martes, 8 de febrero de 2011

Teorias sobre la cultura en la era posmoderna. Marvin Harris cap 1


Primera parte

Conceptualizacion

de la cultura



1.  ¿Qué es (son) la(s) cultura(s)



Definiciones

E1 único ingrediente fidedigno que contienen las definiciones antropológicas de la cultura es de tipo negativo: La cultura no es lo que se obtiene estudiando a Shakespeare, escuchando música clásica o asistiendo a clases de historia del arte. Más allá de esta negación impera la confusión.
Para algunos antropólogos, la cultura consiste en los valores, motivaciones, normas y contenidos ético‑morales dominantes en un sistema social.
Para otros, la cultura abarca no sólo los valores y las ideas, sino todo el conjunto de instituciones por las que se rigen los hombres.
Algunos antropólogos consideran que la cultura consiste exclusivamente en los modos de pensamiento y comportamiento aprendidos, rnientras que otros atribuyen mayor importancia a las influencias genéticas en el repertorio de los rasgos culturales.
Por último, unos opinan que la cultura consiste exclusivamente en pensamientos o ideas, mientras que otros defienden que consta tanto de los pensamientos e ideas como de las actividades anejas a los mismos.

Mi postura personal es que una cultura es el modo socialmente aprendido de vida que se encuentra en las sociedades humanas y que abarca todos los aspectos de la vida social, incluidos el pensamiento y el comportamiento.


En cuanto a la combinación de influencias genéticas o aprendidas que configuran los rasgos culturales particulares, en mi opinión se trata de un problema empírico.
Sin embargo, parece incontrovertible que la gran mayoría de los rasgos culturales están configurados abrumadoramente por una enseñanza socialmente condicionada. Abordaré más detenidaniente esta cuestión más adelante.
                                               

Cultura: Ideas o Ideas y comportamientos
Resolvamos primero el problema de  si la cultura debe considerarse constituida sólo por ideas o por ideas y comportamiento.


«Memes»

Villiam Durham (1991) ha defendido enérgicamente la definición “ideacionall” de la cultura, insistiendo en la conveniencia de establecer distinción entre cultura y comportamiento humano.
La mayoría de los antropólogos contemporáneos mantiene que la cultura consiste exclusivamente en entidades ideacionales o mentales compartidas y transmitidas socialmente, como valores, ideas, creencias y otras afines, «a los espíritus de los seres humanos» (1991:3).
Durham agrupa estos hechos mentales bajo el término genérico de «meme», una palabra inventada por Richard Dawkins (1976). Para Durham, el meme es la unidad fundamental de información almacenada en el cerebro, emitida mediante un aprendizaje social y modificada por las fuerzas vivas de la evolución cultural.

Critica a Durham

En mi opinión, extirpar el comportamiento de la cultura no constituye una  mera deficiencia en la definición, sino que implica ciertas diferenc­ias teóricas fundamentales entre dos modos de concebir el empeño antrop­ológico.
Desde el punto de vista ideacional, la relación entre memes y comportamiento esconde una opción doctrinal muy concreta, como es que las ideas determinan el comportamiento.

Las ideas de nuestra mente guian nuestro comportamiento. Se trata de una relación asimétrica. Los memes ejercen la función de «guía» del comportamiento, pero el com­portamiento no hace las veces de guía de los memes.
La cultura es «la fabrica del significado con arreglo al cual los seres humanos interpretan su experiencia y guían sus acciones» (Geertz 1973:144‑145).

Supongamos de momento que las ideas guían el comportamiento, pero  el comportamiento no guía las ideas.
 ¿Por qué debería esta subord­inación de la conducta a las ideas conducir a la exclusión del compor­támiento del concepto de cultura?
Una explicación usual reside en el argumento de que la conducta es demasiado compleja, desestructurada e indefinida para servir de fundamento a los estudios culturales.

Como afirma Ward Goodenough (1964:39), «el gran problema de una ciencia del hombre  es cómo llegar desde el mundo objetivo de la materialidad, con su variabilidad infinita, al mundo subjetivo de la forma tal y como existe en lo que, a falta de un término más apropiado, debemos llamar la mente de nuestros congéneres».

El antropólogo Oswald Werner (1973:288) adelanta una razón similar para extirpar la conducta de la cultura. Las ideas son para siempre, pero el comportamiento es transitorio: «el comportamiento es efímero», no es sino un mero epifenómeno de las ideas que subyacen a la historia.
Ade­más, la conducta es impredecible pues está sujeta «al estado del actor, como su sobriedad, cansancio o ebriedad», y a factores adicionales, al­gunos de los cuales «los determina sin lugar a dudas el azar».
Para comprender estos puntos de vista puede resultar útil sacar a re­lucir su pedigrí filosófico.
El origen último de la postura ideacionalista deriva de Platón, para quien el mundo activo material consiste en som­bras irreales de las ideas que están detrás de dichas sombras.

