lunes, 27 de junio de 2011

Pedagogia del oprimido P. Freire


PEDAGOGIA DEL OPRIMIDO

CAPITULO I


                Reconocemos la amplitud del tema que nos proponemos tratar en este ensayo, con lo cual pretendemos, en cierto sentido, profundizar algunos de los puntos discutidos en nuestro trabajo anterior "La educación como práctica de la Libertad". De ahí que lo consideremos como una mera introducción, como simple aproximación al asunto que nos parece de importancia fundamental.

El problema de la humanización

1. Una vez más los hombres, desafiados por la dramaticidad de la hora actual, se proponen a sí mismos como problema. Descubren qué poco saben de si, de su "puesto en el cosmos", y se preocupan por saber más.
                Por lo demás, en el reconocimiento de su poco saber de sí radica una de las razones de esa búsqueda, instalándose en el trágico descubrimiento de su poco saber de sí, hacen de sí mismos un problema. Indagan. Responden y sus respuestas los conducen a nuevas preguntas.
                El problema de su humanización, a pesar de haber sido siempre, desde un punto de vista axiológico, su problema central, asume hoy el carácter de preocupación ineludible
                Constatar esta preocupación implica reconocer la deshumanización no sólo como viabilidad ontológica, sino como realidad histórica. Es también y quizás básicamente, que a partir de esta constatación dolorosa, los hombres se preguntan sobre la otra viabilidad ‑ la de su humanización. Ambas, en la raíz de su inconclusión, se inscriben en un permanente movimiento de búsqueda.

Humanización y deshumanización, dentro de la historia, en un contexto real, concreto, objetivo, son posibilidades de los hombres como seres inconclusos y concientes de su inconclusión.

                Sin embargo, si ambas son posibilidades, nos parece que sólo la primera responde a lo que denominamos "vocación de los hombres". Vocación negada, más afirmada también en la propia negación. Vocación negada en la injusticia, en la explotación, en la opresión, en la violencia de los opresores. Afirmada en el ansia de libertad, de justicia, de lucha de los oprimidos por la recuperación de su humanidad despojada.

                La deshumanización, que no se verifica sólo en aquellos que fueron despojados de su humanidad sino también, aunque de manera diferente, en los que a ellos despojan, es distorsión de la vocación de SER MAS. Es distorsión posible en la historia pero no es vocación histórica.
               
Opresores y oprimidos

2. La violencia de los opresores, deshumanizándolos también, no instaura otra vocación, aquella de ser menos.
                Como distorsión del ser más, el ser menos conduce a los oprimidos, tarde o temprano, a luchar contra quien los minimizó. Lucha que sólo tiene sentido cuando los oprimidos en la búsqueda por la recuperación de su humanidad, que deviene una forma de crearla, no se sienten idealísticamente opresores de los opresores, ni se transforman de hecho, en opresores de los opresores sino en restauradores de la humanidad de ambos.
                Ahí radica la gran tarea humanista e histórica de los oprimidos: liberarse a sí mismos y liberar a los opresores. Estos, que oprimen, explotan y violentan en razón de su poder, no pueden tener en dicho poder, la fuerza de la liberación de los oprimidos ni de sí mismos. Sólo el poder que renace de la debilidad de los oprimidos será lo suficientemente fuerte para liberar a ambos. Es por esto que el poder de los opresores, cuando pretende suavizarse ante la debilidad de los oprimidos, no sólo se expresa, casi siempre, en una falsa generosidad, como jamás la ultrapasa.
                Los opresores, falsamente generosos, tienen necesidad de que la situación de injusticia permanezca a fin de que su "generosidad" continúe teniendo la posibilidad de realizarse. El "orden" social injusto, es la fuente generadora, permanente de esta "generosidad" que se nutre de la muerte, del desaliento y de la miseria.

                De ahí la desesperación de esta generosidad ante cualquier amenaza, que atente contra su fuente. Jamás puede entender este tipo de "generosidad" que la verdadera generosidad radica en la lucha por la desaparición de las razones que alimentan el falso amor.
La falsa caridad y la liberación.

                3. La falsa caridad, de la cual resulta la mano extendida del "dimitido de la vida", miedoso e inseguro, aplastado y vencido. Mano extendida y trémula de los desarrapados del mundo, de los «condenados de la tierra". La gran generosidad sólo se entiende en la lucha para que estas manos, sean de hombres o de pueblos, se extiendan cada vez menos en gestos de súplica. Súplica de humildes a poderosos. Y se vayan haciendo así cada vez más manos humanas que trabajen y transformen el mundo. Esta enseñanza y este aprendizaje tiene que partir, sin embargo, de los "condenados de la tierra", de los oprimidos, de los desarrapados del mundo y de los que con ellos realmente solidaricen. Luchando por la restauración de su humanidad, estarán, sean hombres o pueblos, intentando la restauración de la verdadera generosidad.

¿Quién mejor que los oprimidos se encontrará preparado para entender el significado terrible de una sociedad opresora?
¿Quién sentirá mejor que ellos, los efectos de la opresión?
¿Quién más que ellos, para ir comprendiendo la necesidad de la liberación?

