miércoles, 6 de julio de 2011

III L inependencia y las guerras internas


III
La independencia y las guerras internas


De la imprevisión y ausencia de visión de futuro que tenían los libertaidores, y las oligarquías en general, da cuenta un hecho que marcará el destino de los nuevos países:
Las derrotas de los maltrechos y aislados ejércitos realistas abren las puertas a la anarquía, el caos y, peor aún, las guerras civiles.
De México a Argentina, las oligarquías se dividen por obtener el control del poder y, en ese afán, hunden a los pueblos en interminables guerras fratricidas, que se prolongarán a lo largo del siglo XIX y, en algún caso como Colombia, perduran todavía.
Mientras Bolívar avanza, sin mirar atrás, sobre Bogotá y cruza los Andes, Venezuela se sume en una guerra atroz de todos contra todos que, con 100.000 muerlos sobre una población inferior al millón de habitantes, la dejará arruinada y desangrada para el resto del siglo.
Entre 1821 y 1846, México se hunde en una espiral destructiva.
Tiene 27 gobiernos con 72 gobernantes, lo que es aprovechado por EEUU para arrebatarle, en 1847, la mitad del territorio heredado de España.
Bolivia, a lo largo del siglo XIX, tiene 28 gobiernos y cinco guerras, entre ellas la Guerra del Pacífico, que la priva de su salida al mar. Perú, entre 1821 y 1851, tiene 21 gobiernos.
La República Federal Centroamericana naufraga en 1836, a causa de las guerras civiles y las mezquindades de las oligarquías, mientras Inglaterra se queda con Belice y ocupa la Mosquitia de Nicaragua, donde, en 1856, tina nueva guerra civil hace posible que un puñado de filibusteros se apodere del país, con la intención de anexar Centroamérica a EEUU.
La unidad centroamericana logra vencerlos, pero Nicaragua queda arrasada.
En Argentina, las guerras civiles se prolongan hasta 1860, para desembocar en el peor conflicto conocido por América Latina, la Guerra de la Triple Alianza contra Paraguay.
Éste era, paradójicamente, el único país que se había librado del caos y las guerras único país, también, que había sentado la bases de un Estado fuerte, con reforma agraria, educación pública y proteccionismo económico. La guerra agravará la crisis económica argentina y destruirá Paraguay por cien años.

Bolívar tiene conciencia tardía del caos en que se hundían, uno tras otro, los países latinoarnericanos, y la solución que propone al desastre reinante, provocado por él mismo, hace aún mayor la perplejidad respecto de su idea sobre el futuro de la región.
La solución de Bolívar es poner a los nuevos países bajo tutela extranjera, hasta la resolución de las crisis intestinas.

«Los Estados americanos han menester de los cuidados de gobiernos paternales que curen las llagas y las heridas del despotismo y la guerra», afirma Bolívar en la Carta de Jamaica.

Primero pidiendo la intervención foránea y luego proponiendo la tutela extranjera sobre los países emergentes, ¿qué independencia podía ser aquélla? ¿La guerra contra España para cambiar las cadenas? ¿Alguien se imagina, en el EEUU de los años de independencia, a Thomas Jefferson o a George Washington pidiendo la tutela extranjera para el naciente Estado?
Ciertamente, los independentistas estadounidenses necesitaron de Francia y España, sin cuya intervención hubiera sido imposible lograr la derrota de Inglaterra.

Pero no es menos cierto que, en las negociaciones de París entre las potencias europeas sobre EEUU, los negociadores estadounidenses terminaron arreglando bilateralmente sus diferencias con Inglaterra para garantizar, justamente, la independencia real de su país, dando con un palmo en las narices a los dos países que habían hecho posible esa independencia.
Los próceres estadounidenses nunca se plantearon cambiar un dominio por otro, es decir, pasar del dominio británico al franco-español.
Su objetivo fue siempre, como lo demostraron en París, tener un país para ellos mismos.
No se trataba tanto de derrotar a Inglaterra por derrotarla, sino de crear un país independiente, la defensa de cuyos intereses ocupó siempre (y ha seguido ocupando) un lugar señero en la mente y los planes de los dirigentes de EEUU, lo que ha sido un factor determinante de su éxito como clase dominante y como país.
En Latinoamérica, por el contrario, se buscaba la derrota de España sin más, razón por la cual no se dudó en bendecir la injerencia extranjera antes y después de las guerras de independencia.
Por ese motivo, los intereses nacionales no ocuparon nunca un lugar similar al que poseían en EEUU y sí, en cambio quedo formando parte del ethos nacional  la revelancia csi idolátrica del poer foraneo

