martes, 14 de junio de 2011

EMBAJADAS CURIOSAS Pedro Voltes (el wikileaks del 900 al 1800)


Embajadas Curiosas
Pedro Voltes
Edit. Espasa.Madrid


TEMPRANAS EMBAJADAS A CARLOMAGNO                             Año 795


E1 emperador Carlomagno y los nacientes núcleos cristianos de la península se dedicaron recíproco interés y curiosidad que habrían de dar origen sea a unas tempranas embajadas del monarca asturiano Alfonso II el Casto a la corte carolingia, sea a las expediciones enviadas por ésta hacia tierras que más adelante serían conocidas como Navarra y Cataluña. Ya es sabido que estas bajadas de los francos pasando los Pirineos dieron lugar a leyendas y poemas que se distancian considerablemente de la probable realidad, como veremos.

Es verosímil que date del año 795 la que se podría calificar de primera embajada enviada por un monarca cristiano de la península a otro soberano. En tal fecha Alfonso II de Asturias, que estaba desarrollando una comprometida campaña contra las tropas del emir de Córdoba Hishem I, envió una embajada al príncipe Ludovico Pío, hijo de Carlomagno, a quien éste había cedido, en 781, el reino de Aquitania. Situado al sur de la Francia actual, con capital en Toulouse, tenía el país relaciones de comercio, cortesía y mutua información con los núcleos cristianos pirenaico‑cantábricos.

Ludovico Pío recibió con afecto la embajada asturiana y ambas partes se propusieron mejorar todavía su buena vecindad, «pro amicitia firmanda», según dice el cronista de la Vita Hludovici.
Antes de pasar adelante, conviene observar que el Pirineo abrupto y hosco que hoy percibimos era entonces y seguiría siendo durante siglos un lugar poblado, rico en rebaños y cul­tivos, transitado por abundancia de monjes, guerreros, pastores y mercaderes, constelado de prósperas aldeas que se gozaban en erigir primorosas capillas decoradas con admirables obras de arte.
El hecho de que hasta el día de hoy continúen fiestas y ri­tos de buena vecindad entre los montañeses de ambas vertien­tes testimonia el arraigo y solidez de tal convivencia y da más fundamento y naturalidad a las embajadas que comentamos, historiadas puntualmente por Miguel Ángel Ochoa.
En el año 797 Alfonso II envió al embajador Froila a visi­tar al propio Carlomagno, que se encontraba en la ciudad ger­mánica de Herstal o Heristal, donde se complacía en pasar lar­gas temporadas, pues había sido el lugar solariego de su familia.
En fechas próximas a la Pascua recibió a Froila y los acompañantes que llevaba, y le refirió los éxitos ganados por el rey asturiano contra los árabes, en prueba de los cuales le obsequió con una tienda de campaña suntuosa (mirae pulchritudinis, dicen los ana­les de Lorsch) y otros regalos.
Curiosamente, en otras ocasiones Carlomagno recibió obsequios de los musulmanes directamen­te, sin pasar por la fase intermedia de haber sido capturados por los cristianos, y se dejó querer por aquéllos.

Se da por supuesta la buena acogida dispensada a los en­viados asturianos y también que semejantes informaciones habían de excitar el deseo de los carolingios de emprender algunas bajadas hacia nuestro suelo, según pronto veremos.
El mismo estímulo y complacencia sentirían los nuestros como resultado de la visita, puesto que en el año siguiente 798, en otoño, Alfonso II volvió a mandar una embajada a Carlo­magno, el cual esta vez se encontraba en su capital de Aquis­grán. Los enviados no tenían por qué sentir ningún comple­jo de inferioridad ante el esplendor de aquella corte, consolidado con las edificaciones de la gran capilla, porque tra­ían orgullosos la noticia de que su rey acababa de conquistar Lisboa y venían a ofrecer al futuro emperador muéstras del rico botín ganado, con preseas, joyas y esclavos.

