domingo, 8 de mayo de 2011

EL PALESTINO, Antonio Salas. Capitulo 4


Observaciones.
Incluyo las web referentes al libro.


Omito también la grafia de simbolos árabes.

Dedicado a los que gustan de leer libros de investigación y análisis. Para los amantes de la paz.
 De uso privado en la SALA de LECTURA de la BIBLIOTECA.



Capitulo 4
Territorio tupamaro

1

Dios no os impide vincularos y ser equitativos con quienes no os combaten a causa de la religión ni os destierran, porque Dios ama a losjusticiero6.

El Sagrado Corán 60, 8

La caravana avanza, por eso los perros ladran.

Proverbio árabe

Venezuela:
Capital del terrorismo internacional

Aproveché el vuelo transoceánico para repasar mis notas.
Llevaba un dossier muy voluminoso de artículos, reportajes y entrevistas que «demostraban» la presencia de Al Qaida y otras organizaciones terroristas en Venezuela.
El mérito de este descubrimiento es de justicia atribuírselo a la prestigiosa periodista norteamericana linda Robinson, jefe de la sección de América Latina de US Navs & World desde 1989 y colaboradora de otras publicaciones como World Policy Journal o Foreign Affairs, donde había publicado más de doscientos artículos sobre América Latina.
Garantía de su rigor eran sus más de veinte viajes a Cuba, donde había entrevistado en dos ocasiones a Fidel Castro, y su premio Cabot, entre otros galardones, por sus trabajos periodísticos sobre América Latina. Entre ellos el libro Intervention or Neglect, publicado en 1991 por Council on Foreign. Relations Press.
Pues bien, una colega con tan envidiable currículum había sido la primera en revelar la presencia de Al Qaida en Venezuela, en el artículo de portada del número de octubre de 2003 de US News and World.
El artículo de Robinson que inspiró cientos, quizás miles de artículos posteriores, detallaba cómo, según «fuentes de inteligencia del ejército norteamericano», en varios lugares de Venezuela, como Isla Margarita, existían campos de entrenamiento de Al Qaida. Y, para demostrar sus audaces afirmaciones, la revista incluía un mapa del país a doble página donde se señalaba la situación de dichos campos. Zonas como Macanao, al oeste de Isla Margarita, donde después de Robinson muchos expertos situarían esos campos. Desgraciadamente, las fuentes gubernamentales que inspiraban su artículo se habían limitado a señalarle con una marca en el mapa la situación de esos campos de entrenamiento, pero no le habían facilitado ninguna fotografia, ni de los campos ni de los terroristas.

El artículo de Linda Robinson incluía documentos clasificados, como un informe redactado por el embajador de los Estados Unidos en Venezuela, Charles Shapiro, donde se detallaba la presencia de grupos terroristas como las FARC, el ELN, Hizbullah o Hamas en el país. Shapiro calificaba de organizaciones terroristas a agrupaciones afines y leales al gobierno de Hugo Chávez, como la Coordinadora Simón Bolívar, donde yo mismo me encontraría a miembros de ETA en Venezuela un tiempo después.

Después de Robinson, cuyo artículo se reprodujo mil veces en Internet, otros autores profundizaron en la presencia de Al Qaida en Venezuela, desde donde se coordinaba el sustento económico del terrorismo yihadista en América Latina. «Esta extensa red financiera de los terroristas se extiende a la Isla Margarita (Venezuela), Panamá y al Caribe», escribía el teniente coronel Phihp K. Abbott, del ejército de los Estados Unidos, en el primer número de 2005 de la publicación técnica Military Review. Y en este sentido el jefe del Comando Sur de la inteligencia norteamericana dedicada a América Latina, James Hill, subrayaba en su informe anual sobre terrorismo en América Latina la «presencia de operativos radicales islámicos en Venezuela, especialmente en Isla Margarita»... Nadie que, como yo, se hubiese molestado en recopilar toda la información posible en hemerotecas o en Internet sobre la relación de Venezuela y el terrorismo yihadista dudaría de que dicha relación era irrefutable.
Al menos hasta que se molestase en comprobarlo sobre el terreno, que era lo que yo me disponía a hacer.
Aterricé en el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía con una larga lista de tareas pendientes en una mano y una maleta llena de prejuicios en la otra. A pesar de que tenía los contactos de mis amigas Carol y Beatriz y Source, no podía evitar una incómoda sensación de desamparo. Como un cordero que se adentra tembloroso y desvalido en la guarida de los lobos.
Al fin y al cabo, llevaba meses leyendo que Al Qaida, Hizbullah, Hamas y cualquier otra organización terrorista internacional tenían en Venezuela su refugio más acogedor.
Durante meses había escuchado en casi todos los medios de comunicación europeos las maldades de Hugo Chávez y su corte de comunistas antiocciden­tales.
Toda la prensa internacional reseñaba su «estupenda relación» con Car­los el Chacal, al que escribía «frecuentemente» a la prisión de máxima segu­ridad en Francia, donde cumplía cadena perpetua. Incluso se llegó a filtrar a la prensa una de esas cartas de Chávez al Chacal, y se reprodujo hasta la saciedad en los medios.
Curiosamente, siempre se reproducía la misma.
Por si me quedase alguna duda, el jueves 1 de junio de 2006, Hugo Chávez pro­nunciaba un discurso como anfitrión de la 140 reunión extraordinaria de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y, en medio de sus nunca breves reflexiones sobre geopolítica, economía y política, recordó su intensa gira por los países productores de petróleo, al principio de su manda­to, que le llevó a viajar frenéticamente por todo el norte de África y Oriente Medio.
De pronto, con una increíble audacia, Chávez mencionó a su «amigo» Ilich Ramírez, y dijo:

«Yo recuerdo aquella gira... "espeluznante", la llamó un buen amigo venezolano que está en Europa, espeluznante; me refiero a Carlos Ilich Ramírez a quien apodan el Chacal... En aquellos días (el Chacal) me hizo llegar una carta desde su prisión de París y me decía: esa gira es espeluznan­te. Nunca olvidaré aquella frase de Carlos. Hasta Bagdad fuimos a parar noso­tros, y no fuimos por Venezuela, fuimos por la OPEP ... ».

 Y digo que fue una audacia mencionar con tanta cordialidad al Chacal, porque fue precisamente esa del secuestro de los ministros de la OPEP, en diciembre de 1976, la ope­ración terrorista que catapultaría a la fama mundial a Ilich Ramírez. Así que ese comentario no parecía muy apropiado en ese foro.
Al volar a Venezuela tenía muy claras mis prioridades.
Primero, contactar con la familia de Ilich Ramírez Sánchez, el terrorista más famoso de la histo­ria antes de Ben Laden.
Segundo, localizar e intentar ingresar en los campos de adiestramiento de Al Qaida en Isla Margarita.
Tercero, contactar con los terroristas de Hizbullah en Venezuela.

Nada más aterrizar en Maiquetía sentí que el calor y la humedad se me pegaban al cuerpo.
El estado Vargas me recibía con una tarde de calor tropical que invitaba a la pereza, pero yo llevaba un programa muy apretado y lo prime­ro que hice fue intentar contextualizarme.
Me compré toda la prensa venezola­na, y dos cosas me llamaron poderosamente la atención. A pesar de que en Europa se habla con frecuencia de la censura y la falta de libertad de expresión que sufre el periodismo venezolano, lo cierto es que la inmensa mayoría de los periódicos nacionales que compré en el quiosco de prensa del aeropuerto eran absolutamente enérgicos en sus críticas y descalificaciones a Hugo Chávez y su gestión.
A veces utilizando un lenguaje muy duro.
En aquel momento no me pareció que El Nacional, El Universal, Noti tarde, El Mundo y un largo etcétera sufriesen ninguna censura para criticar a Hugo Chávez.
Sus calificaciones al gobierno venezolano no tenían nada que envidiar a las de la COPE al gobierno socialista español, o a las de la Fox al actual presidente Obama.

En segundo lugar, y mientras devoraba esos periódicos camino de Caracas, me llamó gratamente la atención la ausencia de anuncios sobre servicios de prostitución en los diarios venezolanos, salvo la excepción del Últímas Noticias y El Universal.
Según mi amiga Carol, al parecer Chávez había desautorizado ese tipo de publicidad, considerándola un menosprecio a la condición de la mujer. Quizás quienes no hayan conocido mi experiencia como infiltrado un año en el tráfico de mujeres no puedan entender mi enorme satisfacción ante esa medida.
Chávez tal vez fuese un tirano, pero si estaba en contra del negocio de la prostitución, en ese sentido se había ganado mi respeto.

Al llegar a la capital mi primera impresión no podía ser más optimista.
La mayoría de los medios occidentales planteaban la guerra entre Israel y el Lábano como un acto de defensa de los israelíes contra la agresión de los terroristas de Hizbullah.
Y la mayoría de los medios afirmaban también que Venezuela protegía a los yihadistas terroristas.
Así que para un europeo que desconocía totalmente la política bolivariana y acudía a Venezuela por vez primera en busca de terroristas, la histórica manifestación del 20 de julio de 2006 con más de cuatro mil venezolanos expresando a voz en grito su solidaridad con los terroristas libaneses y palestinos, y su repulsa a Israel, era una ratificación a mis prejuicios.
 Y así fue como lo titularon las agencias norteamericanas y europeas: «Venezuela apoya a los terroristas de Hizbullah y repudia a Israel». Pero es que los caraqueños se lo habían puesto muy fácil.

Concentrados inicialmente en Parque del Este, la masa humana comenzó su marcha hacia el Centro Empresarial del Este, blandiendo todo tipo de pancartas, banderas y estandartes contra Israel y a favor de Hizbullah.
Algunos portaban retratos de Hassan Nasrallah y Hugo Chávez, otros incluso se atrevían con las banderas amarillas de Hizbullah, y algunos llegaban a quemar símbolos y banderas israelíes. Muchos exhibían fotografias de las víctimas libanesas, sobre todo niños, de los bombardeos de esos días, aunque por supuesto nadie mostraba fotos de las víctimas israelíes de los atentados palestinos. Tampoco había fotograflas de los israelíes caídos bajo el fuego de Hizbullah.
Y eso que, por aquellos días, en Argentina se reavivaba la polémica sobre el atentado terrorista más terrible en la historia de ese país: la masacre de la AMIA (Asociación Mutual Israelita Argentina) en julio de 1994, Y, según la investigación oficial, todas las sospechas apuntaban a Hizbullah.

A pesar de que el sentido de aquella manifestación distaba años luz de este planteamiento, para los detractores de Hugo Chávez aquellos cuatro mil venezolanos ondeando los símbolos de una organización considerada terrorista por casi todos los países occidentales eran la última prueba que necesitaban para tener la certeza de que Venezuela era un aliado incondicional del yihadismo terrorista.
Incluso yo lo pensé.
La marcha contra los bombardeos israelíes al Líbano incluyó una serie de discursos contra la guerra, expresados por algunos personajes de la vida social, cultural y política venezolana fundamentales para comprender la relación de Venezuela con el mundo árabe. Especialmente, la incombustible activista social palestina Hindu Anderi, el abogado libanés y principal traductor y asesor de Chávez en temas árabes Raimundo Kabchi, y el historiador, analista y profesor de Sociología en la Universidad Central de Venezuela Vladimir Acosta.
Poco tiempo después, los tres se convertirían sin saberlo en piezas importantes en mi investigación.
Espero que hoy, al descubrir mi identidad como periodista infiltrado, sepan disculpar mi doble vida durante estos años.
Quiero pensar que los tres comprenderán y compartirán mis intenciones con esta investigación.
Después de ver aquel despliegue de símbolos libaneses y el retrato de Nas­rallah asomando por encima de las cabezas de los manifestantes, nadie en su sano juicio dudaría que, como denunciaban críticos y opositores a Chávez, en Venezuela existían sin duda células terroristas de Hizbullah, con el apoyo del gobierno chavista.
Y yo conocía el nombre de su líder: el comandante Teodo­ro Damott Abdullah.

Pero lo verdaderamente importante, lo que marcó un antes y un después en la historia de las relaciones de Venezuela con el mundo árabe, ocurrió justo veinticinco días más tarde.
El 4 de agosto de 2006, una fecha histórica para millones de musulmanes hastiados de que sus líderes mirasen hacia otro lado mientras las bombas israelíes arrasaban las mismas calles de Beirut que yo había pisado pocas semanas antes.
Ese día, Chávez, sin previo aviso y tras un homenaje por el ducentésimo aniversario de una expedición del prócer venezolano Francisco de Miranda, explotó, calificando de genocidio lo que Israel estaba haciendo en Líbano y Gaza.
El presidente anunciaba la retirada inmediata del embajador venezolano en Israel. «Ese Estado sigue bombardean­do, asesinando, descuartizando a tantos inocentes con los aviones gringos y el apoyo de Estados Unidos aseguró Chávez, acusando directamente a George W. Bush de «no permitir que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas tome alguna acción para frenar el genocidio que Israel está cometiendo».
Con aquel gesto, cortar relaciones diplomáticas con Israel, Chávez daba una nueva vuelta de tuerca a su tensión con los Estados Unidos e Israel, que por otro lado no tenía futuro.
Pero al mismo tiempo se convertía en el héroe de cientos de millones de árabes: «Como nadie hace nada, lo menos que podemos hacer es elevar nuestra voz a favor de la vida, de la paz y de la jus­ticia».
En el peor de los casos, la jugada fue brillante. Sacrificar unas relaciones diplomáticas que ya eran esteriles , a cambio de una popularidad y cariño indicionales en más de veinte países árabes.
 A partir del 4 de agosto de 2006, trescientos millones de árabes y más de mil quinientos millones de musulmanes en todo el mundo vieron a Hugo Chávez como el líder que no encontraban en sus propios países: dictaduras o monarquías hereditarias la inmensa mayoría, sometidas a los intereses imperialistas. Y yo me sentía afortunado de estar viviendo esos momentos históricos en directo.

Buscando al Chacal desesperadamente

Gracias a mis amigas en Venezuela, había averiguado que Vladimir y Lenin Ramírez Sánchez, los hermanos de Carlos el Chacal, trabajaban en la alcaldía de Caracas. Lo que no debería haberme extrañado partiendo del presunto apoyo incondicional de Chávez a los terroristas tan ampliamente divulgado. Los contactos periodísticos de Beatriz y el novio de Carol en la DISIP coincidían en señalarme la plaza de Simón Bolívar, en el centro de Caracas, como el mejor punto de partida.

A un lado y otro de dicha plaza se encuentran la alcaldía mayor y menor de la capital. Tanto Carol como Beatriz estaban seguras de que los hermanos del Chacal trabajaban allí, y hasta «la fuente de la CIA» compartía al cien por cien su opinión. De hecho Source llegó a hacer personalmente alguna gestión para mí en la alcaldía mayor, aprovechando los contactos de su futuro cónyuge en el gobierno. Source había llegado a Caracas antes que yo para preparar su inminente boda y tuvo la amabilidad de dejarse caer por la alcaldía para intentar localizarme a los hennanos de Ilich Ramírez. Pero hasta la «fuente de la CIA» fracasó.

De esto me enteré cuando, después de estamparme una y otra vez con la insufrible incompetencia de los funcionarios, terminé presentándome en el departamento de Recursos Humanos y Personal de la alcaldía de Caracas. Con cara de aburrida, la funcionaria, de nombre Dayani C., tecleó en el ordenador cuando expliqué por enésima vez que era un primo lejano de los Ramírez del Táchira y que quería localizar a Vladimir o a Lenin. Sin perder la expresión de aburrimiento, la secretaria me dijo:

-          ¡Qué casualidad!  Eres la segunda persona que pregunta por ellos esta semana.

La descripción de esa persona que me precedió solo podía corresponderse con Source. Es inconfundible. Y una vez más la funcionaria de la cara de aburrida me remitió a otra superior, con una cara de aburrimiento aún mayor, en otro despacho.
Y ahí me esperaba el final de ese hilo de Ariadna, porque a la vigésima empleada del departamento de Personal de la alcaldía a la que le contaba mi historia sí le cambió la cara.
No tengo forma de saber qué es lo que encontró en su ordenador, porque yo esperaba pacientemente al otro lado de la mesa mientras ella hacía las consultas pertinentes, pero justo después de decir:
 «¡Sí, aquí está! Ramírez Sánchez. Sí, sí, trabajaba aquí ... »,
Pronunció otra frase que no me esperaba, y que tiró mis esperanzas por el retrete:
‑¡Huy, no, no! Pero aquí hay una nota... No puedo darte esta información.
Y ya está. Hasta ahí podía leer. No hubo forma humana de convencer a la antipática funcionaria para que me diese cualquier tipo de pista que pudiese seguir.
 Por alguna razón, en los ordenadores de la alcaldía mayor de Caracas existia una nota específica que prohibía facilitar información sobre los hermanos de Carlos el Chacal.
Por lo menos había averiguado que el rumor de que algún Ramírez Sánchez trabajaba en la alcaldía era cierto. ¿Y ahora?
Recuerdo que me senté en un banco de la plaza Simón Bolívar, contem­plando la estatua ecuestre del Libertador. Me sentía derrotado en el primer asalto. En realidad, esa era la mejor pista que tenía para llegar a la familia del Chacal. Así que consulté a mis fuentes, que estaban tan despistadas como yo.
Beatriz, a pesar de ser una activa y consecuente reportera chavista, apenas había escuchado hablar nunca sobre el Chacal. Carol, casi una adolescente, más cercana al consumismo escuálido que a las austeridades del comunismo bolivanano aún menos.
Sin embargo su novio el de la DISIP sí sabia perfectamente quien era Ilich Ramirez, y con muy buen criterio me sugirió que, si de verdad estaba tan bien considerado pro Chavez, lguien del partido podría conocerlo. Asi que allí mismo me hice miembro del Movimiento Quinta Republica (MVR), el partido fundado por Chavez que le había llevao al poder y que daría paso un par de años mas tarde al actual Partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV). En la misma plaza Simon Bolivar se encontraba la “esquina caliente”: una carpa permanente donde apasionados chavistas repartían propaganda, vendían sus periódicos alternativos (en muchos de los cuales se publicarían después mis artículos) y se cursaban las afiliaciones al partido de Chavez.
Y alli mismo en la “esquina caliente” de la plaza Simon bolívar, ingrese al MVR.
Una de las muchas cosas que me llamaron la atención en Venezuela es que casi todo el mundo iba identificado. Es decir, funcionarios, profesionales, empleados de todo tipo circulaban con las credenciales de sus respectivas empresas bien visibles permanentemente.
En Europa también es normal que los empleados de una empresa mantengamos la tarjeta de identificación a la vista mientras nos movemos por nuestro puesto de trabajo, pero en Venezuela esa identificación se mantenía incluso cuando los empleados circulaban por la calle.
El hecho de disponer de una credencial del MVR que colgarme del cuello me hacía sentirme un poco más seguro, más integrado. Y, sobre todo, me abría muchas puertas en los círculos chavistas, que sería con quienes iba a moverme más intensamente a lo largo de los siguientes tres años.
Sin embargo, todos mis intentos por encontrar una maldita pista sobre el paradero de los Ramírez fracasaban una y otra vez. Llegué a tal extremo de patética desesperación que, cuando alguien me sugirió que los hermanos del Chacal vivían en cierta urbanización de Caracas, me pasé una tarde preguntando a los taxistas del barrio por si alguno recordaba haberlos recogido alguna vez. Fracasé.

Lo intenté en el Liceo Fermín Toro, situado muy cerca del palacio presidencial de Miraflores, donde sabía que Ilich y su hermano Lenin habían estudiado justo antes de irse a Londres.
Volví a fracasar.

Recordé que según alguno de los muchos libros que había leído sobre el Chacal, su familia había vivido algún tiempo en el barrio de Propatria, que no es precisamente de los más céntricos y acomodados de la capital. También lo intenté allí. Y también fracasé. Pero esta vez alguien me habló de un tal Castillo, un pintor revolucionario del barrio que años atrás había pintado un cuadro sobre el Chacal y que decía que lo había conocido en su juventud. Encontrar a Castillo también me llevó un tiempo. Aquello iba a ser un poco más complicado de lo que me había imaginado, pero de forma altruista Beatriz me cedió el coche que se había comprado en España cuando trabajaba en mi país y que gracias a la generosidad de Hugo Chávez había podido llevarse a Caracas al regresar a Venezuela.
Aquel viejo Seat Ibiza 1500 inyección, del año 1991, se convertiría en mi compañero de aventuras por distintas ciudades del país, en busca de terroristas.
El «carrito» ya estaba un poco viejo y destartalado y en los talleres venezolanos no existían las piezas para ese modelo español, por lo que en cada nuevo viaje a Venezuela yo me ocupaba de conseguir las piezas que necesitaba mi principal medio de transporte en el país, y que conseguía en desguaces de Madrid. Este coche terminaría envuelto en llamas un tiempo después, convertido, también él, en «daños colaterales» de esta infiltración.

Un yihadista palestino en la Gran Mezquita de Venezuela

Aunque todavía no lo sabía, en aquella manifestación contra los bombardeos israelíes al Libano celebrada poco antes habían participado miles de revolucionarios chavistas, incluido el tal Castillo, y cientos de musulmanes palestinos, libaneses, sirios o jordanos, afincados en Venezuela, que, como buenos musulmanes, frecuentaban la hermosa mezquita Ibrahim Bin Abdul Aziz Al‑Ibrahim, situada en la parroquia El Recreo de Caracas. Estaba ubicada a tan solo cinco minutos caminando desde el parque donde había comenzado aquella manifesta­ción pro‑Hizbullah. Aunque los verdaderos miembros de Hizbullah que viven ocultos en Venezuela, entre ellos su ex jefe de Inteligencia, jamás pisarían la mezquita Ibrahim Bin Abdul Aziz Al‑Ibrahim, sino que frecuentan otra mucho más discreta, situada a los pies del cerro El Ávila, que abraza toda la capital como una madre amorosa. Si quienes acusaban en aquellos días a la mezquita de Cara­cas de acoger a los terrorista de Hizbullah estuviesen mínimamente familiarizados con el Islam, sabrían que unos terroristas chiitas, como los libaneses de Hizbullah, jamás rezarían en un templo suní, como la Gran Mezquita de Caracas.
La Gran Mezquita de Caracas es el segundo templo musulmán más grande de toda Aménca Latina, solo superado por el Centro Cultural Islámico Rey Fahd de Buenos Aires. Con un área de cinco kilómetros cuadrados en un terreno cedi­do por Carlos Andrés Pérez y un maravilloso minarete de 13 metros de altura, su construcción se inició en 1989 bajo el auspicio de la Fundación Filantrópi­ca Ibrahim Bin Abdul Aziz Al‑Ibrahim.
La misma organización saudí que cons­truyó la mezquita central de Moscú y hasta setenta mezquitas a lo largo y ancho de la antigua URSS. La misma que subvencionó la construcción de la mezqui­ta de Fayetteville (Arkansas), la mezquita principal de Milán, y el Centro Islá­mico de Durban (Sudáfrica).
Pero también la misma Fundación que patrocinó la construcción de la mezquita de Gibraltar, en España, considerado el último lugar de culto musulmán en el sur de Europa... o la primera mezquita de Al Andalus, al entrar en España, según se mire.

La Gran Mezquita de Caracas, que no la única, se concluyó en 1993, seis años antes de que Chávez llegase al poder, algo que también deberían tener en cuenta quienes acusan a Hugo Chávez de haber implantado las mezquitas en Venezuela. Los fondos saudíes se invirtieron sabiamente en un proyecto del ingeniero Zuheir Fayez, supervisado por la constructora venezolana Arquiobra, bajo el control del doctor Bracho.
El resultado es esa preciosa construcción, con una capacidad para tres mil quinientas personas, que puedo dar fe de que en más de una ocasión, sobre todo en Ramadán, llenábamos completamente.
Pero además de la sala principal de oración, tocada por una magnífica cúpula de 23 metros de altura, la mezquita posee una escuela con capacidad para tres­cientos estudiantes, una biblioteca islámica, un oratorio para lavar y preparar el entierro de los muertos, un gimnasio y una mezzanina para las plegarias de las mujeres, en la que me colé un par de veces, sin querer, después de extraviarme por el laberinto de pasíllos, escaleras y salas de la imponente construcción.
Se calcula que en Venezuela puede haber unos quinientos mil árabes, la mayoría musulmanes, de los cuales cincuenta mil viven en Caracas. Y como ocurre en el resto del mundo, la cifra aumenta día a día. «¿Qué mejor lugar para empezar una infiltración en el terrorismo islamista que la mezquita más importante de la ciudad?», pensé, en una obvia demostración de mis estúpidos prejuicios. Así que la mezquita de Caracas pasó a ser uno de mis primeros objetivos. Además, el Chacal se había convertido al Islam hacía muchos años. Quizás alguien supiese algo de su familia en el templo.
Aunque parezca incomprensible a estas alturas de la investigación, lo cierto es que sentía un cierto temor a integrarme en la mezquita. Desde mi estancia en Marruecos para estudiar el Corán, no había vuelto a pisar un centro islámi­co, ni en Lábano ni en Palestina. Tampoco había dejado de fumar, de beber, ni de comer cerdo. Y por supuesto no me había circuncidado. Aún creía que bas­taba con hacerme pasar por musulmán para avanzar en mi infiltración, y en Venezuela terminaría por concienciarme de que las cosas no funcionan así.
En Marruecos estaba arropado por mis compañeros y profesores. En Vene­zuela solo contaba con tres teléfonos (de escort, reportera y espía respectiva­mente) a los que poder acudir, y ninguno de ellos era el número de una musulmana. Así que mis primeras visitas a la mezquita de Caracas fueron un tanteo. De hecho, recuerdo perfectamente la primera vez que pisé las oficinas del Centro islámico. Y digo las oficinas porque tardé mucho tiempo en atre­verme a entrar en el oratorio, para integrarme con los cientos de musulmanes que acuden a la oración del viernes. Cada vez que lo intentaba me sentía muy inseguro.
Como un negro en una asamblea del Ku K1ux Klan, que por muy pro­tegido que se encuentre bajo la capucha blanca, sabe que en cualquier momen­to puede ser descubierto.
La primera persona en la mezquita con la que hablé, y la primera mano musulmana que estreché en Venezuela, fue la de Omar Medina.
En aquella primera visita al Centro Islámico, como en la segunda y la tercera, me encon­tré la puerta principal cerrada. No era hora de culto. Así que rodeé el edificio por la derecha, y entré por el parking, donde se encuentra la garita del guardia de seguridad que protege la mezquita, y que por aquel entonces era Omar. Al tratarse de mi primer contacto directo con la mezquita caraqueña, le saludé en árabe, intentando mostrar mi mejor sonrisa. Y establecí una conversación, absurda e innecesaria, como si toda esta investigación dependiese de que el vigilante de la mezquita se creyese mi coartada.
Y se la creyó. Como era lógi­co.
Omar nunca me puso pegas para entrar por el aparcamiento, buscando la biblioteca, la recepción o el despacho del director del Centro islámico en aque­llas primeras visitas. Además, por su edad, él sí sabía perfectamente quién era llich Ramírez, pero no tenía ni idea de dónde podía vivir su familia.
Omar Jesús Medina no era árabe, pero sí musulmán. A sus cincuenta y ocho años estaba a poco más de uno para jubilarse. Padre de tres hijos, y abuelo, vivía con su esposa Aracelis Marrero en el barrio de Cementerio, bastante alejado de la calle Real de Quebrada Honda, donde se encuentra la mezquita. Desde hacía quince años trabajaba en la empresa de seguridad privada Serenos Gutiérrez, y la mayor parte de ese tiempo estuvo destinado en el Centro Islá­mico, lo que había terminado por seducirlo para convertirse al islam. Todos los días Omar llegaba a la mezquita a las cinco de la mañana y allí permanecía hasta completar su turno, a las ocho de la tarde. La mayor parte del tiempo sentado en la garita, al lado de la verja, donde yo me lo encontraba siempre leyendo o escuchando la radio.
Ornar, todos lo decían, era un tipo amable y tranquilo.
Y debía de ser un hombre pacífico, porque cuando concluía su ser­vicio dejaba el revólver de su uniforme en la oficina, para regresar desarmado a casa.
Cuando le conocí faltaban pocas semanas para que fuese asesinado a tiros allí mismo.
Pero eso ni él ni yo lo sabíamos todavía.
Después de muchos intentos, un día me sentí más seguro y me decidí por fin a entrar en el gran oratorio.
Me asomé tímidamente a la entrada, me descalcé y, como me habían enseñado en Marruecos, me lavé manos, boca, nariz, orejas, antebrazos, etcétera, en la fuente, antes de entrar en la mezquita. Pero estaba demasiado nervioso para rezar. Mi corazón bombeaba más deprisa. Mi respiración se hizo agitada. Me imaginaba siniestros yihadistas terroristas agazapados en el interior, dispuestos a decapitarme con sus enormes dagas de hoja curva en cuan­to descubriesen que era un infiltrado. Y pensé en lo mal que tuvo que pasarlo Alí Bey cuando vivió aquella misma situación doscientos años antes.
En cuanto puse mi pie descalzo en el suelo sagrado, creí que todas las miradas se clavaban en mí, a pesar de que el enorme recinto estaba práctica­mente vacío y solo un pequeo grupo de estudiantes escuchaban atentamen­te al imam, en una esquina de la sala, mientras cuatro o cinco hombres leían el Corán o rezaban en silencio desperdigados aleatoriamente. Nadie se moles­tó en echarme el menor vistazo, pero esa alucinación psicológica es típica en situaciones como esta. Sobre todo cuando llevas, como era el caso, una cárna­ra oculta. Había llegado el momento de empezar a grabar.
Me coloqué en una esquina discreta, en dirección al punto que señala La Meca, e intenté controlar mi corazón, que empujaba a los pulmones tratando de hacerse más sitio en mi caja torácica, para que no se me escapase por la boca, cayese sobre las alfombras persas y lo manchase todo de sangre. Inten­té repetir las oraciones que había aprendido en Marruecos:

