domingo, 26 de junio de 2011

Cap IV Fundamentlismo economico: religion y mercado


Cap  IV

EL FUNDAMENTALISMO ECONOMICO: LA RELIGION DEL MERCADO



1. El capitalismo como religión

                        En la década de los años veinte del siglo pasado Walter Benjamin escribió un lúcido y profético artículo bajo el título «El capitalismo como religión», en el que consideraba el capitalismo no como una mera construcción religiosamente determinada (así lo caracterizó Max Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo), sino como un «fenómeno esencialmente religioso».

Su tesis es que el cristianismo de la Reforma, más que favorecer el surgimiento del Capitalismo, lo que hizo fue transformarse en capitalismo, cuyos ras­gos fundamentales, a su juicio, eran los siguientes:
a) es una religión del culto, quizá la más extrema que nunca haya existido por su uti­litarismo;
b) la duración del culto es permanente, y no se limita a un día de la semana;
c) en ese culto hay una autoveneración del éxito, una ebria celebración de los balances y beneficios y una orgía del consurno;
d) la laboriosidad cúltica del capitalismo no conoce fron­teras;
e) lejos de liberar de la culpa, el culto capitalista culpabiliza por sí mismo;  
f) Dios debe ser ocultado. La metamorfosis de la reli­gión en capitalismo es tal que, según H. Scheppenháuer, coeditor de las Obras completas del filósofo de la Escuela de Fráncfort, cuando se habla de la necesidad de salvar la civilización cristiana y de defen­ der a Occidente de los poderes de las tinieblas, lo que se tiene en mente es la defensa del capital.

Todo el que roza el capitalismo o simplemente lo menciona por su verdadero nombre experimenta la sensación de estar tocando los valores más sagrados.


2. El neoliberalismo como sistema de creencias

Lo que Benjamin dijera del capitalismo es aplicable hoy ‑y con cre­ces‑ al neoliberalismo, que se configura como un sistema inflexible de creencias y funciona como religión monoteísta de tendencia rígi­da y deshumanizadora.

En ella el mercado suplanta al Dios de las religiones monoteístas (Yahvé, Allah, Dios de Jesús de Nazaret) y se apropia de los viejos atributos aplicados a él: omnipotencia, omni­presencia, omnisciencia y providencia. Aparece como un Dios único y celoso, que no admite rival, ni divino ni humano.
Proclama que fuera de él no hay salvación, mientras que excluye de la salvación a la mayoría de la población del Tercer Mundo y a amplios sectores del Primer Mundo: en total, más de dos terceras partes de la humanidad.
Predica el liberalismo como la nueva verdad revelada, que se presenta en continuidad con otras verdades reveladas.
Los benefi­cios que aporta el mercado, sólo para unos pocos, se proclaman como gracias y dispensaciones divinas, mientras que los resultados de la intervención pública son considerados perversiones diabólicas que tuercen la voluntad del libre intercambio.
Profesa un credo económico único, cuyos artículos de fe que ha de recitar todo fiel creyente neoliberal se encuentran en el «Consen­so de Washington». Se trata de un credo que resultó de las consultas del Congreso y del Gobierno de los Estados Unidos, el Fondo Mone­tario Internacional y el Banco Mundial con ministros de Economía y Finanzas, ejecutivos transnacionales, banqueros y políticos. En él se proclanla que el libre comercio debe regular toda actividad económi­ca y que la intervención del Estado se limita a exigir el mantenimien­to férreo de la disciplina fiscal, el logro de una tasa de cambio estable, la liberalización, desregulación y privatización de la economía, la fle­xibilización del empleo y la atracción de inversiones extranjeras.
La religión monoteísta del mercado tiene sus textos canónicos que exponen la doctrina económica ortodoxa. Son las obras de Friedrich Hayek y Milton Friedinan, padres del neoliberalismo, en las que se establece una visión del mundo de marcado carácter dua­lista, ya que disocian hechos y valores, economía y ética, individuo y sociedad, trabajo y placer, libertad e igualdad.
Esa religión conside­ra apócrifos los textos que critican su doctrina económica y los cali­fica de demagógicos.
Celebra sus asambleas litúrgicas en las reuniones del G‑8, del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional y de la Organi­záción Mundial del Comercio, donde se toman las decisiones sobre la economía mundial, que afectan en su mayoría a los países subdesarrollados, que, sin intervenir ni poder ejercer el derecho a veto, se ven obligados a aceptarlas y ponerlas en práctica de manera ortodoxa so pena de terribles sanciones que repercuten severamente en las ma­yorías populares, ya de por sí marginadas. Reprime, a su vez, las asam­bleas alternativas de los movimientos de resistencia global, a las que considera atentatorias contra el «sagrado» orden establecido.


