lunes, 27 de junio de 2011

Dogma de Cristo. Erich Fromm Cap 2


II.
LA CRISTIANDAD PRIMITIVA Y SU IDEA
DE JESUS

            Toda tentativa de comprender el origen del cristianismo debe comenzar con una investigación de la situación económica, social, cultural y psíquica de sus primeros creyentes.
            La Palestina era una parte del Imperio Romano y sucumbió a las condiciones de su desarrollo económico y social.
            El régimen de Augusto había significado el fin de la dominación de una oligarquía feudal y contribuyó al triunfo de la ciudadanía urbana.
            El creciente comercio internacional no significó mejoras para las grandes masas ni una mayor satisfacción de sus necesidades cotidianas; tal actividad comercial interesaba únicamente al delgado estrato de la clase pudiente.
            Un proletariado desocupado y hambriento poblaba las ciudades, en número sin precedentes,  luego de Roma, Jerusalén era la ciudad que en proporción tenía el mayor proletariado de esta clase. Los artesanos, que por lo común trabajaban sólo en sus casas y que en gran parte pertenecían al proletariado, hicieron fácilmente causa común con mendigos, obreros sin oficio y campesinos.
            El proletariado de Jerusalén estaba por cierto en una situación peor que la del proletariado romano. No gozaba de los derechos civiles romanos, ni sus urgentes necesidades del estómago y el corazón eran provistas por los emperadores con grandes repartos de cereal, juegos y espectáculos.

            La población rural se agotaba bajo el enorme peso de impuestos exorbitantes, y ora caía en la esclavitud por deudas, ora, como ocurría con los pequeños agricultores, era despojada de los medios de producción o de la pequeña hacienda.
            Algunos de estos campesinos engrosaban las filas del numeroso proletariado ciudadano de Jerusalén; había otros que apelaban a remedios desesperados, tales como las violentas rebeliones políticas o el pillaje. Por encima de este proletariado empobrecido y exasperado surgió en Jerusalén, así como a través del Imperio Romano, una clase económica media que, no obstante padecer bajo la presión romana, era empero económicamente estable. Por encima de este grupo estaba a su vez la pequeña pero poderosa e influyente clase de la aristocracia feudal, eclesiástica y adinerada. En correspondencia con la grave escisión económica reinante en la población palestina había una diferenciación social.
            Fariseos, saduceos y Am Ha‑aretz eran los grupos políticos y religiosos que representaban estas diferencias.
            Los saduceos representaban la rica clase alta: "su doctrina no es recibida más que por unos pocos, pero que son los de mayor dignidad".
            No obstante tener de su lado a los adinerados, Flavio Josefo encuentra que sus maneras no son aristocráticas: "La conducta que los saduceos muestran en ellos es hasta cierto punto salvaje, y su conversación es tan bárbara como el hablar entre desconocidos".
            Por debajo de esta pequeña clase feudal superior estaban los fariseos, que representaban la ciudadanía urbana media y más reducida, "que son amables entre ellos y tienden a ejercer la concordia y a considerar a los demás".
            Ahora bien, en cuanto a los fariseos, viven pobremente y desprecian las delicadezas en la dieta; y siguen la conducta de la razón, y hacen lo que tal conducta dicta como bueno para ellos; y piensan que deberían esforzarse sinceramente por observar los dictados de la razón en la práctica.   También sienten respeto por los ancianos; no son tan necios como para contradecirles en algo que hayan dicho; y, cuando determinan que todas las cosas son hechas por el destino, no privan a los hombres de la libertad de obrar como crean propio; pues son de la opinión de que agrada a Dios que los hechos sean decididos en parte por el consejo del destino, en parte por aquellos hombres que quieran acceder a eso obrando de manera virtuosa o viciosa. Creen también que hay en las almas un vigor inmortal, y que bajo tierra habrá recompensas o castigos, según que en esta vida hayan vivido virtuosa o viciosamente; y los últimos han de ser detenidos en una prisión eterna, pero los primeros tendrán fuerza para resucitar y vivir de nuevo; y debido a tales doctrinas son muy capaces de persuadir al grueso de la gente, y todo lo que la gente hace acerca de la adoración divina, oraciones y sacrificios, lo hace de acuerdo con la dirección de los fariseos.
            La descripción que hace Josefo de la clase media de los fariseos la muestra más unida de lo que era en realidad. Entre los adeptos de los fariseos, había elementos que provenían de los estratos proletarios más bajos, que continuaron su relación con ellos en su modo de vivir (por ejemplo el rabino Akiba). Eran, sin embargo, al mismo tiempo miembros de la ciudadanía urbana acomodada. Esta diferencia social encontró expresión de distintas maneras, y más claramente en las contradicciones políticas que había dentro del fariseísmo en lo tocante a su actitud hacia la dominación romana y los movimientos revolucionarios.

            El estrato más bajo del Lumpenproletariat urbano y de los campesinos oprimidos, los llamados Am Ha‑aretz (literalmente, gente de la tierra), estaban en franca oposición a los fariseos y sus numerosos seguidores. Tratábase en realidad de una clase que había sido desarraigada completamente por el desarrollo económico; no tenían nada que perder y tal vez algo que ganar.         Desde el punto de vista económico y social estaban fuera de la sociedad judía integrada en conjunto al Imperio Romano. No seguían a los fariseos ni los reverenciaban; los odiaban y eran a su vez despreciados por ellos. Plenamente característica de esta actitud es la afirmación de Akiba, uno de los fariseos más importantes, proveniente él mismo del proletariado: "Cuando era todavía un hombre común [ignorante] del Am Ha‑aretz, solía decir: 'Si pudiera echar mis manos sobre un estudioso lo morderla como un asno”.
             Prosigue el Talmud: "Rabí, di 'como un perro', pues un asno no muerde y él repuso: 'Cuando un asno muerde por lo general quiebra los huesos de su víctima, mientras que un perro sólo muerde la carne". En el mismo pasaje del Talmud hallamos una serie de comentarios que describen las relaciones entre los fariseos y los Am Ha‑aretz.
            Un hombre debe vender todas sus posesiones y asegurarse por esposa la hija de un estudioso, y si no puede obtener tal hija debe intentar obtener la hija de un hombre prominente.
            De no tener éxito en ello debe empeñarse en obtener una hija de un director de sinagoga, y si no tiene éxito en ello debe procurar la hija de un recolector de limosnas, y al ni una mujer así puede obtener debe esforzarse por obtener la hija de un maestro de escuela elemental.
            Debe evitar el matrimonio con la hija de una persona común [un miembro del Am Haaretz], pues esto es una abominación, sus mujeres son detestables, y en cuanto a sus hijas, se dice::Maldito sea quienquiera duerma con una vaca". (Deut. 27.)
0 también como dice Rabí Iojanan:

            Uno puede desmenuzar a una persona común como si fuera un pescado... Quien da su hija en matrimonio a una persona común virtualmente la encadena ante un león, pues así como sin ninguna verguenza un león desgarra y devora a su víctinia, así lo hace una persona común que brutal y desvergonzadamente duerme con ella.

Rabí Eliezer dice:
            Si la gente común no nos necesitara por razones económicas, hace tiempo que nos hubiera muerto... La enemistad que una persona común siente por un sabio es todavía más fuerte que aquella de los gentiles por los israelitas... Hay seis cosas que se pueden decir de una persona común: no se puede depender de ninguna persona común como testigo ni se puede aceptar ninguna declaración de ella, no se le puede hacer compartir un secreto, ni confiarle el cuidado de un huérfano, ni hacerlo depositarlo de fondos reunidos para fines caritativos, uno no puede salir de viaje en su compañía, y no se le debe avisar si ha perdido algo.

            Las opiniones aquí citadas (que se podrían multiplicar considerablemente) provienen de círculos farisaicos y demuestran con qué odio se oponían a los Am Ha‑aretz, pero también con qué amargura puede el hombre común haber aborrecido a los sabios y a sus adeptos.

            Ha sido necesario describir la oposición que había dentro del judaísmo palestino entre la aristocracia, las clases medias y sus líderes intelectuales, por una parte, y el proletariado urbano y rural por la otra, a fin de poner en claro las causas subyacentes de movimientos revolucionarios políticos y religiosos tales como los del cristianismo primitivo.
            Una presentación más extensiva de la diferenciación existente entre los sumamente diversos fariseos no es necesaria para el fin del presente estudio y nos apartaría demasiado del tema. El conflicto entre la clase media y el proletariado dentro del grupo farisaico creció a medida que se hacía más pesada la opresión romana y que en las clases más bajas aumentaban las penurias económicas y el desarraigo.
            En la misma medida las clases más bajas de la sociedad se convirtieron en partidarias de los movimientos revolucionarios nacionales, sociales y religiosos.
           

            Estas aspiraciones revolucionarias de las masas hallaron expresión en dos direcciones:    
                        a. Intentos políticos de revuelta y emancipación dirigidos contra su propia aristocracia y los                     romanos, y
                        b.Toda clase de movimientos religioso‑mesiánicos.

             Pero no hay de ningún modo una separación neta entre estas dos corrientes que marchan hacia la liberación y la salvación; concluyen repetidas veces. Los movimientos mesiánicos propiamente dichos asumieron formas en parte prácticas y en parte meramente literarias.

Los movimientos más importantes de esta clase pueden ser resumidos tal como sigue:

            Poco antes de la muerte de Herodes, o sea en la época en que, aparte la dominación romana, la gente sufría opresiones a manos de los agentes judíos que estaban bajo las órdenes de los romanos, dos sabios farisaicos encabezaron en Jerusalén una revuelta popular durante la cual fue destruida el águila romana puesta en la entrada del Templo. Los instigadores fueron ejecutados y los principales conspiradores terminaron en la hoguera.
            Después de la muerte de Herodes, el populacho hizo una demostración ante su sucesor, Arquelao, exigiendo la liberación de los presos políticos, la abolición del impuesto del mercado y una reducción en el tributo anual. Estas demandas no fueron satisfechas. Una gran demostración popular relacionada con estos hechos, que tuvo lugar en el año 4 antes de J. C., fue reprimida sangrientamente y millares de manifestantes fueron muertos por los soldados. De todos modos el movimiento cobró fuerza. La revuelta popular avanzaba. Siete semanas más tarde tomó en Jerusalén la forma de nuevas rebeliones violentas contra Roma.
            Además se levantó la población rural. En Galilea, antiguo centro revolucionario, hubo muchas luchas con los romanos y en la Transjordania se produjeron tumultos. Un ex pastor reunió tropas de voluntarios y mantuvo guerrillas con los romanos.
            Tal era la situación en el año 4 antes de J. C. Para los romanos no fue nada fácil hacer frente a las masas sublevadas.
            Coronaron su victoria crucificando a dos millares de revolucionarios prisioneros.
            Durante algunos años hubo tranquilidad en el país. Pero en el año 6 después de J. C., poco después de la introducción de una administración romana directa, que inició su actividad con un censo popular para fines impositivos, hubo en el país un nuevo movimiento revolucionario. Comenzó entonces una separación entre las clases baja y media. Si bien diez años antes los fariseos habían participado en la revuelta, ahora tenía lugar una nueva escisión entre los grupos revolucionarios urbanos y rurales, por una parte, y los fariseos por la otra. Las clases bajas del campo y la ciudad se unieron en un nuevo partido, a saber, los celotes, en tanto que la clase media, bajo el liderazgo de los fariseos, estaba preparada para hacer la reconciliación con los romanos. Cuanto más pesado se hacía el yugo impuesto por los romanos y la aristocracia judia, tanto mayor era la desesperación de las masas, y los celotes ganaron nuevos adeptos. Hasta el momento de estallar la gran revuelta contra los romanos hubo choques constantes entre el pueblo y la administración. Las ocasiones de los golpes revolucionarios eran los repetidos intentos de los romanos de erigir una estatua de César o el águila romana en el Templo de Jerusalén. La indignación provocada por estas medidas, que eran racionalizadas sobre bases religiosas, provenía en realidad del odio que las masas sentían por el emperador como líder y cabeza de la clase dominante que las oprimía. La naturaleza peculiar de esta aversión hacia el emperador se pone más en claro si recordamos que se trataba de una época en la cual reverenciar al emperador era una actitud que se extendía a través de todo el Imperio y en la cual el culto al emperador estaba a un paso de convertirse e n la religión dominante.
            Cuanto más desesperante se ponía la lucha contra Roma en el nivel político, y cuanto más se apartaba la clase media y tomaba la actitud de hacer arreglos con Roma, tanto más radicales volviéronse las clases bajas; pero las tendencias más revolucionarias perdieron su carácter político y fueron transferidas al nivel de las fantasías religiosas y las ideas mesiánicas.
            Fue así como un seudomesias, Theudas, prometió a la gente que la llevaría al Jordán y repetirla el milagro de Moisés. Los judíos pasarían el río a pie enjuto, pero los perseguidores romanos se ahogarían. Los romanos vieron en estas fantasías la expresión de un peligroso fermento revolucionario; mataron a los adeptos de este mesías y decapitaron a Theudas. Hubo sucesores de Theudas. Josefo refiere un levantamiento que se produjo bajo el gobernador provincial Félix (52‑60). Sus líderes... mintieron y engañaron a la gente so pretexto de la inspiración divina, pero lo que procuraban en realidad eran innovaciones y cambios en el gobierno; e indujeron a la multitud a portarse como enloquecida y marchando a la cabeza la llevaron al desierto haciéndole creer a la gente que Dios estaría allí para mostrarles las señales de la libertad; pero Félix supuso que este procedimiento estaba destinado a ser el comienzo de una revuelta, de modo que envió algunos hombres armados, que destruyeron a un gran número.
            Pero hubo un falso profeta egipcio que todavía hizo más daño a los judíos que el anterior; pues era un embaucador, que tenía además la pretensión de ser profeta, y llegó a reunir treinta millares de hombres que fueron engañados por él: a éstos los hizo ir y venir del desierto al monte que era llamado Monte de los Olivos, y estaba listo para penetrar en Jerusalén por la fuerza desde ese lugar.     
            Los militares romanos procedieron expeditivamente con las hordas revolucionarias. La mayoría de ellos fueron muertos o puestos en prisión, el resto se destruyó a sí mismo; todos procuraron permanecer ocultos en sus casas. De todos modos las revueltas proseguían:
            Ahora bien, cuando éstos fueron aquietados, como en el caso de un cuerpo enfermo, ocurrió que en otra parte apareció una inflamación; pues se reunió una banda de embaucadores y ladrones (es decir, los revolucionarios mesiánicos y con mayores inclinaciones políticas), que persuadieron a los judíos para que se rebelaran, y los exhortaron a que reclamaran su libertad, y quitaron la vida a quienes continuaban obedeciendo al gobierno romano, y diciendo que quienes por propia voluntad habían elegido la esclavitud debían ser forzados a abandonar sus inclinaciones deseadas; se dividieron además en cuerpos diferentes, y estaban al acecho por todos los lugares del país, y saqueaban las casas de los grandes hombres, y mataban a los mismos hombres, y prendían fuego a las aldeas; y esto siguió hasta que toda Judea estuvo inundada por los efectos de su locura. De allí que día tras día la llama fuera cada vez más avivada, hasta que se convirtió en una guerra directa. 
            La creciente opresión de las clases bajas de la nación provocó una agudización del conflicto existente entre ellas y la clase media menos oprimida, y en este proceso las masas se hicieron cada vez más extremistas. El ala izquierda de los celotes formó la facción secreta de los “sicarios” que por medio de ataques y conspiraciones comenzaron a ejercer una presión terrorista sobre los ciudadanos de la clase acomodada. Despiadadamente perseguían a los moderados de las clases alta y media de Jerusalén; al mismo tiempo invadían, saqueaban y reducían a cenizas las aldeas cuyos habitantes se rehusaban a unirse a sus bandas revolucionarias. Los profetas y los seudomesías, de modo análogo, no cesaban su agitación entre el pueblo común.
            Finalmente, en el año 66 estalló la gran revuelta popular contra Roma. Fue apoyada primero por las clases media y baja de la nación, las cuales, en cruentas luchas, superaron a las tropas romanas. ( “Es importante destacar que Josefo, perteneciente él mismo a la élite aristocrática, describe a los revolucionarios en términos de su propia parcialidad”)
            En el comienzo la guerra fue conducida por los poseedores de propiedades y los educados, pero éstos obraban con escasa energía y con la tendencia de llegar a arreglos.
            De allí que el primer año terminara en fracaso, no obstante varias victorias, y las masas atribuyeran el mal resultado a la dirección débil e indiferente de los comienzos de la guerra. Sus líderes intentaron por todos los medios apodearse del mando y ponerse ellos en el lugar de los líderes existentes.
            Dado que estos últimos no estaban dispuestos a dejar voluntariamente sus posiciones, en el invierno de los años 67 y 68 se desato una sangrienta guerra civil, donde se vieron escenas abominables, comparables sólo con las de la Revolución Francesa.
            Cuanto más desesperada se hacía la guerra, tanto más las clases medias probaban suerte en llegar a un arreglo con los romanos; como resultado, la guerra civil se hizo aún más feroz, junto con la lucha mantenida ante el enemigo extranjero.
            Mientras el rabí Iojanan ben Sakkai, uno de los fariseos importantes, se pasó al enemigo e hizo las paces, los pequeños comerciantes, artesanos y campesinos defendieron con gran heroísmo durante cinco meses la ciudad contra los romanos.
            No tenían nada que perder, pero tampoco nada podían ganar, pues la lucha contra el poder romano era sin esperanza y estaba llamada a terminar en el fracaso. Muchos de los pudientes lograron salvarse pasándose a los romanos, y, no obstante el disgusto profundo que sentía por los demás judíos, Tito admitía, sin embárgo, a aquellos que huían.
            Al mismo tiempo las masas combatientes de Jerusalén asaltaron el palacio del rey, donde muchos de los judíos acomodados habían guardado sus tesoros, se apoderaron del dinero y mataron a los dueños. La guerra romana y la guerra civil terminaron con la victoria para los romanos.
            Esto fue acompañado por la victoria del grupo judío dominante y la ruina de un centenar
de millares de campesinos judíos y las clases urbanas más bajas.
            Junto con las luchas políticas y sociales y los intentos revolucionarios de coloración mesiánica encontramos escritos populares originados en la época e inspirados por las mismas tendencias: a saber, la literatura apocalíptica.
            A pesar de su variedad, la visión del futuro en esta literatura apocalíptica es relativamente uniforme.
            Primero están los "Dolores del Mesías" (Macabeos, 13:7, 8), que se refieren a sucesos que no afectarán a “los elegidos” como ser hambre, terremotos, epidemias y guerras. Viene luego la gran "angustia" profetizada en Daniel, 12:1, tal como no ocurrió nunca desde la creación del mundo, una época aterradora de sufrimiento y desgracia. A través de toda la literatura apocalíptica en general corre la creencia de que los elegidos también eran protegidos de esta aflicción. El horror de la desolación profetizado en Daniel, 9:27, 11:31 y 12:11, representa el signo último del final. La imagen del final contiene antiguos rasgos proféticos. Todo culminará con la aparición del Hijo del Hombre en las nubes, envuelto en gloria y esplendor .
            Así como en la lucha contra los romanos las distintas clases del pueblo participaron de diferentes maneras, la literatura apocalíptica se originó también en diferentes clases. A pesar de cierta uniformidad, esto aparece claramente expresado por el diferente acento puesto sobre elementos individuales dentro de los diversos escritos apocalipticos. No obstante la imposibilidad de hacer aquí un análisis detallado, como expresión de las mismas tendencias revolucionarias que inspiraron el ala izquierda de los defensores de Jerusalén podemos citar la exhortación final del Libro de Enoch:

