miércoles, 6 de julio de 2011

II Las ideas indepentistas


II

Las ideas independentistas vinieron de fuera


Los libertadores se alimentaron de las ideas de Francisco de Miranda, un personaje singular que pasó casi dos décadas en Europa, sobre todo Inglaterra, donde fue confidente del Foreign Office, del que llegó a recibir salario, dedicando buena parte de su tiempo a la dolce vita.

Su condición de propagandista de la independencia movió a un puñado de criollos a buscarlo como guía, de forma que la peregrinación a Londres se hizo natural.
Allí llegan a visitarlo Bolívar y San Martín, O'Higgiris y Mariño, los que luego regresan a sus provincias de origen dispuestos a difundir en la región las ideas independentistas, empapadas y deformadas por la influencia anglosajona.

Los criollos que permanecen en América son, más que patriotas, representantes de su estamento social, de terratenientes, funcionarios y comerciantes. Desprecian y temen a los estamentos inferiores, que constituyen la abrumadora mayoría de habitantes, razón por la cual sólo en casos extremos deciden armarlos e incorporarlos al proyecto de independencia, como tropa barata y carne de cañón.

En Buenos Aires, los diputados criollos llaman desdeñosamente «cuicos» a los representantes de indios y mestizos del Alto Perú; en Venezuela califican de «castas infames» a mestizos, zambos y negros. Cuando cae en desgracia, Bolívar es llamado «Longaniza» ó «el zambo», motes racistas que traslucen el desprecio que sienten los criollos por quienes no descienden de europeos.
El desprecio es tanto más intenso cuanto más minoritarios son los blancos, de forma que, allí donde su número es más reducido, la segregación y el racismo son mayores.
Sarmiento, en Facundo, diserta sobre los resultados del mestizaje y sobre las razas que pueblan los países iberoamericanos:

(La fusión) que ha dado mulatos y zambos, ha resultado un todo homogéneo que se distingue por su amor a la ociosidad e incapacidad industrial, cuando la educación y las exigencias de una posición social no vienen a ponerle espuela y sacarlo de su paso habitual. Mucho debe haber contribuido a producir este resultado desgraciado la incorporación de indígenas que hizo la colonización. Las razas americanas [los indígenas] viven en la ociosidad y se muestran incapaces, aun por medio de la compulsión, para dedicarse a un trabajo duro y seguido. Esto sugirió la idea de introducir negros en América, que tan fatales resultados ha producido. Pero no se ha mostrado mejor dotada la raza española cuando se ha visto en los desiertos americanos abandonada a sus propios instintos.

Acto seguido, el ilustre argentino compara esas razas con la colonia alemana o escocesa, y siente «compasión y vergüenza» por sus propios compatriotas. Cita luego al escritor británico Walter Scott, quien había comentado ‑según cita Sarmiento‑ que las vastas llanuras de Buenos Aires estaban pobladas por «cristianos salvajes conocidos por el nombre de huachos (por decir gauchos». Y termina la disertación con una propuesta:

Sería bueno proponerle a la Inglaterra, por ver nomás, cuántas varas de lienzo y cuántas piezas de muselina daría por poseer estas llanuras de Buenos Aires.

Los nuevos Estados se formarán sobre esas improntas.
Por una parte, en sujeción y dependencia a una potencia extranjera.
Por otra, en la exclusión de las vastas mayorías no blancas, a las que oprimen y, sobre todo, temen, de todo lo que pueda ser progreso, riqueza y desarrollo.
Los países nacerán, por tanto, como sociedades duales, fracturadas, sociedades que funcionan, como define Michel Albert en su obra Capitalismo contra capitalismo, desde «la segregación fáctica, el "apartheid económico"», sociedades «que se mueven definitiva y cruelmente en dos velocidades. [Sociedades] donde las categorías de gentes viven, de hecho, en dos planetas diferentes que cada año se alejan un poco más uno del otro».
Volvamos a Sarmiento y su Facundo, obra que es fuente copiosa de información sobre Argentina y, por extensión, sobre las sociedades iberoamericanas después de la independencia:

En la República Argentina se ven dos civilizaciones distintas en un mismo suelo: una naciente, que, sin conocimiento de lo que tiene sobre su cabeza, está remedando los esfuerzos populares de la Edad Media; otra, que, sin cuidarse de lo que tiene a sus pies, intenta realizar los últimos resultados de la civilización europea. El siglo XIX y el siglo XII viven juntos; el uno dentro de las ciudades, el otro, en las campañas.

