martes, 5 de julio de 2011

Cap 1 Areas culturales y pueblos indigenas de Honduras


CAPITULO I

HACIA UNA SINTESIS DE LA HISTORIA
DE LOS PUEBLOS INDIGENAS DE HONDURAS


1.
LAS ÁREAS CULTURALES
Y LOS PUEBLOS INDIGENAS DE HONDURAS

Para estudiar el origen y los rasgos socioculturales de los pueblos originarios, los antropólogos delimitan las áreas donde se configuraron identidades propias y confluyeron diversas tradiciones lingüísticas y culturales. Para los fines de este estudio resulta fundamental conocer el área mesoamericana y el área intermedia, donde florecieron la cultura y la organización social de los pueblos indígenas de Honduras.

El área cultural mesoamericana, que en el pasado prehispánico se caracterizaba por su vocación agrícola y la ausencia de animales domésticos de importancia abarca parte de México, Guatemala, Honduras y El Salvador, en una geografía cubierta por elevaciones montañosas al este de las fronteras de Honduras y Guatemala, las costas del Golfo de Fonseca, la costa del Pacífico nicaragüense y la Península de Nicoya en Costa Rica. Diversos grupos de agricultores sedentarios se establecieron en Mesoamérica desde el año 2000 a. C.; estos «focos culturales» surgieron principalmente en el Altiplano Central y el Golfo de México, lo que dio lugar al desarrollo de culturas «relacionadas entre sí y herederas continuas de los avances anteriores». Sus rasgos comunes, según P Escalante, son: el conocimiento y utilización de diversas técnicas agrícolas; la fabricación de terrazas y obras hidráulicas; uso del bastón plantador y el azadón de madera; el cultivo de maíz, frijoles, calabaza, chile, chía y tomate; la preparación de tortillas de maíz con cal; elaboración del algodón; edificación de complejos urbanos y plataformas piramidales escalonadas, entre otras características.

El área cultural intermedia o del intertrópico oriental, como la denomina P. Carrasco, difiere sustancialmente de la mesoamericana. Los habitantes del área intermedia eran tribus nómadas que subsistían de la recolección de frutos, la caza y la pesca. Las características geográficas de ésta, cubierta por densos bosques, rodeada de elevadas montañas y regada por ríos que confluyen en la corriente del Atlántico, condicionaron en parte la existencia social de sus habitantes a un menor grado de organización. Aquí predominó la agricultura de tubérculos, en sustitución del maíz, observándose un grado limitado de intercambios comerciales. La condición nómada de sus habitantes estimuló una agricultura de «roza» en la selva tropical, que no alcanzó mayor evolución. Por mundo mesoamericano al momento del contacto con los españoles, su ubicación geográfica, esta área cultural constituye un «puente» entre las civilizaciones mesoamericanas y las sudamericanas. En lo que respecta a Honduras, la geografía del área intermedia abarca el costado nordeste del país y cubre en su totalidad la extensa región de La Mosquitia.

Diversos estudiosos de la región centroamericana coinciden en señalar que, a inicios del siglo XVI, cuando se produjo el primer contacto entre los españoles y las civilizaciones americanas, la geografía centroamericana carecía de unidad cultural.
Lo que predominaba, según algunos autores, era un conjunto de pueblos descendientes de diferentes núcleos étnicos que mostraban grados desiguales de cultura y organización social.
En Honduras, según Robert Chamberlain, los valles de Comayagua y Naco, ubicados en el área de influencia mesoamericana del centro y el occidente del paísó, por su fertilidad y abundancia de recursos naturales, lograron alcanzar un grado elevado de cultura y evolución social.
En la agricultura era común el cultivo de maíz, frijoles, cacao y algodón.
En la zona irrigada por el río Ulúa, que además de los valles mencionados también baña el costado norte del país, se desarrolló un intercambio comercial con los mayas de Yucatán y los aztecas del noroeste de México, lo que sugiere la existencia de excedentes comerciales.

Linda Newson sostiene que una característica esencial de los pueblos mesoamericanos de Honduras era su estratificación social y la existencia de jefes hereditarios, que gobernaban una sociedad sedentaria y agrícola. Los dos pueblos más representativos de esta área eran el lenca y el chortí. El primero, considerado por dicha autora como el grupo cultural y lingüístico más importante de la porción mesoamericana de Honduras, ocupaba un extenso espacio en el centro y el occidente del país, región fértil y apta para la agricultura. Robert M. Carmack ubica a los lencas entre los «cacicazgos interactuantes» que se encontraban en lo que hoy es el centro y el suroeste de Honduras, el oriente de El Salvador y el norte de Nicaragua. La población total de esos cacicazgos, según Carmack, puede calcularse en un millón de personas. Los cacicazgos principales podrían haber tenido entre treinta y cuarenta mil habitantes en su jurisdicción. Aunque la lengua lenca no tiene relaciones históricas cercanas con las lenguas mesoamericanas del norte ni con las chibchas al sur, la mayoría de los habitantes de los cacicazgos del área hablaba alguna variante de la lengua lencal.

Los chortís se ubican entre los pueblos mayas de la misma área, en la frontera occidental de Honduras con Guatemala.

