domingo, 3 de julio de 2011

Cap 4 El Reino y la Vida


4
EL REINO Y LA VIDA



            Cuando los evangelios hablan de la vida, bien sea utilizando el verbo “vivir” (zao) o el sustantiva "vida" (zoe), algunas veces se refieren inequí­vocamente a  “esta” vida (Mt 9, 18; 27, 63; Mc 5, 23; Lc 2, 36; 12, 15;
            Pero el uso más frecuente de los términos "vivir y vida", en los sinopticos, nos remite a la "otra" vida, es decir, a la plenitud de la vida mas allá de la muerte (Mt: 7, 17; 18, 8. 9; 19, 16. 17. 29; 25, 46; Mc 9,43. 45; 10, 17. 30; Lc 10, 25. 28; 18, 18. 30; 24, 5. 23)[1].
            Por otra parte, los textos que utilizan el término "vida" en relación con el Reino de Dios, se refieren a la vida en el más allá.

            Por ejemplo, en en relato del hombre rico, que preguntó a Jesús lo que tenía que hacer para heredar la "vida eterna" (Mc 10, 17 par), se habla enseguida de la dificultad que tienen los ricos para entrar en el Reino de Dios (Mc 10, 23 par), lo que hace pensar, al menos a primera vista, que el mensaje del Reino de Dios se refiere a la "otra" vida. Esta idea se ve reforzada por los textos que vinculan el Reino de Dios con "la consumación del tiempo" o con los “angeles“,  como ha hecho notar E. R Sanders[2].

Sin embargo, en cuanto se lee la amplia documentación de los evangelios sinopticos sobre el Reino de Dios, enseguida se advierte que, por mas que el Reino tenga su consumación definitiva en la plenitud de la vida, más allá de la muerte, lo más claro y lo más inmediato es que el Reino, tal como lo presentó Jesús, es una realidad presente y operante en esta vida.

En este sentido, se ha dicho con razon que
no puede haber ninguna duda de que Jesús afirmó repetidamente que el Reino de Dios pertenecía a su propio aquí y ahora”[3]

De ahí que las "proclamaciones explícitas" de los evangelios afirman que el Reino es una realidad que está, desde que lo anunció Juan Bautista:
 "a mano" (Mc 1, 15 par),
"ha llegado a vosotros" (Mi: 12, 28 par) y
está "en medio de vosotros" (Lc 17, 20 s).

No cabe duda. El Reino de Dios es algo que, se explique como se explique, está ante todo en este mundo y actúa en la vida presente.

El problema está en saber cómo se debe entender la presencia del Reino en este mundo y en esta vida.
En el capítulo anterior, hemos visto que los dirigentes del judaísmo en tiempo de Jesús vinculaban la llega­da del Reino al sometimiento del pueblo (y de todos los pueblos) al "yugo de la Ley".
Ahora bien, ¿cómo entendían los dirigentes judíos el sometimiento a la Ley? Es cierto que la Ley de Moisés no se limitaba a minucias rituales, sino que abarcaba toda la esfera de la vida judía.
Por ejemplo, establecía normas para la agricultura, el comercio y la propie­dad de bienes. Se ocupaba del matrimonio, de las indemnizaciones por los perjuicios materiales que pueda sufrir una persona.
La Torá legisla­ba sobre el robo, la violación, el homicidio y muchas otras cuestiones civiles y penales sobre las que tienen competencia tribunales y jueces.
Todo esto era así. Pero nunca debemos olvidar que todas estas cuestio­nes de la vida social, que hoy llamamos "seculares", para los judíos y otros pueblos de la antigüedad, estaban regidas "por normas divinas”.
Además, la Ley judía se ocupaba ampliamente, como bien sabemos, de cuestiones estrictamente "religiosas". Pero es un hecho que la distinción que hacían los rabinos, entre los mandamientos que se referían a las rela­ciones con Dios y los que regulaban las relaciones humanas, exigían la misma "compensación de arrepentimiento ante Dios".
Es decir, en definitiva, cuando los escribas y fariseos le enseñaban a la gente que el Reino de Dios llegaría en el día en que todos se sometieran al “yugo de la Tora”, en el fondo, lo que estaban diciendo es que el Reino de Dios se haria presente, en la sociedad humana, como un asunto esencialmente religioso.
En otras palabras, el Reino de Dios era comprendido, por los dirigentes del judaísmo, en primer lugar como "religión" y empezando la "religión".
Por supuesto, la religión se ocupaba de la vida entera.  Pero aquello era, del comienzo al fin, "religión" y estaba regido y enjuiciado ­en todo momento por la "religión".
Ahora bien, esto condicionó de manera decisiva el conflicto de los dirigentes judíos con Jesús.

