lunes, 27 de junio de 2011

Capitulo 2 Simbolos


Libro:

Evangelio, Figuras y Símbolos


Capitulo II



Simbolos








                                                                                                                                                   E





Ediciones Almendro (Cordoba. Es)
Juan Mateos-Fernando Camacho
Tercera edición 1999



SIMBOLOS

            Para empezar, expliquemos lo que se entiende por símbolo.

El punto de partida será la idea de signo.

Se llama signo a cualquier realidad que, al ser conocida, lleva a conocer otra.

            Al toparse la mente con un signo, éste le cambia el rumbo, haciéndole comprender otra cosa. El signo puede ser una acción (el estornudo, signo de enfriamiento), un objeto (el humo, signo de fuego) o una situación (estar mojado, signo, por ejemplo, de que ha llovido).

La conexión entre signo y significado puede ser natural (ladrido‑‑>perro) o arbitraria, establecida por convención (alfabeto, el sonido de las letras). Pero hay una tercera especie de conexión, que puede llamarse intuitíva: el cielo puede evocar la divinidad; esta última clase de conexión es la propia del símbolo.

            De hecho, dentro de la categoría signo pueden distinguirse las señales de los símbolos.

La señal es la modalidad más sencilla del signo; en ella destaca sobre todo su aspecto objetivo a los ojos de un espectador. De hecho, la señal se funda en la asociación de dos realidades concretas unidas por una conexión natural (humo ‑‑> fuego) o convencional (color verde ‑> paso libre); el espectador conoce la existencia de ambas realidades y sabe por experiencia o aprendizaje la conexión que existe entre ellas.

El símbolo, por su parte, es un signo que combina dos aspectos de la realidad: uno, por decirlo así, objetivo, y el otro, subjetivo.

El hombre, que vive en contacto a la vez con el mundo interior de su experiencia y con el mundo exterior de los seres y objetos, intenta identificar, explicar y ordenar sus experiencias internas y las que le provoca el mundo exterior, para encontrar un marco de orientación. Creando símbolos trata de formularlas para darles un sentido y encontrar al mismo tiempo el de los seres u objetos que las provocan.

El símbolo posee, por tanto, dos componentes: uno vivencial, prerracional, con sus raíces en el mundo interior de las emociones, en el estrato psíquico del inconsciente; el otro, racional, perteneciente al estrato de la conciencia refleja. La unión de ambos componentes constituye el símbolo. Este puede definirse, por tanto, como la formulación figurada de una experiencia humana, con el fin de atribuirle un sentido en el interior del mundo.

La imagen o realidad en la que se encarna el símbolo se llama el significante; la experiencia expresada es el significado. Al contrario de lo que sucede en la señal, el significante del símbolo no es arbitrario, corresponde a ciertas configuraciones psíquicas profundas; así se deduce de la constancia y semejanza de los símbolos a través de los tiempos y las culturas, como también en los individuos.

El componente subjetivo, emocional, carga al símbolo de energía psíquica. De ahí que el símbolo tenga dos aspectos, un aspecto «numinoso», que subyuga o estremece por ser sobrecogedor, imponente, profundo, íntimo o visceral, y cuya intensidad depende de la carga emotiva que se asocie al significante; otro aspecto luminoso», representado por la forma concreta e inteligible (objeto, acción, etc.) a la que está ligada esa energía. Debido a su carga emotiva, el símbolo no puede reducirse adecuadamente a un concepto: el concepto informa; el símbolo, además, evoca. Su raíz emocional hace que desborde toda formulación meramente intelectual, y la resonancia que despierta lo hace renovadamente sugerente.
Expliquemos algo más la raíz del símbolo. El yo consciente ve la realidad dividida en dos zonas: una exterior, la del mundo físico; otra interior, la del mundo psíquico. El estrato profundo del hombre posee, en cambio, una visión unitaria de lo físico y lo psíquico, los percibe como un continuo. Por eso el hombre ve expresada su realidad interior en el mundo exterior y la representa con la imagen del ser en que la ha visto expresada.

Una misma raíz emotiva del hombre puede producir símbolos diversos (imágenes, palabras, acciones); pero en todos ellos aparecerá el mismo rasgo emotivo. Así, una energía configurada en el inconsciente como «amenaza/terror» puede estar representada en la esfera consciente por el fuego, el rayo, el trueno, el ave de presa, la fiera, el juez, etc. Una energía configurada como «atracción/amor» puede estar representada por la madre, la mujer, el padre, la sonrisa, los brazos acogedores, etc.

La eficacia del símbolo radica precisamente en su doble aspecto: el de ser energía psíquica configurada (en una emoción o sentimiento determinados) y al mismo tiempo formulada (en un objeto, palabra, acción, etc.). Al asumir las configuraciones profundas del inconsciente y canalizar su energía en una representación consciente, el símbolo se convierte en puente entre las dos esferas. Las experiencias que formula pueden tener su origen en la naturaleza o en el interior del hombre. Si son negativas, puede ser morboso y esclavizador.

El símbolo habla al hombre entero, no sólo a su razón. Por su medio, el hombre no vive únicamente dentro de la realidad circundante, sino también en una nueva dimensión de esa realídad: la del sentido o significado. Su interior se refleja en el entorno y se expresa mediante él. Cuando se disocian estos dos aspectos, el símbolo muere.

Según la realidad que sirve para formularlo, el símbolo puede ser cósmico, si toma su figura del mundo exterior (agua, fuego, nube, monte, árbol, cielo) o bien humano, si la realidad existe en el hombre o se conecta con él; se tienen así símbolos somáticos (rostro, entrañas), fisiológicos (comida, bebida, perfume), funcionales (pastor, rey, padre) o icónicos (imágenes, monumentos, edificios, inscripciones).

El símbolo puede evocar un recuerdo (anamnético, imagen), producir un desahogo (catártico, gestos expresivos), encarnar un anhelo (profético), revelar una presencia (epifánico).

            Estos conceptos se irán aclarando en la exposición de los símbolos particulares. Baste añadir que, cuanto más profunda y viva es una experiencia, mayor es la riqueza simbólica en que se despliega; por su misma intensidad, ve reflejados aspectos suyos en múltiples realidades externas.

















1. EL CIELO


            El cielo designa en primer lugar el firmamento, la bóveda celeste que domina la tierra y que al mismo tiempo lo abarca todo.

Para los griegos, el cielo era la morada de los dioses, y se localizaba en el Olimpo, monte de las tempestades.

En el AT se considera el cielo (hebr. shamayim) como una entidad material y sólida: el cielo es desplegado (Is 40,42; 44,24; 45,12; Sal 104,2, etc.), tiene «compuertas» (Gn 7,11; 2 Re 7,2.19), columnas (Job 26,11) y cimientos (2 Sm 22,8), lo que demuestra que era equivalente de «firmamento» (hebr. raq¡a). Indicaba la enorme cúpula luminosa del cielo sobre la cual estaba el océano celeste (Sal 148,4‑6), cuyo azul se veía desde la tierra. De él procedía la lluvia benéfica o el diluvio destructor.
            Según el AT, el cielo fue creado por Yahvé. La mayor parte de las menciones del cielo con contenido teológico hablan de él como de la habitación de Yahvé, aunque no la única, pues se habla también del templo (1 Re 8,12; 2 Re 19,14), del arca de la alianza o de otros lugares sagrados, aunque hay que distinguir en cada caso si se trata de lugar de habitación o de manifestación. Sin embargo, domina la imagen de Yahvé como rey que tiene su trono en el cielo, desde donde gobierna el mundo y donde recibe un culto celeste.

( Gn 11,5.7; 19>24; 24,3.7; Dt 4,36; 26,15; Is 63,19; Ez 1,1; Sal 113,5s.)

            El cielo, considerado el lugar especial de la presencia de Yahvé, se representa como fuente de toda bendición (Gn 49, 2.5; Dt 33,13), sede de la vida eterna, inaccesible al hombre, y lugar en el que la salvación preparada por Dios existe ya antes de su realización en la tierra (Sal 89,3; Is 34,5); de ahí que algunos personajes sean arrebatados al cielo (2 Re 2,11). Pero el AT no conoce el cielo como lugar de los salvados después de la muerte .

            El modo de hablar del NT responde a la concepción común de la época de considerar el cíelo/firmamento como una cúpula sólida o como una tienda. Como para el judaísmo y el helenismo, la divinidad está «en lo alto» y actúa «desde lo alto». Se considera el cielo como el ámbito de Dios y se usa como sinónimo de él (cf. Mt: «el reino de los cielos»).

            Pero, en realidad, «el cielo» como lugar pasa a ser símbolo. Así, aunque en los evangelios se habla de «los cielos» (el plural es un semitismo) como lugar de Dios, como se ve en la expresión «el Padre que [está] en los cielos» (Mt 5, 16 ) 3~ se habla al mismo tiempo «del Padre que está en lo escondido» (Mt 6,6). Si el Padre está lo mismo «en el cielo» que «en lo escondido», quiere decir que esas localizaciones son maneras de expresar aspectos del ser divino: la lejanía e inaccesibilidad del «cielo» simboliza la trascendencia o excelencia de Dios, mientras «estar en lo escondido» significa su cercanía e invisibilidad.

En los evangelios, «el cielo» no es, por tanto, la designación de un lugar, sino la indicación dinámica de un punto de partida, la esfera divina.