3.  Sacramentos, templos, sacrificios y alto clero de la religión del mercado


La religión del mercado dispone de eficaces vías de influencia en la opinión pública, como son las llamadas «biblias de inversores y especuladores de bolsa» (1. Ramonet): “Wall Street Journal, The Financial Titnes, The Economist, etc”., que anuncian el «evangelio de la felici­dad» del neoliberalismo y defienden la privatización como solución a todos los problemas.
Refiriéndose a la fiebre privatizadora del neoli­beralismo, el escritor y premio Nobel José Saramago afirma con sarcasmo: «Estoy de acuerdo con que se privatice el Machi Picchu, las lineas del Nafta, el Coliseo Romano.... y no se olviden de privatizar a las madres que los parió» («y los espermas que las fecundaron», aña­dio una amiga uruguaya cuando cité este texto en una conferencia).

Los sacramentos de la nueva religión son los productos comerciales que se publicitan a través de una atractiva simbólica venal, cargada de mensajes subliminales orientados a crear necesidades que la mayoría de los ciudadanos y ciudadanas no puede satisfacer y a motivar el consumo de manera compulsiva.
Los templos de la Antigüedad ‑también el de Jerusalén‑ fueron bancos sagrados. Los templos profanos de la religión del merca­do, son hoy los bancos, a cuyos mostradores y ventanillas se acercan los, clientes con el mismo respeto y haciendo las mismas reverencias que las personas creyentes en sus templos. Como las demás religiones la nueva religión practica sacrificios.
Pero no en espíritu o síbolo, sino en todo su realismo.
En el altar de la globalización neoli­beial se sacrifican diariamente vidas humanas, las de los pobres y excluidos, y la vida de la naturaleza a través de la tala de los bosques, de la contaminación del aire, de los ríos, etcétera.
Con motivo del Día Mundial de la Alimentación, celebrado el 16 de octubre de 2001, Jean Ziegler, representante de la Comisión de Dereclios Humanos de la ONU, declaró en tono de denuncia que 826 millones de seres humanos sobre una población de más de 6.000 millones, se encuentran en situación de gravísirno riesgo por la falta de alimentos y la malnutrición.
Los países más afectados son los del África subsahariana, Haití, Afganistán, Bangladesh, Mongolia y Co­rea del Norte.
Y todo, ad maiorem capitalismi gloriam.
Si en la reli­gión de Jesús de Nazaret predominaba la misericordia sobre los sa­crificios, en la del mercado imperan los sacrificios humanos, especialmente los de los niños, sobre la misericordia. «Cada siete segundos un niño menor de diez años muere por efectos directos o indirectos del hambre en un mundo con capacidad para proporcio­nar una dicta de 2.700 calorías a 12.000 millones de seres huma­nos», ha declarado Ziegler.
Si en el movimiento de Jesús el Nazareno se establecía el perdón de las deudas, aquí se impone el pago hasta el último céntimo. No hay lugar para la condonación. Y si se hace algún gesto en ese senti­do, es puramente simbólico y casi virtual, para aparecer ante la opi­nión pública como generosos, cuando lo que se esconde detrás son nuevas exigencias. Bajo la piel de cordero con que se muestran los globalizadores en público se esconde un corazón de hierro.
Esta religión cuenta, al decir de Oswaldo de Rivero, embajador del Perú ante la OMC, con un alto clero supranacional representado por organizaciones como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial del Comercio, que gozan de un poder supranacional no democrático. Dicho clero predica con fervor y celo misioneros el credo económico único del «Consenso de Washington”, al que ha convertido a la mayoría de los Estados del planeta, incluidos los más pobres, convenciéndolos de que sólo la recitación y la práctica de ese credo pueden salvarlos del caos en que viven sumidos. Para salir de la pobreza y entrar «en el santoral de la prosperidad» el poderoso y temido clero neoliberal impone como penitencia severos ajustes estructurales.



