domingo, 6 de marzo de 2011

Teorias sobre la cultura en la era posmoderna. Marvin Harris cap 5


Segunda parte

Biologia y cultura



Capitulo 6

Desbiologización de la cultura: los boasianos
El presente capítulo se inspira en un documento presentado el 16 de septiembre de 1996 en la Acaderny of Sciences, de Nueva York. La conferencia fue patrocinada por el Departamento de Antropología de la Universidad de Columbia y la Columbia Graduale Anthropológy Alumni Association, para celebrar un siglo de práctica de la antropología en Nueva York.



Como ya he indicado hace algunas páginas, a lo largo de todo el si­glo XX los defensores de teorías biológicas y culturales de la evoción de los sistemas socioculturales han guerreado incesamente entre si.
En un bando estaban:
Los biologicistas, quienes esgrimen una pléyade de  factores hereditarios, raciales y genéticos para explicar las diferencias semejanzas culturales; en el otro,
Los desbiologizadores, quienes otorgan mayor peso a la educación y la influencia del entorno.


A mediados de siglo, los adalides de la educación y el entorno pare­n llevar la delantera.
Sin embargo, recientemente los biologicistas han superado gran parte del crédito de que gozaban a principios de siglo.


Raciologia, eugenesia y hereditarismo.

A principios del siglo XX, las autoridades científicas reconocidas y el público veían la especie humana dividida en un pequeño número de razas permanentes y antiguas, que poseían distintas culturas y hablaban len­guas emparentadas. Estas razas, lenguas y culturas se clasificaron en ti­pos superiores e inferiores, siguiendo el criterio del establishment académico, casi exclusivamente blanco, de Europa y Norteaniérica.

La gran mayoría de los estudiosos atribuyeron este ordenamiento jerárquico al resultado de la «lucha por la supervivencia» de Herbert Spencer y Charles Darwin (una expresión acuñada por Spencer y retomada por Darwin).

Para Spencer y otros darwinistas sociales (o «spenceristas» biologicistas, me inclinaría yo a decir), la desaparición de los individuos y razas «inferiores» era un resultado natural e inevitable de la competencia.
Si se dejaba seguir su curso al proceso evolutivo, las razas superiores pronto reemplazarían a las inferiores.
Más adelante, el científico inglés Francis Galton ( 1908) realizó el descubrimiento inquietante (para él) de que las, «razas inferiores,» practicaban la exogamia con las supuestamente superiores.
Este descubrinuento propició el nacimiento del movimiento por la eugenesia.

Como veremos en el capítulo 8, la fecundidad de los estratos sociales desaventajados sigue resultando una incógnita para los neodarwinistas, quienes consideran que la única medida del «éxito reproductivo» es la adaptación evolutiva.

Los eugenistas alegaban que no podía dejarse que la naturaleza siguiera su curso. Debía impedirse la entrada en Estados Unidos y otras sociedades avanzadas de los especímenes inferiores aunque fértiles de Asia y de Europa del Sur y el Este o, en caso de que lograran penetrar, debía vetárseles la reproducción.

Según Charles Daveriport (1912:219), la esterilización obligatoria en masa era la única forma de tratar a quienes poseían plasma germinal «imbécil, epiléptico, loco, criminal».

En la década de 1920, las opiniones de eugenistas como Galton, Daveriport y el profesor de Harvard Roland Dixon (1923) seguían prevaleciendo en las más altas instancias de los círculos universitarios y gubernamentales. Al firmar la Ley de Inmigración de 1924, el presidente Calvin Coolidge declaró:

Norteamérica debe seguir siendo norteamericana. Las leyes biológicas demuestran que los nórdicos se deterioran al mezclarse con otras razas (citado por Stoskopf en 1996).

De una forma más espeluznante, la «solución final» de Hitler constituyó una versión acelerada de la eugenesia: ésta buscaba la «pureza racial» mediante el control prolongado de la natalidad; aquélla, mediante un asesinato en masa inmediato. .

