domingo, 8 de mayo de 2011

EL PALESTINO, Antonio Salas. Introduccion, Prefacio


INTRODUCCION




Es mejor el huevo de hoy que la gallina de mañana.

Proverbio árabe

El 17 de abril de 2009 salí de la mezquita, como cada viernes durante los últimos años, sereno en mi espíritu, reforzado en mi fe... y desarmado.
Me incomodaba la idea de acudir a la mezquita con la pistola. No solo porque las posturas y genuflexiones que implica el salat, el rezo en el Islam, podrían dejarla a la vista, y, teniendo en cuenta que desde el 11 de marzo de 2004 todas las mezquitas europeas están llenas de soplones y confidentes de la policía, no tardaría ni cinco minutos en ser detenido de nuevo, sino porque, en lo más profundo de mi identidad musulmana, la que tanto me esforcé por asumir estos años, introducir un arma en la mezquita me parecía una falta de respeto hacia ese lugar sagrado y hacia mis hermanos.
Dijesen lo que dijesen mis instructores en la lucha armada.
Así que cada viernes, al acudir al rezo del mediodía, la dejaba en el coche, en el hotel o en la taquilla y la recogía al salir del templo.
Durante mi formación paramilitar en Venezuela, mis camaradas guerrilleros me habían inculcado la rutina de las armas, imprescindible ‑según ellos‑ tanto para todo revolucionario como para todo mártir del Islam.
Y más aún en circunstancias especiales corno las de aquellos días, en que se suponía que debía escoltar de nuevo a un camarada libanés, ex responsable de inteligencia de Hizbullah, de visita en España...

Aquel viernes estaba en Madrid, esperando al oficial de Hizbullah, y había escogido la mezquita de Abu Baki, en el número 7 de la calle Anastasio Herrero, más discreta que la famosa mezquita de la M‑3o aunque entre sus paredes hayan rezado, infiltrados entre los cientos de musulmanes auténticos que la atestan cada día, algunos de los personajes más siniestros y emblemáticos de la historia del terrorismo internacional.
Al salir, y una vez recuperada el arma, me dirigí a la oficina de correos en la cercana calle Mariano Femández. Tenía una misión que cumplir antes de reunirme con mi hermano libanés para escoltarlo.

Otro hermano, el boliviano comandante Eduardo Rózsa Flores, veterano combatiente en la guerra de los Balcanes y líder de la Comunidad Islámica de Hungría, me había dado órdenes muy precisas para que enviase un paquete a su hermana Silvia, en Bolivia, y yo siempre cumplía las órdenes.
Sobre todo si venían de tipos como Rózsa.
Así que, después del salat,  mandé el paquete a la dirección que me había dado el comandante Rozsa en su último e‑mail esa misma semana.

Al salir de la oficina de correos solo tuve que caminar unos metros y cruzar la calle para llegar a un cibercafé que conocía del barrio. Como palestinovenezolano, mi presencia en el locutorio frecuentado por inmigrantes siempre había pasado desapercibida, cuando me tiraba ocho o diez horas seguidas ante el ordenador.
Y esa tarde tenía mucho trabajo pendiente. Mi «padrino», Ilich Ramírez Sánchez, más conocido como Carlos el Chacal, me había enviado varios textos y fotografias que debía subir a su página web oficial: www.ilichramírez.blogspot.com. Hacía meses que el Chacal me telefoneaba desde su prisión en París para darme instrucciones, al menos una o dos veces por semana.
Teodoro Darnott, líder de Hizbullah‑Venezuela, condenado a diez años de cárcel por colocar una bomba en la embajada norteamericana en Caracas, y cuya página web también controlaba yo, aún tenía acceso a internet desde su celda en la central del espionaje venezolano, el helicoide de la DISIP, pero Carlos no tiene permitido el acceso a la red en la cárcel francesa donde cumple pena de cadena perpetua, acusado de más de ochenta asesinatos, así que me enviaba por correo postal todos los textos o fotografías que deseaba incluir en su web. Y yo seguía al pie de la letra sus instrucciones.