                Liberación a la que no accederán por casualidad, sino por la praxis de su búsqueda; por el conocimiento y reconocimiento de la necesidad de luchar por ella. Lucha que, por la finalidad que le darán los oprimidos, será un acto de amor, con el cual se opondrán al desamor contenido en la violencia de los opresores, incluso cuando esta se revista de la falsa generosidad a que nos hemos referido.


Pedagogía con el oprimido y no para el oprimido: lucha por la  libertad

                4. Nuestra preocupación, en este trabajo, es sólo presentar algunos aspectos de lo que nos parece constituye lo que venimos llamando "La Pedagogía del Oprimido", aquella que debe ser elaborada con él y no para él, en tanto hombres o pueblos en la lucha permanente de recuperación de su humanidad. Pedagogía que haga de la opresión y sus causas el objeto de reflexión de los oprimidos, de lo que resultará el compromiso necesario para su lucha por la liberación, en la cual esta pedagogía se hará y rehará.

Oprimidos: seres duales    

                5. El gran problema radica en cómo podrán los oprimidos, como seres duales, inauténticos, que "alojan" al opresor en sí, participar de la elaboración, de la pedagogía para su liberación. Sólo en la medida en que se descubran "alojando" al opresor podrán contribuir a la construcción de su pedagogía liberadora. Mientras vivan la dualidad en la cual ser es parecer y parecer es parecerse con el opresor, es imposible hacerlo.
                La pedagogía del oprimido, que no puede ser elaborada por los opresores, es un instrumento para este descubrimiento crítico: el de los oprimidos por sí mismos y el de los opresores por los oprimidos, como manifestación de la deshumanización.

El oprimido tiende a ser opresor: ha sido su referencia             
               
                6. Sin embargo, hay algo que es necesario considerar en este descubrimiento, que está directamente ligado a la pedagogía liberadora. Es que, casi siempre, en un primer momento de este descubrimiento, los oprimidos, en vez de buscar la liberación, en la lucha y a través de ella, tienden a ser opresores también, o sub.‑opresores. La estructura de su pensamiento se encuentra condicionada por la contradicción vivida en la situación concreta, existencial en que se forman.      Su ideal es, realmente, ser hombres, pero para ellos, ser hombres, en la contradicción en que siempre estuvieron y cuya superación no tienen clara, equivale a ser opresores. Estos son sus testimonios de humanidad.
                Esto deriva, tal como analizaremos más adelante, con más amplitud, del hecho de que, en cierto momento de su experiencia existencial, los oprimidos asumen una postura que llamamos de "adherencia" al opresor. En estas circunstancias, no llegan a "admirarlo", lo que los llevará a objetivarlo, a descubrirlo fuera de sí.
                Al hacer esta afirmación, no queremos decir que los oprimidos, en este caso, no se sepan oprimidos.
                Su conocimiento de sí mismos, como oprimidos, sin embargo, se encuentra perjudicado por su inmersión en la realidad opresora. "Reconocerse", en antago­nismo al opresor, en aquella forma, no significa aún luchar por la superación de la contradicción. De ahí esta casi aberración: uno de los polos de la contra­dicción pretendiendo, en vez de la liberación, la iden­tificación con su contrario.
En este caso, el "hombre nuevo" para los opri­midos no es el hombre que debe nacer con la supe­ración de la contradicción, con la transformación de la antigua situación, concretamente opresora, que ce­de su lugar a una nueva, la de la liberación. Para ellos, el hombre nuevo son ellos mismos, transfor­mándose en opresores de otros. Su visión del hombre nuevo es una visión individualista. Su adherencia al opresor no les posibilita la conciencia de sí como per­sona, ni su conciencia como clase oprimida.

Un ejemplo: la reforma agraria

7. En un caso específico, quieren la Reforma Agra­ria, no para liberarse, sino para poseer tierras y, con ésta, transformarse en propietarios o, en forma más precisa, en patrones de nuevos empleados.
Son raros los casos de campesinos que al ser "promovidos" a capataces, no se transformen en opresores, más rudos con sus antiguos compañeros que el mismo patrón. Podría decirse ‑y con razón­ que esto se debe al hecho de que la situación concre­ta, vigente, de opresión, no fue transformada. Y que, en esta hipótesis, el capataz, a fin de asegurar su puesto, debe encarnar, con más dureza aún, la dure­za del patrón. Tal afirmación no niega la nuestra ‑la de que en estas circunstancias, los oprimidos tienen en el opresor su testimonio de "hombre".
Incluso las revoluciones, que transforman la si­tuación concreta de opresión en una nueva en que la liberación se instaura como proceso, enfrentan esta manifestación de la conciencia oprimida. Muchos de los oprimidos, que, directa o indirectamente, partici­paron de la revolución, marcados por los viejos mitos de la estructura anterior pretenden hacer de la revo­lución su revolución privada. Perdura en ellos, en cierta manera, la sombra testimonial del antiguo opresor. Este continúa siendo su testimonio de "hu­manidad".

