viernes, 24 de junio de 2011

Capitulo III El juego infantil en la prctica psicoterapeutica



Capitulo III

EL JUEGO INFANTIL PRODUCTIVO EN LA PRACTICA PSICOTERAPEUTICA


Hay juegos infantiles, que sólo practican determinados niños o grupos de éstos. En uno y otro caso podemos distinguir entre juegos productivos y reproductivos.

Como reproductivos designamos ciertos juegos, en los cuales rigen reglas especiales, fijadas en su mayor parte por los adultos, y para los que, generalmente, se requiere un material especial.

El juego productivo se caracteriza por ser inventado libremente por el niño o también, con frecuencia, por el grupo. Depende menos del material de juego que el reproductivo y corresponde a la fantasía creadora de los jugadores.
No raras veces experimenta poco a poco toda clase de variaciones; el niño lo va perfeccionando e inventa nuevas reglas, que, en ocasiones, se parecen a los ceremoniales propios de los neuróticos obsesivos. Veamos un ejemplo de juego individual productivo:

Una niña de ocho meses de edad, a la que acaba de destetar su madre, ha descubierto de pronto el huevo de madera de la caja de costura y se le ocurre el siguiente entretenimiento, en el que puede pasarse durante una semana largos ratos y con frecuencia hasta horas enteras: la niña coge el huevo, se lo lleva a la boca, le pasa la lengua y luego lo echa a rodar por la habitación. Lo sigue con la mirada, apenada, ansiosa, y deja escapar un sonido que da la impresión exacta de una lamentación y un desengaño. Luego se arrastra a toda prisa en busca del huevo, y, cuando lo ha cogido, expresa su contento imitando a la gallina clueca o con sonriente arrullo. El juego empieza de nuevo.

Madres y educadores conocían ya hace tiempo, antes de que la psicoterapia infantil se ocupara de ello, la importancia curativa y preventiva de los juegos infantiles productivos. Se empleaban todas las posibilidades del juego en la educación de los niños sólo por una intuición práctica, pero sin elaborar sobre ello ninguna teoría. Los juegos servían y sirven principalmente para «diversión» de los niños en su habitación. Con mucha frecuencia se recurre a ellos para obtener ‑cuando se obtiene‑ el resultado de «curar» una mala costumbre a un niño pequeño. Véanse los casos siguientes, que presencié:

Una madre, cuyo niño tenía la manía de chuparse los dedos, le puso delante de la camita una bola de colores colgada de un hilo. El pequeño ya no se llevaba las manos a la boca cuando la madre lo acostaba porque mientras se dormía intentaba coger aquel juguete y así “olvidó» el chupar.

Otra madre tenía una niña de tres añitos, con la cual era imposible el conseguir higiene, por lo que fue preciso llevarla al consejero de educación. Este se valió de un juego.

Había descubierto en la niña rasgos de terquedad frente a la madre. La chiquilla estuvo jugando con una muñeca grande y otra muñeca pequeña. La grande era la «madre», la pequeña su «hija». La bautizó con el nombre de «Maruja», precisamente el nombre de la niña. Los primeros juegos, como ya hemos insinuado antes, contenían pensamientos de venganza y agresión de «Maruja» contra la madre. Luego entró en juego una tacita de juguete que había en el cuarto, tomándola como «vaso de noche». «Maruja» tenía que sentarse en ella para hacer sus necesidades, pero no quería y tuvo que pegarle su «madre». La niña defendió a «Maruja», cogió a la «mala» de la «madre» y le hizo pedazos la cabeza de porcelana. Ya había desaparecido la madre en el juego, ahora la «madre» iba a ser la niña y el «padre» el educador. Lo primero que hicieron fue cambiarle a la muñeca el nombre. Recibió el de una compañera de juego de la chiquilla, con la que siempre se estaba peleando. La «niña» ‑de nombre “Erika” ahora se convierte en «una niña mala», que no quiere sentarse en el «orinal». «Padre» y «madre» deliberan sobre lo que debe hacerse con «Erika». Entonces el «padre» propone a la «madre» que haga delante de la niña mala lo que ésta tiene que hacer. Ello se repitió con frecuencia, la niña se llevó a su casa a «Erika» y allí jugaba de formas parecidas hasta que, en poco tiempo, llegó a acostumbrarse al aseo.