            Desgraciados quienes construyen sus casas con arena; pues serán derribadas de su cimiento y caerán por la espada.
            Y quienes adquieren oro y plata perecerán súbitamente en el juicio.
            Desgraciados vosotros los ricos, pues habéis confiado en vuestras riquezas, y de vuestras riquezas seréis separados porque no habéis recordado al Altísimo en los días del juicio... Desgraciado quien paga a su prójimo con maldad, pues será recompensado con la misma moneda.
            Desgraciados vosotros, testigos que mentís... No temáis, vosotros los sufrientes, pues la curación será vuestra. Una luz fulgurante brillará y oiréis la voz de quietud desde el cielo. (Enoch, 94‑96.)

            Además de estos movimientos religioso‑mesiánicos, socio‑políticos y literarios característicos de la época de los albores del cristianismo, hay otro movimiento que debe ser mencionado, en el cual las metas políticas no desempeñaron ningún papel, y que llevó directamente al cristianismo. Se trata del movimiento de Juan el Bautista, que encendió una revuelta popular.
            La clase alta, independientemente de su convicción, no deseaba saber nada con él. Sus oyentes más atentos provenían de las filas de las masas despreciadas.
            Predicaba que el reino de los cielos y el día del juicio estaban cerca, trayendo la salvación para el bueno, la destrucción para el malo. "Arrepentíos, pues el reino de los cielos está próximo" era el estribillo de su prédica. Para comprender el significado psicológico de la fe de los primeros cristianos en Cristo ‑y es ésta la finalidad principal del presente estudio‑ nos es necesario visualizar qué clase de gente prestó apoyo al cristianismo primitivo.
            Eran las masas de los pobres analfabetos, el proletariado de Jerusalén y los labradores del campo, quienes, a causa de la creciente opresión política y económica y del desprecio y la restricción sociales, sentían cada vez más la necesidad de cambiar las condiciones existentes. Ansiaban alcanzar una época.feliz para sí mismos y albergaban también odio y venganza para sus propios dirigentes y los romanos.
            Hemos observado cuán variadas fueron las formas de estas tendencias, que abarcaban desde la lucha política contra Roma hasta la lucha de clases en Jerusalén, desde los irreales intentos revolucionarios de Theudas hasta el movimiento de Juan el Bautista y la literatura apocalíptica. Desde la actividad política hasta los sueños mesiánicos había toda suerte de fenómenos diferentes; y sin embargo, detrás de todas estas formas diferentes estaba la misma fuerza motivadora: el odio y la esperanza de las masas sufrientes, causados por sus pesares y la inevitabilidad de su situación socioeconómica. Ya sea que la expectativa escatoIógica tuviera un contenido más social, más político o más religioso, se hizo más fuerte con la oposición creciente, y más activa "a medida que penetramos en lo más hondo de las masas analfabetas, hasta llegar a los llamados Am Ha‑aretz, el círculo de quienes vivían el presente como una opresión y que por lo tanto debían poner sus ojos en el futuro en busca de la satisfacción de todos sus deseos

            Cuanto más se debilitaba la esperanza de alcanzar una mejora real, tanto más debía esta esperanza hallar expresión en las fantasías. La desesperada lucha final de los celotes contra los romanos, y el movimiento de Juan el Bautista fueron los dos extremos, y tenían sus raíces en el mismo suelo:
            La desesperación de las clases bajas.

