viernes, 24 de junio de 2011

Capitulo II Doma y Educacion


H. Zulliger
Los niños difíciles
Edit. Morata.


CAPITULO II

Diferencias:
Síntoma disocial y disposición disocial;
Doma y educación;
El cambio de ambiente como terapéutica pedagógica.

Cuando hablemos de escolares o de niños "difíciles" nos re­feriremos, de ahora en adelante, a aquellos muchachos cuyas dificultades de educación no se originan sobre la base de una debilidad mental o de lesiones cerebrales, y en los que tampoco existe déficit ni mal funcionamiento de las glándulas hormonales.
Me refiero, pues, a niños sanos corporal­mente, que, en general, también se desarrollan bien mental y psíquicamente durante algún tiempo; pero que, después, o re­pentinamente, o poco a poco, resisten a todos los medios de educación.
Son niños que, cuando sus manifestaciones de des­moralización son lo suficientemente patentes, ingresan en Re­formatorios: los delincuentes, los vagabundos y todos los aso­ciales, y también los llamados "casos límite”.

Como ya se dijo, en la evolución del niño se muestran épo­cas en que parece que el pequeño ser humano comienza un desarrollo descarriado, que todo está perdido.
Con frecuencia estos cuadros desaparecen por sí mismos.
Si perduran, consti­tuyen una preocupación, y si se agravan y se integran en el carácter, los niños en cuestión no se adaptan a la sociedad, y entonces ha llegado el momento de que sean llevados al Reformatorio.
Cada "caso", que al principio parece leve, puede llegar a ser grave y necesitado de Reformatorio.
Es posible que la difi­cultad de educación pase a la cronicidad: que se "fije".
La educación difícil significa un especial estado de peligro del psiquismo infantil. Este se encuentra en un desequilibrio que se muestra por síntomas de enemistad hacia la sociedad, por "síntomas disociales".
Aquí tenemos que establecer una diferencia importante. Los síntomas están en una relación de causalidad con el estado psíquico anormal: los primeros son consecuencia de la causa, y ésta es la base psíquica anormal.
Generalmente se identifican ambas cosas y se confunden.
Pero para el tratamiento, la dife­renciación es de suma importancia.
Es posible hacer desaparecer por ciertas medidas los sin­tomas de la educación difícil, suprimirlos. Pero con esto no se varía nada, no se mejora nada la base anormal.

Las fuerzas psíquicas isociadas ya no se manifiestas; pero permanecen invisibles, latentes.
Se puede aportar fácilmente un ejemplo procedente de la Medicina.

El médico'puede disminuir con medicamentos espe­ciales la fiebre de un enfermo e, incluso, hacerla desaparecer. Pero con esto no ha anulado ya la enfermedad. En cuanto deje de administrar las drogas que calman la fiebre, vuelve ésta a aparecer. Por esto no sólo lucha contra ella, sino que receta el mismo tiempo medicamentos contra su agente causal, la pro­pia enfermedad.


En el Capítulo I se ha mostrado cómo puede obligarse a la obediencia a un educando en un Reformatorio: se le encie­rra en celdas azules u oscuras. Entonces se somete. Repentina­mente deja de mostrar resistencia, porque teme ser encarce­lado otra vez.
Pero sería un error creer que, si ahora se diera de alta en la Institución y supiera que no tenía que volver a ella, el joven no volverla a mostrar ninguna oposición en su vida social y en su educación.
Pues por la pérdida de la liber­tad nada ha cambiado generalmente en él.
Sólo cede y no vuel­ve a mostrar su síntoma para escapar al castigo mientras éste le amenaza.
Para hacerlo completamente apto para la vida en común tienen que cambiar sus instintos y fuerzas, psiquicas.

En el Reformatorio ocurre esto, aproximadamente, cuando el edu­cando se une, poco a poco, a un vigilante, profesor, compañero o el director, y recoge de éste, voluntariamente, una influencia educativa favorable.

El mejor camino para ello es en el niño el amor. Sólo con él puede educarse verdaderamente. Con la coacción, sólo se puede domar. Todos los medios que se fun­dan en la coerción son medios de doma.
Podrán civilizar a un ser humano joven, pero nunca podrán educarlo.
Bajo el bar­niz de la civilización se oculta entonces el bárbaro. Análogas circunstancias se encuentran en la doma de ani­males.

HAGENBECK cuenta cómo cada vez se alejaba más de do­mar sus fieras con castigos y torturas. La experiencia le ense­ñó que de un animal domado por el dolor nunca se podría fiar uno por completo. Llegó a hacer dóciles a las peores fieras con amor y pequeños premios, y con ello tuvo los mayores éxitos.
Seguramente se dirá que al hombre no puede comparársele con el animal porque es una cosa completamente distinta. Posee aptitudes y fuerzas de las cuales no disponen los animales.
Sé que todas las comparaciones son defectuosas. Desde lue­go, el hombre tiene inteligencia.
Pero cuanto más dispone de ésta, tanto más intensamente le duele lo que denominamos "in­humano".