La contradicción campo/ciudad no es sino el reflejo de la división entre las oligarquías comerciantes y terratenientes, establecidas en Buenos Aires, los siervos ‑gauchos en Argentina, peones, campistos o llaneros, según cada país‑ y los indígenas y negros todos, sin excepción.
Este dualismo, descrito de forma temprana por Sarmiento, aunque ha experimentado variaciones, sigue vivo de muchas formas y explica buena parte de la inestabilidad, la violencia y la fragmentación social que sufren los países. Las diferencias políticas, en las décadas posteriores a la independencia, no van a reflejar solamente una contradicción de ideas ‑como ocurre en países integrados como los europeos‑, sino que manifestarán la oposición entre dos mundos, dos sociedades, donde el bienestar de una minoría depende de la opresión y la explotación de la mayoría. No hay, o son escasos, los puentes y medios que permitan el trasvase y distribución de la riqueza nacional de la minoría a la mayoría para incorporarla al proceso de desarrollo nacional.
Por eso mismo, Latinoamérica sigue siendo la región más desigual del mundo.
En México, un libro escrito por once periodistas dirigidos por Jorge Zepeda y editado en 2007, “Los amos de México”, ha recordado el hecho.
Once multimillonarios, en este país de 40 millones de pobres, poseen el 10 por 100 del PIB mexicano y el 50 por 100 del mercado de valores.
Y México necesita de las remesas de sus emigrantes para nivelar sus cuentas.

La distribución de la riqueza nacional ha sido, desde el siglo XIX, una premisa esencial para lograr el éxito en la formación de los Estados modernos.
Los países latinoamericanos baten todos los récords mundiales de desigualdad, como pone de manifiesto anualmente el coeficiente Gini.
Este coeficiente es una escala entre 0 y 1 para medir el nivel de distribución de los ingresos en un país;
0.      quiere decir que todos sus habitantes reciben los mismos ingresos;
1.      que una persona se queda con to­dos los ingresos del país y el resto no recibe nada.

Guatemala encabeza la lista de la mayor desigualdad en el mundo (índice 0.599), seguido de
Brasil (0.593),
Argentina (0.590) y
Chile (0.559), sólo superados por un puñado de Estados africanos.

Doscientos años de independencia han dado para poco en este y otros campos, demostración de cuán varada se encuentra la región, si bien es necesario precisar que su variedad marca notables diferencias entre unos países y otros y, dentro de los países, en­tre las distintas regiones que los integran.
Los libertadores fueron actores activos de ambos procesos.
Por su ex­tracción de clase, no dudan en construir las instituciones de los nuevos Estados sobre el racismo y la exclusión.
Tampoco dudan en «britanizar» las luchas de independencia, poniéndose al servicio de Inglaterra, aun­que para ello tengan que ofrecer como recompensa sus propios países.
Así, O'Higgins solicita el apoyo de Inglaterra ofreciendo «el oro desen­trañado de las montañas de este país a cambio de la industria de [los] la­boriosos» ingleses.
San Martín, héroe en la batalla de Bailén, primera gran derrota de los ejércitos napoleónicos, pasa de España a Inglaterra de la mano de lord Macoluff, quien le consigue pasaporte y le introduce en los círculos independentistas promovidos por Londres.
Bolívar mismo, aunque no desconoce el precio que conlleva la alianza con la potencia británica (firmado una vez el pacto con el fuerte, ya es eterna la obli­gación del débil», llega a escribir, no duda en exaltar el apoyo que reci­be de Londres, afirmando, con notoria ingenuidad, que «la alianza de Gran Bretaña nos dará una grande importancia y respetabilidad. A su sombra creceremos y nos presentaremos después entre las naciones civi­lizadas y fuertes.
Bolívar, incluso, ofrece Centroamérica a cambio del apoyo inglés, conocedor del viejo sueño británico de dominar el istmo para construir un canal interoceánico.
En su empeño por destruir el do­minio español, Simón Bolívar llega a más y pide, en su célebre Carta de Jamaica, la intervención extranjera, inaugurando uno de los mayores cánceres de la región:

                     La Europa misma, por miras de  sana política, debería haber preparado y ejecutado el proyecto de la independencia americana; no sólo porque el equilibrio del mundo así lo exige; sino porque éste es el medio legítimo y se­guro de adquirirse establecimientos ultramarinos de comercio.