            Este estrato se caracterizaba psicológicamente por alimentar la esperanza de que ocurriera un cambio en su condición (interpretado analíticamente, a la espera de un padre bueno que los ayudara) y, al mismo tiempo, un odio feroz por los opresores, que hallaba expresión en sentimientos dirigidos contra el emperador romano, los fariseos, los ricos en general, y en las fantasías de castigo del Día del Juicio.     Vemos aquí una actitud ambivalente: esta gente amaba en la fantasía a un padre bueno que los ayudaría y salvaría, y odiaba al padre malo que los oprimía, atormentaba y despreciaba.

            A partir de este estrato de las masas pobres, analfabetas, revolucionarias, surgió el cristianismo como un importante movimiento histórico‑mesiánico revolucionario. Al igual que Juan el Bautista, la doctrina cristiana primitiva no se dirigió a los educados y poseedores de propiedades, sino a los pobres, los oprimidos y los sufrientes.
            Celso, un opositor de los cristianos, pinta un buen cuadro de la composición de la comunidad cristiana tal como él la vio casi dos siglos más tarde:

“En las casas privadas vemos también trabajadores de la lana, zapateros remendones, lavanderos, y los patanes más ignorantes y bucólicos, que no se atreverían ni a abrir la boca delante de sus mayores y amos más inteligentes. Pero toda vez que en privado pueden atraerse la atención de niños, y con la compañía de algunas mujeres estúpidas, son capaces de hacer las afirmaciones más extraordinarias, tal como por ejemplo que no deben escuchar para nada a sus padres y maestros, debiendo en cambio obedecerlos a ellos; dicen que padres y maestros hablan tonterías y nada comprenden, y que en realidad ni saben ni son capaces de hacer nada bueno, y sólo se envuelven con palabras huecas. Pues aseguran ser los únicos que conocen la forma correcta de vivir, y dicen a los niños que si creen en ellos serán felices y también harán felices a sus hogares.
Pero si mientras hablan advierten que se aproxima uno de los maestros, o alguna persona inteligente, o hasta el mismo padre, los más cautos de ellos huyen en todas direcciones; pero los más temerarios incitan a los niños a rebelarse. Les susurran que en presencia de su padre y sus maestros no están en condiciones de explicar nada a los niños, pues no desean tener nada que ver con los necios y obtusos maestros, que están totalmente corrompidos y ya muy hundidos en la maldad y que infligirían castigos a los niños. Pero, si les agrada, deberían dejar el padre y sus maestros, y junto con las mujeres y los niñitos que son sus compañeros de juego ir al taller del cardador de lana, o a la casa del zapatero o la lavandera, para allí aprender la perfección. Y al decir esto los persuaden.

            El cuadro que Celso pinta aquí de los partidarios del cristianismo es caracteristico no sólo de su situación social sino también de su situación psíquica, de su lucha y odio contra la autoridad paterna.



¿Cuál era el contenido del mensaje cristiano primitivo?

            En primer plano aparece la esperanza escatológica. Jesús predicó la proximidad del reino de Dios. Enseñó a la gente a ver en sus actividades el comienzo de este nuevo reino. Sin embargo,
            “... el completamiento del reino sólo se verá cuando en la gloria de las nubes del cielo. Él retorne al juicio. Jesús parece haber anunciado este precipitado retorno poco antes de su muerte y, en el momento de su partida, haber reconfortado a sus discípulos con la seguridad de que entraría de inmediato en una posición sobremundana junto a Dios. Las instrucciones dadas por Jesús a sus discípulos están en consecuencia dominadas por la idea de que el fin ‑cuyo día y hora sin embargo nadie conoce‑ está próximo. Como resultado de ello, además, la exhortación a renunciar a todos los bienes terrenales toma un lugar prominente.
Adolph Harnack, History of Dogma. Nueva York, Dover Publications, Inc., 1961, 1, 66‑67,

            Las condiciones para entrar al reino son,
            a.- En primer lugar un total cambio de espíritu, por el cual un hombre renuncia a los placeres de este mundo, se abnega, y está dispuesto a abandonar todo lo que tiene con el fin de salvar su alma;
            b.- Luego, una segura fe en la gracia que Dios concede a los humildes y los pobres, y por lo tanto una confianza plena en Jesús como el Meslas elegido y llamado por Dios para dar forma a su reino en la tierra.      El anuncio está por eso dirigido a los pobres, los dolientes, los que tienen hambre y sed de virtud... a los que desean ser sanados y redimidos, y los encuentra preparados para entrar en... el reino de Dios, a la vez que sobre el pagado de sí mismo, el rico y los que hacen alarde de su virtud, caerá el juicio de obstinación y la condena del infierno”. A. Karnack.

            La proclamación de que el reino de los cielos estaba cerca (Mateo, 10:7) fue el germen de la prédica más antigua.
            Fue lo que despertó una esperanza entusiasta en las masas sufrientes y oprimidas. La sensación de la gente era que todo se estaba acercando a un fin.
            Creían que ya no habría tiempo para difundir el cristianismo entre todos los paganos antes que llegara la nueva era.
            Si las esperanzas de los otros grupos de las mismas masas oprimidas se cifraban en provocar la revolución política y social valiéndose de su energía y esfuerzo propios, los ojos de la priniltiva comunidad cristiana estaban puestos únicamente sobre el gran acontecimiento, el milagroso comienzo de una nueva era.
            El contenido del mensaje cristiano primitivo
            No era un programa económico o de reforma social
            Sino la bendita promesa de un futuro no lejano, en el que los pobres serían ricos, los hambrientos estarían satisfechos y los oprimidos tendrían autoridad .

            El ánimo de estos entusiastas primeros cristianos se ve claramente en Lucas, 6:20 y versículos siguientes:

Bienaventurados vosotros, los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.
Bienaventurados los que tenéis hambre ahora; porque seréis saciados.
Bienaventurados los que lloráis ahora; porque reiréis.
Bienaventurados sois cuando los hombres os aborrecieren, y cuando os apartaren de su trato, y os vituperaren, y desecharen vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del hombre. Regocijaos en aquel día, y saltad de gozo; porque, he aquí, vuestro galardón es grande en el cielo; pues que del mismo modo hacían los padres de ellos con los profetas.
Mas ¡ay de vosotros, los ricos! porque ya tenéis vuestro consuelo.
¡Ay de vosotros, los que estáis saciados ahora! porque tendréis hambre.
¡Ay de vosotros, los que reís ahora! porque os lamentaréis y lloraréis.