Es preciso advertir que no siempre la cosa resulta tan sencilla. Para que un juego posea eficacia psicoterapéutica debe penetrarse en su sentido más profundo y debe irse modificando sucesivamente de acuerdo con lo que pretendamos.


Es propio de todos los juegos productivos un simbolismo próximo y equiparable al de los sueños y al de los síntomas neuróticos.

Consideremos a modo de ejemplo el juego del huevo de zurcir, del cual hemos hablado antes. La pequeña juega «al destete», esto es, desea sobreponerse al trauma del mismo. El pecho se ha sustituido por el huevo. De esto hay varios indicios. Ya hemos visto, en el ceremonial del juego, que la pequeña se lo lleva a la boca y lo lame antes de tirarlo. Alguno  dirá que en esto no debe verse ninguna relación especial con el pecho, porque los niños se lo llevan todo a la boca. Pero la madre nos asegura que la niña, cuando mamaba, le pasaba la lengua por el pecho de manera parecida a como lo hacía por el huevo y que siempre, cuando se había saciado, mostraba su satisfacción haciendo la «gallina clueca» o por medio de arrullos. Podíamos decir que la niña se había acostumbrado a perder el pecho materno por medio del juego. Con el juego se transforma la realidad. La niña se tiene que someter a una determinación real de la madre; pero en el juego ella es precisamente la dueña de la situación. Tira el huevo (lo cual quiere decir que rechaza el pecho, no lo quiere) y puede volver a cogerlo cuando desee.

Por medio de esta «heroica ilusión» consigue la niña por sí misma renunciar al pecho de la madre, y sentirse así dueña de la realidad. La experiencia angustiosa, pasiva, del destete, se sustituye por la función activa, que a la niña, no masoquista, tanto le agrada.

También los juegos en grupo sirven para sobreponerse a la angustia, o sea, eliminarla. (Véase «Lo que hay de magia en el juego de los niños», página 29.)

Las observaciones sobre el juego productivo individual y en grupo se han expuesto aquí porque son fundamentales para el psicoterapeuta, si quiere emplear tales juegos en la sesión del tratamiento.

Especialmente cuando vienen al tratamiento niños de hasta nueve años por asociales, difíciles, retrasados, etc., se pueden hacer grandes progresos por medio de la «técnica del juego». Para esto es preciso que el consejero de educación o el psicoterapeuta infantil dispongan de un cajón de juguetes. En él debe haber muñecos grandes y pequeños, muñecos de metal desarmables, ositos, animalitos de trapo y de barro, toda clase de juegos de construcción, trozos de tela, cojines pequeños, trenes de madera sencillos, plastilina, lápices de colores, unas tijeras, papel para pintar, y cortar, libros con grabados, etc.

Se deja al niño la elección de los juguetes y el examinador de mantiene pasivo al principio.
Esto no quiere decir que se mite hablar con el niño (como en la asociación), sino que no se le propone ni el juguete ni el juego.

En las primeras sesiones ‑o en la primera‑, el cajón y sus cosas sirven exclusivamente para preparar una buena transferencia. Se sienta al niño sobre una alfombra, si no hay ocasión de jugar con él al aire libre o en el jardín. La mayoría de las veces, sin que nadie le diga nada, el niño propondrá el juego.

Tan pronto como se crea que ha comprendido el juego, nos debemos asegurar, mediante una intervención activa cualquiera, de que no nos hemos equivocado, hasta que la suposición se convierta en certeza, o hasta que nos percatemos efectivamente de nuestra equivocación. Con un poco de práctica evitaremos fácilmente los errores, pues, con gran frecuencia, los juegos son sencillos y claros, más comprensibles que las asociaciones de los adultos en el psicoanálisis. Ya en la primera sesión suele ser factible por medio del juego saber dónde está el nudo del conflicto.