                           -------------Aquí en el original, esta el texto en árabe de la oración-------------

Pero era inútil, estaba colapsado.
Imité los movimientos del rezo, arrodi­llándome, postrando la cabeza, incorporándome, etcétera, pero mecánicamen­te. Moviendo los labios como si estuviese rezando, pero demasiado nervioso para recordar la Bismallah y las oraciones que había aprendido en Marruecos. Quizás suene extraño, pero en mi primera visita al corazón de la mezquita, que quedó registrada en mi cámara de vídeo, no fui capaz de rezar.
Entonces me di cuenta de que esto no iba a funcionar si no me lo tomaba más en serio. Era evidente que si solo intentaba parecer un musulmán, mi papel jamás resultaría creíble. Se me habían olvidado las oraciones que había aprendido unos meses antes, como si jamás las hubiese pronunciado. Y en ese momento me propuse, firmemente, que rezaría todos los días.
Y todas las madrugadas, siguiendo las tablas con los horarios del salat que recogía en la secretaría de la mezquita de Caracas, me propondría cumplir con la oración, uno de los cinco pilares del Islam.
Y así lo hice. Y así lo hago, diariamente, desde entonces.
Y al hacerlo me di cuenta de algo extraño.
Cuando me despertaba antes del amanecer, hacía las abluciones del wudu, desplegaba mi pequeña alfombra verde traída desde La Meca, orientándola en esa dirección con una brújula, y recitaba la Bismallah y algunos versos del Sagrado Corán, me sentía bien.
Me sentía más reconfortado, más sereno, más despejado. Incluso más «purificado».
Sabía que mi intención con toda esta investigación era sincera.
Y si realmente la divina providencia quería que llegase a buen puerto, todo iría bien.
Como dice el texto coránico: «¿Cómo no vamos a poner nosotros nuestra confianza en Allah, si nos ha dirigido en nuestros caminos? ... » (Corán 14, 12).
Cuando realizaba disciplinadamente el salat de la mañana, empezaba el día con más energía que cuando no cumplía con ese precepto islámico. Y por supuesto, practicando todos los días, volví a memorizar las suras del Corán que había aprendido en Marruecos. Y ya no las olvidaría nunca más.
Suras y ver­sículos del Corán que podría recitar de memoria, en árabe, en el transcurso de alguna discusión de contenido político, social o religioso, con mis nuevos ami­gos, y que reforzaban aún más mi identidad como un musulmán devoto.
También recuperé el tasbith o rosario árabe, traído desde La Meca, que me habían regalado mis anfitriones en Marruecos. Sus tres secuencias de treinta y tres cuentas conseguían aislarme del mundo exterior unos minutos al día, que me servían para recargar mis energías y reposar mi mente unos instantes. Y me acostumbré a llevarlo siempre enrollado en la muñeca.
Racionalicé aquella sensación. Era evidente que el hecho de madrugar y cumplir con las lavaciones rituales que precedían a la oración de la mañana, y el rato que dedicaba a copiar el Corán a mano, para practicar mi caligrafia árabe, me despejaban. Y esos momentos de serena quietud, de reflexión, que suponen los minutos dedicados a la oración, cinco veces al día, eran con fre‑ cuencia el único instante de sosiego en el estrés vertiginoso en que se había convertido mi vida.
En medio de las carreras, de un sitio a otro, intentando contactar con tal o cual sospechoso, buscando pistas, contactos, aliados, en países que me eran extraños, los minutos en que me detenía para rezar me cargaban las pilas y renovaban mis energías.
Así que, por qué no reconocerlo, me gustaba ese sentimiento.

Volví un par de veces a la mezquita, solo, y ya no sentí temor.
Al contrario. Por primera vez pude disfrutar del ambiente de recogimiento, de espiritualidad y de serenidad que se puede percibir en el interior de una mezquita. Supongo que la misma sensación que se puede experimentar en una iglesia, en una sinagoga o en un templo budista cuando no se celebra ningún culto, y te encuentras a solas contigo mismo.
Y también me gustó esa sensación.
Así que finalmente me decidí a acudir a la mezquita en viernes.
Como un musulmán más.
Y no me costó ningún esfuerzo integrarme.
Los hermanos musulmanes me aceptaron en la mezquita de Caracas con la misma naturalidad y amabilidad con la que me habían aceptado antes en las mezquitas de Rabat, Meknes o Casablanca, y con la que me aceptarían después en las mezquitas europeas de España, Portugal o Suecia. Con una salvedad. Por aquel entonces, y aquello me facilitaba mucho las cosas, en la mezquita de Caracas ya existían dos imames que impartían el sermón del viernes. U         Uno lo hacía en árabe, y mi conocimiento de la lengua era insuficiente para comprender más que palabras sueltas; pero otro lo hacía después en español.
Era evidente que la comunidad de musulmanes conversos que acudía a la mezquita era lo bastante amplia como para justificar una traducción del sermón a nuestro idioma.
En España, como comprobaría personalmente, aún tardarían un par de años en hacer lo mismo.
Y eso ocurriría debido al brutal incremento de musulmanes provenientes de países subsaharianos como Senegal, Nigeria, Mah, etcétera, que estaban llegando de manera ilegal a la península Ibérica entre 2oo6 y 2oo8, y que no hablaban árabe.
Aquellos musulmanes africanos, que desbordaban las mezquitas españolas o portuguesas, aprendían castellano o portugués para poder sobrevivir en su país de acogida, pero no dominaban el árabe, y por esa razón en muchas mezquitas de la Península terminaría por disfrutar asimismo de una traducción de los sermones, que había presenciado en primer lugar en las mezquitas venezolanas.

Mi primer rezo del viernes en la mezquita me impresionó profundamente. Era una experiencia desbordante.
Del todo diferente al rezo en una iglesia cristiana. Tras el sermón del imam, cientos y cientos de hermanos musulmanes nos alineamos en filas compactas. Sin temor al contacto fisico. Mis codos rozan los de los hermanos que están a ambos lados, y los pies también. El imam canta la Bismallah: «En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso. Dueño del día del juicio. Te adoramos y te pedimos ayuda. Condúcenos por el camino recto ... ».
Y después todos juntos, como una sola voz que surge de lo más profundo de nuestras gargantas, haciendo vibrar hasta la última columna de la mezquita respondemos «Amin» («Así sea»), con la rotundidad de un mantra.
Y a la señal del imam, «allahu akbar», hacemos una genuflexión en señal de reverencia. Al mismo tiempo, como si fuésemos partículas de un solo cuerpo. El mismo día, a la misma hora, en todas las mezquitas del país, cientos de miles de musulmanes nos arrodillábamos a la vez y postrábamos nuestra frente en el suelo, en dirección a La Meca, en señal de sometimiento. Aüahu akbar...

El ciclo de la oración y las genuflexiones se repite dos veces, concluyen o con el deseo de paz y misericordia a tus hermanos de derecha e izquierda; ‑assalarnu alaykurn rahmatu Allah». Y finalmente, igual que los cristianos se ‑dan la paz» al final de la santa misa, los musulmanes estrechamos la mano de nuestros hermanos, a derecha e izquierda.

Es muy dificil explicar el torrente de sensaciones incontenibles e inesperadas que me embargaron en aquel primer rezo del viernes, ya integrado en la comunidad islámica.

Si Alí Bey pudiese leerme, creo que coincidiría conmigo en que quizás confusión sería el término más aproximado.

Aquel colectivo que unos meses atrás consideraba una religión fanática, radical y violenta hacía fluir en mi interior sensaciones que casi había olvidado. La conciencia plena de pertenecer de nuevo a una comunidad. Salvando las distancias, era algo similar a aquella sensación de formar parte de un clan, de una manada, que experimenté durante mi infiltración en el movimiento skinhead, aunque sin el componente violento intrínseco al movimiento neonazi.
En la mezquita, al menos antes y después del sermón del imam, no existía nada que sugiriese violencia.
En cuanto al sermón, es evidente que, cuando el tema tratado por el imam versaba sobre las victimas de los bombardeos en Líbano, Palestina o Afganistán, resultaba dificil evitar la crispación.
Algo que no intento excusar, porque no es necesario.

Al sentirme cómodo en mi papel como musulmán, decidí dar un paso más. Qué mejor forma de terminar de integrarme en la comunidad islámica de Caracas que ganarme a su director. Así que solicité una entrevista con el sheikh Mohanimad Alí Ibrahim Bokhari, director de la Liga Mundial Musulmana de Venezuela. Confiaba en que eso me ayudaría a asentar mi personaje, antes de salir hacia isla Margarita en busca de los campos de entrenamiento de Al Qaida, que continuaban denunciando la inteligencia nnorteamericana y la oprimida prensa antichavista.
Hacía meses que tenía mi propia página web y que participaba en muchos foros islámicos en Internet, como el moderado por el comandante Teodoro desde el estado fronterizo de Zulia, o el de mi hermano “salaam1420” en España, y le propuse al Imam una entrevista que pudiese colgar en Internet, en dichos foros islámicos, «para que otros musulmanes latinos pudiesen conocer su pensamiento ... ».


Moharrirnad Bokhari: el imam de la M‑30... en Caracas

El director del Centro Islámico de Caracas no hablaba suficiente español, ni yo suficiente árabe, como para completar la entrevista en una sola lengua, asi que me ofrecieron la posibilidad de un traductor. De esta forma conocí a mi querido amigo Mohamad A. Saleh, que amablemente se prestó a hacer de intérprete. Se acercaba el Ramadán, que ese año 2006 llegaría en septiembre y también la primera visita oficial a Venezuela de Mahmoud Ahmadineyad, presidente de Irán, ese mismo mes. Poco después, el 3 de diciembre, Hugo Rafael Chávez Frías se enfrentaría a la prueba de fuego. Las urnas decidirían si Chávez seguía en el poder o Manuel Rosales tomaba el relevo. ¿Qué pensaba la comunidad árabe residente en Venezuela de todo ello?
Mohanimad Alí Ibrahim Bokhari nació en la sagrada ciudad de La Meca, Arabia Saudí. Profesor y teólogo islámico, cuando lo conocí apenas hacía seis meses que había llegado a Venezuela. Antes ejercía en su Arabia natal y ante­riormente, otra coincidencia sorprendente, había sido durante cuatro años el responsable de la Gran Mezquita de la M‑30, en Madrid.
Para el imam: «En occidente hay diferentes posiciones hacia el mundo árabe y el Islam. Hay radi­cales que ven una amenaza en los árabes y hay gente que tiene cultura, que conoce el mundo árabe y la fe musulmana, y no tiene ningún problema ni miedo. La diferencia entre América Latina y el resto de Occidente, con respecto al mundo árabe, está hasta en el aspecto de las personas, que se parecen más a las de Medio Oriente. La gente latinoamericana es más sociable, uno puede integrarse y mezclarse de forma mucho más rápida que en Occidente».
Bokhari había estudiado la presencia islámica en América Latina desde hace siglo y medio: «La existencia actual tiene casi ciento cincuenta años, desde las primeras migraciones a finales del siglo XIX. Y, a lo largo de todo el XX, comenzó a aumentar la presencia de árabes y de la fe musulmana. Aunque la primera presencia musulmana vino con los esclavos africanos, allá por el siglo XVII o XVIII, cuando los españoles importaban esclavos negros para tra­bajar la tierra». Sin embargo, en este siglo y medio la presencia árabe había aumentado notablemente en toda América, incluyendo Venezuela:
‑Pasa de veinte millones. En Venezuela puede haber unos quinientos mil árabes y otros quinientos mil musulmanes no árabes.
En Brasil, unos cinco millones de libaneses, tanto musulmanes como cristianos. Pero no hay esta­dística, no hay censo. No se sabe la cantidad exacta.
En cuanto le pregunté por Chávez, al imam se le escapó una sonrisa:
‑Yo considero que el presidente de la República, Hugo Chávez, es una persona libre. Se expresa libremente. Las cosas que dice y hace siguen las ideas de Simón Bolívar el Libertador.
No es que ame en especial a los árabes, es que está aplicando sus principios y su revolución a todos los pueblos del mundo y a todas las causas justas.
Chávez es un hombre culto y educado, que lee mucha historia y en consecuencia todas sus posiciones emergen de su base cultural e histórica.
 Sin embargo, el imam me confesó que «en la mezquita oran todos los musulmanes y cada uno pide a Allah lo que necesita. Pero sí es cierto que en alguno de los rezos del viernes hemos dado gracias al presidente Chávez por su postura para con el pueblo árabe, y le deseamos lo mejor».

Por fin interrogué al director de la Liga Mundial Musulmana en Venezuela sobre la cuestión del terrorismo:

‑Hay una diferencia entre la ignorancia, y entre saber y hacerse el ignorante. Te voy a decir solo una cosa: antes de la guerra de Iraq no había una definición de lo que es terrorismo. Terrorismo es una expresión flotante que no tiene nada que lo limite y por esa razón consideran que quien defienda su tierra, su patria, es un terrorista. Quien no sea coincidente con sus ideas es un terrorista. Es como si la expresión terrorismo estuviera por encima de la democracia. La excusa ahora, la llave para hacer lo que quieran, es el terrorismo. Ya no hay ética en la guerra. Cuando bombardean un tanque de agua donde la gente vive, cuando asesinan niños pequeños, cuando bombardean las caravanas de alimentos, las plantas eléctricas, eso no es guerra, no hay honor. Eso sí es terrorismo.

El imam de la mezquita de Caracas, sin embargo, negaba tener ningún conocimiento sobre Teodoro Darnott y sobre Hizbullah‑Venezuela.
Lo que no es extraño partiendo de la naturaleza chiita del islam libanés.
Pero sí tenía las ideas bastante claras sobre Ben Laden y lo que había supuesto Al Qaida para el Islam:

‑Fue la excusa para entrar en Iraq.
Qué culpa tiene la gente que está en un mercado comprando de lo que hace Ben Laden.
La fe musulmana prohibió en la guerra matar ancianos, mujeres o niños. Eso está prohibido en el Corán, incluso en guerra.
En el Sagrado Corán hay versos, que invitan al diálogo por la paz. No, no, no. Es que Ben Laden, en su guerra contra los no musulmanes, no aplicó las instrucciones del Corán.
Pero se puede preguntar por qué surgió Ben Laden. Esta es la pregunta. Los musulmanes han sido sometidos a injusticias muy intensas. Por ejemplo, Palestina. El pueblo musulmán empezó a sentir mucha rabia cuando los Estados Unidos utilizaron el derecho al veto en la ONU para no sacar una resolución justa que condene a Israel.
Cuando los israelíes matan a los palestinos dicen que es en defensa propia, pero cuando los palestinos matan a los israelíes dicen que son terroristas.

En cuanto a los judíos, me sorprendió su actitud tolerante:

‑Nosotros los musulmanes no tenemos nada contra el pueblo judío. Solo estamos en contra de la política del sionismo. Los judíos, los cristianos, son nuestros hermanos en la humanidad, como hijos de Adán.
Y al respecto de su experiencia en España afirmó:

‑Los españoles son muy cercanos en sus costumbres y organización a los europeos y España avanza muy rápidamente. Venezuela tiene la posibilidad de ser el mejor país de América Latina. Chávez ya empezó a dar importancia a la paz y, si logra triunfar en las elecciones próximas, va a hacer de Venezue­la un país líder... Hay posibilidad, si cambian al director que hay ahora, de que vuelva a la mezquita de la M‑30.
Tras grabar la entrevista con Bokhari, Mohamad ‑mi traductor‑ y yo salimos a fumar un cigarrillo. Mohamad es un fumador compulsivo, y aquello me sorprendió. Todavía pensaba que los musulmanes no fumaban, bebían, comían cerdo o consumían prostitución.
Pero en el Islam hay tanta hipocresía y/o fanatismo como en cualquier religión. Otro tópico occidental.

Y allí fuera, a solo unos metros de la garita donde Omar escuchaba la radio, nació una buena amistad que se mantendría hasta hoy.
Confio en que Mohamad sepa disculpar el uso que hice de su buena intención, y de sus contactos, cuando comencé esta infiltración en Venezuela.
Sé que entenderá que mi intención sincera siempre fue buscar la Verdad.
    
Mohamad no solo es traductor profesional de árabe‑español, sino que fue el autor de la primera traducción al árabe de la Constitución de Venezuela.
    
Res­ponsable de varias ediciones de la Constitu­ción de la República Bolivariana de Venezuela, Mohamad es además el director de www.notivenezuela.com.ve, el primer portal de noticias sobre Venezuela en Internet, hecho en árabe. Y una de mis mejores ayudas a la hora de integrarme en la comunidad árabe venezolana.
    
Aunque en la mezquita de Caracas conocía muchos otros personajes importantes a la hora de mi integración. Algunos eran musulmanes anónimos, más o menos apasionados en su forma de enten­der el Islam: comerciantes, médicos, empresarios... pero también veteranos de la lucha armada en Palestina, Líbano o América Latina.
     Otros eran intelectuales que resultarían verdaderamente importantes para mi infiltración.
Ese fue el caso del marroquí Lahssan Haida, director de Noticias Internacionales.




Reportero árabe para el yihad: mis armas, las letras; mis bombas, las palabras

Lahssan era el presidente de la Asociación de Amistad Venezuela‑Marruecos desde marzo de 2006 y le gustaba presentarse, con orgullo comercial, como «el editor del primer periódico hispano‑árabe en Venezuela».
Pero es que el sirio Fadi Sallouni, asesor del Despacho/Ministerio de Asuntos Exteriores de Chávez y director de El Vocero del Cambio, decía exactamente lo mismo. Y aunque ni el imani de la mezquita de Caracas, ni mi amigo Mohamad Saleh,  ni tampoco Lahssan Haida sabían quién era Ilich Ramírez Sánchez, cuando los tanteé al respecto, Fadi Salloum sí se mostró entusiasmado cuando pronuncié su nombre: «¡Claro que sé quién es! Carlos el Chacal era muy famoso y muy querido en Siria ... », me dijo la primera vez que lo visité en la redacción de su periódico.

El Vocero del Cambio está ubicado en un inmueble denominado edificio La Palma, en la avenida San Martín, entre las Esquinas de Angelitos a Jesús, en Parroquia San Juan. Y quizás fue aquella mención a mi admiración por Ilich Ramírez el factor determinante a la hora de que Fadi Sallotim me aceptase como colaborador de su periódico.

Yo, por si acaso, ofrecí mi colaboración también al otro periódico árabe-venezolano Noticias Internacionales, de Lahssan Haida.

Al igual que al portal de noticias de Mohamad Saleh y a otros medios de comunicación chavistas, vinculados o no con el mundo árabe.
Para ello disponía de unos buenos argumentos: una selección de las fotos que había hecho meses antes, en mis viajes a Palestina, Líbano, Marruecos, Jordania o Egipto, les pusieron los dientes largos.
No hay muchos reporteros árabes en Venezuela dispuestos a ofrecer material inédito y reportajes en primera persona, desde los países que más interesan a los lectores musulmanes a los que van destinados. Los otros medios, netamente venezolanos, también recibieron entusiasmados mis credenciales como corresponsal en el mundo árabe.
Y así comencé a trabajar con diferentes periódicos y portales de noticias venezolanos, que reforzaban mi tapadera con cada foto, cada crónica y cada reportaje que me publicaban.
Ellos no tenían miedo a publicar la misma información crítica sobre Israel que habían desestimado los medios europeos.

Yo no soy policía, ni espía, ni tampoco un guerrillero o un miliciano.
No distingo entre la violencia «legítirna», que se inflige bajo la bandera de un gobierno legal, y la violencia «ílegítima» de grupos insurgentes.
Todas las bombas matan Y mutilan igual. No creo en la violencia como argumento, ni en la paz a través de las armas. No creo en la razón de la fuerza, sino en la fuerza de la razón.

Pero lo más dificil del periodismo de investigación, infiltrándose en grupos delictivos con una cámara oculta, es no cometer delitos.

No fue fácil integrarse en grupos neonazis o en redes de trata de blancas sin delinquir, pero era la única manera de que posteriormente mis grabaciones y mi testimonio fuesen aceptados por un tribunal de justicia, convirtiéndome en testigo protegido.

Y los skinheads y los traficantes de mujeres entre los que me infiltré fuesen detenidos, procesados y condenados. Aunque en el caso del terrorismo, todo iba a ser mucho más dificil.

Es evidente que bajo ningún concepto yo apoyaría atentados terroristas, ni particíparia en ningún tipo de lucha armada, ni pondría bombas, ni traficaría con armas, ni incurriría en modo alguno en ningún acto ilegal, pero ¿cómo iba a acercarme entonces a los terroristas lo suficiente como para ser aceptado entre ellos?
La respuesta la tenía ante mis ojos, en los periódicos árabe‑vene­zolanos de Lahssan o de Fadi, o en el portal de noticias de mi amigo Mohamed: las palabras.

Una de las batallas más feroces que se entablan actualmente es la de la información.
Desde la propaganda islamófoba de la Casa Blanca hasta el ciberyihadismo radical de Al Zarqaui, pasando por los vídeos que grabó Al Jattab en Chechenia o las plataformas mediáticas antichavistas, todos los peo­nes de esta partida pujan por controlar la información.
Y esa, al fin y al cabo, es mi profesión.
La diferencia es que yo no trabajo para ningún gobierno, ni para ninguna religión, ni siquiera para ningún medio de comunicación.
Yo trabajo para los lectores de mis libros, que son, a fin de cuentas, los que pagan mis investigaciones.
Y eso es lo único que yo podía ofrecer, a través de mi identidad como Muhammad Abdallah.
Yo no necesito bombas ni fusiles.
Mis armas son mis reportajes; mis bombas, las palabras; mis balas, las letras, de un calibre tan potente que pueden atravesar cualquier blindaje.
Mi fusil es una cámara de vídeo; mi pistola, un teclado de ordenador.

Ese sería el único arsenal que estaba dispuesto a utilizar como terrorista. Aunque era importante que mis objetivos, generalmente grandes vanidosos, nunca lo sospechasen. A todos les interesa tener propagandistas a su servicio y miembros «legales», y esa era la baza que yo podía jugar.

En mi primer viaje a Caracas terminé de trenzar los pormenores de mi identidad como Muhammad Abdallah, alias Ibn Alí, alias Abu Aiman, etcétera, el luchador social de origen palestino nacido en Mérida e inmigrante en Euro­pa muchos años, que se iba convirtiendo en un personaje más y más real cada día.
Me dediqué a escribir compulsivamente sobre política, religión, cultura, viajes y todo lo que tuviese que ver con Oriente Medio y con el Islam.
De hecho, mis artículos terminarían publicados y comentados en centenares de páginas web, periódicos, revistas y programas de radio o televisión en Venezuela y en otras partes del mundo.
Algunos incluso serían traducidos al inglés o al portu­gués y reproducidos en medios brasileños o anglófonos.
En España, los prin­cipales medios árabes, como Webislam, Mundo Árabe, etcétera, hicieron lo mismo.
Y también los medios de la izquierda más radical, como Rebelión, La Haine, o Kaosenlared publicaron mis artículos y reportajes, que eran reprodu­cidos en webs, blogs y foros de todo el mundo, extendiéndose como un virus.
Unos iban firmados con mi nombre árabe «real» y otros con algún seudónimo, que subrayaba entre mis camaradas la impresión de que yo buscaba la clan­destinidad debido a mis actividades revolucionarias antiimperialistas.
Yo mejor que nadie debería haberme dado cuenta antes de lo frágil que es la información en la red, después de haber visto tantas tonterías sobre Antonio Salas reproducidas en diferentes páginas nazis sin que nadie se molestase en contrastarlas.
Cualquiera puede publicar cualquier cosa en internet, por falsa que sea. Solo es necesario que se repita en el mayor número de webs posible, para que se convierta en una realidad.
Nadie suele molestarse en comprobarla. Esa es la esencia de la publicidad viral.
Y decidí utilizar en mi beneficio esa estrategia.
Un periódico chavista publicaba un artículo mío y entonces una página web tan influyente como Aporrea lo reproducía.
Presentadores tan conocidos como Vladimir Acosta lo comentaban en sus programas de Radio Nacional de Venezuela (RNV), lo que hacía que estos fuesen debatidos en sus respectivos foros.
Entonces otras webs como NoticiaS24 también los reproducían, y después docenas de blogs, webs y foros de todo el mundo los repetían...
En muy pocos meses, bastaba poner alguno de mis nombres o pseudónimos árabes en un buscador de Intemet para que apareciesen más de setecientas referencias a trabajos míos.
Y eso era fantástico para mi cobertura.

Lo más gracioso es que en muchas páginas web nazis, tan influyentes como Nuevo Orden, mis antiguos camaradas skinheads también reproducían mis artículos propalestinos y antisionistas como argumento contra sus odiados judíos.

Un par de años más tarde, esa presencia de mis textos en los principales medios pronazis me facilitaría que volviese, una vez más, a infiltrarme en colectivos, manifestaciones y locales neonazis españoles, como había hecho años atrás bajo la identidad de Tiger88.
Solo que esta vez no investigaba el movimiento skinhead, sino el vínculo entre neonazis y terroristas árabes antisionistas.
Estoy seguro de que mis viejos camaradas nacionalsocialistas van a sufrir un colapso al descubrir que su odiado Tiger88 ha vuelto a estar entre ellos.

Con el tiempo llegaría a escribir dos libros sobre cuestiones árabes e islámicas, que ya serían la puntilla para alejar las dudas que algún terrorista especcialmente paranoico pudiese tener sobre mí.

Ese esfuerzo, y ese trabajo en silencio, robando horas al sueño para producir cientos de notas, artículos, crónicas, reportajes y hasta dos libros sobre cuestiones árabes e islámicas, terminarían siendo mi pasaporte para contactar con la guerrilla colombiana año y medio más tarde.

Mi identidad como el activista Muhammad Abdallah superó todos sus filtros, precisamente gracias a todo mi trabajo anterior en los medios chavista y árabes. Y mi cordial entrevista con el director de la Gran Mezquita de Caracas fue una de las primeras contribuciones a ese currículum.

Teodoro Darnott: del Movimiento Guaicaipuro al yihadismo cristiano

Uno de mis tres objetivos al aterrizar en Maiquetía era llegar hasta HizbullahVenezuela.
Tardé mucho tiempo en conseguirlo, pero creo que hoy estoy en disposición de conocer, mejor que nadie, toda la realidad sobre esta agrupación pseudoyihadista venezolana.
De hecho, soy su depositario. Sin embargo, antes de mi primer viaje a Venezuela no podía aspirar más que a acceder a un foro anónimo en MSN Groups, y más tarde, justo ese mes de agosto de 2006, a una serie absurda e ilógica de blogs desestructurados e inconexos que apare­cieron aleatoriamente en la red.

Después de docenas y docenas de e‑mails personales entre su fundador, Teodoro Darnott, su hija, otros miembros de la agrupación y yo, que termina­ron por hacerme merecedor de su confianza, creo que puedo reconstruir su biografla perfectamente.

