lunes, 27 de junio de 2011

Dogma de Cristo. Erich Fromm Cap 1



Erich  Fromm


El Dogma de Cristo


Libro de edit. Paidos
Col. Biblioteca Erich fromm


METODOLOGIA Y NATURALEZA
DEL PROBLEMA

           
(Introducción)

            Uno de los méritos fundamentales del psicoanálisis es haber borrado la falsa distinción trazada entre psicología social y psicología individual.

           
Breve analisis del aporte de Freud en relacion a la Psicología Social:

            Freud subrayó, por una parte, que no existe una psicología individual del hombre aislado de su medio social, pues un hombre aislado no existe. Para Freud no había homo psychologicus ni ningún Robinson Crusoe psicológico, como el hombre económico de la teoría económica clásica. Uno de los descubrimientos más importantes de Freud fue,  por el contrario, la comprensión del desarrollo psicológico de las más tempranas relaciones sociales del individuo, como ser la relación con sus padres, hermanos y hermanas.
            Freud escribió:
            “Es verdad... que la psicología individual se ocupa del hombre individual y explora las sendas por las que éste procura encontrar satisfacción para sus impulsos instintivos; pero sólo raramente y en ciertas condiciones excepcionales está la psicología individual en posición de pasar por alto la relación de este individuo con sus semejantes. En la vida mental del individuo invariablemnte hay alguien implicado, sea como modelo, como objeto, como ayuda, como oponente; y así, desde un primer comienzo, la psicología individual, de acuerdo con este extendido pero enteramente justificable sentido de las palabras, es asimismo psicología social”
                             Sigmund Freud: Group Psychology and the Análisis of the ego
           
Por otra parte, Freíd  rompió radicalmente con la ilusión de una psicología social cuyo objeto era "el grupo".
            El “instinto social" no era para él el objeto de la psicología como tampoco lo era el hombre aislado, pues no se trataba de un instinto "original y elemental"; vio más bien "el comienzo de la formación de la psique en un círculo más estrecho, tal como la familia".
            Freud demostró que los fenómenos psicológicos operativos en el grupo deben ser comprendidos sobre la base de los mecanismos psiquicos operativos en el individuo, no sobre la base de una "mente de grupo" como tal.
Nota: Georg Simmel ha indicado de modo notable la falacia de aceptar el grupo como un "sujeto". como un fenómeno psicológico. Este sociólogo escribió: "El resultado externo unificado de muchos procesos psicológicos subjetivos se interpreta como resultado de un proceso psicológico unificado, es decir, de un proceso ocurrido en el alma colectiva. ¡La unidad del fenómeno resultante se refleja en la presupuesta unidad de su causa psicológica! La falacia de esta conclusión, de la cual depende toda la psicología colectiva en su distinción general de la psicología individual, es sin embargo obvia: la unidad de las acciones colectivas, que aparece sólo en el lado de los resultados visibles, se transfiere subrepticiamente hacia el lado de la causa interna, la portadora subjetiva". "über das Wesen der Sozialpsychologie", Archiv für Sozialwi8senschaft und Sozialpoli. tik, XXVI, 1908.

La diferencia entre psicología individual y psicologia social
           
            Esta diferencia ha demostrado poseer un carácter cuantitativo y no cualitativo. La psicología individual toma en cuenta todos los determinantes que han afectado la suerte del individuo, y de este modo llega a una imagen completa hasta el máximo de la estructura psíquica del individuo. Cuanto más ampliamos la esfera de la investigación psicológica ‑es decir, cuanto mayor es el número de hombres cuyos rasgos comunes permiten que se los agrupe‑ tanto más debemos reducir la extensión de nuestro examen de la estructura psíquica total de los miembros individuales del grupo.