Así, recientemente, una madre me trajo a la consulta a una hija suya de siete años y medio por dificultades de aprendizaje. Puse a su disposición el cajón, libros ilustrados y libros de texto:

«¿Conoces este libro?» ‑pregunté a la niña mientras yo observaba por un libro de lectura de primer grado qué progresos había hecho en la escuela.
La niña frunció la naricilla.
Mm... ya lo creo; pero, ¿qué hay en el cajón?»
‑¡Mira tú!
La niña jubilosa vació el cajón. Luego cogió dos bolos grandes y uno pequeño.
« Este es papá, ésta es mamá, y ésta soy yo. ¡Ahora vamos a dormir! »
La pequeña tomó un cojín del sofá.
«‑Esta sería la cama, y el mantel ‑¿puedo cogerlo?‑ es la colcha. Así! »
Introdujo primero al «padre», luego a ella y, por último, puso a la «madre» al otro lado de forma que la niña pudiera descansar entre sus padres. Yo supuse que ésta quería representar una situación familiar. Para cerciorarme, tomé otro cojín, y le dije:
«‑Mira; la niñita debe tener su propia camita.»
Lo intercalé entre la cama de los padres y la de la niña.
« Y cada uno debe tener su propio cuarto; ésta es la pared!»
La niña quitó la «pared» y gritó con fuerza:
¡Quete crees tú eso! ¡La niñita tiene que dormir con los padres!»

Y volvió a colocar a la «niña» entre los dos bolos grandes.
«‑¿Tú no ves que, si no, tiene frío?»
«‑Pero podemos taparla bien» ‑repliqué yo y, tomando otro cojín, volví a poner al bolo más pequeño en su «camita».
«‑No; dormirá mucho más a gusto con sus padres, porque puede venir un ladrón y le da miedo.»
«‑ Bien, entonces vamos a colocarla otra vez al lado de los padres! »
Puse el bolo pequeño detrás de la madre.
«‑¡Así no están bien!» ‑me advirtió la niña volviendo a ponerlo en medio‑. «¡ Así le da calor papá y le da calor mamá! »
Coloqué a los «padres» separados de la «pequeña».
«‑Déjalo ya!» ‑me dijo siseando la niña‑; «papá y mamá tienen que estar pegados ‑a la "pequeñita", para que ésta los sienta; si no, se cree que ya no están, y la pobrecilla tiene miedo de que no vuelvan».

Resultó que la niña habla conseguido en su hogar dormir entre los padres. Las dificultades del aprendizaje tenían por objeto retener al padre; por las tardes él tenía que «aprender» con la niña y hacer los deberes.
Detrás de esto había celos de la madre y del padre y un «perfecto» «Edipo» femenino.
La niña quería desunir a los padres, apartando a la madre; pero al mismo tiempo deseaba poseer a los dos. La dificultad de aprendizaje era una estructura secundaria sobre el conflicto originario, que ya se puso de manifiesto en el primer juego del tratamiento.

En otra ocasión me trajeron una niña que presentaba diversos síntomas.
No hablaba; sus adelantos en la escuela eran menores cada día, retrasándose de una manera alarmante; solamente una muy estrecha vigilancia y un minucioso plan de trabajo posibilitaban el que fuera hasta cierto punto limpia y ordenada; se advertían patentemente sus manifestaciones de fogosa afectividad y una «glotonería» anormal.

Su primer juego tuvo lugar en el jardín con un cubo de barro.
Con la mano «hizo caricias» a un «pastel». Más tarde apretó el barro entre sus dedos y se oyeron las primeras palabras de la niña: « ¡Mira, como el ... ! ».(Expresión alemana para el acto de defecar.) Basándonos en las observaciones de estos juegos con barro y tierra resultó que en el hogar se tenía demasiado interés por el aseo; por esto fue necesario hacer a la madre la sugerencia de que «por lo pronto» suprimiera el «bonito» plan horario que había impuesto para las necesidades y dejara en lo posible a la niña cierta libertad para sus juegos, aunque «se pusiera hecha un asco».

