domingo, 20 de febrero de 2011

Teorias sobre la cultura en la era posmoderna. Marvin Harris cap 3




3
Naturaleza de los hechos culturales

E1 reconocimiento de las posturas emics/etics y mental/comportamental nos sitúa en condiciones de resolver (o, al menos, enfrentarnos a) un dilema perenne de las ciencias sociales:

La relación entre el individuo y la sociedad y
El rango ontológico de las entidades y
Fuerzas socioculturales supraindividuales.

Holismo metodológico e individualismo metodológico

Pueden distinguirse dos bandos enfrentados:
Los holistas metodológicos y
Los individualistas metodológicos.


El holismo metodológico tiene un pedigrí intelectual que se remonta a Emile Durkheim, Karl Marx, Herbert Spencer, Auguste Comte  y en último término, al «animal artificial» de Thomas Hobbes, el «gran Leviatán que llamamos el Bien Común o el Estado». Como veremos en el capítulo 10, debe establecerse una distinción entre las diferentes variedades del holismo, pero las demás no son útiles para la definición de las entidades culturales y los sistemas socioculturales.
Los holistas metodológicos defienden que la vida sociocultural constituye un nivel de fenómenos exterior y superior al de los individuos que están sujetos a los fenomenos en cuestion.
                       
Según la fórmulación de Durkheim (1938:13), el ámbito de lo social consta de elementos o “echos”  sociales  “que pueden imponer restricciones externas al individuo …. y que existen por derecho propio,   independientemente de sus manifestaciones concretas”.

En antropoligia el enfoque holista supraindividual tuvo sus mas fervientes adalides en Leslie White y Alfred Kroeber. Postulaban (inspirándose en Herbert Spencer) la existencia de un nivel culturológico o «superorgánico» de los fenómenos, que no podía reducirse al nivel de los pensamientos y el comportamiento de los individuos. (Más adelante en su carrera, Kroeber se retractó de esta postura [Harris 1968:3331.) Así, la sociedad y la cultura y sus partes constitutivas existen antes que los individuos, cuya única opción es participar en las instituciones y aprenderse los papeles que la sociedad les ha asignado.      El individualismo metodológico, por su parte, mantiene que los fenómenos sociales y culturales deben explicarse únicamente en términos de datos sobre los individuos. Su legado intelectual se remonta en este caso al filósofo Karl Popper y al econontista Friedrich Hayek, pasando por los economistas clásicos del mercado y conduciéndonos en último término a Adant Smith. Así, según Popper, todos los fenómenos sociales, y particularmente el modo de funcionamiento de las instituciones sociales, deberían concebirse siempre como resultado de decisiones, acciones y actitudes de los individuos humanos. Nunca deberían bastanos las explicaciones presentadas en términos de «Colectivos».

De acuerdo con el antropólogo Tim O´Meara ( 1997), quien ataca la postura holista supraindividual en las páginas de Current Anthropology, la incapacidad de llegar a un conocimiento científico de los «asuntos humanos» se debe en buena medida a la creencia en entidades y fuerzas supraindividuales. O'Meara niega la existencia y la eficacia causal de entidades como las sociedades, culturas, instituciones y rasgos culturales, entidades que en su opinión no tienen sustancia física y que, de hecho, no existen en modo físico alguno.
O'Meara insiste en que, en «los asuntos humanos», sólo existen los seres humanos; todo lo demás es superchería metafísica, objetos y acontecimientos propios de «una extraña y desazonadora ontología».
De modo que nuestro autor describe «la extraordinaria vaguedad que rodea el modo en que las entidades superorgánicas ejercen su influencia peculiar, en que la acción individual y las estructuras suprafísicas se vinculan y condicionan, y en que se generan, crean o configuran mutuamente» (1997:404).

Superchería metafísica.


Como demostraré en seguida, la identificación y el análisis de las entidades supraorgánicas empíricas (físicas), aunque abstractas, es un componente necesario y fundamental de la ciencia sociocultural.
En contra de lo que afiriria O'Meara, no tenemos por qué renunciar a los esfuerzos de 250 años por consolidar una ciencia de los sistemas y procesos socioculturales debido a la naturaleza abstracta y artificial de dichas entidades. Pero, en primer lugar, deseo aclarar mi postura en relación con los componentes metafísicos del holismo metodológico.

Sustentan el holismo metodológico tres proposiciones:

  El todo es más que la suma de sus partes y no puede reducirse a ellas.

  El todo determina la naturaleza de sus partes.

  Las partes no pueden comprenderse si se estudian con independencia del todo.