Los embajadores eran Froila, acaso el mismo de antes, y un llamado Basilico, que tanto pudiera ser griego de raza como germano entrado en religión y cambiado de nombre. El mar­qués de Lozoya supone que este Basilico es la misma persona que un tal Velasco que se había sublevado con éxito contra la do­minación árabe de Pamplona, y si lo dice Lozoya, que era tan buen historiador como buena persona, bien dicho estará.
De es­tas resultas, los enviados asturianos y el reino que representaban se habían convertido en familiares de la corte carolingia.
El cro­nista de ella, Eginardo, lo reseña diciendo que Carlomagno «se había atraído en tanta medida a su amistad a Alfonso, rey de Ga­licia y Asturias que éste, cuando le enviaba cartas o embajado­res mandaba que se le tuviera por propio de aquél ».
Nada más natural que la respuesta de Carlomagno en­viando una embajada a Oviedo en 798, a cargo del obispo de Orleans, Jonás, que fue seguida por la de otro prelado de la misma sede, Teodulfo, que era de origen hispano.
Consta que, aparte de las embajadas regias, hubo también viajes de sig­nificación eclesiástica, artística, cultural y política.
Buena parte de ellos debían de correr a cargo de los monjes de am­bos lados del Pirineo y seguramente los de más arriba vendrían a orientar y robustecer los conventos peninsulares y ver de paso si prosperaba una indudable colonización gala de ellos que llegaría a su apogeo dos siglos más tarde en época de Al­fonso VI.
Acaso por la instintiva resistencia a esta infiltra­ción, parece que en el reino asturiano empezó a despertar re­celo la relación tan afectuosa con los carolingios.
Tal estado de espíritu puede ser puesto en relación con los enigmas que plantea la toma de Barcelona practicada en estos mismos años por Ludovico Pío.
Éste operó en 801 una «libera­ción» de la ciudad habitada por los musulmanes, que la tradi­ción presenta como un éxito radiante de la cristianización, aco­gido con entusiasmo por los pobladores, pero que en realidad parece que disgustó y perjudicó a buena parte de éstos, que se marcharían una vez conquistada la urbe.
Cuenta el episodio con el aliciente de que haya un poemita que lo reseña, compuesto por el monje Ermoldo, llamado por apodo Nigello, o Negrito o More­no, el cual parece haber sido testigo de los hechos y más o menos contemporáneos de los orígenes de la Chanson de Roland.

Parece indudable, porque así lo ha confirmado don Ra­món de Abadal con su propio análisis, que la campaña con­tra la Barcelona islámica se proyectó en una asamblea de mag­nates carolingios celebrada en Tolosa, bajo la presidencia de Ludovico Pío.
A partir de aquí el negrito poeta describe fan­tasiosamente los afanes del príncipe de la ciudad sitiada, lla­mado por él Zeidun, para excitar a la población a defenderse de los carolingios que talan árboles y construyen máquinas de guerra y escalas.
Piensa él que los musulmanes de Córdoba ven­drán en socorro de la ciudad y tal esperanza anima a los defen­sores que, durante los primeros días, logran frenar y cansar a los sitiadores.
Esta primera ilusión quedó disipada por la doble y contrapuesta estampa de que no llegaron refuerzos moros de ninguna clase y, en cambio, se presentara el propio príncipe Lu­dovico Pío con los suyos propios.
Zeidun ideó salir a escondidas de la ciudad e ir en per­sona a pedir auxilio a los suyos, pero lo avistó la tropa cris­tiana, corrieron tras él, lo detuvieron y lo llevaron ante el monarca.
Los barceloneses moros se desanimaron y pidieron capitulación. Se les concedió salir libres de la ciudad con sus familias y bienes y marchar adonde les pluguiese, después de lo cual abrieron las puertas a las tropas cristianas.
La historieta plantea, por de pronto, la curiosa antimo­nia de que una Barcelona que no había opuesto resistencia alguna a la conquista musulmana la ofrece a la cristiana en tér­minos considerables. Esta oposición tiene mucho de temor ante los sitiadores francos y de esperanza de auxilio en los moros.
¿Será ésta la primera de las campañas francesas contra Cata­luña?
Quedaban mil años más de ellas.
¿Podrá deducirse que los barceloneses de entonces miraban con más solidaridad y afecto a los moros de más al sur que a los francos del norte?









VISITAS Y MENSAJES POR ENCIMA  DE LA RECONQUISTA   Año 960


“Los Omeyas eran epicúreos, no ascetas; escépticos, no fa­náticos.
Los puritanos del Islam llamábanlos munda­nos.
En sus festines corría el vino a torrentes, amaban las be­llas mujeres no menos que los buenos mostos, habitaban suntuosos palacios, vestían riquísimos trajes, engalanábanse con vistosas joyas; programa de vida que perfectamente en­cajaba en la alegre Bética ... ; guirnalda de flores que corona­ba una gran obra política y una intensa labor social y litera­ria; fructificación jugosa y abundante de la raza ibera, más que sometida, asociada».

