viernes, 24 de junio de 2011

Capitulo II Lo que hay de magia en el juego de los niños


Fundamentos de psicología infantil
H. Zulliger
Edit- Morata



Capitulo II

LO QUE HAY DE MAGIA EN EL JUEGO DE LOS NIÑOS


He razonado ya en otra publicación las siguientes conclusiones:

1 ) En el juego infantil se oculta una tendencia instin­tiva libidinosa.

2) De aquí el placer del juego; a este goce en la satisfacción del instinto se une, procedente del complejo de Edipo, el «placer de lo prohibido».

3) En la manifestación del instinto, el impulso aparece como voluntad propia.

4) El yo del niño, aún no desarrollado del todo, colabora en la estructura del juego o en su electividad, en tanto que permite una satisfacción del instinto bastante primitiva, pero todavía enmascarada, y hace del juego un compromiso entre las exigencias del yo y las del instinto.

5) Aquí puede iniciarse el estudio de la adaptación so­cial y a la realidad.

6)  El juego significa una abreacción simbólica, muy si­milar a los síntomas neuróticos.

7) Económicamente, se consigue con el juego una relaja­ción de los instintos para evitar lo desagradable. Hasta incluso muchas veces una transformación de la angustia en placer.

En numerosos juegos infantiles puede apreciarse que el contenido simbólico aumenta hasta aparecer la magia. El sentido mágico se muestra en los juegos de invención y en detalles de los mismos especialmente evidentes.

Herbert SILBERER distingue dos clases de magia.
1.      La llamada magia por simpatía, contagiosa, que «consiste en la unión por simpatía de dos cosas a causa del contacto entre ambas», mientras que
2.      La magia por analogía, imitativa, se cumple en el hecho de «que se imita el fin que uno se ha propuesto».

Ambas clases de magia pueden verse claramente en los juegos infantiles.

A)    JUEGOS CON MAGIA SIMPATICA

En una colonia escolar, con alumnos de nueve a quince años, pude observar, en el juego de bolos, que al principio uno y después varios de los muchachos, antes del lanzamiento, se asían con la mano izquierda a un palo que clavaban en el suelo y daban tres vueltas a su alrededor; no podían soltarse hasta que los demás habían cogido las bolas.

Me llamó tanto la atención este detalle, que no pude menos de inquirir su sentido. Me explicaron las reglas exactas y me aclararon que dicha ceremonia traía buena suerte a los tiradores.

Los participantes mayores se sonreían de este detalle de los pequeños y se burlaban de ellos.
En una ocasión, al acercarme por casualidad a los jugadores, oí que uno de quince años decía a un pequeño, haciendo los gestos correspondientes: « ¡Agárrate a tu propio palo! ¡Ah, pero es demasiado corto todavía! »

El detalle de «cogerse al palo» significa también la mágica usurpación de un poderoso pene que tiene que dar al jugador una potencia mayor.

KLEIN, Melanie: Indica que la conversión de la angustias en placer es un mecanismo general y fundamental del juego infantil.

Es asombroso con qué fuerza obra aquí la sugestión. Sucedía no pocas veces que el grupo de los jugadores pequeños ganaba a los mayores, más fuertes.

Para lograrlo tenía que emplearse además otro detalle mágico. Tan pronto como uno de los mayores se disponía a tirar, uno de los pequeños hacía en la línea de la bolera un ademán de partición por el aire y gritaba: « ¡Ssst, bruja! »

El sentido es fácil de adivinar. Se trata de una castración mágica del tirador.
Este detalle es una especie de ampliación de lo anterior o, incluso, su continuación, su consecuencia lógica.
           
Después que el sentido del «agarrarse al palo» fue puesto en claro intuitivamente, a causa de la intervención del muchacho de quince años y expresado y puesto en ridículo al mismo tiempo con las irónicas palabras del mismo ‑y quizá también porque se dieron cuenta de que yo había sido testigo suprimieron los pequeños dicho detalle. En cambio continuaron todavía con el otro («¡Ssst, bruja!»). Quizá porque su sentido no estaba claro.