Miedo a la libertada para ambos

8. El "miedo a la libertad", del cual se hacen obje­to los oprimidos, miedo a la libertad que tanto puede conducirlos a pretender ser opresores también, cuan­to puede mantenerlos atados al "status" del oprimi­do es otro aspecto que merece igualmente nuestra reflexión.
Uno de los elementos básicos en la mediación opresores‑oprimidos es la prescripción. Toda pres­cripción de la imposición de la opción de una concien­cia a otra. De ahí el sentido alienante de las prescrip­ciones que transforman a la conciencia receptora en lo que hemos denominado como conciencia "que al­berga" la conciencia opresora. Por esto, el comporta­miento de los oprimidos es un comportamiento pres­cripto. Se conforma en base a pautas ajenas a ellos, las pautas de los opresores.
Los oprimidos, que introyectando la "sombra" de los opresores siguen sus pautas, temen a la libertad, en la medida en que ésta, implicando la expulsión de la "sombra", exigiría de ellos que llenaran" el "vacío" dejado por la expulsión, con "contenido" di­ferente: el de su autonomía. El de su responsabili­dad sin la cual no serían libres. La libertad, que es una conquista y no una donación, exige una búsque­da permanente. Búsqueda que sólo existe en el acto responsable de quien la lleva a cabo. Nadie tiene li­bertad para ser libre, sino que, al no ser libre lucha por conseguir su libertad. Esta tampoco es un punto ideal fuera de los hombres, al cual inclusive, se alie­nan. No es idea que se haga mito sino condición indispensable al movimiento de búsqueda en que se insertan los hombres como seres inconclusos.
Cuadro de texto: Este miedo a la libertad también se instaura en los opresores. pero como es obvio. de manera diferente. En los oprimi¬dos el miedo a la libertad es el miedo de asumirla. En los opre¬sores es el miedo de perder la  "libertad" de oprimir
De ahí la necesidad que se impone de superar la situación opresora. Esto implica, el reconocimiento crítico de la razón de esta situación, a fin de lograr, a través de una acción transformadora que incida sobre la realidad, la instauración de una situación diferente, que posibilite la búsqueda de ser más.

Sin embargo, en el momento en que se inicie la auténtica lucha para crear la situación que nacerá de la superación de la antigua, ya se está luchando por el ser más. Pero como la situación opresora genera una totalidad deshumanizada y deshumanizante, que alcanza a quienes oprimen y a quienes son oprimidos, no será tarea de los primeros que se encuentran deshumanizados por el sólo hecho de oprimir, sino de los segundos aquellos oprimidos, generar de su ser menos la búsqueda del ser más de todos.

                Los oprimidos, acomodados y adaptados, inmersos en el propio engranaje de la estructura de dominación temen a la libertad, en cuanto no se sienten capaces de correr el riesgo de asumirla. La temen también en la medida en que luchar por ella significa una amenaza, no sólo para aquellos que la usan, para oprimir esgrimiéndose como sus "propietarios" exclusivos, sino para los compañeros oprimidos, que se atemorizan con mayores represiones.

                Cuando descubren en sí el anhelo por liberarse perciben también que este anhelo sólo se concretiza en la concreción de otros anhelos.

                En tanto marcados por su miedo a la libertad se niegan a acudir a otros, a escuchar el llamado que se les haga o se hayan hecho a sí mismo, prefiriendo la gregarización a la convivencia auténtica. Prefiriendo la adaptación en la cual su falta de libertad los mantiene a la comunión creadora a que la libertad conduce.


Ser uno mismo

8. Sufren una dualidad que se instala en la interioridad" de su ser. Descubren que, al no ser libres, no llegan a ser auténticamente.
                Quieren ser, mas temen ser.
                Son ellos y al mismo tiempo son el otro yo, introyectado en ellos como conciencia opresora.

Su lucha se da
                Entre ser ellos mismos o ser duales.
                Entre expulsar o no al opresor desde "dentro" de sí.
                Entre desalinearse o mantenerse alienados.
                Entre seguir prescripciones o tener opciones.
                Entre ser espectadores o actores.
                Entre actuar o tener la ilusión de que actúan en la acción de los opresores.
                Entre decir la palabra o no tener voz, castrados en su poder de crear y recrear, en su poder de transformar el mundo.

                Este es el trágico dilema de los oprimidos, dilema que su pedagogía debe enfrentar.

               
La liberación es algo nuevo a ambos: oprimido y opresor: es como un parto

9. Por esto, la liberación es un parto. Es un parto doloroso. El hombre que nace de él es un hombre nuevo, hombre que sólo es viable en la y por la superación de la contradicción opresores‑oprimidos que, en última instancia, es la liberación de todos.

                La superación de la contradicción es el parto que trae al mundo a este hombre nuevo ‑ni opresor ni oprimido‑ sino un hombre liberándose.