A esto pertenecen todos los castigos rudos, todos los castigos que son más que la supresión de amor: toda aplicación de violencia, sobre todo, de índole física.

Con la educación queremos conseguir que todo educando se cultive (se convierta en hombre cultivado). No ha de recibir únicamente una capa externa de civilización.
Sus buenas cua­lidades y su capacidad de vivir en sociedad tienen que llegar a ser una necesidad nacida de un anhelo de compañerismo, de colaboración, de simpatía, de ayuda, de amor.
Si siente tal afán, entonces está dispuesto desde dentro a renunciar a sus instin­tos enemigos de la sociedad (antisociales), a adaptarse a la comunídad y a dar por el amor recíproco lo que esté en sus manos.
Si sólo domamos un hombre, se mostrará civilizado mien­tras sepa que no puede obrar libremente, a menos que se arries­gue a tener desplacer en forma de castigos de todas clases. Si en alguna parte se siente dueño, no solamente aparecen sus inclinaciones bárbaras, sino que, generalmente, se venga de su dominación. Su falta de afectividad y su tendencia al ataque (agresión), nacida de la incapacidad de amar, están reforzadas por el deseo de venganza (resentimiento).
En la vida diaria se pueden hacer observaciones sobre la exactitud de mi afirmación. Piénsese, por ejemplo, en un hom­bre que durante mucho tiempo haya sido aprendiz u obrero a las órdenes de un maestro muy severo. Por una casualidad se convierte él mismo en patrón o vigilante de otro. En la práctica se muestra repentinamente como un duelo muy rígido Y exigente.
     Pensad en la muchacha cuya madre severa no le deja ningu­na libertad.
     Se casa, y ella misma se convierte en madre de una niña. Como tal, olvida lo que ha sufrido bajo su madre y de­fiende y protege a su hija según ella, por amor de manera que la niña se siente como una prisionera.
Es "la maldición de la mala acción que, reproduciéndose, tiene que engendrar mal", dice Schiller, y la Biblia afirma que los pecados de los padres se vengan en los hijos hasta la cuarta generación.
Igualmente se vengan en los descendientes los pecados de educación.
También sería posible, volviendo a la recién casada arriba mencionada, que eduque a su hija siguiendo el lema "tiene que pasarlo mejor de lo que yo lo pasé antaño”. Y que, a consecuen­cia de ello, mime a su hija todo lo que pueda: le deja dema­siada libertad, que llega a la licencia; no reconoce límites, no sufre limitaciones ni renuncias, y, por ello, adquiere malas cos­tumbres.
No puede adaptarse a determinadas circunstancias, y, entonces, se presenta con frecuencia como “difícil”.
Los niños se hacen con frecuencia difícilmente educables sólo porque los padres los convierten en ello. Los límites de la capacidad de educación están, por una parte, en el niño mismo; pero, por otra, en la disposición educativa de los que educan.
Ya Goethe opinaba:

¡Podrian nacer hijos educados, si los padres lo estuviesen!

También podemos lograr hombres cultivados de los difícil­mente educables utilizando sólo el amor.
Este lema rige justa­mente aun en el caso de que no podamos prescindir por com­pleto de medios de doma con el fin de lograr una momentánea subordinación.
Cuando hablamos aquí de "amor", alguien podría entender mal lo que suponemos con ello.
Se sobreentiende que no se trata del "amor ciego", de la pasión de algunos padres por sus hijos.
Queremos decir el "amor de pedagogo" ("el Eros pedagógico"). Se caracteriza porque está dirigido por la mente ("Logos").
El amor pedagógico sólo quiere servir, no pide al niño exigen­cias personales de amor.
-No busca otra satisfacción que la ale­gría profesional de la labor educativa.
-No está ligado personalmente a un niño ‑como cuando una Institutriz derrama amargas lágrimas si tiene que ceder su "querido niño" a una o a un colega, y después cae en una depresión duradera.

Estos estados, pueden observarse de cuan­do en cuando, en casos extremos, la institutriz sucumbe a un «derrumbamiento nervioso". Siente como si la separación sig­nificase la misma renuncia que la muerte de un pariente que­rido.
-El amor educativo del pedagogo profesional es "objetivo" en cuanto que no siente ni simpatías ni antipatías especiales, sino que a todos sus educandos los ama uniforme y rectamen­te, incluso al niño difícil.



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