            Además de expresar el anhelo y esperanza de los pobres y oprimidos por un mundo nuevo y mejor, estas palabras manifiestan también su radical odio a las autoridades: los ricos, los sabios, los poderosos. Hallamos el mismo ánimo en la historia del mendigo Lázaro, "que deseaba saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico" (San Lucas, 16:21), y en las famosas palabras de Jesús:
"Cuán.difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas. Más fácil es que pase un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios" (San Lucas, 18:24).
           
            El odio hacia los fariseos y el recolector de impuestos se extiende como un hilo rojo a través de los Evangelios, con el resultado de que durante casi dos mil años la opinión sobre los fariseos a través de la cristiandad fue determinada por este odio.
            Volvemos a encontrar este odio hacia el rico en la Epístola de Santiago, escrita al promediar el siglo II después de J.C.:



            ¡Ea ahora, oh ricos! ¡llorad y aullad a causa de las miserias que están para venir sobre vosotros!  Vuestras riquezas están corrompidas, vuestras ropas están roídas de la polilla. Vuestro oro y vuestra plata están enmohecidos, y el orín de ellos servirá de testimonio contra vosotros, y consumirá vuestras carnes como fuego. ¡Habéis juntado tesoro para los últimos días! He aquí que el jornal de los trabajadores que han segado vuestros campos, el que ha sido retenido fraudulentamente por vosotros, clama; y el clamor de los segadores ha entrado en los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido muellemente sobre la tierra; habéis cebado vuestros corazones, como en un día de degüello. Habéis condenado y muerto al justo, y Él no os hace resistencia. Vosotros, pues, oh hermanos, tened paciencia, hasta el advenimiento del Señor... he aquí que el Juez está a las puertas. (Santiago, 5:1 y versículos siguientes.)

            Al referirse a este odio, Xautsky dice acertadamente: "Raras veces el odio de clases del proletariado moderno ha alcanzado formas tales como el del proletariado cristiano".
             Es el odio que los Am Ha‑aretz sienten por los fariseos; los celotes y los sicarios por los pudientes y la clase media; la gente hostigada y sufriente del campo y la ciudad por quienes ejercen autoridad y ocupan altos cargos, tal como se había expresado en las rebeliones políticas precristianas y en las fantasías mesiánicas.
            Intimamente ligada con este odio por las autoridades espirituales y sociales hay una característica esencial de la estructura psíquica y social de la cristiandad primitiva, a saber, su carácter democrático, fraterno.
            Si la sociedad judía de la época se distinguía por un extremo espíritu de casta que se notaba en todas las relaciones sociales, la comunidad cristiana primitiva era una hermandad libre de los pobres, despreocupada de instituciones y fórmulas.
            Nos hallaremos frente a una tarea imposible si deseamos bosquejar un cuadro de la organización que existió durante los primeros quinientos años... La comunidad toda se mantiene unida sólo por el lazo común de fe, esperanza y amor.
            El cargo no hace a la persona, es siempre la persona la que hace al cargo... dado el hecho de que los primeros cristianos se sentían como peregrinos y extraños sobre la tierra, ¿qué necesidad había de contar con instituciones permanentes?.
            En esta temprana hermandad cristiana, la ayuda mutua en lo económico, el "comunismo de amor como lo llama Harnack, desempeña un papel especial. El hecho de que la anunciación hecha en los Salmos, 2:7, "Mi Hijo eres tú, yo te he engendrado hoy se interpreta como referida al momento de la exaltación de Jesús (Hechos, 13:33).
            De acuerdo con una antigua idea semítica, el rey es un hijo de Dios, ya sea por descendencia o, como en este caso, por adopción, el día en que sube al trono. Está por lo tanto a tono con el espíritu oriental decir que Jesús, cuando fue exaltado a la mano derecha de Dios, se convirtió en el Hijo de Dios. Esta idea es repetida incluso por Pablo, si bien para él el concepto de "Hijo de Dios" ya había adquirido otro significado. En la Epístola a los Romanos (1:4) dice del Hijo de Dios que "fue declarado Hijo de Dios, con poder... por su resurrección de entre los muertos". Aquí chocan dos formas diferentes del concepto: el Hijo de Dios que era Hijo desde un primer comienzo (idea de Pablo) y Jesús, quien, luego de la resurrección, fue exaltado a Hijo de Dios con poder, es decir, a gobernante regio del mundo (el concepto de la comunidad primitiva). La difícil combinación de las dos ideas muestra muy claramente que tenemos aquí dos diferentes pautas de pensamiento que chocan entre sí.
            La más antigua, proveniente de la primitiva comunidad cristiana, es congruente, ya que la primitiva comunidad caracteriza a Jesús, antes de la exaltación, como un hombre: "un varón acreditado, de parte del mismo Dios, por obras poderosas y maravillas, y señales que hizo Dios por él en medio de vosotros" (Hechos, 2:22). Debemos observar aquí que Jesús no ha efectuado el milagro, sino Dios a través de él. Jesús era la voz de Dios. Esta idea prevalece hasta cierto punto en la tradición del Evangelio, en donde, por ejemplo, luego de la cura del paralitico, el pueblo glorifica a Dios (Marcos, 2:12). Jesús es en particular caracterizado como el profeta al que Moisés prometió: "El Señor vuestro Dios os levantará un profeta de entre vuestros hermanos" (Hechos, 3:22, 7:27; Deuteronomio, 18:15)
            Vemos así que el concepto de Jesús sostenido por la primera comunidad era que se trataba de un hombre elegido por Dios y elevado por él a "Mesías" y más tarde a "Hijo de Dios". Esta cristología de la primera comunidad se asemeja en muchos sentidos al concepto del Mesías elegido por Dios para introducir un reinado de justicia y amor, un concepto que durante largo tiempo había sido familiar para las masas judías.