            En consecuencia, cuanto mayor es el número de sujetos incluidos en una investigación de psicología social, tanto más estrecha será la visión que se tendrá de la estructura psíquica total de cualquier individuo integrante del grupo sometido a estudio. El desconocimiento de este hecho puede dar lugar a que surjan fácilmente conceptos falsos en la evaluación de los resultados de tales investigaciones. Se espera oír algo acerca de la estructura psíquica del miembro individual de un grupo, pero la investigación sociopsicológica sólo puede estudiar la matriz del carácter común a todos los miembros del grupo, y no toma en cuenta la estructura total del carácter de un individuo particular. Esto último no puede ser nunca tarea de la psicología social, y es únicamente posible si se dispone de un conocimiento amplio del desarrollo del individuo. Si en una investigación sociopsicológica se asevera, por ejemplo, que en cuanto a su actitud frente a la figura paterna un grupo deja de ser agresivo y hostil para mostrarse pasivo y sumiso, tal afirmación significa algo diferente que cuando las mismas palabras se dicen acerca de un individuo dentro de una investigación psicológico‑individual. En el último caso equivale a decir que tal cambio es representativo de la actitud total del individuo; en el caso del grupo alude a una característica media común a todos los miembros del grupo, que no desempeña necesariamente un pa­pel central en la estructura del carácter de cada individuo. El valor de la investigación sociopsico­lógica no puede residir, por lo tanto, en el hecho de que nos permita obtener una visión plena de las peculiaridades psíquicas de los miembros individua­les, sino sólo en el hecho de que podamos establecer aquellas tendencias psíquicas comunes que tienen una influencia decisiva en el desarrollo social de éstos.

La superación de la oposición teórica existente en­tre psicología individual y psicología social lograda por el psicoanálisis fundamenta la afirmación de que:
El método de una investigación sociopsicológica pue­de ser esencialmente igual al método que aplica el psicoanálisis en la investigación de la psique indi­vidual.
 Resultará en consecuencia oportuno conside­rar brevemente las características esenciales de este método, ya que es de importancia para el presente estudio.

Metodo del Psicoanalisis

Freud partió de la idea de que en las causas que producen neurosis ‑y lo mismo es válido para la estructura instintiva del individuo sano‑, una cons­titución sexual heredada y los hechos que han sido experimentados forman una serie complementaria:
         En un extremo de la serie se hallan aquellos casos extremos acerca de los cuales se puede decir sin vacilar que es gente que habría caído enferma, no importa qué haya sido lo ocurrido, qué experimentaron o cuán mise­ricordiosa haya sido la vida con ellos, pues padecen un desarrollo anómalo de la libido.
         En el otro extremo aparecen los casos que merecen un veredicto opuesto: indudablemente se habrían librado de la enfermedad si la vida no les hubiera impuesto el peso de tales y tales cargas.
         En los casos de la parte intermedia de la serie, una parte mayor o menor del factor predisponente (la constitución sexual) se combina con una parte menor o mayor de las imposiciones lesivas de la vida. Poseen una constitución sexual que no habría provocado su neu­rosis si no hubieran pasado por tales y tales experien­cias, y las vicisitudes de la vida no habrían influido traumáticamente sobre ellos de haber tenido una libido constituida de otro modo. Sigmund Freud, A General Introduction to Psycho­analysis. Nueva York, Liveright Publishing Corp., 1943, pág. 304. Freud dice que "los dos factores" son "la constitución sexual y los hechos vividos, o, con otras palabras, la fijación de la libido y la frustración": es­tán representados de una manera tal que cuando uno de ellos predomina, el otro es proporcionalmente menos pronunciado".