Desde esa temprana época la injerencia extranjera quedará incrusta­da en el quehacer político de los países latinoamericanos, cuyas oligar­quías convertirán a Inglaterra, durante el siglo XIX, en árbitro de los asuntos domésticos y en aliado contra los movimientos que amenazaran su hegemonía.

EEUU, en el siglo XX, sustituirá a la potencia británica, creándose una simbiosis oligarquías‑ imperio que determinará el futuro de la región.

Una simbiosis que se empieza a gestar en los años previos a la independencia, cuando los hijos de las oligarquías criollas inician la peregrinación a Londres para requerir la injerencia extranjera con la que arrebatar el poder político a la Corona española. La fórmula que se adop­tará sigue vigente, aunque las circunstancias históricas mundiales, en el presente, hayan atemperado su funcionamiento y, en algunos casos, im­pedido su puesta en práctica.
En virtud del acuerdo tácito alcanzado en el periodo de independencia, Inglaterra apoyaría a las oligarquías locales a conquistar el poder a cambio de que las oligarquías aceptaran el expo­lio de los países por Inglaterra.
La simbiosis oligarquía‑ imperio funcionará tan bien y llegará a in­crustarse tanto en la mentalidad oligárquica que, cuando EEUU susti­tuye a Inglaterra como potencia hegemónica en el continente, el relevo se hace sin transiciones ni traumas.
La presencia del poder extranjero llegará a ser tan natural que los mismos pueblos, consciente e incons­cientemente, aceptarán sin chistar la tutela extranjera durante siglo y medio.
Aún ahora, el inconsciente colectivo sigue asumiendo la inje­rencia extranjera como una cuestión natural dentro de los países.
Así, la región es escenario de hechos que, si ocurrieran en Europa, darían lu­gar a graves conflictos diplomáticos. En 1945, el embajador de EEUU encabezó campañas y manifestaciones contra Juan Domingo Perón en Argentina. La Embajada de EEUU hizo lo mismo contra Hugo Chávez, en Caracas, en 2002. En 2006, el embajador de EEUU en Managua era el líder de facto de la oposición contra el Frente Sandinista. Y las dere­chas oligárquicas iban tras ellos. En Nicaragua, el canciller del país lle­gó a declarar, en ese año, que el embajador de EEUU sólo había ejercido «su libertad de expresarse» y que el diplomático podía decir cuanto quisiera porque, en definitiva, «EEUU donaba al país más de 500 millones de dólares anuales».

No debe sorprender tal fenómeno. La tutela extranjera había sido legitimada desde la cuna de los países por los padres de las patrias in status nascendi.

Si los propios libertadores habían desfilado por Londres, solicitando la intervención británica para alcanzar sus fines, con un Miranda a sueldo del gobierno británico y con Bolívar reclamando que los europeos intervinieran para borrar el nombre de España, ¿por qué no podían sus sucesores en los gobiernos hacer lo mismo con otras potencias y para el mismo fin? ¿Cuántas veces no volverán a ver los países de América Latina a políticos nativos pulular por capitales extranjeras, mendigando la intervención foránea para ayudarles a alcanzar, conservar o recuperar el poder y las prebendas que ambicionan o han perdido? ¿Cómo se podían construir auténticos Estados nacionales si los Estados nacían hipotecados a una potencia extranjera y gobernados por oligarquías cuyo único propósito era perpetuar su estirpe y clase en el dominio de los países? ¿Sobre qué bases forjar esos Estados si serían, primero Londres y después Washington, los sitios desde donde se determinarían su economía y su política, es decir, su vida y su destino?

El deslumbramiento que lo británico produce en la oligarquía dominante tiene otro efecto, además del injerencismo. Es el fenómeno psicológico que será denominado autocolonización.
Por este fenómeno, según explica el fallecido Eduardo Haro TecgIen,

«el colonizado asume o trata de asumir las costumbres y actitudes del colonizador, hasta convertirse en su satelite».

El autocolonizado siente veneración por el colonizador, al que admite como ser superior ‑lo que lleva implícito reconocerse a sí mismo como ser inferior‑, y la admisión de esa superioridad le lleva a asumir los valores del colonizador como propios, aunque esos valores correspondan a una realidad ajena.
Menosprecia lo suyo por considerarlo inferior y, por tanto, indigno de respeto.
Un episodio recogido por Tony Smith en su obra Los modelos del imperialismo permite ilustrar esta actitud. Es la afirmación del diputado brasileño Joaquim Nabuco:

Cuando entro a la Cámara [de diputados], estoy enteramente bajo la influencia del liberalismo inglés, como si estuviera trabajando bajo las órdenes de Gladstone... Soy un liberal inglés... en el Parlamento brasileño.