Porque, tal como hablan los sinópticos, si bien es cierto que el Reino de Dios tiene una dimensión trascendente, como ya he dicho, y en ese sentido es un asunto, en última instancia, “religioso”, no es menos verdad que los textos evangélicos empiezan presentando el Reino de manera que a lo primero y a lo más inmediato que afecta ese Reino es a necesidades "humanas" y a situaciones "huma­nas" enteramente básicas.

Es decir, según los sinópticos, el Reino no es el resultado del sometimiento a ningún "yugo" ni, por tanto, exige como condición el pasar por ninguna esclavitud, ni siquiera en relación a Dios.

Todo lo contrario, el Reino de Dios llega a los seres humanos, ante todo, como liberación del sufrimiento, de la indignidad y de la muerte.
Esto es lo que escribas y fariseos no entendieron ni estuvieron dispuestos a aceptar. Pero esto precisamente es lo que se pone de manifiesto en las curaciones de enfermos, en las expulsiones de demonios y en el mensaje, de las bienaventuranzas.
En este sentido, se puede decir que los evan­gelios establecen una relación fundamental entre el Reino y la vida.
Y aunque ya he dicho que, en el uso lingüístico de los sinópticos, no se da la relación entre Reino y vida, es un dato patente que los relatos evangélicos afirman, de maneras diversas, que el Reino se hace presente remediando las situaciones más graves de la vida y aliviando los sufrimientos de esta vida.



4.1. La curación de enfermos


     Lo primero que dicen los evangelios sinópticos, cuando presentan a Jesús anunciando la llegada del Reino, es que eso iba asociado a la cura­ción de enfermos. La relación directa entre la presencia del Reino y las curaciones está expresamente afirmada por Mateo y Lucas:

"Y recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio de] Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo" (Mt 4, 23).

     Y el mismo Mateo insiste inmediatamente:

"Y le trajeron todos los que se encontraban mal con enfermedades y sufrimientos diversos, en­demoniados, lunáticos y paralíticos, y los curó" (Mt 4, 24)'.

     Lucas, en un contexto distinto, viene a decir lo mismo:

"Al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos de lo que fuera se los llevaron; y él aplicaba la mano a cada uno de ellos, y los curaba" (Lc 4, 40).