Así describe Gonzalo de Reparaz el pa­norama del centro de la España musulmana.
Una señora de la aristocracia cordobesa, llamada Aixa, equivalente a Jesusa en castellano, era propietaria de nume­rosas fincas en la ciudad y las llenó de colecciones de libros y de escritorios donde ella y sus servidores copiaban manus­critos.
Éste era oficio de mujeres en aquella sociedad que las tenía bien pagadas y consideradas.
Es ya conocida la exce­lencia de la España musulmana en medicina, astronomía, ma­temáticas y arquitectura, por citar sólo algunas de las cien­cias culminantes, y por tanto no puede sorprender que buen número de viajeros procedentes de la España cristiana, y aun del resto de Europa, acudiesen a aquellos centros con el mis­mo talante que muchos conciudadanos nuestros van a Esta­dos Unidos a cursar alguna sabiduría especial. Y también a hacerse medicar u operar, porque a esto fueron al Andalus muchos cristianos que no se remediaban con los facultativos que tenían en el norte de la península.
No todos han pasado a la Historia, pero uno de ellos vale por mil, porque era nada menos que un rey de León, y si él tomó la decisión de tal viaje sería porque podía desafiar por nimias la extrañeza y la repulsa que acaso despertara.
Añadamos que el mal y la cura del monarca leonés tenían su punto de estética y de tratamiento de belleza.
Nos estamos refiriendo a Sancho I el Craso (o «el Gordo») (956‑965), hijo del se­gundo matrimonio de Ramiro II con la navarra Urraca.
Tras haber sostenido con su medio hermano Ordoño III unas feas disensiones ‑por haberle querido arrebatar el trono en vano, su­bió por fin a éste cuando murió Ordoño.
Total, fue para ha­cerse derrotar al cabo de pocos meses, en 957, por las tropas musulmanas de Córdoba, mandadas por Ahmed ben Yala.

¿A qué se debió el desastre, aparte de las motivaciones tác­ticas de él?
Simplemente, a que el rey leonés era de una gor­dura monstruosa que le privaba de manejarse adecuadamen­te a caballo, lo cual es tanto como decir que le impedía dirigir a sus huestes como se esperaba de un caudillo medieval.
Este inconveniente inexcusable, que dejaba augurar otras muchas catástrofes si «el Gordo» continuaba al frente del reino y del ejército, movió a los nobles leoneses a destronarlo y colocar en su lugar a su primo Ordoño IV en 958.
No todo fueron razones tan claras detrás de tal medida, porque se habla de que en ella tuvieron parte las intrigas del conde castellano Fernán González, el cual ejercería sobre el usurpador una influencia profunda y duradera que revertiría en potenciar el condado de Castilla a expensas del reino de León.
Por lo demás, Or­doño ha pasado a la Historia con el epíteto de el Malo.
Un ad­jetivo tan rotundo nos libera de detallar una serie de tram­pas y enredos que se atribuyeron a Ordoño y que Fernán González aprovechó para ir ganándo poder y prestigio en la Meseta.

El rey destronado acudió a su abuela, según hubiéramos hecho muchos de nosotros, con tanto mayor motivo cuanto que ésta era la reina Toda, o Teuda, de Navarra, tía nada me­nos que del califa Abderramán III.
Doña Toda, como se la suele llamar, determinó ir a solicitar la ayuda de éste tanto para que remediara la enfermedad de su nieto como para que lo apo­yara en recobrar el trono.
En primer término hizo venir como embajador al más prestigioso de los diplomáticos cordobeses, que era el judío Hasclai ben Shaprut ben Ishak, que además era médico célebre y experto.
En Pamplona empezó a curar al rey obeso con hierbas y gestionó luego que completase el tratamiento trasladándose a Córdoba junto con su abuela.
La cura fue completa y recondujo al rey «ad pristinam levitatis», según las crónicas.
Además del gusto de saludar a la familia, el califa no perdía nada con esta visita que representaba el acatamiento de unos reyes cristianos y el consiguiente pres­tigio para él.
Aparte de la curación deseada, los visitantes trataron con el trono cordobés de las condiciones de su apo­yo a los solicitantes.
Permítaseme el inciso de subrayar que, tal como en el día de hoy, una de las alteraciones más frecuentes de la salud consistió durante muchos siglos en el extremo de gordura y, a veces, en el de delgadez, problemas enfocados por muchos médicos según criterios antiquísimos que nadie se atrevía a discutir.
El cómico doctor Pedro Recio, del Quijote, personi­fica el dogmatismo y el conceptismo de los criterios médicos en materia alimenticia, vigentes medio milenio después de la época que ahora describimos.
Como acotación añadimos que algo más cerca de ella, Ramón Llull, en su Félix, habla de:

«una mujer que tenía los pechos (pulmones) tan secos que apenas podía hablar ni respirar, y un mal médico que la cura­ba la daba a comer cosas frías y húmedas, creyendo que la enfermedad procedía de calor y sequedad, por lo que aquella mu­jer padeció mucho, pues cuanto más comía aquel género de alimento, más se le agravaba la enfermedad, lo que observado por el médico, mudó la cura y dio a comer a la mujer cosas cá­lidas y secas, creyendo que la enfermedad procediese de hume­dad y frialdad, pero tampoco esta cura aprovechó a la mujer, y antes se la empeoró, por serle tan contraria como la pri­mera, lo que, observado por el médico, dejó aquel método y ordenó a la mujer que guardase dieta.
Con lo cual curó, por­que el calor natural consumió los humores gruesos e indi­gestos que la mujer tenía por sobrada replección de comer y beber, y los humores bajaban y subían por los pechos y pri­vaban el movimiento del aire».

Volvamos al tema de los visitantes cristianos de Cór­doba. El califa tenía ya preparada una expedición contra León e invitó a su huésped y pariente a que se incorporara a ella y de este modo uno y otro tomaron en la primavera de 959 la plaza de Zamora.
Poco más tarde, con tan pode­rosa ayuda, «el Gordo» expulsó del trono de León a «el Malo», poniéndolo a la merced de Fernán González que se valió del desterrado en sus regateos con la corona leonesa.
Fuese para quitarlo de enmedio o para poner en difi­cultades a León, el conde castellano concibió la idea de mandar a Córdoba al desposeído Ordoño.
Constan descrip­ciones musulmanas del recibimiento que se le dispensó en Medina Zahara por parte del nuevo califa Al Hakerri II, que tenía quejas contra Sancho I porque no había cumpli­do las compensaciones estipuladas a cambio de la ayuda recibida.
Estas gestiones fueron conocidas por el rey leonés, el cual mandó una nueva embajada al califa para ganar su benevolencia y la debió de obtener, porque el desterrado Or­doño no sólo se quedó sin ayuda mora efectiva, sino que en el año 962 murió de modo misterioso en Córdoba. Miguel Ángel Ochoa comenta sabiamente que «la diplomacia mendicante del "Craso" y del "Malo" en Córdoba aporta una página oscura y desgraciada».

Las tornas se volvieron en el siglo siguiente en que el poder cristiano se había fortalecido tan considerablemente cuanto que enflaquecido el musulmán.
En un episodio clave del si­glo XI veremos al rey moro de Sevilla, Al Mutadid, halagando y apaciguando al emprendedor monarca castellano Fernando I, que le había ya impuesto gravosos tributos.
Además éste le solicitó que le entregara las reliquias de Santa Justa, mártir de la Bética romana.
Tras acceder Mutadid, el rey envió en 1062 a Sevilla una embajada compuesta por los obispos Alvi­to de León y Ordoño de Astorga, el conde Munio y dos corte­sanos llamados Gonzalo y Fernando, a buscar las reliquias de Santa justa y llevarlas a León.
La Crónica Silense relata con gracia la marcha de esta pe­culiar embajada y el resultado imprevisto de la misma.
Im­previsto, decimos, para los enviados, porque el rey sevillano, al recibirlos, les dijo lo que el lector estará ya pensando: que no tenía la menor idea de dónde estaban enterrados los res­tos de Santa Justa, pero que ya podían empezar a excavar li­bremente por donde quisieran y llevarse los huesos que les pa­recieran.
El obispo Alvito, al evaluar la situación, dijo a sus compañeros, en un latín que se entiende muy bien: Nisi di­vina miseratio labor¡ nostri itineris subveniat, frustrati recedemus, o, más o menos: si Dios no nos asiste, estamos apañados.

