viernes, 1 de julio de 2011

W de Wikileaks 43 Expediente ROZSA: Caso abierto


Libro de Bruno Cardeñosa
W de Wikileaks
Libros Cupula

43

EXPEDIENTE ROZSA: CASO ABIERTO

El 16 de abril de 2009 se produjo en el hotel Las Américas de Santa Cruz (Bolivia) una de las operaciones secretas más inquie­tantes de los últimos tiempos: un comando especial de la policia, el comando Delta, asaltó el establecimiento y ejecutó en sus habi­taciones a tres hombres que, según las informaciones difundidas por el gobierno, tenían como objetivo asesinar a Evo Morales, el presidente del país, e iniciar una revolución armada en Santa Cruz, una región de Bolivia rica en petróleo y gas natural, y la más floreciente en cuanto a agricultura y ganadería.

En los últi­mos años han aparecido varios movimientos separatistas en la región. Al frente del comando terrorista se encontraba un boli­viano de origen húngaro llamado Eduardo Rózsa. Junto a él mu­rieron el también húngaro Árpad Magyarosi, y el irlandés Mi­chael Dwyer. También resultaron heridos el boliviano de origen croata Mario Tadic y el húngaro Elod Toaso.

Desde la presidencia del gobierno se afirma que los movi­mientos independentistas están financiados desde el exterior y los vincula al interés de Estados Unidos y las grandes empresas petro­leras por hacerse con los recursos energéticos, que fueron parcial­mente nacionalizados por Evo Morales, el primer presidente indí­gena en la historia del país que siempre ha estado gobernado por representantes blancos de las oligarquías‑, una de cuyas promesas electorales era impedir que empresas extranjeras domi­naran esos recursos y obtuvieran el beneficio de su explotación.
Como en otros países de América, las grandes petroleras tuvieron que aceptar la participación estatal en los pozos de hidrocarburos con la consiguiente reducción en el porcentaje de beneficios.
Y aunque esas empresas siguen obteniendo dividendos extraordinarios, un porcentaje de los beneficios mucho más amplio que antaño van a parar a las arcas del Estado. Igualmente cierto es que, pese a lo que se señale desde La Paz, el sentimiento separatista en Santa Cruz tiene lejanas raíces en el siglo XIX.

En 2008, el referéndum para otorgar autonomía a la región obtuvo el respaldo de cuatro de cada cinco electores. Sin embargo, en la actualidad, los partidos políticos que capitalizan esos movimientos lideran las críticas a Evo Morales en el sentido de asociarlo a una suerte de eje del mal versión latina junto a Venezuela o Ecuador, asunto que está presente en decenas de informes emitidos por las embajadas norteamericanas.
Poco antes de que se produjera la operación del hotel Las Américas, el embajador de Estados Unidos en Bolivia fue expulsado del país acusado de interferir en asuntos internos de la política boliviana.
Se trataba de Philip Goldberg, que a finales de los ochenta había sido el representante de Estados Unidos en la antigua Yugoslavia; ya entonces había sido criticado por interferir en asuntos internos al alentar los movimientos separatistas que acabaron por provocar el descuartizamiento del país.

Pocas semanas después de la operación policial, el nuevo embajador de Estados Unidos en Bolivia hizo llegar a Washington un informe en el que señalaba que existen dudas sobre la versión oficial respecto a los planes de Rózsa para asesinar a Evo Morales.
Además presume que los terroristas habían sido contratados por los servicios de inteligencia de Bolivia con objeto de organizar una falsa trama y justificar las operaciones contra los opositores de Santa Cruz.

El informe que se encontraba en el cablegate no habría sido buscado de no ser porque antes de su aparición en las páginas de El País el 29 de diciembre de 2010, se habían presentado cargos contra treinta y nueve presuntos implicados en la operación terrorista. Entre los procesados aparecen empresarios y políticos que se habrían hecho con los servicios de los mercenarios. En la información publicada por la periodista Maite Rico se puede leer:

 «Según un testigo entrevistado por la embajada estadounidense, quien realmente contrató a Rózsa fue el coronel Jorge Santiesteban, entonces jefe de inteligencia de la Policía, y su segundo, el capitán Walter Andrade.
El objetivo era tender una trampa a los grupos separatistas y de paso liquidar políticamente a los princi­pales dirigentes regionales.»

