llaman a las dictaduras "pueblos amantes de la libertad", si son sus aliados políticos.

Acerca de la posibilidad de que mueran cincuenta millones de norteamericanos en un ataque atómico, uno habla de los "azares de la guerra", y otro habla de victoria en un "enfrentamiento decisivo", cuando cualquiera en su sano juicio ve claramente que no puede haber ninguna victoria para nadie en un holocausto atómico.

La educación, desde la primaria a la superior, ha alcanzado un pico. Sin embargo, pese a que la gente logra más educación, tiene menos razón, juicio y convicción.
A lo sumo ha mejorado su inteligencia, pero su razón ‑es decir, su capacidad de penetrar la superficie y comprender las fuerzas subyacentes en la vida individual y social‑ se ha ido empobreciendo cada vez más.

El pensamiento se va escindiendo progresivamente del sentimiento, y el hecho mismo de que la gente tolere la amenaza de una guerra atómica que se cierne sobre toda la humanidad, muestra que el hombre moderno ha llegado a un punto en que debemos preguntarnos por su cordura.

     El hombre, en lugar de ser el amo de las máquinas que ha construido, se ha transformado en su esclavo.

Pero el hombre no está hecho para ser una cosa, y pese a todas las satisfacciones que pueda aportar el consu­mo, las fuerzas vitales del hombre no podrán mantener­se permanentemente inactivas.
Tenemos una sola op­ción, la de volver a dominar a la máquina, convirtien­do la producción en un medio y no en un fin, utili­zándola para el desarrollo del hombre, pues en caso contrario las energías vitales reprimidas se manifestarán en formas caóticas y destructivas.
El hombre preferirá destruir la vida antes que morir de hastío.
¿Podemos responsabilizar de este estado del hombre a nuestro modo de organización social y económica?

Como hemos señalado más arriba, nuestro sistema industrial, con su modo de producción y consumo y las relaciones entre los seres humanos que promueve, crea precisamente la situación humana que hemos descripto.
No es porque desee crearla, ni debido a malvadas intenciones de individuos, sino porque el carácter del hombre promedio se forma según la práctica de vida que le proporciona la estructura de la sociedad.

La forma que el capitalismo ha asumido en el siglo XX es, sin duda, muy diferente de lo que era en el siglo XIX ‑tan diferente, en realidad, que es dudoso que el mismo término deba aplicarse a ambos sistemas‑.
La enorme concentración de capital de las empresas gigantes, la creciente separación entre actividad gerencial y propiedad, la existencia de poderosos sindicatos, los subsidios estatales a la agricultura y a algunos sectores de la industria, los elementos del "Estado benefactor", elementos de control de precios y un mercado dirigido, y muchos más rasgos distinguen en forma radical al capitalismo actual del capitalismo del pasado.
Pero cualquiera sea la terminología que prefiramos, hay ciertos elementos básicos comunes en el viejo y el nuevo capitalismo: el principio de que el mejor resultado para todos no se obtiene mediante la solidaridad y el amor, sino por la acción individualista y egoísta; la creencia en que un mecanismo inipersonal, el mercado, debe regular la vida en sociedad, y no la voluntad, la visión y el planeamiento de las personas.

El capitalis­mo pone a las cosas (el capital) por encima de la vida (el trabajo).
El poder deriva de la posesión, no de la actividad.

El capitalismo contemporáneo crea obstácu­los adicionales al desarrollo del hombre. Requiere equipos de operarios, empleados, ingenieros, consumi­dores, que funcionen acertadamente; los necesita por­que las grandes empresas, dirigidas por burocracias, exi­gen este tipo de organización y al "hombre‑organiza­ción" que se adapte a ella.
Nuestro sistema debe crear personas que satisfagan sus necesidades; que cooperen fluidamente y en grandes cantidades; que deseen con­sumir cada vez más; gente cuyos gustos sean estandari­zados, fácilmente previsibles, y se pueda influir sobre ellos.
Necesita personas que se sientan libres e indepen­dientes, no sujetas a ninguna autoridad o principio de conciencia, pero que estén dispuestas a que se les man­de hacer lo que se espera de ellas, a adaptarse a la ma­quinaria social sin fricción; necesita gente que pueda ser guiada sin emplear la fuerza, dirigida sin líderes, movida sin ningún fin ‑excepto el de funcionar bien, seguir la corriente, ir adelante‑.