     Pero el mismo Lucas dice enseguida que la gente intentaba "retenerlo para que no se les fuese.
     Pero él les dijo: también a otros pueblos tengo que anunciarles el Reino de Dios, porque para eso he sido enviado" (Lc 4, 42‑43).
     Es evidente que, en este caso, el evangelio de Lucas une el sumario, en el que resu­me la actividad de Jesús: curar enfermos, con el texto en el que presenta la declaración del protagonista: su tarea es anunciar el Reino.
Además, esta relación directa e inmediata entre el anuncio del Reino y la curación de enfermos está atestiguada explícitamente en otros mo­mentos y pasajes fundamentales: cuando Jesús va a elegir a los "Doce" (Mt 9, 35) y los envía a la misión (Mt 10, 1. 7; Lc 9, 1‑2); cuando se especifica el grupo que acompañaba a Jesús (Lc 8, 1‑2); y en la misión que han de llevar a cabo los setenta y dos (Lc 10, 8‑9).
Especial atención merecen los textos en los que Jesús les dice a los discípulos lo que tie­nen que hacer en la misión a la que los envía. En esos textos, el manda­to de "anunciar que ya llega el Reino de Dios va unido siempre al man­dato paralelo de "curar erífermos (Mt 10, 7; Lc 9, 2; 10, S).
Es decir, esas curaciones son los "signos que prueban la realidad del Reino de Dios.
El Reino "liberador" que se hace ya presente en la actualidad.
Y se hace presente interesándose por el ser humano en lo más básico y elemental: la curación de todo achaque y enfermedad, devolviéndole la salud e incluso la vida “resucitad muertos". Mt 10, 7; cf. 11, 5. Y no conviene olvidar que estamos hablando del “discurso de la misión" , es decir lo central o, si se quiere, lo esencial que (a juicio de los evangelistas) Jesús quiso que sus discípulos comunicaran en la tarea y el des­tino que les encomendaba.
Por supuesto, toda esta documentación sobre la relación entre el Reino y la curación de enfermos, se podría interpretar como interés por “persona”, su salud, su dignidad, etc.
Quien quiera verlo de esa manera esta en lo cierto. En todo caso, sea que hablemos de la "persona", sea que hablemos de la "salud", parece que, en último término, lo que está en juego es la "vida humana en toda su plenitud.
Es indudable que, en la teología de los evangelios sinópticos, el Reino de Dios incluye, como elemento indispensable, la tarea, el empeño y hasta la lucha por asegurar (o por devolver) a las personas la plenitud de la vida humana.
Con esto, no se trata de decir que el Reino de Dios se reduzca a eso.
Lo que se quiere decir es que

Donde no hay empeño y lucha por asegurar (en la medi­de de lo posible) la plenitud de la vida, no puede hacerse presente el Reino de Dios.

                        Por lo demás, no hace falta decir que no se trata de "hacer milagros”.  Por la sencilla razón de que eso no está al alcance de cualquiera que se ponga a ser discípulo de Jesús. Lo que Jesús pide no es hacer cosas “extraordinarias”, que llamen la atención y que rompan las pretendidas leyes de la naturaleza.     
                        Lo que Jesús quiere de su comunidad de discípulos es que defiendan la vida y alivien el sufrimiento de los seres humanos.

Eso sí está al alcance de todo el que quiera hacerlo.




4.2. Expulsión de los demonios

            Pero hay más.  En un texto fundamental, conservado por la fuente Q[4], Jesus afirma que la señal distintiva, de que el Reino de Dios ya ha llegado, esta precisamente en que él expulsa a los demonios con el poder de Dios (Mt 12, 28; Lc 11, 20)[5], lo que se refiere, como voy a explicar, a la curación de enfermos.

En efecto, la simple lectura de los tres evangelios sinópticos indica claramente que los "enfermos" y "endemoniados" son dos grupos que van asociados, casi siempre, el uno al otro.

Porque, como se ha dicho muy bien, "las expulsiones de demonios y las curaciones de enfermeda­des son cosa idéntica para el hombre de la cultura antigua (Mc 1, 32‑34 par; Mc 3, 10‑12 par; Lc 6, 18 S)[6]

Y aunque es verdad que pueden establecerse ciertas diferencias entre los relatos de milagro y exorcismo, en realidad tales diferencias se reducen a que "el terapeuta tiene que vérselas con las repercusiones del demonio, el exorcista con su exis­tencia. Pero, en todo caso, sabemos que los sufrimientos y los males en general se consideraban, en tiempos de Jesús, estrechamente ligados al demonio y sus fuerzas maleficas.
     Lo cual quiere decir que el enfermo era una persona que, no sólo sufría en su cuerpo, sino que, además, era tenido  por un ser contagiado por influencias demoniacas.

