lunes, 27 de junio de 2011

Dogma de Cristo. Erich Fromm Cap 3


III
LA TRANSFORMACION DEL CRISTIANISMO
Y EL DOGMA HOMOUSIANO

         Las creencias primitivas relacionadas con Jesús experimentaron un cambio.

El hombre elevado a la dignidad de Dios se convirtió en el Hijo del Hom­bre que siempre fue Dios y existió antes de toda creación, que era uno con Dios y que sin embargo de­bía ser distinguido de Él.

Este cambio de las ideas acerca de Jesús ¿tiene también un significado socio-­psicológico tal corno el que pudimos demostrar para la primitiva creencia adopcionista? La respuesta la encontraremos estudiando a la gente que, doscientos o trescientos años más tarde, creó este dogma y creyó en él.
De este modo podremos comprender su situación vital verdadera y sus aspectos psíquicos.
Las principales preguntas son éstas:

¿Quiénes eran los cristianos de los primeros siglos después de Jesucristo?
¿Sigue siendo el cristianismo la religión de los entusiastas judíos dolientes de Palestina, o qué torna su lugar y mantiene unida a esa gente?

         El primer gran cambio que ocurre en la compo­sición de los creyentes tuvo lugar cuando la propapanda cristiana se volcó hacia los paganos y, en uña campaña victoriosa, ganó adeptos en casi todo el Im­perio Romano.
            La importancia del cambio de nacionalidad entre los adeptos del cristianismo no debe ser desestimada, pero no tuvo ningún papel decisivo mientras no cambió esencialmente la composición social de la comunidad cristiana, es decir, mientras estuvo compuesta por gente pobre, oprimida, anal­fabeta, que sufría en común, odiaba en común y tenía esperanzas en común.
El conocido juicio de Pablo referente a la comu­nidad corintia es indudablemente válido para la se­gunda y tercera generaciones de las comunidades cristianas y asimismo para el período apostólico:

Pues, mirad vuestra vocación, hermanos, como que no muchos de vosotros erais sabios de acuerdo con las normas terrenales, no muchos erais poderosos, no mu­chos erais nobles de cuna; pero Dios escogió las cosas insensatas del mundo para confundir a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios para avergonzar a lo fuer­te; y las cosas viles del mundo y las despreciadas ha escogido Dios, y aun las que no son, para anonadar a las que son. (I. Corintios, 1:26‑28J38

Pero si bien la mayoría de los adeptos que Pablo ganó para la cristiandad en la primera centuria eran todavía gentes de las clases más bajas ‑artesanos de baja categoría, esclavos y esclavos emancipados‑, otro elemento social, el educado y pudiente, comenzó a infiltrar gradualmente la comunidad.
Pablo era sin duda uno de los primeros lideres cristianos que no provenía de las clases bajas. Era hijo de un aco­modado ciudadano romano, había sido fariseo y era por lo tanto uno de los intelectuales que despreciaba a los cristianos y que éstos odiaban.
 
         No era un proletario para quien el orden político era algo extraño y a lo que se oponía con odio, ni tampoco alguien que no tuviera interés en la continuación de tal orden y que anhelara su destrucción. Desde un primer momento habla estado demasiado cerca de las fuerzas del gobierno, había tenido demasiada experiencia de las bendiciones del orden sagrado como para no tener, en lo referente al valor ético del Estado, un ánimo muy distinto al de, por ejemplo, un miembro del partido ce­lote nativo, o aun al de sus colegas farisaicos que veían en la dominación romana a lo sumo el mal menor en comparación con los herodianos semi-judíos.

Con su propaganda, Pablo apeló principalmente a los estratos sociales más bajos, pero por cierto tam­bién a algunos de la clase acomodada y educada, en especial mercaderes, que mediante sus andanzas y viajes tuvieron decidida importancia para la difu­sión del cristianismo .
Pero hasta casi promediar la segunda centuria, un elemento substancial de las comunidades pertenecía a las clases bajas. Esto se advierte en algunos pasa­jes de la literatura original que, al igual que la Epístola de Santiago o el Apocalipsis, exhalan un odio apasionado por los poderosos y los ricos. La forma simple de tales trozos literarios y el tenor general de escatología muestran que "los miembros de las comunidades cristianas del período postapos­tólico provenían principalmente de las filas de los pobres y los no libres"
          Aproximadamente a mediados de la segunda centu­ria, el cristianismo comenzó a ganar adeptos entre las clases alta y media del Imperio Romano. Tratóse principalmente de mujeres de posición prominente, y mercaderes, que se hicieron cargo de la propaganda.