La producción se guía por el principio de que la inversión de capital debe pro­ducir beneficio, más bien que por el principio de que las reales necesidades de las personas determinan lo que hay que producir.

Puesto que todo, incluida la radio, la televisión, los libros y los remedios, está sometido al principio de la ganancia, se manipula a las personas pa­ra inducirlas al tipo de consumo que es a menudo vene­noso para el espíritu, y a veces también para el cuerpo.


El fracaso de nuestra sociedad en satisfacer las aspi­raciones humanas enraizadas en nuestras tradiciones es­pirituales tiene consecuencias inmediatas para los dos problemas prácticos más candentes de nuestro tiempo: el de la paz y el de anular la brecha entre la abun­dancia de Occidente y la pobreza de las dos terceras partes de la humanidad.

La alienación del hombre contemporáneo, con todas sus consecuencias, le dificulta la solución de estos pro­blemas. Debido a que el hombre reverencia las cosas y ha perdido el respeto por la vida, por la propia y por la de sus congéneres, está ciego no sólo para percibir los principios morales, sino también el pensamiento racio­nal en bien de su supervivencia.

Está claro que el arma­mento atómico llevará probablemente a la destrucción universal, y, aunque pueda prevenirse la guerra atómi­ca, creará un clima de temor, sospecha y regimenta­ción, que es exactamente el clima en el cual no pueden vivir la libertad y la democracia.

Está claro que el abis­mo existente entre naciones pobres y ricas llevará a explosiones violentas y dictaduras; sin embargo, sólo se sugieren propuestas extremadamente anodinas y fú­tiles para resolver estos problemas.

En verdad, pare­ce que vamos a demostrar que los dioses ciegan a quie­nes quieren destruir.
Hasta aquí llegan los antecedentes del capitalismo.




CRITICA AL SOCIALISMO


¿Cuáles son los antecedentes del socialismo?
¿Qué se proponía y qué logró en los países en que tuvo opor­tunidad de aplicarse?
El socialismo en el siglo XIX, en su forma marxis­ta y en sus muchas otras formas, deseaba crear la base material para una existencia humana digna para todo el mundo.
Quería que el trabajo dirigiera al capital, y no al revés.
Para el socialismo el trabajo y el capital no eran sólo dos categorías económicas, sino que representaban dos principios: el capital, el principio de la acumulaci6n de cosas, del tener; y el trabajo, el principio de la vida y de las capacidades del hombre, del ser y del llegar a ser.
Los socialistas consideraban que, en el capitalismo, las cosas dirigen la vida, y tener es superior a ser, y el pasado dirige al presente ‑y deseaban invertir esta relación‑.
El propósito del socialismo era la emancipación del hombre, su restauración como individuo no alienado, no mutilado, que entra en una relación nueva, rica y espontánea con sus congéneres y con la naturaleza.
El propósito del socialismo era que el hombre se liberara de las cadenas que lo ligaban, de la ficciones e irrealidades, y se transformara en un ser que pudiera hacer un uso creador de sus capacidades de sentimiento y de pensamiento.
El socialismo quería que el hombre se hiciera independiente, es decir, se parara sobre sus propios pies; y creía que el hombre sólo puede ponerse sobre sus pies si, como dijo Marx, "debe su existencia a sí mismo, afirma su individualidad como hombre total en cada una de sus relaciones con el mundo, viendo, oyendo, oliendo, gustando, sintiendo, pensando, deseando, amando ‑en suma, si afirma y expresa a todos los órganos de su individualidad‑‑.
El propósito del socialismo era la unión entre hombre y hombre, y entre hombre y naturaleza.