Otro efecto terrible dejó la independencia, cual fue la fragmentación de los dominios de España en quince países, división que hizo mayor la runina de los nuevos Estados y dio pie a conflictos bélicos, intervenciones extranjeras y la rapiña de territorios.
En el caso de Centroamérica, determino que aquellos reducidos Estados fueran presa de oligarquías cacivernarias y ambiciones extranjeras, que a la postre dejarán como resultado la  desarticulación de los países del istmo, convertido en campo de batalla de los intereses de estadounidenses e ingleses.

Tres países resultaron beneficiarios netos de la desastrosa independencia hispanoamericana:
Inglaterra, que queda como potencia hegemonica y aprovecha el caos imperante para imponer su diktat económico y comercial, consolidar su dominio sobre Belice y Guyana, y apoderarse de la Mosquitia de Nicaragua y del archipiélago de las Malvinas de Argentinatina‑,
EEUU, que logra triplicar su territorio a expensas de España primero y México después; y
Brasil, que merced al ejército sabe evitar la la framentación de su vasto territorio y, desde Sáo Paulo, impulsa un política de expansión territorial que le permitirá ampliar sus dominios a costa de casi todos los países vecinos, hasta convertirse en el más extenso Estado de Sudamérica, como se verá más adelante.

Un factor determinante del futuro de la región es que la independencia latinoamericana no es resultado de causas endógenas, por más que los historiadores nativos, sobre todo en el siglo XIX, hayan querido presentar aquel proceso como una gesta nacida de las entrañas de los pueblos «oprimidos» por España.
No es que no existieran causas objetivas que habrían llevado en un momento dado ‑como ocurrirá en Cuba a partir de 1860‑ a plantear la independencia como parte de un proceso natural de maduración de las sociedades iberoamericanas.
Pero a principios del siglo XIX esas causas no existían, entre otras razones porque las colonias españolas vivían un periodo de prosperidad o resurgimiento a causa, sobre todo, de las reformas internas y extendidas a América durante el reinado de Carlos III y la época del despotismo ilustrado.
Estas reformas habían provocado una recuperación notable de España como potencia mundial y contribuido a mejorar la economía y la administración de los vastos dominios que conformaban la Corona española, de América a Filipinas.

Por lo demás, algunos episodios históricos permiten sostener que no sólo no existía un sentimiento independentista en la vasta mayoría de la amplia mixtura que formaba la población hispanoamericana, suma de españoles, criollos, mestizos, mulatos, zambos, indígenas, negros y europeos de la más variada procedencia, sino todo lo contrario.
En el siglo XVIII se había consolidado un fuerte sentimiento de identidad y pertenencia a un corpus político propio y singular, una patria grande, que llevaba a las autoridades y habitantes de aquellos extendidos dominios a defender sus territorios y la Corona con un ardor y un empeño envidiables.
Las páginas de la historia hispanoamericana están llenas de pequeñas, medianas y enormes victorias militares sobre Inglaterra, que resultarían imposibles de explicar ‑sobre todo las que se dieron entre 1760 y 1807 ­de no existir un fuerte espíritu de vinculación al sistema imperante y, por qué no decirlo (rompiendo otro tabú de la mitología regional), a lo que representaban España y la Corona.
Los dominios españoles se defendían unos a otros, comerciaban y se movían dentro de un espacio común que se aceptaba como tal.
El aporte que llegaba de España era variable, según la magnitud del conflicto, pero las provincias, por lo general, se defendían con lo que tenían y les llegaba de otras provincias, sobre todo en el Caribe.