         Para el psicoanálisis, en la estructura psíquica de la persona sana o enferma, el elemento constitucio­nal es un factor que debe ser observado al proceder a la investigación psicológica de los individuos, pero sigue siendo intangible. Lo que interesa al psico­análisis es la experiencia; la investigación de su influencia sobre el desarrollo emocional es su prin­cipal finalidad. El psicoanálisis no ignora, por su­puesto, que el desarrollo emocional del individuo está hasta cierto punto determinado por su constitución; este concepto es un supuesto del psicoanálisis, pero el psicoanálisis mismo se dedica exclusivamente a investigar la influencia que la situación vital del individuo tiene sobre su desarrollo emocional.
         Ello significa, en la práctica, que para el método psico­analítico un máximo de conocimiento de la historia del individuo ‑en especial las experiencias de su primera infancia, pero por cierto no sólo ellas‑ es un esencial requisito previo.
         Estudia la relación que hay entre el modo de vivir de una persona y los aspectos específicos de su desarrollo emocional.
         El análisis es imposible si no se cuenta con una extensa información referente al modo de vivir del individuo. La observación general revela, naturalmente, que ciertas expresiones típicas de conducta indican típicas pautas de vida. Por analogía se podrían conjeturar pautas similares, pero tales inferencias contendrían todas un elemento de incertidumbre y serían de limitada validez científica. El método del psicoanálisis individual es por lo tanto un método delicadamente "histórico": la comprensión del desarrollo emocional sobre la base del conocimiento de la historia de la vida del individuo.
            El método para aplicar el psicoanálisis a grupos no puede ser diferente.
            Las actitudes psíquicas comunes de los miembros del grupo deben ser comprendidas sólo sobre la base de sus pautas comunes. Así como la psicología psicoanalítica individual procura comprender la constelación emocional del individuo, del mismo modo la psicología social podrá obtener una visión de la estructura emocional del grupo únicamente por medio de un conocimiento exacto de sus pautas de vida.
            La psicología social sólo puede hacer aseveraciones tocantes a las actitudes psíquicas comunes a todos; requiere en consecuencia el conocimiento de las situaciones de vida comunes a todos y características de todos.
            Si bien el método de la psicología social no es básicamente diferente de aquel de la psicología individual, hay empero una diferencia que es menester señalar.
            En tanto que la investigación psicoanalítica se interesa principalmente en individuos neuróticos, la investigación sociopsicológica trabaja con grupos de gente normal.
            La persona neurótica se caracteriza por el hecho de que no ha logrado adaptarse psíquicamente a su ambiente real. La fijación en ciertos impulsos emocionales, en ciertos mecanismos psíquicos que alguna vez fueron oportunos y adecuados, la pone en conflicto con la realidad.
            La estructura psíquica del neurótico es por lo tanto casi del todo ininteligible si se desconocen las experiencias de su primera infancia, pues, debido a su neurosis ‑expresión de su falta de adaptación o del orden particular de fijaciones infantiles‑, hasta su misma posición como adulto está determinada esencialmente por aquella situación de la niñez.
            Inclusive en el caso de la persona normal tienen una significación decisiva las experiencias de la primera infancia.
            El carácter, en el sentido más amplio, está determinado por ellas y resulta del todo ininteligible si no se las conoce. Pero por haberse adaptado psíquicamente a la realidad en un mayor grado que el neurótico, se puede comprender una parte de su estructura psíquica mucho mayor que cuando se trata de un neurótico. La psicología social se ocupa de la gente normal, sobre cuya situación psíquica la realidad influye en un grado incomparablemente mayor que en el caso del neurótico. De allí que esta psicología pueda pasar por alto hasta el conocimiento de las experiencias infantiles individuales de los diversos miembros del grupo sometido a la investigación; a partir del conocimiento de las pautas de vida socialmente condicionadas en que estas personas estuvieron situadas luego de los primeros años infantiles, puede arribar a una comprensión de las actitudes psíquicas comunes a ellas.
            La psicología social se propone investigar la forma en que ciertas actitudes psíquicas comunes a los miembros de un grupo se hallan relacionadas con sus experiencias vitales comunes. El hecho, en el caso de un individuo, de que predomine esta o aquella dirección de la libido, que el complejo de Edipo encuentre tal o cual vía de salida, es tan poco accidental como lo son los cambios en las características, psíquicas de la situación psíquica de un grupo, ya sea en la misma clase de gente a través de un período de tiempo o simultáneamente entre diferentes clases.       Es labor de la psicología social indicar por qué se producen tales cambios y cómo deben ser comprendidos sobre la base de la experiencia común a los miembros del grupo.

La presente investigación se refiere a un problema de psicología social estrechamente limitado, a saber,:

            La cuestión concerniente a los motivos que condicionan la evolución de los conceptos acerca de la relación entre Dios Padre y Jesús desde los comienzos de la cristiandad hasta la formulación del credo de Nicea en el siglo IV.

FINALIDAD
De acuerdo con los principios teóricos recién formulados, esta investigación tiene por finalidad

            1. Determinar el punto hasta el cual el cambio ocurrido en ciertas ideas religiosas es una expresión del cambio psíquico experimentado por la gente en cuestión,
            2. Y el punto hasta el cual esos cambios son dictados por sus condiciones de vida.

            Se intentará comprender las ideas en términos de hombres y de sus pautas de vida, y demostrar que la evolución del dogma sólo se puede comprender mediante el conocimiento del inconsciente, sobre el cual ejerce su efecto la realidad externa y que es el que determina el contenido de la conciencia.