En total contraste con el remanido clisé de que Marx y los demás socialistas enseñaban que el deseo de máxima ganancia material era el impulso humano fundamental, esos socialistas creían que es la ‑estructura misma de la sociedad capitalista lo que hace que el interés material constituya el motivo más profundo, y que el socialismo permitiría que motivos no materiales se afirmaran y liberaran al hombre de su servidumbre a los intereses materiales. (Es lamentable que la capacidad de incoherencia del hombre haga que se condene al socialismo por su supuesto "materialismo", y al mismo tiempo se lo critique con el argumento de que sólo el motivo de lucro" puede impulsar al hombre a realizar los mayores esfuerzos.)

El propósito del socialismo era promover la individualidad, no la uniformidad; estimular la liberación de la servidumbre económica, no convertir los fines materiales en la principal preocupación de la vida; facilitar la experiencia de la plena solidaridad de todos los hombres, no la manipulación y el dominio de un hombre por otro.
El principio del socialismo era que cada hombre es un fin en sí mismo y nunca debe ser el medio de otro hombre.
Los socialistas deseaban crear una sociedad en que cada ciudadano participara activa y responsablemente en todas las decisiones, y en la cual un ciudadano pudiera participar porque era una persona y no una cosa, porque tenía convicciones y no opiniones fabricadas en serie.

Para el socialismo no sólo la pobreza es un vicio social, también lo es la riqueza.
La pobreza material priva al hombre de la base necesaria para una vida humanamente rica.
La riqueza material, como el poder, corrompe al hombre.
Destruye el sentido de la proporción y de las limitaciones inherentes a la existencia hu­mana; crea un sentimiento no realista y casi insano de "singularidad" de un individuo, haciéndole creer que no está sometido a las mismas condiciones básicas de existencia que sus congéneres.
El socialismo desea que el confort material se utilice para los verdaderos fines de la vida; rechaza la riqueza individual como un peli­gro para la sociedad y para el individuo.
En verdad, su oposición al capitalismo se relaciona con este mismo principio.
Por su lógica intrínseca, el capitalismo tiende a una riqueza material sin cesar creciente, mientras que el socialismo apunta a lograr una productividad, una vi­talidad y una felicidad humanas cada vez mayores, y sólo persigue el confort material en la medida en que conduzca a esos fines humanos.
El socialismo esperaba la eventual abolición del Esta­do, de modo que sólo se administraran cosas, y no per­sonas.
Tendía a una sociedad sin clases, en la cual se le devolvieran al individuo la libertad y la iniciativa.
El socialismo en el siglo XIX y hasta comienzos de la Pri­mera Guerra Mundial, fue el movimiento humanístico y espiritual más significativo en Europa y los Estados Unidos.

¿Qué ocurrió con el socialismo?

Sucumbió al espíritu del capitalismo que había as­pirado a reemplazar.
En lugar de entenderlo como un movimiento para la liberación del hombre, muchos de sus adherentes y de sus enemigos lo entendieron por igual como un movimiento que se proponía exclusivamente el mejoramiento económico de la clase trabaja­dora.
Se olvidaron los fines humanísticos del socialismo, o sólo se les prestó una adhesión formal, mien­tras que todo el énfasis se ponía, como en el capitalismo, en los fines del beneficio económico.
Tal como los ideales de la democracia perdieron sus raíces espiritua­les, el socialismo perdió su raíz más honda: la fe profética‑mesiánica en la paz, la justicia y la fraternidad entre los hombres.
El socialismo se transformó así en el vehículo para que los trabajadores obtuvieran su lugar dentro de la estructura capitalista, más bien que trascenderla; en lugar de cambiar al capitalismo, el socialismo fue absorbido por el espíritu de éste.
El fracaso del movimiento socialista llegó a ser completo cuando en 1914 sus líderes renunciaron a la solidaridad internacional y optaron por los intereses económicos y militares de sus respectivos países, contra las ideas de internaciona­lismo y paz que habían constituido su programa.

La interpretación errónea del socialismo como un movimiento puramente económico, y de la nacionali­zación de los medios de producción como su principal fin, ocurrió tanto en el ala derecha como en el ala iz­quierda del movimiento socialista.
Los líderes reformis­tas del movimiento socialista en Europa consideraron como su fin principal elevar el status económico del trabajador dentro del sistema capitalista, y estimaron que la medida más radical a proponer era la nacionali­zación de ciertas grandes industrias.
Sólo recientemen­le muchos de ellos se dieron cuenta de que la naciona­lización de una empresa no es de por sí la realización del socialismo, que ser dirigido por una burocracia designada por el Estado no difiere básicamente para el trabajador, de ser dirigido por una burocracia designada privadamente.