Teodoro Rafael Darnott

Nació en Ciudad Bolívar un 18 de abril de 1955. Hijo de una mujer maltratada, Ana Cecilia Darnott, se sintió tan abandonado por su padre, Antonio García, que renegó de su apellido. Niño rebelde y precoz delin­cuente, solían mantenerlo encadenado por el pie, con un candado, sin siquiera poder evitar así sus fugas para cometer fechorías. Según su propio relato: «... pegaba colíllas con goma de mascar en los zapatos de los borrachos, para quemarles los callos y luego verlos saltar y maldecir... Tenía mucho odio y ten­dencias homicidas. Torturaba insectos. Un día tomé un gato y traté de matarlo en oculto. Teniendo apenas unos diez años, con un arma de pescar, intenté matar a mi padre. Por esa razón me vi obligado a huir de casa y a partir de ese día me convertí en un niño de la calle, un delincuente infantil ... ».(mnuscrito autobiográfico de T. Darnott).
Malviviendo en las calles, Darnott conoció pronto los calabozos policiales de Ciudad Bolívar y de Maturín, donde, mezclado con los adultos, no tardó en ser un exquisito plato sexual para los reclusos mayores. No creo que sea nece­sario entrar en detalles.
A los dieciséis años, ya familiarizado con las drogas y el alcohol, intentó alistarse en el ejército venezolano como una forma de sobrevivir, pero no fue aceptado por su juventud.
Volvió a intentarlo en 1972, mintiendo sobre su edad.
A pesar de los consejos del médico militar, que le decía que era dema­siado joven y débil para la disciplina castrense, Darnott aseguró que la pers­pectiva de un uniforme limpio, comida caliente y una cama en la que dormir era mucho mejor que la vida en la calle, por muy disciplinada que fuese.
Pero su carácter rebelde y pendenciero hizo que fuese expulsado del ejército dos años después.
Sin embargo, su experiencia militar le sirvió para encontrar trabajo en la policía del estado Monagas y después en la de Anzoátegui y Aragua, llegando incluso a realizar un curso de detective privado bajo la matrí­cula 26067I‑C del Instituto de Policía Científica Simón Bolívar.
Aunque en todas esas instituciones presentó mala conducta. No solo con Chávez los «malandros» entraban en la policía... En esa época, además, contrae matrimonio con su primera pareja, María Elena López.
Con ella tiene a su hija Ana Cecilia Darnott, a quien le pone ese nombre en homenaje a su madre. Ana Cecilia, con el paso de los años, también terminaría trabajando en la policía de Baruta (o Polibaruta, como allí se la conoce).

Poco después de su nacimiento, el matrimonio y la niña se mudan a Caracas donde, dice Darnott: «Logré colocarme al servicio de las mejores agencias de seguridad e investigaciones.
-Clave Uno de Ángel Urueña Almolda;
-Cinco Cero de Vidal Castro;
-Sicoin de José de Jesús Navarro Dona;
-GPS, Grupo Profesional de Seguridad de José Gabriel Lugo;
-antigua ICI, Investigaciones Comerciales e Industriales de Luis Posada; también trabajé en Correproca, una empresa de escolta adscrita a la división 33, custodia de personalidades de la DISIP. Logré entrenarme en la mejor academia de artes marciales del momento, la de Marcelo Planchar, ubicada en la urbanización Las Mercedes. En Fuerte Tiuna me entrené en tiro al blanco ... ».

Pero aquellos años de estabilidad no tienen en Teodoro Darnott un efecto terapéutico.
Comienza a frecuentar los bares de la avenida Nueva Granada, gastándose el salario en hembras, mientras su esposa trabajaba de dependienta para sacar adelante a la pequeña Ana Cecilia, una joven con la que contacte mucho después y en la que creo reconocer los traumas heredados de aquella dura infancia.
Su padre, con un valor que no justifica sus actos, hoy reconoce humildemente: «En muchas oportunidades pasaba frente a la casa llevando otras mujeres en la parrilla de mi moto. Con inmenso dolor hoy tengo que confesar haber repetido en mi esposa la violencia, heredada del carácter de mi padre. Hasta las mismas palabras usadas por mi padre contra mí luego las usé yo contra mi preciosa hija.
Un día le di un golpe a María Elena y le desprendí el pabellón de la oreja, la cual casi pierde. La llevé a una clinica privada donde, para no denunciarme, el médico me cobró muy caro; luego abandoné a mi esposa y a mi hija.
Me fui del hogar abandonándolas a su suerte. Tomé un bus para la ciudad de Maracaibo sin siquiera conocer a alguien en esa ciudad. El primer lugar donde dormí fue en el paseo Ciencias, en la sede principal del MIR, Movimiento de Izquierda Revolucionaria; trabaje para la agencia de detectives privados de Manuel Felipe Moreno, también con el detective Carlos Omar Arenas, con quien me unió una gran amistad, más que un amigo fue como un hermano».

En Maracaibo, Darnott se estableció un tiempo e inició su segunda relación formal: Maribel Atencio Rivas, de quince años de edad. Como sus padres no aprobaban la relación con el recién llegado, se fugaron.
Y Darnott volvió a ingresar en prisión.
Al salir, estaba de nuevo solo, en la calle y sin dinero.
Luegó vagabundeando al barrio wayuu, donde una familia indígena se apiadó de él y le dio casa, comida y una nueva identidad. Integrado en los wayuu,
Aprendió su lengua, sus costumbres, su religión, y terminó uniéndose a una mujer wayuu.
Con su nueva esposa se estableció, ocupando una parcela de tierra en Etnia Guajira, donde reuniría en tomo a sí a los indígenas wayuu.
Así es como nacería el insurgente comandante Teodoro y el Movimiento Guai­caipuro por la Liberación Nacional.

Teodoro Darnott se veía a sí mismo como un nuevo Che Guevara, como un subcomandante Marcos para los indios wayuu, y no es casualidad que escogiese el nombre de Guaicaipuro para su movimiento indígena guerrillero particular. –(Guaicaipuro fue el líder guapotori de varias tribus indígenas Caribe que contribuyo a la fundación de la actual Venezuela)

El comandante Teodoro, adoptado por la comunidad wayuu, vivió con ellos el drama de la pobreza indígena entre 1986 y 2001, siendo presidentes Jaime Lusinchi, Carlos Andrés Pérez, Rafael Caldera, etcétera, antes de llegar al actual Hugo Chávez.
Pero con todos ellos la miseria de los indígenas fue similar.
Y ante la imposibilidad de pagar los terrenos donde se instalaba la comunidad wayuu, optaban por la ocupación ilegal de los mismos... hasta que llegaban los desalojos de la Guardia Nacional y la Policía Regional, a golpe de porra, gases lacrimógenos o disparos de perdigones.
Las hordas indígenas del comandante Teodoro respon­dían con junayas (hondas para arrojar piedras), lanzas y bombas incendiarias.
De hecho, encontré referencias al trabajo social del «dirigente indigenista Teodoro Damott, que ha acompañado a los indígenas del Zulia en sus luchas» en el informe «Situación de los derechos humanos en Venezuela», de octubre de 1988, una publicación del Programa Venezolano de Educación‑Acción en Derechos Humanos, muy anterior a la fundación de Hizbullah‑Venezuela.
Tras muchas aventuras y desventuras, como un contacto con la Iglesia Evangélica Venezolana, la pérdida de su primera mujer wayuu y la llegada de una nueva (Adelaida Iguaran), Damott fundó en casa de su nuevo suegro una pequeña escuela y vivió un tiempo como maestro. Y en ese rol intelecttual, en la comunidad wayuu, inició sus escarceos políticos.
Erigiéndose en portavoz de la comunidad indígena y de sus votos, se entrevistó con líderes sindicales y políticos, negociando mejoras de vida para los wayuu. Los diarios zulianos Panorama, La Columna o La Verdad publicaron algunas de sus reivindicaciones.
Y, como ninguna de ellas obtuvo resultados, Darnott siguió la tradición revolucionaria, asaltando con sus milicias wayuu diferentes estamentos y edi­ficios oficiales, y manteniendo como rehenes a sus ocupantes; como el con­sulado de Guatemala, la delegación del partido MAS, etcétera.
Y como era previsible, de nuevo fue detenido e ingresó en prisión por aquellos asaltos. Aunque por pocas semanas.
Al salir, volvió a unirse a la lucha social, esta vez a favor de los buhoneros y vendedores callejeros, desalojados de las calles de Maracaibo por orden del gobernador de Zulia y líder de la oposición antichavista Manuel Rosales. Y siguieron más asaltos: la toma del consulado de Colombia, la toma del Palacio Arzobispal... Con la consiguiente retención de sacerdotes y diplomáticos, y la posterior detención y encarcelamiento de Darnott de nuevo.

Teodoro Darnott se sentía inspirado sobre todo por la figura del subcomandante Marcos y el levantamiento indígena en México del EZLN, e intentaba imitar ese fenómeno insurgente con sus indígenas wayuu.
El 11 de octubre de 1994 convocó una asamblea tribal, para unir a los wayuu con otras etnias indígenas: los bari, los yukpa y los añu, en un intento de consolidar una fuerza indígena en el estado de Zulia. El comandante Teodoro pretendía impulsar un levantamiento armado contra el gobernador de Zulia, siguiendo el modelo del EZLN y del subcomandante Marcos. Y aunque no todos apoyaron su iniciativa, su Movimiento Guaicaipuro por la Liberación Nacional (MGLN) se consolidó notablemente, convirtiéndose en una organización oficial.
«Me veía en mis sueños capturando al gobernador Rosales, para juzgarlo por enriquecimiento ilícito, rescatando la bandera zuliana del palacio del gobierno, mil veces mancillada por la injusticia, y devolviéndosela a los indígenas ... », me describiría Darnott en uno de sus e‑mails.

El comandante Teodoro Darnott, alias Mario Morales Meza, se convirtió en un tipo bastante incómodo en tanto aglutínaba en torno a él un colectivo indígena cada vez mayor, al que alentaba para realizar los asaltos y para iniciar una lucha armada. Y fue detenido por enésima vez, pero en esta ocasión por tropas militares, que lo trasladaron a la base militar de la Villa del Rosario de Perija, donde, según él, sufrió un feroz interrogatorio.
Tanto allí como en la sede de la DIM (Dirección de Inteligencia Militar). Estrangulamientos, golpes, Datadas, culatazos, etcétera, durante dos días y dos noches. Y, una vez liberado, continuó el ciclo de asaltos, detenciones y enfrentamientos mientras el MGLN intentaba reunir armas para su particular ejército revolucionario: pistolas, fusiles, revólveres, un par de granadas M‑26 3‑5...

Ya con Chávez en el poder, el MGLN de Darnott intentó conseguir fondos del Fondo único Social (FUS).
Según la Gaceta Oficial de la República Bolivariana de Venezuela, número 37322, del 12 de noviembre del año 2001, el FUS es un «Instituto Autónomo que tiene por objeto concentrar en un solo ente, la captación y administración de los recursos para lograr la optimización de las políticas, planes y regulación de los programas sociales, destinados a fortalecer el desarrollo social, la salud integral, la educación y el impulso de la economía popular competitiva, con énfasis en la promoción de microempresas y cooperativas, como forma de participación popular en la actividad económica y en la captación para el trabajo de jóvenes y adultos». En el mundo real, el FUS es el ultimo recurso al que, en mi presencia, han acudido grupos o individuos revolucionarios con el fin de conseguir dinero rápido para diferentes objetivos, que podían ir desde viajes hasta la compra de armas.
Darnott no fue el primero, pero se encontró con algo que no conocía: la ineficiente y caótica burocracia administrativa venezolana, que supuestamente, solo supuestamente, mejoraria cuando tiempo después Alejandro Andrade o Rafael Cordero se hiciesen cargo del FUS, que en aquella época dirigía William Fariñas.
Darnott había presentado el proyecto: «Mi pequeño país», una comunidad indígena revolucionaria, que aspiraba a ser autosuficiente económicamente. Y que con el tiempo se convertiría en la semilla de Hizbullah‑Venezuela.
Hasta dicha comunidad se desplazó una comisión del FUS encabezada por William Fariñas e Iván Ballesteros, y se firmó un acuerdo de colaboración con los indígenas y con el Instituto Agrario Nacional (IAN), que debería haber posi­bilitado la propiedad de 17,999 hectáreas, y la construcción de viviendas dignas para los indígenas. Sin embargo, una enérgica campaña de propaganda contra el MGLN, acusándolos de ser en realidad indígenas colombianos; de colaborar con adecos y copeyanos (escuálidos de AD y COPEI respectivamente) de for­mar parte de las Autodefensas Unidas de Colombia, etcétera, abortó el pro­yecto.
Cualquier lector mínimamente familiarizado con la dramática situación de las guerrillas en Colombia entenderá la gravedad de aquella acusación.
El FUS jamás apoyaría a un colectivo sospechoso de colaborar con los paramili­tares colombianos, y las subvenciones jamás llegaron.
En ese momento, y esto también es muy importante, Teodoro Darnott se siente traicionado por el gobierno chavista de Caracas y se distancia tanto del chavismo como del gobier­no zuliano de Rosales.
Y el MGLN siguió en la clandestinidad, perseguido por unos y otros.
 «Me mudé a Río Aurare el Zamuro. Nunca dormía en un sitio fijo ... », asegura Darnott.
En aquella época, Darnott aún intentó en dos ocasiones conseguir fondos oficiales para «Mi pequeño país» en estamentos oficiales, y viajó a Caracas para presentar una queja ante la Asamblea Nacional, donde sin duda se cruzó con quienes serían tiempo después mis guardaespaldas, camaradas y maestros de armas en Venezuela. Allí denunció la «traición» del FUS y del IAN, pero no sirvió de nada.
A la Asamblea Nacional, doy fe, acuden todos los días portadores de quejas, reclamos y peticiones desde todos los rincones de Venezuela, y la capacidad administrativa y burocrática de sus instalaciones no estaba a la altura.
Darnott consiguió que no lo detuvieran en Caracas y regresar a Zulia, sabiéndose ya un prófugo de la justicia sobre el que pesaban varias órdenes de captura.
Y hacia diciembre de 2001 se echó al monte, cruzando a Colombia por los «caminos verdes», es decir, esquivando los puestos y las patrullas fronterizas, y atravesando de Zulia a Colombia a través de la selva.
 «Salí por la vía de Mara hacia Carrasquero, sin dinero. Cuatro Bocas, Carrasquero, Vari­lla Blanca ... ». Según me relató Darnott, el viaje fue muy duro: era un territorio no controlado por los paramilitares colombianos.
Pero en Majayura recibió asistencia de las iglesias evangélicas, y con su ayuda llegó a Maicao, donde fue acogido por el doctor Lucho Gómez, secretario general del movimiento gue­rrillero, ya desmovilizado, M‑19, que a diferencia de las FARC o el ELN había  abandonado la lucha armada, sustituyéndola por lucha política.
Darnott con­ consiguió allí un trabajo como profesor de lengua wayuu, e incluso editó algunos  folletos de iniciación a la lengua guajira. Y sobre todo descubrió Internet.
                                                                                                                    
Desde un cibercafé de Maicao subirían a la red los primeros mensajes del comandante Teodoro, todavía no relativos al Islam.

Allí, y gracias a sus nuevos amigos guerrilleros, Darnott consiguió hacerse zon una nueva identidad: Daniel José González Epieyu, con cédula de identijad colombiana 15 206 631. Y, lo que es más importante, entró en contacto con la comunidad árabe de Maicao. Así lo describe Darnott:

«Conocí al hermano Alfonso Peñalver, al hermano chiita libanés Musa Rada. Este fue mi primer maestro en el Islam. Frecuenté la mezquita, leía libros sobre el Islam en la biblioteca, libros de teología suní.
El hermano Musa me explicaba la teología Shia (chiita) y me facilitaba revistas Azakalain, las cuales me enseñaron relatos sobre los imames, el martirio del imam Husein (La paz de Allah. sea con ellos), también contenían escritos de los ulemas sabios).
Un día, el hermano Musa me propuso estudiar el Islam, en el Instinito Islámico Kausar, en Cali, propuesta que acepté con mucho gusto. La Asociación Islámica Shiita de Maicao me pagó los pasajes y viáticos para llegar a Cali, donde según los hermanos ya me esperaban, pues ellos se habían encargado de notificar y arreglar que me recibieran. Me despedí de mi hermano pastor y de su familia y salí rumbo al valle del Cauca.

»En la ciudad de Cali en la urbanización La Ceiba, cerca de la redoma Alfonso López Michelsen, queda el Centro Cultural Islámico Kausar. Me recibió el hermano Rashi. Se trataba de una comunidad musulmana afrodescendiente. Hermano Rashi era uno de sus dirigentes, y la sede era una casa de dos pisos en una vereda. En la esquina de la calle hay una panadería, en el interior de la casa la sala era el salón que servía de mezquita, una cocina, una biblioteca, oficina y una habitación donde oraban las mujeres.
 El hermano Rashi me saludó islamicamente: Assalamu aleikum. Wa'alaikun salam, respondí. Luego posó sus mejillas sobre las mías, como es costumbre en el Islam. A la hora de la oración emocí a los otros hermanos. Mi vida en el Centro Cultural Islárnico, Kausar no lleno mis expectativas sobre el Islam. Me dediqué a leer libros islámicos y a parcipar en las oraciones. Las enseñanzas solo eran los viernes en el Yuma. El director era un profesor universitario, el hermano Abdul Karim ... ».


Darnott regresó a Maicao y se integró en la comunidad árabe, no necesariamente islámica, local.
Desde las selvas de Colombia vivió el golpe de Estado contra Chávez de abril de 2002 y el «paro petrolero» de finales de ese año y principios de 2003, aún resentido por lo mal que el gobierno chavista habla tratado sus proyectos.
Durante los siguientes dos años, Darnott viajó por dife­rentes ciudades de Colombia, aprovechando la hospitalidad de las mezquitas y de las comunidades islámicas.
Y frecuentaba los cibercafés desde donde comen­zaba a familiarizarse con el funcionamiento del correo electrónico, los foros de debate, los blogs... Por fin en Bogotá, Darnott descubrió mucho antes que yo, que el islam no es esa unidad doctrinal, genérica y cohesionada que creemos ­en Occidente.
De la misma forma en que el cristianismo está lleno de escuelas, tendencias, sectas, herejías, en muchos casos enfrentados (católicos, protestan­tes, ortodoxos, anglicanos, coptos, etcétera), lo mismo ocurre en el Islam.
Y hasta en una comunidad tan relativamente pequeña como la de Bogotá existían. encendidas divisiones.

 «La comunidad musulmana estaba dividida y enfrenta­da en varios grupos ‑declara Darnott‑, los más importantes son la Asociación Islámica de Bogotá, que es mayoritariamente oriental, palestinos, libaneses árabes. La Sociedad Islámica de Bogotá, dirigida por un imam colombiano, e­doctor Carlos Sánchez, y un kuwaití. Los asistentes son colombianos, abogados y abogadas. El hermano Sánchez tenía un crédito abierto en el restaurante de la planta baja, donde funciona el Bufete Mezquita. Los participantes tenían autorización para hacer uso de este crédito, en comidas y bebidas. Según él, el financiamiento venía de una fundación islámica oriental. El tercer grupo es­ el Centro Cultural Islámico de Bogotá, y su director el doctor Julián Zapata, ubicado a pocos metros de la embajada de los Estados Unidos.»

Darnott me aseguró haber sido testigo de cómo funcionarios de la emba­jada de los Estados Unidos en Bogotá habían reclutado a varios miembros influyentes de la comunidad islámica colombiana para que trabajasen como informadores de los servicios de inteligencia norteamericanos, en su búsque­da incansable de terroristas islamistas.
E incluso señala algunos nombres de esos supuestos espías de la CIA en la comunidad árabe de Bogotá, que no voy a reproducir aquí.
En aquellos tiempos, y a pesar de su estrecha relación con las comunidades árabes, en realidad Teodoro Darnott no se había convertido todavía al Islam.
Más bien, y como buen superviviente, utilizaba los recursos y la ayuda de las mezquitas para vivir y viajar.
 Y en su viaje hacia Hizbullah todavía quedaban dos etapas.
La primera le esperaría en Bucaramanga, donde casualmente cono­ció unas informaciones sobre ecumenismo, y ese intento de diálogo intercon­fesional llamó su atención. Supongo que buscaba algo a medio camino entre el Islam, una religión que todavía le resultaba extraña, y el cristianismo, con el que se había educado.
En Bucaramanga, y de la mano de los misioneros cató­licos, conoció la teología de la liberación, y la obra de personajes tan extraor­dinarios como el padre Camilo Torres, cofundador del Ejército de Liberación Nacional (ELN), la segunda guerrilla colombiana más importante depues de las FARC.
Y por unos meses se distanció del Islam, de la misma forma que se dejaba fascinar por esa corriente de pensamiento en la que sacerdotes cristianos justificaban la lucha armada.
Para Darnott, un hombre que se confiesa profundamente religioso, disponer en el catolicismo de una justificación argumentada por personajes como el padre Camilo Torres para legitimar la lucha armada en pro de la liberación indígena era perfecto.
Había encontrado su particular «yihad cristiano».
En la civilizada Europa, los católicos irlandeses del IRA habían llegado a la conclusión de que, en ciertas circunstancias, las bombas y los fusiles son compatibles con la Biblia mucho antes que Camilo Torres.

Durante los siguientes meses, Darnott estudió a Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff, Pedro Casaldáliga, Manuel Pérez o el mismo Camilo Torres, ideólogos de la teología de la liberación.
Y fue dando forma a su particular idea de un «yihad cristiano». De regreso a Maicao, con sus amigos de la comunidad arabe buscó y buscó hasta encontrar una forma de integrar Islam y teología de la liberación en un solo cuerpo teórico que pudiese utilizar en su lucha revolucionaria por la comunidad indígena, y en la que el subcomandante Marcos continuaba siendo un referente. Ver webs de anexos.

 Y claro, el que busca encuentra.
Darnott descubrió su particular:

 «... teología islamo‑cristiana de la liberación. Esta teología era una mezcla de la liberación de Gustavo Gutiérrez y la teología del imam Homeini.
Y me encontré que esta teología es la misma teología de la liberación, pero en este caso desde el monoteísmo islámico, mucho más completa que la desarrollada por Gustavo Gutiérrez.
Esto me afianza en el Islam, y es en este momento cuando comienza mi verdadera conversión al Islam, y lo primero que hice fue cambiar los mensajes y los símbolos en los grupos de autonomía wayuu. Pasó a ser Autonomía Islámica Wayuu, y la comunidad MGLN la dejé con la misma denominación, pero los mensajes y las imágenes que coloqué eran islámicos. Hubo protestas en el grupo de participantes, unos se retiraron y otros ingresaron, hice una promoción de la comunidad hacia grupos y entidades islámicas, e ingresaron un importante número de musulmanes.
La comunidad ahora se identificó como revolucionaria islámica y los diálogos trataban sobre teología islámica de la liberación, y colocaba mensajes del ayatolá homeini ... ».

Según Darnott, a principios de 2005 el foro del MGLN, versus Hizbul Islam en MSN Groups, tenía 1140 asociados.
Y aunque los foros fueron clausurados por MSN Groups, aún es posible seguir su rastro en la red a través de las diferentes webs y blogs que realizaron en 2005 y 2006.

Durante ese año se trataban todo tipo de temas islámicos y revolucionarios en sus websites. Hasta que en 2006 todo se le fue de las manos...

La verdadera historia de Hizbullah‑Venezuela

Tiempo atrás un nuevo usuario se había dado de alta en los foros de Darnott. Alguien que, según él, demostraba un profundo conocimiento del Islam. Pero esto no demuestra nada más que los escasos conocimientos que tenía Darnott sobre el Corán, ya que incluso a mí me consideraría más tarde un erudito.

«Estuvimos meses intercambiando mensajes vía e‑mail ‑me aseguraría Darnott años después de aquel primer viaje a Venezuela‑.
Me dijo que le gustaba mi trabajo, que este se podía mejorar si yo me dejaba asesorar.
Me confesó que pertenecía a una organización islámica de importancia internacional, y para recibir un apoyo suyo solo tenía que confiar y enviarle información sobre mi persona y mi trabajo.
Al principio pensé que podía ser un agente de inteligencia que andaba tratando de ubicarme, luego descarté la idea.
Por el contenido de sus mensajes me di cuenta que trataba con un musulmán y me decidí a confiar en él.
Le envíe toda la información que me solicitó sobre mi persona, lucha y trabajo, al tiempo se mostró más dispuesto a tratar conmigo en un plano de más confianza.
Me dio su verdadero nombre, Mohammed Saleh, hijo de libaneses, trabajaba para el gobierno iraní y era un importante miembro de Hizbullah.

Su misión era en Argentina, donde es profesor en la Universidad de La Plata, y también es el secretario general de Hizbul Islam para América Latina. Este es un partido islámico argentino, con presencia en Uruguay y Paraguay. Hizbul Islam es en realidad Hizbullah, Mohammed Saleh me informó que mi nombre fue presentado ante la dirección de Hizbul Islam y fui aprobado para ser representante de esta organización islámica para Venezuela, pero se me pedía eliminar todo el trabajo que hacía en Internet.
Imagínense ustedes eliminar un trabajo que cumplía ya cuatro años de inversión económica, de tiempo y de esfuerzo.
Yo le pedí más información sobre su organización y que habláramos por vía telefónica, que diera teléfonos de oficina y dirección que yo pudiera comprobar.
Me envió una lista de direcciones de oficinas de Hizbullah en Argentina, Uruguay y Paraguay, por medio de hermanos árabes de Maicao.

Se confirmó que Mohammed Saleh es profesor de la Universidad de La Plata.
También fue confirmado que la organi­zación que me aprobó en sus filas es Hizbullah.

El hermano Mohammed Saleh me llamó en varias oportunidades a Maicao, al numero telefónico 725­8... ubicado en la calle 11 número 27.... barrio El Carmen, esto se puede comprobar solicitando la relación de llamadas recibidas en este teléfono, duran­
te los últimos seis meses del 2006. Aparte de las comunicaciones telefónicas con el dirigente de Hizbullah, también están las comunicaciones vía e‑mail entre los correos electrónicos islaenargentina@yahoo.es y enlacemilitarmgln@hotrnail.com.

                        En uno de sus e‑mail Mohammed Saleh me ofreció un lote de armas que tenía Hizbullah en Ciudad del Este, Paraguay. Me pidió que hicie­ra contacto con las FARC‑EP para que me ayudaran a trasladar las armas; unos cuatrocientos fusiles AK‑47, lanzagranadas y municiones ... ».

Finalmente, siempre según el testimonio personal ‑y creo que sincero ­de Teodoro Darnott:

«El acuerdo que hicimos fue el de convertir al MGLN en una célula de Hizbullah, y para esto tenía yo que reclutar musulmanes. La primera reunión de Mohammed Saleh con mi persona sería para el 8 de octubre del 2006.
Para este momento Hizbullah‑Venezuela ya tenía que contar con un grupo organizado. El grupo Hizbullah‑Venezuela estaría a las órdenes del consejo de la organización en los países de América y el resto del mundo, este sería un acontecimiento histórico, pero no me reveló de qué se trataba.
Me dijo que es la forma como ellos trabajan.
No querían publicidad sino anonimato, es lo que querían de mí con este acuerdo.

Procedí a reclutar a Juan Carlos Parodi, el cual hizo su trabajo en el equipo como sheikh de Hizbullah‑Venezuela; Liliana Bula Epieyu, secretaria de Hizbullah para La Guajira; Yaiza Marrugo, planes y pro­vecos; Vicente Bocanegra de Oro, comisión de ideología islámica. El equipo acordó contra mi voluntad incluir al doctor Juventino Martínez, a pesar de que advertí que se trataba de un agente del Departamento de Estado Norteamericano.
El doctor Juventino entró en el grupo y estableció comunicación directa con Mohammed Saleh, lo mismo Yaiza Marrugo, y todos quedamos confor­mes que estábamos trabajando para Hizbullah.
También recluté a Felipe Conzález, un wayuu que trabaja para la Secretaría de Cultura de Maicao.

Este donó un terreno para construir la primera mezquita de Hizbullah en la Guajira, a Pedro Luis Herrera Caballero, el cual nos manejaría la parte militar.
Este tiene experiencia como combatiente y contaba con un buen número de muchachos entrenados en el conflicto colombiano.
Conversé con el hermano Ramiro López y este me cedió una casita de barro en el barrio índígena Nazaret, allí comencé mi trabajo de difusión del islam, ya como representante de Hizbullah.
Este ranchito lo acondicioné y le coloqué en la parte de afuera "Mezquita Wayuu", y a la inauguración asistieron el sheikh de la asociación islámica de Maicao y la directiva de la asociación, como es testigo el hermano Ramiro López, pues muchos miembros de su iglesia asistieron a la inauguración.
Al hermano Ramiro se le puede ubicar en el barrio Vincula Palacio, en la iglesia wayuu o en el barrio Maicaito, cerca de las casitas de cartón.
En esta mezquita se reunía un grupo de niños y niñas wayuu, a quienes enseñaba las oraciones islámicas, y a adultos wayuu a quienes les compartía sobre el islam.
Una de las participantes fue la hermana wayuu Luz Marina Pushaina, a quien encargué de organizar el grupo wayuu. Esta es la esposa de Julián González y vive en el mismo barrio Nazaret, frente al comedor popular, cerca del ranchito donde funcionó la mezquita.
Una de mis colaboradoras fue la psicóloga social Elizabeth Gómez Arboleda, ella se encargaba del programa infantil.
Mientras todo esto ocurría, continué las actividades islámicas por Internet.
El hermano Yahia Gabriel Jiménez mantuvo contacto con nosotros desde Bogotá. Entró en una de nuestras comunidades de MSM, específicamente en Autonomía Islámica Wayuu.
También viajó con su esposa hasta Maicao y estuvo de visita en la mezquita wayuu, donde tomó fotos y nos trasmitió un mensaje y una enseñanza sobre el islam.