Los textos se multiplican en este sentido: Mt 4, 24; 7, 22; 8, 16‑17; 9, 32; 10, 8; 12, 22; 17, 15‑18; Mc 1, 32. 34; 6, 12‑13; 16, 17‑18; I.c 4, 40‑41; 8, 2; 9,1; 11, 14; 13, 32.



4.3. Las Bienaventuranzas


El Reíno implica y exige, como ya se ha dicho, el interés por la persona, su salud, su dignidad, su vida entera. Esto queda claro en la relacion que los evangelios establecen entre el Reino de Dios y las curaciones de enfermos y endemoniados. Pero seguramente queda aún más patente en el mensaje de las Bienaventuranzas. Naturalmente, no se trata aquíde hacer una exégesis completa de las versiones de las Bienaventuranzas, la de Mateo(5, 2‑12)y la de Lucas (6,20‑23).  Porque ni eso es el propósito de este estudio, ni semejante tarea puede entrar en los inevitables límites de este trabajo. Además, la literartura exegética y teológica sobre las Bienaventuranzas es tan abundante y tan rica que yo no sé lo que mi aportación podría añadir o lo que ya se ha dicho sobre el tema.
Por eso aquí sólo se trata de responder esta pregunta:

¿qué aporta el mensaje de las Bienaventuranzas para comprender mejor la relación entre el Reino de Dios, la vida y la dignidad de los seres humanos?

Lo primero que se debe tener en cuenta es que la opinión más común y autorizada, entre los especialistas en esta materia, es que las tres primeras ­Bienaventuranzas del evangelio de Lucas (6, 20‑21) son seguramente  las más originales e incluso se puede afirmar que quizá se remontan al mismo Jesus.
Así pues, lo primero y lo más seguro es que Jesús declaró :
-dichosos “a los pobres” (Lc 6, 20; Mt 5, 3),
-a “los que tienen hambre” (Lc 6, 2 1 a; Mt 5, 6) y
-a “los que lloran” (Lc 6, 2 1 b; Mt 5, 5 ).

Por otra parte, es también seguro que las Bienaventuranzas, como pieza fundamental del Sermón del Monte, formulan las características y exi­gencias básicas del Reino de Dios, puesto que este sermón es el "evan­gelio del Reino" (eílaggélion tis basileías), de acuerdo con Mt 4, 17 y 4, 2321.
De hecho, las Bienaventuranzas se abren, tanto en Mateo como en Lucas, por la dicha que se promete a los pobres porque de ellos "es el Reino de Dios" (Mt 5, 3; Le 6, 20b). Por supuesto, como bien se ha dicho, "para Jesús, lo decisivo es la promesa incondicional, categórica, de salvación dirigida a las personas que se encuentran en una situación desesperada.
Pero aquí es determinante comprender que no se trata solamente de una esperanza "apocalíptica", que se realizaría únicamen­te en la otra vida y más allá de este mundo. Precisamente porque a todos los que viven en situaciones desesperadas (pobreza, hambre y sufri­miento) se les dice que de ellos “es (éstin) el Reino de Dios” (Mt 5, 3; Le 6, 20b) (no sólo que "será"), por eso la salvación, es decir, la solución "brilla ya" y "se hace ya realidad" para esas personas "en la dedicación de Jesús a los desclasados, en la convivencia con ellos y en la alegría expe­rimentada por el gozo del amor de Dios.
La consecuencia, que obviamente se deduce de todo esto, es que el Reino de Dios se hace presente, no sólo dando vida a los que carecen de salud y dignidad (enfermos y endemoniados), sino además cambiando las situaciones sociales desesperadas que se traducen en pobreza, ham­bre y sufrimiento.
El problema concreto que se presenta, para muchos cristianos es  intentar comprender y aceptar el mensaje de las Bienaven­turanzas está seguraniente, no tanto en la dificultad que lógicamente lleva el hecho de resolver las situaciones de pobreza, hambre y sufrimiento que, como acertadamente ha indicado U. Luz, "una larga historia hermenéutica" ha desembocado en dos cosas:
1)      la etizacion ­de las Bienaventuranzas, convertidas en "un catálogo de virtudes";
2)      la interiorización, que ha hecho que "pasen a primer plano, cada vez con mas fuerza, las virtudes religiosas: humildad, renuncia al mundo y al pecado, perseverancia en la fe, etc.".