Los primeros resultados fueron los siguientes: Cuando la niña fue despreocupándose del orden y del aseo -desde que se atrevió a manchar‑ comenzó a hablar de nuevo, se hizo más alegre y franca.
Utilizaba progresivamente las palabras, en vez de los abrazos y otras expresiones, para manifestar su necesidad de ternura.
Pasado cierto tiempo, durante el cual había estado pintarrajeando con colores y entreteniéndose con otra serie de juegos «anales», empezó espontáneamente a «ordenar» garabatos, flores, frasquitos etc., buscando un lugar para cada cosa. La niña había tenido que recuperar, tanto durante el tratamiento como en su proceso abreviado, una fase del desarrollo, una ocasión en la que pudiera defecar sin que nadie le dijese nada, cosa de la que nunca pudo gozar en casa, lo cual tuvo como resultado una ordenación y limpieza reactivas.

Sobre la relación y las causas de la glotonería afloró algo cuando fue sustituyendo los juegos «sucios» por otros más «aceptables». La muchacha hacía durante horas figurillas de hombres, de las cuales decía que eran sus hijos o los hijos de una bruja, entreteniéndose luego en decapitarlos. De este modo manifestaba su ambivalencia frente a los hermanos y a la madre, y su deseo de tener muchos niños; en las sesiones no juega más que con muñecos. En cierta ocasión se cortaron trozos de pastel de manzanas que «se dieron a comer» a los «niños» y a las «madres» del juego. Entonces se expresó así la niña:
«‑¡No des a la madre demasiada comida, porque puede crecerle un hijito debajo del corazón! »

La niña se interesaba con sus preguntas acerca de la procreación. Esto se debía a que su madre le había explicado algo cuando iba a nacer un hermanito suyo. La respuesta que ella había imaginado era: «el niño se produce en la madre, porque ésta come mucho».

La glotonería se relacionaba así con el deseo de poder tener muchos niños. Para la interpretación exacta es preciso considerar este detalle: cuando la niña estaba en alguna colonia escolar no le apetecían las golosinas ni mostraba sensación alguna de hambre insaciable.
Solamente manifestaba la glotonería en el hogar. Por medio de estos juegos «de comer» se expresa que debe privarse a la madre de aquellos alimentos que según cree la niña podían originar el nacimiento de un bebé («concepción oral»). Había llegado el momento de aclararle algo más lo sexual. De este modo se rectificó la fantasía facilitando la «reconciliación con la madre».

Después de esto desapareció la glotonería, la niña empezó a comer normalmente, y aumentó de peso; antes del tratamiento, a pesar de que ingería gran cantidad de alimentos, estaba desnutrida.

Respecto a la técnica de la interpretación en el «análisis del juego», conviene advertir que debe dosificarse cuidadosamente.
Es mejor que el niño mismo sea quien la descubra, de otro modo, o se convierte en una función intelectual ‑el niño lo «sabrá» entonces todo, pero con ello no habremos logrado que cambie‑ o no se comprenderá ni aceptará la interpretación.
En la técnica del juego es necesario que los obstáculos se hagan desaparecer gradual y lentamente, dando sólo el significado de aquello que ha sido conocido prevíamente y es aceptable. Esto es absolutamente necesario para el intérprete. De no seguir estas normas, es preferible que renuncie a interpretar. Con los niños hay que ser más circunspecto aún que con los adultos.

Los juguetes y los juegos suelen tener una eficacia terapéutica, sin que sea preciso explicar al niño por qué se le ha dado tal juguete o se le ha propueso tal juego.

En una niña de ocho años se presentó de pronto un pavor nocturno, que se repitió durante algunas noches.

La niña nos cuenta ciertos sueños que le causan espanto:

‑Un hombre malo con un abrigo blanco salta por la ventana.
(La niña se estremece). El hombre llevaba un cuchillo brillante y quería lanzarse contra mí.
‑¿Has dicho que se cubría con un abrigo blanco? ‑le pregunté para obtener alguna asociación.
‑Sí; ¿tú sabes?; es como la bata que lleva el peluquero, como la que lleva el dentista.
'Considero completamente erróneo aquello de que se pueda entrar en contacto directo con el inconsciente del enfermo por una. interpretación inmediata y normal, como recomienda Melanie KLEIN. (OP. Cit.)
‑Pero, ¿has estado tú en el dentista?
‑Sí.
‑¿Te ha producido dolor?
‑No; lo único que hizo fue reconocerme la dentadura. Pero en una vitrina brillaban tenazas, tijeras y cuchillos, o cosas parecidas.
‑¿Y de eso tienes tú miedo?
‑Yo pensaba que con ello podía hacerme daño, pues también había cosas de estas en casa del médico que me operó las amígdalas. Entonces yo tenía miedo, verdadero miedo.
‑¡Sígueme contando!; ¿qué pasó después?
‑Del cuarto de al lado vino de pronto una mujer vestida de blanco que me sujetó las manos; yo no podía defenderme.
¿Sientes que alguien pueda subir por tu ventana? ¿Lo ha intentado ya entonces alguien?
‑No; pero mi amiguita me ha contado que un sábado por la mañana alguien movía la ventana de la habitación de su hermana mayor y menos mal que el padre lo oyó y le hizo huir.

Ahora sabemos una cantidad de relaciones: el hombre del sueñoo es una figura confúsa, compuesta del peluquero (que corta el pelo a las damas), del médico (que opera las amígdalas) del dentista y de la enfermera; que el miedo es «angustia de castración», miedo a la mutilación y daño corporal, y que, probablemente, se agudizó con lo que su amiga le había contado; el miedo se relaciona, además, con el deseo de que un hombre, el padre, venga a, defenderla del intruso, deseo cuyos fundamentos ya conocemos. Pero a la niña no le hemos dicho absolutamente nada. Hay que ayudarle lo más rápidamente posible, y como suponemos que el terror manifestado es una especie de mecanismo inconsciente todavía no muy arraigado, intentamos eliminarlo valiéndonos del medio «mágico».

Sugerimos al padre que compre a su hijita un perro de trapo y que le diga más o menos lo siguiente: «Mira, papá te ha comprado un perro con unos ojos que ven hasta en la oscuridad; fíjate cómo brillan. Tú puedes cogerlo y ponerlo en la mesilla, al lado de tu cama. El estará de guardia, mientras tú duermes. Con él puedes dormirte completamente tranquila.»

La sugestión con el juguete hizo efecto, y es de esperar que dure la «curación». Sabemos que un «fetiche» no da siempre buenos resultados, pero en un caso dado puede hacerse un ensayo con él.

Los juegos también están especialmente indicados contra ciertas represiones del instinto. Eso se puede ver en el ejemplo del juego con los huesos de cerezas, donde es evidente, cómo lo lúdico evoluciona de lo  lo inferior a lo supe­rior. En los casos de represión de los instintos se pueden proponer a un niño los juegos que actúan por desinhibición.

Con objeto de ayudar a un muchacho de doce años de edad, afectado de una agresividad extraordinaria, se le proporcionó en primer lugar una pistola detonadora.
Cuando se observó que el juego ya le aburría, se le propuso que se construyese una ballesta.
Lo hizo encantado, y tanto le gustó el trabajo en madera, que después él mismo hizo una especie de guiñol e invitaba como espectadores a sus compañeros, a los cuales antes trataba violentamente.
El papel agresivo quedó transferido a Kaspar (una de las marionetas), que mató a los muñecos, les sacó los ojos, etc. El impulso de la pasión agresiva había pasado de una forma violenta a una forma llena de valor social.

Hemos tocado y esbozado en este artículo las posibilidades del juego productivo como medio de ayuda en la psicoterapia infantil.
Por eso nos detuvimos en los ejemplos que la práctica nos ha brindado, sin ocultársenos el abandono en que hemos tenido a la parte teórica sistemática, aunque ha sido mencionado lo más esencial de ella.
El psicoterapeuta infantil que emplea la técnica del juego en colaboración debe mantener los ojos abiertos, y cuando intervenga, debe saber lo que hace y por qué lo hace. Si le falta simpatía, capacidad de adaptación, ideas, y, además, esa cordialidad y alegría en el trato con los niños, probablemente, antes de comenzar, fracasará en la técnica del juego; asimismo, los demás métodos tampoco serán útiles si no posee las cualidades mencionadas.





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