            Solamente en dos ideas de la nueva fe hallamos elementos que significan algo específicamente nuevo: en el hecho de su exaltación como Hijo de Dios para sentarse a la diestra del Todopoderoso, y en el hecho de que este Mesías ya no es el héroe poderoso y victorioso, sino que su importancia y dignidad residen en su padecimiento, en su muerte en la cruz.

            La idea de un Mesías agonizante o hasta de un dios agonizante no era en verdad enteramente nueva en la conciencia popular. El capítulo 53 del libro de Isaías habla de este sufriente siervo de Dios. El cuarto libro de Esdras menciona también un Mesías agonizante, aunque por supuesto en una forma esencialmente diferente, pues muere luego de cuatrocientos años y después de su victoria.
             La idea de un dios agonizante puede haberse hecho familiar para la gente a partir de una fuente enteramente distinta, a saber, los cultos y mitos del Cercano Oriente (Osiris, Atis y Adonis).

            El destino del hombre halla su prototipo en la pasión de un dios que sufre sobre la tierra, muere y resucita. Este dios permitirá que participen de tal bendita inmortalidad todos aquellos que lo acompañen en los misterios o que hasta se identifiquen con él.

            Probablemente hubo también tradiciones judías esotéricas de un dios agonizante o de un Mesías agonizante, pero todos estos elementos precursores no bastan para explicar la enorme influencia que la enseñanza acerca del salvador crucificado y sufriente tuvo inmediatamente sobre las masas judías, y pronto también sobre las masas paganas.

            En la primitiva comunidad de entusiastas, Jesús fue así un hombre que luego de su muerte fue exaltado al rango de un dios que volvería pronto para hacer justicia, hacer felices a los sufrientes, y castigar a los dominadores.

            Con lo dicho hemos así penetrado en las superficies psíquicas de los adeptos de la cristiandad lo bastante como para intentar nuestra interpretación de estas primeras afirmaciones cristológicas.
            Los embriagados con esa idea eran gente atormentada y desesperada, llena de odio a sus opresores judíos y paganos, con ninguna perspectiva de alcanzar un futuro mejor.
            Un mensaje que les permitiera proyectar en la fantasía todo lo que la realidad les había negado debe haber sido muy fascinante.

            Si para los celotes no restaba otra cosa que morir en batallas desesperadas, los adeptos de Cristo podían soñar con su meta, sin que la realidad les mostrara de inmediato cuán distante estaba la satisfacción de sus deseos.
             Substituyendo la realidad por la fantasía, el mensaje cristiano satisfizo los anhelos de esperanza y venganza, y si bien no sacio el hambre, trajo una satisfacción fantaseada de no escasa importancia para los oprimidos.

La investigación psicoanalítica de la fe cristológica de la primitiva comunidad cristiana deberá plantear ahora los siguientes interrogantes:

            ¿Qué significado tenía para los primeros cristianos la fantasía de un hombre agonizante elevado a la dignidad de un dios?

            Es necesario insertar aquí una observación acerca de un problema que ha sido tema de enconadas polémicas: la cuestión de hasta qué punto puede considerarse al cristianismo como un movimiento revolucionario de clases. Kautsky, en Varláufer des neuen Sozialismus (Stuttgart, 1895), y posteriormente en Foundations of Christianity, ha formulado la opinión de que el cristianismo es un movimiento proletario de clases, que su importancia radica en esencia en su actividad práctica, es decir, en su obra de caridad y no en su "fanatismo piadoso". Kautsky pasa por alto el hecho de que un movimiento puede tener un origen de clase sin que en la conciencia de sus instigadores haya motivos sociales y económicos. Su desprecio por el significado histórico de las ideas religiosas sólo demuestra su completa falta de comprensión del significado de las satisfacciones fantaseadas dentro del proceso social. Su interpretación del materialismo histórico es tan banal que a Troeltsch y Harnack les resulta fácil dar una apariencia de refutar el materialismo histórico.
            Ellos, al igual que Kautsky, no ponen en el centro de la indagación el problema de la relación de clases que condicionó al cristianismo, sino más bien el problema de qué parte de un papel desempeñaron estas relaciones de clases en la conciencia y la ideología de los primeros cristianos.
            Si bien a Kautsky se le escapa el problema real, los cimientos de clases del cristianismo primitivo son empero tan evidentes que los intentos tortuosos, especialmente de Troeltsch (en su Social Teaching of the Christian Churches), de borrarlos con una explicación, ponen por demás en claro las tendencias políticas del autor.




¿A qué se debió que esta fantasía conquistara en tan poco tiempo el corazón de tantos millares de personas? ¿Cuáles eran sus fuentes inconscientes, y qué necesidades emocionales satisfacía?

            Primero, la pregunta más importante:

            Un hombre es elevado a la dignidad de un dios; ‑es adoptado por Dios. Tal como observó acertadamernte Reik, tenemos aquí el antiguo mito de la rebelión del hijo, una expresión de impulsos hostiles hacia el dios padre. Ahora comprendemos qué significado debe haber tenido este mito para los adeptos de la primitiva cristiandad.

            Esta gente odiaba intensamente a las autoridades, que la ponían frente al poder "paterno": los sacerdotes, estudiosos, aristócratas, en suma, todos los dominadores que los excluian del goce de la vida y que en su mundo emocional desempeñaban el papel del padre severo, prohibitivo, amenazador, atormentador.