Y como prueba de todo esto, el mismo U. Luz recuerda un texto de J. G. Herder, para quien "bienaventurados son los que pueden prescindir de todo... porque el cielo está en su alma”. 0, en palabras de R. Bultmann, "pobres de espíritu" son aquellos que aguardan el futuro plenamente acósmico de Dios "y que se liberan internamente en tal espera de aquello que los ata al aquí y ahora”. 
Es evidente que, desde el momento en que las Bienaventuran­se se ven "reducidas" a, meras "virtudes" y además a virtudes "religio­sas”, la fuerza transformadora del mensaje del Reino se ve inevitable­mente  mutilada. Porque en esas condiciones siempre habrá cristianos que contenten su alma y su conciencia con una saludable religión, por mas que  en la vida de mucha gente haya demasiada hambre y demasiado sufrimiento.







4.4. La dignidad de la vida


     El problema no estaba sólo en la intervención del demonio, sino, sobre todo, en que la enfermedad se consideraba como un mal y un castigo directamente relacionado con el pecado.
     Dicho de otra manera, el enfermo era un ser humano que tenía, no sólo una vida amenazada, sino, ademas, una vida indigna.
             En efecto, según las tradiciones de los pueblos de Oriente antiguo, las enfermedades se interpretaban de acuerdo con valoraciones de carácter sagrado, concretamente en relación con el pecado y, por tanto, como maldición divina.
Esta manera de entender la enfermedad estaba profundaniente arraigada en Israel, ya desde las tradiciones del Pentateuco (Ex 9, 14 s; Nm 12, 9‑14; Lev 26, 14‑16; Dt 28, 21 s).
Como ya notó acertadamente G. von Rad, la antigua afirmación: "Yo, Yahvé, soy tu médico" (Ex 15, 26) tenía en su origen un sentido muy realista, programático y quizás también polémico".
Por eso, desconfiar del interés de Yahvé por curar, recurriendo a los médicos, era un acto de incredulidad (2 Cro 16, 12).
Porque el sufrimiento venía de Yahvé, él sólo podía curar y vendar al paciente (Job 5, 18).
De todas maneras, finalmente en Israel se introdujo la idea de que el médico también cumplía una misión (Eclo 38, 1‑15). (Así, por ejemplo, en los Salmos: 32, 1 s; 38, 3 s; 39, 9. 12; 41, 5; 69, 6; 103)
En todo caso, el convencimiento de la íntima conexión entre el pecado y la enfermedad corporal era el presupuesto tácito, pero fundamental, de los complicados ritos y ceremoniales de purificación que se imponían a los enfermos.

Esta relación entre la enfermedad y el pecado era una idea comúnmente admitida en la sociedad y en el tiempo de Jesús. Probablemente tal relación aparece ya en el relato de la curación del paralítico, cuando Jesús, de manera sorprendente, antes de curar al enfermo y, al parecer, sin venir a cuento, empieza por perdonarle sus pecados (Mc 2, 6 par).
En el evangelio de Juan, la conexión entre enfermedad y pecado está atestiguada claramente (Jn 5, 14), especialmente en el relato de la curación del ciego de nacimiento: en cuanto los discípulos se cruzan con aquel desgraciado, la pregunta es "quién pecó", puesto que había nacido de aquella manera (Jn 9, 2). Y la misma mentalidad reaparece en otros escritos del Nuevo Testamento. Por ejemplo, cuando san Pablo afirma que el mal comportamiento de los cristianos de Corinto es la causa de que entre elos hubiera tantos enfermos achacosos e incluso que murieran tantos (I Co 11, 29‑30).
La misma idea vuelve a aparecer en la carta de  Santiiago (St 5, 15). Sin duda alguna, la enfermedad era, lo mismo para Israel que para el cristianismo primitivo, no sólo una cuestión que afectaba a la medicina, sino sobre todo un fenómeno religioso.