Los enviados, atribulados, comenzaron a ayunar y rezar y al cabo de tres noches, estando Alvito sumido en profundo sue­ño, se le apareció un anciano canoso revestido como obispo que le dijo: «Sé que habéis venido a buscar el cuerpo de la beatí­sima virgen justa, pero como no es de voluntad divina que Sevilla sufra su pérdida, y como la inmensa piedad de Dios no quiere que os volváis de vacío, se os entrega mi cuerpo para que con él regreséis a León».
Dijo a continuación que él era San Isidoro, obispo que había sido de la Sevilla visigoda, ofreció a Alvitó indicarle dónde estaba su sepultura y al pro­pio tiempo, mezclando el colorido de las noticias, le anunció que éste se moriría pronto y subiría al cielo.
Los embajadores fueron al rey moro a contarle estos ma­ravillosos acontecimientos y lo dejaron asombrado y dolido de que se llevaran el cuerpo de San Isidoro, añadiendo Mu­tadid, según el cronista:
« ¿Quién quedará aquí conmigo? ».
 Aun así, les autorizó a exhumar los restos, cosa que los enviados efectuaron sin dificultad según las instrucciones que había dado la aparición. Apenas localizado el sepulcro, brotó de él un celestial perfume y el obispo Alvito falleció.
El rey Mu­tadid, al despedirlos, tributó honores al féretro cubriéndolo con una preciosa tela.
La reliquia fue llevada a León donde si­gue venerada en el templo de su nombre, última morada de los reyes leoneses y alarde de la pintura románica que en sus paredes llegó a uno de sus puntos culminantes.
La negociación de los tributos que en medida cada vez ma­yor fueron exigiendo los reyes cristianos a los musulmanes dio motivo a numerosas embajadas entre los diversos reinos de Taifas y entre algunos de éstos y los cristianos. Es impo­sible historiarlas todas con detalle.

Es nota habitual que las musulmanas corran a cargo de figuras sobresalientes de cada corte, a menudo adornadas por sus dotes literarias y su sabi­duría, y que los poderes cristianos estén representados por nobles guerreros a los que suponemos rústicos y toscos.
No lo era tanto, según parece, el Cid, que no fue ajeno a estos viajes y gestiones.
En 1079 Alfonso VI le envió a reclamar y cobrar unos tributos al rey de Sevilla, Al Muta­mid, y la misión resultó turbulenta porque el héroe se pe­leó con otros enviados del rey y entró en contiendas entre moros, de todo lo cual resultó que lo acusaran de haberse que­dado gran parte de los tributos cobrados. Tal sería el au­téntico motivo del célebre destierro dispuesto por el rey.
En el resto de sus andanzas, el Cid abundaría en enviar y re­cibir mensajes y delegaciones que constan en el Poema y en multitud de romances.
Aparte de su significación diplomática intrínseca, estas embajadas, viajes y envíos testimonian una comunicación entre las dos mitades de la península que, por su facilidad y su habitual bonanza, contradice el clisé de «los ocho siglos de constante batallar» entre dos bandos a los que se imagina en­frentados según la rotundidad rígida con que se establecían los frentes en las últimas guerras mundiales.
En contra de lo que parece lógico, la sociedad musulmana parece haberse ido volviendo tiesa e intolerante a medida que ha pasado el tiempo.

LA NOVIA NORUEGA     Año 1256

Ha dejado fama de bellísima una princesa noruega que vino de tan lejos a casarse con un príncipe de Castilla y que murió aquí pocos años más tarde.
Está enterrada en la co­legiata de Covarrubias y desde hace algún tiempo es cos­tumbre que las parejas que se casan en aquella comarca acu­dan a visitar la tumba de la princesa. A veces está adornada con unas cintas de los colores de la bandera noruega, y casi siempre con ramitos de flores que animan la seca sobriedad del sarcófago de piedra que carece de inscripción originaria.
Alguien puso una campanita al lado de la tumba, y parece que es costumbre de los recién casados hacerla sonar.
¿Quién era esta infortunada beldad?

Por de pronto, una víctima de los calores de Sevilla que quebrantaron su salud y precipitaron su prematuro fallecimiento.
Más globalmen­te, la princesa fue inmolada a las conveniencias de la políti­ca europea.
Entremos en detalles: la desdichada joven se lla­maba Cristina y era hija del rey Haakon IV de Noruega.
Este soberano fue informado a finales del año 1256 de la llegada a su país de una embajada del rey Alfonso X «el Sabio», en­cabezada por un llamado Maestro Ferrando.
El soberano es­taba recorriendo su reino y mientras regresaba a su capital ordenó que los legados castellanos fuesen cordialmente aten­didos y se estudiase el motivo de su visita.
Su viaje estaba causado por un propósito insólito: pedir la mano de la princesa Cristina, hija del rey, para un hermano del monarca de Castilla.
La petición, aunque inesperada, no estaba falta de fun­damento.
Es conocida la aspiración seria de nuestro Rey Sa­bio a la corona del Sacro Imperio Romano Germánico, de cu­yas tierras había partido su madre Beatriz de Suabia, esposa de San Fernando.
El Imperio llevaba medio siglo en plena confusión y anarquía y en 1256 pretendían su corona el rey de Castilla y otros dos candidatos, Otón de Brandeburgo y Ri­cardo de Cornualles, hermano del rey Enrique III de Ingla­terra.
Como se repetiría cerca de tres siglos después con Car­los I de España, el candidato castellano prodigó los donativos y sobornos para ganarse los votos de los electores germánicos, que en el verano de aquel año fueron favorables a nuestro rey y así se lo comunicó una embajada llegada de Frankfurt.
Con este intenso interés de Castilla por el mundo germánico y nórdico ‑el llamado techo del Imperio, tiene relación deci­siva la petición de mano de la princesa noruega.
Por lo demás, todos estos trajines y gastos no condujeron a que nuestro rey se posesionase de aquel trono, pues lo estorbaron la oposi­ción del Papa y la aversión de ciertos magnates germánicos, para no recordar la inestabilidad y la dispersión de la perso­nalidad de Alfonso X y los problemas que le crearon en la propia Castilla desde su hijo Sancho hasta la invasión de los benimerines.