En el área cultural intermedia, que incluiría los actuales departamentos de Gracias a Dios, Olancho, El Paraíso y parte de Colón se ubica la mayoría de los pueblos indígenas contemporáneos de Honduras como los xicaques o tolupanes, los payas o pech, los sumos o tawahkas y los miskitos.
Robert M. Carmack identifica a los pueblos que ocuparon las llanuras de las tierras bajas caribeñas del este de Honduras y Nicaragua como «minisistemas tribales», entre los que incluye a los jicaques, payas, sumus, matagalpas y ramas.
Dichos pueblos tenían «una larga historia de ocupación» territorial, pero «no formaban parte de ningún sistema mundo.
El mismo autor reconoce que, aunque se carece de cálculos confiables de la población total del área al momento del contacto con los españoles, «posiblemente hayan sido alrededor de doscientas mil personas»

La diferencia que se estableció desde el período más temprano del contacto con las civilizaciones europeas, entre los pueblos conquistados del área mesoamericana y los no conquistados del área intermedia, constituye una referencia fundamental para reconstruir la historia y la memoria colectiva de los pueblos originarios en ambas áreas culturales. En el caso específico de Honduras, las explicaciones sobre el origen y la filiación lingüística de cada pueblo no siempre son definitivas o coincidentes.
No obstante, la ubicación de los pueblos originarios en áreas culturales constituye un instrumento útil para diferenciar el origen étnico, lingüístico y cultural de los habitantes de una extensa geografia, así como para relacionarlos con núcleos culturales más extensos. Este aspecto es clave también para definir los límites espaciales y temporales de la memoria colectiva que cada uno de estos pueblos forjó en su larga historia.
Los rasgos culturales y la identidad social de los indígenas contemporáneos de Honduras son más evidentes entre los habitantes del área intermedia, en tanto que los del área mesoamericana provocan actualmente diferencias de opinión en cuanto a la «autenticidad»  de sus rasgos de identidad.

Los acápites siguientes exponen una síntesis que intenta reconstruir la historia de cada uno de los pueblos indígenas de Honduras, cuyo objetivo es destacar la forma en que esas historias fueron construidas en relación con los proyectos de sometimiento ensayados por el Estado colonial español y el Estado republicano independiente. Sin tal reconstrucción, resultarían difíciles de comprender los mecanismos utilizados por dichos pueblos para elaborar su memoria colectiva e identificar los vínculos que relacionan su presente con su pasado. Asimismo, es improbable que se pueda reconstruir la o las imágenes que han prevalecido en Honduras respecto a sus pueblos indígenas, sin recurrir al taller de la historia donde éstas se forjaron.

Tal y como argumenta Blanca Muratorio, las imágenes creadas sobre los indios no deben considerarse sólo como «productos culturales terminados» y vaciados en diversos objetos, sino también comosímbolos de la interacción social históricamente contextualizada que las produjo, enfocando la materia prima con que fueron construidas, el proceso de su construcción y el uso que de ellas han hecho, tanto sus creadores como los espectadores para quienes fueron creadas y aun los mismos representados.
La historia se convierte así en escenario para la representación de mentalidades e imaginarios concretos, donde la forma de imaginar al «Otro» se nutre de las múltiples construcciones ideológicas derivadas del etnocentrismo de quien las elabora. Este contiene valores opuestos a los del objeto que pretende representar, imaginar o descalificar, para poder justificar así la intención de someter al «Otro» a su voluntad.
La historia de los pueblos indígenas de Honduras es también la historia de la descalificación de una civilización conquistada, por otra que ejercía un imperialismo político y militar que se pretendía también cultural.
La historia de los pueblos conquistados o de los que se pretendía conquistar como se observa en las historias que se presentan a continuación, refleja la ideología y los valores que sustentaban la mentalidad de los funcionarios coloniales y eclesiásticos, así como el grado de desarrollo sociocultural y la capacidad de resistencia de los pueblos originarios.

En el proceso de elaboración de la historia de los vencedores surge, eventualmente, una ambigüedad en cuanto a la representación de los vencidos, quienes muchas veces aparecen como seres «inferiores», pero que también poseen algunas de las cualidades que el conquistador se atribuye a sí mismo.
Este factor permite concebir una perspectiva crítica sobre el contenido de la historia elaborada por los vencedores para poder desvelar su carácter ideológico. Así, la revalorización crítica de los hechos históricos es capaz de subvertir, o por lo menos de revertir parcialmente, el contenido de los imaginarios sociales predominantes. Y, desde tal perspectiva, contribuye a reelaborar la historia y la memoria colectiva de los vencidos, o de aquellos que resistieron a la voluntad de sometimiento del opresor.

Este recuento de la historia de los pueblos indígenas de Honduras se inscribe en tal perspectiva.
Sin embargo, su pretensión no excede el objetivo de identificar la «materia prima» con la que han sido construidas, externamente, la «historia» de estos pueblos y el imaginario social que la complementa y afianza. Se trata de una historia de los sobrevivientes a las devastadoras consecuencias demográficas del primer contacto con los conquistadores, por lo que no se abordan las estadísticas del holocausto indígena.
El hilo conductor de este recuento histórico es el intermitente conflicto, predominante durante un período que abarca varios siglos, en las relaciones de estos pueblos con los estados colonial y republicano instaurados en Honduras en los siglos XVI y XIX.


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