Entre 1741 y 1807, Inglaterra realizó esfuerzos denodados por apoderarse de plazas y sitios estratégicos en América, para quebrantar el dominio español y expulsar a España como gran potencia colonial continental y mundial.
Se inició la campaña con el intento inglés de tomar Cartagena de Indias, dando lugar a la primera de una serie de encarnizados combates entre españoles y británicos en plazas españolas en el continente americano.
La invasión e intento de ocupar Cartagena fue la mayor derrota sufrida a lo largo de su historia por la flota imperial británica.
Para el ataque, Inglaterra juntó la flota más grande jamás vista por el mundo ‑ 186 buques‑, sólo superada siglos después por la que desembarcó en Normandía.
Los defensores de Cartagena eran apenas unos 3.600 hombres, frente a los 27.000 soldados británicos.
Pese a ello, la invasión fue derrotada tras encarnizados combates, y los ingleses sufrieron tales pérdidas que tuvieron que incendiar varios barcos por falta de tripulación.
La anecdota la dejó el presuntuoso jefe de la flota británica, el almirante Vernon, quien, antes de cazado el oso, había enviado a Londres una carta dando cuenta de su victoria.
El rey Jorge II, al recibir la carta, ordenó acuñar monedas en las que aparecía el jefe español de Cartagena, Blas de Lezo, de rodillas ante un triunfante Vernon.
Cuando en Londres se supo la verdad, Jorge II ordenó retirar las monedas y borrar de la historia inglesa humillante derrota de Cartagena de Indias.

Un intento similar ordenó Inglaterra sobre La Habana, en 1762, de la que se logra apoderar después de feroces combates, de lo que da cuenta el número de bajas de los contendientes, que son mil de hispano‑cuhimos y casi dos mil entre los británicos.
La Habana permaneció bajo control inglés once meses, siendo devuelta a España a cambio de la Floirida.
No hubo, pese al atinado gobierno inglés, que abrió un periodo de prosperidad en la isla, intento alguno de rebelión contra España, que, de haberse dado, le habría hecho casi imposible recuperar su mayor dominio caribeño (la sublevación de las colonias británicas en América se iniciaría doce años después, en 1775).

Entre 1762 y 1780, los ingleses intentan apoderarse del río San Juan (un viejo sueño acariciado desde los tiempos de Cromwell), en la provincia de Nicaragua, viéndose en ambos casos frustrados sus intentos.
En la primera, de 1762, son derrotados por una jovencita de 19 años, de nombre Rafaela Herrera, que había quedado al mando de la fortaleza de la Inmaculada por la muerte de su padre, jefe de la misma.
Atemorizados por la flota inglesa y privados de capitán, muchos de los defensores hablaron de  rendirse. Cuenta la historia que, en aquella coyuntura, la jovencita Herrera exclamó: «Los cobardes que se vayan y los valientes que se queden a morir conmigo».
 Ante tal arrojo, la tropa se aprestó a la defensa, disparando ella el primer cañón, «con tan feliz acierto ‑cuenta el historiador José Dolores Gámez‑ que del tercero logró matar al comandante inglés y echar a pique una balandrita».
Por la noche, hizo empapar lonas de combustible y echarlas al río, hacia las naves inglesas, que levaron anclas, asustadas por lo que creyeron fuego griego.
Dos días después levaban anclas, derrotados. Los defensores de la fortaleza celebraron la victoria al grito de «Viva Carlos III», no «Viva Nicaragua», entidad política que entonces no existía, salvo bajo la forma de provincia integrada en la Capitanía General de Guatemala, que era parte de la Corona espa­ñola.