                Liberación que no puede darse sin embargo en términos meramente idealistas. Se hace indispensable que los oprimidos, en su lucha por la liberación, no conciban la realidad concreta de la opresión como una especie de "mundo cerrado" (en el cual se genera su miedo a la libertad) del cual no pueden salir, sino como una situación que sólo los limita y que ellos pueden transformar. Es fundamental entonces que, al reconocer el límite que la realidad opresora les impone, tengan, en este reconocimiento, el motor de su acción liberadora.

La solidaridad
               
10. Vale decir, que el reconocerse limitados por la situación concreta de opresión, de la cual el falso sujeto, el falso "ser para sí" es el opresor, no significa aún haber logrado la liberación. Como contradicción del opresor, que en ellos tiene su verdad como señalara Hegel, solamente superan la contradicción en que se encuentran, cuando el hecho de reconocerse como oprimidos los compromete en la lucha por liberarse.
                No basta saberse en una relación dialéctica con el opresor ‑su contrario antagónico‑ descubriendo, por ejemplo, que sin ellas el opresor no existiría (Hegel) para estar de hecho liberados.
                Es preciso, enfaticemos, que se entreguen a la praxis liberadora.
                Lo mismo se puede decir o afirmar con ‑relación al opresor, considerado individualmente, como persona. descubrirse en la posición del opresor aunque ello signifique sufrimiento no equivale aún a solidarizarse con los oprimidos. Solidarizar con éstos es algo más que prestar asistencia a 30 ó a 100, manteniéndolos atados a la misma posición de dependencia. Solidarizar no es tener conciencia de que explota y "racionalizar" su culpa paternalistamente. La solidaridad, que exige de quien solidariza que "asuma" la situación de aquel con quien solidarizó, es una actitud radical.



La conciencia servil

11. Si lo que caracteriza a los oprimidos, como "conciencia servil” en relación con la conciencia del señor, es hacerse "objeto", es transformarse como señala Hegel, en “conciencia para.otro” la verdadera solidaridad con ellos está en luchar con ellos para la transformación de la realidad objetiva que los hace "ser para otro".
                El opresor sólo se solidariza con los oprimidos cuando su gesto deja de ser un gesto ingenuo y sentimental de carácter individual, y pasa a ser un acto de amor para aquéllos. Cuando para ello, los oprimidos dejan de ser una designación abstracta y devienen hombres concretos, despojados y en una situación de injusticia. Despojados de su palabra, y por esto comprados en su trabajo lo que significa la venta de la persona misma. Sólo en la plenitud de este acto de amar, en su existenciación, en su praxis, se constituye la solidaridad verdadera.

Ser persona es ser libre y su verificacion

12. Decir que los hombres son personas, y como personas son libres y no hacer nada para lograr concretamente que esta afirmación sea objetiva, es una farsa.
                Del mismo modo como en una situación concreta ‑la de la opresión‑ se instaura la contradicción opresor‑oprimidos, la superación de esta contradicción sólo puede verificarse objetivamente.
                De ahí esta exigencia radical (tanto para el opresor que se descubre como tal, como para los oprimidos que, reconociéndose como contradicción de aquéllos, desvelan el mundo de la opresión y perciben los mitos que lo alimentan) de trarsformación de la situación concreta que genera la opresión.


Objetividad y subjetividad vs objetivismo y subjetivismo

13. Nos parece muy claro, no sólo aquí sino en otros momentos del ensayo, que al presentar esta exigencia radical ‑la de la transformación objetiva de la situación opresora‑ combatiendo un inmovilismo subjetivista que transformase el tener conciencia de la opresión en una especie de espera paciente del día en que ésta desaparecería por sí misma, no estamos negando el papel de la subjetividad en la lucha por la modificación de las estructuras.
                No se puede pensar en objetividad sin subjetividad. No existe la una sin la otra, y ambas no pueden ser dicotomizadas.
                La objetividad dicotomizada de la subjetividad, la negación de ésta en el análisis de la realidad o en la acción sobre ella, es objetivismo. De la misma forma, la negación de la objetividad, en el análisis como en la acción, conduciendo al subjetivismo que se extiende en posiciones solipsistas, niega la acción misma, al negar la realidad objetiva, desde el mo­mento en que ésta pasa a ser creación de la concien­cia. Ni objetivismo, ni subjetivismo o psicologismo, sino subjetividad y objetividad en permanente dia­lecticidad.
       Confundir subjetividad con subjetivismo, con psi­cologismo, y negar la importancia que tiene en el proceso de transformación del mundo, de la historia es caer en un simplismo ingenuo. Equivale a admitir lo imposible: un mundo sin hombres, tal como la otra Ingenuidad, la del subjetivismo, que implica a los hombres sin mundo.
       No existen los unos sin el otro, mas ambos en permanente interacción.
       En Marx, como en ningún pensador crítico, rea­lista, jamás se encontrará esta dicotomía. Lo que Marx criticó y científicamente destruyó, no fue la subjetividad sino el subjetivismo, el psicologismo.