En el debate «natura frente a cultura» ‑una formulación concisa que también debemos a Galton‑‑‑, los eugenistas eran necesarianiente hereditaristas a ultranza. Fue su rechazo de que la condicion humana pudiera modificarse sustancialmente manipulando el entorno lo que constituyó el fundamento de la esterilización y otras formas de intervención eugenésica.

Oposición a las teorías biologicistas de la cultura

Franz Boas y sus estudiantes hicieron mucho por combatir, o refutar, la creencia imperante de que la raza, la lengua y la cultura eran inseparables y que algunas razas, lenguas y culturas eran mejores, más civilizadas más adaptadas a la supervivencia que otras. Boas afirmó en su libro The mind of promotive man (1911:278):  Espero que los argumentos expuestos en estas páginas hayan demostrado que los datos de la antropología nos enseñan una mayor tolerancia ante formas de civilización diferentes de las nuestras, que aprendamos a mirar a las demás razas con una mayor simpatía y con la convicción de que, al igual que todas las razas contribuyeron en el pasado al progreso cultural de una u otra forma, serán capaces de coadyuvar a los intereses de la humanidad: basta con que estemos dispuestos a darles una oportunidad justa.

Con el nombramiento de Boas como profesor de antropología física en 1896 (Lesser 1981), el Departamento de Antropología de la Universidad Columbia se convirtió en un centro mundial de oposición académica las teorías biologicistas y raciológicas dominantes sobre la cultura.
La motivación principal del intento boasiano de refutar a sus adversarios hereditaristas fue su conocimiento empírico de primera mano de formas de cultura propias de tribus, bandas y pueblos radicalmente opuestos a os occidentales.
Boas y sus estudiantes recabaron sus datos mediante investigación de campo empírica, principalmente entre los indios norteaericanos.
Para corregir la fusión de raza, lengua y cultura mostraron que tribus, bandas o pueblos que poseían culturas similares a menudo hablaban lenguas distintas y mutuamente ininteligibles. Mostraron tarnbién que, aunque algunos nativos norteamericanos parecían similares desde el punto de vista racial, sus culturas podían ser notablemente diferentes.
Además, tras una inspección más detenida, las lenguas y culturas de dichos nativos no dieron muestras de ningún tipo de inferioridad racial.
Sus complejos sistemas de emparentamiento, su rica vida religio­sa y ritual y sus tecnologías ingeniosas y eficientes desacreditaban las doctrinas raciológicas y hereditaristas.
Lo mismo hizo el descubrimien­to de que lenguajes hablados por pueblos supuestamente «primitivos» poseían gramáticas complejas y llenas de matices, capaces de expresar los pensamientos más sutiles y exaltados. En palabras del lingüista boa­siano Edward Sapir (1924:234):

En cuanto a la forma lingüística, Platón va de la mano con el porquero macedonio.  Confucio, con los salvajes cazadores de cabezas de Asia.

Margaret Mead, la alumna más célebre de Boas, atacó frontalmente la postura hereditarista en su libro Coming of' the Samoa (1928).
Trató de demostrar que los factores, biológicos pesaban menos en la adoles­cencia a la  hora de  determinar el comportamiento que los factores culturales Pese a la critica que formulo sobre  sobre su teoría Derck Freeman ( 1983), Mead supo poner en entredicho el dogma hereditarista, que a la sazón donminaba insultantemente el parnorama académico. Aunque es posible que desvirtuara por descuido algunos aspectos de la conducta adolescente entre los samoanos, la existencia de variaciones cultural­mente determinadas en el grado de libertad sexual de los adolescentes está perfectamente demostrada (Schlegel y Barry 1991). Por otra parte, como sostiene Paul Shankirían (1996), la teoría de Freeman quizás ca­rezca tanto como la de Mead de un respaldo fáctico adecuado, y el pro­blema dista de estar resuelto.
Pese a la popularidad ininterrumpida de los viejos principios racio­lógicos y hereditaristas de la década de 1910, Boas y sus estudiantes pu­dieron abrirse un sólido hueco en los medios académicos. Contribuyó a ello un cambio en la proveniencia de la ola de inmigrantes a Nortea­mérica, que pasaron de ser del noroeste a proceder del sur y el este de Europa. Al estallar la Primera Guerra Mundial, esta corriente demográ­fica condujo a la formación de nuevas instancias políticas que contesta­ban la hegemonía WASP (protestantes anglosajones blancos) y eran más receptivas a los postulados boasianos.