Al hermano José Gabriel Jiménez lo puse al tanto de mi ingreso a Hizbullah.

»... El 8 de octubre era la fecha para que llegara el hermano Mohammed Salch con la comisión de Hizbullah. Hasta ese momento habíamos hecho un trabajo de organización y habíamos celebrado varias asambleas. La primera fue en la casa del hermano Vicente Bocanegra, la segunda fue en la sede frente a la mezquita y la tercera fue en la casa de la esquina, diagonal a la casa de Liliana Bula Epieyu. Es la casa que tiene un patio enorme cercado con paredes de bloque. En este patio celebramos la tercera reunión general de Hizbullah, fue donde tomamos una fotografia donde aparecemos Felipe González dirigiéndose al público desde una mesa usando una cofia blanca (gorro islámico), Liliana Bula, Pedro Luis Herrera Caballero y mí persona sentados a la misma mesa, un público wayuu y una pancarta con letras en árabe y español que dicen Hizbul Islam, el cual es Hizbullah en Latinoamérica. El acuerdo final entre Mohammed Saleh y mi persona fue el de crear la célula de Hizbullah, cosa que yo he hecho cuestión de honor, pues en ninguna forma puedo echar atrás la palabra empeñada».

Darnott me facilitó una copia de esa fotografia. Siguiendo las indicaciones del tal Saleh, que no tiene nada que ver con mi hermano el director del portal de noticias árabe‑venezolano de Caracas, Teodoro Darnott eliminó de la red la mayor parte de los contenidos de sus foros, webs y blogs mantenidos por el MGLN durante los cuatro años anteriores a la fundación de Hizbullah‑Venezuela.
Sin embargo, las armas y el apoyo logístico prometidos nunca llegaron.
Aquellos aspi­rantes a componer una célula de Hizbulah en Colombia, porque en realidad no estaban en suelo venezolano, sufrieron las inevitables luchas de poder desde el mismo instante de su fundación.
Y dos tendencias se diferenciaron rápidamente los nuevos conversos indígenas: los que seguían al comandante Teodoro, y los que preferían una opción liderada por Juventino Martínez y Yaiza Marrugo.
Enérgicamente empeñado en mantenerse al mando de la célula de Hizbulah, que en realidad no era más que una promesa de un desconocido que jamas llegó a materializarse, Darnott no dio su brazo a torcer.
Se erigió máxi­mo responsable de Hizbullah América Latina, apoyado por un grupo de indí­genas wayuu colombianos.
Y la noticia no tardó en llegar a los paramilitares que según Darnott, empezaron a interesarse por él.
Atemorizado por la amenaza de los paracos, decidió regresar a Venezuela para establecer definitiva­mente en su país de origen la promesa de una célula de Hizbullah, con la avuda y recursos que esperaba de Saleh.

Y regresó por donde había salido cinco años antes, por los «caminos verdes».
    
     Cruzó la frontera colombo‑venezolana por Paraguachon, sorteando los puestos policiales del DAS y la Guardia Nacional bolivariana.
     Después de muchos peligros o calvarios llegó a Varilla Blanca y de allí a Maracaibo.

     Como si aquellos cinco años de exilio en Colombia no hubiesen existido, Darnott regresó a la ciudad zuliana sin un bolívar, como se había ido.
     Pero esta vez tenía una causa concreta por la que luchar, la idea de una organización de Islam revolucionario (atención a este concepto), que llevase por nombre Hizbullah‑Venezuela.
     Darnott convocó a sus viejos camaradas revolucionarios del MGLN, a sus hermanos wayuu, y todo el que quiso escuchar su mensaje de conversión al Islam.
     Y volvió a los cibercafés para crear nuevos foros, nuevos blogs y nuevas páginas en Internet desde las que lanzaría al mundo su mensaje de un yihad latino.

     Y a pesar de que nunca, ni antes ni después, recibió ningún apoyo del gobierno bolivariano, en 2006 Darnott se sumó a todos los grupos de izquierda que pedían el voto para Chávez en las elecciones del 3 de diciembre de ese año.
     Mejor Chávez que Rosales, pensó.

En sus charlas y conferencias entre los revolucionarios zulianos, que no son mayoría, y entre los wayuu venezolanos, consiguió algunas conversiones al Islam que engrosaron las filas del naciente Hizbullah‑Venezuela.
Y que después serían mencionadas con gran alarmismo por los detractores de Chávez,
que acusaban de estar detrás de aquellas conversiones de indígenas wayuu, venezolanos al Islam chiita de Hizbullah: en total tres wayuu se convirtieron al Islam predicado por Darnott.

Un ejército bastante parco para constituir una amenaza terrorista en mi humilde opinión.

Sin embargo, en Internet volvía a circular el nombre del comandante, ahora rebautizado Teodoro Rafael Darnott Abdullah, líder de la primera célula de Hizbullah, en Venezuela, y eso atrajo a muchos curiosos, y a muchos infiltrados.
Tanto a sus inconexos blogs, como a su perfil de Facebook.
Yo era uno de ellos.
De hecho, sospecho que la inmensa mayoría de los usuarios de sus nuevos websites no éramos lo que decíamos ser.
Mover en la red una supuesta sucursal venezolana de Hizbullah, después de la sangrante guerra del Líbano en 2006, significaba necesariamente tener encima a todos los servicios de información internacionales.
Sin embargo, a pesar de ello, algunos devotos reales se sumaron a los foros de Hizbullah‑Venezuela.
Conversos al islam, jóvenes y apasionados, dispuestos a hacer lo que Teodoro Rafael Darnott Abdullah. les ordenase.
Uno de ellos se llamaba José Miguel Rojas Espinoza. Un estudiante en la Universidad Bolivariana de Venezuela que estaba a punto de destrozar su juventud por causa de Hizbullah.

Por lo poco que pude averiguar de José Miguel Rojas, era un zuliano nacido el 14 de marzo de 1982, domiciliado en el barrio La Rinconada, Avenida Principal... de Maracaibo.
Aunque posteriormente se establecería en la Calle Real de Maca de Petare, en el Municipio Sucre de Caracas. introvertido, soltero y con cédula de identidad número 16177..., era un muchacho de profundas inquietudes religiosas. Estudiante universitario, me lo encontré en otros foros teológicos, donde intentaba, como Darnott, compatibilizar su formación y tradición judeocristiana con su vocación islámica.
En los foros de E‑Magister, y en un debate sobre «¿Cuál es tu cita bíblica favorita?»,
Rojas Espinoza respondía a la consulta diciendo que su cita preferida era el salmo titulado «Las dos sendas, la del justo y la del impío» (Salmos 1, 1‑6), y añadía que en su opinión el Islam estaba perfectamente identificado con esa cita bíblica.
Ese mensaje de Rojas Espinoza es muy interesante, porque nos aproxima a su forma de entender el islam.
El Salmo I del Antiguo Testamento dice:
«Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado, sino que en la ley de Jehová está su delicia y en su Ley medita de día y de noche.
Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas que da su fruto en su tiempo y su hoja no cae, y todo lo que hace prosperará.
No así los malos, que son com el tamo que arrebata el viento. Por tanto, no se levantarán los malos en el juicio ni los pecadores en la congregación de los justos, porque Jehová conoce el camino de los justos, mas la senda de los malos perecerá».

Realmente, sustituyendo la palabra Jehová por Allah, este texto del Talmud, incluido también en la Biblia, bien podía formar parte del Corán.
De hecho, hasta que me tomé la molestia de leer y copiar el Corán a mano, no fui consciente de la cantidad de personajes, textos y conceptos que son comunes a las tres religiones.
Sorprende que, con tantas cosas en común, judíos, cristianos y musulmanes llevemos quince siglos matándonos entre nosotros.
Es probable que, si los occidentales que acusan al Corán de ser un libro violento se hubiesen molestado en leer el Antiguo Testamento de la Biblia cristiana o la Torah judía, se lo pensa­rian dos veces.
Porque el Corán, que afirma ser el final de una revelación que empezó con Abraham, integra en sus textos fragmentos, personajes y episodios de la Biblia y el Talmud. Así que acusar al libro sagrado del Islam de sanguinario implica necesariamente hacer lo mismo con la revelación cristiana y judía.
Y creo que solo los ateos podrían permitirse ese lujo siendo coherentes.

En los foros de Hizbullah‑Venezuela, José Miguel Rojas utilizaba la direc­cion de correo: justiciadeahall@hotmail.com, lo que refleja sus parcos cono­cimientos del árabe y del Islam.
Y al margen de las comunicaciones «abiertas» que Teodoro Darnott podía mantener en los foros de Hizbullah‑Venezuela, en esos mismos momentos estaba adoctrinando privadamente al joven José Miguel Rojas, convirtiéndolo en muyahid, y lo llevaría a destrozar su vida y su juventud, antes de que llegase aquel invierno.
En cualquier caso, durante agosto y a solo cuatro meses de las elecciones generales, Darnott, que sabía que es imposible sobrevivir política o socialmente como revolucionario en Venezuela enfrentándose a Chávez, olvidó sus amargas experiencias anteriores con el FUS o la Asamblea Nacional y pidió el voto de los musulmanes para el MVR en diciembre.

Doy fe de que Hugo Chávez no tuvo nada que ver con ese apoyo solicitado por Darnott y su pequeño grupo de wáyuu conversos e internautas anónimos.

A pesar de que, tras lo que estaba a punto de suceder, todos los medios internacionales responsabilizarían a Chávez como inductor, a causa de aquella petición de voto que hizo Darnott a última hora.

Darnott seguía en Zulia, pero sus enfrentamientos con Manuel Rosales habían sido aún mayores que con el MVR, así que hizo lo que consideró mejor para sus proyectos de futuro.
Está claro que sus objetivos de crear un partido Islámico en Venezuela tenían más posibilidades de apoyo con un Chávez amigo de los árabes que con un Rosales amigo de los norteamericanos.

Hizbullah‑Venezuela presentó una actividad frenética.
Hasta catorce nuevos blogs de Teodoro Darnott aparecieron en la red.
Los blogs, a diferencia de las web con un dominio en Internet, son gratuitos.
No es necesario registrar al usuario con ningún documento o credencial.
Cualquiera puede crear un blog y publicar la mayor cantidad de disparates, estupideces e incluso delitos que se le ocurran.
Lo sé por experiencia propia.
Pero la falta de legislación concreta todavía juega a favor de los cibernautas.
Y Darnott también lo sabía.

Entre el 6 y el 18 de agosto de 2006, en menos de dos semanas, surgieron en Internet más de media docena de nuevos blogs que remitían a Hizbullah­ Venezuela.
Posteriormente, todos ellos se recopilarían en una única página oficial de Hizbullah‑Venezuela en Internet: www.teocraciavenezuela.blogspot‑com y, por expresa petición de Teodoro Darnott, yo sería el webmaster que controlase esa página...

A estas alturas, yo tenía muy claro que tras Hizbullah‑Venezuela solo había un pobre desgraciado con una ambición revolucionaria modelada por una vida llena de golpes y pobreza, sin contactos, ni formación, ni conocimientos árabes o islámicos.
Y que tenía muy poco que aportar a mi investigación.

A pesar de que su existencia era un regalo para los detractores de Chávez, que podían exagerar la peligrosidad de Hizbullah‑Venezuela, acusando al presidente Venezolano de apoyar la presencia de terroristas libaneses en el país.  Pero lo cierto es que todo era un timo.

No existía ninguna relación entre la ridícula agrupación liderada por Darnott, en una remota ciudad de Zulia y en Internet, con la poderosa y letal Hizbullali libanesa.
Y yo me sentí estafado.
Tantas horas perdidas delante del ordenador para ganarme la confianza del responsable de Hizbullah‑Venezuela, y resulta que ni siquiera hablaba árabe...

En ese momento decidí cerrar la línea de investigación sobre este supuesto grupo terrorista.

Al menos hasta el día 2‑3 de octubre. Lo que ocurrió entonces dio un giro internacional radical a esta historia, convirtiendo a Teodoro Darnott y a José Miguel Rojas en héroes internacionales para los yihadistas de todo el mundo.


Raimundo Kabchi: el árabe de confianza de Chávez

Agosto de 2006 además, y antes de que Hizbullah‑Venezuela entrase por la puerta grande del yihadismo internacional, Lahssan Haida publicaba en su periódico una interesante entrevista con el doctor Raimundo Kabchi, uno de los oradores en la manifestación de protesta contra los bombardeos israelíes al Líbano del mes anterior. Según aquel reportaje, Kabchi había llegado a Venezuela en 1958, escapando de los conflictos de su Líbano natal.
Prestigioso abo­gado y profesor del Instituto de Altos Estudios Diplomáticos Pedro Gual (adscrito al Ministerio de Asuntos Exteriores), Kabchi no es traductor profesional, sin embargo se convirtió en el principal asesor de Hugo Chávez en asuntos arabes y acompañaba al presidente en sus viajes por Oriente Medio, ejerciendo como su traductor de confianza.
Antes de aquella entrevista, Kabchi ya había acompañado a Chávez en sus viajes oficiales a Arabia Saudí, Qatar, Kuwait, los Emiratos Árabes Unidos, Libia, Argelia, etcétera.
Y continuaría haciéndolo des­pués.
De hecho, cualquier observador mínimamente sagaz que prestase aten­ción a las imágenes de Hugo Chávez en cualquiera de esos países árabes, emitidas por Al Jazeera, Al Arabiya o cualquier otro canal de televisión, no dudaría en descubrir a Raimundo Kabchi, a unos metros del presidente. Si existía una persona en Venezuela que poseía información privilegiada sobre la verdadera relación de Chávez con los árabes, era su traductor y asesor de confianza.
Además era libanés, y por tanto podía estar mucho más cerca del Híz­Dullah real que aquella caricatura sectaria inventada por Darnott.
Así que deci­di dar un volantazo en mi investigación y dirigir mis pesquisas hacia Kabchi.
Nunca había visto a Raimundo Kabchi por la Gran Mezquita de Caracas, como tampoco había visto por allí a ningún miembro de Hizbullah‑Venezuela.
Pero como dije antes, eso era lógico: la mezquita Ibrahim Bin Abdul Aziz Al‑Ibrahim, construida con fondos saudíes, era suní, y los guerrilleros de Hizbullah y la mayo­na de sus colaboradores son chiitas.
Darnott incluido.

Eso me reforzó en mi sospecha de la relación de Kabchi con Hizbullah. Me equivoqué una vez más.

Con referencias como las del director del Centro Islámico Moharnmad Alí Ibrahim Bokhari o el director del periódico Noticias Internacionales Lahssan Haida, que acababa de entrevistarlo, no me costó ningún esfuerzo que Rai­mundo Kabchi accediese a recibirme en su lujoso despacho de la avenida Urdaneta, esquina de Ánimas, en pleno centro de Caracas.
Libanés, asesor de confianza de Chávez y panelista en la manifestación contra los bombardeos Israelíes del pasado julio, cuando llamé a la puerta del Escritorio jurídico Kabchi e Hijos esperaba encontrarme con un comando de Hizbullah en ple­no... Y para mi sorpresa, Kabchi ni siquiera es musulmán.
Nuevo gancho de izquierda a mis prejuicios.

En todos los artículos que había leído denunciando la presencia de organi­zaciones terroristas árabes en Venezuela, el nombre de Kabchi aparecía varias veces, apuntando a su complicidad con el régimen chavista al fomentar las alianzas de Venezuela con el mundo árabe.
Pero todos los autores de esas acu­saciones habían olvidado mencionar que Kabchi es un cristiano maronita, algo que no encaja demasiado bien con mi idea del yihadismo terrorista.
Yo y mi maleta de prejuicios habíamos dado por supuesto que el libanés asesor de Chávez en todos sus viajes a los «países terroristas» tenía necesariamente que ser un fanático islamista, pero como me había ocurrido con Aiman Abu Aita. el líder de las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa en Belén (Palestina), descubri que su lucha contra Israel era política, y no religiosa.
Ambos eran cristianos.

Los maronitas, a diferencia de los coptos, los ortodoxos y otras Iglesias cristianas orientales, nunca rompieron relaciones con el Papa de Roma.
Víctima del colonialismo europeo, como el resto de Asia, África o América, cuando Francia abandonó el Líbano ideó un pseudodemocrático sistema de gobierno que tenía por objeto mantener el equilibrio entre las tres grandes comunidades sociales que convivían en el país. Y de esa forma, desde entonces y por ley, el presidente de la República del Líbano debe ser un cristiano maronita, como Kabchi, el primer ministro debe ser un suní y el presidente del Senado, un chiita. Claro que los franceses no contaron con que la natalidad entre las familias musulmanas es mucho más elevada que entre las cristianas. por mucho que el Santo Padre se empeñe en reprochar los sistemas anticonceptivos.
Con lo cual, aquel reparto equitativo del poder, que imaginaron los franceses de los años cuarenta para mantener el equilibrio entre tres colectivos similares, hace mucho que se desequilibró por el aumento de la población islámica y la reducción de la cristiana.

Raimundo Kabchi es un hombre extremadamente cordial y accesible.

Su elegante traje de corte europeo y la exquisita decoración de su despacho distaban mucho de mi idea de un terrorista. Las únicas armas que vi en su oficina eran los tratados jurídicos y los cientos de libros que atestaban su biblioteca.
Y a pesar de tratarse del hombre de confianza del presidente del país en materia árabe, conmigo siempre fue extremadamente amable y cercano.
Quizás porque le emocionó la falsa historia de mi dramático enviudamiento en Palestina. Y, tal vez por eso, en la primera de mis visitas a su despacho me regaló varias horas de su tiempo para una larga y profunda entrevista, que aquí solo puedo resumir por una cuestión de espacio.

Kabchi aterrizó en Venezuela con dieciséis añitos, escapando de las guerras civiles en el Líbano. Con tan mala fortuna que llegó a Maiquetía el mismo día del golpe de Estado contra Pérez Jiménez. «Y pensé, no fui a morir allí entre los míos, y voy a morir en una acera por aquí y nadie va a saber de mí. Des pués de cinco horas desde Maiquetía llegué hasta la casa de mi hermana en Caracas, que vivía cerca de Miraflores ... »

‑Supongo que todos los árabes venezolanos compartimos esa admiración por el presidente, ¿no?

‑Tienes razón, Muharnmad... Decenas de muchachos árabes nacidos después de la embestida israelí en contra del Líbano, y de Palestina recientemente, llevan el nombre de Hugo Chávez. Me cupo el honor, como venezolano de origen árabe, de que hace dos semanas una universidad árabe de Túnez hiciera una encuesta a lo largo del mundo árabe, en las universidades, y el ídolo para ellos, el hombre capaz de cambiar el mundo, se llama Hugo Rafael Chávez Frías.
En cada manifestación en el mundo árabe no están las imágenes de sus jefes de Estado ni de partido, solo hay dos retratos: el de Hassan Nas­líder indiscutible del mundo libanés, musulmán e inclusive mundial, por su valerosa y heroica resistencia al genocidio israelí, y el retrato de nuestro presidente.
En cualquier país árabe. Hoy día uno va a países árabes y cree que está en una ciudad cualquiera, en un pueblo cualquiera venezolano, porque las imágenes de Chávez están en todas las paredes, en todos los lugares. La bandera de Venezuela ondea en todos los lugares. Cosa que me llena de orgullo como venezolano de origen libanés y árabe.
Kabchi lo sabe porque ha acompañado a Chávez en la mayoría de sus 7 viaies a países árabes. No solo como traductor, sino corno asesor político.
‑Mira, estoy tan imbuido de todo lo que representa Chávez, que soy capaz ae desempeñar cualquier cargo no oficial, no con oficina, no con sueldo. Cualqzuier cosa que me pida Chávez. Y me siento yo agradecido, no él a mí, por las  cosas que yo le brindo, porque me da la oportunidad de hacer algo, primero por este país que adoro, sino también al propio presidente, por lo que significa para mí. Y a este proceso, que no es ya el proceso venezolano, es mode­lo y ejemplo, no para transportar sino para que los pueblos del Tercer Mundo vean en nuestro jefe de Estado un modelo que, con su valentía, interpreta el sentir, la conciencia, el deseo de la gente, que sus gobernantes no hacen.

‑Pero ¿cómo es él en las distancias cortas? –insistí,
-yo, de verdad le digo a mi familia que ojalá todos los venezolanos conociesen de verdad este Chávez que los medios tendenciosos quieren presentar como un tirano, un déspota, un maltratador de mujeres, un hombre hecho como loss prusianos, dentro de un molde de militarismo cerrado, etcétera.
Es un hom­bre sumamente culto, un hombre sumamente dado, es un amigo extraordinario, cree mucho en la amistad, y cuando uno de sus amigos lo traiciona, y son muchos los que le traicionaron... Muchas veces, en los viajes a Medio Oriente, llego a pasar veinticuatro horas con él, y lo conozco con su grandeza e inclusive en las cosas pequeñas de un hombre comun y corriente...

Kabchi es consciente de que una de las cosas que hacen más peligroso a Chavez es el contagio de su ideario bolivariano y revolucionario a otros países de América Latina.

‑Si vemos a Chávez desde la acera de USA o de otros subimperios, como Israel, Blair, etcétera, efectivamente Chávez puede representar un peligro, pero no porque él esté exportando su revolución, sino porque las realidades que agobian a los venezolanos son las mismas que agobian al pueblo latinoame­ricano, al pueblo africano, etcétera. Y estos pueblos saben cuáles son los problemas y se rebelan contra ellos, y con ello concuerdan con los postulados de Chavez.
Pero que Venezuela y Chávez pueden servir de paradigma, eso sí.
Mira, fuimos en contra de las recetas del Banco Mundial, y del Fondo Mone­tario Internacional, pronosticaron que íbamos a estar en una bancarrota, y acaban de reconocer que se equivocaron con Venezuela, y efectivamente Vene­zuela ha generado prosperidad, ha habido un crecimiento, y sobre todo una atención para los desposeídos que habían sido olvidados desde la llegada de Cristóbal Colón a nuestro continente hasta la llegada de nuestro presidente.
Esta gente, hoy en día, con nuestras misiones, tiene acceso a la salud, a la educación, a los productos agrícolas mucho más baratos. Esto puede servir de modelo y ejemplo a estos países. Visto desde el lado yanqui, Chávez es peli­groso, como cualquier persona que trata de cambiar el statu quo que impera en el mundo donde hay explotación, donde otros disfrutan las riquezas de esos pueblos mientras ellos sufren hambre, etcétera.
Raimundo Kabchi es un hombre muy amable. Lo cierto es que resulta fácil hablar con él.

Así que, después de un buen rato de distendida entrevista, me atreví a tocar un tema un poco más escabroso.

Ilich Ramírez Sánchez, Carlos el Chacal, y su relación con Hugo Chávez, que tan duras críticas le había supuesto al presidente de Venezuela en Europa...

‑¿Qué Europa? ¿La Europa que llevó al lugarteniente del Che Guevara a ser ministro de Cultura en Francia?
¿La Europa que viene a defender en Alemania a una persona considerada en nuestro país vecino terrorista y narcotraficante, y le obliga a reconsiderar su proceso?
El presidente Chávez, cuando trata a ese ciudadano venezolano que llaman el Chacal, imprime en esa relación la moral y ética del presidente Chávez.
Un asesino en cualquier sociedad tiene el mismo derecho que tú y yo.
Muchas veces es víctima de la propia sociedad.
Eso no se trata de que tú convalidas lo que ha hecho o apoyas lo que ha hecho, sino sim­ple y llanamente uno apoya a los demás su propia moral. Y así es tratado Carlos el Chacal por el presidente Chávez.
Yo no veo ninguna cosa anómala.
Estados Unidos intervino, personalmente, en Bolivia, contra una sentencia por terroris­ta en un país del centro de América del Sur, e hicieron todo lo posible por lle­varla a USA.
Qué diferencia hay entre lo que hizo USA con sus súbditos, lo que hizo Francia o Alemania con sus súbditos, con lo que hace Chávez. Yo digo más. Venezuela tiene que ser mucho más militante en defender los derechos que tiene Carlos el Chacal.
Será terrorista, será asesino, pero es inocente hasta que haya una sentencia.
Y como venezolano, siendo genio o siendo matón, tiene derechos, igual que en cualquier otra sociedad.
 ¿Por qué la gente, frente a una sensibilidad social de Chávez, se alarma, pero no le criticaron a Mitterrand el llevar al lugarteniente del Che a ser su ministro de Cultura?
Aparentemente, Kabchi no conocía, o no quería aceptar, la sentencia a cadena perpetua que ya había dictado un tribunal francés contra Carlos.
Ya puestos, y vista su disposición a responder todas mis preguntas, me atreví a tocar otro tema sensible: la supuesta complicidad de Venezuela con el terrorismo islamista.

‑Ni los árabes son terroristas, ni el Islam es terrorista.

En el supuesto de que esa acusación falaz fuese cierta, ¿qué relación tiene USA con Arabia Saudita? ¿El Islam de Pakistán, de Musharref, lacayo de USA, es diferente al Islam de otros países?
Ahora eso de Al Qaida y la relación del presidente Chávez con el terrorismo... Llevan ocho años hablando de eso, y no han sido capaces de presentar ni una sola prueba, ni una sola.
Pero hacen sus acusaciones a boleo, y como hay periodistas pagados por ellos, y hay canales de televisión por todo el mundo, entonces amplifican la acusación del imperio, y se hacen eco de ella sin confirmación de ningún tipo.
Estos medios en Venezuela, por ejemplo, que repiten las palabras del Imperio sobre la supuesta relación nuestra con el terrorismo, e inclusive hablan de bases de entrenamiento en Isla Margarita, bueno, pues no tenemos ni un solo kilómetro en Venezuela vedado a nadie.
¿Y no han logrado en ocho años verificar si es verdad o no?
Estos estadounidenses que dicen poder ver desde la luna la moneda que está en la calle de cualquier ciudad ¿todavía no han podido presentar una sola foto, una sola imagen, una sola prueba fehaciente sobre esto?

Antes de despedimos, no pude resistir la tentación de pedirle un pronóstico a Kabchi sobre las elecciones generales que se avecinaban, y en las que todo el mundo tendría puestos los ojos el siguiente 3 de diciembre.
¿Qué iba a ocurrir ese día, según el principal asesor árabe del presidente?

‑Lo que ha pasado en los últimos siete años. En esta «tiranía feroz» de Chávez se han llevado a cabo doce elecciones y referéndums, muchas veces por iniciativa propia de él, y siempre les ha dado una paliza, tanto al Imperio como a los candidatos que se jactan de recibir dinero del Imperio.
Dinero que reciben bajo el manto de una ayuda a las «organizaciones dernocráticas dicho sea de paso, «organizaciones democráticas» que fueron las que hicieron posible el golpe de Estado en Venezuela, que el pueblo rechazó a las cuarenta y siete horas.
Va a pasar lo mismo.
Mira, un presidente que se ha preocupado no solo del 20 por ciento de los venezolanos que pertenecen a la clase próspera, sino del 80 por ciento que pertenece a la clase marginada, a través de todos los programas sociales, este pueblo no puede sino responderle a este presidente. Amor por amor. Un presidente que ha elevado el nivel del pueblo, que ha solucionado para siempre el problema del analfabetismo, el problema de la salud, que era un lujo al que no accedían los pobres y ahora el médico toca tu puerta para saber si estás enfermo; haber construido 5300 escuelas que no se habían construido en toda la historia de Venezuela, una treintena de universidades, y que ha hecho de Venezuela un país donde ser pobre ya no es un estigma.
Ese pueblo responderá como lo ha hecho siete años y votará masivamente al presidente Chávez. Y en la noche del 3 de diciembre saldrán los voceros del Imperio diciendo fraude.
Como lo hicieron el 16 de agosto de 2004.
Los observadores internacionales de la UEA, del Centro Carter, europeos, dicen que fueron libérrimas y ellos decían que fraude y que iban a presentar pruebas, y hasta ahora. Eso ocurrirá el 3 de diciembre, ya lo verán...