Transformación de la realidad

14. La realidad social, objetiva, que no existe por casualidad sino como el producto de la acción de los hombres, tampoco se transforma por casualidad. Si los hombres son los productores de esta realidad y si ésta en la “inversión de la praxis”, se vuelve sobre ellos y los condiciona, transformar la realidad opre­sora es tarea histórica, es la tarea de los hombres.
                Al hacerse opresora, la realidad implica la exis­tencia de los que oprimen y de los que son oprimidos. Estos, a quien cabe realmente luchar por su libera­ción conjuntamente con los que con ellos verdade­ramente se solidarizan, necesitan ganar la conciencia crítica de la opresión, en la praxis de esta búsqueda.
Este es uno de los problemas más graves que se oponen a la liberación. Es que la realidad opresora, al constituirse casi como un mecanismo de absorción de los que en ella se encuentran, funciona como una fuerza de inmersión de las conciencias.
En este sentido, esta realidad, en sí misma, es funcionalmente domesticadora. Liberarse de su fuer­za exige, indiscutiblemente, la emersión de ella, la vuelta sobre ella. Es por esto que, sólo es posible hacerlo a través de la praxis auténtica, que no es un activismo ni verbalismo sino acción y reflexión: "Hay que hacer la opresión real todavia mas opresiva, añadiendo a aquella la conciencia de la opresión, haciendo la infamia todavía más infaman­te, al pregonarla".Marx-Engels,  “La sagrada familia y otros escritos”.
Este hacer "la opresión real aún más opresora, acrecentándole la conciencia de la opresión", a que Marx se refiere, corresponde a la relación dialéctica subjetividad‑objetivídad. Sólo en su solidaridad, en que el subjetivo constituye con el objetivo una uni­dad dialéctica, es posible la praxis auténtica.
Praxis, que es reflexión y acción de los hombres sobre el mundo para transformarlo. Sin ella es im­posible la superación de la contradicción opresor-­oprímido.
Pe este modo, la superación de ésta exige la in­sercion crítica de los oprimidos en la realidad opresora con la cual objetivándola actúen simultánea­mente sobre ella.

El reconocimiento de la realidad no vasta si no hay accion hacia ella

15. Es por esto que, inserción crítica y acción ya son la misma cosa. Es por esto también que el mero reconocimiento de una realidad que no conduzca a esta inserción crítica ‑la cual ya es acción‑ no conduce a ninguna transformación de la realidad objetiva, precisamente porque no es reconocimiento verdadero.
                Este es el caso de un "reconocimiento" de carácter puramente subjetivista, que es ante todo el resultado de la arbitrariedad del subjetivista, el cual, huyendo de la realidad objetiva, crea una falsa realidad en sí mismo. Y no es posible transformar la realidad concreta en la realidad imaginaría.
                Es lo que ocurre igualmente, cuando la modificación de la realidad objetiva hiere los intereses individuales o de clase de quien hace el reconocimiento.
                En el primer caso, no se verifica inserción crítica en la realidad, ya que ésta es ficticia y tampoco en el segundo, ya que la inserción contradiría los intereses de clase del reconocedor.
                La tendencia de éste es, entonces, comportarse "neuróticamente". El hecho existe, mas tanto en cuanto lo que de él resulte puede serle adverso.

La racionalizacion de la realidad como huida

                De ahí que sea necesario en una indiscutible "racionalización", no necesariamente negarlo sino visualizarlo en forma diferente. La "racionalización", como un mecanismo de defensa, termina por identificarse con el subjetivismo.
                Al no negar el hecho mas distorsionar sus verdades, la racionalización "quita" las bases objetivas del mismo. El hecho deja de ser él concretamente, y pasa a ser un mito creado para la defensa de la clase de quien hace el reconocimiento, que así se torna un reconocimiento falso. Así, una vez más, es imposible la inserción crítica". Esta sólo se hace posible en la dialecticidad objetividad‑subjetividad.
                He aquí una de las razones de la prohibición para las dificultades  ‑‑como veremos en el último capítulo de este ensayo‑ en el sentido de que las masas populares lleguen a insertarse críticamente en la realidad.

No interesa al opresor la critica de la realidad

                Es que el opresor sabe muy bien que esta "inserción crítica" de las masas oprimidas, en la realídad opresora en nada puede interesarle. Lo que sí interesa es la permanencia de ellas en su estado de Inmersión, en el cual, de modo general, se encuentran impotentes frente a la realidad opresora, como situación límite que aparece como intransponible.
                Es interesante observar la advertencia que hace Lukacs* al partido revolucionario sobre que " ... il doit, pour employer les mots de Marx, expliquer aux masses leur propre action non seulement afin d'assurer la continuité des expériences revolutionnaires du proletariat, mais aussi d'activer conscienment le développernent ulterieur de ces expérience?.
                Al afirmar esta necesidad, Lukacs indudablemente plantea la cuestión de la “inserción crítica" a que nos referíamos.
                "Explicar a las masas su propia acción" es acla­rar e iluminar la acción, por un lado, en lo que se refiere a su relación con los datos objetivos que le provocan y, por otro, en lo que dice respecto a las finalidades de la propia acción.