4. Carácter totalitario y fundamentalista de la globalización neoliberal


Otro rasgo que define a la religión del neoliberalismo es su carácter totalitario, que genera una «sociedad de riesgo» y lleva derechamente a lo que el sociólogo alemán Ulrich Beck llama en su obra Liber­tad o capitalismo el «Chernobil económico».
El neoliberalismo que anuncia a bombo y platillo el fin de las ideologías se constituye él mismo en una nueva ideología que intoxica el pensamiento, la ac­ción política y la práctica económica, al tiempo que se convierte en una grave amenaza contra la cultura democrática.
Con el liberalis­mo totalitario estaríamos ante una variante perversa del marxismo‑leninismo que tiene su base no en Marx sino en Adam Smith.
Lo que se acentúa en la nueva ideología no es la dimensión co­munitaria del ser humano, sino el individualismo institucionalizado, que atomiza a las personas y las convierte en “nómadas».
En ella no hay lugar para la experiencia de la comunidad, ni para una ética pública, ni para unos valores sociales; tampoco para un control social de los propios individuos cada uno de los cuales se convierte en rey de un reino de taifas donde el único habitante es él mismo.
Los conceptos «sociedad» y «comunidad» desaparecen del lenguaje del ileoliberalismo.
El neoliberalismo se caracteriza por un dogmatismo y un funda­mentalismo del mercado. Stiglitz habla de «fundamentalismo neoliberal», sobre todo en el caso del Fondo Monetario Internacional, cuya pretensión es presentarse como la única interpretación autorizada del fenómeno complejo de la globalización, especialmente de su dinámica económica.
Estamos claramente ante una afirmación dogmática, y no ante una conclusión de la ciencia económica.
El fundamentalismo del mercado posee características similares a las otros fundamentalismos:
Impone su visión de las cosas y no admite la disidencia;
Se muestra ciego ante lo que es evidente para otros,
Actúa autoritariamente en la aplicación de su ideología;
No tiene en cuenta los diferentes contextos;
Recurre a una permanente descalificación de otras concepciones, a las que tiende a calificar de anticientíficas y demagógicas.


En definitiva, el fundamentalismo del fondo Monetario Internacional constituye un fiel reflejo del fundamentalismo del capitalismo neoliberal.

El discurso económico neoliberal formula leyes universales y eter­nas, de obligado cumplimiento en todo tiempo y lugar, independiente del contexto geográfico e histórico.
Ahora bien, ¿qué hacer si la realidad no corresponde a los enunciados de la teoría?

«Es la realidad la que hay que cambiar, no la teoría», responde con agudeza Elena Laside, profesora en la facultad de Ciencias Económicas y So­ciales en el Instituto Católico de París, quien razona así:

Todo lo que en los hechos invalida la teoría y supondría su invali­dez es interpretado como una prueba suplementaria de su verdad y de su urgencia. Si los mercados perfectos no existen en el mundo real, ¿no es justamente la prueba de que necesitamos de los merca­dos perfectos? La teoría neoclásica económica dominante es una teoría normativa y no positiva, del orden del «deber ser» y no del «ser». Es por eso que los economistas son percibidos como grandes sacerdotes: no buscan la verdad, la revelan.



5. La competitividad como evangelio

La competitividad, que, como recuerda Riccardo Petrella, dentro de la economía es sólo una modalidad del comportamiento de los acto­res económicos en el contexto de los mercados competidores, en la religión del mercado deviene objetivo principal de la sociedad ente­ra, amén de serlo de las empresas y de los Estados.
Todo en nuestra sociedad se orienta a la competitividad: la escuela, la universidad, la formación profesional, la familia, la investigación, el desarrollo, la cooperación.
El objetivo de la educación no es ya la formación inte­gral, la educación en valores o, como se decía en mis tiempos de escolar, formar personas hechas y derechas», sino crear personas competitivas, cuantas más mejor.
La competitividad se torna el úni­co evangelio que se predica en la religión del mercado.
Fuera de ella no hay salvación posible ni humana ni divina, no hay crecimiento económico, ni bienestar social, ni independencia política.