En el segundo ataque inglés, de 1780, los invasores llevan entre su oficialidad al capitán Horacio Nelson, entonces de 22 años.
Es la más grande fuerza expedicionaria enviada contra el castillo, contando los ingleses con centenares de zambos mosquitos para el ataque.
El castillo de la Inmaculada, por su parte, se encuentra reparado y dotado de una fuerte guarnición de castellanos, criollos, pardos y negros. Al amane­cer del día 12 de abril de 1780, sigue relatando el historiador Gámez, «el enemigo toco una diana y saludó el pabellón con un hurra prolonga­do. Los españoles izaron también su bandera, dieron un viva a Carlos III y rompieron los fuegos».
Los combates son durísimos y la oficialidad del castillo decide resistir «hasta el último extremo».
No obstante, para el 19 de abril habían agotado las balas de cañón, salvo 63 reservadas para casos extremos. La situación se torna imposible el día 21, pues los si­tiados no pueden mantener el aprovisionamiento de agua. Sin muni­ciones ni agua, el 22 de abril tiene lugar la rendición.
Sin embargo, la victoria inglesa es pírrica. Sus pérdidas han sido tan graves, en hom­bres y barcas, que no pueden moverse de la fortaleza. Los escasos re­fuerzos que llegan de Jamaica no bastan para suplir las bajas. Final­mente, la disentería se ensaña con las tropas y se ven obligados a retirarse meses después.
Entre las bajas inglesas, dicho sea de paso, se cuenta Nelson, afectado seriamente de disentería.
De los 200 hombres que había llevado el capitán Nelson al asalto del castillo de la Inmacu­lada, sólo sobrevivieron diez.
Puerto Rico afrentó, en 1797, la siguiente gran ofensiva británica so­bre dominios españoles. Inglaterra envió 68 buques y 14.000 hombres.
Frente a ellos había, según la mayoría de historiadores puertorriqueños, unos 6.000 defensores.
Los combates se prolongan del 18 de abril al 1 de mayo, cuando los ingleses se ven obligados a volver a sus barcos, después de sufrir fuertes pérdidas y ante el temor de verse rodeados por las tropas hispano‑puertorriqueñas.
Para el escritor puertorriqueño Luis López Nieves, «la historia de esta invasión es probablemente la más dramática de todas» las invasiones extranjeras sufridas por la isla.
El impacto dejado entre sus habitantes fue tan grande que, aún hoy, cantan la copla que recuerda el heroísmo del sargento mayor del Toa, Pepe Díaz, quien, rela­ta Lopez Nieves, «reunió a 50 milicianos voluntarios de su pueblo y acu­dio en rescate de la capital.
En el puente de Martín Peña, tras una lucha herocia cuyos detalles no se conocen, Pepe Díaz recibió de frente la descarga de un cañón y murió».
La copla que siguen cantando en Puerto Rico dice así:

En el puente de Martín Peña
mataron a Pepe Díaz,
el soldado más valiente
que el Rey de España tenía.

Las últimas en el tiempo fueron las invasiones inglesas de Buenos Aires, entre 1806 y 1807, que terminaron igual que las anteriores en otros puntos de la geografía americana de España.
No obstante, por su proximidad en el tiempo a las guerras de independencia, las dos invasiones de Buenos Aires merecen una recapitulación.
La primera, de 1806, terminó con la conquista de Buenos Aires y la derrota inglesa merced a los soldados y pertrechos enviados por Montevideo, al mando de Santiago de Liniers, español de origen francés.
Episodio singular protagonizado por Manuel Be1grano, quien, tras la rendición del cabildo bo­naerense al invasor inglés, se retiró «casi fugado», según expresara él mismo, a la banda oriental del Plata, afirmando decidido: «Queremos al antiguo amo o a ninguno».
El ejército de Liniers se refuerza con la caballería de Juan Martín de Pueyrredón y los voluntarios de Martín de Alzaga, rico comerciante de origen vasco. juntos acorralan a los ingle­ses y logran su rendición.
La flota inglesa, pese a la derrota, no abandona el río de La Plata, a la espera de refuerzos.
Éstos llegan al mando del general Whitelocke, a finales de 1806.
Con las nuevas tropas, toma Montevideo y prepara la se­gunda invasión de Buenos Aires. Ante el peligro que se cierne sobre la ciudad, Liniers emite una proclama para crear unos cuerpos urbanos que asumieran su defensa.
La proclama, de septiembre de 1806, decía, entre otras soflamas:


Es justo temor de que veamos nuevamente cubiertas nuestras costas de aquellos mismos bajeles enemigos que poco hace hemos visto desaparecer huyendo de la energía y vigor de nuestro invencible esfuerzo; la lisonjera y bien fundada esperanza de conservar en toda su opinión las victoriosas armas de nuestro muy amado soberano; y el mantenimiento y sostén de la alta gloria con que se acaba de cubrir esta felicísima provincia por el incomparable ardor con que habéis vencido y sojuzgado los escuadrones enemigos que osaron profanar con el estruendo de sus armas este afortunado suelo, me hacen esperar sin el menor motivo de zozobra que correréis ansiosos de prestar vuestro nombre para defensa de la misma patria que acaba de deberos su restauración y libertad. [ ... )

Así, para que no decaiga un solo punto la gloria de que para siempre habéis cubierto al suelo americano, para mantener con dignidad la alta reputación de las armas del rey católico, y para asegurar la quietud tranquila de vuestros hijos y la posesión de vuestros bienes, exige el respeto a la religión, la lealtad al soberano y el amor a la patria, de que sois tan dignos habitantes, el que renazcan en América los antiguos e inextinguibles timbres de las provincias de la monarquía española, resucitando aquí sus hijos aquel antiguo esplendor que ha constituido el carácter distintivo de su fidelidad y de su gloria. ( ... )