La toma de conciencia activa

                Cuanto más desvelan, las masas populares, la realidad objetiva y desafiadora sobre la cual debe incidir su acción transformadora, tanto más se insertan en ella críticamente.
                De este modo, estarán activando "concientemente el desarrollo ulterior" de sus experiencias.
                En un pensar dialéctico, acción y mundo, mundo v acción se encuentran en una íntima relación de solidaridad.    Aún más, la acción sólo es humana cuando, más que un mero hacer, es un quehacer, vale decir, cuando no se dicotomiza de la reflexión. Esta última, necesaria a la acción, está implicita en la exigencia que plantea  Lukacs  sobre la "explicación a las masas de su propia acción, como se encuentra implícita también en la finalidad que él da a esa explicación,  la de "activar concientemente el desarrollo ulterior de la experiencia".


Lo importante no es explicar lo que…sino dialogar sobre lo que..
               
                Para nosotros, sin embargo, el problema no radica solamente en explicar a las masas sino en dialogar con ellas sobre su acción. De cualquier forma, el deber que Lukacs reconoce al partido revolucionario de "explicar a las masas su acción" coincide con la exigencia que planteamos sobre la inserción crítica de las masas en su realidad, a través de la praxis, por el hecho de que ninguna realidad se transforma a sí misma. (en contra de la tesis capitalista de que la realidad se autoajusta sola, especialmente el mercado)

               
El empeño por liberarse

                La pedagogía del oprimido que, en el fondo, es la pedagogía de los hombres que se empeñan en la lucha por su liberación, tiene sus raíces ahí. Y debe tener, en los propios oprimidos que se saben o empiezan a conocerse críticamente como oprimidos, uno de sus sujetos.
                Ninguna pedagogía realmente liberadora puede mantenerse distante de los oprimidos, vale decir, hacer de ellos seres desdichados, objetos de un tratamiento humanitarista, para intentar, a través de ejemplos sacados de entre los opresores, la elaboración de modelos para su "promoción". Los oprimidos han de ser el ejemplo de sí mismos, en la lucha por su redención.
Cuadro de texto: "La teoría materialista de que los hombres son productos de las circunstancias y de la educación, y de que, por lo tanto, los hombres modificados son producto de circunstancias distintas y de una educación distinta, olvida que las circunstancias se hacen cambiar precisamente por los hombres y que el propio educador necesita ser educado". Marx   Tercera tesis sobre Feuerbach. Marx   Engels, Obras escogidas, Editorial Progreso   Moscú. 1966. 11 Tomo, pág. 404.                                                                                              La pedagogía del oprimido, que busca la restauración de la intersubjetividad, aparece como la pedagogía del hombre. Sólo ella, animada por una auténtica generosidad, humanista y no "humanitarista", puede alcanzar este objetivo.               Por el contrario, la pedagogía que, partiendo de los intereses egoístas de los opresores, egoísmo camuflado de falsa generosidad, hace de los oprimidos objeto de su humanitarismo, mantiene y encarna la propia opresión. Es el instrumento de la deshumanización.
                Esta es la razón por la cual, como ya afirmamos con anterioridad, esta pedagogía no puede ser elaborada ni practicada por los opresores. Sería una contradicción si los opresores no sólo defendiesen sino practicasen una educación liberadora.


Como hacer la pedagogía del oprimido antes que la revolucion

                Sin embargo, si la práctica de esta educación implica el poder político y si los oprimidos no lo tienen, ¿cómo realizar, entonces, la pedagogía del oprimido antes de la revolución?
                Esta es, sin duda, una indagación altamente importante, cuya respuesta parece encontrarse relativamente clara en el último capítulo de este ensayo.
                Aunque no queremos anticiparnos a él, podemos afirmar que un primer aspecto de esta indagación radica en la distinción que debe hacerse entre la educación sistemática, que sólo puede transformarse con el poder, y los trabajos educativos que deben ser realizados con los oprimidos, en el proceso de su organización.
                La pedagogía del oprimido, como pedagogía humanista y liberadora, tendrá, pues, dos momentos distintos aunque interrelacionados.
a.       El primero, en el cual los oprimidos van desvelando el mundo de la opresión y se van comprometiendo, en la praxis, con su transformación y,
b.       El segundo, en que una vez transformada la realidad opresora, esta pedagogía deja de ser del oprimido y pasa a ser la pedagogía de los hombres en proceso de permanente liberación.

                En cualquiera de estos momentos, será siempre la acción profunda a través de la cual se enfrentará, culturalmente, la cultura de la dominación.
El proceso de la acción

                En el primer momento, mediante el cambio de percepción del mundo opresor por parte de los oprimidos y, en el segundo, por la expulsión de los mitos creados y desarrollados en la estructura opresora, que se man­tienen como aspectos míticos, en la nueva estructura que surge de la transformación revolucionaria.
En el primer momento, el de la pedagogía del oprimido, objeto de análisis en este capítulo, nos en­frentamos al problema de la conciencia oprimida co­mo al de la conciencia opresora ‑ el de los hombres opresores y de los hombres oprimidos en una situa­ción concreta de opresión. Frente al problema de su comportamiento, de su visión del mundo, de su ética. Frente a la dualidad de los oprimidos. Y debemos encararlos así, como seres duales, contradictorios, di­vididos.                La situación de opresión, de violencia en que estos se "conforman", en la cual‑ "realizan" su exis­tencia los constituye en esta dualidad.
Toda situación en que, en las relaciones objetivas entre "A" y "B",y "A" explote a "B", "A" obsta‑culice a "B" en su búsqueda de afirmación como persona, como sujeto, es opresora. Tal situación, al implicar la obstrucción de esta búsqueda es, en sí misma, violenta. Es una violencia al margen de que muchas ve­ces aparece azucarada por la falsa generosidad a que nos referíamos con anterioridad, ya que hiere la vo­cación ontológica e histórica de los hombres: la de ser más.