METODO
El método de este trabajo demanda que se consagre un espacio relativamente extenso a la presentación de la situación de vida de la gente sometida a la investigación, a su situación espiritual, económica, social y política, o sea a lo que en resumen podría llamarse sus "superficies psíquicas". Si tal introducción parece contener un énfasis desproporcionado, el lector deberá tener en cuenta que aun en el estudio psicoanalítico del caso de una persona enferma, mucho es el espacio asignado a la presentación de las circunstancias externas que rodean al paciente. En el presente trabajo, la descripción de la situación cultural total de las masas que han sido sometidas a la investigación y la presentación de su ambiente externo, son más decisivas que la descripción de la situación real en el estudio de un caso individual.
            Ello se debe a que cuando se trabaja con cosas, la reconstrucción histórica, no obstante suponerse que sólo hasta cierto punto se la ofrece de manera detallada, es incomparablemente más complicada y más extensa que la relación de hechos sencillos tal como ocurren en la vida de un individuo.
            Creemos, empero, que esta desventaja debe ser tolerada, pues es el único camino capaz de llevarnos a una comprensión analítica de los fenómenos históricos.

            El presente estudio se refiere a un tema que ha sido tratado por uno de los representantes más eminentes del estudio analítico de la religión, Theodor Reik.
( "Dogma und Zwangsidee% Imago. XII, 1927. CL Dogma and Compulsion. Nueva York, International Universities Press, Inc., 1951, y otras obras de Reik sobre la psicología de la religión; E. Jones, Zur Psychoanalyse der christlichen Religion; y A. J. Storfer, Marias jungfraüliehe Mutterschaft).

             La diferencia en contenido, que resulta obligadamente de la metodología diferente, será, al igual que las diferencias metodológicas en sí, considerada brevemente al final de este ensayo.

PROPOSITO
El propósito que nos anima en este trabajo es el de comprender el cambio de ciertos contenidos de la conciencia según se expresa en las ideas teológicas, como resultado de un cambio ocurrido en los procesos inconscientes. En consecuencia, tal como hicimos con el problema metodológico, nos proponemos referirnos brevemente a los más importantes hallazgos del psicoanálisis en cuanto tocan nuestro tema.










I
FUNCION  SOCIOPSICOLOGICA
DE LA RELIGION

            El psicoanálisis es una psicología de los impulsos o instintos. Ve la conducta humana como condicionada y definida por impulsos emocionales, que interpreta como la afluencia de ciertos instintos de raíz fisiológica y que en sí mismos escapan a la observación inmediata. De acuerdo con las clasificaciones populares de instintos de hambre e instintos de amor, a partir de un comienzo Freud estableció una distinción entre los instintos del yo o de la conservación de sí mismo, y los instintos sexuales. En virtud del carácter libidinal de los instintos de autopreservación del yo, y debido al significado especial de las tendencias destructivas presentes en el aparato psíquico del hombre, Freud propuso un agrupamiento diferente, tomando en cuenta el contraste que existe entre los instintos para mantener la vida y los instintos destructivos. Para los fines del presente trabajo, basta con lo dicho acerca de esta clasificación. Lo importante es reconocer que en el instinto sexual hay ciertas cualidades que lo distinguen de los instintos del yo. Los instintos sexuales no son imperativos, o sea que sus demandas se pueden dejar insatisfechas sin que ello signifique una amenaza a la vida misma, no ocurriendo otro tanto si no se satisfacen el hambre, la sed y la necesidad de dormir. Por otra parte, y hasta un cierto punto, de ningún modo insignificante, los instintos sexuales permiten una gratificación en la fantasía y con el propio cuerpo.
            Su dependencia de la realidad externa es por lo tanto mucho menor que en el caso de los instintos del yo intimamente ligado a esto están la fácil transferencia y la capacidad de intercambio entre los instintos componentes de la sexualidad.
            La frustración de un impulso libidinal puede ser neutralizada de manera relativamente fácil substituyendo tal impulso por otro que puede ser gratificado. Esta flexibilidad y adaptabilidad que hay dentro de los impulsos sexuales son la base para la extraordinaria variabilidad de la estructura psíquica y en ellas reside también la base para la posibilidad de que las experiencias individuales influyan de manera tan definida y señalada sobre la estructura de la libido. Freud ve el principio del placer modificado por el principio de realidad como regulador del aparato psíquico. Dice Freud:
            Pasaremos por lo tanto al asunto menos ambicioso de aquello que los hombres, con su misma conducta, muestran como la finalidad e intención de su vida. ¿Qué piden de la vida y qué desean lograr en ella? La respuesta no deja mayor lugar para la duda. Se esfuerzan en pos de la felicidad; desean llegar a ser felices y seguir siéndolo. Este empeño tiene dos lados: una meta positiva y otra negativa. Por una parte tiende a que no haya dolor ni displacer, y por otra desea experimen tan intensos sentimientos de placer. En su sentido más estricto, la palabra "felicidad se refiere sólo a este último deseo. De conformidad con esta dicotomía de sus metas, la actividad del hombre se desarrolla en dos di­recciones según se empeñe por alcanzar ‑en términos generales o hasta de modo exclusivo‑ una u otra de tales metas