No obstante, la antropología boasiana no logró imponerse antes de finales de la década de 1930. En los años veinte, antropólogos de Har­vard como Ales Hrdlicka y Ernest Hooton seguían siendo férreos de­fensores de la superioridad nórdica, de la eugenesia y de la exclusión de los inmigrantes de Asia y Europa del Sur y el Este.

En esta esa época, las principales y más prestigiosas universidades privadas, incluida la de Co­lumbia, seguían expresando abiertamente su oposición a la admisión de Judíos y otras «razas inferiores» (Sacks 1994).

El acallamiento de las vo­ces racistas, raciológicas y hereditaristas no puede atribuirse a nuevos descubrimientos que contradijeran estas posturas. Lo que inclinó la balanza en favor de los boasianos fueron los acontecimientos que se su­cedían en el mundo entero y lo iban a precipitar a la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial. Con la crisis del capitalismo, las teorías ra­cistas y hereditaristas volvieron al primer plano de la política norteamericana y europea.
      En Alemania, los nazis hacían de la pureza racial y la supremacía teutona los eslóganes centrales de su ascenso al poder, mientras que, en Estados Unidos, millones de personas seguían los exabruptos racistas semanales de los sermones radiofónicos del padre Cough1in.
      El anti­semitismo se predicaba por doquier, y lo practicaban tanto científicos como componentes de la clase obrera, necesitados de chivos expiatorios a quienes achacar sus crisis económicas y sociales. Resultaría improce­dente que me pusiera a elaborar la lista de los nombres de boasianos que, además del propio Boas, reconocían su extracción hebrea, y de ninguna manera quiero dar a entender que la movilización de conocimientos an­tropológicos en la lucha contra el antisemitismo de la década de 1930 dependiera exclusivamente de la iniciativa de gentes de origen judío. No se me podrá negar, con todo, que la perspectiva de ser una diana predi­lecta del fulminante odio «racial» aviva poderosamente el ingenio para refutar tesis racistas, raciológicas y hereditaristas.             

Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, la credibilidad de estas doctrinas racistas, raciológicas y hereditaristas quedó mermada.
Ante el espectáculo de los germanos proclamándose la «raza superior» y prometiendo dominar Europa durante un milenio, la defensa abierta de teorías racistas, raciológicas y hereditaristas cayó en desgracia. Cuando los aliados calificaron la Segunda Guerra Mundial de «guerra destinada a dar seguridad a la democracia en el mundo», abrazar teorías racistas y hereditaristas se consideraba oficialmente una postura sediciosa contra la prosecución del esfuerzo bélico.
Las chifladas teorías nazis sobre la premacía teutona provocaron la repugnancia y el miedo cuando los aliados fueron familiarizándose con la existencia de campos de la merte y crematorios dedicados al exterminio de judíos, gitanos y homosexuales.
Con el respaldo oficial a sus tesis, boasianos Ruth Beriedict (1940; 1943), Gene Weitfish (Benedict y Weitfisli 1947), Margaret Mead (1942) y muchos otros (incluidos el propio Boas, hasta su inuerte en 1942), sacaron a la luz un diluvio de libros, artículos periodísticos y panfletos para consumo de las masas que tenían por objeto combatir las doctrinas racistas y hereditaristas.
 (Permítanme señalar entre paréntesis que, durante la Segunda Guerra Mundial, los antropólogos no fueron meramente contratados para respaldar el esfuerzo bélico o alentados a ello, sino que sorprende cuántos de ellos participaron en acciones clandestinas por cuenta de los predecesores de la CIA y otras agencias de inteligencia gubernamentales de las cuales poco ha trascendido [Price 1996].)