Según el informe del embajador, la policía ejecutó a los sospechosos en contra de lo que asegura­ron las versiones oficiales, sin que pudieran tener siquiera la op­ción a defenderse.
Además, indica que los dos supervivientes fue­ron torturados por la policía para obligarlos a declarar según un guión preestablecido para culpar a los opositores de Evo Morales.
El borrado de las cintas de vídeo del hotel y de los registros infor­máticos correspondientes a ese día fortalecen las sospechas, y el embajador señala que se plantaron pruebas incriminatorias en la escena de la operación, entre ellas un vídeo en el que Rózsa habla­ba de sus planes para atentar contra Morales y otros documentos que confirmarían la existencia de la trama perpetrada desde los rincones ocultos de la oposición en Santa Cruz.
La publicación del informe provocó un gran impacto en Bo­livia, y hubo reacciones de dos tipos: por un lado, los férreos opositores al régimen consideraron el escrito como una prueba de las maquinaciones secretas urdidas por el gobierno, y por otro, se acusaba a El País de seleccionar el cable de forma inten­cionada para arremeter contra Evo Morales y sus políticas, dis­cutidas por el periódico madrileño desde hace años.
Los defenso­res del «nuevo socialismo señalaban que el embajador había emitido aquel informe sobre la base de un solo testigo próximo a la oposición, lo que confirmaba que el trabajo de los diplomá­ticos es, en muchos casos, poner sello oficial a los intereses de Estados Unidos, y en este caso, esos intereses eran defender las teo­rías que acusan a Evo Morales de formar parte de una conspira­ción comunista en el continente.
«La verdad posiblemente nunca se sepa», reconocía resignado el embajador al final del informe.
Lejos de los intereses de unos y otros, los millones de páginas de documentos que han puesto sobre la mesa las acciones de W1­kileaks deberían ser piezas que utilizar a la hora de completar el puzle de Historia, aunque ésta sea tan reciente que difícilmente se puede hablar en pasado.
Eduardo Rózsa nació en 1960 en la misma Santa Cruz. Los conflictos armados de América Latina obligaron a su familia a huir del continente rumbo a Europa. Recalaron en Hungría. Alli tenían raíces.
 Y allí decidieron quedarse. Se dedicó a actividades de las que nada se sabe hasta que desembarcó en el mundo del periodismo. Trabajó como corresponsal en la guerra de la antigua Yugoslavia. Sus crónicas fueron difundidas por la BBC o La Vanguardia; en Belgrado se codeó con algunos de los grandes mitos del desaparecido periodismo de guerra.
Pero, en realidad, la vocación que llevó a Rózsa a la guerra no fue la comunicación, sino sus ideas políticas, confusas desde un principio. Sentía fascinación por cualquier tipo de revolución, viniera de donde viniera.
No era un personaje con miedo. Era más bien un kamikaze y mercenario. Así que se puso al frente de la Brigada Internacional, que tenía por objeto defender la independencia de Croacia respecto al régimen de la antigua Yugoslavia.
Tras su participación en aquella guerra, e incluso tras llegar a trabajar como agente secreto en Hungría, en 2001 protagonizó una película de la directora húngara Ibolma Fekete. La cinta trataba sobre su propia vida...

El siguiente actor en este relato es Antonio Salas, periodista español que en los últimos años ha escrito varios libros de gran impacto en los que relata su infiltración en colectivos «peligrosos».
Tras haberse convertido en un falso neonazi, publicó Diario de un skin (Temas de Hoy, 2003). El impacto Internacional de aquel libro fue enorme. Después llegó El año que trafiqué con mujeres (Temas de Hoy, 2004), en el que relataba su experiencia como proxeneta tras haber permanecido un año infiltrado en este tipo de redes clandestinas. Nada más publicar este libro, decidió iniciar su siguiente aventura. Sería mucho más compleja...

Estudió árabe, se convirtió al Islam, se codeó con imanes y fieles... Y transformado en un venezolano llamado Muhaminad Abdallah, con vocación periodística, empezó a contactar con algunos personales del entorno musulmán que lo llevaron a convivir con grupos terroristas de diversa índole. Guiado por las informaciones que convertían isla Margarita (Venezuela) en un nido de Al Qaeda y Hezbolá, viajó hasta allí. Comprobó cómo muchas de las informaciones que convertían a la red creada por Bin Laden en un pulpo con mil tentáculos eran exageradas y tendenciosas, pero gracias a esa búsqueda simpatizó con numerosos personajes vinculados a los movimientos revolucionarios americanos, que en los últimos años vieron incrementada su nómina de simpatizantes y militantes con musulmanes con los que compartían el mismo sentimiento de odio hacia Estados Unidos, con no pocos nativos, que se convirtieron al islam fruto también de ese sentimiento que hacía del conflicto internacional contra el terrorismo una guerra de civilizaciones.

