lunes, 27 de junio de 2011

Capitulo 4 Terminos de la cultura hebrea


CAPITULO

IV



Terminos de la cultura hebrea
TERMÍNOS DE LA CULTURA SEMITICA


            Se encuentran en los evangelios no pocos términos que suelen traducirse por otros aparentemente equivalentes en nuestra lengua, pero que, en realidad, en la cultura semítica en la que escribieron o en la que se inspiraron los evangelistas tenían un sentido bastante diferente.
                Otras veces sucede que los términos griegos tienen varios sentidos, que en español se expresan con palabras distintas. Sería erróneo, por tanto, traducirlos por el mismo término español, cualquiera que sea el contexto.
                Exponemos a continuación algunos términos que se han prestado a frecuentes equívocos.



1. CUERPO

            Una de estas palabras aparentemente fáciles de traducir, pero, en realidad, traicioneras, es «cuerpo» (sóma). Para empezar, y aunque parezca sorprendente, puede decirse que, tanto en hebreo como en griego, el sentido primario de las palabras que se traducen por «cuerpo» es el de «persona humana».
A. Cuerpo PERSONA HUMANA /INDIVIDUO HUMANO

            1. De hecho, el sentido de «cuerpo» como «persona» aparece en Grecia ya en el siglo v a. C. Fue más tarde cuando surgió la idea del cuerpo como distinto del alma, como lo mortal en cuanto distinto del alma inmortal, idea desarrollada por Platón. Los estoicos siguieron manteniendo la dicotomía de alma y cuerpo o de alma y carne.
            El desarrollo ulterior de estas ideas, junto con las del neoplatonismo en general, llevó a una devaluación del cuerpo por oposición al alma.
                                              
            2. En cambio, si se examina el AT, no se encuentra un equivalente hebreo de la idea griega del cuerpo como contradistinto del alma. En la traducción griega de los LXX, la palabra sóma, como la hebrea basar, denotan al hombre, y esta última incluso a la humanidad; ambas pueden significar cadáver, pero su sentido básico es el de «individuo humano» o «persona»

            Según el AT, también los ángeles tienen «cuerpo» (Ez 1, 11: «otro par de alas les cubría el cuerpo»; Dn 10,6: «su cuerpo era como crisólito, sus ojos como un relámpago»); «el cuerpo», por tanto, no sugiere la idea de una esfera terrena en contraste con una celeste. Y no existe en el AT ningún dualismo que oponga el alma o la mente al cuerpo como algo de más alto valor.

B. Cuerpo Distinto de alma


            Con el tiempo, sin embargo, también en el AT fueron cambiando las ideas sobre el cuerpo, como aparece en los libros de los Macabeos y en el de la Sabiduría, que reflejan la concepción helenística de la distinción entre alma y cuerpo y la depreciación de éste (cf. Sab 9,15: «porque el cuerpo mortal es lastre del alma»).





C. Cuerpo CONCEPCION UNITARIA Y DUALISTA

                                  
            En la literatura judía intertestarnentaria se constata, por una parte, el influjo helenístico (Test. XII Patr.; 2 Esdras); pero, por otra, se conserva la concepción unitaria del AT (Qumrán), donde el cuerpo representa a la persona entera; por eso «el cuerpo/persona» es juzgado y es resucitado de la muerte. Las dos concepciones, la dualista y la unitaria, están vigentes en la época del NT.

Cf. Dt 21,23; 1 Sm 31,10.12; Is 5,25.
               
D. Cuerpo N.T. (PERSONA)


            El NT continúa las concepciones de épocas anteriores, pero aparece en él particularmente el significado de «cuerpo» propio del AT. Por eso «el cuerpo» (en griego, sóma) denota ordinariamente al hombre entero, a la persona'. Puede decirse, de hecho, que en el NT el hombre no «tiene» cuerpo, «es» cuerpo'. En efecto, «el cuerpo» denota al hombre como individuo designable e identificable, como sujeto y objeto de actividad y de comunicación.
            En breve: «el cuerpo» es el hombre/mujer (persona) en cuanto capaz de acción y de relación.