            En la literatura rabínica, «el cielo» sustituye al nombre divino. Este uso se encuentra también en ciertas frases de los evangelios y en la común en Mateo: «el reino de los cielos» (Mt 3,2; 5,3, etc.). La razón de esta paráfrasis parece ser que la acción de Dios como rey, que instaura el reino, se entiende como una realeza que actúa desde el cielo o esfera divina. Al lado, sin embargo, se encuentra en el mismo evangelio la expresión «el reino de Dios» (Mt 12,28; 21,31.43); en el NT no hay ningún recato en pronunciar directamente el nombre divino Cf. Mt 5,45; 6,1.9, etc.; Me 11,25; Le 11,13.
 Lc 15,18.21; Mc 10,21; 11,30 par.; Mt 6,20 par.; 5,12 par.; Le 10,20 par.



2. EL MONTE

Tanto en la cultura judía como en las paganas circundantes se consideraban ciertos montes como lugares donde habitaba o se comunicaba la divinidad. Así, entre los judíos, el monte Sión era el lugar del templo, supuesto punto de contacto de Dios con el pueblo; las revelaciones de Dios a Moisés (£x 13,3, etc.) y a éste con los ancianos (r_x 24,9‑11) tuvieron lugar en el monte Sinaí. De ahí que «el monte» adquiriera un significado teológico. También los cultos paganos se practicaban en montes o alturas, como consta por las denuncias de los profetas.
            En el AT, «el monte» o «la montaña» dan el sentido de la proximidad de Dios y son el lugar que Dios elige para manifestarse o desde donde despliega su actividad.
            En la misma línea, cuando los evangelistas mencionan «el monte», determinado, pero sin nombre ni localización precisa, no pretenden hablar tanto de un monte real cuanto del lugar de la presencia y acción divinas.
            Sin embargo, hay que distinguir entre el simbolísmo del «cielo» (en Mc, los cielos», forma plural y articulada) y el del monte:
            «El cielo» designa la morada de Dios, es decir, simboliza la excelencia e invisibilidad de la esfera divina y, de ahí, la trascendencia de Dios.
Is 65,7; ft 3,6.23; Os 4,13.

                «El monte», figura terrena, cuando está en relación con Jesús, denota la esfera divina en contacto con la historia humana. Se descubre a menudo la oposición a los dos montes peculiares del judaísmo: el monte Sión, lugar del templo, y el monte Sinaí, lugar de la promulgación de la Ley y de la constitución del pueblo.

            Por eso en «el monte» se realizan acciones de gran significado, que están en conexión con la esfera divina.
            En Mt 5, l s, Jesús, que va a promulgar el código de la nueva alianza, sube al monte como Moisés al Sinaí y habla desde el monte como hizo allí Dios. Se tiene, pues, la figura del Hombre-Dios que promulga su propia alianza (cf. Mt 26,28: «ésta es la sangre de la alianza mía»). Pero, en oposición a la del Sínaí, esta alianza está destinada a toda la humanidad.

            En Mc 3,13 (par. Lc 6,12),Jesús sube al monte para constituir el nuevo Israel, representado por los Doce, en paralelo con la formación del antiguo pueblo en el monte Sinaí. Como en Mt 5,1s, la subida al monte como Moisés y la actuación desde el monte con autoridad divina, dibujan en Mc 3,13ss la figura del Hombre‑Dios .

            En Jn 6,3, una vez «atravesado el mar» (6,1), figura del éxodo y de la liberación de la opresión de Egipto, en ocasión de la Pascua de los judíos (6,4),Jesús sube al monte y se queda sentado allí: va a proponer su alternativa, el principio fundacional de la nueva humanidad: la solidaridad por el amor.
            Los discípulos están en el monte con Jesús: la esfera de Dios está abierta. Después del reparto de los panes, cuando se proponen hacerlo rey, Jesús sube de nuevo al monte, solo (6,15). Se notará el paralelo con Moisés; con motivo de la alianza, éste subió al monte dos veces: la primera vez, aunque llegó él solo a la presencia de Dios, subió acompañado por los notables (, Éx 19; 1 Re 19). (Ex 24,1‑2.9.12); la segunda, después de la idolatría del becerro de oro, subió solo (Éx 34,3). ún caso semejante se verifica en Mc 6,46 y Mt 14,23, donde Jesús, ante la incomprensión de los discípulos en el episodio de los panes (cf. Mc 6,52), sube al monte a orar.

            En Mc 9,3 par., la excelencia e importancia de la revelación a los discípulos que va a veríficarse explican la denominación «un monte alto» para el de la transfiguración. En Mt 28, 16, el encargo de la misión universal se hace también en «el monte», situado en Galilea, tierra fronteriza con el mundo pagano.

            La denominación «el monte de los Olivos» (Mc 11,1; 13,3; 14,26) es restrictiva; su conexión particular con Jerusalén muestra que, en este caso, el contacto de la esfera divina con la humana concierne solamente a Israel (cf. ‑Zac 14,4) y, en particular, al templo (Mc 13,3: «Mientras estaba él sentado en el monte de los Olivos, enfrente del templo») .

            Marcos distingue «el monte» y «el monte de los Olivos», ambos en relación con Jesús, de otros «montes»: los de Gerasa (5,5.11), el de Jerusalén (11,23). Los de Gerasa podrían aludir a un culto pagano, y el plural «montes», a una pluralidad de dioses;
            El de 11,23, «el monte ese», designa el monte del templo, es decir, la institución judía en cuanto teocrática, aunque hubiese perdido todo derecho a asumir tal carácter (se traslade al mar).
            El «monte altísimo» de la tercera tentación de Jesús (Mt 4,8) indica la soberbia del poder (Satanás), que pide el homenaje de Jesús, arrogándose la suprema condición divina.

            El origen de estos símbolos, el cielo y el monte, se encuentra en la asociación instintiva de la excelencia con la altura.









3. LA NUBE

            La conexión de la nube con lo divino hunde sus raíces en el anímismo primitivo, pero se consolida porque de ella depende la vida del hombre: de la nube procede la lluvia, viene el rayo, cae el granizo, se desata el diluvio destructor. Sobre todo los nubarrones, que sumergen la tierra en las tinieblas, tienen un efecto sobrecogedor .

            En el AT, el símbolo de la nube se utiliza ampliamente: ya en el canto de Débora la aparición de Yahvé se presenta como una tempestad (Jue 5,4s); lo mismo en Sal 18. Yahvé aparece en las nubes (Ez 1,14); la nube es la orla de su manto que llena el templo (1 Re 8,10s; Ez 10,3s); la nube es su carro (Is 19,1; Sal 104,3).

            Dios se manifiesta veladamente en la nube (cf. Gn 9,13ss). Esa clase de manifestación es uno de los rasgos característicos de la historia del éxodo: «La columna de nube» sirve para indicar el camino (£x 13,21s), y en el momento del paso del mar se interpone entre Israel y el enemigo, para proteger al pueblo y aterrorizar al perseguidor (£x 14,19ss).
                Acompaña, a los israelitas durante todo el viaje por el desierto (Num 14, 14) y, a cada revelación particular, desciende sobre la tienda de la reunión (Ex 33,9s).

            En el monte Sinaí, la nube oscura posada sobre la cima, y recorrida por relámpagos o asociada al fuego, hace visible, escondiéndola al mismo tiempo, la presencia de Yahvé ".
            En Is 4,5 se promete la misma presencia para el tiempo final,


                                         En los evangelios aparece la nube como símbolo de la presencia de Dios en la escena de la transfiguración, donde cubre con su sombra (Mc 9,7 par.) . No quiere decir el texto que la nube proyecte su sombra sobre los que se encuentran fuera de ella, sino que ella envuelve a Dios y a lo que le pertenece, en este caso a Jesús.
            Los discípulos se encuentran fuera de ella, puesto que los tres sinópticos dicen que la voz celeste se dirige a ellos «desde la nube». En Lc: 9,34, los discípulos se asustan cuando Jesús y los que están con él entran en la nube. Mt 17,5 dice que la nube era «luminosa», expresando así el aspecto sereno del encuentro con Dios, típico del NT, aunque la presencia divina asusta a los discípulos (Mt 17,6).
«Llegar entre nubes» (Mc 13,26 par.), «entre las nubes del cielo» (14,62 par.; cf. Dri 7,13), significa una manifesta­ción histórica del Hombre en su condición divina. En el rela­to de la ascensión (Hch 1,9), «ser ocultado por la nube» sig­nifica de nuevo la entrada de Jesús en la esfera divina. Como la nube solamente oculta la figura, podrá seguir la relación per­sonal de Jesús con los discípulos.
Resumiendo, puede decirse que el uso en los evangelios del símbolo «la nube» no difiere mucho del que se hacía en las culturas circunstantes, pero la referencia a Jesús le da un nuevo sentido. La nube se convierte en símbolo de la presen­cia del Padre.







4. EL AGUA



El agua, elemento indispensable para la vida, es uno de los símbolos arquetípicos.

En el AT se menciona el agua pota­ble, necesidad vital para el hombre y el ganado, pero también para la vegetación. Por ello, el agua se considera un don benéfico de Yalivé. En el desierto, él proveyó milagrosamente de agua, hecho que se recuerda una y otra vez. En la pro­mesa de la tierra, es de importancia decisiva la abundancia de agua. El agua es así factor de vida. Por eso la sequía es uno de los grandes castigos.