La historia latinoamericana, desde la independencia, está llena de Nabucos, cuya actitud mental, política y psicológica es diametralmente opuesta a la del colonizador, siempre atento a cuanto beneficie a su país.
Es lo que quería expresar el célebre ministro inglés lord Palmerston, autor, al parecer, de la no menos célebre afirmación de que «Inglaterra no tiene amigos o enemigos, sólo tiene intereses.
Igual ocurrirá cuando el dominio británico sea sustituido por el estadounidense, como ilustra el siguiente suceso.

En 1925, un grupo de políticos nicaragüenses se reunió con el ministro (embajador) de EEUU en Managua, para solicitar el apoyo estadounidense a sus personales ambiciones. El ministro comentó después: «Aquí se piensa muchas veces que nosotros venimos a servir los intereses de los unos contra los otros; pero se equivocan. Nosotros servimos los intereses de nosotros mismos».

Décadas después, el presidente Ronald Reagan recordaría esa verdad en 1983:
«Nosotros no estamos en el mundo para defender los intereses de los demás. Estamos para defender nuestros intereses».

En la cabeza de don Joaquim Nabuco y de sus pares, ese tipo de criterios jamás habría encontrado sitio.

Por demás, como señala Karl Deutsch en su obra El análisis de las relaciones internacionales, la autocolonización es fomentada por el colonizador de múltiples formas, como promoviendo la educación en la metrópoli de las elites gobernantes, el otorgamiento de becas a sectores dirigentes reales o potenciales, y con la penetración ideológica a través de los medios de comunicación (en Latinoamérica, la televisión procedente de EEUU, sobre todo por cable, constituye un monopolio de facto).
Así garantizan la transmisión de los valores coloniales y la reproducción de una minoría ilustrada que gobierne según la línea e intereses del poder colonial.
El autocolonizado garantiza un dominio ideal.
Nativos del país gobiernan y se encargan de perpetuar el control de la metrópoli, sin necesidad de tropas coloniales o de una represión continua.
De la misma manera, nunca han faltado minorías intelectuales ‑o que se hacen pasar por tales­ ni escritores ilustres que se convierten en portavoces, hoy como ayer, de los valores colonialistas.
Los defienden con ve­hemencia desde presuntos criterios de libertad y modernidad, bien desde sus propios países, bien aposentados en los países ricos de cuyos intereses y valores son estandartes, punta de lanza y hasta candidatos presiden­ciales, que, de tan separados que viven de sus pueblos, suelen terminar derrotados. Para mantener sus lealtades, en los países ricos se les llena de honores y premios, se les integra en sus academias y foros, con lo cual profundizan el fenómeno de la autocolonización, porque ¿no es el sueño más querido del siervo verse convertido en señor y ser tratado como tal por el amo que antes te daba de latigazos?
Entre, 1841 y 1894, periodo en que Inglaterra impuso un «Reino Mosco» en el Caribe nicaragüense, el elegido era investido «rey» por el capitán de un navío inglés, que le ves­tía con una casaca y adornaba con abalorios y baratijas, en lo que era, a ojos del inglés, un remedo y una burla.
Remedo y burla que bastaban para que los naturales le creyeran ungido por su Graciosa Majestad y la defendieran a muerte.
No les daba, su umbral de conocimiento, para percibir el sarcasmo sangrante del acto.
No tendrán umbral la miríada de tiranuelos y presidentillos que ocuparán los solios en las derruidas repú­blicas para distinguir la burla del agasajo, de tan apurados que solían an­dar por obtener las bendiciones de sus admirados amos, a los que imita­ban hasta en las muecas, aunque nunca les igualaran.

Desde los orígenes, las oligarquías latinoamericanas han procurado educar a sus hijos en las metrópolis, como parte indispensable del proce­so para reproducirse como clase y como gobierno: en el siglo XIX, en Londres y París; en el XX, en EEUU. Desde hace un siglo, Washington mantiene cuotas en universidades y academias militares para recibir en ellas a los designados de cada país.
Se cuentan por centenares los presi­dentes y ministros que han estudiado en EEUU y que, ya en el cargo, han sido obedientes cumplidores de lo aprendido.
Y por decenas de mi­les los militares que han realizado cursos en academias estadounidenses,. particularmente en la hoy desaparecida Escuela de las Américas, donde eran entrenados para oprimir y asesinar a sus propios pueblos.



No hay comentarios:

Publicar un comentario