            «El cuerpo» de Jesús es, por tanto, Jesús mismo.
            En Jesús reside la gloria de Dios (= el Espíritu); por eso «su cuerpo», es decir, su persona, es el nuevo santuario que sustituye al antiguo (Jn 2,21: «él se refería al santuario de su cuerpo»). Jesús «levantará» ese santuario, el de «su cuerpo», al que sus enemigos habrán dado muerte (Jn 2,19); es decir, después de su muerte seguirá manifestando su presencia y actividad. «Levantarse de la muerte» significa en el Evangelio de Juan entrar en el estado humano final, el de «cuerpo», que, libre de la limitación de la «carne», conserva su individualidad y permite la acción y la presencia. En la eucaristía, el pan/cuerpo denota la persona de Jesús .

            No hay existencia humana sin «cuerpo», ni aun después de la muerte (1 Cor 15,35‑44), aunque el cuerpo futuro no será animal, es decir, no de carne y hueso (lit. «carne y sangre», 1 Cor 15,50), sino espiritual (15,44.46). Con esto se significa que el hombre conservará su identidad después de la muerte y que será capaz de actuar y comunicar.

            De los datos expuestos se deduce que la traducción constante de sóma por «cuerpo» da origen a frases que pueden ser mal interpretadas:
            1. Así, en Mt 6,22s, (lit.) «el ojo es la lámpara del cuerpo», se trata evidentemente de la persona; es ésta, no el cuerpo, la que goza de la luz o está sumida en la oscuri­dad (cf. Lc 11,34.36).
                2. En Mt 26,12: «Cuando ella derramaba el perfume sobre mi cuerpo (el de Jesús)», se rendía homenaje a la persona;
            3. Mt 27,52: «Muchos cuerpos de santos que ha­bían muerto, resucitaron», se trata de personas muertas que vuelven a la vida.

      4. A veces predomina el sentido físico, como en Mt 10,28 par.; «matan el cuerpo» en el sentido de «suprimen la vida física de la persona».

      5. El significado de «cuerpo» como «persona/individuo» es muy frecuente en los escritos paulinos. Así, en Rom 6,6: «el cuerpo del pecado» significa «el individuo pecador»; 6,12: «No reine más el pecado en vuestro cuerpo mortal», es decir, «en vuestro ser mortal»; 7,24: «¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?», quiere decir, «de este ser mío, instru­mento de muerte»; 8,23: «El rescate de nuestro cuerpo», «de nuestro ser»; 12,1: «Ofreced vuestros cuerpos como sacrificio vivo», «ofreced vuestra existencia».




2. CARNE


Como «cuerpo», también «carne» (gr. sarx) significa cosas muy distintas de lo que entendemos por ella en nuestra len­gua. La palabra «carne» tiene para nosotros un sentido obvio de «masa muscular», de comestible y, en sentido moral, una referencia a la sexualidad, que es ajena al sentido propio del término tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.

Por supuesto, en el AT, «carne» puede designar :
      1. La carne del hombre (Gn 2,21; Ez 37,6.8) y la de los animales (Gn 41,2; Nm 1,33; Dt 14,8)
        2. O el cuerpo humano en su totalidad (1 Re 21,27).

            Sin embargo, en su significado principal, «la carne» no es solamente un componente del hombre, sino ante todo el hombre como tal (Sal 63,2; cf. 54,3)
.
CARNE El ser humano vulnerable, sujeto a debilidad, transitorio, mortal     

De hecho, para el AT, el hombre, en su esencia, «es carne» (para los griegos, «tiene carne»); la «carne» significa el hom­bre en cuanto es transitorio, vulnerable, sujeto a enfermedad, miedo, muerte (debilidad física) (Sal 78,39: «Recordando que eran de carne, un aliento fugaz que no torna»; Is 40,6: «Toda carne es hierba, y su belleza como flor campestre»). «Toda carne» designa a toda la humanidad en cuanto mortal, todos y cada uno (Job 34,15: «Expirarían todos los vivientes [toda carne], y el hombre tornaría al polvo»; cf. Is 66,23: «Cada luna y cada sábado vendrá todo mortal [toda carne] a pos­trarse ante mí»).