El «evangelio de la competitividad» cuenta con evangelistas, teólogos, sacerdotes y fieles, como subraya certeramente Riccardo Petrellal.
Los evangelistas son los economistas y expertos que han codificado la economía de mercado basándose en pensadores y científicos como Hobbes, Darwin, Spencer, Nietzsche, a quienes se manipula sin recato siempre que es necesario.
Los teólogos son los ideólogos que organizan seminarios, congresos y conferencias para mostrar y demostrar que la competitividad afecta a todos los ámbi­tos de la vida y es la única tabla de salvación: «es como la gracia: se tiene o no se tiene.
No es divisible. Aquellos que la tienen se salva­rán. Aquellos que cometan el pecado de no ser competitivos están condenados a desaparecer».
Los sacerdotes, decenas de millares, se encuentran en las universidades y en los parlamentos, en las cámaras de comercio e industria, e incluso en potentes sindicatos como los alemanes, y tienen como cometido oficiar el culto públi­co del mercado a diario, ofrecer incienso a la competitividad y hacer creibles desde sus púlpitos las ventajas del sistema.
Todos ellos ejercen ejemplarmente su profesión y no se desvían un ápice de sus funciones legitimadoras.
Esta religión es, sin duda, la que más fieles tiene.

6. Los mandamientos de las Nuevas Tablas de la Ley

La nueva religión tiene su propia ética, que no se caracteriza preci­saniente por la defensa del bien común.
«Por sus frutos los conoce­réis.»
Y los frutos de la ética neoliberal están muy lejos de ser ventajosos para los sectores más desprotegidos de la población mundial.
Ahí están para demostrarlo los informes del PNUD, que, año tras año, subrayan el incremento de la pobreza en el mundo y la acumu­lación del capital en cada vez menos personas. Y esos frutos agraces no son otra cosa que la consecuencia de los principios en que se basa dicha ética, que pueden resumirse en los siguientes:
‑ Libertad individual como valor absoluto sin referencia comu­nitria ni dimensión social, que desemboca en un individualismo beligerante. Los valores están en los seres individuales, nunca en las instituciones.
‑ Libre iniciativa como despliegue de la libertad individual, que desemboca en libre mercado y, a la postre, en mercado único y pensamiento único.
‑ Competitividad feroz y agresiva, orientada a la superación y 1 exito individuales, que desemboca en el «sálvese quien pueda».
‑ Culto al dinero, convertido en ídolo (= Mamon) al que se le rinde culto y se le ofrecen sacrificios de vidas humanas, las de los pobres, y de la naturaleza en la modalidad de tala de bosques, contaminacion del aire, etcétera.
-Concepción insolidaria de la existencia humana, que desem­voca en la creación de franjas cada vez más anchas y de simas cada vez más profundas de marginación. El principio moral de la activi­dad económica es el propio interés.

‑ Darwinismo social, que implica la eliminación de quienes ‑Personas, grupos sociales, pueblos y continentes enteros‑ no se atie­nen a la lógica del mercado: «Fuera del mercado no hay salvación».
‑ La justicia social es considerada bandera de cuasi‑supersti­ción, pretexto para coaccionar y atentado contra los valores fundamentales porque destruye la libertad personal e impone una confi­guración autoritaria del Estado. El altruismo, que está en la base de la justicia social, es cosa de grupos cerrados, no de política social .