         El individuo se empefia por experimentar ‑dentro de circunstancias dadas‑ un máximo de gratifica­ción libidinal y un mínimo de dolor; el deseo de evitar el dolor hace aceptar cambios o hasta frustraciones de los diferentes impulsos sexuales componentes. Un correspondiente renunciamiento a los impulsos del yo es sin embargo imposible.
La peculiaridad de la estructura psíquica de un individuo depende de su constitución psíquica y prin­cipalmente de sus experiencias de infancia. La rea­lidad externa, que le garantiza la satisfacción de ciertos impulsos, pero que le obliga a renunciar a ciertos otros, es definida por la situación social exis­tente en la que vive. Esta realidad social incluye la realidad más amplia que abarca a todos los miem­bros de la sociedad y la realidad estrecha de las dis­tintas clases sociales.
La sociedad desempeña una doble función en la situación psíquica del individuo, tanto frustrante como gratificante. Es raro que una persona renuncie a impulsos por advertir los peligros que pueden re­sultar de su satisfacción.
            En general es la sociedad la que dicta tales renunciamientos:
            Primero, aquellas prohibiciones establecidas sobre la base del reconocimiento social de un peligro verdadero para el individuo mismo, un peligro no sentido fácilmente por él y vinculado con la gratificación del impulso;
            Segundo, la represión y frustración de impulsos cuya satisfacción podría significar un daño no para el individuo sino para el grupo; y, finalmente, los re­nunciamientos hechos no en, el interés del grupo sino sólo en el interés de una clase dominante.
La función "gratificadora" de la sociedad no es menos clara que su papel  frustrador.
            El individuo la acepta sólo porque gracias a su ayuda puede hasta cierto punto confiar en
obtener placer y evitar dolor, primariamente en lo tocante a la satisfacción de las necesidades elementales de la conservación de sí mismo, y secundariamente en relación con la satisfacción de necesidades libidinales.
Lo dicho más arriba ha hecho caso omiso de una característica específica de todas las sociedades co­nocidas históricamente. Por cierto que los miembros de una sociedad no se consultan entre ellos para de­terminar lo que la sociedad puede permitir y lo que debe prohibir. La situación es más bien que, mientras las fuerzas productivas de la economía no bas­ten para proveer a todos una satisfacción adecuada de sus necesidades materiales y culturales (es decir, algo más que la protección contra peligros externos y la satisfacción de necesidades elementales del yo), la clase social más poderosa aspirará primero a la satisfacción máxima de sus propias necesidades.
         El grado de satisfacción que ofrece a aquellos a quie­nes domina depende del nivel de las posibilidades económicas disponibles, y también del hecho de que es menester conceder un mínimo de satisfacción a quienes son dominados, a fin de que puedan conti­nuar funcionando como miembros cooperantes de la sociedad.

         La estabilidad social depende en grado relativamente escaso del uso de la fuerza externa.