El comandante Ilich Ramírez se sentía especialmente satisfecho con mi labor, y así me lo había hecho saber repetidas veces. Sobre todo desde que, cinco meses antés, asistí en su nombre a una reunión en Suecia, para que él pudiese participar en dicho encuentro a través de mi teléfono móvil, permanentemente pinchado por los servicios secretos franceses.
Poco antes le había informado de que, gracias a mis contactos en Al Jazeera y en grupos islámicos radicales, por fin había conseguido una copia de la única entrevista concedida por el jeque Osama Ben Laden después del 11‑S, y nunca difundida. Valorábamos la posibilidad de incluir ese vídeo inédito en su página web.
Gracias a esa web pudieron contactar conmigo miembros de los principa­les grupos «revolucionarios» del mundo: ETA, Hizbullah, FARC, Hamas, ELN...
Y también miembros del movimiento neonazi, revisionistas y antisio­nistas, implicados en la causa palestina.
Faltaban menos de dos meses para que yo tuviese que declarar como testigo protegido en el macrojuicio contra Hammerskin España, una de las organizaciones neonazis en las que me había infiltrado para mi anterior reportaje, Diario de un skin.
Y ahora, sin proponér­melo, había tenido que volver a infiltrarme en el movimiento nazi, y a fre­cuentar los mismos lugares y personas que durante mi investigación sobre los skinheads NS.
Pero esta vez bajo la identidad de un activista palestino...
A través de la web oficial de Carlos el Chacal, precisamente, también habían contactado conmigo personajes como Eduardo Rózsa, compañero suyo duran­te las legendarias operaciones europeas que protagonizó Ilich Ramírez en los años setenta y ochenta.
Desde entonces, y siguiendo las órdenes de Carlos, yo me había convertido en un intermediario entre el Chacal y su viejo cama­rada de aventuras en Hungría.
Me acomodé ante el ordenador dispuesto a pasarme las siguientes horas respondiendo los e‑mai1s que llegaban desde todo el globo para Carlos el Chacal, y actualizando su web, pero antes consulté mi correo.
Y entonces el mundo se me cayó encima...
Desde que empecé esta infiltración, y en parte gracias a Eduardo Rózsa, había aprendido a manipular las redes sociales de Facebook, MySpace o Mes­senger, para tejer una comunidad internacional compuesta por miembros de diferentes grupos armados. Y además utilizaba el servicio de alertas de Google para rastrear a los hermanos y camaradas más afamados, con los que llevaba compartiendo mi vida desde el 11 de marzo de 2004.
Cualquier noticia que se publicase en cualquier periódico del mundo sobre el líder de las Brigadas de Al Aqsa, Aiman Abu Aita; el fundador de Hizbullah‑Venezuela, Teodoro Darnott; el «hombre de Al Zarqaui en España», Abu Sufian; el Chacal Ilich Ramírez, el tupamaro Chino Carías, el etarra José Arturo Cubillas o el coman­dante Eduardo Rózsa, entre otros muchos, llegaba automáticamente a mi e‑mail. Los otros, los clandestinos, los que no eran terroristas famosos o ficha­dos por los servicios de información, nunca llegaban a Google. Sin embargo, ese viernes 17 de abril se habían publicado cientos de noticias en la prensa internacional sobre Eduardo Rózsa, y las alertas de Google desbordaban mi buzón de correo electrónico.
No podía dar crédito, pero las fotografias de mi hermano musulmán, cosi­do a balazos esa madrugada en un hotel de Santa Cruz (Bolivia), eran muy elocuentes. Según los titulares de la prensa internacional, Rózsa y varios cama­radas del comando que lideraba habían caído bajo el fuego de la policía boli­viana, durante una violenta operación antiterrorista, destinada a abortar los
supuestos planes magnicidas de mi hermano.
Según aquellos titulares, la célula liderada por Eduardo Rózsa planeaba asesinar al presidente Evo Morales y convertir el estado de Santa Cruz en una nueva Euskadi, un nuevo Kosovo, libre e independiente del Estado boliviano, utilizando las técnicas de guerrilla que Rózsa había aprendido en la guerra de los Balcanes primero, y en sus viajes a Iraq después.

No era ni el primero ni el último de los camaradas que había conocido durante mi infiltración en las redes del terrorismo internacional que moría acribillado a balazos durante esta investigación.
Antes de Rózsa, media docena de mis compañeros en este mundo violento y sangriento habían sido tiroteados. Y otros lo serían posteriormente. Pero el caso de Rozsa era distinto.
 Según aquellos titulares, mi camarada comandaba una célula terrorista que pretendía asesinar al presidente de una nación, así que era obvio que los servicios secretos bolivianos primero y los de otros países después comenzarían de inmediato a rastrear la pista de Rózsa.
Y esa pista, estaba claro, les llevaría al Chacal y por lo tanto a mí.