De esos principios se deducen unos imperativos que el econo­mista del Grupo de Lisboa Riccardo Petrella expone de manera muy original en estos seis mandamientos de las Nuevas Tablas de la Ley':

1. No puedes resistirte a la globalización de los capitales, los mercados, las finanzas y las empresas. Debes adaptarte a ella sin poner reparo alguno.
2. No puedes resistirte a la innovación tecnológica. Deberás innovar constantemente para reducir gastos y mano de obra y mejo­rar los resultados, aunque con ello se genere desempleo.
3.  Deberás liberalizar completamente los mercados, renuncian­do a la protección de las economías nacionales.
4. Transferirás todo el poder al Mercado, y el Estado se con­vertirá en mero notario de la realidad o en simple ejecutor de ór­denes.
5. Tenderás a eliminar cualquier forma de propiedad pública y los servicios públicos, privatizando todo lo privatizable y dejando el gobierno de la sociedad en manos de las empresas privadas.
6. Deberás llegar a ser el más fuerte, si quieres sobrevivir en medio de la brutal competitividad mundial. De lo contrario, serás eliminado del Mercado (que es como ser eliminado del Reino de los Cielos).


Los economistas neoliberales que mejor representan estos principios son F. Hayek y M. Friedrnan. F. Hayek, The Fatal Conceit: The Errors of Socialism, en The Collected Works of F. A. Hayek (ed. de W. W. Bartley), University of Chicago Press, Chicago, 1989; íd., Law, Legislation and Liberty, RoutIedge, London, 1982; M. Friedrnan, Capitalism and Freedom, University of Chicago Press, Chicago, 1962. Uno de los mejores estudios críticos sobre Hayek que conozco es A. Múnera D., En las fuentes del Neoliberalismo. Aproximación crítica teológica a fundamentos teóricos del neoliberalismo en Friedrich A. von Hayek, Publicaciones Editores, Bogotá, 2002.
S. R. Petrella, El bien común. Elogio de la solidaridad, Temas de Debate, Ma­drid, 1997, pp. 74‑82.





7.  Teología y teólogos de la religión del mercado


Ninguna religión ha sido capaz de extender tan universal y eficazmen­te su credo como la del mercado, que cuenta con flamantes teólogos entre Sus filas.
Uno de los más destacados es Michael Novak, para quien el neocapitalismo constituye el mejor de los modelos económi­cos, ya que es el que más riquezas genera, el que mejor las distribuye y el que consigue los niveles más altos de felicidad para la mayoría de la humanidad.
En el plano económico, el neocapitalismo se define por el libre mercado, en el político, por la garantía de los derechos indi­viduales, y en el cultural, por la promoción de las ideas de justicia y libertad.
Este modelo económico posibilita el desarrollo de las capa­cidades individuales y el espíritu de superación y permite aplicar la inteligencia práctica a la actividad económica sin traba alguna. El catolicismo adoptó en el pasado una actitud antiliberal y anticapitalis­ta y ha tardado en reconocer estos valores del capitalismo, pero al final se ha rendido ante la evidencia y ha terminado por aceptarlos.

La tradición judeo‑cristiana es el suelo del capitalismo y consti­tuye un aliciente para la «ética de la producción».
El deber de pro­ducir los bienes necesarios para que los seres humanos puedan vivir con dignidad tiene su fundamento en la fe cristiana. Como la demo­cracia, asevera, el capitalismo nació en un suelo específicamente ju­deo‑cristiano.
Sus prejuicios son también judeo‑cristianos. Su ética es sustancialmente, aunque no del todo, judeo‑cristiana.
La Trini­dad es presentada como un modelo de relaciones entre personas libres.
La encarnación de la segunda persona de la Trinidad implica, a su vez, comprometerse responsablemente en el mundo.
En un memorable artículo aparecido a principios de 1980 bajo el título «Theology Corporation», Novak osaba vincular a las em­presas multinacionales con la figura del Siervo sufriente de Yahvé, del profeta Isaías, y llegaba a definir a aquéllas como la encarnación de Dios en el mundo:

Por muchos años uno de mis textos preferidos de la Escritura era Isaías 53,2‑3: «Creció en su presencia como brote, como raíz en el páramo; no tenía presencia ni belleza que atrajera nuestras miradas ni aspecto que nos cautivara. Despreciado y evitado de la gente, un hombre hecho a sufrir, curtido en el dolor; al verlo se tapaban la cara; despreciado lo tuvimos por nada».