4.5. Lo primero para Jesús


Es determinante tener en cuenta esta manera de interpretar las enfermedades cuando se trata de analizar lo que los evangelios nos quieren decir en los numerosos relatos de curaciones, tanto de enfermos como de endemoniados.
Porque, tal como están redactados tales relatos, lo más claro que  hay en ellos es que el Reino de Dios se manifiesta, primordialmente, en dar vida. Vida en plenitud a los que la tienen disminuida, amenazada o insegura (enfermos). Y vida digna, vida rescatada de la humillación y del desprecio, a los que tienen que soportar el ser vistos pecadores o incluso como endemoniados.
Si lo primero para Jesús es el Reino, lo primero para Jesús es la vida.
Así, para entender lo que significa el Reino, hay que empezar por lo más elemental, lo más inmediato, lo que todo el mundo entiende y lo que todos necesitamos y apetecemos como lo más básico: el instinto de vivir.
Y vivir con seguridad y con dignidad.

Soy consciente de que, al decir todo esto, estoy repitiendo cosas que he dicho antes. Es posible que por eso, este libro pueda resultar pesado para algunos lectores.

Sin embargo, aun a riesgo de correr ese peligro insisto aquí en que lo primero para Jesús es la vida, porque con ello lo que pretendo dejar claro, desde ahora, es que lo primero para Jesús no es  la religión.

Hubo tiempos en que, por la religión, se le quitó a la gente la vida. Y hoy en día, por la religión, se les limitan a las personas derechos fundamentales o se atenta contra su dignidad.
    Es claro que la religión que haga eso (sea la que sea), no entra ni puede entrar en el proyecto evangélico del Reino de Dios.




4.6. Esta vida y la otra vida


Me parece que entender el Reino, a partir de todo lo que acabo de explicar, es seguramente lo más claro y lo mas inmediato que aparece en los evangelios.
No insisto más en este punto que ya está suficientemente explicado.
Por otra parte, al hablar así del Reino, no lo estamos recortando, ni lo estamos reduciendo, ni lo estamos rebajando. Sencillamente, lo estamos poniendo en su sitio. Y reconocemos todo el rango que tiene. Porque lo más importante y lo más grande que nos ha dado Dios es la vida. De manera que el Dios de nuestra fe se presenta, en los escritos del Nuevo Testamento, como el "Dios viviente".
Y Jesús dice que él es "la vida" (jn 14, 8). Lo que pasa es que la teología, cuando se ha puesto a especular sobre el asunto de la vida, ha hecho un lamentable servicio a nuestra posibilidad de entender el Evangelio. Porque, concretamente a partir de santo Tomás, la distinción y la separación (demasiado simple) entre lo que pertenece a la vida sin más y lo que está por encima de la vida, o sea, la famosa distinción entre lo natural y lo sobrenatural, ha llevado a teólogos y estudiosos del Evangelio a explicar lo del Reino de tal manera que, con demasiada frecuencia, no se ha caído en la cuenta de que lo básico, lo fundamental, el punto de partida está (y tiene que estar) en "esta" vida". Por supuesto, como después explicaré, el Reino, que tiene su centro en esta vida, sólo alcanzará su plenitud total más allá de esta vida. Y en ese sentido, se puede y se debe hablar de vida "eterna". Pero con tal que esa plenitud de salvación, que esperamos por la fe, no nos lleve a sucumbir en dos peligros que se han dado y se siguen dando entre teólogos.
1. Primero, desviar la atención y el interés de "esta" vida a la "otra".
2. Segundo, hablar del Reino y de la vida con tal embrollo de conceptos y palabras que, a la hora de la verdad, casi nadie se entera de lo que es el Reino, ni de lo que es la vida que nos aporta el Reino, la impresión de que en esto se han atascado demasiados intentos de explicar lo que es el Reino de Dios.
Por supuesto, la pregunta más frectiente que se han planteado los teologos sobre el Reino de Dios no se refiere (directamente) a la distinción entre lo natural y lo sobrenatural. La gran pregunta que se ha hecho la teologia (desde el siglo XIX) es cuándo viene el Reino de Dios.
Quiero decir lo que más ha preocupado a los teólogos es si el Reino vendrá en el futuro y solo en el futuro último, o sea, al final de los tiempos, como penso  A. Schweitzer, si ya vino y se cumplió en la vida y en la actividad de Jesús, según la opinión de Ch. Dodd, o si, más bien, hay que adoptar una postura intermedia, que se resumiría en el "ya pero todavía no” , la formula que adoptó 0. Cullmann.