Para que evaluemos mejor cuán insólito era el designio de casar a un príncipe castellano con una noruega, resulta instructivo recordar que las primeras noticias sobre las gentes escandinavas que se conocieron en España obran en San Isidoro, y en su Historia de regibus Gotborum, Wandalorum et Suevorum, donde estos pueblos son identificados como descendientes de Jafet, o bien de los eseitas o getas.
Sus no­ciones se repitieron con respeto hasta el Chronicon mundi, del obispo Lucas de Tuy, el cual, en 1236, es decir casi en los mismos años en que se hablaba del matrimonio que nos ocupa, describía a los nórdicos como «pueblos prontos de ingenio; por natura alegres; por costumbre, abundantes de fuerzas, valientes por fortaleza de cuerpo; por altura, grandes o medianos; en gesto o en albedrío, recatados, claros de fabla prestos de manos; duros a las llagas... Aman mayormente usarse en torneos y facer juegos batallosos y traen por continuo uso peleas en juegos ... » .
En los mismos años (1243), escribió su Historia de rebus Hispaniae sive Historia Gothica otro obispo, el famoso Rodrigo, Ximénez de Rada, el cual siguió básicamente a San Isidoro pero añadió una referencia a la isla de Scancia, extraída de Pomponio Mela y Ptolomeo, junto con el dato cierto de que los godos tenían por origen aquella tierra nórdica, de donde habían bajado hacia el Sur.
El propio Alfonso X, en su Primera Crónica General, siguió a Ximénez de Rada y añadió que nuestra península había sido conquistada por los «almujuces» o «almunices», antes de la llegada de los fenicios y griegos y que tales gentes habían dominado antes Escandinavia e Inglaterra, aludiendo acaso confusa y erróneamente a las incursiones de los normandos.
Si se repara en la insistente afición de nuestros monarca y magnates medievales por considerarse descendientes de lo godos, lo cual miraban también como prueba de legitimidad de su poder, entenderemos que les satisficiese la evidencia de que los godos procedían de Escandinavia.
Con todo, queda manifiesta la ignorancia que en Castilla se tenía de la realidad nórdica en tiempo de Alfonso X y nada impide suponer que el comienzo de los tratos que resumimos y la venida de figuras noruegas a nuestras latitudes debió de dar lugar a más de un suceso chocante.

Las primeras noticias escandinavas de alguna veracidad aparecen en una obra que, para contrapeso, nos ha llegado anónima, y es el Libro del conocimiento de todos los reynos e tierras e señoríos que son por el mundo…. De un franciscano. Publicado en 1877Madrid por Marcos Jimenez de la Espada.

Entrada ya la primavera de 1257 empezó la negociación de la boda tan mal como acabaría ésta, porque el hijo y he­redero del rey, llamado como él Haakon, que estaba igualmente de viaje por otras partes de Noruega, cabalgó hacia la ciudad donde se hospedaban los castellanos y vendría con tanta pri­sa que atravesó un río siendo ya el mes de febrero, se enfrió y cayó gravemente enfermo en Tunsberg. Acudió a curarlo un médico español del grupo de los visitantes pero no logró más que aplazar cosa de un mes su muerte.

El rey Haakon apresuró su regreso a dicha ciudad, donde estaba su hijo de cuerpo presente y residían los enviados cas­tellanos y, haciendo de tripas corazón, se esforzó en festejar y complacer a éstos.
Recabó las opiniones preparadas por los consejeros que habían estudiado en el ínterin la demanda nup­cial y, como éstos la habían encontrado grata y plausible, el rey se sumó a la aprobación y concedió la mano de su hija Cristi­na como se le pedía.
¿Para quién?
Este extremo se lo reserva­ron tanto la bella princesa como su padre.
Quedó claro que la joven se guardaba el derecho de escoger entre los hermanos de Alfonso X a aquél que le gustase más, y nadie puso reparos a esta restricción que igual que los episodios anteriores, no deja de tener un intenso aroma de cuento maravilloso.