Harnack, Die Mission und Ausbreitung des Christentums, 1. 300):

 "También se deberán hacer averiguaciones acerca de las profesio­nes y oficios de aquellos presentados para ser admitidos en la fe.
Si un hombre es un alcahuete. deberá desistir o ser rechazado.
 Si un hombre es escultor o pintor, se le deberá ordenar que no haga ídolos; si no desiste, se lo deberá rechazar.
Si un hombre es actor o pantomimo, deberá desistir o ser rechazado.
Un maestro de niños pequeños será mejor que desista, pero si no tiene otra ocupación se le puede permitir que continúe.
Un auriga, tanto si corre carreras como que las frecuente, deberá desistir o ser rechazado.
Un gladiador o un entrenador de gladiadores, o un cazador (en los espectáculos de bestias salvajes), o
Cualquiera vinculado con estos es­pectáculos, o un funcionario público a cargo de exhibi­ciones de gladiadores, deberá desistir o ser rechazado.
 A un soldado de la autoridad civil se le deberá enseñar a no matar hombres y a rehusarse a hacerlo si así se lo ordenan, y a rehusarse a prestar juramento;
 Si no está dispuesto a cumplir, deberá ser rechazado.
Un coman­dante militar o un magistrado cívico vestido de púrpura, deberán renunciar a sus cargos o ser rechazados.
Si un catecúmeno o un creyente buscan enrolarse como solda­dos, se los deberá rechazar, pues han despreciado a Dios.
 Una ramera o un hombre licencioso o uno que se haya castrado, o cualquier otro que haga cosas que no pueden ser nombradas, deberán ser  rechazados, pues están de­gradados.
Un encantador, un adivino, uno que usa ver­sos mágicos, un juglar, un saltimbanqui, un fabricante de amuletos, deberán desistir o ser rechazados.
Una concubina, que sea una esclava y que haya criado a sus hijos y haya sido fiel a su amo, únicamente puede ser oyente; pero si no ha cumplido estas cosas, deberá ser rechazada.
Si un hombre tiene una concubina, deberá desistir y casarse legalmente; si no está dispuesto a hacerlo, deberá ser rechazado.
 Ahora bien, si hemos omi­tido algo, los hechos instruirán vuestras mentes, pues todos tenemos el Espíritu de Dios."

Citando a San Hipolito.


            El cristianismo se difundió en sus círculos y gradualmente penetró en los círculos de la aristo­cracia dirigente. A la terminación de la segunda centuria el cristianismo había dejado de ser la reli­gión de los artesanos pobres y esclavos.

Y cuando bajo Constantino se convirtió en la religión del Es­tado, ya había llegado a ser la religión de grandes círculos de la clase dirigente del Imperio Romano

            Como ejemplo del carácter de la comunidad exis­tente en Roma, Knopf hace un cuadro del desarrollo de la composición social de la iglesia cristiana en las pri­meras tres centurias. Pablo, en la Epístola a los Fili­penses (4:22), pide que sus saludos sean transmitidos ,,especialmente a aquellos que son de la casa de César".  
El hecho de que las sentencias de muerte impuestas por Nerón sobre los cristianos (mencionado por Tácito, Annales, XV, 44), tales como las de ser cosidos dentro de pieles, mordidos por perros, crucificados, convertidos en antorchas vivas, podían ser aplicadas únicamente a humiliores y no a honestiores (los más prominentes), demuestra que los cristianos de esta época pertenecían principalmente a las clases más bajas, aun cuando al­guna gente rica y prominente pudiera ya haberse unido a ellos.
El punto hasta el cual había cambiado la com­posición de la iglesia postapostólica es demostrado por un pasaje, citado por Knopf, de la primera Epístola de Clemente (38:2):

 "El rico deberá ofrecer ayuda al po­bre, y el hombre pobre deberá agradecer a Dios que le haya dado alguien a través de quien su necesidad puede ser atendida."

No notamos aquí ningún vestigio de esa animosidad hacia los ricos que tiee otros documentos.
Esta es la manera en que se puede hablar en una iglesia donde la gente más rica y prominente no es tan rara y también donde cumplen sus deberes con los pobres (Knopf, op. cit., pág. 65).
El hecho de que en el año 96 de J. C., ocho meses antes de su muerte, Domiciano haya hecho ejecutar a su primo, el cónsul Tito Flavio, y haya enviado al exilio a la primera esposa del primo (casti­gándolo a él probablemente y a ella con certeza por su adhesión al cristianismo), demuestra que ya a fines del primer siglo los cristianos de Roma habían penetrado en la casa del emperador.
El número creciente de cris­tianos ricos y prominentes creó naturalmente tensiones y diferencias , en las iglesias.
Una de estas diferencias surgió desde un primer momento
Y se relacionaba con la cuestión de si los amos cristianos debían liberar a sus esclavos cristianos.
Esto se ve en las palabras de Pa­blo, al exhortar a los esclavos para que no busquen la emancipación. Pero dado que en el curso de su des­arrollo el cristianismo se ganó cada vez más la fe de los grupos dirigentes, estas tensiones estaban destinadas a crecer.

"El rico no fraterniza muy bien con los esclavos, los emancipados y los proletarios, especialmente en pú­blico. Los pobres, por su parte, ven al rico como perte­neciendo a medias al diablo" (Knopf, op. cit., pág. 81).

Kermas hace una buena descripción de la composición social cambiada:
"Aquellos que hacen muchos negocios también pecan mucho, al estar absortos en su negocio y no sirviendo en nada al Señor" (Sim. VII. 9).
"Estos son los que eran fieles, pero se hicieron ricos y ganaron honores entre los paganos; luego se pusieron arrogantes y magnánimos y abandonaron la verdad. v se unieron a los justos, pero vivían junto con los paganos, y este modo les agrada más" (Sini. IX. l).
"Los ricos titubean en acercarse a los siervos de Dios. pues temen que les pedirán algo" (Sim. XX, 2).