         En su mayor parte depende del hecho de que los hombres se hallan en una situación psíquica que los arraiga interiormente en una situación social exis­tente. Para esa finalidad, tal como hemos anotado, es necesario un mínimo de satisfacción de las nece­sidades instintivas naturales y culturales. Pero de­bemos observar en este punto que para lograr el sometimiento psíquico de las masas hay algo más que es importante, algo ligado a la peculiar estra­tificación estructural de la sociedad en clases.
Freud ha señalado en este sentido que el desam­paro del hombre frente a la naturaleza es una repe­tición de la situación en que se encontró el adulto cuando era niño, cuando sin ayuda no se las podía arreglar ante fuerzas superiores ajenas a la familia, y cuando sus impulsos vitales, siguiendo sus incli­naciones narcisistas, se adhirieron primero a los objetos que le daban proteción y satisfacción, a sa­ber, su madre y su padre. Hasta el punto en que la sociedad está desamparada respecto de la natura­leza, el miembro individual de la sociedad debe, como adulto, repetir la situación psíquica de la infancia.
Toma parte de sus amores y temores infantiles y parte de su hostilidad, que tenía puestos en el padre o la madre, y los transfiere a una figura imagina­ria, a Dios.
Hay además una hostilidad hacia ciertas figuras reales, en particular representantes de la élite. En la estratificación social se repite para el individuo la situación infantil. En los que mandan ve a los poderosos, los fuertes, y los sabios. Son personas que deben ser reverenciadas.
Cree que desean el bien de él; sabe también que resistírseles es algo siempre castigado; se siente contento cuando con su docilidad se gana el elogio de ellos. Es exactamente igual a lo que siendo niño sentía por su padre, y es comprensible que sin ninguna crítica tome por justo y verdadero lo que le presentan los que mandan, con el mismo ánimo que cuando niño aceptaba sin más ni más toda afirmación hecha por su padre. La fi­gura de Dios forma un complemento de esta situa­ción; Dios es siempre el aliado de los dominadores.
Cuando estos últimos, que siempre son personalidades reales, se ven expuestos a la crítica pueden apoyarse en Dios, quien, en virtud de su irrealidad, se limita a desdeñar la crítica y con su autoridad confirma la autoridad de la clase dominante.

En esta situación psicológica de sometimiento in­fantil reside una de las principales garantías de la estabilidad social.

Muchos se hallan en la misma situación que experimentaron siendo niños, cuando estaban desvalidos ante su padre; los mecanismos que funcionan ahora son los mismos de entonces. Esta situación psíquica cobra vigencia por media­ción de muchas medidas importantes y complicadas tomadas por la élite, cuya finalidad es mantener y reforzar en las masas su dependencia psíquica in­fantil e imponerse en su inconsciente como una f igura paterna.

Uno de los principales medios para alcanzar este resultado es la religión.

         Tiene la tarea de impedir cualquier independencia psíquica por parte del pue­blo, de intimidarlo intelectualmente, de hacer man­tener ante las autoridades la docilidad infantil so­cialmente necesaria.     
            Al mismo tiempo desempeña otra función esencial: ofrece a las masas una cierta medida de satisfacción que les hace la vida sufi­cientemente tolerable como para impedir que intenten pasar de la actitud de hijo obediente a la de hijo rebelde.

¿De qué clase son estas satisfacciones?
            No atienden por cierto a los instintos de autoconservación del yo, ni ofrecen mejor alimento u otros placeres materiales. Tales satisfacciones sólo se pueden obtener en la realidad, y para ese fin no se necesita religión;

            La religión sirve sencillamente para hacer que las masas se resignen más sencillamente a las muchas frustraciones que presenta la realidad.
            Las satisfacciones que ofrece la realidad son de naturaleza libidinal; son satisfacciones que ocurren esencialmente en la fantasía, pues, como señalamos más arriba, los impulsos de la libido, a diferencia de los impulsos del yo, permiten la satisfacción en fantasías.
            Estamos aquí ante algo relacionado con una de las funciones psíquicas de la religión, y a continuación indicaremos brevemente los resultados más importantes de las investigaciones de Freud en este campo.