(Ex 23,25; 1 Sam 30,lls; Gn 24,11‑20; Dt 11,11; 1 Re 18,41‑45. £x 7,5s; Dt 8,15; Sal 78,15s; 74,15, etc. Nm 24,7; Dt 8,7; 11, 11 .1 Re 17; ft 14.)

Pero el agua tiene un segundo aspecto, no ya vivificante, sino destructor, tanto en el ímpetu de las olas del mar como en la violencia de los torrentes o la crecida de los ríos. De ahí que Dios pueda usar el diluvio o las aguas torrenciales para aniquilar a sus adversarios.
En el mundo judío, el abismo de las aguas, en particular el mar, era símbolo del reino de la muerte junto con la sangre y el fuego, el agua se usaba en todo el mundo antiguo como medio de purificación.
Para el tiempo final de Israel, los profetas esperaban que Dios rociase la tie­rra y el pueblo con un agua purificadora, que eliminaría la idolatría e infundiría un espíritu nuevo en su interior.
El agua se convierte en un símbolo del Espíritu de Dios, que lim­pia y elimina el mal.

En los evangelios se conservan ambos sentidos simbólicos del agua, destructor y vivificante; de ahí la figura del doble bautismo, el de Juan y el de Jesús (Mc 1,8 par.). El verbo griego (baptizó) que traducimos por «bautizar» tiene dos sig­nificados: «sumergir/hundir» y «mojar/empapar», según que el elemento líquido tenga contacto exterior o interior con un objeto.
      Si el contacto es exterior (objeto que penetra en el líquido y desaparece dentro de él), signífica «sumergir», con posible connotación de muerte (agua destructora);
      Si el con­tacto es interior (líquido que penetra en el objeto y desaparece dentro de él), significa «infundir/mojar/empapar», como la lluvia, con posible connotación de vida (agua fecundante).

      El simbolismo del agua destructora es el que estaba en la base del bautismo de Juan. La desaparición del hombre bajo el agua simbolizaba la muerte, en este caso la muerte a su pasado, como si éste quedase sepultado en el agua.
      En otro sentido, Jesús habla de su bautismo refiriéndose a su muerte y a la de sus seguidores (Mc 10,38s; Lc 12,50).
(Gn 6‑8; Px 14s; Is 8,5‑8.  Ez 26,19s; Sal 18,5s; 69,3; Jon 2,3s; Job 26,5s.  Is 44,3; Ez 26,25ss; Zac 13,1s).
           
            El simbolismo del agua vivificante como la lluvia se encuentra en la frase «bautizar con Espíritu Santo», la vida divina, que ya en los profetas era simbolizada por el agua.

Asumiendo el lenguaje simbólico de los profetas, el Evangelio de Juan hace del agua el gran símbolo del Espíritu. La infusión de vida por el agua/Espíritu se compara a un nuevo nacimiento, que permite entrar en el reino de Dios (jn 3,5). El manantial de Jesús (4,6.14), del que procede el agua del Espíritu, sustituye al pozo de Jacob, figura de la Ley (4,12). El agua del Espíritu es agua viva que apaga la sed del hombre; es factor personalizante por convertirse en manantial interior que fecunda su ser (4,14).

            Hay dos piscinas en el Evangelio de Juan:
                        Una en el episodio del paralítico (Jn 5,7), piscina cuya agua agitada representa la vana esperanza de curación; la segunda, en el del
                        Ciego de nacimiento (9,7), la piscina de Siloé (el Enviado), que alude a Is 8,6: «el agua de Siloé que corre mansa», oponiéndose así a la anterior. El agua de la piscina del Enviado (Jesús) es símbolo del Espíritu. En Jn 7,37‑39, el agua se identifica explícitamente con el Espíritu, que brota de Jesús traspasado en la cruz (19,34), momento de la manifestación de su gloria (7,39). También en el Apocalipsis «el agua de la vida» (21,6; 22,1.17) es símbolo del Espíritu.

            En otras ocasiones, la mención del agua puede aludir al éxodo de Egipto, cuyo rasgo más característico fue el paso del Mar Rojo; el agua se convierte así en símbolo de una liberación por la violencia. Esta alusión se encuentra en el episodio del
                        Niño epiléptico (Mc 9,14‑29 par.), figura del pueblo oprimido, a quien el espíritu inmundo (la ideología fanática de violencia; véase cap. V, 5 6) lleva a la destrucción incitándolo a la revuelta armada (Mc 9,22: «muchas veces lo ha tirado fuego y al agua para acabar con él»; véase cap. III).
(Derramar»: J1 3,1s; Is 44,3; Zac 12,10; «infundir»: Ez 39,29.)

                Un caso parecido se da en Jn 5,7, donde aparece el agua de la piscina, que periodicamente se agita («Señor, no tengo un hombre que, cuando se agita el agua, me meta en la piscina»); el uso del verbo «agitarse» (gr. tarássomai), empleado en el NT solamente para personas y en particular para designar las revueltas populares, hace ver que el pueblo oprimido, representado por el paralítico, cifraba su esperanza de salvación en la subversión política.






5. EL FUEGO


            La historia de las religiones y de las culturas muestra la gran importancia que los hombres han atribuido siempre al fuego, tanto en un sentido positivo como negativo, como dador o destructor de vida. Se le ve como una fuerza de la naturaleza que da vida al hombre, pero que es imprevisible y a la que hay que temer. Pero se le tiene también como un logro humano, encendido y mantenido por el genio del hombre.

            En el mundo que circundaba al AT y al judaísmo, el culto del fuego de la religión persa fue de particular importancia.
           
PERSIA:          El fuego, principio de bien, era el protector del orden divino de la vida.

            Entre los griegos, el fuego se usaba para purificar. En la filosofía, era uno de los cuatro elementos; para Heráclito, el elemento básico del universo.

            En el AT, el rayo es «el fuego de Dios» (2 Re 1,12). El fuego es medio de purificación. En el culto, el fuego sacrifícial se usaba para quemar ofrendas en el altar e incienso en el incensario.
            Como Yalivé estaba presente en medio de su pueblo como juez que libera y castiga, el fuego que lo acompañaba se hizo expresión de dos aspectos diferentes de su actividad.
                        1.En primer lugar, era señal del juicio divino;
                        2.En segundo lugar, del favor divino, al mostrar Dios por medio del fuego su acepta­ción de                         un sacrificio.


            Era también señal de la guía de Dios, como aparece en las columnas de fuego y de nube en el éxo­do. Yahvé habló desde el fuego . Se define a Yahvé mismo como un fuego devorador, por el celo ardiente con que vigilaba sobre la obediencia a su vo­luntad. También su palabra se describe como fuego que devora (Jr 23,29).     Se aparece rodeado de fuego. El fuego es uno de sus servidores, un instrumento suyo, símbolo de la san­tidad de Yahvé como juez del mundo, y también de su gloria y su poder". Según Dn 7, 10, un río de fuego sale de debajo del trono de Yahvé.
En el período después del exilio se esperaba que Yahvé aparecería para llevar la historia a su consumación, y fuego sería la señal anunciadora del día de Yahvé (J1 2,30). Los ene­migos de Yahvé serían destruidos por el fuego y la espada. Según Is 66,24, el fuego que destruye a los enemigos de Dios es inextinguible.
Cf. Lv 13,52; Nm 31,32; Is 6,6. Lv 1,7ss; 3,5; 6,9ss; 16,12s. Gn 19,24; P‑x 9,24; Lv 10,2; Nm 11,1; 2 Re 1,10; Am 1,43.

En los evangelios.
      El fuego aparece como un símbolo del juicio mesiánico en boca de Juan Bautista, Mt 3,11 (par. Lc 3,9): «ése os va a bautizar con Espíritu Santo y fuego».
      En Mateo y Lucas (no en Marcos ni en Juan), Juan Bautista, que sigue en las categorías del AT, piensa que el Mesías va a des­truír a sus adversarios; el Espíritu Santo es el don que hará a sus partidarios; el fuego, la destrucción de sus enemigos.
Esta actitud del Bautista lo pone en relación con el profeta Elías, llamado «el profeta de fuego», bajo cuyos rasgos es descrito Juan (Mt 3,4: «iba vestido de pelo de camello, con una correa de cuero a la cintura»; cf. 2 Re 1,8).
      En Lucas se anuncia ese carácter de Juan antes de su concepción (1,17: «El precederá al Señor con el espíritu y fuerza de Elías»).
Gn 15,17; Lv 9,23s; Jue 6,21; 1 Re 18,38, etc.
28 P‑x 13,22; Nm 14,14.
" Dt 4,12.15.33.
» Dt 4,24; 9,3; Is 33,14. Gn 15,17; Is 4,5; Ez 1,27. 1 Re 19,11s; Sal 50,3; 104,4. r_x 24,17; Is 6,1‑4; Ez 1,27s. Is 66,15ss; Ez 38,22; 39,6; Mal 4,1. Cf. Mt 3,10.12; Lc 3,16.17.