Los líderes del Partido Comunista de la Unión Soviética interpretaron el socialismo de la misma manera puramente económica.
Pero como vivían en un país mucho menos desarrollado que Europa occidental y carente de una tradición democrática, aplicaron el terror y la dictadura para forzar la rápida acumulación de capital, que en Europa occidental había ocurrido en el siglo XIX.
Desarrollaron una nueva forma de capitalismo de Estado que resultó económicamente exitoso y humanamente destructivo.
Construyeron una sociedad manejada burocráticamente en la cual la distinción de clases ‑tanto en sentido económico como en lo referente al poder de mandar a los demás‑ es más profunda y más rígida que en cualquiera de las sociedades capitalistas actuales.
Ellos definen su sistema como socialista porque han nacionalizado toda la economía, aunque en realidad su sistema sea la rotunda negación de todo lo que el socialismo propugna: la afirmación de la individualidad y del pleno desarrollo del hombre.
Para ganarse el apoyo de las masas, que tuvieron que hacer insoportables sacrificios con el fin de lograr la rápida acumulación de capital, sus líderes utilizaron ideologías socialistas, combinadas con nacionalistas, y esto les permitió lograr la renuente cooperación de los gobernados.

Hasta ahora el sistema libreempresista es superior al sistema comunista porque ha preservado uno de los máximos logros del hombre contemporáneo ‑la libertad política‑ y, junto con eso, el respeto por la dignidad e individualidad del hombre, que nos vincula con la tradición espiritual fundamental del humanismo.

Permite posibilidades de crítica y formulación de propuestas de cambio social constructivo que resultan prácticamente imposibles en el Estado policial soviético.
Es de esperar, sin embargo, que una vez que los países soviéticos hayan alcanzado el mismo nivel de desarrollo económico que Europa occidental y los Estados Unidos ‑es decir, una vez que puedan satisfacer las exigencias de una vida confortable ‑, no necesitarán emplear el terror, sino que serán capaces de usar los mismos medios de manipulación que se utilizan en Occidente: la sugestión y la persuasión.

Este desarrollo producirá la convergencia entre el capitalismo y el comunismo del siglo XX. Ambos sistemas se basan en la industrialización; su meta es el aumento ininterrumpido de la eficiencia y la riqueza económicas.
Son sociedades dirigidas por una clase gerencial y por políticos profesionales.
Ambas tienen una perspectiva radicalmente materialista, pese a las declamaciones de la ideología cristiana en el Oeste y del mesianismo secular en el Este.
Organizan a las masas en un sistema centralizado, en grandes fábricas, en partidos políticos masivos.
En ambos sistemas, si siguen de la misma manera, el hombre masa, el hombre alienado ‑un hombre autómata bien alimentado, bien vestido, bien entretenido, gobernado por burócratas que carecen tanto de una meta como el hombre masa mismo‑ reemplazará al hombre creativo, pensante, capaz de sentimiento.

Las cosas ocuparán el primer lugar, y el hombre habrá muerto; hablará de li­bertad y de individualidad, pero no será nada.

¿Dónde estamos hoy?

El capitalismo y un socialismo vulgarizado y distor­sionado han llevado al hombre a un punto en que co­rre peligro de transformarse en un autómata deshuma­nizado; está perdiendo su cordura y se halla al borde de la autodestrucción total.
Sólo la cabal conciencia de esta situación y de los peligros que entraña, y una nue­va perspectiva de una vida capaz de realizar los fines de la libertad, la dignidad y la creatividad humana, de la razón, la justicia y la solidaridad, podrán salvarnos de una decadencia, una pérdida de la libertad o una des­trucción casi seguras.
No estamos forzados a elegir en­tre un sistema gerencial libreempresista y un sistema gerencial comunista. Existe una tercera solución, la del socialismo democrático y humanístico, que al basarse en los principios originales del socialismo, ofrece la visión de una sociedad nueva y verdaderamente humana.

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