La violencia tiene unas causas en la opresión

Una vez establecida la relación opresora, está instaurada la violencia. De ahí que, en la historia és­ta jamás haya sido iniciada por los oprimidos. ¿Como podrían los oprimidos iniciar la violencia, si ellos son el resultado de una violencia? ¿Cómo podrían ser los promotores de algo que al instaurarse objetivamen­te los constituye?
No existirían oprimidos si no existiera una rela­ción de violencia que los conforme como violentados, en una situación objetiva de opresión.
Son los que oprimen, quienes instauran la vio­lencia; aquellos que explotan, los que no se reconocen en los otros y no los oprimidos, los explotados, los que no son reconocidos como otro por quienes los oprimen.
Quienes instauran el terror no son los débiles, no son aquellos que a él se encuentran sometido,  sino, los violentos quienes con su poder, crean la situa­ción concreta en la que se generan los "dimitidos de la vida los desharrapados del mundo.
Quien instaura la tiranía no son los tiranizados, sino los tiranos.
Quien instaura el odio no son los odiados sino los que odian primero.
Quien instaura la negación de los hombres no son aquellos que fueron despojados de su humani­dad sino aquellos que se las negaron, negando tam­bién la suya.
Quien instaura la fuerza no son los que enfla­quecieron bajo la robustez de los fuertes sino los fuertes que los debilitaron.
Sin embargo, para los opresores, en la hipocre­sía de su falsa "generosidad", son siempre los opri­midos a los que, obviamente, jamás denominan como tales sino, conforme se sitúen, interna o externa­mente, denominan de:
       "esa gente" o
       "esa masa ciega y envidiosa", o de
       "salvajes", o de
       "nativos" o de
       "subversivos",
Son siempre los oprimidos, los que desaman.
Son siempre ellos los
       "violentos", los
       "bár­baros" los
       "rnalvados", los
       "feroces",
cuando reac­cionan contra la violencia de los opresores.

En verdad, por paradojal que pueda parecer, es en la respuesta de los oprimidos a la violencia de los opresores, donde encontraremos el gesto de amor. Conciente o inconcientemente el acto de rebelión de los oprimidos, que siempre es tan o casi tan violento cuanto la violencia que los genera, este acto de los oprimidos sí puede instaurar el amor.
Mientras la violencia de los opresores hace de los oprimidos hombres a quienes se les prohibe ser, la respuesta de éstos a la violencia de aquellos se encuentra infundida del anhelo de búsqueda del derecho de ser.
                Los opresores, violentando y prohibiendo que los otros sean, no pueden a su vez ser; los oprimidos luchando por ser, al retirarles el poder de oprimir y de aplastar, les restauran la humanidad que habían perdido en el uso de la opresión.

Liberandose se puede liberar

                Es por esto que sólo los oprimidos, liberándose, pueden liberar a los opresores. Estos, en tanto clase que oprime no pueden liberar, ni liberarse.
                Lo importante, por esto mismo, es que la lucha de los oprimidos se haga para superar la contradicción en que se encuentran; que esta superación sea el surgimiento del hombre nuevo, no ya opresor, no ya oprimido sino hombres liberándose. Precisamente dado que si su lucha se da en el sentido de hacerse hombre, hombres que estaban siendo despojados de su capacidad de ser, no lo conseguirán si sólo invierten los términos de la contradicción. Esto es, si sólo cambian de lugar los polos de la contradicción.
                Esta afirmación que puede parecer ingenua, en realidad no lo es.

Superar la contradicción opresor-oprimido

                Reconocemos que, en la superación de la contradicción opresores‑oprimidos, que sólo puede ser intentada y realizada por estos, está implícita la desaparición de los primeros, en tanto clase que oprime. Los frenos que los antiguos oprimidos deben imponer a los antiguos opresores para que no vuelvan a oprimir no significan la inversión de la opresión.          La opresión sólo existe cuando se constituye como un acto prohibitivo al ser más de los hombres. Por esta razón, estos frenos, que son necesarios, no significan, en sí mismos el que los oprimidos de ayer se encuentren transformados en los opresores de hoy.
                Los oprimidos de ayer, que detienen a los antiguos opresores en su ansia de oprimir, estarán generando con su acto libertad, en la medida en que, con él, evitan la vuelta del régimen opresor. Un acto que prohibe la restauración de este régimen no puede ser comparado con el que lo crea o lo mantiene; no puede ser comparado con aquel a través del cual algunos hombres niegan a las mayorías el derecho de ser.
                Por otra parte, en el momento en que el nuevo poder se plasma como "burocracia" dominadora se pierde la dimensión  humanista de la lucha  y ya no puede hablarse de liberación.