Al despedimos, me hice unas fotos con Raimundo Kabchi, tan cordiales sonrientes como las que me había hecho con el sheikh Moharnmad Alí Ibrahim Bokhari.
Y coloqué esas fotos en el álbum que había preparado, con imágenes de toda mi falsa biografia musulmana.
Muy cerca de las de Dalal, mi supuesta esposa asesinada en Palestina. La verdad es que el álbum daba el pego, como había demostrado en Beirut: cuando fui interceptado por los del Hizbullah auténtico.
Cualquiera que registrase mis cosas y encontrase ese álbum, en el que se mezclaban fotos auténticas de mi infancia con otras de mis viajes por diferentes países árabes, las que compartía con mi «esposa asesinada» por los judíos, o con personajes como Bakri, Abayat, etcétera, o con Moharnmad Alí Ibrahirn Bokhari o Raimundo Kabchi, no dudaría de mi origen árabe y mi compromiso con el Islam.
0 eso esperaba, porque había llegado el momento de agarrar el toro por los cuernos y salir hacia la Isla Margarita en busca de Al Qaida.


Margarita, la isla de Al Qaida en el Caribe
(Nota : Y las mentiras de los medios occidentales.)

En la mezquita no fue dificil encontrar hermanos y hermanas que conocían el rumor de los campos de entrenamiento de Al Qaida en Porlamar.
Incluso según me comentaron sin poder precisar demasiado, justo después del 11‑S uno de los responsables de la comunidad islámica en Margarita había sido detenido y trasladado a Caracas para su interrogatorio a manos de agentes del FBI desplazados desde los Estados Unidos.
La cosa prometía.
Los informes del Comando Sur y de la prensa opositora insistían en que era tan evidente la presencia terrorista en la isla, que los yihadistas contaban incluso con un programa de radio propio, «donde poder leer los comunicados terroristas y extender su mensaje de odio». Efectivamente, en algunos artículos sobre el tema pude leer esas referencias a un programa de radio de los yihadistas en Margarita. y esa era una noticia excelente, porque me facilitaría las cosas para localizar a los terroristas una vez llegase a Porlamar. Pero antes necesitaba ayuda.

Yusef W. es un entrañable empresario árabe, propietario de un supermercado situado casi bajo el histórico Puente Llaguno, testigo de una masacre que marcó la historia reciente de Caracas.
Pero también es miembro del Foro de Solidaridad Árabe con Venezuela y vicepresidente de la juventud Venezolana Libanesa.
Desde mi primer viaje a Venezuela una corriente de simpatía nos envolvió recíprocamente.
Aunque Yusef no era, todavía, un musulmán ejemplar. Tendría que pasar un buen susto, al borde de la muerte, y una inexplicable experiencia mística, dos años después, para replantearse toda su vida anterior, y su fe en la gloria de Allah y en sus milagros.
Pero antes de aquello Yusef, como el pornógrafo Salaam1420, era la prueba evidente de que los musulmanes, igual que los cristianos, judíos o budistas, pueden ser tan consecuentes con su religión como cualquier otro ser humano.
0 tan poco consecuentes.
Yusef fumaba, bebía e incluso frecuentaba prostitulos, como cualquier otro respetable cristiano occidental.
Y, pese a ello, la trastienda de su supermercado parecía un auténtico templo a los grandes revolucionarios de la historia.
Compartiendo las mismas paredes del local, junto a un maravilloso cuadro de la Kaaba, en La Meca, aparecían grandes retratos lujosamente enmarcados del Che Guevara, Malcolm X, el subcomandante Marcos o Pancho Villa.
Yusef era un ejemplo fantástico del Islam revoluciomano del que hablaba Carlos el Chacal.
Ese punto de intersección entre el Islam, o más bien el mundo árabe, y la lucha armada de tendencia comunista que a mediados de siglo XX inspiró los movimientos guerrilleros en América Latina, y a organizaciones como Hizbullah en el Líbano o el Frente Popular de Liberación de Palestina.
Y Yusef conocía a unos y a otros.
Tanto a los movimientos armados venezolanos, como los Tupamaros, La Piedrita, Alexis Vive, los Carapaica, etcétera, como a los grupos musulmanes de Isla Margata.
Y si no conocía directamente a alguien, sí sabía de un amigo, de un vecino, de un pariente que me podría llevar a ese alguien.
Así que Yusef consiguió ponerme en contacto con otro hermano musulmán en el Táchira, Abu Ahmad, que a su vez me facilitó un teléfono de otro hermano en Nueva Esparta, Haled Guevara, que conocía a Alí Fakih, que era amigo de Khalid...

Así empezaba el nuevo hilo de Ariadna que tendría que recorrer hasta llegar a los temidos terroristas yihadistas de Isla Margarita, de los que tanto se había hablado.
Y de los que se volvería a hablar en los Estados Unidos solo una semanas después.

Aterrizar en el aeropuerto de Porlarnar me produjo una sensación extrañamente familiar. Como volver a casa.
Y eso no era buena señal.
El de Nueva Esparta era el único estado insular de Venezuela.
Tropical, extremadamente turistico y un «puerto libre» exento de los impuestos del SENIAT (el Servicio Nacional Integrado de Administración Aduanera y Tributaría) venezolano. Inevitable comparar Nueva Esparta con las Islas Canarias en España. Sobre todo al descubrir, nada más llegar, la enorme oferta de ocio que presenta Margarita a sus visitantes.
Por todos lados había folletos y carteles que ofertaban excursiones, submarinismo, escalada deportiva, surf, senderismo... Y no solo eso: en Isla Margarita, y por mucho que Chávez se haya manifestado contra la explotación sexual femenina, se practica una de las más humillantes formas de prostitución que yo haya conocido, algo que no había visto ni durante el año que trafiqué con mujeres.
En aquella idílica isla Caribeña se encuentra uno de los pocos hoteles del civilizado Occidente judeocristiano que ofrece 2 posibilidades de alquilar «novias para las vacaciones, todo incluido». Un complejo turístico que se mantiene con un 6o por ciento de turistas norteameri­canos y un 40 por ciento de europeos, que acuden en busca de una forma diferente de prostitución.
Alquilando la habitación en ese hotel, tienen la posibilidad de escoger entre varias «novias», la que les apetezca para convivir con ella, como una «pareja real» en todos los sentidos, veinticuatro horas al día. Y cuando digo pareja me refiero a la percepción más machista y chovinista del término, ya que la «novia» planchará, cocinará, fregará y por supuesto complacerá sexualmente al varón.
Y si a las veinticuatro horas no está satisfecho, puede cambiar de habitación... o de novia. Claro que si las jóvenes candidatas, en general muchachas llegadas de Caracas, Zulia, Mérida o Táchira en busca de una oportunidad laboral en la Perla del Caribe, no son escogidas por el cliente de turno, o son repudiadas por no cumplir todos los caprichos de su «novio», no cobran la jornada.
Al lado de esa forma de humillación, hasta el despreciable burka afgano me parecía casi más respetuoso con los derechos de la mujer.
Igual que me había desconcertado la actitud de los terroristas suicidas en Casablanca, que olvidaban los objetivos israelíes más valiosos en sus chapu­ceros atentados, me sorprendía la pasividad de los terroristas islámicos en Porlamar ante un antro como ese.

Sinceramente, no comprendía cómo mis hermanos musulmanes, supuestos yihadistas terroristas, no habían dinamita­do ya el puto hotel, con todos los clientes dentro.

No se me ocurriría un objetivo más digno de un yihad que ese burdel disfrazado de respetable com­plejo turístico... desde el punto de vista terrorista, claro.
Pero nada... Al Qaida en Isla Margarita parecía demasiado ocupada en otras actividades.
Porlamar me resultaba demasiado familiar. Aquella isla consagrada al ocio Y el esparcimiento turístico me recordaba demasiado a las «islas afortunadas» de España, y al hacerlo caí en la cuenta de una obviedad, sepultada por mi maleta de prejuicios, de la que no me percaté hasta poner los pies en Margarita.
¿No resulta un poco contradictorio que Al Qaida escoja la isla más turística, visitada y mediática de Venezuela, para establecer sus campos de entrenamiento terro­rista?
De repente me di cuenta de que tal pretensión resultaba tan absurda come imaginar campos de entrenamiento de ETA en Ibiza.
Y en ese momento empe­cé a sospechar que la historia de los grupos terroristas en Porlamar quizás tuvie­se la misma credibilidad que la denuncia de la presencia de Mustafá Setmarian en Venezuela, unas semanas antes de que fuese capturado en Pakistán. (Ver anexos)

Tras dejar mis cosas en uno de los hoteles (que no incluía «novia de alquiler»), empecé un largo periplo por bazares libaneses, tiendas de alfombras persas o restaurantes árabes, hasta poder localizar a uno de los máximos responsables del Islam en Isla Margarita: uno de los nombres señalado en todas las denuncias como líder de los campos de entrenamiento terrorista en Nueva Esparta.
Y el supuesto terrorista, detenido inmediatamente después del 11‑S, y desplazado hasta Caracas para ser interrogado por el FBI. Su nombre: Mohamad Abdul Hadi, vicepresidente de la Comunidad Islámica de Margarita.

Mohamad Abdul Hadi lleva tanto tiempo viviendo en Venezuela que todo el mundo le llama Manuel.
Regenta uno de los abundantes comercios de la moda árabe de Porlamar, concretamente La Bella Dama, en la calle Velázquez esquina con bulevar Guevara.
Y precisamente a él, al Che Guevara, junto a Garnal Abdel Nasser, es lo primero que me encontré al entrar en el despacho de Mohamad, en la trastienda del comercio.
Una enorme fotografla de más de un metro de alto del Che y Nasser, durante la visita que el revolucionario argentino hizo a Egipto en 1965, presidía aquel despacho desde el que, según el Comando Sur norteamericano, se coordinaba Al Qaida en Margarita.
Despacho que, por cierto, grabé de arriba abajo.
Es verdad que existía una abundante biblioteca, y que muchos de los libros estaban en árabe.
De hecho identifiqué varios Coranes, hadices y algunos libros sobre teología islámica.
Pero también vi libros en inglés y sobre todo en español, libros sobre contabilidad, gestión de empresas, historia de las religiones, unos diccionarios y otros títulos tan variados como Cazador de espías, de Peter Wright, o una biografia de Marilyn Monroe, un poco improcedente en la biblioteca de un presunto integrista islámico.
Quizás el libro más comprometido que vi en la biblioteca de Mohamad fue Soldiers of God.
Intuyo que, en un hipotético registro a su despacho, ese sería el tipo de cosas que se resaltaría en el atestado policial, y no la biografia de Marilyn...

Mohamad Abdul Hadi es libanés, y no tiene problema en confesarse devoto nasserista y chavista.
Tampoco oculta su simpatía por Hassan Nasrallah y por cualquiera que se enfrente a Israel y a la «masacre palestina».
Decirle, y en cierto, que acababa de regresar del Líbano y de Palestina, y mostrarle mi magico álbum de fotos familiar, con mis fotografias en Beirut, Ramallah o Yinín, me abrió las puertas y las ventanas a la comunidad islámica en Margarita.
Nadie tenía la menor duda de que yo era uno de ellos.
Y ellos llevaban mucho tiempo asentados en Porlamar.
Sin embargo, los ataques furibundos contra la comunidad islámica en la isla nunca se dieron antes de la llegada de Chavez al poder.

Quizás porque a nadie se le había ocurrido, antes del 11‑S, que los comerciantes musulmanes de Margarita podían ser instrumentalizados como arma política contra el gobierno, a manos de la oposición.

O  esto es lo ‑que sugiere el vicepresidente de la Comunidad Islámica de Margarita.
‑Con Chávez o sin Chávez, íbamos a ser atacados ‑me explica Mohamad. ­Aquí, durante tres años salíamos en primera página con titulares como «Terro­ristas árabes en isla Margarita»; «Campos de entrenamiento terrorista en Isla Margarita»; «El presidente Bush demanda a comunidad árabe de Isla Margarita»
Una vez vino el corresponsal del Washington Post para entrevistarme, y yo le dije que primero diese una vuelta por la isla, para conocer a la gente, la comunidad, y que luego hablaríamos.
Así lo hizo. Dio una vuelta por el centro y alrededores de Porlamar y se dio cuenta de que había una gran comunidad árabe.
Él publicó después «no es extraño ver una mujer con velo, detrás de la caja registradora, en una tienda de Isla Margarita»; «no es extraño ver a un comerciante árabe viendo Al Jazeera en su televisión por cable»; «hay una gran comunidad árabe en Isla Margarita, pero aquí todo el mundo vive en paz».
No hay campos de entrena miento, no hay ningún acto terrorista, aquí los árabes practican a diario su religión sin molestar a nadie.
Salió la entrevista así en el Washington Post, y sin embargo al día siguiente Globovisión anuncia:
«El presidente Bush demanda a la comu­nidad árabe de Isla Margarita según el Washington Post...».
‑Yo he luchado con los hermanos de Hamas en Palestina, y no me aver güenzo... A veces la lucha armada es necesaria... ‑le dije, intentando provocar su reacción.
‑No, hermano, es que no es verdad.
James Hill siempre decía: «En Isla Margarita hay terroristas árabes», «los comerciantes árabes financian a terro­ristas».
Y a raíz de eso vino la DEA. Aquí hay un banco de un libanés, con el que trabajamos todos los comerciantes pues nos da facilidades. La DEA vino e investigó el banco por tres meses. Investigaron todas las cuentas. Cliente por cliente, y nada. Se fueron sin encontrar nada raro.
Pero seguían diciendo que si terroristas, que si campos de entrenamiento en Macanao... Macanao es desértico, no hay nada, solo muchos conejos y unos comerciantes libaneses que los domingos iban a cazar, ¿será que confundieron los conejos con terro­ristas?
Vinieron de Caracas, del gobierno venezolano. Fotografiaron toda la isla, pero seguía la campaña.
Que si el Centro Islámico de Porlamar terrorista... que si actividades terroristas...
Nosotros nos cansamos de responder, pero al final decidimos entregarnos en manos de Dios.
De pronto, cuando Mohamad me explicó que el gobierno autónomo de Nueva Esparta no era el Movimiento Quinta República de Chávez (MVR), sino los adeptos de la oposición, la cosa empezó a tener sentido...
Según el vicepre­sidente de la comunidad árabe de Margarita, el gobierno de la isla, contrario a Chávez, había utilizado a la comunidad islámica como un arma arrojadiza contra el MVR, con excepcionales resultados mediáticos:
‑Gente de aquí decía de nosotros que éramos terroristas. Cuando salimos en una manifestación para protestar por la guerra de Iraq, nos señalaban diciendo: «Ahí van los terroristas». Y lo increíble es que el mismo presidente del partido adeco es de origen libanés y siempre ha estado financiado por políticos arabes. Al darnos la espalda, fuimos apoyados por el ex gobernador, que era cha‑vista. Quizás por eso nos decían terroristas... Recuerdo que era el último élia en Ramadán de 2004. Entra el embajador Shapiro con su agregado militar Y empezamos a explicarle nuestras actividades, a enseñarle la biblioteca, dónde rezamos, la escuela que estamos construyendo, etcétera. Nosotros hablábamos pero él no decía nada. Una hora más o menos... y hermano Muharnmad... al final de la reunión, Charles Shapiro solo dijo esto: «Vine a pedir perdón por ier‑, problemas que les hemos causado». Este es el mejor certificado que nos han dado. El sucesor de Shapiro también vino y tenemos buena relación con ¡a embajada americana... Queremos que nuestra comunidad tenga el compor­uiffiento que el Profeta nos enseñó, ni derecha ni izquierda, sino la línea media. Así Dios nos lo mandó y así lo enseñamos a las generaciones que vienen.

De pronto, la historia de los campos de entrenamiento en Isla Margarita empezó a desinflarse como un caucho pinchado. La imagen del embajador Charles Shapiro disculpándose por la instrumentalización política que la opo­ución chavista había hecho de la comunidad árabe en Porlamar me parecia triste.

Aunque aquellas disculpas no eran reales, y el nuevo director del Coman­do Sur volvería a utilizar mediáticamente la falacia de Al Qaida en Porlamar solo unos días más tarde.

En política, los medios de comunicación son armas tan efectivas como las bombas. Generan corrientes de opinión que después se traducirán en votos. Es decir, en poder. Y para los opositores a Hugo Chávez es evidente que la islamofobia que generó el 11‑S convertía a una comunidad árabe, que además simpatizaba con organizaciones consideradas terroristas como Hamas e Hiz­bullah, en una contundente arma arrojadiza contra Chávez.

Sería absurdo desperdiciar políticamente esa ventaja. Sobre todo porque el hombre que tenía ante mí ya había sido investigado con anterioridad en relación al 11‑S.
Así que, sin quererlo, se lo había puesto muy fácil a los opositores:
‑Nosotros también hemos sido víctimas. A raíz del 11‑S, el gobierno ame­nericano presionó a las autoridades venezolanas para investigar a todos los árabes que en esa época estaban fuera de Venezuela y regresaron después del atentado. Los más investigados fueron los que viajaron al mundo árabe en esas fechas. Yo había ido a ver a mis padres al Líbano y regresé el 9 de septiembre. Una semana después del ii me citaron en la DISIP. Ellos tenían una lista de todos los que fueron a algún país árabe. Me interrogaron, tomaron mis huellas digitales, y todo eso... Yo fui a los Estados Unidos después y cada cuatro o cinco pasos, revisión, cacheo, saca los zapatos, saca el cinturón, registrarte... Ha sido terrible... Para nosotros el ii‑S ha sido también terrible.

Durante los días que pasé en Isla Margarita, con aquellos peligrosos «terro­ristas» de Al Qaida, conocí sus comercios, su mezquita y también su proyecto más ambicioso: un enorme edificio (en realidad dos) de tres plantas, ue tres años después se convertiría en un colegio y centro cultural árabe en el que los cada vez más hijos, de la cada vez más numerosa comunidad islámica de Margarita, pudiesen estudiar la lengua y la cultura de sus orígenes. Por supuesto aquel enorme edificio, que ya estaba en un estado de construcción bastante avanzado cuando lo visité, despertó también las suspicacias y los ataques de la oposición chavista.

‑El colegio ya casi está listo ‑me explicaba Mohamed‑. La gobernación nos prometió hacer una vía de acceso porque está en una avenida. El terreno lo hemos comprado con el esfuerzo de la propia comunidad, y recibíamos donaciones de fuera, pero después del 11‑S Estados Unidos puso restricciones y ya no las pudimos recibir. También fuimos investigados por eso.

Además, Mohamed me presentó en Margarita al responsable del programa radiofónico «de propaganda islarnista» al que se referían los medios opositores y norteamericanos.

Resultó ser Mario Arcentales. No solo no era árabe, sino, venezolano, pero es que ni siquiera era un converso al Islam. Arcentales es un margariteño apasionado por la gastronomía, la música y la cultura árabe que realiza un programa llamado «Bienvenido al mundo árabe», que se emite en Radio Super Stereo 98.1 FM, y que puede escucharse también a través de Internet en www.superstereog8l.com. Mario Arcentales me contó con todo detalle su propia experiencia con la campaña de propaganda contra los árabes en Porlamar. Un escándalo que le salpicó, a pesar de no ser árabe ni musulmán al ser señalado como uno de los colaboradores de Al Qaida en Margarita.

También pude visitar los «campos de entrenamiento» a los que hacían alusión las informaciones periodísticas occidentales... y que resultaron ser cotos de caza en la isla, donde habían fotografiado a un grupo de libaneses con sus escopetas de tiro al pichón o al conejo. La imagen de los «árabes armados en Isla Margarita» era otra de las «pruebas» de la presencia de Al Qaida en Porlamar. Claro que nadie se molestó en precisar que las armas eran escopetas de cartuchos; que el «campo de entrenamiento» era un coto de caza menor; y, sobre todo, que los árabes en cuestión eran libaneses... cristianos maronitas. Como en el caso de Raimundo Kabchi, ni siquiera eran musulmanes. «¡Pues vaya mierda de terroristas islárnicos!», volví a pensar.

Esta versión de la historia tenía más sentido que imaginar a Ben Lade y a Mustafá Setmarian correteando en bermudas por las playas de Nueva Esparta, seguidos por un grupo de jóvenes yihadistas armados con AK‑47, esquivando a los bañistas. Sin embargo, lo cierto es que la isla sí recibiría la visita de peligrosos y desalmados terroristas árabes. Y lo extraordinario es que el mismísimo Hugo Chávez se reuniría con ellos, estrecharía sus manos y posaría sin pudor ante la prensa internacional. Pero eso ocurriría tres años más tarde. En septiembre de 2oo9...

No. La historia de los campos de entrenamiento de Al Qaida en Isla Mar­garita tenía la misma credibilidad que la presencia de Mustafá Setmarian en Venezuela, por mucho que la sensacional revelación llegase del ex-comisario de la DISIP Johann Peña.

Lo que no entendía era por qué cientos de perio­distas, en todo el mundo, la repetían una y otra vez en sus artículos, páginas web, libros, conferencias y programas, sin que nadie se hubiese tomado la molestia de ir a Isla Margarita para confirmarla.
Fue la primera de una inmen­sa lista de tergiversaciones, falacias, manipulaciones, mentiras, exageraciones y absurdas y ridículas tonterías en torno al islam, al yihadismo y al terrorismo en general, que me encontraría repetidas una y otra, y otra vez, en periódicos, documentales y ensayos aparentemente serios y rigurosos.

Allah es el más grande. Como si la providencia quisiese darme una señal de que estaba en el camino correcto, no tuve que esperar ni siquiera un mes para que la conspiración terrorista de Isla Margarita volviese a asomar en los titulares de la prensa internacional.

En septiembre de 2oo6, el Comando Sur del ejército norteamericano volvio a la carga.

Su nuevo general al mando, Bantz: J. Craddock, presentaba una Hoja de servicio tan espectacular como la de su predecesor, el general James Hill. Oficial al mando del Comando Europeo anteriormente, Craddock había participado en la guerra de Kosovo y en la Operación Tormenta del Desierto. Poseedor de numerosas menciones y medallas, como la Estrella de Bronce, la Medalla por Servicios Distinguidos, la Legión del Mérito, la Medalla al Servicio Steritorio de la OTAN, la mención por la liberación de Kuwait, la Cruz de Honor de Oro, etcétera, Craddock expresó con la misma contundencia que su predecesor al mando la preocupación que sentían los Estados Unidos por la presencia de campos de entrenamiento de yahadistas terroristas en Isla Mar­zarita.
Parece que las excusas del embajador Shapiro a los árabes de Porlamar habían sucumbido ante la rentabilidad política de la propaganda contraria a Chávez, tres meses antes de las elecciones generales en Venezuela.
Inmediatamente, el entonces vicepresidente José Vicente Rangel, uno de los políticos chavistas que gozan de más credibilidad, salió al paso de las acusacio­nes de Craddock desmintiéndolas, con más ironía que argumentos. Pero fue inútil. Una vez más, las agencias de prensa se hicieron eco de la preocupación del Comando Sur por las células de Al Qaida en Isla Margarita, Y los periódicos reprodujeron la nota de las agencias. Y los programas de radio y televisión comentaron las noticias de los periódicos. Y las webs reprodujeron los comen­tarios televisivos.
Y los blogs los contenidos de las webs. Y los foros los argu­mentos de los blogs... Y el fantasma de Al Qaida en Isla Margarita resurgió de sus cenizas, como el ave fénix.
Supongo que la reaparición de esa noticia, justo cuando se producía la primera visita oficial del presidente iraní Mahmoud Ahma­ámeyad a Caracas, el día 17 de ese mismo mes de septiembre, era solo una casualidad... Lo más triste de todo es que en Venezuela sí había terroristas. Incluso terroristas árabes. Pero de ellos, los de verdad, no hablaba nadie.

Tras la pista del Chacal entre libros y lienzos.

La experiencia en Isla Margarita había sido periodísticamente muy reveladora. Al menos podía eliminar de mis objetivos la supuesta base de Al Qaida en Venezuela. Y empezaba a intuir hasta qué punto el terrorismo era utilizado políticamente por unos y por otros. Si las acusaciones de yihadismo terrorista habían resultado tan rentables políticamente en un país como Venezuela, ¿podría haber ocurrido lo mismo en Europa o en los Estados Unidos?

Lo que no era una instrumentalizacíón política, ni un rumor, ni una campaña de propaganda yanqui era la historia de Carlos el Chacal. Así que, de regreso a Caracas, continué buscando pistas que me acercasen a la familia de Ilich Ramírez Sánchez. Y fracasé de nuevo.

Pateé las librerías caraqueñas en busca de bibliografla sobre el Chacal para ampliar mi colección. Sabía que varios autores venezolanos, como Álvaro Soto Guerrero, habían escrito libros sobre su paisano, pero no logré encontrar ninguno. Tampoco conseguí localizar ningún ejemplar de L'Islam révolutionnaire, el libro escrito por Ilich Ramírez con la colaboración de Jean‑Michel Vemochet y publicado en Mónaco en 2003 por Éditions du Rocher.

Tenía la esperanza de que existiese alguna edición en español, publicada en Venezuela, o de que al menos me fuese más fácil conseguir el libro en la patria del Chacal, pero tampoco tuve suerte. Ni en las grandes superficies como el centro comercial de plaza de las Américas, el Tolón de Las Mercedes o el Sambil; ni en los abundantes y nutridos puestos de libros de segunda mano de los buhoneros, situados bajo el Puente de las Fuerzas Armadas, en la avenida Urdaneta. Ni siquiera en La Gran Pulpería del Libro Venezolano, un lugar maravilloso en Sabana Grande, donde pasaba los pocos ratos libros que tenía, buceando entre millones de libros, revistas y antigüedades de ocasión, que ningún amante de los libros puede perderse si viaja a Caracas. Se encuentra en tercera de avenida Las Delicias con avenida Solano López, edificio José Jesús, local 2. Allí conseguí interesantes volúmenes sobre la historia de la guerrilla venezolana, biograflas de Hugo Chávez, ensayos sobre la lucha armada... Pero del Chacal, ni rastro. Sin embargo, y sin proponérselo, el responsable de La Gran Pulpería me pondría en la pista de otra línea de investigación. Al preguntarle si conocía el libro El Islam revolucionario, pronuncié el título en español y no en francés como habría sido lo correcto.

‑¿El Is1am revolucionario?... Mmm... La edición española no la conozco, pero he tenido varios ejemplares de la edición del ejército venezolano...

Entran y salen. Ahora no me queda ninguno pero si vuelves el mes que viene, quizás haya entrado alguno.
_¿Edición española? ¿Existe una edición española? ¿Y cómo es eso de que hay una edición del ejército?
Perdóneme, señor, pero no entiendo.
‑Sí, hombre, el libro de las guerras asimétricas y el Islam revolucionario se editó en España, pero se ve que al presidente le gustó tanto que mandó imprimir una edición para el ejército, y acá se sacó también.
En las imprentas del mismo ejército bolivariano...
‑¿Cómo? No es posible... Pero vamos a ver, ¿estamos hablando del libro,  Islam révolutionnaire del comandante Ilich Ramírez, de Carlos el Chacal?
‑No, hombre, no. Yo te hablo del otro, del libro del Islam revolucionario. El que escribió el que era el apadrinado de Fraga... El que debía haber estado en el puesto de Aznar... Cómo se llamaba... Vestrigne, Vastrige...
No sé si me asombraron más los conocimientos sobre la política española que tenía aquel librero caraqueño o su afirmación de que Jorge Verstrynge ‑no podía ser otro‑ había escrito un libro sobre el Islam revolucionario, que había entusiasmado tanto a Hugo Chávez como para ordenar una edición para sus fuerzas armadas.
Aquello no tenía ni pies ni cabeza. Pero era exactamente así.
Me pasé aquella tarde en mi nueva base de operaciones, el cibercafé situa­do en la cafetería del hotel Hilton. Se trata de un lugar discreto, con un buen quiosco de prensa en el mismo vestíbulo del hotel, con ordenadores rápidos y sobre todo, situado a solo cinco minutos de la Gran Mezquita y a dos del apartahotel Anauco, donde se alojan la mayoría de los cubanos de paso por Caracas y donde me reuní con Source un par de veces antes de su boda. En el cíber del Hilton me parapetaba cuando necesitaba navegar por la red sin que ojos indiscretos cotilleasen mis búsquedas. En aquellos ordenadores des­cubrí que, en 2005, la editorial española El Viejo Topo, conocida por su tra­dición izquierdista, había publicado el libro La guerra periférica y el Islam revo­lucionario, de Jorge Verstrynge, inspirado en el libro homónimo de Ilich Ramírez.