En boca de Jesús, el fuego es símbolo de destrucción; en los pasajes que lo mencionan se usa a menudo un lenguaje ar­caico, y se concibe a modo de castigo: en realidad, los evan­gelistas, siguiendo el estilo del AT, expresan como acción di­vina lo que es responsabilidad humana.
      Pero Jesús no aplica los dichos sobre el fuego a sus enemigos, sino a los falsos miembros de su comunidad (Mt 7,19; 13,12; 18,8s; Jn 15, 16) o a los que, sin haberlo conocido, no tienen compasión de su prójimo (Mt 25,41).
Equivalente del fuego es «la gehenna», que designaba el quemadero de basuras de Jerusalén, situado en el valle de Hinnón. En Mc 9,43.45.47, «ser arrojado al quemadero» está en oposición a «entrar en la vida» o «en el reino de Dios»; es, pues, símbolo de la muerte definitiva.
Solamente en Lucas adquiere el fuego un carácter positi­vo. Así en 12,49s: «Fuego he venido a lanzar a la tierra, y ¡qué más quiero si ya ha prendido!»
      Contra la expectación de Juan Bautista, no se trata de un fuego destructor ni de juicio, sino, teniendo en cuenta el simbolismo de Lucas, del fuego ilumínador y enardecedor del Espíritu; de hecho, en Pente­costés el Espíritu se manifiesta en forma de lenguas de fuego (Hch 2,3).
El fuego concebido como juicio o castigo divino aparece cuando los hijos de Zebedeo quieren que Jesús les permita pedir que el fuego del cielo (el rayo) caiga sobre los samarita­nos (Lc 9,45); como Juan Bautista, están en la línea violenta de Elías (cf. 2 Re 1,10.12).
Por eso la mención del fuego o de palabras relacionadas con él alude con frecuencia en los evangelios al espíritu violento del antiguo profeta.
Eclo 48,139; 1 Re 19,10.14; 2 Re 1,10.12.14.

                                         Así en Marcos, en el episodio de la suegra de Pedro (1,29‑31), la «fiebre», palabra que en griego es de la raíz «fuego» (pyr, pyretós), y que en el texto no es llamada enfermedad ni se dice que Jesús la cure, sino que ella se marcha (Mc 1,31: «Se le quitó [lit. 1a dejó"] la fiebre»), representa el espíritu reformista violento de los círculos con que Pedro se relaciona.

                        En el episodio del niño epiléptico, que representa la desesperación de la multitud (véase cap. III), el niño/multitud se siente impulsado por el espíritu inmundo (figura del fanatismo violento) a tirarse «al fuego», es decir, a combatir a los opresores con la violencia, lo que no lo llevaría más que a su propia destrucción (Mc 9,22).

            En el Apocalipsis, «el lago de fuego y azufre» es el símbolo de la desaparición definitiva (cf. Ap 14,10). De hecho, a él son arrojados personajes que no son más que símbolos, como

            La Fiera» (el poder del Estado perseguidor),
            Su profeta (el cuerpo propagandístico del poder) (Ap 19,20s),
            El diablo (20,10) e incluso
            La Muerte misma y
            El Abismo (20,14).

6.  LA BODA, EL ESPOSO




            En el AT, la relación de Dios con el pueblo, presentada al principio en clave jurídica como alianza o pacto bilateral, se expresó en los profetas con el símbolo conyugal, concibiendo la relación entre Dios y el pueblo como mutuo amor y fidelidad. Por otra parte, el fracaso de la alianza/boda llevó a la idea de una nueva alianza definitiva.

            Proyectando al pasado la formulación de los profetas, en la literatura rabínica se celebra el pacto del Sinaí como los esponsales de Yahvé con Israel. El Cantar de los Cantares se interpreta viendo a Dios en la figura del esposo y a Israel en la de la esposa. También era común entre los rabinos la expectación de que en los días del Mesías se renovase definitivamente el pacto entre Dios y el pueblo y tuviese lugar el verdadero banquete de boda.
            Nada tiene, pues, de extraño que los evangelistas utilicen el símbolo de la boda y las figuras del esposo y la esposa para describir la nueva relación que, a través de su persona, establece Jesús entre los hombres y Dios.

            Tanto la nueva comunidad en la historia (Mt 22,1‑14 par.) como la realidad del mundo futuro (Mt 25,143) se describen como un banquete de boda.
            La función divina de Esposo se atribuye al Mesías, Jesús, como en Mc 2,19: «¿Es que pueden ayunar los amigos del novio/esposo mientras el novio está con ellos?» De modo parecido, en Jn 3,29, donde Juan Bautista se refiere a la afluencia de pueblo a Jesús: «El que se lleva a la esposa es el esposo» (cf. Mt 9,14‑17; Lc 5,33‑3.9).                En relación con su papel de esposo está la designación de Jesús como «varón/ hombre adulto» (Jn 1,30).
                También la expresión
                        «quitar la sandalia» (Mc 1,7 par.;Jn 1,27), usada por Juan Bautista, está basada en los usos matrimoniales judíos. Cuando un hombre moría sin hijos, hecho considerado como afrentoso, el pariente más próximo debía tomar a la viuda por esposa para dar hijos al difunto; en caso de no hacerlo, la mujer misma o cualquier otro pa­riente podía quitarle el derecho, usando el gesto simbólico de «quítarle la sandalia».
       Con su dicho (Mc 1,7:
                                «yo no soy quién para agacharme y desatarle la correa de las sandalias»), Juan Bautista reconoce que sólo Jesús tiene derecho a desempeñar el papel de esposo.
            Juan Bautista expresa su alegría al escuchar la voz del Esposo (Jn 3,29: «El amigo del esposo, que se mantiene a su lado y lo oye, siente gran alegría por la voz del esposo»; cf. ft 33,10s) y anuncia la fecundidad de la nueva alianza/ boda (Jn 3,30: «A el le toca crecer, a mí menguar»).
            La escena de Betania, en la que María, hermana de Lázaro, unge los pies de Jesús,
                        Es una prefiguración nupcial (véase infra, 5 7).
                La creación de la nueva comunidad (nueva Eva) en la figura de María Magdalena se hace al pie de la cruz; nace del costado de Jesús por la efusión del agua/Espíritu que sale de él,
            El nuevo Adán (Jn 19,34). La nueva pareja, origen de la humanidad nueva, aparece en el huerto/jardín como la pareja primordial en el Paraíso (Jn 20,11‑18; véase cap. III,).

            En el Evangelio de Juan, la boda de Caná es figura de la alianza antigua, a la que pertenece la madre de Jesús, pero no él ni sus discípulos (Jn 2,1s; véase cap. VI, § 2, c).
            La madre representa al pueblo fiel de la antigua alianza, como esposa de Dios (véase cap. II). Hace notar a Jesús la falta de vino/amor (2,3), esperando que el Mesías ponga remedio a la situación. Jesús anuncia la inauguración de una nueva boda/ alianza, en la que él dará el vino del amor/Espíritu (2,4).
            La imagen de la esposa como símbolo de la comunidad aparece en todo su esplendor en el Apocalipsis, que reúne todas las espléndidas metáforas de las bodas mesiánicas (19, 7ss); la esposa es la nueva ciudad de Dios (21,2).
P‑x 19 y 24; cf. Dt 29 y 30; Jos 24. " Is 49,14‑26; 54; 62; Jr 2; Ez 16; véase cap. 11, 5 11." Jr 31,31‑34; 33,14‑22; Ez 36,20‑3
7.  EL PERFUME



            En los evangelios, el perfume aparece ante todo en los episodios que describen una unción.
            En la unción de Betania, «el perfume» se encuentra en Mc 14,3.4.8; Mt 26,7.12; Jn 12,33. En Juan y Lc 7,37.38.46 se ungen los pies de Jesús; en Mt y Mc, la cabeza.    El perfume como simbo1 del amor de la esposa al esposo tiene su origen en el Cantar de los Cantares (Cant 1,12: «Mientras el rey [ = el esposo] estaba en su diván [ Jn 12,2: «reclinado»], mi nardo despedía su perfurne»). El tema de los cabellos, asociado al del perfume en Jn 12,3 y Lc 7,37s, se encuentra en Cant 7,6: «Con tus trenzas cautivas a un rey.»

            En la escena descrita en Jn 12,1‑8, el perfume que derrama María es, pues, símbolo del amor de la comunidad por Jesús, que responde al amor que él le ha mostrado comunicándole la vida (Lázaro=comunidad que ya ha fallecido, Jesús es la nueva esperanza en una vida diferente, mas alla de lo que se creia, por eso Marta no entiende las palabras de Jesús).
            Al secarle los pies con el pelo, en el cual queda cautivado el esposo (Cant 7,6), se insinúa el amor con que corresponde Jesús a los suyos.
            En esta escena de simbolismo nupcial, la frase final: «la casa se llenó de la fragancia del perfume» (Jn 12,3), contrasta con Jr 25,10 (LXX): «haré cesar la voz alegre y la voz gozosa, la voz del novio y la voz de la novia, la fragancia del perfume y la luz de la lámpara». Con Jesús, el esposo, ha vuelto la alegría que llenó a Juan Bautista (Jn 3,29); existe de nuevo la fragancia del amor.
            En Cant 1,3 (LXX) el perfume se identífica con el esposo: «La fragancia de tus perfumes supera todos los aromas, perfume derramado es tu nombre (tu nombre= tu persona), por eso las doncellas se enamoran de ti.»      La casa entera = la comunidad, se llena de la fragancia del Espíritu = amor recibido de Jesús y devuelto a él, vínculo de unión entre los discípulos.
            El Espiritu es perfume por ser vida e inmortalidad, oponiéndose al hedor(=muerte) que temía Marta de su hermano difunto (Jn. 11,39).