CRITICA:
  El todo es más que la suma de sus partes y no puede reducirse a ellas.
 A mi modo de ver, conceder prioridad al todo sobre sus partes genera el problema de cómo debe discernirse y describirse el todo. De resultas de la selección natural, el hombre experimenta el mundo en, términos de unidades macrofísicas discretas como una silla, un árbol o una persona; cualquiera puede verlos como todos, pero nadie ha visto jamás una institución, una sociedad, una cultura o un sistema sociocultural como un todo. Los todos socioculturales son necesariamente cognoscibles únicamente mediante procesos de abstracción lógica y empírica a partir de los datos de la observación de sus partes, las menores de las cuales son las actividades y pensamientos de los individuos (Harris 1964).
Carece de lógica afirmar que el conjunto de la sociedad y la cultura es más que la suma de sus partes, porque el único modo de conocer los todos socioculturales (en la medida en que se diferencian de los árboles, sillas o individuos) consiste en determinar sus partes y las relaciones que hay entre ellas.  No puede verse el todo de un sistema sociocultural de la misma manera en que se ve a una persona o un árbol.

  El todo determina la naturaleza de sus partes.
Por otra parte, remitiéndonos al segundo punto, la proposición que afirma que el conjunto del sistema sociocultural determina la naturaleza de sus partes resultaría perfectamente aceptable si se acompañara de idéntico hincapié sobre la determinación del todo por sus partes.
Pues, si por determinación entendernos un proceso causal como la evolución, resulta  obvio que la selección opera tanto en el sistema como en sus partes.
Dicho de otro modo, el todo y sus partes se determinan mu­tuamente.

  Las partes no pueden comprenderse si se estudian con independencia del todo.
De igual modo, la proposición «las partes no pueden comprenderse si se estudian con independencia del todo» es razonable, pero caprichosamente incompleta.
En efecto, hay que añadir que el todo tampoco pue­de comprenderse con independencia de sus partes. Este hincapié en la interdependencia mutua y la determinación, sin embargo, debe conside­rarse una aportación del holismo funcionalista (como veremos en el ca­pítulo 10) con respecto al metodológico (o metafísico).

Realidad física

Si O' Meara rechaza las entidades socioculturales es debido a su tesis de que carecen de «realidad física».
 Me incluye entre los antropólogos «que defienden la existencia" y el "poder" de modelos holísticos suprain­dividuales que, como reconocen abiertamente, carecen de realidad físi­ca» ( 1997:400).
No recuerdo haber declarado jamás que los fenómenos culturales carezcan de realidad física.
Lo que sí he sostenido es que las entidades socioculturales se construyen a partir de la observación direc­ta o indirecta del comportamiento y el pensamiento de individuos espe­cíficos:
La cultura es una serie de abstracciones emanadas de la manipulación lógico‑empírica de datos recogidos a partir del estudio de hombres y muje­res aislados, históricos y específicos... (Harris 1964:172).

Al parecer, O' Meara equipara abstracción a carencia de realidad fí­sica pero, por mucho que determinados fenómenos culturales no puedan tocarse ni verse, no dejan de ser reales.

La premisa básica de la ciencia empirica es que sólo puede conocer­se la naturaleza de algunos fenómenos exteriores al observador interac­tuando con ellos a través de la observación, la manipulación lógica y el experimento.

Así, todas las cosas en su estado cognoscible son en parte creaciones resultado de la aplicación de la observación y la lógica.
En­tre ellas cabe incluir las partículas subatómicas, especies biológicas, ecosisteinas, placas tecónicas y normas, meteorológicas, así como la avunculocalidad deTrobriand, los ritos de circuncisión ndembu, General Motors o la infraestructura soviética.
Todas las entidades socioculturales indicadas tienen una existencia física que depende de la observación directa o indirecta de los pensamientos y el comportamiento de hombres, mujeres y niños aislados. Cier­to que, como resultado de nuestra carrera evolutiva, el hombre, como otros animales, está equipado con ciertos sentidos que le permiten tocar, ver, oír u oler algunas entidades más inmediata y directamente que otras.
Nos cuesta percibir (sentir) las partículas subatómicas o la estructura molecular del ADN.
Pero, como la mayoría de los animales, el hombre no tiene dificultades en percibir organismos aislados, las partes de sus cuerpos y los efectos en el entorno de los movimientos de las partes del cuerpo (incluidos los sonidos del habla).
Estos movimientos corpo­rales y sus efectos en el entorno constituyen los datos axiales sobre los que se erigen (o pueden erigirse) las entidades socioculturales supraindividuales, pero físicamente reales.
Mientras el modelo se construya sobre un punto de partida físico e identificable y siguiendo pasos lógicos y empíricos explícitos, puede reivindicar una realidad física.
Hace algún tiempo, traté de realizar un esbozo genérico de una serie jerárquica de conceptos que resolverían este problema, aunque sólo fuera de una manera provisional e ilustrativa.
En el escalón más bajo situé una unidad denominada «episodio», término que englobaba cierta clase de movimientos corporales, sus efectos en el entorno, los tipos de personas implicados y su localización temporal y espacial (a grandes rasgos, quién, qué, cuándo y dónde).
Los episodios (como un consumidor que deposita desperdicios en un colector de basura) conforman cadenas de episodios (vinculadas al vaciado del recipiente por el recogedor de basura); las ca­denas de episodios forman «escenas» (transporte de la basura a los ver­tederos) y las escenas forman «seriales» (diversas actividades anejas a la gestión de los vertederos). Todas estas actividades son directamente observables (desde el punto de vista etics y comportamental) y los sociólogos normalmente las identifican, compáran y contrastan transcultu­ralmente (como en los reportajes sobre bodas, funerales, ritos asociados a la pubertad, la plantación y recogida de la cosecha, las razias contra pueblos enemigos, las peleas de gallos, etc.). Tienen una realidad física tan innegable como las rocas o los árboles.
            Una serie paralela de modelos lleva de los individuos, a los grupos, que forman una jerarquía de entidades cada vez más incluyentes y abstractas, empezando por las que llamo
«nomoclones» (por ejemplo, recogedores de basura del distrito) y llegando hasta los sistemas
«permaclónicos» y
«superpermaclónicos» (por ejemplo, la autoridad de distrito encargada de la recogida de basuras y el sistema nacional de protección medioambiental).
Más allá se ciernen sistemas y subsistemas más amplios ‑clases, partidos políticos y formaciones infraestructurales, estructurales e ideológicas‑, cuya conjunción determina la sociedad global y su(s) cultura(s).
Estos grupos e instituciones, pese a su naturaleza abstracta, interactúan mutuamente de maneras que no pueden predecirse o comprenderse mediante la mera observación de los individuos y las actividades que constituyen sus componentes básicos.
Pensemos, por ejemplo, en la interacción entre General Motors y el Ministerio de Medio Ambiente. Uno reglula al otro; el otro se resiste. Uno persiste en imponerle sanciones en concepto de productos defectuosos; el otro contrata abogados para impedir o reducir al míninio las sanciones. Estos hechos parten del comportamiento de individuos, pero según patrones muy sinópticos y abstractos. Es cierto que las oficinas, agencias y ministerios consisten en individuos que se comportan (y piensan) de determinada manera y que no debemos nunca perder de vista este hecho.
Al propio tiempo, pese a todo, debemos reconocer que una explicación completa de estructuras y sistemas socioculturales complejos desde una perspectiva exclusivamente individualista resultaría inaceptablemente lenta y laboriosa.