Parecería que sólo en tiem­pos de los Antoninos fue que los ricos y los prominentes, la gente de sangre y recursos, se unieron a la iglesia cristiana, tal como lo comprende correctamente Eusebio en un pasaje conocido, cuando dice que :

Durante el rei­nado de Cómodo los negocios (de los cristianos) tomaron un giro más fácil y, merced a la gracia divina, la paz abrazó las iglesias de todo el mundo... hasta el punto de que ya gran cantidad de personas aun de la misma Roma, altamente distinguidas por su riqueza y naci­miento, avanzaban hacia su propia salvación con su casa y familia" (Eusebio. Ecelesiastical History, Libro V, 21, l).

De esa manera, en la principal metrópoli del mundo, el cristianismo había dejado de ser una religión cuyos adeptos eran en su mayor parte gente pobre y esclavos. A partir de entonces, su poder de atracción apareció en los diferentes rangos de la propiedad y la educación.
            Entre doscientos cincuenta y trescientos años des­pués del nacimiento del cristianismo, los adherentes de esta fe eran muy distintos de los primeros cristia­nos.
            Ya no eran judíos que creían, con más vehemencia que cualquier otro pueblo, en un tiempo mesiánico que no tardaría en llegar. Eran más bien griegos, romanos, sirios y galos, es decir, miembros de todas las naciones del Imperio Romano. Más importante que esa transformación de la nacionalidad era la diferencia social.
El grueso de la comunidad cristiana seguía por cierto constituido por esclavos, artesanos y el "proletariado harapiento", es decir, las masas de las clases bajas; pero el cristianismo se había convertido también simultáneamente en la religión de las clases prominentes y dominantes del Imperio Romano.
    En lo tocante a este cambio de la estructura social de las iglesias cristianas debemos echar una mirada sobre la situación económica y política general del Imperio Romano, que durante el mismo período ha­bía experimentado un cambio fundamental.
    Las di­ferencias nacionales características del Imperio ha­bían ido desapareciendo constantemente. Hasta un extranjero podía convertirse en ciudadano romano (edicto de Caracalla, 212).
    El culto del emperador funcionaba al mismo tiempo como lazo unificador, que nivelaba las diferencias nacionales. El desarro­llo económico se caracterizaba por un proceso de gradual pero progresiva feudalización:
            Las nuevas relaciones, tal como estaban consolidadas luego del fin de la tercera centuria, ya no conocían ningún trabajo libre, sino sólo el trabajo compulsivo en los grupos (o patrimonios) de status que se habían hecho hereditarios, en la población rural y en las colonias, así como en los artesanos y los gremios, y también (como es bien sabido) en los patricios que se habían convertido en los que soportaban el mayor peso de las cargas impositivas.
            De ese modo se completaba el círculo.
            El desarrollo retrocede al punto donde ha comenzado.
            Se establece el orden medieval.
             La expresión Política de esta economía declinante, que hacía una regresión a una nueva "economía natural" ligada al Estado, era la monarquía absoluta tal como fue moldeada por Diocleciano y Constantino.
 Se desarrolló un sistema jerárquico con infinitas dependencias, en cuya cúspide estaba el emperador divino, a quien las masas debían rendir pleitesía y amor.
            En un tiempo relativamente corto el Imperio Romano se convirtió en un Estado clasista feudal, con un orden rígidamente establecido en el cual los rangos más bajos no podían tener ninguna esperanza de ascender, pues el estancamiento causado por el receso de las fuerzas productoras hacía imposible un desarrollo progresivo.
El sistema social se estabilizaba y regulaba desde arriba, y era imperativo hacer que a los individuos que ocupaban la parte inferior les fuera más fácil contentarse con su situación.
En términos generales, tal era la situación social en el Imperio Romano a partir de comienzos de la tercera centuria.
La transformación que el cristianismo, en especial el concepto de Cristo y su relación con el Dios Padre, experimentó desde sus primeros días hasta esta época debe comprenderse principalmente a la luz de este cambio social y del cambio psíquico por él condicionado y de la nueva función sociológica que debía asumir el cristianismo.             Simplemente no se comprende el elemento vital de la situación si suponemos que  la "religión cristiana se difundió y ganó para su pensamiento a la gran mayoría de la población del Imperio Romano.

            La verdad es más bien que la religión original se transformó en otra, pero la nueva religión católica tenía sus razones para ocultar esta transformación.

            Señalaremos ahora qué transformación experimentó el cristianismo durante las primeras tres centurias, y mostraremos cómo la nueva religión contrastaba con la vieja.