Ahora bien, a mí me parece que esta pregunta sobre cuándo se realiza el Reino de Dios, en el fondo, nos remite a la cuestión de la vida en la se realiza el Reino. Porque, como muy bien ha observado Jon Sobrino, “para responder al cuándo hay que saber el qué es el Reino de Dios”.
Y, como acabamos de ver, el Reino se relaciona, ante todo, con la vida. 0 dicho más claramente, la realización del Reino es la realización de la vida.
El problema está en que muchos teólogos, en cuanto se plantean el asunto de la vida, se hacen un lío con la interminable discusión sobre si el Reino se refiere a "esta" vida o a la "otra" vida.
En otras palabras, si el Reino tiene o no tiene una dimensión futura.  Es verdad que sobre este punto, existe una discusión de fondo, que se viene arrastando desde el siglo pasado.
Que el Reino apunta a un futuro que esperamos álcanzar, es algo que hoy no se duda. Pero, como ha escrito acertadamente Julio Lois, "en realidad la cuestión más discutida se centra en cómo entender esa dimensión futura del Reino.
¿Futuro inminente? ¿Futuro cercano? ¿La inminencia o cercanía fue más bien creación de aquella comunidad postpascual? ¿Pensó Jesús que el Reino futuro era una realidad trascendente que llevaría consigo el Fin del mundo o lo entendió más bien como una transformación de la historia y no como una superación de la misma?
Está aquí en juego nada menos que la inci­dencia en la historia del proyecto de Jesús y, por tanto, el cómo han de relacionarse con la realidad sus seguidores/as al asumir ese proyecto".
Yo creo que esta complicada discusión deja de tener sentido en cuanto caemos en la cuenta de que la relación más directa e inmediata del Reino es con "esta" vida. Quiero decir: o negamos el valor histórico de la insistente afirmación de los evangelios sobre el entusiasmo que suscitó, en la gran masa del pueblo más simple, el anuncio de la llegada del Reino; o no tenemos más remedio que aceptar que lo del Reino se refiere a lo que aquellas gentes más deseaban y más necesitaban.
Y eso era, sin duda alguna, por lo menos, vivir. Y, además, vivir con dignidad.