                  CARNE Y SANGRE  ► ser humano transitorio

En los escritos rabínicos, para designar al hombre en su transitoriedad, se le llama «carne y sangre» (pri­mera vez en Eclo 14,18).
Veamos ahora qué sucede en el NT. Como en el Antiguo, los autores del Nuevo utilizan «carne» en varios sentidos. Se­gún el contexto, el gr. sarx puede denotar:


NUEVO TESTAMENTO:

a) La carne de un cuerpo animal o humano (1 Cor 15, 39: «Todas las carnes no son lo mismo: una cosa es la carne del hombre, otra la del ganado, etc.») o el organismo del hom­bre (Gál 4,13, lit.: «debilidad/enfermedad de la carne», es decir, «enfermedad corporal»).
b) El ser humano, acentuando más o menos, según los contextos, su condición débil y caduca (Mc 10,8 par.: «Serán los dos un solo ser, una sola carne»; 13,20: «No se salvaría ningún mortal ,toda carne»; Jn 17,2: «Ya que le has dado esa capacidad para con todo hombre [toda carne] »; Hch 2,17: «Derramaré mi Espíritu sobre todo mortal [toda carne]»).
c) En oposición a «espíritu», significa la condición hu­mana débil (Mc 14,38 par.: «El espíritu es animoso, pero la carne [la condición del hombre] es débil»), y, en los escritos paulinos, la debilidad moral, los bajos instintos que inducen al hombre al pecado (Rom 8,6: «Los bajos instintos [la carne] tienden a la muerte; el Espíritu, en cambio, a la vida y a la paz»; Gál 5,17: «Los objetivos de los bajos instintos [de la carne] son opuestos al Espíritu»).

Este uso de sarx es muy frecuente en las cartas de Pablo. Citemos algunos ejemplos donde la traducción por «carne» induce a confusión:

‑ Rom 6,19: «Hablo a modo humano, por la debilidad de vuestra carne»«por lo débiles que sois», «por lo flojos que estáis»;

‑ Rom 7,5: «Cuando estábamos en la carne»«cuando estábamos sujetos a los bajos instintos»;

‑ 1 Cor 1,26: «No muchos sabios según la carne»«no muchos sabios en lo humano» («intelectuales»);

‑ 2 Cor 1, 17: « ¿ 0 los planes que hago los hago según la carne?»«¿O hago mis planes con miras humanas?» («carne» peyorativo, en relación con la ambición, o «los bajos instintos»);

‑ Gál 5,13: «Que la libertad no dé pie a la carne»«a los bajos instintos»; lo mismo en 5,16ss.

‑ Col 2,23: «Sirve para cebar el amor propio [la carnel.»


CARNE Y SANGRE

d) La locución «carne y sangre» designa al hombre en su condición terrena, como el español, «carne y hueso» (Mt 16,17: «Eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso [una carne y sangre], sino mi Padre del cielo»; 1 Cor 15,50: «Quiero decir, hermanos, que esta carne y hueso [carne y sangre] no puede heredar el reino de Dios»).
            Hay que considerar aparte el Evangelio de Juan, que integra en un marco teológico particular el concepto de hombre en cuanto «carne». Para Juan, «el hombre‑carne», es decir, el hombre débil y mortal, es la primera etapa del plan creador de Dios; «la carne» no es un principio malo, sino solamente un estadio inacabado.
            En efecto, el designio de Dios sobre el hombre no se limita a dar existencia a una criatura débil y destinada a la muerte («carne»), sino que se propone infundirle una vida capaz de superar la muerte (Jn 3,16: «para que todo el que le presta su adhesión tenga vida definitiva y ninguno perezca»). De por sí, «la carne» es un principio vital que no puede superar su propia condición y que engendra su misma debilidad (Jn 3,6: «de la carne nace carne»).
            Jesús es el proyecto de Dios hecho «carne» (Jn 1,14), es decir, realizado en un hombre cuya debilidad se mostró al sufrir la muerte.







3. CORAZON


            El término «corazón» (gr. kardía), aunque de uso corriente en nuestra lengua y rico en sentidos figurados, tiene en la lengua del NT una gama de significados mucho más amplia.
            Los sentidos figurados del término «corazón» son frecuentes en la literatura clásica. Además de ser considerado centro del cuerpo y de la vida física, se pensaba que el corazón era la sede de las emociones y sentimientos, de los instintos y pasiones.