La superacion opresores-oprimidos y sus dificultades

                De ahí la afirmación anterior, de que la superación auténtica de la contradicción opresores‑oprimidos no está en el mero cambio de lugares, ni en el paso de un polo a otro. Más aún: no radica en el hecho de que los oprimidos de hoy, en nombre de la liberación, pasen a ser los nuevos opresores.
           Lo que ocurre, sin embargo, aún cuando la superación de la contradicción se haga en términos auténticos, con la instalación de una nueva situación concreta, de una nueva realidad instaurada por los oprimidos que se liberan, es que los opresores de ayer no se reconozcan en proceso de liberación. Por el contrario, se sentirán como si realmente estuviesen siendo oprimidos. Es que para ellos, "formados" en la experiencia de los opresores, todo lo que no sea su derecho antiguo de oprimir, significa la opresión. Se sentirán en la nueva situación como oprimidos, ya que si antes podían comer, vestirse, calzarse, edu­carse, pasear, escuchar a Beethoven, mientras millo­nes no comían, no se calzaban, no se vestían, no estudiaban ni tampoco paseaban, y mucho menos podían escuchar a Beethoven, cualquier restricción a todo esto, en nombre del derecho de todos, les parece una profunda violencia a su derecho de vivir. Derecho que en la situación anterior, no respetaban en los millones de personas que sufría y morían de hambre, de dolor, de tristeza, de desesperanza.
                Es que, para los opresores, la persona humana son sólo ellos. Los otros son "objetos, cosa". Para ellos, sólo existe un derecho, su derecho de vivir en paz, frente al derecho de sobrevivir que tal vez ni siquiera reconocen, sino solamente admiten a los oprimidos. Y esto, porque, en última instancia, es preciso que los oprimidos existan, para que ellos existan y sean "generosos".
                Esta manera de proceder así, este modo de comprender al mundo y los hombres (que necesariamente los lleva a reaccionar contra la instalación de un poder nuevo) se explica, como ya señaláramios, en la experiencia en que se constituyen como clase dominadora.
                Ciertamente, una vez instaurada una situación de violencia, de opresión, ella genera toda una forma de ser y de comportarse de los que se encuentran envueltos en ella. En los opresores y en los oprimidos. En unos y en otros ya que concretamente empapados en esta situación, reflejan la opresión que los marca.






El nacimiento de la opresión: El dinero es la medida de todas las cosas.

                En el análisis de la situación concreta, existencial, de la opresión, no podemos dejar de sorprender su nacimiento en un acto de violencia que es instaurado, repetimos, por aquellos que tienen en sus manos el poder.
                Esta violencia, entendida como un proceso pasa de una generación de opresores a otra, y ésta se va haciendo heredera de ella y formándose en su clima general. Clima que crea en el opresor una conciencia fuertemente posesiva.         Posesiva del mundo y de los hombres. La conciencia opresora no se puede entender, así al margen de esta posesión, directa, concreta y material del mundo y de los hombres. De ella, considerada como una conciencia necrófila, Fromm diría que sin esta posesión, "perdería el contacto con el mundo".
Cuadro de texto: * Fromm, Erich. El Corazón del Hombre. Breviarios, Fondo de Cultura Económica, México, 1967, pág. 41.
De ahí que la conciencia opresora tienda a transformar en objeto de su dominio todo aquello que le es cercano. La tierra, los bienes, la producción, la creación de los hombres, los hombres mismos, el tiempo en que se encuentran los hombres, todo se reduce a objetos de su dominio.
                En esta ansia irrefrenable de posesión, desarrollan en sí la convicción de que les es posible reducir todo a su poder de compra. De ahí su concepción estrictamente materialista de la existencia. El dinero es, para ellos, la medida de todas las cosas. Y el lucro, su objetivo principal.

Para los opresores el valor esta en “tener mas y mas” a base de negar el ser.
                Es por esto que, para los opresores, el valor máximo radica en el tener más y cada vez más, a costa, inclusive del hecho del tener menos o simplemente no tener nada de los oprimidos.
                Ser, para ellos, es equivalente a tener y tener como clase poseedora.
                En la situación opresora en que se encuentran, como usufructuarios, no pueden percibir que si tener es condición para ser, esta es una condición necesaria a todos los hombres. No pueden percibir que, en la búsqueda egoísta del tener como clase que tiene, se ahogan en la posesión y ya no son. Ya no pueden ser.
                Por esto mismo, como ya señaláramos, su generosidad es falsa.
                Por estas razones, para ellos, la humanización es una "cosa" que poseen con derecho exclusivo, como atributo heredado. La humanización les pertenece. La de los otros, aquella de sus contrarios, aparece como subversión.              Humanizar es, naturalmente, subvertir y no ser más, para la conciencia opresora.

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