También debían odiar a ese Dios que era un aliado de sus opresores, que les permitía sufrir y ser oprimidos.
            Ellos mismos deseaban mandar, o hasta ser los amos, pero a ellos les parecía desesperado intentar lograrlo en la realidad y derrocar y destruir a sus amos actuales por la fuerza.
            Y así satisfacían sus deseos en una fantasía. En conciencia no se atrevían a calumniar al Dios paternal.
            El odio consciente estaba reservado para las autoridades, no para la elevada figura paterna, el ser divino propiamente dicho. Pero la hostilidad inconsciente hacia el padre divino encontró expresión en la fantasía de Cristo. Pusieron un hombre a la vera de Dios y lo hicieron regir junto con Dios padre. Este hombre, que se convirtió en dios, y con quien como humanas se podían identificar, representaba sus deseos edípicos; era un símbolo de su hostilidad inconsciente hacia Dios padre, pues si un hombre se podía convertir en Dios, este último quedarla privado de su privilegiada posición paterna de ser único e inalcanzable.

            La creencia en la elevación de un hombre a la dignidad de dios era por lo tanto la expresión de un deseo inconsciente de eliminar al padre divino.

            Aquí reside la importancia del hecho de que la comunidad cristiana primitiva sustentara la doctrina adopcionista, la teoría de la elevación del hombre a la dignidad de Dios. La hostilidad hacia Dios encontró expresión en esta doctrina, así como más tarde la eliminación de estos deseos hostiles habría de expresarse en la doctrina que alcanzó mayor popularidad y llegó a ser dominante: la noción del Jesús que siempre fue un Dios (más adelante se examinará esto con mayor detalle). Los fieles se identificaron con este hijo; se podían identificar con él pues era un ser humano sufriente igual que ellos. Es esta la base del poder y efecto fascinantes que tuvo sobre las masas la idea del hombre sufriente elevado a dios; sólo se podían identificar con un ser sufriente. Millares de hombres antes que él habían sido crucificados, atormentados y humillados. Si se imaginaban a este crucificado como elevado a la dignidad de dios, ello significaba que en su inconsciente este dios crucificado eran ellos mismos.

            El apocalipsis precristiano habla de un Mesías victorioso y fuerte. Era el representante de los deseos y fantasías de una clase que estaba oprimida, pero que en muchos sentidos sufría menos, y que abrigaba aún esperanzas de victoria. La clase de la cual brotó la primitiva comunidad cristiana, y en la cual tuvo mucho predicamento el cristianismo de los primeros cien a ciento cincuenta años, no se podía identificar con un Mesías tan fuerte y poderoso; el suyo podía ser únicamente un Mesías sufriente y crucificado.
            La figura del salvador sufriente fue determinada de manera triple: primero, en el sentido recién mencionado; segundo, por el hecho de que algunos de los deseos de muerte dirigidos contra el dios padre fueron pasados al hijo.
            En el mito del dios agonizante (Adonis, Atis, Osiris), la muerte del dios mismo era deseada en la fantasía. En el mito cristiano primitivo, el padre es muerto en el hijo.

            Pero, finalmente, la fantasía del hijo crucificado desempeñaba aún una tercera función. Dado que los entusiastas creyentes estaban imbuidos de odio y deseos de muerte ‑conscientemente contra sus dirigentes, inconscientemente contra Dios padre‑ se identificaban con el crucificado; ellos mismos padecían la muerte en la cruz y de este modo expiaban sus deseos de muerte contra el padre. Por medio de su muerte, Jesús expiaba la culpa de todos, y los primeros cristianos estaban muy necesitados de tal expiación. Debido a su situación total, la agresión y los deseos de muerte contra el padre eran particularmente activos en ellos.

            El foco de la fantasía cristiana primitiva, empero ‑en contraste con la fe católica posterior, que se verá de inmediato‑ parece residir no en una expiación masoquista por medio de la propia aniquilación sino en el desplazamiento de padre por la identificación con el Jesús sufriente.

            Para alcanzar una comprensión clara del fondo psíquico de la creencia en Cristo debemos considerar el hecho de que en tal época el Imperio Romano estaba dedicado activamente al culto del emperador, que trascendía todas las fronteras nacionales. Desde un punto de vista psicológico estaba íntimamente ligado con el monoteísmo, la creencia en el padre justo y bueno.
            Si los paganos se referían a menudo al cristianismo como un ateísmo, en un sentido psicológico más profundo estaban en lo cierto, pues esta fe en el hombre sufriente elevado a la dignidad de un dios era la fantasía de una clase sufriente y oprimida que deseaba desplazar a las fuerzas dirigentes ‑dios, emperador y padre‑ y ocupar ella misma esos lugares. Si las principales acusaciones que los paganos hacían a los cristianos incluían el cargo de que cometian crímenes edípicos, esta acusación era una calumnia sin sentido; pero el inconsciente de los calumniadores había entendido perfectamente el significado inconsciente del mito de Cristo, sus deseos edípicos y su escondida hostilidad hacia Dios padre, el emperador y la  utoridad.,



 A manera de recapitulación

            Para comprender el desarrollo posterior del dogma se debe comprender primero la característica distintiva de la cristoIogía primitiva, su carácter adopcionista. La creencia de que un hombre es elevado al rango de un dios era una “expresión” del impulso inconsciente de hostilidad hacia el padre, que estaba presente en estas masas.
            Presentaba la posibilidad de una identificación y la correspondiente expectativa de que pronto comenzaría la nueva era en la que los sufrientes y oprimidos serían los dirigentes y pasarían por lo tanto a ser felices. Dado que uno podía, y lo hacía, identificarse con Jesús, pues era el hombre sufriente, se ofrecía la posibilidad de una organización comunitaria sin autoridades, estatutos ni burocracia, unida por la identificación común con Jesús sufriente elevado a la dignidad de un dios.

            La primitiva creencia adopcionista cristiana nació de las masas; fue una expresión de sus tendencias revolucionarias y ofre­ció satisfacción a sus anhelos más vehementes. Ello explica por qué en un tiempo extraordinariamente rápido se convirtió también en la religión de las masas paganas oprimidas (aunque pronto no lo fue exclusivamente de ellas).


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