En el AT, «corazón» (hebr. leb, lebab) puede significar:

            a) Como órgano corporal, la sede de la fuerza y de la vida física (Sal 38,11: «Siento palpitar mi corazón, me abandonan las fuerzas»; Is 1,5: «El corazón está agotado»); cuando el corazón se vigoriza por el alimento, el hombre entero revive (Gn 18,5: «Traeré un pedazo de pan para que cobréis fuerzas [para que vuestro corazón se fortalezca] antes de seguir»; Jue 19,5: «El padre de la chica le dijo: "Coge fuerzas, prueba un bocado [fortalece tu corazón con un pedazo de pan] y luego os vais"»; 1 Re 21,7: «A comer, que te sentará bien [come pan, que se alegre tu corazón1»).

            b) En sentido figurado, el «corazón» representa la vida intelectual y espiritual, la naturaleza interna del hombre.
                        Es el lugar del
                                   pensamiento,
                                    querer y
                                   sentir del hombre.

            A él pertenecen, por tanto, en primer lugar, el conocimiento, las convicciones, la comprensión, la reflexión, que nosotros situamos en «la mente»; pero además es el lugar de las actitudes, y en él se fraguan la decisión y la opción, que para nosotros se sitúan en el terreno de la «voluntad»; por último, en él anidan los miedos, el amor y el odio, es decir, los «sentimientos», en un sentido más cercano al nuestro. «El corazón» resume el mundo interior del hombre, en cuanto éste se considera permanente, duradero o estable.

«Corazón», sin embargo, significa menos una función partícular que la totalidad de la persona vista en su realidad interior, la personalidad como un todo, el carácter, la disposición y actividad interna consciente y deliberada del yo humano. De ahí que “lo que sale del corazón” sea responsabilidad del hombre total.

            En el Nuevo Testamento persisten los significados del Antiguo. Ordinariamente denota la interioridad del hombre en cuanto estable o continuada; por eso se atribuyen al:


 

            «corazón»,      en su aspecto de «mente», las convicciones o la ideología;
                                   en su aspecto de «volutnad», las actitudes y disposiciones;
                                   en su aspecto de sentimiento, los amores y los odios.

            Esto explica que la expresión «de corazón», acompañando a otra palabra, sirva para interiorizar el concepto expresado por ésta. Se habla así de «los puros/limpios de corazón» (Mt 5,8), o «puros en su interior» (por oposición a la pureza externa procurada con ritos), aquellos cuya disposición habitual excluye la búsqueda del propio interés, con perjuicio de los demás. «Humilde de corazón» (Mt 11,29) significa simplemente «humilde»; la adición «de corazón» da a la humildad el sentido psicológico de disposición interior («humilde dentro», «de ánimo humilde»), pues, de lo contrario, «humilde tendría sentido social (exterior) y significaría la pertenencia a «la clase humilde».
«Lo que sale del corazón» es «lo que sale de dentro» (Mt 15,18s par.); «decír en su corazón» es simplemente «decirse» a uno mismo (Mt 24,48); «razonar en el corazón» (Mc 2,8) es «razonar en su interior», sin expresarlo en voz alta. «En el corazón», es decir, en lo interior del hombre, se asienta la paz (FIp 4,7), En Mt 13,15, cita de Is 6,10, «el corazón» significa «la mente»: «está embotada la mente de este pueblo; ... para ... no entender con la mente». La «dureza de corazón» (Mc 3,5; 6,52; 8,17) significa la obcecación de la mente.




4. El Espiritu


            Tan acostumbrados estamos al significado de la palabra «espíritu» (gr. pneuma) como opuesto a «materia» y connotando algo fuera de este mundo, que sorprende saber que, tanto en griego como en hebreo, el término «espíritu» (de «espirar», «soplar») significa primariamente «viento» o «aliento»; «viento» implica «fuerza»; «aliento», «interioridad vital»; secundariamente designa realidades no perceptibles con los sentidos.