La investigación de Antonio Salas, titulada El palestino (Temas de Hoy, 2010), tuvo como punto final la ejecución de Rózsa.
El periodista había contactado los meses anteriores con el guerrillero, y entre ambos se estableció cierta relación. Muhaminad Abdallah le hizo una amplia entrevista para el fanzine Los papeles de Bolívar, que creó como carta de presentación durante su investigación.
Le dedicó un número monográfico a Rózsa con una muy larga entrevista en la que expone sus planteamientos vitales e ideológicos.
Y sus no pocas contradicciones. Rózsa, según recordaría en aquella conversación, formaba parte de los grupos guerrilleros de América Latina que creían en la revolución socialista, pese a que en la conversación mantenía posturas muy críticas con el llamado «socialismo real» de la Europa del Este.
De hecho, luchó del lado de los croatas en donde participaron no pocas facciones mercenarias e ideológicas de extrema derecha y los bosnios de origen musulmán; de hecho, su conversión al islam se produjo en una mezquita de Sarajevo, la capital de la región secesionista de mayoría islámica‑ frente al estalinismo que representaba el gobierno de la antigua Yugoslavia.

Antonio Salas llegó a tener un trato de amistad con Rózsa, quien se sentía de nuevo vinculado a la revolución, en sintonía con Ilich Ramírez, Chacal, quien a pesar de estar en prisión como el terrorista condenado con más asesinatos a su espalda, era una suerte de referente moral para parte de aquellos movimientos e incluso para el mismo Rózsa.
Aquel 16 de abril de 2009, el día de la ejecución, Salas se encontraba en Toledo cuando se dieron a conocer las noticias de la muerte de Rózsa. En aquellas primeras referencias, el nombre de guerra de Antonio Salas aparecía como el del autor de la última entrevista con el mercenario. La imagen de su cuerpo desnudo, acribillado y ensangrentado lo impactó profundamente. Horas antes le había mandado por correo a la hermana del fallecido algunos ejemplares del monográfico sobre Rózsa en Los papeles de Bolívar...

Logré establecer contacto con Antonio Salas con objeto de pedirle su opinión respecto al contenido del cable diplomático en el que se mencionaba que la operación contra Rózsa era una maniobra de los servicios de inteligencia. Éstas fueron sus valoraciones:

Cuando empecé a recibir las noticias sobre la muerte de Rózsa en Santa Cruz, simplemente no podía creerlo. Recuerdo que incluso le escribí un correo electrónico ese mismo dia, pidíendole que diese señales de vida. Lógicamente, nunca me respondió.
Ilich Ramírez, Carlos el Chacal, me telefoneó desde su prisión en París al día siguiente. Y al otro, y al posterior... Él tampoco podía dar crédito a los titulares que llegaban de Bolivia. Pero tuvimos que rendirnos al peso de la evidencia.
Y durante los meses siguientes Carlos el Chacal me pidió que consiguiese todas las noticias que se publicaban a diario en la prensa boliviana y se las enviase a prisión, y yo obedecí. Como siempre.

Rózsa fue uno de los muchos presuntos terroristas que contactaron conmigo a través de la página web oficial de Carlos el Chacal, que yo controlaba. Y en cuanto informé a Carlos de ese contacto, me pidió que mantuviese la relación con Rózsa. Y yo obedecí. Según me revelaría Chacal, Rózsa había sido su contacto en Hungría durante años, y se guardaba su testimonio como un as en la manga para cuando llegase el momento de utilizarlo en los tribunales... Quizá por eso se sintió tan afectado con su muerte.

Según el Chacal, y según mi propia experiencia, Rózsa era un romántico y un soñador. Converso al islam y líder de la comunidad musulmana en Hungría, Rózsa tenía publicados varios libros de poesía sufi que tuvo la amabilidad de regalarme. Pero su romanticismo místico no era incompatible con su afición a las armas y su vocación de guerrero.