            Lo mismo se aplica a la escena de Mc 14,3‑9 (par. Mt 26, 6‑13), donde entra en la casa una mujer y unge la cabeza de Jesús, que está reclinado (cap. III).
                Marcos añade la precisión del «perfume de nardo auténtico de mucho precio», que lo pone en paralelo con Jn. 12,3. En ambos casos, la unión del perfume, símbolo del amor, con el adjetivo «auténtico», que significa también «fiel», representa el amor que nunca se desmiente (cf. Jn, 1,14). En la escena de Marcos, la entrega total del amor se simboliza «quebrando el frasco» para derramarlo en la cabeza de Jesús.




8. EL VINO


A diferencia de Juan Bautista (Lc 1,15), Jesús bebía vino (Mt 11,19; Lc 7,33): mientras el esposo esté presente es tiempo de fiesta (Mc 2,18‑20 par.).
El vino nuevo simboliza la novedad que trae Jesús (Mc 2, 22 par.), que es incompatible con lo antiguo, con lo que ha sido válido hasta su día: «Nadie echa vino nuevo en odres viejos; si no, el vino reventará los odres y se pierden el vino y los odres. No, a vino nuevo, odres nuevos.» En Lc 5,39 se reconoce la dificultad de adaptarse a la nueva realidad: «Na­die acostumbrado al de siempre, quiere uno nuevo, porque dice: "Bueno está el de siempre".»
Lo mismo que el perfume, el vino como símbolo del amor entre esposo y esposa tiene sus raíces en el Cantar (Cant 1,2: «Son mejores que el vino tus amores», en paralelo con los perfumes; 7,10: «Tu boca es vino generoso»; 8,2: «Te daría a beber vino aromado», etc.). Aparece este simbolismo en la escena de Caná (Jn 2,1‑11), donde el vino, símbolo del amor, representa el Espíritu, que será dado en la hora de la muerte de Jesús (Jn 2,4: «mi hora»).
En los relatos de la Cena, el término «vino» no aparece ni en los sinópticos ni en Pablo. De todos modos, es obvio que la copa que reparte Jesús contenía vino, como se deduce de la perífrasis «el fruto de la vid» (Mc 14,25 par.). La copa, o su contenido el vino, que simbolizan el derramamiento de la sangre de Jesús, denotan también su amor, que no se desdice ni ante la muerte. Por lo que beber de la copa es estar dispuesto a compartir la misma suerte de Jesús.


9. LA LUZ


      La pareja de términos antitéticos «luz» y «tiniebla» o los equivalentes de ésta, «noche», «oscuridad», forman una oposición arquetípica común a todas las literaturas y se encuentra también en el hablar cotidiano.      No es extraño que estos tér­minos aparezcan en los evangelios, como antes en las literatu­ras hebrea y griega, cargados de sentido simbólico.
      En la literatura griega clásica, «la luz», en contraste con «las tinieblas» o La noche», significó en sentido figurado la esfera del bien, mientras las malas acciones se decían tener lugar en las tinieblas. Platón comparó la idea del bien con la luz del sol, y, al entrar en la esfera del conocimiento, la luz» adquirió nuevas connotaciones.
Por otra parte, dada la necesidad de la luz para la vida, «estar en la luz» llegó a significar simplemente «vivir», mien­tras estar en el Hades, el reino de la muerte, equivalía a estar en las tinieblas.
En el AT se presenta a menudo la luz como una especie de atributo de Dios: luz es su vestidura (Sal 104,2: «Te vistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto»). La cercanía y presencia de Dios están indicadas por luz (£x 13, 21s: la columna de fuego; Dn 2,22: «la luz habita en él»; Hab 3,4: «su esplendor era como la luz»; Is 60,19s: «Será el Señor tu luz perpetua»).
En particular, la actitud favorable de Dios se compara a la luz del rostro, imagen de la sonrisa y símbolo del favor di­vino (Sal 4,7: «¿Quién podrá darnos la dicha si la luz de tu rostro ha huido de nosotros?»; 44,3: «No fue su espada la que ocupó la tierra, ... sino tu diestra y tu brazo y la luz de tu rostro»; 89,16: «Dichoso el pueblo que sabe aclamarte: caminará, Señor, a la luz de tu rostro»). Es un rasgo de la ma­nifestación divina más que del ser de Dios.
Para el hombre, la luz de Dios significa salvación, es decir, guía y vida (Sal 27,1: «El Señor es mi luz y mi salvación: ¿a quién temeré?»). Por eso los malvados van a tientas en la os­curidad (Prov 4,19: «El camino de los malvados es tenebroso, y no saben dónde tropezarán»), y también después de la muerte los rodeará la tiniebla (Sal 49,20): «Irá a reunirse con sus antepasadós, que no verán nunca la luz»). El justo, en cambio, goza de la luz de la vida (Sal 97,11: «Amanece la luz para el honrado y la alegría para los hombres sinceros»; 112,4: «En las tinieblas brilla una luz para los honrados»; Prov 4,18: «La senda de los honrados brilla como la aurora, se va esclareciendo hasta que es de día»; 13,9: «La luz de los honrados es alegre, la lámpara de los malvados se apaga»).
            En Isaías, la salvación se describe a menudo con la metáfora de la luz. Así, Is 2,4s: «[ Dios] será el árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas ... Casa de Jacob, ven, caminemos a la luz del Señor»; 42,16: «Conduciré a los ciegos por el camino que no conocen ... Ante ellos convertiré la tiniebla en luz, lo escabroso en llano»; 60,2s: «Mira: las tinieblas cubren la tierra; la oscuridad, los pueblos; pero sobre ti [Jerusalén] amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti, y caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora»; 60,19s: «Ya no será el sol tu luz en el día, ni te alumbrará la claridad de la luna; será el Señor tu luz perpetua y tu Dios será tu esplendor ... y se habrán cumplido los días de tu luto. »

            La palabra de Dios se compara a la luz que guía al hombre (Sal 119,105: «Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero»; Prov 6,23: «El consejo es lámpara y la instrucción es luz»; Sab 7,10 [de la sabiduría]: «Me propuse tenerla por luz, porque su resplandor no tiene ocaso»; 7,26: «Es reflejo de la luz eterna»).

            Sólo en la luz de Dios ve el hombre la luz, es decir, sólo cuando Dios lo ilumina percibe la naturaleza de la realidad. «Vivir en la luz» equivale a obedecer los mandamientos de Dios. El que vive en la luz puede ser luz para los demás (ls 42,6 [del Servidor de Dios]: «Te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones»; 49,6: «Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra»; 58,10 [las buenas obras son luz]; «Cuando partas tu pan con el hambriento ... brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía»); la verdad de Dios irá adelante como «luz para las naciones» (Is 51,4: «De mí sale la ley, mis mandatos son luz de los pueblos»).

            En Qumrán se radicalizó la oposición luz‑tinieblas, probablemente por influjo de las religiones persas. Se creó un dualismo, donde «la luz» y «las tinieblas» representaban las esferas de los buenos y de los malos (cf. Prov 4,18s). «Los hijos de la luz», los miembros de la comunidad de Qumrán, estaban en conflicto con Jos hijos de las tinieblas». Uno de los libros de la secta se titulaba: «Guerra de los hijos de la luz contra los hijos de las tinieblas». Según ellos, esta confrontación en la historia correspondía a otra parecida en el mundo de los espíritus, donde había un Príncipe de la Luz y un Angel de las tinieblas ".

Resumiendo: En el mundo griego, la luz simbolizaba la vida, el bien y el conocimiento de la verdad. En el AT, la trascendencia y la presencia de Dios; la luz de su rostro, su favor; es símbolo de vida y salvación, de alegría y seguridad; la palabra de Dios es luz porque guía al hombre; el hombre participa de esa luz y puede comunicarla, en particular con sus obras en favor de los demás.


            En los evangelios, el simbolismo de la luz continúa el del AT. Así, la nube luminosa que aparece en la transfiguración (Mt 17,5: «Una nube luminosa los cubrió con su sombra») delata la presencia de Dios. También Jesús aparece radiante, señal de su condición divina (Mt 17,2: «Su rostro brillaba como el sol, y sus vestidos se volvieron esplendentes como la luz»; Me 9,3: «sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador»; Le 9,29: «sus vestidos refulgían de blancos»).
            La luz acompaña también la presencia de personajes que llegan de la esfera divina (Lc 9,30s: «Se presentaron dos hombres que conversaban con él: eran Moisés y Elías, que se habían aparecido esplendentes»; 24,4 [en el sepulcro]: «Se les presentaron dos hombres con vestiduras refulgentes»; cf. Hch 1,9: «Dos hombres vestidos de blanco») o de ángeles mensajeros (Mt 28,3: «Tenía aspecto de relámpago y su vestido era blanco como la nieve»).
            Mateo aplica a Jesús el texto de Is 9,1 (Mt 4,16): «El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombra de muerte una luz les brilló.» Siguiendo a Is 42,6 (dirigido al Servidor): «Te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones», en Lc 2,32 Simeón proclama a Jesús luz de las naciones»: «Una luz que es revelación para las naciones y gloria para tu pueblo, Israel.»