Eso con­vierte a las ideas en las únicas entidades dignas de estudio. Siempre me ha parecido obvio que, frente a los platonistas contemporáneos, todos los campos de estudio contienen componentes infinitamente variables.
Nuestra tarea como científicos consiste en descubrir el orden en lo que se presenta como desordenado.
Sea como fuere, como mostraré en seguida, los ideacionalistas se equivocan.

El orden supuestamente mayor de los acontecimientos mentales es una ficción de la imaginación (a su vez causa indudable de complejidad cognoscitiva).

Durham adopta un enfoque ligeramente distinto para justificar su ne­gativa a incluir el comportamiento, así como los memes, en la definición de la cultura.

El problema, aduce, es que «los fenómenos conceptuales de la cultura son sólo una de las múltiples fuerzas rectoras que pueden in­fluir en la naturaleza y la forma del comportamiento» (1991A).
Otras fuerzas rectoras, como los genes y las características del entorno, tam­bién influyen en la naturaleza y la forma del comportamiento humano.

Al definir la cultura, por consiguiente, hay que velar por no confundir los efectos del aprendizaje con los efectos de los factores genéticos o ambientales.
El modo de evitar tal confusión es excluir el comporta­mento de los elementos constitutivos de la definición de la cultura.

Pero ¿por qué no puede aplicarse el mismo razonamiento a los memes?

Sin duda, las ideas propias también tienen la impronta de los influjos ge­néticos y ambientales.

Las predisposiciones genéticas ‑necesidades y pulsiones biopsicológicas, en la terminología antigua‑ influyen en forma y el contenido del pensamiento humano tanto como en su comportamiento, con la salvedad de que las limitaciones y propensiones que le imponen se han debilitado y se han vuelto menos frecuentes y directas a medida que evolucionaban las capacidades intelectuales de los homínidos.

Es probable que subyaga cierto grado de precondicionamiento genético en la creencia difundida (pero no universal) de que una sonrisa es un saludo amistoso, o de que las cosas dulces son buenas para comer.
Si aceptamos que estos memes en los que se combinan aprendizaje, ideas y genética son entidades culturales, ¿por qué negar que comportamientos socialmente transmitidos en los que se combinan aprendizaje y genética forman también parte de la cultura?
Me refiero a comportamientos como el acto de sonreír a la vista de un amigo (en lugar de llorar, como hacen los indios tapirape), o el acto de poner azúcar en el café o el té (en lugar de tomarlo sin edulcorante, como hacen quienes están a régimen).

A riesgo de repetirme, recordaré que el intento de restringir la cultura a unidades ideacionales no es un asunto baladí, puesto que las definiciones son útiles en la medida en que conducen a preguntas que pueden someterse a la prueba de la investigación y versan sobre el conjunto de los acontecimientos y las relaciones incomprensibles.
Las definiciones no deben presentarse como sustitutos de la investigación empírica encaminada a la puesta a prueba de teorías particulares.
 Sin embargo, cuando definimos la cultura como idea pura y decimos de las ideas que guían el comportamiento social, estamos abogando de hecho por un principio teórico popular cuyo valor científico dista de ser evidente.

En lugar de ello, desde mi perspectiva materialista cultural, considero que la importancia atribuida a la aseveración de que son las ideas las que guían el comportamiento, y no al revés, es el error de los errores de las teorías antropológicas modernas.



La cultura como idea y comportamiento


Permítaseme ahora mostrar cómo la relación entre los componentes ideacional y comportamental de las culturas no puede reducirse a la fórmula simple de que «las ideas guían el comportamiento».
No cabe duda de que nuestras mentes van llenándose paulatinamente de instrucciones culturales (normas) de comportaimento.
Estas instrucciones no constan sólo de normas encaminadas a guiar nuestra conducta; contienen también normas para infringir dichas normas.
Uno de mis ejemplos favoritos se refiere al intento de aclarar las reglas que rigen la relación entre los padres y sus hijas casadas en las islas Truk, de los Estados Federados de Micronesia, que ilustra Ward Goodenough (1965).