Y tal y como me dijo el librero, Chávez se había entusiasmado tanto que había ordenado la impresión de treinta mil ejemplares, a cargo de las fuerzas armadas nacionales, que fueron repartidos entre oficiales y suboficia­les del ejército venezolano.

A raíz de ello Verstrynge había viajado a Venezue­a en calidad de asesor de las fuerzas armadas bolivarianas...

Realmente nunca me había interesado la política. Sin embargo, todo el mundo en España, hasta yo, conoce a Jorge Verstryrige.

Probablemente sea más que pretencioso sugerir, como hacía el propietario de La Gran Pulpería, que si Aznar no hubiese ocupado el lugar que dejó Verstryrige en el Partido Popular, habría sido él quien habría terminado convertido en presidente de España.
Lo cierto es que durante muchos años Jorge Verstrynge fue el secretario general de AP, y el «preferido» de Manuel Fraga. De hecho, José María Aznar estaba, técnicamente, al servicio de Verstrynge en el partido.
Pero ¿que demonios pintaba en esta historia? ¿Tenía alguna relación directa con Carlos el Chacal? ¿Acaso podía ayudarme a contactar con su familia? ¿Cuál era su relación con los terroristas árabes en Venezuela?

Obviamente, ese mismo día me propuse que no pararía hasta conseguir colarme en la casa de Jorge Verstrynge para obtener respuesta a todas estas preguntas.

Hoy recuerdo, divertido, todas las ideas que se me pasaron por la cabeza al encontrarme al ex secretario general de Alianza Popular en mi camino.
Y sé que habría bastado con solicitar amablemente una entrevista para que me hubiese atendido, pero en aquel momento no sabía cuál era la relación de Verstrynge con el Chacal ni con el gobierno venezolano, así que decidí, como siempre, tomar el camino dificil.
Y maquiné un plan muy elaborado para conseguir colarme en la casa del conocido ex político español, con mi cámara oculta... Periodísticamente, aquello olía muy bien. Así que me convertí en colaborador de la revista El Viejo Topo, para llegar a Verstrynge sin llamar la atención.

En aquel primer viaje tampoco logré localizar en Caracas ningún ejemplar del libro de Verstrynge publicado por las fuerzas armadas bolivarianas. Y tampoco pude localizar el libro Ilich, el Chacal, editado por El Nacional, uno de los periódicos, junto con El Universal, más influyentes del país y más críticos con la gestión chavista.

En realidad no conseguí el libro, pero en las hemerotecas de ambos periódicos me hice con un dossier de prensa muy generoso sobre Carlos. Ambos diarios habían cubierto meticulosamente el juicio a Ilich Ramirez en Francia, unos años antes.

Por fin, a punto de tirar la toalla y en otro intento de encontrar pistas en la alcaldía mayor, un camarada del MVR en la «esquina caliente», me dijo dónde podría localizar al pintor que supuestamente había estudiado con Ilich. Ramírez en el Liceo Fermín Toro. Tal vez él conociese a la familia del Chacal, o al menos tuviese algún libro o alguna información que facilitarme. Y así es como contacté con el pintoresco, en el sentido artístico, José Rafael Castillo Arnal.

Castillo vive en la periferia de Caracas, en un barrio muy humilde y conflictivo, pero me recibió cordialmente en su casa, que también es su estudio, donde se amontonan miles de lienzos y pinturas. Porque Castillo no trafica con su arte. Reconozco que me encantó su particular filosofia de vida. Castillo es un luchador infatigable por la revolución, pero tampoco cree en la razón de la fuerza, ni en la violencia. Su fusil es su pincel, y sus balas, las acuarelas con las que crea su fuego revolucionario en cada lienzo.

Para Castillo cada cuadro es un manifiesto. Por eso no los vende. Se limita a hacer exposiciones callejeras, mostrando lienzos que intentan transmitir un mensaje. A mí solo me interesaba uno de ellos: una pintura de casi metro setenta con la imagen más universal de Ilich Ramírez Sánchez. La misma foto reproducida miles de veces en las portadas de todos los diarios del mundo.

Cuando Illich Ramírez se convirtió en Carlos el Chacal y en el hombre más buscado del planeta.

‑Decidí pintar este cuadro de Illich ‑me explica‑ en vista de que siendo venezolano no ha tenido ningún tipo de apoyo. Llegó un momento en que sentí que estaba totalmente desasistido diplomáticamente e incluso que es como un apátrida.

Él fue secuestrado en Sudán, llevado a Francia y desde ese momento está privado de su libertad. A él lo estigmatizaron. Hablar de un terrorista, salir en defensa de una persona considerada terrorista te excluye como un ser social en todo el planeta. Y por eso el gobierno de Venezuela trató de no tocar el tema.
Illich está totalmente desasistido. En vista de esto hice el trabajo y coloqué dentro la Constitución Bolivariana de Venezuela y el escudo nacional. Y escribí sobre la pintura esta frase: «Illich Ramírez Sánchez: la honra y la dignidad se consiguen arriesgando la vida y la libertad... para que otros no sean ni muertos ni prisioneros».
Mi cámara de vídeo estaba grabándole mientras hacía estas afirmaciones, pero debería haberme grabado a mí mismo, porque seguramente mi cara expresaría mi perplejidad ante este discurso. Aquel pintor caraqueño hablaba de Carlos el Chacal con una simpatía, un afecto y una admiración que me turbaban. Por un momento dudé de si hablábamos de la misma persona. Todo lo que yo había leído hasta ese momento, salvó quizás el libro de Nydia Tobón1l y la carta de Hugo Chávez, reflejaba a un sanguinario asesino despiadado y cruel. Presuntamente autor de ochenta y dos asesinatos en todo el mundo. Pero para aquel entrañable pintor, era un héroe; su captura, un secuestro; y sus crímenes, el precio de la libertad...
‑Castillo, dicen por ahí que tú lo conociste en persona, ¿es verdad?
‑Sí, conocí a Illich cuando teníamos aproximadamente dieciséis años. Yo tengo exactamente la misma edad de él. Me acuerdo que hablábamos de la situación que estaba viviendo el país en aquel momento.
‑Cuando él se cambia de instituto tú pierdes el contacto...
‑Él estaba estudiando en el Fermín Toro y lo único que recuerdo es que continuó sus estudios en el exterior. Unos años después empiezan a hablar del Chacal en Europa y empieza a sonar el nombre de Ilich Ramírez Sánchez, pero las informaciones no llegaban a Venezuela con mucha precisión.
Cuan­do surge un hombre de estas características, a la prensa internacional, que siempre ha sido un medio del capital, no le conviene vender esa idea y entu­siasmar a las poblaciones, porque entonces, en vez de uno van a construir miles. La información llegaba muy sesgada, pero yo lo recordé siempre con mucha emoción y le deseaba suerte.

Di gracias a Dios. Allah es compasivo. Por fin, después de tantos fracasos, encontraba a un testigo presencial, a mi primer contacto humano con la verdadera historia del Chacal. Y sentí que, tal vez, después de todo, no iba a ser una misión imposible llegar hasta él.

‑Era una persona que no necesitaba mucho esfuerzo para conseguir novia ‑añadió Castillo‑, porque las muchachas le llegaban de una forma espontánea. Su talante, su aspecto, su educación, su sencillez, inspiraban confianza y lo abordaban. En aquella época, cuando los muchachos queríamos ver si podíamos fumar un cigarro o tomar una copa de licor, él ya lo hacía. En las reuniones le gustaba más que todo hablar de las situaciones y, mientras los demás bailaban, él platicaba mucho.

‑En aquella juventud, ¿tú dirías que ya tenía madera de líder?

‑Yo personalmente lo notaba tímido. No podía imaginar que fuera a tener esa participación internacional en aquellos eventos, en los que intervino con muy buenas intenciones, porque era un hombre muy preocupado por los desasistidos del mundo. Israel surge de un pedazo de terreno que le quitan a Palestina, comenzando un proceso que no se entendía porque estaba muy oculto. Pero para allá fue Ilich...

‑¿Crees que es bueno para Carlos que desde prisión siga defendiendo sus ideas, aunque esto suponga que el imperialismo continúe castigándolo?

‑No sé por qué razón no marca una prudencia, porque si bien es cierto que está en prisión, los franceses han incluso indultado a personas que históricamente hablando son realmente peligrosas, no como Ilich. Él todavía mantiene su posición radical respecto a la arbitrariedad con que los países poderosos se burlan de los pueblos árabes.

‑¿Qué le dirías a Comandante Carlos, si pudiera oírte ahora?

‑Sería bueno que él pudiera sentir que hay personas de este lado del mundo que le deseamos que tenga fortaleza para soportar el cautiverio. Yo quisiera verlo libre. Sé que con la edad que tiene solo quiere volver a su país. Le deseo que se mantenga espiritualmente centrado. Es un hombre fuerte y con fortaleza espiritual. Y debe estar contento porque ya los pueblos desasistidos del mundo comienzan a formar un bloque y a enfrentar, incluso sin las armas, a los países más poderosos del mundo. En este sentido, creo que el presidente Chávez recoge las intenciones que tenían Ilich y otros combatientes del mundo, pero en vez de usar las armas, usa el intelecto, porque a las personas poderosas no se las puede vencer con las armas. Siempre se establece una guerra, gana el más poderoso y los problemas continúan.

Por desgracia, el bueno de Castillo no tenía más información útil. Su contacto con el adolescente Ilich Ramírez había sido muy breve. Y nunca más había tenido comunicación alguna con él ni con su familia. Estoy seguro de que, si hubiese sabido algo más, me lo habría dicho, porque estaba entusiasmado con mi historia como palestino agradecido al Chacal por su lucha con­tra los judíos. Castillo se implicó con mi búsqueda y me acompañó de nuevo a algunos barrios de Caracas, no precisamente céntricos, donde creíamos que quizás hubiese alguna pista para llegar a los hermanos de Illich, pero todo fue inútil.
Y muchísimo más peligroso de lo que yo podía suponer. Si hubiese sido consciente en aquel momento del grado de violencia callejera, del nivel de inseguridad existente en las calles, y la cantidad de robos y asesinatos que asolaban Caracas, jamás se me habría ocurrido meterme en algunos barrios de la periferia. Pero estaba a punto de descubrirlo. Porque varios de mis cama­radas, amigos y hermanos en Venezuela morirían asesinados a tiros durante el transcurso de esta infiltración.

Asesinato en la mezquita

En 2006, el sagrado mes de Ramadán coincidiría entre septiembre y octubre. Sería mi primer Ramadán como musulmán y alguna noche me acercaría a la Gran Mezquita de Caracas, donde la comunidad musulmana caraqueña se reunía, al caer el sol, para compartir la rotura del ayuno en un improvisado comedor, en la cancha de la mezquita, aunque yo todavía no respetaba dicho ayuno. Además, ese mismo mes de septiembre se esperaba la primera visita oficial de Ahmadineyad, y el retrato del presidente iraní comenzaba a decorar las principales avenidas de la capital, mientras Hugo Chávez mantenía su solidaridad con el Líbano y Palestina, y su reproche a los bombardeos israelíes.
Pero Omar Jesús Medina, el campechano vigilante de la Gran Mezquita de Caracas, que no se llevaba el arma a casa, no llegaría a disfrutar de la visita del presidente iraní. A eso de las 17:00 del día 9 de septiembre, apenas una semana antes, dos personas no identificadas todavía se acercaron en una moto­cicleta a la mezquita. Omar había salido de la garita y se encontraba al otro lado de la verja, en la avenida Real de Quebrada Honda. En el lugar exacto donde lo había visto por primera vez. Los motorizados bajaron por el bulevar Amador Bendayán y, sin mediar palabra, le acribillaron a balazos, dándose inmediatamente a la fuga.
A la mañana siguiente, varios medios de comunicación se hicieron eco del enésimo asesinato en Caracas por arma de fuego. Hasta ese día yo todavía no era consciente de lo peligroso que podía ser el país. Y, si Omar Medina no fuese el vigilante de la Gran Mezquita, probablemente su nombre no habría sido inmortalizado en el papel impreso y en Internet.
Al menos no tanto, ni tan mal.
Con asombro pude leer, en varios medios de comunicación afines a la oposicion antichavista e incluso en varias webs abiertamente pro‑judías, una reinterpretación de asesinato de Omar, francamente sorprendente.
En el Diario de América, por ejemplo, Wenceslao Cruz relacionaba el asesinato de Omar con una de las manifestaciones de apoyo a Chávez que se habían producido ese mismo día. Desde la guerra de Israel con Hizbulla y la retirada del embajador venezolano de Tel Aviv Chávez no había ocultado su antipatía por la política israelí. Y a pocos días de la visita del presidente de Irán, era previsible que Chávez se manifestase sin ambages a favor de Ahmadineyad en el enfrentamiento irreconciliable Irán‑Israel.
Chávez no es conocido precisamente por sus dotes diplomáticas al expresar su repulsa a una determinada política.
Pues bien, sus arengas a favor del ilustre visitante y en contra de sus enemigos israelíes, los interpretaron algunos periodistas, como Cruz, como la causa de la muerte de Omar Medina: «Las continuas declaraciones antisemitas del irresponsable presidente venezolano ‑escribía Wenceslao Cruz‑ llevaron a la muerte a Omar Medina, vigilante del centro religioso. El ataque, al parecer, fue resultado del error de un grupo de seguidores de Chávez que confundieron la mezquita con una sinagoga».           En la misma línea, Henrique Vaamonde escribía en el prestigioso diario El Nacional: «... una turba fanatizada, sin duda alentada por la discusión antisemita promovida desde el Gobierno, se dirigió a unas instalaciones religiosas, y al grito de ¡Mueran los judíos! procedieron a dañar la fachada con balas. Pero resulta que lo hicieron contra la mezquita Shekh Ibrahim Bin Abdul Aziz de Quebrada Honda, la cual confundieron con una sinagoga ... ». Ariel Dumas, en el website de la fundación judía Hadar, era más explícito: «Las continuas declaraciones antisemitas del irresponsable presidente venezolano llevaron a la muerte de Omar Medina».

Ninguno de los medios afines al candidato Manuel Rosales, a tres meses de las elecciones generales, llegó a sugerir que Hugo Chávez era el piloto de la moto, o el motorizado que apretó el gatillo.
Probablemente porque es sabido que Chávez, íntimo aliado de los yihadistas terroristas, sabría diferenciar sin ningún problema la colosal y enorme mezquita islámica de la sinagoga Tiferet Israel de Caracas, sede de la Asociación Israelita de Venezuela, que se encuentra en la parroquia El Recreo, en el Municipio Libertador, al oeste de Caracas. Y que se parece tanto a la mezquita de Caracas como la Sagrada Familia al Camp Nou...

Omar fue el primero de los hermanos y camaradas que conocí en esta investigación que moriría asesinado por arma de fuego. Y su muerte, una seria advertencia. La violencia en Venezuela y la facilidad para conseguir un arma convertían cada día de estancia en el país en una lotería. En cualquier momento, en cualquier esquina, me podía tocar a mí. Sobre todo porque, a partir de entonces, empezaría a relacionarme con los personajes más siniestros y peligrosos del extrarradio de Caracas. Los herederos de años de guerrilla clandestina. Décadas de lucha armada contra los gobiernos de derechas en Venezuela, que formaron el carácter violento y pendenciero de algunos de mis nuevos amigos, para los que la vida únicamente se comprende a través del punto de mira de un fusil. El asesinato de Omar Medina era solo el adelanto de todo lo que estaba por venir.

« ¡Aquí huele a azufre! »: la alianza Irán‑Venezuela

La visita de Ahmadineyad a Venezuela, diez días después del asesinato de Omar ‑Medina, fue un éxito. Chávez selló una de las alianzas políticas más importan­tes para Venezuela, que abriría el camino a futuros pactos económicos, comer­ciales y militares entre Caracas y diferentes gobiernos de Oriente Medio. De nada sirvieron los intentos de Occidente por sabotear aquel encuentro.
Tras su escala en La Habana para participar en la XIV Conferencia del Movimiento de Países No Alineados, Chávez recibió a Ahmadineyad en Cara­cas y mantuvieron un encuentro privado en el palacio de Miraflores, seguido atentamente por todas las agencias de inteligencia occidentales. Después acu­dieron al Círculo Militar del Fuerte Tiuna, donde, caprichos del destino, yo asistiría unos días más tarde a la boda de Source con ese importante miembro de la diplomacia venezolana.
Allí los mandatarios firmaron veinticinco acuer­dos para la creación de empresas mixtas de petroquímica, salud, minería, agricultura, entrenamiento para trabajadores siderúrgicos, fabricación de ins­trumentos quirúrgicos, medicamentos y envases plásticos, etcétera.
Y Chávez salió al paso del nuevo rumor difundido por la prensa occidental de que Ahmineyad acudía a Venezuela, conocido aliado del terrorismo, para adquirir ura­nio con el que armar sus bombas atómicas.

Este rumor tomaría el relevo de la historia de Al Qaida en Isla Margarita y, desde aquella primera visita del iraní a Caracas, se ha repetido en infinidad de medios. Un rumor que afecta­ría a los pactos conjuntos para la fabricación de bicicletas, tractores y automó­viles de bajo costo, entre Venezuela e Irán, y que según los críticos era una excusa para poder transportar armas y el uranio para las bombas atómicas, escondido entre las piezas de las bicicletas iraníes... (!)

Entre otras actividades, Chávez y Ahmadineyad inauguraron los trabajos de prospección en el bloque Ayacucho 7, en el estado Anzoátegui, en la Faja del Orinoco. La Faja posee reservas estimadas en 236000 millones de barri­les de crudo pesado y extrapesado, las mayores del mundo. Algo que sin duda tienen muy presente quienes ambicionan el petróleo o el gas de Vene­zuela. En Anzoátegui la petrolera iraní PetroPars y la venezolana PDVSA explotan dichos recursos.
Era la primera visita de Ahmadineyad a Venezuela; más tarde continuaría ;viaje hacia Nueva York para participar en la misma Asamblea General de la ONU en la que Chávez haría historia dos días más tarde. Pero Ahmadineyad regresaría a Caracas en varias ocasiones más, desatando todas las conjeturas imaginables sobre supuestas alianzas terroristas entre ambos países.
 Chávez, sin embargo, ya había realizado otras cinco visitas a Teherán anteriormente. Antes incluso de que Ahmadineyad llegase al poder.

El 20 de septiembre de 2006 seguí en directo la intervención de Hugo Chávez en la ONU a través de Venezolana de TV, un día después de la intervención de George Bush y dos días después de Ahmadineyad.

Asistí, admirado, al furibundo ataque de Chávez contra Bush, en su propia casa. Y a aquella expresión que dio la vuelta al mundo: «Ayer el Diablo estuvo aquí. Huele a azufre todavía ... ». dijo Chávez mientras se persignaba. Pensé que era fácil para Chávez calificar de borracho, asesino o genocida a George Bush en la seguridad y comodidad de su programa Aló, Presídente, pero atreverse a decir aquello en el centro de Nueva York, en «terrítorio enernigo me pareció audaz. Los representantes de todas las naciones seguían las palabras de Chávez absortos, sin pestañear.

Venezuela había presentado su candidatura a miembro no permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, algo que los Estados Unidos no estaban dispuestos a permitir bajo ningún concepto. Y no lo permitieron. Pese al apoyo abierto y público que dieron a la candidatura infinidad de países africanos, latinoamericanos y asiáticos. Incluyendo a la Liga Árabe en pleno.

Más tarde, en una rueda de prensa que también pude seguir en directo en el Canal 8, VTV, Chávez volvió a recomendar el libro “Hegemonía o supervivencia”. de Noam. Chomsky, tal y como había hecho en la apertura de su discurso en la ONU, elogiando la obra del famoso pensador norteamericano. Y al hilo de ello recomendó también la obra del economista John Kermeth Galbraith, a quien le habría gustado haber conocido antes de su muerte. Yo y todos los televidentes escuchamos perfectamente cómo Chávez se refería a Galbraith al expresar su pesar por no haberlo conocido antes de morir, sin embargo, de una forma sibilina, los principales medios de comunicación venezolanos e internacionales presentaron a Chávez como un ignorante y torpe ridículo, que había dicho que Chomsky estaba muerto y que le habría gustado conocerlo en vida.

Es una estupidez, lo sé, pero cualquier lector curioso que se moleste en tirar de hemeroteca descubrirá un encarnizado debate que trascendió a la prensa internacional, intentando desacreditar a Chávez tras su enérgico discurso en la ONU, por su supuesta incompetencia docurnental al «matar a Chomsky».

Yo, que no era chavista, ni siquiera venezolano, seguí en directo. fascinado, aquel ejemplo magnífico de guerra mediática.
Recuerdo a cierta famosa presentadora, un peso pesado en el periodismo opositor, que desde el canal RCTV profirió todo tipo de exabruptos contra Chávez, entre los que ignorante, inculto y «vergüenza nacional» era lo más amable que escuché.
Y dos ideas me vinieron a la mente. La primera, que en Venezuela existía una guerra feroz en la que los medios de comunicación se utilizaban como caño­nes.

Y cualquier cosa, real o falsa como en este caso, podía emplearse como munición, de forma populista.
Y la segunda, que para ser un país en el que los medios de comunicación se lamentaban de la censura del gobierno y de la falta de libertad de expresión, aquella mujer se esta a despachando a gusto con Chávez. Aunque justo es reconocer que unos meses después, al concluir e período de licencia de emisión de RCTV en abierto, el gobierno chavista no se la renovaría.
Así que desde entonces RCTV continuaría funcionando, pero solo en emisión por cable. Al menos hasta 2010.
Sin embargo, en este tira y afloja de medios y poder, justo es reconocer que una vez más fue un compañero de profesión quien me abrió el camino cuandéo intentaba cumplir con otro de mis objetivos: contactar con Al Jazeera.

Dima Khatib, Al Jazeera: ¿la voz de Ben Laden?

El 24 de septiembre comenzó el Ramadán de 2006. Era sábado. Y supongo que no es una coincidencia que al día siguiente VTV emitiese un programa oficcial: Acto de Solidaridad con Palestina y Libano. Y allí volví a escuchar a Raimundo Kabchi y a varios de los participantes en las manifestaciones contra los bombardeos israelíes a Beirut unos meses antes.
El motor de aquella ini­ciativa era una mujer extraordinaria, a la que conocería inmediatamente, y que también pondría su granito de arena, sin saberlo, en esta investigación: Hindu Anderi.

Hindu Anderi es árabe. No puede esconderlo. Su belleza racial lo evidencia. Pero también es bolivariana y revolucionaria hasta la médula. La conocí en los estudios de Radio Nacional de Venezuela donde, sin saberlo, tanto ella como el conocido Vladimir Acosta habían comentado en antena algunos de mis articulos sobre Palestina o el mundo árabe.
Hindu Anderi es nieta de Amín Anderi, hombre de ideas revolucionarias y progresistas, cercano al líder egip­cio Gamal Abdel Nasser. Como en el caso de mi álter ego Muharrimad Abda­llah, Hindu nació en Venezuela (en Carúpano), pero su origen es árabe. Con­cretamente libanés, jefa del Canal Internacional de RNV, es la responsable del Foro Itinerante de Participación Popular. Marta Beatriz colaboraba en su pro­grama y también Comandante Candela, otro personaje que resultaría vital, sin saberlo, en mi infiltración en Venezuela, y que además de en RNV tenía una pagina,  ‑la contra- en el periódico Imagen y Comunicación Revolucionaria , (ICR) y en otros medios alternativos chavistas.

Por otro lado había trabajado hasta hacía poco en el Ministerio de Agricultura y Tierras del gobierno bolivariano, es decir, había compartido oficina con los principales miembros de ETA acogidos por Venezuela...

Tanto Hindu Anderi como Comandante Candela son ejemplos excelentes de bolivarianos químicamente puros. Comprometidos hasta la médula con el proceso revolucionario y con una fe inquebrantable en Hugo Chávez.
Pero en el caso de Hindu, además, al cien por cien implicada en la causa árabe. Hindu Anderi fue quien me puso en contacto con Al Jazeera.
Hasta ese momento yo ignoraba que la cadena de televisión más influyente en el mundo árabe acababa de establecer una delegación permanente en América Latina.
Y la providencia, de nuevo conspirando en mi favor, había propiciado que esa delegación estuviese ubicada precisamente en Caracas, y más concretamente en la oficina 12, del piso 13 de Parque de Cristal, en la avenida de Francisco Miranda.

A pesar de que la sede de Al Jazeera para América Latina se encuentra en Caracas, Dima Khatib cubre toda la información para la cadena qatarí relacionada con el continente latinoamericano.

Nacida en Damasco (Siria), en 1971, Dima Khatib tiene origen palestino. aunque nunca ha podido pisar la tierra de sus ancestros. En 1994 se licenció en Ciencias de la Información en la Universidad de Ginebra (Suiza), porque quería aprender a hacer periodismo con los occidentales, a los que creía informadores audaces e imparciales. Una de las mejores de su promoción, en cuanto salió de la facultad trabajó como corresponsal de la Agencia France Press y productora de Radio Suiza Internacional de Berna. Al Jazeera, que tiene buen ojo para los periodistas de raza, la fichó en 1998, primero como redactora en la sede de la cadena en Qatar, para luego convertirse en la única mujer al frente de una jefatura de redacción durante la guerra de Iraq. Fue corresponsal de Al Jazeera en Asia en 2003, abrió la primera delegación de la cadena en China y en 2005 fue enviada especial de la cadena qatarí a más de veinte países, incluido España (en enero de ese año participó en el VI Congreso Nacional de Periodismo celebrado en Huesca). Antes de establecerse definitivamente en Venezuela, muy poquito antes de nuestro encuentro, había viajado a Chile. Perú, Colombia y otros países de América Latina, lo que explicaba que hablase un español perfecto, con un delicioso acento latino.

Y lamento decir esto, pero me temo que los periodistas orientales, como Dima Khatib, suelen ser más objetivos en sus informaciones que nosotros. Probablemente porque la mayoría se han molestado en viajar a Occidente o incluso en estudiar en nuestras universidades, antes de ejercer el periodismo en medios como Al Jazeera, The Jordan Times, Egipt Today, Al Quds o Medi i Radio. Esos periodistas, en general, suelen conocer Occidente mucho más de lo que nosotros conocemos Oriente.

Y, por supuesto, muchísimos mas periodistas orientales hablan inglés, francés o español de lo que nosotros hablamos árabe, persa o turco.

Recuerdo que, a pesar de ir acompañado por Comandante Candela, quien colaboraba habitualmente con Hindu Anderi en RNV, al principio Dima Khatib me recibió con cierta desconfianza, lo que demuestra su perspicaz olfato periodístico. Supongo que mi historia de venezolano de origen palestino cria­do en España le sonó rara.
Así que me hizo algunas preguntas sobre la región de Yinín, de donde era originaria mi familia, que supe responder gracias a mis dos viajes anteriores a Palestina. Al decirle que el pueblo de mi madre y mis abuelos era Burqyn, miró a su compañero, creo recordar que de nombre Ibrahim, y le preguntó si él lo conocía. Ibrahim negó con la cabeza, y yo res­piré aliviado.
Habría sido embarazoso que el compañero de Khatib conociese ese pequeno pueblo y pudiese hacerme alguna pregunta al respecto que yo no supiese responder.
Pero por fin, tras un rato de charla, Dima me concedió la oportunidad de entrevistarla.
Khatib, que es una reportera muy curtida, se sentía muy decepcionada con los periodistas occidentales por el trato que habían dado a la última guerra libano‑israelí:
‑... Me encontraba en los Estados Unidos cuando empezó la guerra en Líbano... veía todos los días la cobertura de Al lazeera, la de Al Arabiya, etcéte­ra, y luego la de CNN, Fox, CBS, y te digo que aunque hubo uno o dos corres­ponsales americanos que hicieron un esfuerzo muy profesional para dar una noticia objetiva, lamentablemente la cobertura fue súper pro‑israelí. Si mandas tres mil corresponsales a un lado de la guerra y solo uno al otro lado, pues ya estás cambiando la realidad porque no es objetivo. Los corresponsales caminaban con los soldados judíos y cubrían sus incursiones. ¡Por favor! Si quieres ser objetivo, camina también con Hizbullah y da su punto de vista ... Igual hicieron con los soldados americanos en Iraq, pero no con los iraquíes
... Yo estoy indig­nada con la forma en que se cubre Oriente Medio. Es culpa de los periodistas, no intentan ir más allá de lo que les dicen que tienen que hacer...
            Al lazeera ha sido, desde el 11‑S, un grano en el culo para la administración Bush. En noviembre de 2005, la prensa británica filtró una conversación entre Bush y Blair en ‑ la que el presidente de los Estados Unidos sugería la conveniencia de bombardear la sede de Al Jazeera en Qatar...
‑Ellos bombardearon nuestra corresponsalía en Afganistán ‑añade Kha­tib‑, en Kabul, donde estaba Taysyr Aluny, el compañero que ahora está preso en España. Bombardearon la corresponsalía pero afortunadamente no había nadie. Pero en Iraq también bombardearon nuestra corresponsalía y ese día murió nuestro corresponsal.
Tras haber ejercido como periodista por medio mundo, Khatib acababa de llegar a la Venezuela de Chávez. y creo que gracias a Al Jazeera y al presidente Chávez, mucha gente ahora en el mundo árabe siente que en América Latina tiene un apoyo, que aquí hay un pueblo, diferente a otros pueblos, que comprende la problemáti­ca de Oriente Medio. Por ejemplo, hace unos meses estuve en Qatar y un señor me paró en la calle y me dijo: «Tú entrevistaste a Evo Morales, por favor, cuando vuelvas a verlo dile que lo amamos».
Me quedé alucinada, porque este señor sabía de Bolivia y antes ni conocía este país... Recibo muchos correos de gente que dice: «Por favor, cuando veas a Chávez dile esto o lo otro, dile al pueblo venezolano, dile a los peruanos, a Ollanta Humala ... ». En poco tiempo nuestro público se ha dado cuenta de la importancia de América Latina.