            El punto más importante es la desaparición gradual de las esperanzas escatológicas que habían constituido el centro de la fe y esperanza de la primitiva comunidad.
            El núcleo de la prédica misionera era "el reino de Dios está próximo". La gente se había preparado para el reino, hasta había esperado vivirlo personalmente, y dudaba si en el corto tiempo disponible antes del advenimiento de la nueva era sería posible proclamar el mensaje cristiano a la mayoría del mundo pagano. La fe de Pablo está aún imbuida de esperanzas escatológicas, pero para él el momento esperado del advenimiento del reino comenzaba a desplazarse más hacia el futuro. La consumación final estaba asegurada para él por la elevación del Mesías, y la última lucha, que aún no había sido sostenida, perdió su significado a la vista de lo que ya había ocurrido. Pero durante el desarrollo subsiguiente, la creencia en el establecimiento inmediato del reino tendió a desaparecer cada vez más:
                        "Lo que percibimos es más bien la desaparición gradual de un elemento original, el entusiasta y apocalíptico, es decir, de la conciencia segura de una inmediata posesión del Espíritu Divino, y la esperanza de que el futuro conquiste el presente.
            Si en el comienzo, las dos concepciones, escatológica y espiritual, estaban íntimamente ligadas, con mayor énfasis sobre la primera de ellas, después se separaron lentamente. La esperanza escatológica retrocedió gradualmente, el núcleo de la fe cristiana se alejó del segundo advenimiento de Cristo y "entonces se lo encontraría necesariamente en el primer advenimiento, en virtud del cual la salvación ya estaba preparada para el hombre y el hombre preparado para la salvación.

Harnack, History of Dogma, 1, 49. Este autor subraya el hecho de que originariamente prevalecieron dos opiniones interrelacionadas referentes a la finalidad de la venida de Cristo o a la naturaleza v medios de salvación. Se imaginaba la salvación, por una parte, como la participación en el glorioso reino de Cristo próximo a aparecer, y todo lo demás se consideraba como preparatorio para esta segura perspectiva; por otra parte, empero, la atencién se dirigía a las condiciones y las provisiones de Dios forjadas por Cristo, que fueron lo primero que hizo a los hombres capaces de sentirse seguros de ella. Perdón de los pecados, justicia, fe, conocimiento, etcétera, son las cosas que entran aquí en consideración, y estas bendiciones mismas. hasta donde tienen como su resultado seguro la vida en el reino de Cristo o, más exactamente, la vida eterna, pueden ser vistas como salvación. Ubíd., págs. 129‑1303

            El proceso de propagar el temprano entusiasmo cristiano se extinguió rápidamente. A través de la historia posterior del cristianismo (desde los montanistas hasta los anabaptistas) hubo, por cierto, intentos continuos de revivir el viejo entusiasmo cristiano con su expectativa escatológica; eran intentos que emanaban de aquellos grupos que se asernejaban a los primeros cristianos en cuanto a su situación económica, social y psíquica, porque se hallaban oprimidos y buscaban la libertad.
            Pero a la Iglesia no le hacían mella tales intentos revolucionarios desde el momento que, en el curso de la segunda centuria, había ganado la primera victoria decisiva. A partir de entonces la carga del mensaje no estaba en el grito "el Reino está próximo", en la expectativa que el día del juicio y el retorno de Je­sús llegarían pronto; los cristianos ya no miraban  hacia el futuro o la historia, sino que más bien miraban hacia atrás. El hecho decisivo ya había tenido lugar. La aparición de Jesús ya había representado el milagro.
         El mundo real, histórico, ya no necesitaba cam­biar; por fuera todo podía seguir como estaba ‑Es­tado, sociedad, ley, economía‑, pues la salvación se había convertido en un asunto interno, espiritual, ahistórico, individual, garantizado por la fe en Cris­to.
         La esperanza de la salvación real e histórica había sido reemplazada por la fe en la ya completa salvación espiritual. El interés histórico fue reem­plazado por el cosmológico.
         Junto con ello se des­vanecieron las demandas éticas. La primera centu­ria del cristianismo se caracterizó por rigurosos postulados éticos, en la creencia de que la comunidad cristiana era primariamente una confraternidad de vida santa. Este rigorismo práctico y ético es re­emplazado por los medios de gracia dispensados por la Iglesia.             Estrechamente vinculada con la renuncia a la rigurosa práctica ética original se hallaba la creciente reconciliación de los cristianos con el Es­tado.
         “La segunda centuria de la existencia de la iglesia cristiana ya exhibe a lo largo de todas las líneas un desarrollo que marcha hacia una reconci­liación con el Estado y la sociedad." .
         Hasta las ocasionales persecuciones de los cristianos por el Estado no afectaron para  nada ese desarrollo; si bien aparecían aquí y allá intentos de mantener la antigua ética rigorista hostil al Estado y a la vida de la clase media

“.. la gran mayoría de los cristianos, en especial los obispos dirigentes, decidieron de otro modo. Bastaba ahora tener a Dios en el corazón y confesar fe en Él cuando era inevitable una confesión pública ante las au­toridades. Era suficiente huir del culto popular de ído­los; por lo demás el cristiano podía seguir en cualquier profesión honorable; allí se le permitía entrar en con­tacto externo con la adoración de ídolos, y debía con­ducirse prudente y cautamente a fin de que nunca se contaminara o ni siquiera corriera el riesgo de conta­minarse él o contaminar a otros. La iglesia adoptó esta actitud en todas partes luego del comienzo de la tercera centuria. El Estado ganó así numerosos ciudadanos tran­quilos, respetuosos y conscientes, quienes, lejos de causar ninguna dificultad, mantenían el orden y la paz en la sociedad ... Dado que había abandonado su actitud rígida y negativa hacia el mundo, la Iglesia se convirtió gra­dualmente en una fuerza sostenedora y reformadora del Estado. Si para fines comparativos se nos permite in­troducir un fenómeno moderno, podríamos decir que los fanáticos que huían del mundo y esperaban el Estado celestial del futuro, se convirtieron en revisionistas del orden de vida existente”