Aunque la tesis boasiana realizó progresos considerables como resultado de su contribución a la guerra, persistieron poderosas contracorrientes de pensamiento racista y hereditarista.
Los medios militares norteaniericanos, por ejemplo permnecieron segregados en función de la raza y el sexo hasta el fin de la guerra, por no mencionar la referencia constante al enemigo japonés como una raza aparte, sin rasgos que lo pudieran redimir.

Sin embargo, la Segunda Guerra Mundial inclinó la balanza académica del lado de los principios boasianos.
En las décadas de 1950 y 1960, los antropólogos formados por Boas aportaron muchos de los argumentos científicos y político‑ideológicos que haría suyos el movimiento de los derechos civiles y la discrirninación positiva.
Fue en esa época también cuando la crítica boaslana de la raciología, extractada por Ashley Montagu, un experto formado en Columbia, constituyó el punto de partida de la «Declaración de los expertos sobre los problemas raciales» (1950) de la UNESCO.

La Segunda Guerra Mundial creó un ambiente favorable a los boasianos en otro aspecto. Dio a los veteranos de guerra que volvieron (unos catorce millones) acceso a titulaciones universitarias, anteriormente fuera del alcance de los miembros de las clases media‑baja y obrera y de las minorías étnicas.
El departamento de Columbia, en particular, debió gran parte de sus estudios y activismo político en pro de los principios antihereditaristas y antirracistas boasianos a la llegada de estos estudiantes e instructores de izquierdas.


Durante las décadas de 1970 y 1980, se produjo una reacción popular entre las clases trabajadoras y medias blancas contra el estado del bienestar, la guerra contra la pobreza, la discriminación positiva y otros plantearnientos «educativos» de la «Great Sociely».
Hoy puede apreciarse, retrospectivaniente, que muchos antropólogos se dejaron embargar por una falsa sensación de seguridad por el triunfo aparente de la postura boasiana sobre la raza y la herencia, y que calcularon mal el ímpetu de la reacción que se estaba preparando.
Sin duda, durante esos decenios dejaron de estar a la orden del día los estudios sobre la raza, tema que desapareció de muchos libros de texto, y muchos antropólogos se negaron a debatir el tema porque consideraban que la raza no era una categoría taxonómica válida desde el punto de vista biológico para describir a los pueblos humanos.
En el mejor de los casos, se reconocía exclusivamente que existía algo parecido a la «raza social»: un concepto emics, resultado de la fabulación cultural, con tanta verosimilitud como un cuento popular (Paredes 1997).

Algunos estudiosos, incluidos los miembros de un comité oficial de la Asociación Norteamericana de Antropología (Anthropology Newsletter, abril de 1997: l), sugirieron que los antropólogos abandonaran el término por completo.
En 1985, sólo el 50 por 100 de los antropólogos físicos y el 30 por 100 de los antropólogos culturales de departamentos habilitados para conceder licencias estaban de acuerdo con la afirmación de que «hay razas biológicas dentro de la especie Homo sapiens» (Lieberman y Kirk 1996), y sólo un puñado de libros de texto de iniciación trataban el tema (Shanklin 1994).
Y, sin embargo, el término no es completamente inútil en el discurso biológico pues, de lo contrario, ¿,por qué habría puesto Charles Darwin el siguiente título a su obra: El origen de las especies por medio de /a selección natural o la conservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida.


Oposición a la perspectiva emics de la raza

La propuesta de erradicar la palabra «raza» del discurso académico como medio de combatir el racismo y las doctrinas raciológicas solo sirve para difundir la ya de por sí generalizada sospecha de que los antropólogos constituyen una tribu excéntrica.
Afirmar que las razas humanas no existen confundirá sin duda a las personas cuyas vidas han sido marcadas y condicionadas por la impronta de sus experiencias en calidad de miembros de una u otra raza. Es evidente que la existencia de razas humanas en un sentido emics no puede ser objeto de controversia.