            También los discípulos se describen como portadores de luz: Mt 5,14: «Vosotros sois la luz del mundo», trasladando a ellos lo que se decía de Jerusalén, lugar del templo, en Is 60,1‑3: «¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz: la gloria del Señor amanece sobre ti!»; es la gloria de Dios, su amor de obra, la luz que ha de brillar en ellos (Mt 5,15: «Empiece así a brillar vuestra luz ante los hombres: que vean el bien que hacéis y glorifiquen a vuestro Padre del cielo»). La misión de los seguidores de Jesús es transmitir la luz divina que han recibido.

            En Juan, el símbolo de la luz se encuentra en todo el evangelio. Para este evangelista, la luz es el resplandor de la vida, de la plenitud de vida contenida en el proyecto creador (1,4: «La Palabra/Proyecto contenía vida y la vida era la luz del hombre»); no existe para Juan, por tanto, una luz anterior ni diferente de la vida misma: la luz es la plenitud de vida, en cuanto puede ser deseada y conocida, y sirve de guía al hombre.

            La luz de la vida, única luz verdadera, se opone a las falsas luces, en particular a la Ley, llamada «luz» en el AT (cf. Sab 18,4: «la luz incorruptible de la Ley») y en el judaísmo.

            Por simbolizar la vida en cuanto se manifiesta y puede conocerse, la luz equivale metafóricamente a «la verdad». Para el hombre, pues, la única verdad es la plenitud de vida contenida en el proyecto divino.

            La luz/vida se encarna en Jesús, proyecto divino realizado (1,14: «Y la Palabra se hizo hombre»). Así, él es la luz del mundo, es decir, la vida que brilla e ilumina a la humanidad (8,12: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no caminará en la tiniebla, tendrá la luz de la vida»; 9,5: «Mientras esté en el mundo, soy luz del mundo»; 12,36: «Mientras tenéis luz, prestad adhesión a la luz, y así seréis partícipes de la luz»; 12,46: «Yo he venido al mundo como luz; así, nadie que me da su adhesión permanece en la tíniebla»).

            Por contraste, la ausencia de luz (noche) significa la ausenda de Jesús; en la noche está el hombre que presenta obstáculo a la luz o no se deja iluminar por ella (3,2: «[Nicodemol fue a verlo de noche»; 9,4: «Se acerca la noche cuando nadie puede trabajar»; 11,9s: «Si uno camina de noche, tropieza, porque le falta la luz»; 13,30: «[Judas] tomó el trozo y salió en seguida; era de noche»; 21,3: «Salieron y se montaron en la barca, pero aquella noche no cogieron nada»).

            La adhesión a Jesús se presenta como la opción por la luz/vida, contra la tiniebla/muerte. El rechazo de la luz procede del perverso modo de obrar (3,19: «Los hombres han preferido las tinieblas a la luz, porque su modo de obrar era perverso»), opuesto a «practicar la lealtad» (el amor leal; 3,21: «El que practica la lealtad se acerca a la luz»).

            En el relato del Génesis, las tinieblas existen antes que la luz; por el contrario, en el Evangelio de Juan, la luz, que es la vida contenida en el proyecto divino, es anterior a la aparición de la tiniebla (1,5: Ja luz brilla en medio de la tiniebla»), agente hostil que pretende sofocarla. La identificación de la luz con la vida muestra la equivalencia de tiniebla y muerte.

Resumiendo: En los Evangelios, siguiendo la línea del AT, la luz es símbolo de la presencia y manifestación divina, especialmente en Jesús, y acompaña a los que pertenecen a la esfera de Dios. En oposición a la tiniebla significa liberación, vida y salvación, seguridad y alegría, verdad y generosidad.

            Por oposición a la luz‑vida, las tinieblas son símbolo de mal y de muerte, que puede especificarse en términos de opresión, como aparece en la misión del Servidor de Dios (1s 42, 6: «Para que saques a los cautivos de la prisión, de la mazmorra a los que habitan en tinieblas»; Is 49,9: «Para decir a los cautivos: "Salid"; a los que están en tinieblas: "Venid a la luz"»). Simbolizan también la injusticia (Is 59,9: «Por eso está lejos de nosotros el derecho y no nos alcanza la justicia: esperamos la luz, y vienen tinieblas; claridad, y caminamos a oscuras»). Este es el sentido que tienen las tinieblas en Mt 4,16, cita de 1s 9,1: «El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz intensa; habitaban tierra de sombras, y una luz les brilló», o en Lc 1,79: «bríllará ante los que viven en tinieblas y en sombra de muerte». (Pueblo que vivia oprimido y sin justicia)

            La oscuridad simboliza también el estado miserable del que carece de generosidad, del que no tiene amor y no comparte (Mt 6,23 par.: «Si eres tacaño (ojo malo), toda tu persona es miserable/está a oscuras»). 1    En otras ocasiones, las tinieblas se hacen símbolo del fracaso definitivo del hombre, como lo expresa Mateo, usando un lenguaje arcaico (Mt 8,12: «En cambio, a los destinados al reino los echarán fuera, a las tínieblas»; 22,13: «Atadle, de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas»)= fracaso de una vida, una vida sin sentido.

            Se mencionan las tinieblas que duran tres horas mientras Jesús está en la cruz (claro que no se refiere a tres horas de reloj) (Mc 15,33 par.: «Al llegar el mediodía [la hora sexta], la tierra entera quedó en tinieblas hasta media tarde [la hora nona»), aludiendo a Ex 10,21s, donde se dice que la oscuridad duró tres días: «El Señor dijo a Moisés: «Extiende tu mano hacia el cielo, y se extenderá sobre el territorio egipcio una oscuridad palpable». Moisés extendió la mano hacia el cielo, y una densa oscuridad cubrió el territorio egipcio durante tres días.» También se alude a Am 8,9s: «Aquel día ‑‑oráculo del Señor‑ ‑haré ponerse el sol a mediodía, y en pleno día oscureceré la tierra; convertiré vuestras fiestas en duelo, vuestros cantos en elegías» (cf. Jr 15,8s, matanza en guerra).
           
Se señala así la muerte de Jesús como acontecimiento liberador para la humanidad entera y, al mismo tiempo, como ruina de los opresores.

            Es Juan el único evangelista que usa de manera sistemática el símbolo de la tiniebla. Esta no significa la mera ausencia de luz; tiene siempre un carácter maléfico y presenta dos aspectos:

                        a) Es una entidad activa y perversa que pretende extinguir la luz de la vida (Jn 1,5) e impedir así el conocimiento del proyecto de Dios sobre el hombre (1,4). La tiniebla se opone a la vida en cuanto puede conocerse como luz‑verdad (cf. 1,7; 5,33); representa, por tanto, una anti-verdad, una doctrina o ideología contraria al designio creador, que, al ser aceptada, sofoca en el hombre la aspiración a la plenitud de vida.
            El designio de Dios es la expresión de su amor al hombre: la ideología/tiniebla deforma la imagen de Dios, proponiendo un dios exigente, que no ama al hombre, sino que lo somete.
            La tiniebla se identifica con «la mentíra» (8,44), la ideología propuesta por el círculo de poder, que nace de la ambición de riqueza y afán de gloria humana.
            Pertenece a la tiniebla (12,35) o mentira la concepción de un Mesías dominador que usa la fuerza para implantar el reinado de Dios. Tal es la doctrina de los maestros de la Ley (12,24; cf. Mc 12,35‑37 par.); con ella ciegan al pueblo (12,40), impidiéndole reconocer al Mesías en Jesús (12,34‑37).

                        b) Se llama también «tiniebla» el ámbito de oscuridad o ceguera creado por su acción, donde el hombre se encuentra privado de la experiencia de la vida y no conoce el designio de Dios sobre él. De ahí las expresiones «caminar en la tiniebla» (8,12; 11,35), «permanecer en la tiniebla» (12,46).
            En Juan, la ceguera describe el efecto de la tiniebla en el hombre: impedirle la visión del amor de Dios y de su propio horizonte humano (5,3: «En ellos [los pórticos de la piscina] yacía una muchedumbre, los enfermos: ciegos, tullidos, resecos»; 9,1: «Al pasar vio Jesús un hombre ciego de nacimiento»).

Resumiendo: «Estar en la tiniebla» es siempre símbolo de un estado de muerte en vida, que a menudo se concreta en la opresión: «La tiniebla» equivale a «la mentira», es decir, a cualquier ideología que impida al hombre aspirar a la ple­nitud.








11.                             SIMBOLISMO DE LOS NUMEROS



El valor y significado de los números en los evangelios re­coge unas veces el simbolismo que se les atribuía comúnmente en la época y otras veces depende de alusiones a determinados pasajes del AT; finalmente, pueden simbolizar la nueva reali­dad de Jesús.

El Uno(uno, unico, solo, unico: Dios, unión entre Jesús y el Padre

a. La unicidad es propia de Dios y puede expresarse con el numeral «uno/único» (gr. heís: Mc 10,18; 12,29.32; Mt 23,9; 1 Cor 8,4.6, etc.) o con el adjetivo «solo/único» (gr. monos: Lc 5,21; Jn 5,44; 17,3, etc.). «Lo uno» designa en Juan la unidad que crea el Espíritu entre el Padre y Jesús (10,30), que ha de integrar también a los discípulos (17,1.21‑23).