                        Esta transformación fundamental del cristianis­mo ‑de religión de los oprimidos, en religión de los dirigentes y de las masas manejadas por ellos; de expectativa en la inminente proximidad del día del juicio y la nueva era, en fe en la ya consumada redención; de postulación de una vida moral y pura, en satisfacción de la conciencia moral con ayuda de medios eclesiásticos de gracia; de hostilidad hacia el Estado en cordial coincidencia con él‑ son todos elementos estrechamente ligados con el gran cambio final que se describirá de inmediato.

            El cristianismo, que había sido la religión de una comunidad de hermanos iguales, sin jerarquía ni burocracia, se convirtió en "la Iglesia", la imagen refleja de la monarquía absoluta del Imperio Romano.

            En la primera centuria no había siquiera una autoridad externa claramente definida en las comunidades cristianas, que estaban por lo tanto construidas sobre la independencia y libertad del cristiano individual respecto de los asuntos de la fe. La segunda centuria se caracterizó por el desarrollo gradual de una unión eclesiástica con líderes autoritarios y, así también, por el establecimiento de una doctrina sistemática de fe a la que el cristiano individual se debía someter. Originariamente no era la iglesia sino sólo Dios quien podía perdonar pecados. Más tarde, extra ecelesiam nulla salus: únicamente la iglesia ofrece proteción contra cualquier pérdida de gracia. Como institución, la iglesia se hizo sagrada en virtud de su fundación como establecimiento moral que educa para la salvación. Esta función se limita a los sacerdotes, especialmente al episcopado, que en su unidad garantiza la legitimidad de la iglesia y ha recibido la jurisdicción de perdonar pecados".
            Esta transformación de una confraternidad libre en una organización jerárquica indica claramente el cambio psíquico que había ocurrido. Así como los primeros cristianos estaban imbuidos de odio y desprecio por los ricos educados y los dirigentes, en resumen, por toda autoridad, así los cristianos de la tercera centuria en adelante estaban imbuidos de reverencia, amor y fidelidad a las nuevas autoridades clericales.

            Así como el cristianismo se transformó en todo sentido en las tres primeras centurias de su existencia y se convirtió en una nueva religión en comparación con la religión original, esto también fue válido con respecto al concepto de Jesús. En el cristianismo primitivo prevaleció la doctrina adopcionista, es decir, la creencia en que el hombre Jesús había sido elevado a la dignidad de un dios. Con el desarrollo continuado de la iglesia, el concento de la naturaleza de Jesús tendió cada vez más al punto de vista pneumático: un hombre no era elevado a la dignidad de un dios, sino que un dios descendía para convertirse en hombre. Ésta fue la base del nuevo concepto de Cristo, hasta que culminó en la doctrina de Atanasio, que fue adoptada por el Concilio de Nicea: Jesús, el Hijo de Dios, engendrado por el Padre antes de todo tiempo, de naturaleza una con el Padre. La opinión arriana de que Jesús y Dios Padre eran por cierto de naturaleza similar pero no idéntica es rechazada en favor de la tesis lógicamente contradictoria de que dos naturalezas, Dios y su Hijo, son sólo una naturaleza; esto es la afirmación de una dualidad que es simultáneamente una unidad. ¿Cuál es el significado de este cambio en el concepto de Jesús y su relación con Dios Padre, y hasta qué punto el cambio en el dogma influye sobre el cambio de toda la religión?


El cristianismo primitivo era hostil a la autoridad y al Estado.

            Satisfacía en la fantasía los deseos revolucionarios de las clases bajas, hostiles al padre. El cristianismo que fue elevado al rango de religión oficial del Imperio Romano trescientos años más tarde tenía una función social completamente diferente. Estaba, al mismo tiempo, destinado a ser una religión para los dirigentes tanto como para los dirigidos, para los gobernantes y los gobernados. El cristianismo cumplió la función que el emperador y el mitraísmo no podían cumplir de modo tan completo, a saber, la integración de las masas en el sistema absolutista del Imperio Romano. La situación revolucionaria que había prevalecido hasta la segunda centuria había desaparecido. Había sobrevenido la regresión económica; comenzaba a desarrollarse la Edad Media. La situación económica condujo a un sistema de lazos y dependencias sociales que alcanzaron políticamente su máximo en el absolutismo romano bizantino.       El nuevo cristianismo cayó bajo el liderazgo de la clase dirigente. El nuevo dogma de Jesús fue creado y formulado por este grupo dirigente y sus representantes intelectuales, no por las masas. El elemento decisivo fue dejar la idea del hombre que se convierte en Dios y cambiarla por la de Dios que se convierte en hombre.