Antes dependíamos de las agencias para dar noticias y entonces las decisiones editoriales las tomaban ellos. Mira, Fidel Castro hablaba mucho del mundo árabe y lo apoyaba. Yo me acuerdo que las FARC también han tenido relaciones con la resistencia en Palestina, antes de la caída de la URSS. También los chilenos han apoyado las causas árabes. Pero este momento es histórico, porque tenemos un movimiento que está cambiando el mapa geopolítico de América Latina y está abriendo nuevas puertas hacia el mundo árabe. Sobre todo aquí en Venezuela. Chávez, no ya ahora, sino hace años, tiene más popularidad en el mundo árabe que cualquier líder de cualquier gobierno árabe. Eso te lo aseguro sin ninguna duda. Además, cuando el presidente Chávez habla de los Estados Unidos está diciendo lo que tiene en mente el 99 por ciento de los árabes y a lo mejor de los musulmanes, y entonces se sienten identificados.
Además, Chávez viene de una familia pobre y la mayoría de los árabes también son de clase humilde.
Él habla de unos Estados Unidos que no quieren entender, que no quieren escuchar.
Cuando el presidente Chávez retiró a su embajador de Israel, hizo lo que ningún dirigente árabe se atrevió a hacer... y se convirtió en un héroe. Ahora en Palestina, en las universidades, tienen tres fotos; la del Che Guevara, la de Yasser Arafat y la de Hugo Chávez. En Internet se leen cosas como «Yo ya no quiero ser palestino, quiero ser venezolano» o «Chávez es mi presidente» o «Chávez es el líder de la Umma», etcétera.

Aquí la comunidad judía estaba muy asustada. Yo fui a hablar con ellos pero no quisieron nada con Al Jazeera. Nos tenían miedo. Pero sí dijeron en otros medios que habían recibido amenazas y que no se sentían seguros en Venezuela con el discurso de Chávez...

Llegados a este punto, era evidente que debía preguntar a la corresponsal de Al Jazeera por los rumores que situaban células de Al Qaida en Venezuela:

‑Me acuerdo un día que estaba en un taxi, aquí en Caracas. Pasaba por delante de la Casona y el taxista me dijo: «Aquí está Ben Laden».

No sabía qué decir, porque me pareció muy gracioso que el taxista pensase eso, porque, claro, Chávez «ayuda a los terroristas y todo eso que se dice. Escuché también lo de que había comandos de Al Qaida en Margarita, en la Triple Frontera, en la frontera entre Perú y Chile, etcétera. Yo me fui a buscar a los terroristas y encontré comerciantes, gente normal, que apoyan a las causas árabes, pero eso no quiere decir que sean terroristas. Además, no quiero usar la palabra terrorista porque puede ser cualquier cosa que tú quieras... Lo que sí me dijeron es que ellos sentían que todo eso no fue más que una excusa para que los Estados Unidos mandasen en su servicio de inteligencia a hacer otras cosas, infiltrar su seguridad. De hecho, en Paraguay ahora tienen una base nortea­mericana. Todo eso de Al Qaida. aquí me parecen cosas sin pruebas. Yo al menos no he podido encontrarlas.
También charlamos sobre los periodistas de Al Yazeera condenados, con o sin juicio previo, por su supuesta relación con Al Qaida:
‑Tenemos el caso de Taysyr Aluny en España y también el de Sami Al Hajj en Guantánamo, que muy poca gente conoce. Sami Al Hajj está empe­zando su sexto año allí.
El caso de Taysyr es horrible y lo que le está pasando a su familia... El juicio se manejó de una manera que para mí no es entendi­ble. Empezó por una cosa, terminó por otra, y al final se le acusa básicamen­te de haber entrevistado a Ben Laden.
No sé qué decir. ¿Cómo puede una nación como España aceptar eso?... Es como si yo entrevisto hoy a Chávez y mañana dicen que es un terrorista. ¿Me meterán a mí en la cárcel también? Fntonces la mitad de los periodistas terminarán en la cárcel.
Creo que Dima se indignó especialmente cuando le recordé la acusación de ser los portavoces de Ben Laden por emitir sus comunicados:
‑No se puede decir que seamos portavoces de nadie. Pasamos más veces las imágenes de Bush, o de Condoleezza Rice. Ellos salen todos los días y nadie nos ha acusado de ser voceros de los norteamericanos.
Es un deber perio­distico pasar las imágenes de ambas partes de la noticia para que el público pue­da decidir. En el mundo árabe nos han acusado de ser voceros del MOSSAD, de la CIA y no sé de cuántas cosas más. Es una prueba más de nuestra objetividad.
Dima Khatib, y esto es muy interesante, compartía la opinión de millones de musulmanes, y también de muchos occidentales conspiranoicos, que suge­rian que Al Qaida era un invento de la CIA:

‑El 11‑S fue la perfecta excusa para cambiarlo todo, para cambiar todas las cartas del juego. Y al final la presencia de Ben Laden, el hecho de que siga vivo, es una buena excusa para seguir con la guerra.
Estoy segura de que, si realmente quisieran encontrarlo, lo harían. Ese señor manda vídeos bien edi­tados y montados. Está trabajando cómodo. Por eso me parece absurdo que no lo hayan encontrado. Mucha gente piensa que Al Qaida ha beneficiado más a los Estados Unidos que al mundo árabe.
Como había hecho con Raimundo Kabchi, también aproveché aquel primer encuentro con Dima Khatib para tomarme unas fotograflas con ella. En aque­llas imágenes, los dos aparecemos sonrientes, relajados.
Era consciente de que Dima Khatib es un rostro muy conocido en todo el mundo árabe, y aquellas totos en actitud tan cercana con ella me resultarían extremadamente útiles. Más tarde, quienes vieron aquellas fotos en mi álbum personal solo pudieron interpretar que Muhammad Abdiallah. era alguien muy cercano a la cadena qatarí, o al menos a su ex redactora jefa y actual responsable en toda América
Latina.
Conflo en que mi colega de Al lazeera sepa disculpar y comprender aquel uso bienintencionado de su imagen.

Dima Khatib tampoco sabía dónde podía encontrar a la familia de llich Ramírez. Pero Comandante Candela, al escucharme hacer esa pregunta, inte­rrumpió por primera vez:
‑¿Has probado a preguntar a los Tupamaros?
Si alguien te puede orientar en temas de lucha armada en Caracas, es el Chino.

El mundo a través del punto de mira de un fusil

Aunque es muy importante comprender el origen de los grupos armados chavistas en Venezuela, no me es posible relatar en tan breve espacio la dila­tada historia de la injerencia norteamericana en América Latina.

 Existe abun­dante bibliografla al respecto.

La Ley de Libertad de Información en los Esta­dos Unidos ha desclasificado miles de documentos que reconocen las operaciones encubiertas de la CIA en Panamá, El Salvador, Nicaragua, Repú­blica Dominicana, Guatemala, Guyana, Haití, Chile y un largo etcétera, desti­nadas a poner y quitar gobiernos, más favorables a los intereses norteameri­canos en la región.

Es lógico, los Estados Unidos siempre han antepuesto sus intereses al resto del mundo. Como todos los demás gobiernos. La diferencia es que no todos los servicios de inteligencia tienen la misma capacidad y recursos que la CIA para influir en otros países.

A lo largo de todo el siglo XX, esas operaciones encubiertas de la CIA con­tribuyeron a que diferentes dictaduras militares, ultraderechistas, llegasen al poder a través de golpes de Estado, atentados y/o fraudes electorales en toda América Latina. Y, por contrapartida, en todo el continente surgieron los gru­pos insurgentes, las guerrillas, mayormente ultraizquierdistas, que luchaban desde la clandestinidad contra esos gobiernos aliados de los Estados Unidos.
El triunfo de Fidel Castro y el Che Guevara, derrocando a Fulgencio Batista en Cuba, terminó por convencer a los grupos armados en Latinoamérica de que era posible, de que la lucha revolucionaria armada podía triunfar sobre las dictaduras aliadas del imperialismo. O al menos esta es la interpretación que hacen esos grupos armados de la historia.
Grupos de todo tipo y condición, con una ideología o la contraria, con más o menos capacidad letal, en un extremo u otro del continente americano. Pero con algo en común: la opinión de que es posible conseguir la paz, la justicia y la libertad a través de un fusil o una bomba.

Lo mismo que ahora proclaman los yihadistas.

La lista es interminable: los Montoneros, el Movimiento Nacionalista Tacua­ra o el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) en Argentina; las Fuerzas
Armadas de Liberación Zárate Willka (FAL‑ZW), el Ejército Guerrillero Túpac Katari (EGTK) o la Comisión Néstor Paz Zamora (CNPZ) en Bolivia; el Ejérci­w Guerrillero de los Pobres (EGP), las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR) o la Unidad Revolucionaria Nacional (URNG) en Guatemala... Y también el Ejérci­to Revolucionario del Pueblo en El Salvador; el Movimiento de Izquierda Revo­¡ucionaria (MIR) en Chile; las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN) en Puerto Rico, etcétera. Todos ellos herederos del mismo espíritu que inspi­raba en Europa a Terra Lliure, GRAPO o ETA en la España franquista; o al Movimiento 2 de junio y la Fracción del Ejército Rojo (RAF) en Alemania; el Ejército Republicano Irlandés (IRA) y el Ejército Irlandés de Liberación Nacio­nal (INLA) en Reino Unido; las Brigadas Rojas en Italia, o el Ejército de Libe­ración (UCK) de Kosovo. Todos ellos, menos la española ETA, ya disueltos.

En América Latina, algunos de aquellos grupos guerrilleros continúan, todavía en el siglo XXI, defendiendo su ideología a través de la lucha armada: como el Ejército de Liberación Nacional (ELN) o las Fuerzas Armadas Revo­lucionarias (FARC) en Colombia; Sendero Luminoso en Perú; o el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en México. Sin embargo, otros evo­lucionaron dejando la lucha armada y transformándola en lucha política, como el Frente Sandinista de Liberación Nacional en Nicaragua, el Frente Farabun­do Martí para la Liberación Nacional en El Salvador o la nueva versión del Movimiento de Liberación Nacional‑Tupamaros (MLNT), en Uruguay, cuyo candidato, el ex guerrillero José Mújica, ganaba en noviembre de 2009 las elecciones presidenciales. José Mújica, como había hecho antes Daniel Ortega en Nicaragua, demostró que un guerrillero podía dejar las armas y triunfar en política sin pegar un solo tiro.
Ojalá otros siguiesen su ejemplo.
Los Tupamaros de José Mújica, precisamente, crearon una escuela guerri­llera que, desde Uruguay, se extendió por toda América Latina. El Movimien­to de Liberación Nacional‑Tupamaros nació a principios de los sesenta, en el seno de la izquierda política, donde anarquistas, socialistas y maoístas, iden­tificados con las tesis marxistas e inspirados por el triunfo de la guerrilla en Cuba, decidieron tomar las armas. Asaltos, secuestros, tiroteos... Los tupama­ros uruguayos llevaron la guerrilla, tradicionalmente rural, a las grandes ciu­dades. Según algunas fuentes, la palabra tupamaro proviene del calificativo despectivo que las autoridades coloniales españolas utilizaban con los inde­pendentistas de 1811 en el Río de la Plata. Y su origen hay que buscarlo en el nombre del prócer peruano Túpac Amaru II, que encabezó el levantamiento indígena de 1780 contra los españoles.
De hecho, en 1984 se fundó en Perú el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA). Inspirado también en los camaradas uruguayos de veinte años atrás, y muy relacionados con otros grupos armados peruanos, como Sendero Luminoso, los tupamaros peruanos protagonizaron infinidad de atentados, tiroteos, secuestros y ejecuciones. Aunque sin duda su operación más famosa fue el asalto a la embajada de Japón en Lima, el 17 de diciembre de 1996.
Esa mañana, un comando del MRTA compuesto por catorce tupas, encabeza­dos por Néstor Cerpa Cartolini (atención a este nombre) y Juan Valer Sandoval, que no era emerretista, burló la estricta seguridad de la embajada compuesta por más de trescientos agentes. Se celebraba el sexagésimo tercer cumpleaños del empera­dor de Japón, y la residencia del embajador estaba repleta de invitados: hombres de negocios, militares, diplomáticos. En una operación temeraria y audaz, el MRTA consiguió hacerse con el control de la residencia y con los ochocientos rehenes que había dentro. Y aunque esa misma noche los tupamaros permitieron salir a todas las mujeres, se inició un agónico encierro que duró cuatro meses, mientras todos los medios de comunicación del mundo estaban pendientes de Lima. Durante ese tiempo, los tupamaros fueron liberando a todos los prisioneros que no tenían una relación directa con el gobierno. Sin embargo, setenta y dos rehenes perma­necieron en poder de los guerrilleros durante ciento veinticinco días de asedio.
Ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo en la negociación, el 22 de abril de 1997 el presidente peruano Alberto Fujimori dio luz verde a la Ope­ración Chavín de Huántar, y ciento cuarenta agentes de élite tomaron al asal­to la residencia del embajador. A pesar de que en el asalto murieron un rehén y dos agentes, se consideró un éxito, ya que el resto de prisioneros fueron liberados y los catorce tupamaros murieron allí mismo.
Según pericias poste­riores, en algunos casos de forma irregular.

El presidente de Venezuela Rafael Caldera, como otros mandatarios latinoame­ricanos del momento, apoyó a Fujimori en su decisión de atacar la embajada s eliminar a los terroristas. Pero una corriente de simpatía por los «héroes» del MRTA se extendió por todos los movimientos ultraizquierdistas del continente, y en Cara­cas, como en otras capitales latinas, surgieron simpatizantes del MRTA, e incluso grupos armados que adoptaron el nombre del líder del asalto, Néstor Cerpa Carto­lini. Y esos círculos bolivarianos radicales, armados hasta los dientes y herederos de toda una tradición violenta en América Latina, como la Unidad Táctica de Comba­te Néstor Cerpa Cartolini, el Colectivo la Piedrita, el Movimiento Revolucionario de liberación Carapaica, el Colectivo Alexis Vive, los Guerreros de la Vega, el Frente Bolivariano de Liberación y sobre todo el MRTA‑Capítulo Venezuela y sus diferen­tes y enfrentados grupos tupamaros, se iban a convertir en mis nuevos amigos, maestros y camaradas de armas desde entonces. Y también en lo contrario.

23 de Enero: territorio tupamaro

Me sorprendió lo relativamente cerca que se encuentra el Palacio Presidencial de Miraflores de la legendaria parroquia del 23 de Enero. Dicen que es el barrio más peligroso de Caracas, «donde no se atreve a entrar la policía ni los periodistas», pero yo eso no lo supe hasta que ya estaba dentro.
De lo contrario posiblemente no me habría atrevido a meterme allí.

Situado al noroeste de la ciudad, supongo que no tuve reparo en adentrarme en el 23 de Enero porque yo tenía allí una aliada: Carol, la joven que conocí en España durante mi investigación de las mafias del tráfico de mujeres y que se prostituía junto con sus hermanas en la agencia clandestina de mi amiga Ania. Así que en caso de problemas, al menos tenía alguien a quien acudir. O eso creía...

En sus diferentes sectores, como El Observatorio, La Piedrita, La Silsa, Mirador y un largo etcétera, conviven miles de revolucionarios, con experiencia en combate, que durante toda su vida pertenecieron a la guerrilla y protagonizaron enfrentamientos armados contra la policía o el ejército de la IV República. Algunos de ellos, me consta, lucharon al lado de Hugo Chávez cuando protagonizó el golpe de Estado del 4 de febrero de 1992 contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez. Siempre me sorprendió que mis amigos chavistas se ofendiesen si alguien llamaba «golpe de Estado» a lo que ellos denominan «alzamiento popular», a pesar de que en aquella ocasión Hugo Chávez también se levantó en armas contra el primer presidente venezolano que había sido triunfador en dos elecciones democráticas no consecutivas. El calificativo de golpistas lo reservaban para quienes intentaron derrocar a Chávez en 2002, consiguiendo más o menos el mismo éxito que su «alzamiento popular» en 1992.

Aunque tengo mi propia teoría sobre los incompetentes e indisciplinados aliados de Chávez en aquel alzamiento, lo cierto es que fracasó, y Hugo Chávez fue capturado y condenado a prisión.
Sin embargo, la inmensa mayoría de sus camaradas volvieron a sus casas, por ejemplo en el 23 de Enero, llevándose consigo las armas que habían utilizado en el golpe, es decir, el alzamiento, contra Carlos Andrés Pérez. Y esas armas siguen en el 23 de Enero y por toda Caracas.
El 12 de noviembre de 2009, las autoridades venezolanas destruyeron treinta mil armas ilegales, en una operación sin precedentes contra el crimen organizado, pero me consta que son solo la punta del iceberg. Entre Venezuela y otros países latinos, y también árabes, existe un fluido tráfico de armas y municiones.

Milicianos, guerrilleros y tupamaros, que habían participado en la lucha armada antes y después del 4 de febrero de 1992, tampoco entregaron sus armas cuando, dos años después, Hugo Chávez salió de la cárcel, indultado por el presidente de Venezuela, y se convirtió a su vez en candidato a la presidencia. Ni las entregaron cuando, en 1999, Hugo Chávez gana las elecciones y llega por primera vez al poder. Según los Tupamaros, sus armas están al servicio de la Constitución bolivariana y del presidente Hugo Chávez, al que todos juran fidelidad. Pero al que todos desobedecen cuando insiste, una y otra vez, en que los grupos armados son ilegales y que deben entregar sus arsenales.

En su defensa, los Tupamaros y demás grupos armados bolivarianos alegan la presencia de paramilitares colombianos en el país, la existencia de grupos armados opositores, que conspiran contra el legítimo mandatario de Venezue­la, y el incremento del crimen organizado en los barrios caraqueños, que ‑según ellos‑ la policía no está cualificada para combatir... De hecho, la leyenda negra que rodea a los Tupamaros se generó en su lucha armada con­tra el crimen organizado y el narcotráfico en los barrios de Caracas.
Hartos de la impunidad de las mafias, los Tupamaros, como habían hecho la ETA ori­ginal, el IRA y otros grupos armados, se erigieron en guardianes de su comu­nidad, asesinando a traficantes de drogas, violadores o asesinos.
Sin juicios ni jurados. Aunque eso los convirtiese a ellos mismos, a la vez, en asesinos.
Vamos, que no entregan las armas de ninguna de las maneras.
Uno de los líderes más conocidos del 23 de Enero, aunque no vive en la parroquia, es el tupamaro Alberto Carías Pedraza, alias Comandante Chino. Confieso que, en cuanto me lo presentaron, sus pequeños ojos negros, sus manos grandes y fuertes y un número 666, el símbolo del diablo, tatuado en su cuello no me dieron muy buena espina. Sin embargo, yo debí de caerle simpático, porque desde el primer día Comandante Chino se convirtió en mi «padrino», mi camarada y mi protector en Caracas.
El Chino es un tipo peligroso.
No tiene miedo a morir, pero lo malo es que tampoco tiene miedo a matar.
Cuando estreché su mano por primera vez, una mano acostumbrada a empuñar un fusil, tenía cincuenta y un años, de los cuales había pasado casi cuarenta en la lucha armada. Espaldas anchas, fuer­tes, pero también llenas de cicatrices por la lucha en las montañas de media Venezuela, Nicaragua, El Salvador, etcétera, y por las torturas en las cárceles de la policía venezolana, anterior al triunfo de Chávez.

La experiencia del Chino en los calabozos de la DISIP o de la PJ podría dar para más de un guión cinematográfico. Lo han sometido a electroshock, le han congelado el cuerpo, le arrancaron las uñas... incluso le rompieron la rodilla con la culata de un fusil, en sus tiempos de rebelde estudiante univer­sitario. Una lesión que le pasaría factura años después, y para cuya operación debió solicitar los fondos al FUS.
El Chino se bautizó en la lucha armada a los doce años, y desde entonces no paró: «Me crió mi abuela, que ya venía del Partido Comunista de Vene­zuela. Ella creó las primeras células de la guerrilla urbana en Caracas. Mi abuela, la madre de la mujer de mi padre, me fue inculcando amor hacia el pueblo, la solidaridad, el ser un hombre noble, honesto, y sobre todo trabaja­dor. Trabajo desde que tenía dieciséis años. A los doce años, un primo mío se incorpora a Bandera Roja, en ese momento un partido en armas, que enfrenta las políticas hambriadoras de los gobiernos de turno. Y ese carajo me incorpora justo cuando matan a Tito González Heredia, un guerrillero legendario venezolano, que fundó Bandera Roja... justo en ese momento me incorporan y me plantean que había una actividad que no podían hacer ellos.
Tenía que ser un niño porque había que entrar por un lugar pequeño. Había que poner una bomba en una iglesia católica, en el centro de la ciudad. Me dan el explosivo, y claro, inexperto, lo coloqué mal y la bomba estalló antes de tiempo. Me aturdió y fui capturado. Me agarró la Policía Metropolitana, de allí me pasaron a la DISIP y duré ocho días en los calabozos ... ».

Cuando conocí al Chino en 2006, era el director nacional de ideología del Movimiento Túpac Amaru en Venezuela y responsable de su aparato militar.
Pero al mismo tiempo, y esto fue lo que me asombró más, era el subsecretario de Seguridad Ciudadana de Caracas.
De hecho, de su mano yo visitaría dos veces el edificio de la DISIP, recibiría adiestramiento paramilitar, participaría en la grabación de comunicados «terroristas» y sería testigo de acontecimientos históricos, en primera persona.

Pero aquel día estaba allí con mi cobertura de luchador social palestino y colaborador de los medios árabe‑venezolanos.

Y el Chino Carías me adoptó como si fuese su hijo, y no tuvo problema en responder ante mi micrófono a todo lo que le preguntaba. Como corresponsal de los medios alternativos bolivarianos y árabe‑venezolanos, se me consideraba un aliado. Esto es solo un resumen:

‑La primera vez con doce años, pero no fue esa la única vez que te detuvieron...

‑No, tengo como veintiséis entradas en los cuerpos represivos del Estado. En la mayoría de ellas, no estaba involucrado en nada, sino que aquí antes te metían preso y luego «investigaban». Vivía en el 23 de Enero y, si mataban a un policía, venian a por el Chino Carías. Yo salía de la cárcel, mataban a otro policía y ya me buscaban. O sea, fueron creando como un historial falso sobre mi actividad revolucionaria. Tengo ocho entradas por asesinatos de policías, de las cuales no he participado sino en una, por la cual duré dos años en el Cuartel San Carlos. El resto han sido montajes. No tenían a quién meterle el expediente y me lo endosaban a mí.

Así, con toda la naturalidad del mundo, Alberto Carías acababa de reconocer que había participado en el asesinato de un policía venezolano... Más tarde me confesaría,con la misma naturalidad su participación en otros ajusticiamientos, ya como líder tupamaro.
De hecho los Tupamaros, como otros grupos armados bolivarianos, se ganaron el respeto del pueblo venezolano ejecutando sumariamente a sospechosos de narcotráfico, violaciones, etcétera, en barrios como el 23 de Enero justicia popular, lo llamaban...

Torturado tanto en las celdas de la DISIP como de la DIM (Dirección de Inteligencia Militar), probablemente aquellos tormentos modelaron la personalidad del Carias adulto:

‑... tienen un sillón, como este, donde tiene dos apoyabrazos. Te amarran los brazos, el cuerpo y los pies desnudos. Buscan dos cables y los pegan a un teléfono que es una bobina, y cada número que marcan te pega una descarga eléctrica. Entonces te la ponen en la lengua, en los testículos, en los dedos de los pies. Luego de eso, en esa misma silla, te sacan las uñas con unos alicates... Lo viví yo. A mí me sacaron las uñas del pie, sentado así. El capitán Viloria me dio con una mandarria [martillo] y me fracturó dos dedos. Y me jodió hasta el médico que me atendió, porque allí, en plena sala de tortura a mí me da un preinfarto. Yo acababa de cumplir dieciocho años, pero ya los tipos me tenían enfilado. Y cuando me sacaron las uñas me llevan al hospital militar y el médico me pregunta que quién me torturó de esa manera, yo le digo que el capitán Viloria y el carajo me partió la nariz y me dijo: «Yo también soy militar, tú no puedes decir eso». Y me presentaron a la prensa, con los dedos enyesados, la nariz enyesada y la cara destrozada...

‑¿Y así empezó tu carrera en la guerrilla?

‑A raíz de ahí nosotros nos levantamos en armas contra la política de turno. Política que tenía como objetivo llenar de hambre, de miseria, de represión a este pueblo. A un pueblo indígena. Eran los mismos que quisieron callar a Guaicaipuro, al indio Tequendama, a los indígenas originarios que se levantaron contra el imperio español en su momento. Nosotros nos alzamos en armas contra ese gobierno que era financiado y dirigido por el imperialismo norteamericano. Inicialmente comenzamos la lucha urbana aquí en Caracas. Luego estuvimos en el interior del país, donde fundamos el Frente Guerrillero Américo Silva, con alguno de los cargos claves dentro del proceso revolucionario actual, como luan Barreto o el diputado Brito, con quienes viajamos a Centroamérica, en solidaridad con esos pueblos hermanos, a Nicaragua, El Salvador... dando apoyo a Radio Rebelde, que se transmitía desde las montañas de Tegucigalpa, mientras el imperialismo bombardeaba las antenas de esa radio. Y dos días después nosotros las estábamos instalando. Han sido cuarenta años largos de lucha, donde uno ha sido torturado, vejado...

‑¿Y cómo pasas de las guerrillas de Centroamérica a la Revolución bolivariana en Venezuela?

‑En el año 85 contactamos con unos militares venezolanos que habían despertado ante tanta miseria, ante tanta represión, torturas, asesinatos, desapariciones... Y estos militares nos informan a nosotros de que hay una rebelión interna en las fuerzas armadas, y que ellos crearon el movimiento bolivariano MBR200, y que se hacía necesaria una alianza entre los militares y nosotros los civiles alzados en armas. Se comienza a planificar la insurgencia cívico‑milítar del año 92. A mí me contacta el teniente Lucho, el teniente Gato, que Dios lo debe de tener entre sus brazos, porque murió en combate, en el 92. Aquello no fue una intentona de golpe, eso es mentira. Nosotros simplemente asumírnosla Constitución, asumimos la defensa de la Patria, la República. Insurgimos. como un solo ejército, como un solo pueblo cívico‑militar, para derrotar al partidismo, la burocracia, las desapariciones y los asesinatos. Insurgimos en función de eso. Para enfrentar al enemigo histórico del pueblo venezolano.

Tras su paso por Bandera Roja llegó el momento de fundar los Tupamaros...

‑Salí de Bandera Roja porque empezaba a dar un giro hacia la derecha, a vincularse con los enemigos del pueblo, con AD, COPEI, los que nos torturaron, los que mataron a los fundadores de Bandera Roja, a Tito González Heredia, a Américo Silva, a Jorge Rodríguez, a Jesús Márquez Finol (Motilón), héroes revolucionarios. En 1982 nosotros nos retiramos de Bandera Roja y creamos el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru. Nos alzamos en armas contra esos gobiernos de tumo, y comenzamos un proceso de saneamiento social. De ejecutar, mediante operaciones encubiertas, a narcotraficantes, a violadores, asesinos de niños y ancianas...        
Esos sujetos, mal vivientes, eran ejecutados por el Movimiento Tupamaro. Luego, en el año 2004, se hace un pleno nacional para legalizamos, porque ya no había la necesidad de mantenerse en la clandestinidad, pero con la condición de que no se iban a entregar las armas, que quedarían en poder nuestro. Y yo, como director nacional de ideología, legalizo el movimiento como partido político electoral. Pero ocurre lo mismo que cuando legalizamos el partido y te abres: llegan los aventureros para intentar tomar posiciones dentro del partido, como una franquicia, para vender el nombre. Y por eso, el año pasado, un grupo de combatientes decidimos separamos del partido político electorero y recuperar el nombre que tenemos en Perú, Uruguay, Argentina, etcétera. El Movimiento Túpac Amaru MRTA, del cual yo soy secretario general y en este momento responsable del aparato militar.