Pero pronto estos detalles fueron reemplazados por otros dos. Antes de coger la bola, le daba el jugador una palmadita con la mano extendida y decía: «¡Obedece!». Sí después no hacía blanco como se había deseado, se la reprendía y recibía un puntapié a su retorno.
Y siempre que iba a tirar uno de los mayores, detenían un momento los pequeños a la bola en el camino cuando volvía al lugar de tiro.
Esto hacía (tenía que hacer), que después, al tirar, se saliera de la línea (malas tiradas), no derribara el bolo de la esquina (entonces no se ganaban los tantos), el «rey» (también malas tiradas), o que no diera en nada.

Cuando los niños jugaban entre sí, los más pequeños usaban contra los mayores las «magias» referidas. Si el profesor u otros adultos participaban en el juego, éstas se ponían en ejecución por todos los niños a una contra el elemento que venía a participar.

Estos dos detalles del juego tienen también un carácter mágico contagioso.
La bola, a la que se le hablaba y daba la palmadita, se considera como un criado, de cuya obediencia se quiere uno asegurar. El niño, en este caso, se comporta quizá como un adulto frente a un niño, tratando de hacerle dócil mediante las amenazas, la intimidación por superioridad física y los golpes. Y al retener el jugador contrario la bola que vuelve, se le indica con una «acción mágica» lo que tiene que hacer, es decir, desviarse del blanco.
Es probable que, en una región más profunda del psiquis­mo, también estos detalles tengan un sentido simbólico se­xual. Puesto que son una sustitución del medio mágico, el cual no carece de tal contenido, como ya hemos visto.
Pero, además, tiene otro fundamento nuestra afirmación. El juego de bolos sirve a la abreacción del complejo de Edipo.
En el caso de nuestros alumnos, el juego puede servir en más de un sentido a este fin. Se trataba de vencer a los mayores ‑a los compañeros mayores o a los adultos‑, y con esto no se pretendía sino destronar a un «rey» (al padre).
La palabra alemana con que designamos a los bolos Kegel ha conservado hasta hoy su significado de «niños» (con ella se denomina­ban, entre los antiguos germanos, a los hijos de concubinas. Todavía se conserva en alemán la expresión mit Kind und Kegel para referirse a «toda la familia»).
La forma de los bolos corresponde a la de hombres en pequeño.
Yo he podido observar más de una vez a los niños de la posada que jugaban con ellos en la bolera y los consideraban como «muñecos».
El juego de bolos puede servir como abreacción del «complejo de Edipo en la segunda generación», la agre­sión se dirige a los otros jugadores (que en esta suposición serían los hermanos mayores). Si la bola que atraviesa la «pista» (= vagina) romboidal, cercada con setos, se toma por el pene del tirador, los bolos, que a la parte contraria in­teresa se mantengan en pie, corresponden a niños o a los penes de los jugadores contrarios a los que se quiere quitar de en medio.
Nuestros pequeños jugadores, sin embargo, no nos dan directamente ningún punto de apoyo y desistimos de dis­cutir más sobre ello. A nosotros nos interesa el fondo mágico de los cuatro detalles presentados, que vemos efectivamente con toda claridad. Por medio de la magia, por simpatía, en un caso de magia por analogía (la retención ‑de la bola al volver), se cree uno en posesión del triunfo del jugador, de una potencia victoriosa y poderosísima, y castra al partido contrario. Lo que se hace no solamente puede tomarse como símbolo; la acción se convierte en una transformación de la realidad: nuestros jugadores «viven» dentro de ella y «creen» en ella. ¡Esto es magia!



B)   JUEGOS CON MAGIA IMITATIVA


Una señora me refiere que en el tiempo de las cerezas tiene la costumbre de tener horas enteras un hueso de dicha fruta en la boca. Recuerda que ya en la edad escolar lo hacía en compañía de su hermana y su hermano mayor. Era una especie de juego consistente en averiguar quién retenía más tiempo el hueso, sin que además se le notara al hablar; el que así lo hacía ganaba.
En relación con esta información decía lo siguiente:

«Nosotros acostumbrábamos cuando niños a sentarnos muchas veces delante de casa sobre una pared baja con las cerezas que nos habían dado de postre, para comérnoslas allí atendiendo a ciertas reglas de juego.
Se trataba de esto:
Lanzar con la boca los huesos sobre la calle lo más lejos posible, o comer en el menor tiempo un cierto número de cerezas y arrojar los huesos.