En su libro Totem y Tabú Freud ha demostrado que el dios animal del totemismo es el padre endiosado y que en la prohibición de matar y comer el animal totémico y en la opuesta costumbre festiva de violar sin embargo la prohibición una vez por año, el hombre repite la actitud ambivalente que como niño había adquirido hacia el padre, quien es a la vez un protector servicial y un rival opresor.
            Diversos estudiosos, especialmente Reik, han demostrado que esta transferencia a Dios de la actitud infantil hacia el padre se puede hallar también en las grandes religiones.
            El interrogante planteado por Freud y sus discípulos se relacionó con la cualidád psíquica de la actitud religiosa hacia Dios; y la respuesta es que en la actitud del adulto hacia Dios se ve repetida la actitud infantil del niño hacia el padre. Esta situación psíquica infantil representa el esquema de la situación religiosa.
En su libro El porvenir de una ilusión, Freud deja este interrogante para pasar a uno más amplio. Ya no se limita a preguntar cómo es psicológicamente posible la religión; desea saber además por qué existe la religión misma o qué la ha hecho necesaria. Ofrece para esta pregunta una respuesta que toma en cuenta simultáneamente factores psíquicos y sociales.
            Le atribuye a la religión el efecto de un narcótico capaz de traer algún consuelo para el hombre en su impotencia y desamparo frente a las fuerzas de la naturaleza.
            Pues esta situación no encierra nada nuevo. Tiene un prototipo infantil, del que en realidad no es más que la continuación. Pues ya una vez anterior uno se había visto en un similar estado de desamparo: como un niño pequefio, en relación con los padres. El temor que se sentía ante ellos era justificado, y especialmente ante el padre; pero al mismo tiempo se podía contar con la protección de él contra los peligros que uno conocía. Por lo tanto era natural asimilar las dos situaciones.
            También aquí tiene su papel el desear, tal como lo hace en el mundo de los sueños. El durmiente puede ser dominado por un presentimiento de muerte, que amenaza con ponerlo en la sepultura. Pero la elaboración onírica sabe cómo elegir una situación capaz de convertir hasta ese hecho pavoroso en la satisfacción de un deseo: el soñante se ve descendiendo dentro de una antigua tumba etrusca, gozoso de encontrar satisfacción para sus intereses arqueológicos.
            Del mismo modo, un hombre no convierte sencillamente las fuerzas de la naturaleza en personas con las que se puede asociar tal como lo haría con sus iguales ‑ello no haría justicia a la impresión abrumadora que le hacen esas fuerzas‑ sino que les da el carácter de un padre. Las convierte en dioses, siguiendo en esto, tal como he intentado demostrar, no sólo un prototipo infantil sino uno filogenético.
            En el curso del tiempo se hicieron las primeras observaciones sobre la regularidad y conformidad a leyes de los fenómenos naturales y ello hizo que las fuerzas de la naturaleza perdieran sus rasgos humanos. Pero en el hombre persiste el desamparo, al que acompaña su nostalgia por el padre y los dioses.
            Los dioses siguen cumpliendo con su triple finalidad:
1.      Deben exorcizar los terrores de la naturaleza,
2.      Deben reconciliar a los hombres con la crueldad del destino, particularmente tal como se muestra en la muerte, y
3.      Deben compensarlos por los padecimientos y privaciones que una vida civilizada en común ha impuesto sobre ellos.

            Freud da así respuesta a la pregunta: "¿Qué constituye la fuerza interior de las doctrinas religiosas y a qué circunstancias deben estas doctrinas su efectividad al margen de la aprobación racional?"

            Estas [ideas religiosas], que se ofrecen como ensefianzas, no son sedimentos de la experiencia o resultados finales del pensamiento: son ilusiones, la satisfacción de los más antiguos, extraños y urgentes deseos de la humanidad.
            El secreto de su fuerza radica en la fuerza de estos deseos. Tal como ya sabemos, la aterradora impresión del desamparo sentida en la infancia despertó la necesidad de protección ‑protección por medio del amor‑ que fue provista por el padre, y saber que este desamparo duraría toda la vida hizo necesario aferrarse a la existencia de un padre, pero esta vez un padre más poderoso.
            De allí que:

  1. La benévola regla de la divina Providencia alivie nuestro temor ante los peligros de la vida;
  2. El establecimiento de un orden moral en el mundo asegura el cumplimiento de las demandas de justicia, que tan a menudo han quedado insatisfechas en la civilización humana;
  3. Y la prolongación de la vida terrenal en una existencia futura provee el marco local y temporal en el cual tendrá lugar la satisfacción de estos deseos.

            Las respuestas para los enigmas que tientan la curiosidad del hombre, como por ejemplo la forma en que comenzó el universo o la relación que existe entre cuerpo y alma, se desarrollan de conformidad con los supuestos que dan base a este sistema.