Los padres deben acuclillarse o arrastrarse por el suelo ante una hija casada que esté sentada, no pueden iniciar ninguna acción en su presencia, deben evitar hablar con brusquedad, atender a sus peticiones y no violentarla jamás, ni siquiera como respuesta a una provocación.
Pero el propio Goodenough asistió al menos a un caso de un padre que vulneró todas estas normas y acabó propinando a su hija casada una sonora bofetada.
Explica este comportamiento errático del padre porque había descubierto a su hija volviendo de una cita amorosa.
Dicha conducta infringía por sí sola un buen número de normas, lo que permitía al padre regirse por varias reglas contradictorias. Puede concluirse que la alabada simplicidad del reino platónico no existe más que en la imaginación de los ideacionalistas.
En la vida real, todas las reglas están rodeadas por una penumbra de «cláusulas de excepción y condicionamiento» ‑de normas para infringir normas‑ que a su vez contienen normas para infringir normas ad infinitum.
Ni siquiera a los ladrones, asesinos y otros psicópatas les resulta difícil defender su conducta, invocando alguna norma para infringir normas.
 (Me recuerdan el caso del famoso ladrón Willie Sutton, quien, a la pregunta de por qué robaba bancos, respondió: «Porque ahí es donde está el dinero».)

Hay numerosas pruebas de que la información cultural atesorada en el cerebro contiene instrucciones contradictorias.
Por ejemplo, en un estudio sobre cómo conciben los norteamericanos la familia, Janet KeIler ( 1992:61‑62) recogió estos «esquemas» contrapuestos:

Los miembros de la familia deberían esforzarse en bien de todo el grupo
 pero
el bien del individuo debe anteponerse al bien de todo el grupo.

La familia es permanente
pero
la familia está en continua transición.

 La familia es un refugio
pero
la familia es un lugar donde preparar y ensayar los papeles que se representarán en público.

La familia es nutricia
pero
la familia es asfixiante.

La familia es divisora, un crisol de tensiones y dominaciones
pero
la familia es un remanso de ayuda y calor mutuos.

Otro problema del postulado «las ideas guían el comportamiento» radica en la conducta contradictoria que se observa cuando grandes cantidades de individuos tratan a la vez de cumplir determinadas normas.
Por ejemplo, evitar el contacto con la materia fecal humana es una norma cardinal de las familias indias que viven en el campo, y sin embargo el anquilostoma, que se transmite únicamente a través del contacto con la materia fecal, es endémico en algunas regiones de la India.
En un estudio efectuado por V. K. Kochar (1976), este rasgo paradójico del comportamiento se atribuía a la existencia simultánea de otras seis reglas:

• Debe encontrarse un lugar no demasiado alejado del hogar.

• Dicho lugar debe permitir no ser visto.

• Debe permitir ver a cualquier persona que se acerque.

• Debe estar cerca de una fuente de agua para lavarse.

• Debe estar contra el viento, para evitar malos olores.

• No debe estar en un terreno cultivado.

Respetar todas estas normas obliga a una conducta que viola la regla de evitar la materia fecal, como demuestra la elevada incidencia del anquilostoma.

Más cerca de nuestro entorno, los atascos de tráfico constituyen otro ejemplo de las consecuencias impremeditadas e inopinadas del cumplirmento colectivo de las normas. Que yo sepa, no hay ninguna regla que disponga que el tráfico debe concentrarse hasta su colapso. Todo lo contrario: las normas que se aplican a la conducción tratan de garantizar un desplazanliento rápido y seguro a determinado destino.

                        A una escala aún mayor, podríamos preguntarnos qué reglas guían al empobrecimiento o la pérdida del hogar.

                        Cabe suponer que las normas operativas están encaminadas a no convertirse en pobre y no perder el hogar.
            Pero la aplicación competitiva de dichas normas (por ejemplo trabaja duro y no te drogues) puede llevar a una persona al éxito y a otra al fracaso, dependiendo de la intensidad de su esfuerzo y también de algo tan nebuloso como «la suerte».
Así, para explicar la pobreza y la pérdida del hogar, tenemos que recurrir a procesos sistémicos de un nivel más alto que las meras normas.