La información publicada estos días por Wikileaks no desvela, en el fondo, nada que no supiésemos. Una fuente considerada fiable por el embajador norteamericano en La Paz asegura que la «ejecución» de Rózsa formaba parte de un plan urdido por Evo Morales para subirse al carro de la amenaza terrorista, que tan buen rédito político ha generado a muchos gobernantes. Y lo cierto es que sólo horas después de la muerte de Rózsa y sus hombres en Santa Cruz, Morales se reunía con Obama y con otros líderes ame­ricanos durante la V  Cumbre de las Américas, que se celebró en Trinidad y Tobago entre el 17 y el 19 de abril de 2009.
Allí, Mora­les exigió al mandatario norteamericano que condenase la amena­za terrorista en Bolivia que había representado el comando de Rózsa, como condenaba el terrorismo internacional... Sin embar­go, desde el mismo día de la muerte de Eduardo, la opinión pública se dividió en Bolivia en dos frentes apasionadamente enemistados. Por un lado la oposición anti Morales, que defendía la misma ver­sión presentada ahora por el cable difundido por Wikileaks, y por otro quienes mantenían que Rózsa había sido contratado por un grupo de empresarios de Santa Cruz, pertenecientes a la oligarquía boliviana y estrechamente apoyados por EE. UU., para derrocar al principal aliado de Hugo Chávez en la región. Desde ese punto de vista, la información de Wikileaks podría tener una lectura muy diferente a la que aparenta a primera vista...

La evidencia a la que hacían alusión Salas y el Chacal tiene que ver con los extraños «juegos» de Rózsa.
Se encontraron en­tre sus pertenencias varios correos que había intercambiado con otro personaje sorprendente, Istvan Belovai, que aparecía en esos escritos como el asesor de la operación en la que andaba invo­lucrado Rózsa.
De este húngaro se sabe que fue agente colabo­rador de la CIA, lo que daba crédito a la versión oficial.
Y hablo en pasado porque fue asesinado en Denver (Estados Unidos) el 6 de noviembre de 2009.
Además, hay otro personaje que aparece citado en los cables de la embajada pero sobre el cual no se ha prestado mucha atención.
Se trata de Hugo Achá, miembro de la Human Rights Foundation, una organización internacional que defiende los derechos humanos y la libertad de expresión, pero que tiene una postura claramente opuesta a Chávez y a Morales. Esta ONG ha sido muy criticada por tener una posición dema­siado próxima a los gobiernos que más defienden el sistema ca­pitalista en América.
En los informes de la embajada se menciona en varias oca­siones a Achá como informante del gobierno norteamericano, e incluso se dice que no se siente cómodo ante la posibilidad de viajar a La Paz debido a que podría resultar involucrado en tan turbio asunto.
En la actualidad vive en Estados Unidos, donde se refugió poco antes de ser acusado por la justicia boliviana de financiar redes terroristas,  junto a él fueron acusados, entre otros, Pablo Costas, hermano del gobernador de Santa Cruz, un firme opositor de Evo Morales, y el general Gary Prado, uno de los responsables en 1967 de la captura del Che Guevara, que murió asesinado durante su cautiverio.
El fiscal Marcelo Sosa lo imputó por ser uno de los financieros del grupo, y en su auto da detalles de cómo incluso era conocido por Rózsa y el resto de ejecutados como « Supermán ».
Desde Estados Unidos, Achá aseguró que fue el mercenario quien entró en contacto con él, únicamente con el objetivo de obtener información sobre la situación de los derechos humanos en el país.
El asunto se complicó aún más cuando se determinó que las acusaciones contra Achá procedían de testigos que habían sido sometidos a tortura y que, por lo tanto, podrían quedar invalidadas.


Rózsa tenía una acentuada personalidad múltiple.
Se convirtió al islam tras su paso por el Opus Dei, recomendaba en sus páginas web la visita a grupos de extrema derecha junto a otros de extrema izquierda, tan pronto ensalzaba la personalidad de Hugo Chávez como denostaba la figura de Evo Morales... Y en una misma entrevista realizada en 2008 era capaz de afirmar que viajaba a Bolivia para liberar la provincia de Santa Cruz como amenazaba al gobernador de la región. Quizá ése es el comportamiento contradictorio de cualquier mercenario, que no sabe con quién está hoy ni con quién estará mañana. Seguramente, ni él sabía bien con quién estaba: un mes antes de la ejecución, grabó un vídeo que envió a dos periodistas en el que decía sentirse traicionado por quien lo había contratado, pero no dejaba claro quién lo contrató, ni quién lo traicionó.