Una de las cosas más extraordinarias del Chino es que ha estado metido en todos los conflictos armados, broncas y kilombos que se hayan podido producir en Venezuela durante el último medio siglo. Y en todos ha tenido un papel protagonista. Incluyendo el golpe de Estado contra Chávez el 11 de abril de 2oo2. Ese día los movimientos armados bolivarianos sacaron sus armas y sus máscaras a la calle, para recuperar a plomo los edificios oficiales tomados por los golpistas. Paradójicamente, Carías recuperó la DISIP, donde había sido torturado tantas veces:

... me llama un compañero y me dice que la DISIP estaba tomada por un grupo de golpistas, que necesitan veinte combatientes, y yo le digo que nosotros, el Movimiento Túpac Amaru, no tenemos veinte, pero que no se trata de cantidad sino de calidad de los hombres, y le decimos que le podemos dar diez combatientes. Efectivamente, avanzamos al edificio de la DISIP y tardamos como cinco horas, a sangre y fuego, en recuperar la DISIP, desde Prevención Uno, hasta la Dirección General, que queda en la cúpula. Aclararemos que antes la DISIP fue el órgano más represor, pero ahorita la DISIP es un órgano de inteligencia del Estado, no es una policía. Y está dirigido por revolucionarios...

Como ya dije, hasta en dos ocasiones, y de la mano de Comandante Chino, yo visitaría la dirección general de la DISIP, en la última planta del emblemático Helicoide de Caracas, durante esta infiltración. La primera de ellas poco después de realizarse esta entrevista. A pocas semanas de las elecciones gene­rales, la tensión se notaba en el ambiente.
Chávez había sabido utilizar la nutrida historia de las injerencias norteamericanas en América Latina para insuflar el temor a una permanente amenaza de invasión yanqui.
Y el Chino Carías no tenía el menor pudor ni recato al advertir a los norteamericanos:
‑... hay que tener las armas pulidas y guardadas... y bien engrasadas. Nosotros, por ejemplo, le podemos decir al Imperio que no se equivoque con Venezuela. Aquí nosotros les vamos a dar la lucha cuerpo a cuerpo. En los caseríos, en los barrios, en los bloques, en las cloacas. Por donde intente penetrar el imperio, ahí estarán los combatientes. Con sus armas, con su ideología, con su moral. Dispuestos a enfrentar esa cobardía invasora nortea­mericana. Y no solamente en Venezuela. Nosotros activaremos nuestras célu­las y nuestros combatientes en todo el continente, y atacaremos objetivos mili­tares y económicos del Imperio en América y en Europa. Nosotros no vamos a permitir que ellos vengan, penetren, violen la soberanía nacional y monten una dictadura burguesa en Venezuela. Patria o muerte.

Evidentemente que necesario va a ser vencer. Ante eso, o hay patria para todos, o no habrá para ninguno porque esto va a arder como un polvorín. Y sobre las cenizas de ese polvorín construiremos una patria nueva para todos...
Más tarde tuve que escuchar la cinta de nuevo porque no daba crédito al men­saje que acababa de grabar: «Atacaremos objetivos militares y económicos del Imperio en América y Europa ... ». Se puede decir más alto, pero no más claro. Comandante Chino acababa de hacer una declaración formal de intenciones terroristas contra los norteamericanos si se atrevían a invadir Venezuela.
Muy proba­blemente lo mismo, que hicieron en su día los miembros de la resistencia iraqui, afgana o palestina. Pero no fui el único periodista testigo de aquella advertencia.
En aquellas semanas previas a las elecciones, Caracas se convirtió en un hervidero de reporteros internacionales, y muchos de aquellos corresponsales estaban interesados en el mensaje que los grupos armados bolivarianos querían transmitir a los Estados Unidos. En calidad de comandante de los Tupamaros, el Chino había grabado varios comunicados encapuchado y rodeado de sus mili­cianos armados, advirtiendo al gobierno de los Estados Unidos que, si se pro­ducía una intervención norteamericana en Venezuela, como las que se habían producido anterionnente en Granada, El Salvador o Panamá, encontrarían resis­tencia armada. Entre los reporteros que consiguieron grabar aquellas siniestras imágenes de Comandante Chino llamando a la resistencia armada, estaba el conocido reportero de la CNN en Colombia Karl Penhaul.13 Tres años después,
Penhaul por Tel Aviv y yo desde Egipto intentaríamos colamos en la Franja de Gaza durante la última ofensiva israelí... Pero eso sería mucho después.
En aquel momento, las imágenes que grabó Penhaul me recordaron inevitablemente otras grabaciones de comunicados terroristas, muy parecidos en su puesta en escena, como el vídeo de los asesinos del 11‑M reivindicando el atentado, o los comunicados de ETA, el IRA o las Brigadas Rojas. En ese momento era imposible que yo pudiese imaginarme a mí mismo participando, armado y enmascarado, en uno de esos vídeos. única forma de descubrir lo que se oculta detrás de la cámara cuando se graba un comunicado terrorista...

Solidario con otras «causas revolucionarias», como la mapuche, la etarra o la palestina, el líder tupamaro había tenido la oportunidad de compartir lucha armada con personajes casi míticos en la lucha guerrillera, como el subcomandante Marcos, del EZLN:

‑... Estuvo combatiendo en Nicaragua... A él le decían el Mexicano. Es un hombre que tiene mucho amor, no solo al indígena zapatista, o al indígena mexicano, sino a toda la humanidad. Yo lo podría comparar con el comandante Tomás Borges, de Nicaragua. Un hombre muy ganado para el proceso de lucha, no solo en México o en el continente, sino en el mundo.

Y por supuesto, no solo conocía sino que confesaba su admiración por Ilich Ramírez Sánchez, alias el Chacal:

‑Yo no lo veo como el Chacal, que es una vaina despectiva. El Chacal es un perro que come basura, escoria. Para mí es el comandante Ilich Ramírez, que se levanta contra Israel, hermano, que se levanta contra el Imperio norteamericano.
Tiene una ideología. Cuando él ha hablado con periodistas internacionales, tiene un discurso coherente, basado en la liberación del pueblo palestino. En contra de las masacres que viene cometiendo el Estado israelí. Y partiendo de ahí es que hay que reivindicarlo. Como el comandante Ilich Ramírez, no como el Chacal. Un venezolano que queremos y abrazamos: un saludo para él, en ese calabozo, que creo yo que es el sitio más digno que hay en Francia.

Desde ese día el Chino Carías me acogería en su círculo de confianza. Fue el primero empeñado en facilitarme un arma en Caracas «Para tu seguridad», porque el Chino entiende la vida a través del punto de mira de un fusil. Y el destino querría que terminásemos compartiendo «misiones», no solo en América, sino también en Europa.

Esta entrevista se grabó a solo unas semanas de cumplirse el segundo aniversario del asesinato del legendario fiscal Danilo Anderson. Comandante Chino Carías, amigo personal de Anderson, había sido uno de los primeros funcionarios en llegar a la morgue de Caracas, en calidad de subsecretario de Seguridad Ciudadana, para identificar el cuerpo, dar el pésame a la familia, y para intentar evitar que el atentado contra Anderson desembocase en una vendetta incontrolable.
Danilo Baltasar Anderson era un personaje muy popular y querido en Vene­zuela, sobre todo después de muerto.
Nacido en el barrio caraqueño de La Vega, el 29 de noviembre de 1966, se licenció en Derecho en la Universidad Central de Venezuela, en 1995, especializándose en criminalidad medioam­biental. No pertenecía al MVR ni a ningún partido político, lo que le confería un cierto crédito como jurista independiente.
En el año 2000 ingresó en el Ministerio Público como fiscal, y tras el golpe de Estado de 2002 él se encar­gaba de investigar a algunos miembros de la oposición venezolana, presunta­mente relacionados con el golpe.
El 18 de noviembre de 2004 una potente carga explosiva oculta bajo su coche acabó con su vida.
Su asesinato colapsó al país.
Y todavía lo hace en cada aniversario de la fatal fecha. Danilo Anderson recibió los mayores honores de héroe nacional en la historia moderna de Venezuela. Sus restos fueron velados en la capilla ardiente del Hemiciclo de la Asamblea Nacional.
El presidente Chávez le concedió la orden póstuma del Libertador, y el paso de su cortejo fúnebre hasta el Cementerio del Este, escoltado por los miembros del gobierno más importantes ‑incluido Chávez y su vicepresidente José Vicente Rangel‑ fue transmitido por televisión ... y pese a todos esos honores, su asesinato continúa rodeado de misterios.
En aquellos días de mí primera visita a Caracas, el ex concejal Carlos Herre­ra y los hermanos del fiscal ‑Marisela y luan José Anderson‑ preparaban un voluminoso libro que vería la luz algún tiempo más tarde, donde recogerían las partes más importantes del sumario, para señalar a los posibles autores intelectuales del crimen. Verdades del Caso Anderson, subtitulado: «Su muerte se planificó en una boda real y lo mandaron a matar los banqueros golpistas del 11 de abril», incluye más de ciento ochenta fotos y sesenta documentos policiales y judiciales (interrogatorios, autopsia, periciales, etcétera) nunca antes publicados.
Según los autores, el asesinato del fiscal lo ordenaron los banque­ros que apoyaron el golpe de Estado contra Chávez de 2002, y se planificó durante el enlace «real» entre María Vargas Santaella, hija del millonario ban­quero venezolano Víctor Vargas, y Luis Alfonso de Borbón, bisnieto del dictador español Francisco Franco y pretendiente a la corona de Francia como único heredero de su padre, Alfonso de Borbón y Dampierre, duque de Cádiz, y primo del actual rey de España, don Juan Carlos de Borbón. Pues bien, duran­te su boda en Santo Domingo (República Dominicana), el 6 de noviembre de 2004, a la que asistieron algunos de los personajes más influyentes de la opo­sición venezolana, se habría preparado el asesinato de Danilo Anderson, según desarrollan Herrera y los hermanos Anderson en ese voluminoso libro de 546 páginas que PrimiciaS24 permite descargarse gratuitamente en su web.

El Viejo Bravo e Issan S., el hombre de los ojos grises

El Chino Carías era un fichaje en mi infiltración. Lo supe en cuanto lo vi. Desgraciadamente, y a pesar de su evidente admiración por Carlos el Chacal y de su privilegiada situación en la DISIP y en la Asamblea Nacional, no tenía ni idea de cómo podía localizar a su familia. Sin embargo, me dijo que su «papá», un personaje aún más increíble que el Chino, sí lo había conocido personalmente «en los años del plomo».
El Chino me abrió el camino para llegar hasta su «padre», pero recorrer ese camino costó mucho más tiempo y paciencia de lo que me habría costado en ningún otro lugar del mundo.
En mi humilde experiencia, Venezuela es el peor lugar del planeta para llevar adelante una investigación como esta. Allí parece que nadie tiene prisa y que todo el mundo te manda «a curtir cuero a Carora».

El tráfico tampoco ayu­da. Y para colmo el coche que yo tenía para moverme por Caracas era el viejo Seat Ibiza de mi colega periodista, comprado en España y con necesidad de varios repuestos imposibles de conseguir en Venezuela. Por esa razón en los momentos menos oportunos, y siendo fiel a las leyes de Murphy, el coche deci­día dejarme tirado en los lugares más inconvenientes. Afortunadamente, llenar­le el depósito de gasolina, que en Europa podía costarme 40 o 50 euros, en Venezuela no me costaba ni un euro.
Y no era solo la gasolina lo que estaba casi regalado en Caracas. Los precios, en general, eran mucho más económicos que en Europa. Las misiones, los mercal y todas las demás ayudas del gobierno bolivariano, de los que hasta yo me he beneficiado sin ser nacional, abarataban las largas estancias en el país. Tal vez por eso los grandes centros comerciales, como el Sambil, el más grande de América Latina, estaban siempre abarrotados de ávidos consumistas, que se alejaban mucho de la imagen de pobreza y mise­ria que se vendía en Europa.
Si a eso sumamos el calor tropical, la impuntuali­dad genética y lo «embarcadores» que eran mis amigos chavistas, el resultado era la desesperación permanente. Llegué a pensar, seriamente, que el único que trabajaba en Venezuela era Hugo Chávez, y sé que no es justo.
No importaba que concertase una cita con una fuente a las doce del mediodía... el tipo aparecía a las dos o a las tres de la tarde, si es que aparecía. Daba igual que acudiese a una oficina municipal o a una empresa privada. «El encargado no se encuentra» o «Vuelva. más tarde» eran las respuestas habituales. Si quedaba con alguien para desayunar, el tipo se presentaba para comer. Si la cita era para comer, no aparecía hasta la cena. Por alguna razón los relojes de todos y cada uno de mis contactos en Venezuela fimcionaban de forma diferente al mío. Sus horas llaneras podían durar noventa minutos en lugar de sesenta... o ciento veinte, o doscientos cuarenta.. Y yo me perdía días enteros esperando... ¡Coño, y ni siquiera se moles­taban en telefonear para advertir de un retraso!
Tardé mucho tiempo, y mucha frustración, en comprender que aquello era lo normal.
Y si alguien me hizo entender eso y curtir mi capacidad de paciencia, fue el «papá» del Chino, a quíen me presentaron en su despacho del centro de Caracas.
Como dice el refrán venezolano, «Hijo de gato caza ratón».
Y si Alberto Carías es un tipo inquietante e inusual, su «padre» le aventaja en un sentido y otro. Probablemente se trata de uno de los individuos más inquietantes y misteriosos que he conocido en toda mi vida. En realidad, José Bastardo no es el padre bio­lógico de Alberto Carías, sino su mentor, y tampoco es conocido por ese nombre.
Todo el mundo lo llama el Viejo Bravo. Todos los alias tienen un porqué. Basta ver los ojos rasgados, casi felinos, del Chino para saber por qué recibió ese mote.
En el caso de Bravo, solo habría que conocer su currículum militar.
El Viejo Bravo tiene el rango de coronel en las fuerzas armadas venezolanas, aunque está retirado de servicio activo hace muchos años. Pequeño, medio ciego y con un profundo aspecto indígena, nadie sospecharía jamás que aquel hombrecillo amable y silencioso pudiese ser un ejecutor letal.
En cuanto el Chino le dijo que yo era palestino, una enorme sonrisa se dibujó en la cara del coronel Bravo, remarcando todavía más sus infinitas arrugas, y apretó con más fuerza mi mano al estrecharla.
 «Qué gran tipo era el Rais», me dijo, dándome a entender que había conocido personalmente a Yasser Arafat. Y así fue, aunque Bravo era extremadamente discreto. A pesar de su simpatía y cordialidad para conmigo, en mi primer viaje a Venezuela solo conseguí sacarle que hacia los años setenta había estado en la Franja de Gaza como observador del ejército venezolano. Allí había conocido la causa palestina, implicándose activamente en ella.
Más tarde, y con aquellos contac­tos, había pasado al Líbano, donde se había implicado en la primera guerra Líbano‑Israel luchando al lado de Hizbullah, y conociendo al que desde enton­ces sería su hermano y su socio: Issan S.
‑Tienes que conocer a Issan, ese sí que es un guerrero musulmán de verdad...
‑me dijo, haciéndome entender que el tal Issan tenía algún vínculo importante con Hassan Nasrallah, líder de Hizbullah, pero el de verdad, no la ridícula imitación de Teodoro Darnott‑. llevamos juntos toda la vida. Y, cuan­do lo detuvieron en Portugal, solo pudimos liberarlo con una operación mili­tar. En aquellos tiempos funcionaba...
Me empecé a poner nervioso. Bravo me estaba dando a entender que había combatido personalmente con Hizbullah en el Líbano y que un alto oficial de las milicias libanesas vivía actualmente en Venezuela.
Además, me sugería que dicho oficial había sido detenido años atrás en Portugal, y él y un coman­do de Hizbullah habían secuestrado a varios personajes relevantes para forzar la liberación de dicho oficial libanés...
No, aquello me sonaba demasiado fan­tástico.
Me sonaba demasiado a las aventuras que se contaban sobre el Chacal. Con quien por cierto, con toda la naturalidad del mundo, Bravo decía haber coincidido en varias ocasiones, pero no había manera de sacarle más datos.
Y es que Carlos el Chacal no era el único terrorista internacional con quien iba a terminar estableciendo una buena amistad durante esta infiltración...
En cuanto Issan entró en el despacho de Bravo y me miró a los ojos, supe que tras aquellos dos tipos había mucha historia.
Issan S. tiene un poblado bigote, tan cubierto de canas como el cabello de su cabeza. Aunque casi siempre suele llevar gorra.
Es alto y corpulento, y en cuanto lo vi me llamó la atención su relativo parecido fisico con Carlos el Chacal. Pero Issan también me recordó en algo a Abraham A., el oficial del MOSSAD que había conocido durante mi infiltración en los skinheads neo­nazis y con quien había roto todo contacto desde mi primer viaje a Palestina.
Issan tenía su misma mirada. Fría. Me echó un vistazo de arriba abajo cuan­do Bravo me presentó como un camarada palestino, y me desnudó con la mirada.
Me alegré de no llevar la cámara oculta en ese momento, porque estoy seguro de que se habría dado cuenta. De hecho, hasta mi tercer viaje a Vene­zuela no me atrevería a utilizar la cámara oculta con Issan. Creo que es el segundo hombre que he conocido en toda mi vida que me imponía ese tipo de inquietud solo con su mirada.
En aquel primer viaje no conseguí sacarle ninguna información útil, salvo que también había conocido personalmente a Carlos el Chacal y que tenía buena relación con otra leyenda del terrorismo, Leyla Khaled. «Si un día viajas conmigo a Oriente Medio, te prometo que te la presentaré, a ella y al jeque Nasrallah ... ». Para los árabes, Leyla Khaled es una leyenda equiparable al Che Guevara en Occidente.
Fue la primera mujer que secuestró un avión en la historia del terrorismo internacional. Después se hizo varias operaciones de cirugía estética para poder secuestrar el siguiente... A raíz de su militancia en el Frente Popular para la Liberación de Palestina, Leyla Khaled estaba en el punto de mira del MOSSAD, y según Issan había sido acogida y protegida por Hizbullah en Beirut, donde Issan la había conocido.
Yo también la conocería dos años después, e incluso pasaría varios días en su compañia.
No hubo forma de averiguar nada más de Issan.
Y tampoco me atreví a forzar la situación.
La verdad es que aquel tipo de ojos grises, fríos como el hielo, me imponía mucho respeto.
En aquella primera conversación, además de su relación con Khaled y con el Chacal, me comentó el inminente congre­so revisionista que estaba preparando en Irán para diciembre de ese año. Si algo tienen en común Hizbullah y el gobierno iraní con mis antiguos cama­radas neonazis, es su profundo odio a los judíos.
Y, según el tipo de los ojos fríos, en diciembre de 2006 Teherán acogería el primer congreso mundial sobre revisionismo. Por primera vez en la historia, un gobierno acogería un evento en el que nazis e islamistas plantearían abiertamente su escepticismo hacia el holocausto judío.
El oficial de Hizbullah me lo puso en bandeja. No me apetecía mucho volver a infiltrarme con los neonazis, por tercera vez.
Pero era evidente que aquella nueva línea de investigación también merecía mi atención. Así que tendría que rescatar de mi armario de identidades falsas el traje de Tiger88 que tan buenos resultados me había dado en Diario de un skin.
Descubrí que en Venezuela existen varias organizaciones neonazis, todas ellas antichavistas, y con presencia en la red, como el Movimiento Socialista Nacional ¡Venezuela Despierta! (www.msnvd.tk); el movimiento Zulia88: (www. galcon.com/zulia88) o el Partido Nacional Socialista Venezolano: (http://mem­bers.libreopinion.com/Ve/Pnsv/index.htm). Y lo inquietante es que todos ellos estaban vinculados con Nuevo Orden, el portal neonazi más influyente en lengua española del mundo, que se dirige desde España y a cuya responsable, Walkiria, conocía de mis tiempos como Tiger88.
Iba a ser todo un reto volver a «colarme» en Nuevo Orden y en la comunidad neonazi española. Sobre todo porque se avecinaba el macrojuicio contra Hammerskin España en el que la Fiscalía me había pedido que declarase como testigo protegido, en base a mi infiltración entre los skin.
Evidentemente, todos los neonazis de España esta­ban interesados en que yo no llegase con vida a ese juicio.

                           
Bodas y maraquitas: hora de volver a casa

Salí de aquella oficina en el centro de Caracas con el corazón subido de pul­saciones y con la intuición de que había dado un paso de gigante en mi acer­camiento al terrorismo internacional. Todavía no tenía ni la menor idea de quién era realmente Issan, pero mi intuición me decía que era alguien impor­tante. Y aunque había fracasado en todos mis intentos por localizar a la familia de Ilich Ramírez en Venezuela, ahora tenía la sensación de que aquel ‑viaje, tanto dinero y tanto tiempo invertido, no sería un esfuerzo estéril.

(En 2003, un año después de la publicación de Diario de un skin, volví a infiltrarme entre los ultraderechistas y skin de organizaciones como España2000, durante mi infiltración en las mafias de la prostitución y del tráfico de mujeres para su explotación sexual. Gracias a las especulaciones sobre mis supuestas identidades reales, que colapsaron Internet tras Diario de un skin, pude volver a grabar con cámara oculta a los líderes de algunas de esas asociacio­nes ultraderechistas, como José Luis Roberto, que al mismo tiempo pertenecía a la federación de burdeles ANELA)

Pero era el momento de regresar a España. Tenía que seguir manteniendo mi puesto de trabajo para no levantar sospechas, debía continuar mis estudios de lengua árabe y encontrar una forma de volver a infiltrarme en el movimiento neonazi, antes de que se produjese el juicio contra Hammerskin España. Ade más, el agente Juan me había escrito para avisarme de que en Madrid se iba a realizar, unas semanas después, un interesante curso sobre propaganda y terrorismo que no debía perderme.
Riay Tatary, el imam de la mezquita Abu Bakr de Madrid, iba a ser uno de los profesores invitados. Alfredo Pérez Rubalcaba, ministro del interior, abriría el curso.
Me iba de Venezuela con un sabor agridulce en los labios, al no haber sabido localizar a la familia de Ilich Ramírez. Y los testimonios de Issan, el Viejo Bravo e incluso del pintor Castillo no me habían ayudado mucho en ese sentido.
Si los hermanos del Chacal continuaban trabajando con el gobierno yo no fui capaz de localizarlos.
Sin embargo, sí pude hacerme alguna foto con alguno de los miembros más importantes del gobierno de Chávez, durante la boda de Source con su Influyente cónyuge. Porque la boda efectivamente se llevó a cabo.
La ceremo­nía se celebró en una atípica iglesia y el convite en el Círculo Militar de Cara­cas. Y aunque Chávez disculpó su asistencia, sí acudieron varios de sus minis­tros más importantes. Aunque a mí me sentaron en la mesa de los invitados de Source, la mayoría cubanos salvo un abogado de origen judío, gracias a quien conseguí dos fotos de Source vistiendo uniforme del ejército israelí, que logicamente guardo como oro en paño.
Los asistentes al enlace no tenían ni idea de a quién tenían en casa... Pero en aquella boda, en el Círculo Militar de Caracas, tampoco había ninguna pista sobre la familia del Chacal.
Si la hubiese habido, y dado el estridente volumen de la música que sonó toda la noche, en cualquier caso no me habría enterado...
Tampoco había tenido ningún contacto con los miembros de ETA que, según los medios de comunicación antichavistas y también los europeos, vivían en Venezuela acogidos por Chávez.
De hecho, ese 4 de octubre varios periódi­cos de la oposición, como Notitarde o El Nacional publicaban la noticia: «Aso­ciación española pide extradición del etarra Cubillas». El influyente diario vene­zolano se hacía eco de la solicitud que había formulado en España la Asociación de Víctimas del Terrorismo al ministro de justicia, Juan Fernando López Agui­lar, de que se ejecutasen los trámites necesarios para extraditar a España al etarra José Arturo Cubillas, que vive refugiado en Venezuela. Yo aún tardaría un año y medio en poder localizar y estrechar la mano de José Arturo Cubillas, del que no existía ninguna imagen reciente... hasta ahora.

La última semana en Caracas perdí alguno de mis contactos en la comuni­dad árabe, por culpa del Chino Carías.
El día en que tenía previsto regresar a España mi vuelo salía de Maiquetía a media tarde. Y, siguiendo mi febril obse­sión por aprovechar el tiempo al límite, había acordado una reunión con el Chino esa mañana, con el objeto de conocer a un grupo de camaradas tupa­maros y miembros de la Asamblea Nacional.
Nos citamos cerca de esta, y des­pués nos movimos a un restaurante próximo.
Allí estaban Oswaldo Jiménez, alias Canita, presidente del PPT; Oswaldo Rivero, alias Cabezamango, secretario general del PPT de Caracas; Greidy Alejandro Reyes, alias Comandante Gato, secretario de Comisión de la Alianza Nacional; Arquímedes Antonio Franco, presidente de la fuerza motorizada; William Díaz, alias Carmelo Candela y res­ponsable de noticiascandela.wordpress.com ‑que no tiene nada que ver con mi camarada Comandante Candela‑, etcétera.
Y también Andrés Alejandro Singer y Carlos Enrique Bolívar, alias Carlucho, guardaespaldas del Chino.
Preparaban la expulsión de los Tupamaros de un tal Juan Fuentes, alias Pequeño Juan, del Partido Político Tupamaro, que acababa de constituirse entre los tupas.
Aunque la rivalidad entre José Pinto, actual presidente del partido tupamaro, y el Chino Carías era evidente.
Comimos arepas y cachapa, y el Chino supo «engañarme» para tomarme unas maraquitas con ellos. Yo, que en realidad no soy venezolano, no tenía ni la menor idea de qué demonios eran las maraquitas, así que le seguí la broma y me tomé tantas maraquitas como él.

‑Dale, Palestino ‑me dijo‑, que no se diga de los árabes...
Solo recuerdo, vagamente, que conseguí arrastrarme hasta un taxi, borracho como una cuba, unas horas y muchos maraquitas después.
Recuerdo también la cara de preocupación del taxista, cuando le insistía en que tenía que llegar a Maiquetía para coger un avión, mientras vomitaba por la ventanilla hasta mi primera papilla...
 El espectáculo no era agradable.
Por supuesto perdí el avión y tuve que esperar varios días hasta el siguiente vuelo.
Pero también perdí la amistad de un hermano de la mezquita, que por desgracia me vio completa­mente borracho en pleno Ramadán.
Lamentable.
La maraquita resultó ser una versión pobre del mojito cubano.
Dulzona, fácil de tomar, pero de un alto con­tenido alcohólico.
Su nombre se debe a que tras un par de ellas, te meneas como una maraca... y ese no es un comportamiento propio de un buen musulmán.
Ese fue el último día que bebí alcohol. Aprendí la lección. Como si la providencia quisiese dejarme claro que no podía seguir jugando a parecer un musulmán. Ó aceptaba de una vez las reglas del juego o probablemente con­tinuaría perdiendo contactos islamistas.
Tarde o temprano alguien menos dis­creto que aquel hermano me pillaría. Así que aquel día, y en el fondo gracias al Chino, me propuse dejar el alcohol y el tabaco y también la carne de cerdo. Tenía que ser un musulmán ejemplar si quería pasar por un integrista. De tal forma que, si existiese alguna manera de encontrar rastros de alcohol, nicotina o jamón en la sangre de un aspirante a muyahid, yo pasase la prueba. Pero eso iba a resultar mucho más dificil de lo que me imaginaba. Supongo que uno no sabe lo enganchado que está a una droga como el tabaco o el alcohol hasta que intenta dejarla.
Regresé a España sobrio, a mediados de octubre, en pleno Ramadán. La divina providencia o la voluntad de Allah decidieron, una vez más, ponerse de mi lado. Si me hubiese quedado solo unos días más, y dada mi vinculación durante meses con Teodoro Darnott e Hizbullah‑Venezuela, es probable que hubiese terminado en una celda del Helicoide, sometido a un duro interroga­torio de la DISIP como sospechoso de terrorismo islámico...


2 comentarios:


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