El Dos: posesión de vida, comunicación de vida(Espiritu).

Por alusión a Os 6,2:
 «en dos días nos dará vida», el dos puede ser símbolo de la comunicación de vida, y así se aplica a la
estancia de Jesús con los samaritanos (Jn 5,40.43),
 a los que comunica el Espíritu (4,14).

En cambio, deja pasar dos días sin ir adonde estaba Lázaro enfermo (11,6),
porque éste, por ser discípulo, poseía ya la vida definitiva.

El Tres: completo, definitivo, Dios, total, compendio de..

En el AT, el número tres alude a la divinidad en Gn 18, 2: « [ Abrahán 1 alzó la vista y vio a tres hombres de pie frente a él», en los que Abrahán reconoce a Dios.
Pero el tres indica sobre todo lo completo y definitivo (Is 6,3: el triple santo).

Así, en Mt 4,1‑11 y Lc 4,1‑13, la triple tentación de Jesús compendia toda tentación.
La triple nega­ción de Pedro significa su renuncia total a ser discípulo (Mc 14 , 30 par.: «Hoy, esta misma noche, antes que el gallo cante dos veces, renegarás de mí tres») '.
En el Evangelio de Juan, la triple negación queda reparada por la triple profesión de amistad con Jesús (Jn 21,15‑17).
«Tres días» o «al tercer día» alude a Os 6,2: «al tercer día nos resucitará».
En Mc 8,2, las multitudes paganas llevan tres días con Jesús; esto significa que ya le han dado su adhe­sión y han recibido de él la vida que supera la muerte.
En las predicciones de la muerte‑resurrección se usa constante­mente la fórmula: «el tercer día (o "a los tres días") resucita­rá» ; más que una fecha precisa indica un breve lapso de tiempo y, en definitiva, la victoria inmediata de la vida sobre la muerte.

Cf. Mc 14,66‑72 par.; Jn 13,38; 18,17.25.27. Mc 8,31 par.; Jn 2,1.19‑21.

El Cuatro y sus múltíplos: Totalidad de tierra y cielo: Universalidad


4.

En el mundo clásico, el significado simbólico del número cuatro se derivó de los cuatro puntos cardinales y las cuatro direcciones del viento, y también de las cuatro estaciones y de las correspondientes constelaciones: Tauro, Leo, Scorpio y Acuario, que aparecen en la mitología babilónica como poderosas figuras que sostienen el firmamento por sus cuatro esquinas.
De ahí que el número cuatro simbolice la totalidad de la tierra y del universo.

            El AT usa el número cuatro en el sentido tradicional, pero sin las connotaciones astrológicas. El cuatro simboliza así la totalidad y universalidad indeterminada o indefinida, en extensión espacial (los cuatro vientos/los cuatro puntos cardinales); véase Ez 1,5: «En medio de éstos [los relámpagos] aparecía la figura de cuatro seres vivientes»; 37,9: «Ven, aliento, desde los cuatro vientos, y sopla en estos cadáveres para que revivan»; Zac 2,10: «Yo os dispersé a los cuatro vientos ‑dice el Señor‑»; 6,5 (de cuatro carros tirados por caballos, que expresan la omnipotencia de Dios, efectiva en todas direcciones): «Están al servicio del Dueño de todo el mundo y salen a los cuatro vientos»; Dn 8,8 (de los imperios): «[Al macho cabrío] se le rompió el cuerno grande y le salieron en su lugar otros cuatro orientados hacia los cuatro puntos cardinales. »
            Los cuatro ríos del paraíso rodean las cuatro partes de la tierra en Gn 2,10ss: «En Edén nacía un río que regaba el parque y después se dividía en cuatro brazos, etc,» Los cuatro vientos o puntos cardinales se mencionaban con frecuencia, por ejemplo, en Ig 11,12: «Congregaré a los desperdigados de Judá de los cuatro extremos del orbe», y en Jr 49,36: «Conduciré contra Elam los cuatro vientos, desde los cuatro puntos cardinales.» G. Gn 7,8; 8,6; Ex 24,18, etc.


40 (diez veces cuatro): totalidad limitada, periodo de tiempo (de personas), periodo largo pero limitado o sea con un fin.

            Un múltiplo de cuatro, en particular «el cuarenta», se usa como número redondo para indicar una totalidad limitada; por ejemplo, una generación o la edad de una persona (Gn 25,20: «Cuando Isaac cumplió cuarenta años tomó por esposa a Rebeca» = ya era adulto); indica repetidamente períodos de tiempo (Gn 7,4: «Haré llover sobre la tierra cuarenta días con sus noches» = un tiempo limitado);
            Se asocia con largos períodos de sufrimiento y con la duración de fases sucesivas del plan salvador de Dios.
Cuarenta años duró la travesía del desierto (Ex 16,35: «Los israelitas comieron maná durante cuarenta años, hasta que Regaron a tierra habitada»).
Cuatrocientos años equivalen a diez generaciones (Gn 15,13: «Tu descendencia ... tendrá que servir y sufrir opresión durante cuatrocientos años»).


            Según estos datos, cuando en los evangelios aparece el número cuatro hay que preguntarse si indica alguna totalidad. Este es el caso de los «cuatro» portadores del paralítico, señalados únicamente por Marcos (Mc 2,3:
«Llegaron llevándole un paralítico transportado entre cuatro»), que representan a la humanidad pagana que vive en el mundo entero.
El manto de Jesús, que representa su reinado a través del Espíritu (véase cap. 1, 5 2), se divide en cuatro partes por estar destinado a la humanidad entera (Jn 19,23).
                Lo mismo puede decirse del «cuarenta»:
Jesús está en el desierto cuarenta días (Mc 1,13; Mt 4,2; Lc: 4,2), en paralelo con los cuarenta años del éxodo de Israel; los «cuarenta días» :representan así el tiempo del éxodo de Jesús, es decir, la duración de su vida pública.             Después de la resurrección permanece con los discípulos también «cuarenta días», que indican el tiempo en que han de superar la prueba (Hch 1,3; cf. Dt 8,2).


4000: cuatro por diez por diez: amplia en cuarenta: toda…

«Cuatro míl», múltiplo de cuatro, señala que el éxodo liberador significado por el reparto del pan está destinado a toda la humanidad. Así, en Mc 8,9 par.: «Eran unos cuatro mil, y él los despidió»; cf. en 8,20 el número exacto: «Cuando partí los siete [panes] para los cuatro mil,»


El Cinco y sus múltiplos


            El número cincuenta simboliza la comunidad del Espíritu; así aparece en el AT, donde los grupos de profetas se componen de «cincuenta hombres adultos» (1 Re 18,4: «[Abdías] cogió a cien profetas y los escondió en dos cuevas en grupos de cincuenta»; cf. 18,13; 2 Re 2,7: «También marcharon cincuenta hombres de la comunidad de profetas»).

Por otra parte, en los Hechos de los Apóstoles, el Espíritu baja sobre los discípulos de Jerusalén el día « quincuagésimo », significado de la palabra «Pentecostés» (Hch 2,14).

En Mc 6,38 par. son cinco los panes distribuidos por Jesús, y los reciben cinco mil «hombres adultos» (la misma denominación figurada usada para los profetas del AT, que indica la plenitud humana que produce el Espíritu); así se lee en Mc 6,44 par.: «Los que comieron los panes eran cinco mil hombres adultos», señalando que el Espíritu/amor se ofrece y se recibe con el pan (cf. Jn 6,33).

Cf. Mc 9,2; Mt 17,1. ` Jn 2,13; 5,1; 6,4; 7,1; 19,22; 11,55. ' Cf. 19,31: «el día solemne».

El Seis

            En relación con el «siete», que simboliza la totalidad determinada, el seis es a menudo el número de lo incompleto.
            Unas veces lo incompleto equivale a lo ineficaz, como aparece en
Jn 2,6, donde las seis tinajas están vacías, significando que, a pesar de sus promesas, la purificación ritual de la religión judía no restablecía la relación con Dios; otras veces lo incompleto es aquello que espera y anuncia lo completo: así,
«la hora sexta» describe la entrega de Jesús en su aspecto de muerte (jn 19,34), pero que ha de culminar en la resurrección;
«el día sexto» es el de la actividad de Jesús, que ha de terminar con la creación del hombre(septimo) (Jn 12,1).

Las seis fiestas que aparecen en el Evangelio de Juan, anuncian la Pascua definitiva, en la que se comerá la carne del Cordero de Dios (19,28‑30).
El numero 666 representa la union del 6 con el 3.  6=lo ineficaz (ser humano fuera de la esfera de Dios) y tres veces=la totalidad, divinidad= es el maximo= el ser humano que se atribuye atributos divinos, o dios. Es el dictador o el opresor.
El siete


                El significado cualitativo dado al número siete en toda la historia de las religiones puede tener su explicación en el asombro sentido en los orígenes por la regularidad del paso del tiempo en períodos de siete días, siguiendo las cuatro fases de la luna y, secundariamente, por otras observaciones astronómicas.