            Es un alivio enorme para la psique del individuo si los conflictos de su infancia que tienen origen en el padre ‑conflictos de complejos que jamás han sido superados totalmente‑ son eliminados y llevados a una solución universalmente aceptada.
            Freud ve por lo tanto la posibilidad de la actitud religiosa en la situación infantil; ve su necesidad relativa en la impotencia y desamparo del hombre respecto de la naturaleza, y arriba a la conclusión de que, conforme aumenta el dominio del hombre sobre la naturaleza, la religión debe ser considerada como una ilusión que se va tornando superflua.

Recapitulemos lo dicho hasta este momento:
            a.  El hombre se empeña por alcanzar el máximo de placer;

            b. La realidad social lo compele a renunciar a muchos impulsos,

            c. Y la sociedad procura resarcir al individuo de esos renunciamientos por medio de otras                satisfacciones inofensivas para la sociedad, es decir, para las clases dominantes.



            Estas satisfacciones son tales que en esencia pueden ser realizadas en fantasías, especialmente en fantasías colectivas. Desempeñan una importante función en la realidad social.        En la medida en que la sociedad no permite satisfacciones verdaderas, las satisfacciones fantaseadas sirven como substituto y se convierten en un poderoso soporte de la estabilidad social.     Cuanto mayores sean los renunciamientos que los hombres padecen en realidad, tanto mayor deberá ser la preocupación por la compensación.
            Las satisfacciones obtenidas en la fantasía tienen la doble función característica de todo narcótico: obran como analgésico y a la vez como freno al cambio activo de la realidad.
            Las satisfacciones fantaseadas en común tienen una ventaja esencial sobre los ensueños individuales: en virtud de su universalidad, las fantasías son percibidas por la mente consciente como si fueran reales.
            Una ilusión de la que participan todos se convierte en realidad. La más antigua de estas satisfacciones fantaseadas colectivamente es la religión.
            El desarrollo progresista de la sociedad hace que las fantasías se tornen más complicadas y más racionalizadas.
            La religión misma resulta más diferenciada, y junto a ella aparecen la poesía, el arte y la filosofía como expresión de fantasías colectivas.
            Para resumir, la religión desempeña una función triple:
1.      Para toda la humanidad, consuelo por las privaciones que impone la vida;
2.      Para la gran mayoría de los hombres, estímulo para aceptar emocionalmente su situación de clase;
3.      Y para la minoría dominante, alivio para los sentimientos de culpa causados por el sufrimiento de aquellos a quienes oprime.

La investigación siguiente se propone probar en detalle lo que se ha dicho por medio del examen de un pequeño segmento del desarrollo religioso.
Intentaremos mostrar
            a. El grado de influencia que la realidad social de una situación específica ha tenido sobre un grupo específico de hombres,
            b. Y cómo ciertas tendencias emocionales encontraron expresión
                        1- en ciertos dogmas,
                        2- en ciertas fantasías colectivas,
      c. Y mostrar además cuál fue el cambio psíquico producido por un cambio ocurrido en la situación social.
      d. Intentaremos ver cómo este cambio psíquico halló expresión en nuevas fantasías religiosas que dieron satisfacción a ciertos impulsos inconscientes.
e.       Se esclarecerá así que un cambio en los conceptos religiosos está íntimamente ligado, por una parte, con el experimentar varias posibles relaciones infantiles con el Padre o la madre, y por otra, con cambios ocurridos en la situación económica y social.

El curso de la investigación está determinado por los presupuestos metodológicos mencionados anteriormente.
            La meta será comprender el dogma sobre la base de un estudio de la gente, no a la gente sobre la base de un estudio del dogma. Por lo tanto, intentaremos en primer término describir la situación total de la clase social en la que tuvo origen la primitiva fe cristiana, y comprender el significado psicológico de esta fe en términos de la situación psiquica total de estos hombres, y demostraremos luego cuán distinta fue la mentalidad de la gente en un período posterior.
            Eventualmente intentaremos comprender el significado inconsciente de la Cristología que cristalizó como producto final de un desarrollo de tres centurias. Nos referiremos principalmente a la fe cristiana primitiva y al dogma de Nicea.









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