Lo cierto es que el perfil de quienes se encontraban con Rózsa en el hotel Las Américas responde al que podrían tener unos enemigos ideológicos de Evo Morales.
Pertenecían a grupos de extrema derecha de Croacia y Hungría, lo cual no es extraño sabiendo que en la región hay muchos bolivianos con esa ascendencia, incluso entre los dirigentes de la oposición.
Y, según se pudo documentar posteriormente, estaba estableciendo en su país de adopción contactos con grupos nacionalistas defenso­res de la lucha armada.
Al mismo tiempo, mantenía contacto con personales que se encontraban en sus antípodas ideológicas, como puede ser el Chacal.
Y tan creíble era que ni unos ni otros se imaginaban que tuviera una doble cara tan... descarada.

Meses después de la ejecución ‑eso es lo que fue según de­mostraron análisis forenses que han sido utilizados por el go­bierno de Irlanda para solicitar una investigación de los hechos, habida cuenta de que uno de los fallecidos tenía origen irlan­dés‑, la investigación oficial dio con otro de los miembros del comando. Se trata de un ciudadano español llamado Alejandro Hernández Mora, que había pertenecido a la Brigada Internacio­nal ‑formada por voluntarios, pero también por mercenarios ­que participó en la guerra de Yugoslavia y a grupos próximos a la Falange.
Reconoció que Rózsa había entrado en contacto con él para participar en una misión encaminada a derrocar a Evo Morales:

«Hay mucho dinero por medio, ganaderos muy impor­tantes y grandes petroleras. »


Pero él rechazó la oferta de su anti­guo compañero de guerrilla en Croacia, en donde se produjeron varios incidentes oscuros, entre ellos la muerte de dos periodistas que habían sido asesinados por orden del propio Rózsa de acuer­do a informaciones del periodista español Julio César Alonso, quien explica que Rózsa se enfadó cuando descubrió que uno de los guerrilleros era en realidad un periodista infiltrado que esta­ba realizando un trabajo para la BBC.
Para que luego algunos duden del coraje de hombres como Antonio Salas... Hernández Mora apenas escuchó la oferta; vivía tranquilo y quería seguir vi­viendo así. Según la acusación de la fiscalía, iba a unirse al grupo como experto en explosivos una vez que la infraestructura de la organización estuviera establecida.
Él lo niega, y ciertamente no hay pruebas de que viajara hasta Bolivia ni volviera a retomar el contacto con Rózsa después de que éste intentara «ficharlo».

Sólo hay una cosa clara: la acción del Comando Delta de la policía boliviana no tiene justificación alguna, ni siquiera en nombre de la lucha contra el terrorismo o como una acción pre­ventiva para evitar un magnicidio.

A partir de aquí, hay tantas hipótesis como dudas. Alguien contrató a Rózsa.
Y ese alguien podría estar relacionado con fuerzas opositoras ‑bien sea de Santa Cruz o del extranjero, o ambas cosas a la vez‑ a Evo Morales:
Políticos independentistas, empresarios opuestos a las directrices económicas del gobierno que los perjudicaba, agen­cias de inteligencia del exterior, etc.

Mientras, Rózsa siguió man­teniendo una doble cara.
«Al final, nos tuvimos que rendir a la evidencia»,

Me decía Antonio Salas en relación a que las pruebas demostraban que jugaba a dos bandos.
Pero ni siquiera las inves­tigaciones Judiciales en las que se basa el gobierno desvelan que existiera un plan avanzado para atentar contra Morales, aunque en un vídeo se ve a Rózsa y a sus colaboradores hablando de la posibilidad de atentar contra dirigentes bolivianos en el lago Tití­caca.
Por otra parte, la acción policial desactivó los movimientos independentistas en Santa Cruz, que quedaron en entredicho tras conocerse los detalles de las acciones del grupo.
Y en relación a las revelaciones de Wikileaks, la lectura del informe elaborado por la embajada no puede tomarse como una prueba de la exis­tencia de un plan urdido por el propio gobierno, al quedar claro que se trata de la «revelación» de una fuente de parte.
He aquí que, en este caso, los críticos tienen razón: los cables refuerzan las tesis de la Casa Blanca, pero más bien habría que decir que no son los telegramas en sí, sino la selección que se hace de ellos, la interpretación de los mismos cuando se extraen de su lectura aquellos fragmentos que interesan para refrendar una posición preestablecida y el momento en el que son divulgados.

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