1. En el AT, el término hebreo rúah denota con frecuencia el viento, que, siendo intangible, tiene a Dios por causa inmediata (Gn 8,1: «Dios hizo soplar el viento sobre la tierra»; Am 4,13: «IRI creó el víento»). Otras veces designa el «aliento» 0 «hálito» de Dios, su vida, que es su «espíritu» (Is 44,3: «Voy a derramar agua sobre lo sediento.... voy a derramar mi aliento/espíritu sobre tu estirpe y mi bendición sobre tus vástagos»). En muchos casos denota el aliento del hombre o de los animales (Ez 37,8.10; Eclo 3,19.21, etc.). El «espíritu» expresa la fuerza vital del individuo (Jue 15,19: «Sansón bebió, recuperó las fuerzas [volvió su espíritu] y revivió»).
Mientras el «corazón» denota los objetivos de un hombre, sus resoluciones, su valor, el «espíritu», en cambio, denota la dirección en la que fluye la vitalidad del hombre, la actividad que sale de su interior y expresa su ser. Nunca se usa «espí­ritu» en el AT para significar la cualidad del hombre que lo pone por encima de los animales.
La fuerza/espíritu de Dios puede irrumpir en un hombre (Jue 14,6: «El espíritu del Señor invadió a Sansón, que des­cuartizó al león como quien descuartiza a un cabrito»; 1 Sm 16,13: «En aquel momento invadió a David el espíritu del Señor», etc.), entrar en él (Ez 2,2: «Penetró en mí el espíritu mientras me estaba hablando y me levantó en pie», etc.), ba­jar sobre él (Is 11,2: «Sobre él se posará el Espíritu del Se­flor»). Todo esto indica la poderosa acción de Dios sobre un hombre, capacitándolo para hechos extraordinarios.
Bajo el influjo de la cosmología persa, los textos de Qum­ran desarrollaron la teoría de dos ángeles o espíritus, uno de «rectitud» o Luz», el otro de «iniquidad» o «tinieblas», en­zarzados en perpetuo conflicto en este mundo.

En general, puede decirse que «espíritu», en todas sus acepciones, es siempre una «fuerza». En los evangelios puede denotar el espíritu del hombre, el Espíritu de Dios o un espí­ritu impuro/inmundo.

a) En el lenguaje de los evangelistas, el espíritu del hombre no es un sinónimo de «alma».
            Por oposición a «cora­zón», que denota la interioridad estable o permanente del hombre (convicciones o ideología, actitudes o disposiciones, amores u odios), «espíritu» denota la misma interioridad en cuanto dinámica, es decir, en cuanto se manifiesta al exterior con actos puntuales (acto de conocimiento o de voluntad, ex­presión de sentimiento).
Así, «conocer con su espíritu» (Mc 2, 8) significa «intuir»;
Los pobres por el espíritu» (Mt 5,3) son «los pobres por propia decisión»;
«suspirar por el espiritu» (Mc 8,12) equivale a expresar un sentimiento de pena, dar un profundo suspiro.


b) El Espíritu Santo o Espíritu de Dios es, por tanto, la fuerza vital de Dios, que, por ser amor, comunica amor y produce vida.
            Los símbolos del Espíritu, «el agua», «el perfu­me», «el vino» han sido estudiados en el cap. 11, 55 4, 7 y 8.


c) El espíritu inmundo/impuro es también una fuerza, en este caso maléfica, y representa una ideología destructora; el tema será desarrollado en el cap. V, 5 6.





5. El ALMA                                                      


La palabra española «a1ma», tan común en el habla, ha adquirido un sentido muy diferente del que tenían sus corres­pondientes hebreo y griego. Por eso es importante aclarar su sentido en estas lenguas, para no proyectar en los textos bí­blicos nuestro modo de concebir, interpretándolos de manera equivocada.
La palabra griega psykhé, que a menudo se traduce por «alma», corresponde a la hebrea nelesh, que en el AT tiene dos sentidos principales:
a) «Lo vivo en el hombre» en el sentido más amplio, «la vida» como concreto (Ex 21,23: «cuanto haya lesiones, las pagarás: vida(alma) por vida, ojo por ojo, etc.»).

b) «La persona», hasta el punto de poder equivaler a «yo mismo» o «tú mismo» (1 Sin 18,1: «Jonatán se encaríñó con David, lo quiso como a sí mismo [el alma de Jonatán se enlazó con el alma de David, y Jonatán lo quiso como a su propia alma»; cf. Gn 2,7).
            No se concibe un «alma» separada del cuerpo ni un alma que se separa del cuerpo con la muerte; de hecho, se puede hablar de una persona muerta como del alma de esa persona y significar la persona muerta en su corporeidad (Nm 6,6:«No se acercará a ningún cadáver [a alma muerta») .
Dado el sentido del español «alma», que se concibe como independiente del cuerpo y separable de él, se ve la poca exac­titud de los que, dejándose llevar por el latín (anima), tra­ducen nelesh por «alma». Esto resalta particularmente en los salmos, produciendo un espiritualismo contrario al sentido del texto. Véanse las siguientes frases en dos traducciones parale­las; la segunda traduce la palabra psykhé según su significado en el contexto:
«Mi alma se gloría en el Señor» / «yo me enorgullezco del Señor» (Sal 34,3);
«Dios rescatará mi alma del poder del sheol» / «a mí Dios me saca de las garras del Abísmo» (49,16);
«Mi alma está saciada de males» / «mi ánimo está colma­do de desdichas» (88,4);
el «alma» significa la persona;
«Toda comida aborrecía su alma» / «aborrecían todos los manjares» (107,18);
En algunos casos, nelesh conserva su sentido más primi­tivo: el de «garganta» o tubo digestivo, aunque a veces con valor figurado:
«Mi alma tiene sed de ti» / «mi garganta tiene sed de ti» (Sal 63,2);
«Subían a los cielos, bajaban al abismo (por el movimien­to de la nave), su alma se removía en el mal» / «subían al cielo, bajaban al abismo, el estómago revuelto por el mareo [el mal de mar» (106,26).