            Dado que el nuevo concepto del Hijo, que era por cierto una segunda persona al lado de Dios y sin embargo una con él, hizo desaparecer la tensión entre Dios y su Hijo y puso armonía entre ambos, y dado que evitó el concepto de que un hombre pudiera convertirse en Dios, el nuevo concepto eliminó de la fórmula el carácter revolucionario de la doctrina más antigua, a saber, la hostilidad hacia el padre. El crimen de Edipo contenido en la fórmula anterior, el desplazamiento del padre por el hijo, fue eliminado en el nuevo cristianismo. El padre siguió intacto en su posición. Sin embargo, ahora no era un hombre, sino su Hijo unigénito, que existía antes de toda creación, quien estaba junto a él. Jesús mismo se convirtió en Dios sin destronarlo, pues él habla sido siempre un componente de Dios.

            Hasta aquí hemos comprendido únicamente el punto negativo: por qué Jesús ya no podía ser el hombre elevado a la dignidad de un dios, el hombre puesto a la diestra del padre. La necesidad del reconocimiento del padre, de la subordinación pasiva a él, podría haber sido satisfecha por el gran competidor del cristianismo, el culto del emperador. ¿A qué se debió que fuera el cristianismo y no el culto del emperador el que se convirtió en la religión estatal oficial del Imperio Romano? Fue debido a que el cristianismo poseía una cualidad que lo hacía superior para la función social que estaba destinado a cumplir, a saber, la fe en el Hijo crucificado de Dios. Las masas sufrientes y oprimidas podían identificarse con él en un grado mayor. Pero la satisfacción fantaseada cambió. Las masas ya no se identificaban con el hombre crucificado para destronar al padre en la fantasía, sino, en cambio, para gozar de su amor y gracia. La idea de que un hombre se convirtiera en un dios era un símbolo de activas tendencias agresivas y de hostilidad hacia el padre.
            La idea de que Dios se convirtiera en un hombre se transformó en un símbolo del lazo tierno y pasivo con el padre. Las masas encontraron su satisfacción en el hecho de que su representante, el Jesús crucificado, había sido elevado a un status más elevado, convirtiéndose él mismo en un Dios preexistente. La gente ya no aguardaba un inminente cambio histórico sino que más bien creía que la salvación ya había tenido lugar, que lo que esperaba ya había acontecido.
            Rechazaron la fantasía que representaba la hostilidad hacia el padre y aceptaron otra en su lugar, la fantasía armonizadora del Hijo colocado junto al padre por la libre voluntad de este último.

El cambio teológico es la expresión de uno socio­lógico, es decir, el cambio en la función social del cristianismo.             Lejos de ser una religión de rebeldes y revolucionarios, esta religión ahora de la clase diri­gente estaba determinada a mantener las masas en un estado de obediencia y a conducirlas. Sin embar­go, al retener al antiguo representante revoluciona­rio, la necesidad emocional de las masas se satisfacía de una manera nueva. La fórmula de la sumisión pasiva reemplazó a la hostilidad activa hacia el padre. No era necesario desplazar al padre, dado que el hijo había sido por cierto igual a Dios desde el comienzo, precisamente porque Dios mismo lo había "emitido". La posibilidad verdadera de identificarse con un dios que había sufrido y sin embargo desde el comienzo había estado en el cielo, y al mismo tiempo de eli­minar tendencias hostiles hacia el padre, es la base de la victoria del cristianismo sobre el culto al em­perador. Por otra parte, el cambio experimentado en la actitud hacia figuras paternas reales, existen­tes ‑los sacerdotes, el emperador y en especial los dirigentes‑ correspondió con esta actitud cambiada hacia el dios padre.
La situación psíquica de las masas católicas de la cuarta centuria difirió de aquella de los primitivos cristianos en el hecho de que el odio hacia las auto­ridades, incluyendo al dios padre, había dejado de ser consciente, o a lo sumo lo era sólo relativamente; la gente había depuesto su actitud revolucionaria. La razón de esto reside en el cambio de la realidad social. Toda esperanza de derrocar a los dirigentes y alcanzar la victoria para su propia clase era tan remota que, desde el punto de vista psíquico, habría sido vano y antieconómico persistir en la actitud de odio. Si no había esperanza alguna de derrocar al padre, entonces el mejor esrape psíquico era some­terse a él, amarlo y recibir su amor. Este cambio de actitud psíquica era el resultado inevitable de la derrota final sufrida por la clase oprimida.
Pero los impulsos agresivos no podían haber des­aparecido. Tampoco podían siquiera haber disminui­do, pues su causa real, la opresión impuesta por los dirigentes, no había sido eliminada ni reducida. ¿Dónde estaban ahora los impulsos agresivos? Apar­tados de los objetos primitivos ‑los padres, las au­toridades‑, se los volvió a dirigir hacia el propio ser individual. La identificación con el Jesús su­friente y crucificado ofrecía una magnífica oportu­nidad para ello. En el dogma católico, a diferencia de la doctrina cristiana primitiva, el énfasis ya no estaba en el derrocamiento del padre sino en la autoan iqu ilación del hijo. La agresión original diri­gida contra el padre se volvió contra el propio ser, y de ese modo proveyó una vía de salida inofensiva para la estabilidad social.

Pero esto era posible sólo en relación con otro cambio.