4.7. El Reino como plenitud de vida



Pero hay más. El entusiasmo de la gente se comprende mejor si tenemos en cuenta algo más concreto que ya he dicho antes. Los dirigentes religiosos de aquel pueblo, concretamente escribas y fariseos, esperaban la venida del Reino como un yugo: el yugo de la Ley. Es decir, para aquellos dirigentes, el Reino vendría en cuanto el pueblo se sometiera incondicionalmente, no sólo a las exigencias éticas de la Torá, sino además a los incontables preceptos y observancias y ritualismos que los letrados cargaban sobre las abrumadas espaldas de la pobre gente. Y eso significa obviamente que el pueblo sencillo tenían que pensar en la venida del Reino como una carga insoportable que le iban a echar encima, ademas de las muchas cargas de escasez, de hambre, de sufrimientos y de miseria, que ya llevaban soportando tantos años. Pues bien, estando así las cosas, se comprende el sentido exacto y el alcance que tuvo el entusiasmo popular que se produjo en cuanto Jesús se puso a decirle a aquel pueblo que ya llegaba el Reino, pero no como lo anunciaban los dirigentes, no como el yugo de la religión que le iba a oprimir aún más, sino como vida, como libertad, como gozo y alegría, como dignidad para cuantos se veían y eran vistos como indignos, como pecadores des­preciables o como endemoniados peligrosos.
En definitiva, el Reino como plenitud de vida. Ahora bien, esto tuvo que provocar inevitablemente un enfrentamiento:
                        El conflicto entre los dirigentes y Jesús. Con esto llegamos al punto capital para entender lo que quiso decir Jesús cuando se puso anunciar el Reino.



[1] Si bien hay textos que no se refieren a esta vida, sin más, sino a la vida con alguna connotación de tipo trascendente (MI: 4, 4; Mc 12, 27; Lc 4, 4; 15, 13. 1, .32; 17, 33; 20, 38).
[2] Por ejemplo: Mt 13, 40‑42. 47‑50; cf. Mt 24, 3 par; 24, 30 par; 25, 3 1. E. P. \ NDERS,Jesus andjudaism, Londrés, 1987, 142‑143

[3] GEZA VERMES, La religión de Jesus eljudío, 171. 4.

GEZA VERMES, o.c., 178.

[4] Como es sabido, la fuente Q es la que se expresa en los pasajes comunes a Mateo y Lucas, que no 1,1,Oviene del evangelio de Marcos.
[5] Mateo lo formula diciendo "con el Espíritu de Dios", mientras que Lucas habla del Medo de Dios". Pero ambas expresiones son, en el fondo, equivalentes en cuanto que indican el poder de Dios (cf. Ex 8, 15; Dt 9, 10; Sal 8, 4). Cf. P. BONNARD, Evangelio segdn Mateo, 279; J. A FITZMYER, El evangelio segz~n Lucas, vol. 111, Madrid, 1987, 346.
[6] 0. BóCHER, daimónion, en H. BALZ y G. SCHNEIDER, Diccionario Exegético del Nuevo Testamento, vol. 1, 818; Id., Ddmonen, en Theologische Real‑enzyk1opdd¡e, vol. XVIII, 279‑286, con amplia bibliografía; Id., Ddmonenfurcbt und Dámone nabwerhr, BWANT, Stuttgart, 1970; Id., Christus Exorcista, BWANT, Stutt­gart, 1972. Prescindo aquí de la discutida cuestión que se refiere a la existen­cia o inexistencia del demonio. Sobre este asunto, aparte de los estudios que acabo de citar, puede consultarse el importante trabajo de H. HAAG, El dia­blo, un fantasma, Barcelona, 1969. Aunque, en todo caso, no sé si tiene mucho sentido preguntarse por la existencia del demonio, ya que quien se hace esa pregunta, está suponiendo que ya sabe "lo que e? el demonio. Y por eso se cuestiona si "eso" existe o no existe. Cuando, en realidad, lo primero que se necesita poner en claro es "lo que entendían" los hombres de la antigüedad cuando hablaban de demonios o de posesiones diabólicas. Y "eso", en última instancia, no está claro. Por eso, me parece más correcto limitarnos a lo que es incuestionable, al menos en los evangeliol: la relación que, en tiempos de Jesús, se establecía entre demonios y enfermedades. Puede consultarse, sobre esta problemática, el estudio de J. 1. GONZÁLEZ FAUS, Jenís y los demonios, en la obra en colaboración Fe yJusticia, Salamanca, 198 1.

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