En los evangelios, psykhe' es la vida misma, como aparece claramente en Mc 8,35 par.: «el que quiera poner a salvo su vida (psykhé), la perderá; el que pierde su vida por causa mía ... la pondrá a salvo»; lo mismo en Mc 10,45: «para en­tregar su vida en rescate por todos», y en Jn 10, 11: «El pastor modelo entrega su vida por sus ovejas», o 12,25: «Tener apego a la propia vida es destruírse»; de modo parecido, en la bravata de Pedro, Jn 13,37: «Daré mi vida por ti.»
De hecho, no existe en Mateo, Marcos y Juan un término abstracto para designar la vida física. El gr. psykhé es un concreto que denota al individuo humano en cuanto vivo y cons­ciente; de ahí que a menudo equivalga en el uso al pronombre reflexivo y los mismos ejemplos anteriores admitan una tra­clucción en este sentido, como en Mc 8,35 par.: «el que quiera ponerse a salvo, se perderá»; Jn 10,11: «El pastor modelo se entrega él mismo por las ovejas».

El NT no enseña la inmortalidad del alma. Esta no es la parte real y valiosa del hombre ni su elemento eterno y per­rnanente; la inmortalidad es un atributo exclusivo de Dios (cf. 1 Tim 6,15s: «Dios bienaventurado y único soberano .... único que posee la inmortalidad»), que él comunica al hombre con el don del Espíritu (Jn 3,16: la vida definitiva»)




6. HIJO


      Hay en el Antiguo y en el Nuevo Testamento buen número de expresiones que comienzan por «hijo de» y que reflejan un modo de hablar semítico. En ellas, «hijo» no tiene su sig­nificado ordinario, sino que indica solamente una estrecha re­lación entre la persona de quien se dice y la realidad con la que esa persona se conecta.
En el AT, la expresión «hijo de» puede indicar variadas relaciones, entre otras:

a.-  ser discípulo: cuando la sabiduría llama a un hombre «hijo suyo» (Prov 1,8; 2,1; Eclo 3,8);
      b.- habitar (Sal 149,2: «los vecinos de los hijos del Sión»; Jr 2,16: «gente de hijos del Menfis y Tafnes»; Ez 23,15: «los babilonios [los hijos de Babel] »);

      c.-  pertenecer a una clase, etc. (jr 26,23: «y arrojó su ca­dáver en la fosa de la gente común [de los hijos del pueblo] »; Ez 3,11: «vete a los deportados, a tus compatriotas [a los hijos de tu pueblo»; 2 Cr 25,13: «el destacamento (los hijos del pelotón)»; Neh 12,28: «Se reunieron los cantores (los hijos de los cantores) del valle del Jordán»; Am 7,14: «yo no soy profeta ni del gremio de los profetas [hijo de profeta]»);
      d.- tener categoría humana (J1 1,12: «hasta el gozo de los hombres [de los hijos de Adán] se ha secado »; Miq 5,6: « que no tiene que esperar a los hombres ( a los hijos de Adán); Sal 11,4: «sus pupilas examinan a los hombres [a los hijos de Adán] »);

      e.- poseer una calidad (Jue 18,2: «enviaron a cinco de sus hombres, gente valerosa/aguerrida [hijos de fuerza] »; Sal 89, 23: «los malvados [los hijos de la iniquidad] no lo humi­llarán»);

      f.-.  ser digno de una suerte (Dt 25,2: «si el culpable me­rece una paliza [es hijo de palos] .