Para los primeros cristianos, las autorida­des y los ricos eran la gente malvada que recibiría el castigo merecido por su maldad. Por cierto que los primeros cristianos no carecían de sentimientos de culpa causados por su hostilidad hacia el padre; y la identificación con el Jesús sufriente había ser­vido también para expiar su agresión; pero es in­dudable que para ellos el acento no estaba en los sentimientos de culpa y en la reacción masoquista y expiatoria. Para las masas católicas, más tarde, la situación había cambiado. Para ellas ya no era a los dirigentes a quienes había que culpar por las desdichas y sufrimientos; los culpables eran más bien los sufrientes mismos. Deben reprocharse a sí mismos si son desdichados.
                        Sólo por medio de una constante expiación, sólo por medio del sufrimiento personal pueden purgar su culpa y ganarse el amor y el perdón de Dios y de sus representantes terrenales. Mediante el sufrimiento y la castración uno encuentra escape del opresivo sentimiento de culpa y tiene una oportunidad de recibir perdón y amor.
            La Iglesia católica entendió cómo acelerar y reforzar de manera maestra este proceso de cambiar el reproche contra Dios y los dirigentes y convertirlo en el reproche de si mismo. Acrecentó el sentimiento de culpa de las masas hasta el punto de hacerlo casi insoportable; y al proceder así logró una doble finalidad: primero, contribuyó a que los reproches y agresiones fueran desplazados de las autoridades y dirigidos hacia las masas sufrientes; y, segundo, se ofreció a estas masas sufrientes como un padre bueno y amoroso, dado que los sacerdotes aseguraban perdón y expiación para el sentimiento de culpa que ellos mismos habían provocado. Cultivó ingeniosamente la condición psíquica de la cual ella, y también la clase superior, obtuvieron una doble ventaja: la desviación de la agresión de las masas y la seguridad de su dependencia, gratitud y amor.
            Para los dirigentes, sin embargo, la fantasía del Jesús sufriente no sólo tenía esa función social sino también una importante función psíquica. Los liberaba de los sentimientos de culpa que sentían a causa de la desdicha y sufrimiento de las masas a quienes habían oprimido y explotado.
            Al identificarse con el Jesús sufriente, los grupos explotadores podían ellos mismos hacer penitencia. Podían consolarse con la idea de que, dado que hasta el Hijo unigénito de Dios había sufrido voluntariamente, para las masas el sufrimiento era una gracia de Dios, y por lo tanto no tenían motivo para reprocharse a sí mismos por causar tal sufrimiento.           La transformación del dogma cristológico, así como de toda la religión cristiana, correspondió sencillamente a la función sociológica de la religión en general, el mantenimiento de la estabilidad social preservando los intereses de la clase gobernante. Para los primeros cristianos era un sueño bendito y satisfactorio crear la fantasía de que las autoridades odiadas serían pronto derrocadas y que ellos mismos, ahora pobres y sufrientes, alcanzarían el dominio y la felicidad. Pero con su derrota final y después que todas sus esperanzas demostraron ser en vano, las masas encontraron satisfacción en una fantasía en la que aceptaban la responsabilidad de todo sufrimiento; podían empero purgar sus pecados mediante su propio sufrimiento y luego esperar ser amadas por un padre bueno. Él mismo había demostrado ser un padre amoroso cuando, en la forma del hijo, se convirtió en un hombre sufriente. Sus otros deseos de felicidad, y no sencillamente de perdón, se satisfacían en la fantasía de un futuro venturoso, un futuro que estaba destinado a reemplazar la condición históricamente feliz en este mundo que habían esperado los primeros cristianos.
            Sin embargo, en nuestra interpretación de la fórmula homousiana no hemos encontrado aún el único y esencial significado inconsciente.

            La experiencia analítica nos lleva a esperar que detrás de la contradicción lógica de la fórmula, a saber, que dos es igual a uno, debe hallarse oculto un significado inconsciente específico al que el dogma debe su importancia y fascinación. Este significado inconsciente y más hondo de la doctrina homousiana se pone en claro si recordamos un sencillo hecho: hay una sola situación real en que esta fórmula tiene sentido, la situación de la criatura en el vientre materno. Madre e hijo son entonces dos seres y al mismo tiempo son uno.
            Hemos arribado ahora al problema central del cambio ocurrido en la idea de la relación de Jesús con Dios Padre. No sólo el hijo ha cambiado: otro tanto ha ocurrido con el padre. El padre, fuerte y poderoso, se ha convertido en la madre que da abrigo y protección; el hijo una vez rebelde y luego sufriente y pasivo, se ha convertido en el niño pequeño. Bajo capa del Dios paternal de los judíos, que había logrado triunfar en la lucha con las divinidades maternas del Cercano Oriente, la figura divina de la Gran Madre emerge otra vez, y se convierte en la figura dominante del cristianismo medieval.
            El significado que la divinidad materna tuvo para el cristianismo católico, a partir de la cuarta centuria, se pone de manifiesto, primero, en el papel que la Iglesia como tal comienza a desempeñar; y, segundo, en el culto de María.51 Se ha demostrado que al cristianismo primitivo le era aún bastante ajena la idea de tina iglesia. Sólo en el curso del desarrollo histórico asume la iglesia una organización jerárquica; la iglesia misma se convierte en una institución sagrada y en algo más que meramente la suma de sus miembros.
            La iglesia es la mediadora de la salvación, los creyentes son sus hijos, es la Gran Madre sólo a través de la cual se puede alcanzar seguridad y bendición.
           