Fundamentos del holismo supraindividual

La supervivencia de las entidades socioculturales incita a los científicos a pensar en términos de instituciones y organizaciones, rasgos y patrones, clases, castas, infraestructura y superestructura, e infinidad de entidades supraindividuales de cualquier dimensión imaginable. Las observaciones empíricas revelan que estas entidades sobreviven al flujo constante de participantes nativos. Al igual que las lenguas sobreviven a la muerte de sus hablantes, los linajes sobreviven a la sustitución de un jefe por otro, los equipos de béisbol sobreviven a la sustitución de un pitcher (lanzador) por otro, y las empresas automovilísticas sobreviven a la sustitución de un director general por otro.

Otro niotivo para aceptar la existencia de entidades supraorganicas es que los participantes llevan consigo modelos emics personales sobre instituciones, organizaciones y pautas de comportamiento que determinan su vida social. Si las explicaciones emics de los sistemas y subsistemas socioculturales incitan a un cotejo con las explicaciones etics, no por ello debe dejar de respetarse la sensación del participante de que hay algo más allá de los individuos.
Mejor haríamos en no ir a contarles a los obreros del sector automovilístico en huelga que no hay tal cosa como General Motors.

Un tercer argumento en favor del holismo metodológico es simplemente que los modelos supraindividuales son eficaces.
Sea cual sea el rango ontológico de las entidades supraindividuales, los investigadores que parten de la premisa de su existencia han podido hacer acopio de un rico acervo de teorías comprobables acerca de cómo se influyen mutuamente estas entidades, cómo son seleccionadas o desechadas, y, por lo tanto, han logrado explicar las trayectorias divergentes y convergentes de la evolución sociocultural.




El holismo y el individualismo
se necesitan mutuamente

Tampoco se sostienen solas ni las posturas holistas metodológicas ni las del individualismo metodológico.
Frente a lo que defiende el modelo holista, la cultura puede verse como el producto creativo de individuos cuyos pensamientos y comportamiento están en cambio constante. Así se refuta la acusación de que el concepto de cultura circunscribe la antropología a una ontología esencialista de entidades rígidas e inmutables que enturbian la diversidad y la plenitud de la vida social humana.
Por otra parte, el modelo holista da cabida a la naturaleza supraindividual de sus abstracciones de un orden superior, como las entidades reales que perduran a través de generaciones y que determinan en gran medida lo que las personas hacen y piensan.

            De modo que ¿cuál es la relación ontológica entre la cultur y el individuo?
En mi opinión, la respuesta reside en aceptar y combinar ambos puntos de vista, remontándonos del individuo a las abstracciones de orden superior y volviendo luego a descender hasta el individuo.

Con este circuito básico de retroalimentación en funcionamiento, podemos volvemos hacia otro de los dilemas axiales de la antropología de vocación científica: el compromiso ético‑moral y político de los antropólogos y el efecto que dicho compromiso puede tener sobre la viabilidad de las teorías antropológicas.

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