Se constituyó una ilustre y copiosa comitiva que había de acompañar a la princesa hasta Castilla.
Eran ciento vein­te personas, encabezadas por el obispo Pedro y buen núme­ro de clérigos y frailes, junto con ellos vendrían los legados castellanos, satisfechos del éxito de su misión.
El rey entre­go a la princesa una copiosa suma de oro y plata, pieles de armiño y otras preciosidades y designó una gran nave que transportaría a la dama y su séquito.
El Maestro Ferrando concertó antes de marchar un tratado de alianza con el rey noruego.
Éste quedó comprometido a ayudar al castellano en cualquier guerra que emprendiera que no fuera contra Di­namarca, Suecia o Inglaterra, y Alfonso X se obligó a ayu­dar a su nuevo pariente en cualquier contienda que no fue­se contra Francia, Aragón o Inglaterra. La alianza seguía obedeciendo a la implicación del rey castellano en los pro­blemas del Imperio y de la Europa septentrional, y claro es que la propia boda noruega formaba parte del mismo com­plejo de conveniencias.
Antonio Ballesteros, supremo biógrafo del rey de Cas­tilla, a quien vamos siguiendo, comenta en este punto: «Al negociador de este tratado le veremos subir en la escala de los dignatarios de la corte y uno de sus méritos más sa­lientes será este convenio nórdico.
Pertenece Maestro Fe­rrando a la estirpe de esos buenos diplomáticos a los cua­les la Historia no ha hecho justicia y casi hasta ignora sus nombres».
Tras haber sido despedidos con grandes pompas y ale­grías, la novia y sus acompañantes cruzaron felizmente el mar del Norte y tocaron la costa inglesa en Yarmouth.
Pasaron lue­go a la de Normandía y se dispusieron a atravesar Francia en su camino hacia el sur.
Los noruegos compraron setenta ca­ballos para el viaje.
El Maestro Ferrando y uno de los súbdi­tos de la princesa se apartaron unos días para ir a cumpli­mentar al rey de Francia que los recibió con gran afecto, les dio consejos y auxilios para el camino y les indicó que era preferible que entrasen en nuestra Península por el este an­tes que por la orilla atlántica.
De este modo, tras parar en Narbona, el cortejo pasó a Ca­taluña y se encaminó hacia Gerona donde el gobernador y el obispo salieron a recibir a la princesa y la acompañaron has­ta su residencia, añadiéndose varios centenares de nobles y guerreros a la comitiva.
Causó admiración el buen temple con que Cristina soportaba las molestias de un viaje tan lar­go que habría de ocupar la segunda mitad del año 1257, com­prendido el verano y sus agobios.
Los viajeros se encamina­ron a Barcelona y el rey Jaime I, suegro de Alfonso X de Castilla, salió de la ciudad a recibir a la beldad nórdica, lle­vando consigo a obispos, nobles, soldados y ciudadanos en un total de varios millares de personas que aclamaban a una visitante tan excepcional.
El rey Jaime dispuso que en todos los lugares de su rei­no que había de franquear la princesa fuese objeto de los máximos honores.
Consta que la hermosa Cristina le im­presionó hasta tal punto que el monarca aragonés, que so­portaba mal su viudez de Violante de Hungría y lleva el so­brenombre de Conquistador en más de un sentido, se prendó de la princesa y concibió la alocada idea de aspirar a su mano.
No se ruborizó nada por expresarla por escrito diri­giendo unas cartas al rey Alfonso y a la reina Violante de Ara­gón, su hija, esposa de éste.
Correspondió a los dignatarios noruegos el rechazar esta pretensión, aduciendo que el mo­narca aragonés era demasiado viejo.
El cronista noruego Sturlam, que historia el reinado de Haakon, dice de esta ilusión del rey Jaime que Norvegi scirent regem esse provectum aetate.
Hoy diríamos que no tanto, pues no había cumpli­do los cincuenta.
Hasta dos días antes de la Navidad de aquel año 1257 el cortejo no entró en tierra castellana, por Soria.
Allí lo espe­raban el infante Luis, hermano del réy Alfonso, junto con el obispo de Astorga, Pedro Fernández. La inmediación de la Navidad hizo apresurar la marcha para que los viajeros llegaran a su destino a tiempo de celebrarla y así lo hizo la princesa Cris­tina en el monasterio de Las Huelgas de Burgos, donde oyó la misa del gallo.
Mientras tanto, el rey Sabio iba desde Pa­lencia a Burgos para recibir a su futura cuñada.
Ballesteros reseña luego el curso de la elección que prac­ticaría Cristina entre los diversos príncipes castellanos dis­ponibles: «Alfonso ponderó las cualidades de sus hermanos. Fadrique era el mayor, príncipe valiente, gran jinete y aman­te de administrar justicia, buen cazador y que por un accidente venatorio tenía el labio partido.
Su hermano Enrique era el más entendido en caballos. No podría verle porque se halla­ba fuera del reino por haberse sublevado contra su padre y su hermano.
Sancho, arzobispo electo de Toledo, gozaba fama de varón grave, muy apto para regir su diócesis.
Felipe, tam­bién electo de Sevilla, no era idóneo para esa dignidad.
Se complacía Alfonso en hablar de él y al decir que no sentía inclinación por la mitra lo describía como persona liberal: alegre, modesto, comensal ingeniosísimo, decidor, enamora­do de aves y perros, buen cazador de osos, de hermosa presencia, perito en caballos y de temple varonil».
Más que los otros hermanos, este preconizado arzobispo de Sevilla acentuó el cortejar a la princesa y fue mejor co­rrespondido por ella, aun cuando parece que alguno de los restantes hermanos no dejó de pretenderla y lamentó quedar desairado.
Obviamente, no entró en estos esparcimientos cortesanos el infante don Manuel, casado ya con Constanza de Ata­gon, y que ha pasado a la Historia por haber sido padre, en segundas nupcias con Beatriz de Saboya, del célebre escri­tor e intrigante don Juan Manuel, indebidamente llama­do infante.
Tampoco participaron de estos discreteos los infantes Luis y Fernando tenidos por demasiado jóvenes.