Igualmente reveladora es la restauración de la figura de la divinidad materna en el culto de María.

            María representa esa divinidad materna que se independiza al separarse del dios padre. En ella se experimentaban ahora consciente y claramente y se representaban simbólicamente las cualidades maternas, que siempre habían sido inconscientemente una parte de Dios Padre.
            En los relatos del Nuevo Testamento, María no es de ningún modo elevada más allá de la esfera de la humanidad ordinaria. Con el desarrollo de la cristología, las ideas acerca de María adquirieron una prominencia cada vez mayor. Cuanto más la figura del Jesús histórico y humano retrocedía en favor del preexistente Hijo de Dios, tanto más se deificaba a María. Si bien, de acuerdo con el Nuevo Testamento, en su matrimonio con José, María siguió teniendo hijos, Epifanio rechaza esta opinión tratándola como herética y frívola.
            En la controversia nestoriana se llegó en 431 a la decisión, contra Nestorio, de que María no era sólo la madre de Cristo sino también la madre de Dios, y a la terminación de la cuarta centuria surgió un culto de María y los hombres le elevaban oraciones. Aproximadamente en la misma época la representación de María en las artes plásticas comenzó a desempeñar un papel importante y cada vez mayor. Las centurias siguientes asignaron cada vez más importancia a la madre de Dios, y su adoración se hizo más exuberante y más general. Se le erigieron altares y sus cuadros eran exhibidos en todas partes.
            De receptora de gracia se convirtió en dispensadora de gracia.      


María con el niño Jesús pasó a ser el símbolo del medioevo católico.

El significado pleno de la fantasía colectiva de la Madonna amamantando se pone en claro sólo por me­dio de los resultados de las investigaciones clínicas psicoanalíticas. Sándor Radó ha destacado la extra­ordinaria importancia que el temor de perecer de hambre, por una parte, y la felicidad de la satis­facción oral, por la otra, desempeñan en la vida psí­quica del individuo:

Los tormentos del hambre se convierten en un pre­gustar psíquico de "castigos" posteriores, y por medio de la escuela del castigo se convierten en el mecanismo primitivo del autocastigo, que finalmente en la melan­colía adquiere un significado tan funesto. Detrás del ¡limitado temor al empobrecimiento sentido por el melan­cólico no se esconde otra cosa que el temor de morir de hambre; este temor es la reacción de la vitalidad del residuo normal del yo ante el amenazante y melancólico acto de expiación o penitencia impuesto por la iglesia. Beber del pecho sigue siendo sin embargo el ejemplo radiante del infalible e indulgente ofrecimiento de amor.
La conexión de la adoración de María con la ado­ración de las divinidades maternas paganas se ha estu­diado muchas veces. Un ejemplo particularmente claro se halla en las coliridianas, quienes, como sacerdotisas de María, pasean tortas en una solemne procesión que se realiza en un día dedicado a ella. similar al culto de la reina cananea del cielo mencionada Por Jeremías. Ver Rósch (Th. St. K., 1888, pág. 278 y siguientes), quien interpreta la torta como un símbolo fálico y ve a la María adorada por las coliridianas ‑como idéntica a la Astarté fenicio‑oriental.
            No es por cierto accidental que la Madonna amaman­tando al niño se haya convertido en símbolo de una reli­gión poderosa y por su mediación en el símbolo de toda una época de nuestra cultura occidental. Soy de la idea que considerar el complejo de significados de expiación y perdón de la culpa como derivado de la primitiva expe­riencia infantil de rabia, hambre y beber del pecho, re­suelve el enigma de por qué la esperanza de absolución y amor es probablemente la configuración más poderosa que encontramos en los niveles más elevados de la vida psíquica humana.
El estudio de Radó hace claramente inteligible la relación que existe entre la fantasía del Jesús su­friente y aquella del niño Jesús en el pecho materno. Ambas fantasías son una expresión del deseo de per­dón y expiación. En la fantasía del Jesús crucifi­cado, el perdón se logra por una actitud pasiva y autocastradora de sumisión al padre. En la fantasía del niño Jesús en el pecho de la Madona falta el elemento masoquista; en lugar del padre encontra­mos a la madre que, mientras apacigua al niño, con­cede perdón y expiación. La misma sensación dichosa constituye el significado inconsciente del dogma ho­mousiano, la fantasía del niño amparado en el útero.

Esta fantasía de la gran madre perdonadora es la gratificación óptima que el cristianismo católico te­nía para ofrecer. Cuanto más sufrieran las masas, tanto más se asemejaría su situación real a la del Jesús sufriente, y tanto más podría y debería apa­recer la figura del lactante feliz junto a la figura del Jesús sufriente.

Pero esto significaba también que los hombres debían hacer una regresión a una actitud pasiva e infantil.
                        Esta posición excluía la revuelta activa; fue la actitud psíquica correspondiente al hombre de la sociedad medieval estructurada jerárquicamente, un ser humano que se halló dependiendo de los gobernantes, que esperaba obtener de ellos su mínimo de mantenimiento y para quien el hambre era una prueba de sus pecados.


No hay comentarios:

Publicar un comentario