Gran parte de la confusión que rodea la definición de raza se debe al hecho no inusual de que las versiones emics y etics no se corresponden.
Es más; no sólo no se corresponden, sino que se contradicen abiertamente en muchos puntos.
Dada la gran importancia político‑moral del concepto de raza, sigue siendo una obligación fundamental de la antropología enfrentarse a las diferentes versiones emics de raza y someterlas a un análisis riguroso con objeto de desvelar las falacias que entrañan.
Será mucho más beneficioso exponer estas falacias ‑señalar qué hay de falso en las ideas populares sobre raza‑ que tratar de definir raza en términos etics positivos y agradables para todos los observadores.
No voy a intentar ofrecer una relación exhaustiva de todos los errores y conceptos equivocados subsumidos en las definiciones populares de raza. Cuantas más falacias se presenten, más probabilidades habrá de que encontremos opiniones contrapuestas acerca de su rango desde el punto de vista etics.

Con todo, sí hay ciertos puntos clave sobre los que concuerda la mayoría de los antropologos y que pueden contraponerse sin problemas con las falacias emics.

Por ejemplo, entre las principales falacias básicas de que está teñida la perspectiva de la raza está la creencia de que hay un número fijo de razas humanas, sobre el que hay un consenso científico.
Nada más lejos de la realidad: los antropólogos físicos han utilizado o propuesto como mininio catorce tipologías de razas diférentes durante el siglo XX (Moinar 1983:19); algunas de ellas constaban de sólo cuatro o cinco razas, como australoides, capoides, caticasoldes, congoides y mongoloides (Coon 1965); otras, de hasta treinta y dos (Moinar 1992:25). Algunos antropólogos físicos han hablado de «estirpes» raciales, que han dividido en treinta razas distintas, subdividiendo a los caucásicos en bálticos, nórdicos, alpinos, dináricos y mediterráneos.
El gran número de tipologías etics se debe al uso de distintos criterios de clasificación por parte de diferentes investigadores: algunos dan más importancia a los grupos sanguíneos; otros se centran en el color de la piel y los rasgos craneales y del esqueleto; otros atienden al ADN. Dado que todos estos rasgos aparecen de una manera discordante (no van juntos en un solo paquete), las tipologías resultantes pueden considerarse demarcaciones arbitrarias carentes de significado biológico (frente, por ejemplo, al significado biológico de los organismos que pertenecen a diferentes especies).

Otra falacia común es la creencia de que las razas humanas no pueden prestarse a hibridaciones o no es normal que lo hagan.
Por el contrario, todas las poblaciones humanas conocidas pueden emparejarse y tener descendencia fértil independientemente de su raza etics.
Ademas en cada divisoria geográfica o social entre los grandes pueblos, se encuentran muestras de flujo génico en forma de frecuencias génicas intermedias.
Durante milenios, las conquistas militares propiciaron la aparición de nuevos patrones genéticos indicativos de un cruce genético generalizado.
En tiempos más recientes, las grandes migraciones (voluntarias y forzosas) han dado lugar a nuevos patrones de diversidad genética en todo el hemisferio occidental y en gran parte de África. Además, como consecuencia de la globalización industrial, es de esperar que estas nuevas razas se hagan aún más comunes y se difundan por regiones aún más vastas, imponiéndose a las tendencias aislacionistas.


Y, sin embargo, otra falacia es la creencia popular de que la identidad racial emics de un individuo está determinada por su ascendencia biológica.
De hecho, en Estados Unidos y en otras sociedades sensibilizadas sobre la raza, se asigna una identidad racial a los individuos en función de reglas arbitrarias de ascendencia, y no de acuerdo con criterios biológicos. En los Estados Unidos, la norma de que «basta una sola gota de sangre» sigue a la orden del día.
Tener un ancestro de una raza emics particular es suficiente para establecer la identidad racial propia.
Así, si el padre es negro y la madre blanca, todos los niños que tengan juntos serán negros.
Cuando la realidad biológica es que heredamos la mitad de nuestros núcleos celulares genéticos del padre y la otra mitad de la madre.