Además, el paquete que había enviado esa misma mañana a la hermana del comandante, en Santa Cruz, llegaría pronto a Bolivia.
 Exactamente el 25 de abril, según me confirmaría Silvia más adelante.
Y eso aún apuntaría más en mi dirección las pesquisas policiales y periodísticas.
De hecho, mi nombre árabe aparecía en numerosos medios de comunicación bolivianos, desde el mismo día de la muerte de Rózsa.
Mis colegas periodistas, al intentar averiguar algo sobre el líder del comando terrorista que presuntamente planeaba asesinar a Evo Morales, se habían encontrado con la última entrevista que Eduardo Rózsa había concedido antes de morir... y esa entrevista se la había hecho yo.
En menos de cuarenta y ocho horas me convertiría en uno de los objetivos de mis colegas latinos, e incluso sería entrevistado, clandestinamente, en varios medios del país, donde defendí una y otra vez la memoria del comandante Rózsa y la inocencia del comandante Ilich Ramírez en los supuestos planes de matar a Evo Morales...
Eso era lo que se esperaba de mí.
Por supuesto, todo aquello reforzaba aún más mi identidad árabe en los círculos terroristas.


Pero la muerte del líder de la Comunidad Islámica de Hungría, a quien Carlos el Chacal se guardaba como un as en la manga y para el que tenía planes de futuro, marcó un antes y un después en mi infiltración.
A partir de entonces mis relaciones con miembros de ETA, Hizbullah, Harnas, Yihad Islámico, las FARC, los Tupamaros, el ELN, las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa, etcétera, no podrían ser mejores.
Aunque ahora no solo corría el riesgo de ser descubierto como un periodista infiltrado en esas organizaciones, sino que podía terminar tiroteado, como mis camaradas, si los cuerpos de seguridad me confundían con un auténtico terrorista.
Y no exagero.
Casualmente, un mes después de la muerte de Rózsa, el coche que yo solía conducir en Caracas voló por los aires.
Ya en enero habían dejado un artefac­to bajo el mismo, que en aquella ocasión no explotó. Pero en el segundo intento el viejo Seat Ibiza 15oo trasladado desde España y testigo de tantos encuentros clandestinos con grupos armados colombianos, vascos o venezo­lanos, en diferentes ciudades del país, ardió como una antorcha.
Por fortuna no hubo heridos.
Todavía hoy ignoro si aquel atentado fue obra de algún vecino escuálido, de algún otro grupo armado o de algún servicio de inteli­gencia.
Todos ellos tenían en su lista de objetivos a un tal Muhammad Abdallah, que había sido visto en Palestina, Libano, Venezuela, Egipto, Siria, Cuba, Jordania, Marruecos, Túnez, Mauritania y parte de Europa, tras el 11 de marzo de 2004, relacionándose con líderes de conocidas organizaciones terroristas...





Prefacio

Muhammad, el Palestino

En nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso. Alabado sea Dios, Señor del Uni­verso. El Clemente, el Misericordioso. Soberano en el día del juicio. A ti adoramos, de, ti imploramos socorro. Dirígenos por el camino recto...
El Sagrado Corán I, 1

Tu lengua es como tu caballo: si le eres fiel te será fiel, si le fallas te fallará.
Proverbio árabe