El preferido infante Felipe debía de lindar con los treita ­años en estas fechas.
Había sido educado y tutelado por insigne arzobispo de Toledo don Rodrigo Ximénez de Rada, antes mencionado, que lo hizo canónigo a los doce años de edad.
Poco más tarde fue nombrado abad de Va­lladolid y de Castrojeriz y a eso de los catorce años fue a es­tudiar a París, donde parece que estuvo un par de años. A su regreso, entre otros muchos beneficios y prebendas, recibió la abadía de Covarrubias, donde sería enterrada su futura esposa, y empezó a conducirse como arzobispo elec­to de Sevilla, aun cuando nadie se engañaba acerca de su es­casa disposición a serlo.
Consta que el rey Alfonso miró con buenos ojos esta pre­dilección de Cristina y que, al formalizarse el compromiso, dio a Felipe docenas de rentas y fincas.
La novia trajo una dote de 960 libras de plata, además de las ropas y alhajas del viaje y otras.
Pidió a su futuro esposo que prometiese la cons­trucción de una iglesia dedicada a San Olaf, de gran devoción en Noruega, cuya protección sobre el viaje había solicitado.
La boda se celebró el 31 de marzo de 1258 en Valladolid con gran esplendor, bajo la presidencia del rey y su corte.
El 3 de abril llegó una delegación del rey de Noruega, la cual le ex­plicó al regresar los agasajos que había recibido y el luci­miento de la ceremonia.
Los esposos se trasladaron a Sevilla a vivir, probablemente para disfrutar mejor de las rentas y ventajas que don Felipe conservaría en aquellas tierras.
Parece que no formalizó la re­nuncia a su arzobispado hasta pocos días antes de la boda, prometido ya a Cristina.
No ha dejado grandes recuerdos el paso del matrimonio por Sevilla, salvo la devoción a la Vir­gen de Rocamador que el infante Felipe trajo de Francia re­galada por su tío San Luis y que se venera en la iglesia de San Lorenzo.
El matrimonio no tuvo hijos y no se sabe otra cosa de su breve duración sino que la princesa enfermó, proba­blemente por falta de adaptación ‑a un clima tan contrario al de su patria y murió en 1262.
El padre Flórez supone sin datos que enfermó de me­lancolía, y no es imposible que padeciera alguna decepción de su cascabelero esposo y aun del ambiente sevillano que, siendo la reconquista de la ciudad relativamente reciente, de­bía de ser sorprendente para ella.
Su marido la hizo enterrar en Covarrubias, ejerciendo algún derecho o título que siguiera teniendo sobre aquella abadía.
Él mismo se hizo sepultar en la hermosa iglesia de Villalcázar de Sirga, no alejada de aquélla, donde su estatua yacente está acompañada de un perro y un halcón, símbolos de sus aficiones.
En el dedo anular de la mano derecha ostenta sorprendentemente el anillo episcopal.

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