Por último, señalemos la falacia según la cual cada raza tiene su propia lengua y cultura.
Naturalmente, nos retrotrae al error originario del racismo y la raciología, que Boas y sus estudiantes creyeron haber desterrado para siempre.
Es obvio que, entre razas que ocupan continentes o subcontinentes, hay por lo menos tantas variaciones culturales y lingüísticas en el interior de cada una como entre todas ellas.
Una raza no es una cultura. La raza está hecha de personas; la cultura es una forma de vida.
Cada una de las grandes razas continentales no tiene una cultura única, sino cientos de culturas distintas.
Y estas culturas cubren toda la gama posible de tipos culturales, desde las bandas y los pueblos hasta los estados y los imperios. Así, las personas que pertenecen a diferentes razas biológicas pueden poseer culturas muy similares, incluso idénticas.

En Estados Unidos, millones de hijos y nietos racialmente dife­rentes de asiáticos y africanos llevan una forma de vida esencialmente similar a la de la mayoría «caucásica».
Estos hechos biológicos y antro­pológicos, sin embargo, a menudo se pasan por alto en la caracterización de lás razas sociales.
Volveré más pormenorizadamente sobre este asun­to en el capítulo 9, especialmente con respecto al concepto de «cultura africana».



Raza y enfermedad

      Como he indicado anteriormente, muchas creencias acerca de la raza dan lugar a controversias interminables que sólo podrán resolverse me­diante nuevas investigaciones.
      Estoy pensando en particular en el reco­nocimiento por parte de los investigadores médicos de que los genes asociados a determinadas enfermedades aparecen con mayor frecuencia en algunas poblaciones que en otras.
      Al decidir el diagnóstico y el tra­tamiento de dichas enfermedades, a menudo es importante saber si el paciente forma parte del grupo de riesgo.
      La enfermedad de Tay‑Sachs, por ejemplo, que destruye el sisteina nervioso central, es controlada por un gen relativaniente común entre los judíos descendientes de europeos orientales. Los genes de la anemia por células falciformes están relati­vamente exicindidos entre los africanos occidentales.
      Los negros esta­dounidenses también tienen más riesgo de contraer diabetes y tener ma­yor presión sanguínea.
¿No demuestra eso la importancia y pertinencia biológica de la clasi­ficación racial? Sí y no.
En primer lugar, el gen de Tay‑Sachs es extre­madamente raro; afecta tan sólo a uno de cada seis mil recién nacidos, de modo que difícilmente puede servir de indicador de la identidad racial.
El gen de la anemia por células falciformes, por su parte, se da con mu­cha frecuencia entre los negros del África occidental, pero es práctica­mente desconocido en muchas otras regiones de dicho continente (su distribución está relacionada con la de la malaria).
Por lo tanto, no puede delimitarse una raza africana a partir del gen de la célula falciforme.
En cuanto a la hipertensión y la diabetes, las implicaciones son muy dife­rentes.
Los genes de estas enfermedades no se han determinado y, dado que los negros de África raramente padecen estos males, es probable que su incidencia refleje influencias más ambientales que genéticas.
Sea como fuere,  atribuir demasiada importancia a las hipótesis raciales  o de otros condicionamientos socioculturales y ambientales solo puede ser perjudicial.

            Retrospectivamente, vemos que los enfoques raciológicos, hereditaristas y biologicistas de otro tipo para la explicación de las diferencias y semejanzas socioculturales tan sólo se habían acallado o permanecían latentes.
            Su atractivo como medio de justificar y explicar las disparida­des en materia de renta y prosperidad, de crecimiento de una clase des­favorecida, el crimen y otras patologías sociales auguraba su retorno.
En nuestros días, el capitalismo del bienestar y sus planteamientos educativos han cedido todo el terreno ante la creciente marea de teorías y 'prácticas biologicistas, raciológicas y hereditaristas.
En los próximos capítulos, estudiaremos más detalladamente algunos de los ámbitos es­pecíficos en los cuales se está produciendo la reaparición de las teorías biologicistas de la cultura.

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