Quisiera aplicar estas palabras a la Businness Corporation una de extremadamente depreciada encarnación de la presencia de Dios en el mundo.

La empresa capitalista adquiere así una significación trascenden­tal y se convierte en sujeto absoluto.
Toda crítica contra ella, en consecuencia, constituye una crítica al Dios encarnado y al Cristo crucificado. ¡Qué irreverencia en boca de un teólogo!
En similares términos se expresaba en 1992 Michel Camdessus, cualificado católico francés y entonces secretario general del Fondo Monetario Internacional, en una conferencia pronunciada en Lille durante el Congreso Nacional de Empresarios Cristianos Franceses.
El mercado es, a su juicio, el modo de organización económica más eficaz para acrecentar tanto la riqueza individual como la colectiva. La economía de mercado se caracteriza por la responsabilidad, ya que en ella es donde el ser humano puede demostrar lo que es en todas sus dimensiones.
Carnolessus propone la necesidad de celebrar las bodas entre el mercado mundial y el reino de Dios universal como condición necesaria para una mayor producción y un mejor reparto de los bienes producidos.
En la conferencia citó el texto del profeta Isaías leído por Jesús en la sinagoga de Nazaret sobre la misión del profeta de dar la bue­na noticia a los pobres, anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, poner en libertad a los oprimidos y proclamar el año ‑de gracia del Señor (Is 61,1‑2; Lc 4,18‑21). Tras la lectura del texto del profeta Isaías, Jesús dice: «Hoy se ha cumplido ante vosotros esta profecía».
Pues bien, Camdessus asigna miméticamente a los empre­sarios cristianos franceses la misión liberadora del profeta y dice que se hace realidad en ese momento entre ellos estas son sus palabras, que no dejan lugar a dudas sobre su concepción mesiánica del capi­talismo:

Ese hoy es nuestro hoy, y nosotros somos ‑nosotros, que estamos a cargo de la economía‑ los administradores de una parte en todo caso de esta gracia de Dios; el alivio de los sufrimientos de nuestros hermanos y los procuradores de la expansión de su libertad. Somos quienes han recibido esta Palabra. Ella puede cambiarlo todo. Sabe­mos que Dios está con nosotros en la tarea de hacer crecer la frater­nidad.


Similares ideas reitero en octubre de 2003 durante la conferencia que inauguraba la XXXIX Sernana Social en Tarragona, pero sin renunciar a su compromiso con la globalización neoliberal que ha pilotado durante casi tres lustros.
En la citada intervención llama a los cristianos a convertirse en la dirección marcada por el Espíritu para construir una Europa capaz de abrir sus políticas a la solidari­dad y al compartir, que son dimensiones esenciales de una ética de la fraternidad.
Pide que se reconozca al continente europeo como cristiano, «como se reconoció al Resucitado en su manera de partir el pan (Lc 24,35) con todos los hombres». Europa será un espacio privilegiado para la esperanza humana sólo cuando el pan nuestro de cada día llegue a todos los seres humanos.
Como puede apreciarse fácilmente por los textos aducidos, los teólogos de la religión del mercado se apropian del lenguaje de la teología de la liberación, si bien previamente lo vacían de todo contenido liberador real.
Hacen suya la opción por los pobres, pero sólo de forma retórica.
Afirman que los principios igualitarios del cristianismo se hacen realidad en la economía de mercado, cuando lo que ésta genera son desigualdades sin límites y cada vez más profundas.
Hay que estar muy atentos a los avances de esta nueva religión, cuya habilidad mayor es no presentarse como tal, e impedir sus perniciosos efectos para el futuro de la humanidad y del planeta.




Citas:
Rivero:  El mito del desarrollo. Los países inviables en el siglo XXI
J. Stiglitz (Premio nobel de economía 2001, vicepresidente del FMI): El malestar de la globalización.  Otro libro del mismo: Lo que aprendi de la crisis mundial y Cambio de guardia  en el FMI.
U. Beck: Libertd y capitalismo.
E. Laside: ¿sera la economía una religión?
R. Petrella: El evangelio de l competitividad
Entre otros.

No hay comentarios:

Publicar un comentario