O coger con los labios lo más rápidamente posible una cereza con su rabillo y llevarla a la boca, roer la carne sin usar las manos, dejándole el rabillo y el hueso y volver a sostener entre los labios el hueso sin haberlo separado del rabillo.
O ir dejando el mayor número posible de huesos en la boca para echarlos después todos de una vez con un gran soplido.
No es extraño que al hablar de este juego recuerde otro anterior. Se trata también de una apuesta con un hermano que era algo mayor:

Queríamos ver quién orinaba más lejos,
• quién orinaba más,
• quién hacía más ruido en estos casos.

También se podía averiguar quién orinaba hasta mayor altura, lo cual se controlaba en una pared.
‑Y desde luego, no siempre ganaba mi hermano.»

El hermano perdía cuando se trataba de hacer ruido, de orinar más lejos y, con frecuencia, incluso, cuando se tra­taba de orinar en mayor cantidad.

A este juego corresponde el de los huesos de cerezas, que sólo es una sustitución algo «civilizada» del juego pri­mitivo (prohibido en nombre de la higiene), el escupir los huesos a distancia, el comerse una cantidad de cerezas en un tiempo determinado y el arrojar con un gran soplo el mayor número posible de huesos.
No nos extraña el que la señora nos diga que las formas del juego que más le agradaban fuesen aquellas en que po­día «ganar» y éstas eran las ya citadas.
Es fácil advertir que en la base de este juego se encuen­tra la envidia del pene y el miedo a la castración. A todo esto es preciso añadir que la narradora estuvo durante toda su niñez en estas circunstancias significativas: El hermano amado era envidiado por ella en todos sus aspectos, quería imitar sus ocupaciones típicas masculinas, y sólo con dificultad se resignaba a tener dieciséis años de edad, porque no podía estudiar todavía lo que él. Hasta su primera menstruación, que se presentó acompañada de marcados fenómenos de histeria, no adquirió conciencia de su feminidad.
Se sentía «como un mozo» y sus padres contribuían a ello cuando manifestaban en su presencia que debía haber sido un varón.

Lo que acabamos de añadir acerca de la infancia de nuestra informante hace más comprensibles los juegos referidos. Estos significan nada menos que la negación de la feminidad y la prueba mágica de que se posee un pene.
La expulsión de la orina y de su sustituto posterior, los huesos de cerezas, significan en el juego que la niña es superior al hermanito por esto: « ¡Mira aquí, yo tengo un pene más poderoso que el tuyo! »
Pero también las demás clases de juegos deben demostrar para los pequeños la existencia de un pene y la potencia masculina de mayores proporciones.

Sería muy posible que en la expulsión se ocultase aún otro sentido más, que también es mágico y corresponde a una «acción mágica»:
« ¡Haz lo que yo te estoy enseñando, tira tu pene! » No obstante, para una interpretación así nos falta la prueba directa. Al interpretar los fenómenos psíquicos, una significación no excluye a las otras.

También en estos juegos, la angustia ‑el miedo a la castración‑ se transforma en placer, y el hecho de que la narradora tenga todavía hoy, en el tiempo de las cerezas, la costumbre de tener una hora los huesos en la boca, ilustra de una manera especial el significado de los citados gustos infantiles, de los cuales es un fenómeno residual la costumbre.

Los juegos son, por otra parte, algo más que la expresión simbólica de un deseo. Como en los ejemplos sobre juegos de bolos entre los niños, la realidad se transforma por medio de la magia. La muchacha vive, experimenta la realidad transformada y cree en ella. Así pues, nos encontramos con que, cuando los niños juegan orinando y escupiendo huesos de cerezas, nos proporcionan en realidad casos de juegos de magia imitativa.

Se han estudiado aquí, deliberadamente, juegos y detalles de éstos que permiten comprobar las dos clases de magia, y por tener, aquéllos, motivos iguales o parecidos, serían propios para niños y niñas. Mis informaciones pretenden animar el examen, desde el punto de vista de su contenido «mágico», de otros juegos que no necesitan fundarse en la envidia infantil del pene o en el complejo de Edipo.



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