Culturas animales

Otro defecto obvio de la definición ideacional de cultura es la ruptura que crea entre las tradiciones culturales rudimentarias de que hace gala los chimpancés y otros primates no humanos y el acabado repertorio de rasgos culturales característico de los hombres.
Las tradiciones de los chimpancés consisten en la fabricación y utilización de varias herramientas como ramitas deshojadas para la captura de hormigas y termitas, el uso de piedras para abrir nueces y frutas de cáscara dura y e amontonamiento de hojas para hacer esponjas que empapar de agua par beber.
Estas conductas se dan en algunos grupos locales de la misma especie y no en otros, y dependen manifiestamente de alguna forma de aprendizaje socialmente condicionado.
Su importancia radica en la luz que arrojan sobre la evolución de la capacidad humana de atesorar cultura a un nivel prelingüístico.
 No queda más remedio que presuponer que estas conductas no están guiadas por información almacenada en forma de memes. (¿Tienen acaso los chimpancés ideas, al igual que lo hombres?)
Esto nos retrotrae a la pregunta de si el comportamiento en los humanos está siempre guiado por las ideas, y no ocurre nunca lo contrario.


¿Qué guía las ideas?

A lo largo de los tiempos, los hombres y mujeres tanto instruidos como analfabetos no han dudado jamás de que las ideas guiaran el comportamiento.
Todo en nuestra experiencia nos conduce a la misma conclusión:   Las actividades estan bajo el control de nuestros valores, contenido e intenciones.
No me propongo poner en entredicho esta convicción.
Los humanos tratamos de organizar nuestras vidas en conformidad con norrnas, planes, esquemas, proyectos y metas condicionados por la cultura.
De hecho, estamos inmersos en un constante y silencioso diálogo interno para gestionar hasta el más minimo de nuestros asuntos cotidianos, como salir de la cama por la mañana, ducharnos, preparar el desayuno, conducir hasta el trabajo, acomodarnos en nuestro despacho, citarnos con un amigo para comer, y así sucesivamente.

En este teatro a pequeña escala, puede decirse que los actores se rigen por sus guiones ideacionales.
Si eso fuera todo cuanto trascendiera en la vida social humana, tanto la vida como la ciencia de la cultura serían «una ganga».
Sin embargo, como muchos de nosotros comprendemos perfectamente, nuestros repertorios ideacionales y comportamentales no pueden reducirse a un conjunto de programas estables y permanentes.
La vida social humana conlleva cambios incesantes en todos sus sectores comportamentales e ideacionales, y es ahí ‑en la evolución más o menos rápida de los repertorios culturales‑ donde al enfoque ideacional «le llega su San Martín».
Es también ahí, de medio a largo plazo, donde el comportamiento da forma a las ideas, las conforma, orienta, desarraiga, derriba y hace emerger el nexo de rasgos cognoscitivos que acompaña y guía al comportamiento a corto plazo.

Pensemos, por ejemplo, en los acontecimientos que han propiciado la desaparición en Estados Unidos de la familia nuclear con varios hijos y guiada por el padre que traía el pan a casa.
Este caso es de sobras conocido.
A principios del siglo XX, las reglas básicas del matrimonio y de los papeles de género estipulaban que, tras la boda, las mujeres debían darse de baja de la mano de obra asalariada, convertirse en amas de casa, engendrar tres o más hijos y permanecer casadas con el mismo marido por el resto de sus días.
Las ideas asociadas a este comportamiento gozaban aún de amplia difusión y gran arraigo hasta bien entrado el decenio de 1970.
Sin embargo, las conductas propiamente dichas empezaron a cambiar en la década de 1950, según las mujeres se vieron impelidas a integrarse en la mano de obra en respuesta a la evolución de la economia,  a medida que la manufactura y la industria pesada iban siendo desplazadas por el sector de los servicios y la información.
El nuevo modo de producción primaba la mano de obra instruida, dócil y educada, haciendo inviables las familias con varios hijos para el nivel de vida de las clases medias, a menos que hubiera dos salarios por hogar.
Las mujeres casadas consideraron en un principio sus trabajos como medidas temporales de emergencia pero, a medida que su participación en el mundo laboral se fue intensificando, empezaron a competir por los puestos mejor pagados.
Hoy, la idea de que la función de una mujer es quedarse en casa, cuidar de los niños y delegar la obtención de un salario en el marido resulta absurda para la mayoría de las mujeres norteamericanas.
Muchos otros cambios ideacionales en el papel de los géneros, la sexualidad y la familia han venido después de los cambios comportamentales inducidos por el paso a un modo de producción impulsado por los servicios y la información.