Mi nombre es Muharnmad Alí Tovar Abdallah, Abu Aiman, Al Falistíni.
Soy gocho. Nací en Egido, estado de Mérida, en la «Venezuela Saudita» de Carlos Andrés Pérez. Aunque mi mamá y mis abuelos eran palestinos.
Y como miles de palestinos huyeron de las fuerzas sionistas de ocupación israelíes, dejando atrás, en un pequeño pueblo cercano a Yinín, casa, tierras y olivos regados con la sangre derramada de los mártires. Pero no la memoria.
Mis abuelos maternos se encontraron con la Venezuela guerrillera y comu­nista de los años sesenta, adelantándose a la ingente inmigración atraída por la bonanza petrolera de los setenta y la naciente PDVSA. Y allí conocieron a la familia de mi papá, comunista y agnóstico, pero que terminó convirtiéndose al Islam para poder casarse con mi mamá.
Hasta que conoció la palabra del profeta Muharnmad (SAAS), mi padre, marxista de convicción, se codeaba con la guerrilla venezolana, luchando con­tra los adecos de la cuarta república del presidente Betancourt y de su enton­ces ministro de Relaciones Interiores, y futuro presidente, Carlos Andrés Pérez. Días de plomo y selva. Compartiendo escaramuzas, o eso me contaba de niño, con el ya entonces legendario guerrillero Douglas Bravo... El destino querría que muchos años después fuese yo quien entablase amistad y colabo­ración con este último, en la Caracas chavista del siglo XXI. De ahí mi relación con las guerrillas latinoamericanas.
Mi papá se enamoró de mi mamá al primer vistazo. Y dejó las armas para abrazar el Corán, porque un buen musulmán no tiene sitio entre sus brazos para ambas cosas, o eso creía.
Aunque le costó convencer a mi abuelo para poder desposarse con ella.
Y entonces llegué yo.
Nunca conocí a mi madre. La maté al nacer. Murió en el parto, y supongo que mi papá jamás me lo perdonó. De ahí que siempre haya sido un niño rebelde y conflictivo.
Solo conocí a mi mamá a través de la memoria y los recuerdos de mi abuelo palestino, un incondicional de Yasser Arafat, superviviente de la resis­tencia en Yinín y Nablus, que me hablaba siempre de ella y de nuestra tierra, Palestina, ocupada y saqueada por los israelíes desde 1948, con frustración y añoranza. Fue mi abuelo, el elegante Wassin, quien me inculcó el Islam desde niño, y quien se empeñó en que aprendiese la lengua del Sagrado Corán. Aunque tras su muerte olvidé durante muchos años todo lo que me había enseñado... y también la lengua del Corán. De ahí mi torpeza con el árabe.
A finales de los setenta, Luis Herrera Campins, de la mano de los conser­vadores católicos de COPEI, releva a Carlos Andrés Pérez en el poder, mien­tras busca «los reales», desaparecidos en las arcas del Estado, que tanto empo­brecieron al pueblo de Venezuela. Y los sueños de la izquierda venezolana se desvanecen durante treinta años, manteniendo a los camaradas de mi papá como guerrilleros clandestinos hasta la llegada de Hugo Chávez. Así que mi familia, como otras familias comunistas, decide dejar Venezuela antes de 1979 y establecerse en España, donde estudié y viví casi veinte años. De ahí que apenas quede acento latino en mi español.
Fui un estudiante rebelde. Con un marcado conflicto de personalidad entre la herencia comunista de mi padre y la educación musulmana de mis abuelos.
 Y como buen musulmán y como buen comunista, sentí desde muy joven la vocación de servicio. Por eso, con solo dieciocho años comencé a trabajar como cooperante en diferentes organizaciones humanitarias en África y Oriente Medio. De ahí mis útiles contactos para el yihad en los países árabes.
Siendo voluntario del TRC en Yinín, Palestina, que dirige mi admirado amigo el doctor Malimud Seliwail desde Ramallah, conocí a mi primera espo­sa: Dalal Majaliad S., la mujer más hermosa de todo el mundo árabe, o infiel. Y la historia de mis padres se repitió en nosotros.
Nos enamoramos nada más vemos. Pero su papá, miembro activo de Hamas, no aprobaba nuestra rela­ción. Y menos aún mi formación comunista y mi vinculación familiar con Al Fatah. Así que nuestra relación fue clandestina. Y breve.

El 9 de marzo de 2004, mi amada esposa, embarazada del que sería nues­tro primer hijo, se encontraba en Yinín durante una de las habituales íncur­siones de una patrulla israelí en suelo palestino. En el curso del enfrentamien­to con la resistencia, una bala judía perdida entró por la ventana de la casa y acabó con la vida de mi esposa y de mi hijo Aiman, y también con mis sueños de futuro. Ahí surge mi deseo de convertirme en un muyahid y luchar en cualquier parte del mundo, contra los sionistas y sus aliados norteamericanos y europeos, hasta alcanzar el martirio.
Abandoné la cooperación, radicalicé mi formación islámica y recibí entre­namiento paramilitar en Venezuela. Y decidí que la solidaridad no protegía a los inocentes de las balas imperialistas. Solo otras balas, de mayor calibre, pueden hacerlo. Desde entonces mi intención es vivir y morir por el yihad, llevándome por delante a todos los infieles posibles.

Evidentemente, todo lo que acabas de leer es falso.
Sin embargo, esta es la identidad ficticia con la que he vivido los últimos seis años, infiltrado en organizaciones terroristas internacionales, desde el 12 de marzo de 2004.

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