Vengan, pues, los invencibles cántabros, los intrépidos catalanes, los valientes asturianos y gallegos, los temibles castellanos, andaluces y aragoneses; en una palabra, todos los que llamándose españoles se han hecho dignos de tan glorioso nombre. Vengan, y unidos al esforzado, fiel e inmortal americano, y a los demás habitadores de este suelo, desafiaremos a esas aguerridas huestes enemigas que, no contentas con causar la desolación de las ciudades y los campos del mundo antiguo, amenazan envidiosas invadir las tranquilas y apacibles costas de nuestra feliz América.

¿Puede creerse que, en esos años, anidaba alguna idea clara, determinada o precisa de independentismo?
¿No habrían firmado o repetido la proclama de Liniers los ejércitos y milicias que habían defendido tan heroicamente La Habana, Puerto Rico, Cartagena de Indias o el río San Juan de Nicaragua?
Un ardor que, en el caso de Buenos Aires, hizo exclamar al derrotado general Whitelocke, delante de la corte marcial que lo juzgaba por la terrible y humillante derrota militar sufrida en el Plata:

No hay un solo ejemplo en la historia que pueda igualarse a lo ocurrido Buenos Aires donde, sin exageración, todos los habitantes, libres o esclavos, combatieron con una resolución y una pertinacia que no podía esperarse ni del entusiasmo religioso o patriótico, ni del odio más inveterado o implacable.

La realidad es que los generales ingleses derrotados en Cartagena, Puerto Rico o el río San Juan de Nicaragua habrían podido repetir las mismas palabras.

Los hechos, en este sentido, se acumulan en los libros de historia, censurados o desfigurados durante 200 años para mantener la, mitología oficial.

Así, la resistencia en el castillo de la Inmaculada Concepción, en Nicaragua, en 1780, fue tan feroz que, habiendo agotado las balas sus defensores, tomaban las inglesas y las devolvían con sus cañones.
De no haberse quedado sin suministro de agua, la resistencia habria sido hasta la muerte. Pero para entonces, las pérdidas humanas inglesas eran tan graves que los invasores debieron retirarse.
Una victo­ria pírrica que no impidió que el San Juan siguiera siendo español.

       En todas aquellas invasiones que se prolongaron por medio siglo, es­pañoles, criollos, zambos, mestizos, indígenas y negros combatieron, hombro con hombro, contra los invasores, defendiendo algo que era más que un dominio colonial.
       Que era, ya, el germen de patria, pero in status nascendi, verde, inmaduro, razón por la cual la identificación seguía siendo en la pertenencia a un ente superior cuya capital estaba en Madrid.
       Por tal motivo, en ninguno de los sitios atacados por los ingle­ses, se dio conato alguno de rebelión o secesión. Fue, como señalan los epi­sodios recogidos, lo opuesto.
       Una defensa heroica y férrea de todas y cada una de las plazas frente al invasor extranjero, dato tanto más cuanto que Espña mantenía poc tropa peninsular en América, de manera que el grueso de sus ejércitos americanos lo formaban gente del lugar.
       De esta realidad hay tantos ejemplos que sería, cansino relatar­los. Con pardos y mestizos, el capitán general de Guatemala forma el ejército que expulsa a los ingleses de la Mosquitia, reduciéndolos a Belice.
       Bernardo de Gálvez recluta, en 1779, tropa en México, Canarias, Cuba, Puerto Rico y Dominicana para las campañas militares contra Inglaterra en Luisiana y Florida, con resonantes victorias.
       Fuerzas milicianas, recursos y armas llegan a Buenos Aires de Uruguay y Paraguay, para la defensa de la ciudad rioplatense ante la segunda invasión inglesa, en 1807.
       Tropas de Cuba y Puerto Rico llegan a Nueva Granada, para combatir las primeras intentonas de Bolívar y Miranda...
       Ciertamente, aquella América española unida era fuerte, invencible y respetada.
       Nunca pudo el inglés obtener triunfos principales ni retener mucho tiempo sus conquistas, y sí, en cambio, sufrir algunas de sus mayores derrotas en Cartagena, Puerto Rico o Buenos Aires, derrotas tan devastadoras para el orgullo inglés que las borraban de su historia.






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