Parece que el hombre primitivo no percibía el tiempo como una secuencia lineal y sólo lo aprehendía como períodos; por eso el «siete» se convirtió en símbolo del período pleno y perfectamente completo. En Babilonia, el siete era sinónimo de plenitud, totalidad; lo mismo en hebreo, siete denota plenitud (Prov 3,10: «y tus graneros se colmarán [lit. "se llenarán siete"] de grano»). Consecuentemente, el siete es también el símbolo de la perfección.

El AT adoptó muchos de los significados simbólicos del número siete: es el número de lo completo, de la totalidad determinada o definida; de ahí el «sábado», que indica el descanso que sigue a la creación acabada; las fiestas que duraban siete días (Lv 23,34: «Comienza la fiesta de las Chozas, dedicada al Señor, y dura siete días»); la completa purificación se efectuaba con una séptuple aspersión de sangre (Lv 16,19: «Salpicará la sangre con el dedo siete veces sobre el altar»); la séptuple venganza es la venganza completa (Gn 4,15: «El que mate a Caín lo pagará siete veces»); Dios lo ve todo con siete ojos (Zac 4,10: «Esas siete lámparas representan los ojos del Señor, que se pasean por toda la tierra»); en la edad de la salvación, el sol brillará siete veces más (Is 30,26: «La luz del Ardiente será siete veces mayor»); la vida plena del hombre son setenta años (Sal 90,10: «Aunque uno viva setenta años y el más robusto hasta ochenta ... »; Is 23,15: «Tiro quedará olvidada setenta años, los años de un rey»).

Un múltiplo de siete es un número redondo que incluye la totalidad (Grí 46,27: «La familia de Jacob que emigró a Egipto hace un total de setenta»; Jue 20,16: «En todo aquel ejército se alistaron setecientos hombres escogidos»). En pro­verbios, «siete» puede significar «todos» (Prov 26,16: «El holgazán se cree más sabio que siete [todos los] que respon­den con acierto»).
«Setenta» años duró la deportación a Babilonia (jr 25,11: «Las naciones vecinas quedarán sometidas al rey de Babilonia durante setenta años»); en Dri 9,24, setenta semanas de años representan el plazo en que habría de efectuarse la salvación mesiánica («Setenta semanas están decretadas para tu pueblo y tu ciudad santa»). Setenta ancianos se eligen para ayudar a Moisés (Nm 11,16: «Tráeme setenta ancianos, etc.»).
Según la concepción judía, vivía en la tierra un total de setenta naciones, idea basada en la tabla de Gn, donde se enumeran 70 pueblos (LXX: 72) (cf. Dt 32,8: «Trazando las fronteras de las naciones, según el número de los hijos de Dios»); de ahí procede el número simbólico de los «Setenta» traductores de la Biblia hebrea en griego.

En los evangelios, las genealogías de Jesús en Mateo (1, 2‑16) y Lucas (3,23‑38), a pesar de sus diferencias, están ba­sadas en el número siete: en Mt, tres grupos de catorce, es decir, seis septenarios: Jesús comienza el séptimo. Lucas cita 77 supuestos antepasados de Jesús, once septenarios; Jesús inaugura el duodécimo. Ambos evangelistas están interesados en el cumplimiento de la historia en la persona de Jesús Me­sías: Mateo, en la historia de la salvación (desde Abrahán); Lucas, en la de la humanidad (desde Adán).
En el Evangelio de Juan, «la hora séptima», en la que se cura el hijo del funcionario (Jn 4,52), indica que la comunica­cíón de vida es efecto de la muerte de Jesús; por oposición a «la hora sexta», que es la del rechazo y condena (19,14‑16a), Ja séptima» connota la entrega de Jesús como obra terminada y fuente de vida.
«Siete» es la suma de los cinco panes y los dos peces (Mc6,44 par.; Jn 6,9) e indica la totalidad del alimento poseído por la comunidad. En el segundo reparto se habla de «siete panes» (Mc 8,5 par.), indicando además con esto que están destinados a todos los pueblos.
Una persona poseída por siete espíritus (Mt 12,43ss par.) o demonios (Lc 8,2) está totalmente poseída.
Siguiendo la idea del AT de los setenta pueblos que com­ponían la humanidad, en Lucas, «Setenta» discípulos consti­tuyen el segundo grupo misionero paralelo al de «los Doce» (Lc 10,1), representando la totalidad de los pueblos de la tie­rra. En Hclí 6,3, «los Siete», en paralelo con «los Doce», re­presentan a la comunidad helenística, abierta a todos los pueblos.
De modo semejante, «siete» son los discípulos presentes en Jn 21,1, que representan a la comunidad después de la resurrección de jesús y participan en la pesca, es decir, en la misión universal. Por oposición a «doce», número de Israel, «siete» alude a la totalidad de los pueblos; designa en Juan a la comunidad de Jesús no como heredera de un pasado («doce»), sino como abierta al futuro.

El Ocho

El simbolismo del número ocho es específicamente cristia­no; los evangelistas usan este número como símbolo del mun­do definitivo, más allá de la primera creación (el «siete»).
Al ser ocho las bienaventuranzas de Mateo (5,3‑10), alude precisamente a la realización en la tierra del reino de Dios, realidad del mundo futuro.
Paralelamente, la datación «a los ocho días» en que se ve­rifica la transfiguración en Lucas (9,28) indica que Jesús va a manifestar a los discípulos la realidad definitiva del Hombre, más allá de los límites del mundo presente.
La misma datación «a los ocho días» señala en el Evange­lio de Juan la segunda aparición de Jesús resucitado a los dis­cípulos (Jn 20,26) e indica el carácter pleno y definitivo del tiempo mesiánico, la presencia en la historia de la realidad futura; completa así el carácter de novedad y principio indica­do por la denominación «el primer día de la semana» (20,19).

El Doce

El doce toma su sentido simbólico de los doce meses; como el siete, es también originalmente un número astronómico, pero en el AT no queda rastro de esta concepción.
Lo mismo en el AT que en tiempo de Jesús, el doce sim­boliza la unidad y totalidad del pueblo elegido; entraba así como elemento esencial en la perspectiva escatológica, cuando Israel, como pueblo de doce tribus, había de ser restaurado.
El punto de origen para el número doce como símbolo de Israel se encuentra en el número de los hijos de Jacob (Gn 29,31‑30,24). De ellos derivan las doce tribus (Gn 49,28: «Estas son las doce tribus de Israel»), que constituyen la tota­lidad de Israel. Toda la historia de este pueblo se remite al número doce constitutivo; a él aluden incluso las vestiduras sacerdotales (£x 28,21: «[El pectorall llevará doce piedras, como el número de las tribus israelitas»).
El número doce lleva consigo cierta connotación teológica: las doce tribus representan la condición del pueblo judío tal como la quiere el Dios de la alianza (]Rx 24,4: «[Moisés] le­vantó un altar a la falda del monte y doce estelas por las doce tribus de Israel»; cf. Jos 4,3ss; 1 Re 18,31: «[Elías] recons­truyó el altar del Señor... : cogió doce piedras, una por cada tribu de Israel, etc.»). El número doce se hizo así símbolo de la situación ideal de Israel, aun cuando las circunstancias políticas no correspondieran a ella.
En la época del destierro vuelve la idea del Israel primor­dial y se habla de la reunión de las tribus para reconstituirlo (Is 49,6: «Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob»). Gn 49; Jos 19,1‑22,21; 2 Cr 6,60‑80; Nm 1,40‑49; 10,15‑27; 13,245.
Aparece el número doce en Mc 3,13ss, Mt 10,1ss y Lc 6, 13ss, al dar la lista de los discípulos, que representan al nuevo Israel y a quienes Jesús destina a una misión universal. En Juan, el número doce aparece por primera vez en la mención de los cestos de sobras que se recogen después del reparto de los panes (6,13; cf. Mc 6,43 par.), indicando que el reparto, es decir, la solidaridad, debe continuar hasta satisfacer el hambre de todo Israel. Juan no presenta la lista de los Doce (cf. 6,67ss), aunque menciona entre ellos a Judas Iscariote (6,71) y a Tomás (20,24).


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En relación con el número «doce» está el «once». «Los Once discípulos» aparecen en Mt 28,16 en vez de «los Doce», como consecuencia de la defección de Judas Iscariote. Dado que en Mateo el número Doce es símbolo de la comunidad cristiana en su totalidad, considerada como el nuevo Israel, el Once representa a esa comunidad con exclusión del antiguo Israel (Judas), que ha rechazado al Mesías.



Observación

A veces, cuando un evangelista quiere evitar que se atri­buya valor simbólico a los números, pone un valor aproxima­do.
Marcos, por ejemplo, señala que los cerdos que se despe­ñaron eran «unos dos mil» (Mc 5,13), queriendo indicar sola­mente un número considerable. Lo mismo Juan, al señalar la gran capacidad de las tinajas en la boda de Caná (2,6 lit.: «de dos o tres metretas cada una», entre ochenta y cien litros) o cuando nota la notable distancia de la orilla a que se encon­traba la barca de los discípulos (6,19: «habían ya remado unos veinticinco o treinta estadios», unos cinco o seis kilómetros). Por último, una cifra aproximada para indicar la escasa dis­tancia que mediaba entre Betania y Jerusalén (Jn 11,18: «unos quince estadios», unos tres kilómetros).

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