En el NT se encuentra el mismo tipo de expresiones para indicar:


1‑ destino o paradero, por ejemplo, «hijo de la perdicíón» (Jn 17,12: «el que va a la perdición»; cf. 2 Tés 2,3);
2‑ participación (Ef 2,2: «hijos de la rebeldía» = miem­bros de la rebeldía, rebeldes);
3‑ estado o condición (Jn 12,36: «hijos de luz» = los que viven iluminados; Ef 5,8);
5‑ dedicación (Mc 2,19 par.: «los hijos del tálamo», los amigos íntimos del novio que cuidan de todo lo relativo a la boda);
6‑ pertenenciá (Mt 8,12: «los hijos del reino» = los ciu­dadanos del reino, los que pertenecen a él o están destinados a él; Jn 5,27:
7- hijo de hombre = individuo de la especie humana.

El último ejemplo citado da pie para tratar de la expresión «el Hijo del hombre», tan frecuente en los evangelios. Según lo dicho, «hijo, de hombre» significa «hombre», pero los ar­tículos que determinan «el Hijo del hombre» le dan un carácter de unicidad y de excelencia que indican el «hombre» en su plenitud, el modelo de hombre; para indicar esto en la traducción no hay más‑ recurso que escribirlo con mayúscula: «el Hombre».
Que en los evangelios la expresión «el Hombre» designa a Jesús es cosa clara. Sin embargo, es raro que nunca diga Jesús «Yo soy el Hombre» o que nunca se encuentre «el Hom­bre dice» o frases semejantes. Jesús habla siempre «del Hombre» en tercera persona.
Si preguntamos por qué, se puede responder que «el Hom­bre», aunque designa primariamente a Jesús, como máxima expresión de la humanidad, no lo designa solamente a él. Por los estudios hechos recientemente se ve que «el Hombre» de­nota un colectivo que abarca a Jesús, el portador del Espíritu, y a todos los que de el reciben el Espíritu y se encuentran en la vía de la plenitud humana. Es una manera concreta de desig­nar «el reino de Dios»: «el Hombre» es la humanidad sobre la que Dios reina, porque el reinado de Dios se realiza cuando el hombre participa de su Espíritu.






7. AMAR, ODIAR Y OTROS CONTRARIOS

Otro sEmitismo extraño a nuestra lengua es el uso de con­trarios o, lo que es lo mismo, de extremos opuestos, para expresar simplemente una comparación de superioridad.
Así, en Gn 1,16: «e hizo Dios las dos lumbreras grandes, la lumbrera grande, ... la pequeña ...», es decir, «la mayor» y la menor».
De modo parecido, cuando los verbos «amar» y «odiar» se oponen uno a otro, significan solamente «amar más», «amar menos», o bien «preferir», «posponer». Así, en Lc 14,26: «Si uno quiere venirse conmigo y no odia a su padre y a su madre», es decir, «y no ama menos [que a mí ] » o, de otro modo, y no me prefiere a su padre, etc.», como lo ha interpretado Mt 10,37s: «El que quiere a su padre más que a mí, no es digno de mí»; Rom 9,13: «A Jacob amé, mas a Esaú odié» significa «amé a Jacob más que a Esaú».
Un caso parecido es el de Mt 22,14, que, en contradicción con lo narrado en la parábola, donde solamente uno de los co­mensales es rechazado, suele traducirse: «muchos son llama­dos, pocos escogidos», mientras el sentido, atendiendo al mo­dismo semítico, es: «hay más llamados que escogídos» o «son más los llamados que los escogidos» ".
El mismo modo de expresión puede descubrirse en otras frases, como, por ejemplo, en Mc 10,17s. En este pasaje, un hombre rico llama a Jesús «maestro bueno», es decir, «maestro insigne», pues no se refiere a su bondad personal, sino a su excelencia como maestro, por la que espera que le resuelva su duda; de modo parecido se dice en español «un buen carpin­tero» para señalar la habilidad y competencia en el oficio. A este cumplido, Jesús responde: «¿Por qué me llamas insig­ne? Nadie es insigne más que uno, Díos.» La negativa absoluta por parte de Jesús de su competencia como maestro es impo­sible; por eso hay que considerar la frase como un semitismo y traducir: «Insigne como Dios, ninguno», o de modo seme­jante.

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