Como Valerie Oppenheimer muestra en su libro Work and the family, lo primero en cambiar fue el comportamiento que, al hacerlo, dio nacimiento a un nuevo conjunto de normas y valores:

Nada prueba que estos cambios sustanciales en la participación de la mujer en la mano de obra fueran motivados por cambios previos en las actitudes con respecto al papel de cada género.
Por el contrario, vinieron después que los cambios comportamentales, lo que indica que los cambios en la conducta propiciaron gradualmente cambios en el papel atribuido a los géneros, más que a la inversa.
Además, los hechos muestran claramente que el inicio de estos rápidos cambios en el comportamiento de la mujer como partícipe de la mano de obra fue muy anterior al nacimiento del movimiento feminista. (1982:30)

Las explicaciones del comportamiento cultural que parten de la premisa de que las ideas guían la conducta, pero que no ocurre al revés, abocan a callejones sin salida.
Mediante dichas explicaciones no se puede determinar ninguna situación que dé cuenta de los cambios observados en los repertorios culturales, al margen de algunas ideas previas adicionales.
Pero las ideas previas no constituyen un conjunto de limitaciones que hagan predecibles las ideas subsiguientes.
 No basta con decir que una idea sea «buena de pensar» o «mala de pensar».
Hay que estar en condiciones de precisar por qué es buena o mala en un lugar y momento determinados.
No les fue difícil a las mujeres tener la idea de conseguir trabajo fuera de casa; lo que les costó fue materializar esa idea en un comportamiento.
No hay nada inherentemente más complejo en la idea de que los hombres deban dominar a las mujeres que en la idea de que las mujeres deban dominar a los hombres.
La dificultad surge cuando un género obtiene una ventaja política sobre el otro y dicha ventaja se asienta en diferentes grados de poder.
¿Qué fuerza impele a los iroqueses a creer que la ascendencia debe fijarse exclusivamente en función de las relaciones maternas?
Los judíos y los musulmanes tienen prohibido el cerdo.
 «Esta idea forma parte de su religión», decimos.
Pero ¿por qué tienen dichas religiones esa idea?
Sólo cuando se tiene en cuenta el comportamiento y se sitúa en el con­texto de la situación material concreta podemos comprender las fuerzas que provocan que se piensen determinadas ideas y no otras.
No cabe duda de que el comportamiento y las ideas deben verse como elementos de una interrelación.
A corto plazo, las ideas guían efectiva­mente la conducta pero, a largo plazo, es el comportamiento el que guía y da forma a las ideas.
Añadiré datos sobre estas relaciones en los capí­tulos próximos.
Pero, antes que nada, debe desmentirse otro postulado avanzado por los ideacionalistas.

Falta de consenso

William Durham (19913) mantiene que la definición exclusivamen­te ideacional de la cultura representa un «consenso nuevo y esperanzador» en la antropología. Concedo que, en los últimos treinta años, empezan­do por la aceptación por Alfred Kroeber de que los sistemas sociales son fruto de una construcción ideacional, una idea debida a Talcott Parsons (Kroeber y Parsons 1958; Harris 1975), la mayoría de los antropólogos ha acabado por hacer suya una definición exclusivamente ideacional de la cultura.
Muchos de los más populares libros de texto norteamericanos introductorios en la disciplina han adoptado la definición de «guía del comportamiento pero sin el comportamiento».
La definición de Conrad Kottak (1991:17), por ejemplo, contiene la siguiente expresión:
«las tradi­ciones y costumbres que rigen el comportamiento».
Asimismo, William Haviland (1993:29) afirma que «la cultura consiste en valores, creencias y percepciones abstractas del mundo que subyacen al comportamiento del .hombre y que se reflejan en su conducta».
Sin embargo, no puede llegarse a la conclusión de que esta opinión mayoritaria ha alcanzado el consenso.
Una inspección de los libros de texto utilizados actualmente permite descubrir rápidamente voces dis­crepantes como la de Serena Nanda (1991:52), quien escribe que «el término cultura ... describe el tipo específicamente humano de comporta­miento aprendido en el que tanta importancia tienen las normas y reglas arbitrarias».
Melvin y Carol Ember (1990:17) son más radicales y re­chazan de plano la aseveración de que la mayoría de los antropólogos hayan erradicado el comportamiento de la cultura.
En lugar de ello, pos­tulan que «para la mayor parte de los antropólogos, la cultura engloba los comportamientos, creencias, actitudes, valores e ideales aprendidos y que caracterizan a determinada sociedad o población».
Independientemente de que haya o no consenso sobre el carácter exclusivamente ideacional de la cultura, hay que resolver el problema del valor científico de dicha definición.
Sorprendentemente, se ha pres­tado poca atención a la explicación de por qué la definición puramente ideacional es positiva.
A fin de cuentas, nadie ha tratado de definir la cultura en términos exclusivamente comportamentales.
¿No sería mejor tomar como punto de partida tanto las ideas como el comportamiento?

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